La fiesta de Daphne

Cuando Daphne entró en la mazmorra, acompañada de Millicent, abrió la boca muy sorprendida. Pansy había decorado las paredes con guirnaldas con los colores de Slytherin, había varias imágenes de Daphne sonriendo a todos sus invitados, de aquella manera tan encantadora. Había una mesa llena de comida, probablemente, de las cocinas y de Honeydukes. Desde el gramófono, se escuchaba la música de Las Brujas de MacBeth. Los aplausos y los silbidos ensordecieron a Daphne, que solo pudo sonreír y saludar a todos con la mano.

Entre la multitud, alguien se abrió paso, y antes de que pudiera darse cuenta, Astoria, su hermana, la estaba abrazando. Daphne se quedó algo sorprendida, pero abrazó a su hermana con la misma fuerza. Aunque estaban en la misma casa, Daphne y Astoria no solían verse muy a menudo. Mientras que Daphne iba a todas las partes con sus amigas, Astoria prefería pasar horas y horas en la biblioteca. Ella había heredado todo el talento para la magia de sus padres, especialmente, los dones de su madre. Astoria y Daphne no se parecían mucho, si bien era cierto, que el carácter de Astoria también era bastante dócil para ser de Slytherin.

- ¡Feliz cumpleaños, Daphne! – le felicitó su hermana, con una sonrisa – ¡Dieciséis años, hermanita!

- Gracias, As – le agradeció, con una sonrisa – ¿Dónde has estado todo el día?

- En la biblioteca – respondió, aunque era más que evidente – Pero te dejé una felicitación en la sala común, ¿no la has visto?

- No – negó, encogiéndose de hombros. Sonrió al ver la decepción de su hermana – No te preocupes, As, no pasa nada, lo importante es que estés aquí.

- Es verdad – volvieron a abrazarse – Tus amigas te han preparado una fiesta estupenda, tienes mucha suerte.

- Sí, es cierto – sonrió, mirando a su alrededor – Vamos a tomar algo.

Daphne cogió a su hermana del brazo y la llevó hasta la mesa de las bebidas. Sabía que no era la hermana mayor perfecta, no sabía como serlo, pero quería mucho a Astoria. Quizás se sentía intimidada porque era mucho más inteligente y porque sus padres la valoraban mucho más que a ella. Sin embargo, Daphne quería a Astoria, y el sentimiento era común. Puede que no se entendieran, pero se querían, eran hermanas.

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- Whisky de fuego de primera calidad – aseguraba Montague, a los de su alrededor – Solo para hombres.

- ¿Cómo has conseguido esto, Montague? – le preguntó Blaise, mirando su vaso con aire dudoso.

- Tengo mis contactos – dijo, con aire misterioso – No te preocupes, Zabini, no te va a pasar nada si te lo tomas.

- Si eres lo suficientemente hombre, claro – murmuro Vaisey, con una sonrisa burlona – ¿Qué me dices, Zabini? ¿Lo eres?

- ¿Conoces a mi lista de ligues? – se encaró Blaise, mirándole por encima del hombro – Porque creo que eso demuestra bastante bien que soy un hombre.

- Las niñitas de tercero no cuentan, Blaise – comentó Draco, acercándose al grupo de chicos – ¿Hay un poco de whisky para mí?

- Claro, Draco – Montague le entregó un vaso de whisky de fuego – Espero que no te importe que lo haya colado en la fiesta.

- Para nada – negó, con una sonrisa – Greengrass está muy buena, pero no destaca precisamente por su inteligencia.

- Lo que le falta de cerebro, lo compensa con otras cosas – comentó socarronamente, Warrington, que ya iba bastante tocado.

- Si, pero no es una facilona como Davies – dijo Montague, apenado – A pesar de lo tonta que es, no se deja meter mano.

- Eso es porque va todo el día acompañado de Millicent Bulstrode – intervino Draco, inteligentemente – Os partiría la cabeza si os acercaseis demasiado a ella.

- ¿Y Parkinson cómo se lo monta, Draco? – preguntó Vaisey, con una sonrisita burlona – ¿Es buena?

- ¿Qué quieres decir? – Draco lo miró, sin inmutarse.

- Ya sabes – Warrington y Montague se miraron con complicidad – Si se lo monta bien, en un sitio en particular.

- Probablemente no lo sabe – se burlo Vaisey – ¿O sí, Malfoy?

- No es asunto tuyo – respondió con frialdad. Se fijó en Blaise, que se alejaba del grupo – ¿Dónde vas, Zabini?

- A dar una vuelta.

Blaise se alejó del grupo, con el vaso de whisky de fuego intacto. Aquella conversación había sido demasiado para él. No es que él fuera exactamente con un caballero, pero no le gustaba como hablaban Vaisey y los demás. Tampoco quería oír hablar de Tracy, así que lo mejor era alejarse de ellos. Paseó por la mazmorra, donde las chicas bailaban y charlaban animadamente, y los chicos murmuraban en grandes grupos, mirando a las chicas más llamativas. Aunque Daphne centraba la mayoría de las miradas, Tracy tampoco pasaba desapercibida.

Blaise pasó de largo ante todos sus compañeros, hasta que se encontró con el único medianamente decente, Nott. El chico estaba sentado en una esquina, con una botella de cerveza de mantequilla, observando distraídamente a los demás. No era el mejor compañero para charlar, pero al menos de su boca no salían tantas fanfarronerías.

- ¿Quieres? – le preguntó, ofreciéndole el vaso de whisky de fuego.

- No, gracias – desechó, con una sonrisa – Me conformo con esto.

- ¿Cuándo va a abrir Daphne los regalos? – inquirió Blaise, sabiendo que el chico esperaba eso más que nada – Pensaba que lo haría al principio.

- No lo sé – se encogió de hombros, sin mostrarse alterado – Supongo que Pansy lo tendrá todo planeado.

- ¿Puedo hacerte una pregunta, Nott? – Blaise le miró con curiosidad, y el chico asintió – ¿Te gusta Daphne?

- No – respondió Theo, con la misma tranquilidad.

- Vale.

Blaise no insitió en el tema, pero sabía que Theo no decía la verdad.

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Las horas transcurrían en la mazmorra, con la música de Celestina Warbeck de fondo y las chicas bailando el centro de frente. Daphne, que había pasado la mayor parte del tiempo acompañado por su hermana y sus amigas, se entretenía en aquel momento en juguetear con el papel de sus regalos. Pansy se había escabullido con Draco hacia una esquina y Tracy hacía media hora que estaba en el baño. Millicent había ido a buscar algo de beber para los dos, dejando a su amiga por primera vez sola en aquella noche. Astoria se había ido a dormir una hora antes; debía levantarse pronto para estudiar. Daphne admiraba la fuerza de voluntad de su hermana.

Aunque ella estaba cansada, no se podía ir a la cama, todavía tenía que abrir sus regalos. No entendía porque Pansy no le dejaba abrirlos hasta el final de la noche, pero no se lo discutió en ningún momento. La rubia observó a sus compañeros de casa, como se divertían en la fiesta. Un chico de sexto, Vaisey, la miraba de manera descarada. Daphne desvió la mirada de él rápidamente, esperando que el chico no malinterpretase sus intenciones. Sabía como eran esos chicos y no quería tener nada que ver con ellos.

- ¿Qué te pasa, Daphne? – le pregunto Millicent, al verla algo asustada.

- Nada – sonrió, con dulzura y cogió el vaso que ella le entregaba – Gracias.

- Veo que nuestras amigas no tienen intención de volver – comentó, sonriendo – ¿Aún no puedes abrir tus regalos?

- No, hasta el final de las fiesta no puedo – Daphne se encogió de hombros, con una sonrisa – No me importa.

- Son tus regalos, rubia – Millicent la miró muy seria – Tienes derecho a abrirlos cuando te apetezca.

- Pero Pansy…

- ¿La ves por aquí? – señaló con la cabeza, a su alrededor – ¡Ábrelos, Daphne!

- ¿Y si Pansy se enfada? – insistió Daphne, algo temerosa.

- Yo te protegeré, rubia, no te preocupes – la tranquilizó Millicent, con una sonrisa – No te preocupes, todos están demasiado entretenidos, nadie nos verá.

- De acuerdo.

Daphne sonrió entusiasmada y empezó a abrir los regalos. El primero fue el de Astoria, que le regaló un libro titulado Secretos de belleza para brujas. Daphne sonrió al verlo; su hermana le había regalado un libro, pero un libro que a ella podía interesarle. Pansy le regaló un set de maquillaje y Tracy el último vinilo de Celestina Warbeck, su cantante favorita. El regalo de Draco era un broche plateado con el escudo de armas de los Greengrass, mientras que el de Blaise era más acertado, un chal de color rosa. Pansy continuó abriendo los regalos, hasta que llegó a los dos que más le importaban. El paquete de Millicent tenía forma rectangular y era duro. La chica miró a su amiga con expectación, esbozando una de sus dulces sonrisas.

- Me pregunto que será – comentó, abriéndolo muy despacio.

- No seas mala, rubia, ¡ábrelo ya! – le pidió, impaciente.

- ¿Y si no quiero? – dijo Daphne, volviéndose a su amiga con aire juguetón.

- ¿Y si te obligo? – acercó su cara peligrosamente a la de su amiga.

- Me gustaría ver eso.

Millicent alargó sus manos con intención de coger a Daphne de la cintura, pero se detuvo en el último momento. Podía perder el control en cualquier momento, y la actitud juguetona de Daphne le ayudaba mucho. Sus labios estaban muy cerca de los de la rubia y eran demasiado tentadores. ¿No entendía Daphne qué hacer eso era provocarle demasiado? Podía hacerlo, era muy fácil, pero estaban delante de todos sus compañeros y sobre todo, no quería hacerle daño.

- Ábrelo, Daphne – Millicent se apartó de ella y la miró sonriendo – Creo que va a gustarte, rubia.

- De acuerdo – Daphne terminó de desenvolver el paquete y se encontró con el joyero elaborado por Millicent – ¡Milly! ¡Oh, cielo, es precioso! ¡Que maravilla! ¿Lo has hecho tú?

- Sí – sonrió, tímidamente – Un poco de manualidades y algo de magia.

- ¡Me encanta! – Daphne se lanzó a sus brazos y Millicent la abrazó suavemente – Es el mejor regalo que me han hecho.

- Aún tienes que abrir el de Nott – observó, separándose de ella.

- Es cierto.

Daphne cogió el paquetito de color rojo de Theo y lo abrió delicadamente. Millicent observaba la cara de su amiga, reflejaba emoción, curiosidad y dulzura. Al otro lado de la mazmorra, Theo estaba sentado, de nuevo solo, sin prestar atención a nadie en especial. ¡Maldito Theodore Nott! No podía encontrar motivos para odiarle, y quería odiarlo profundamente.

- ¡Vaya!

Millicent se volvió para mirar a Daphne, que sostenía en sus manos, una cadena plateada de la que prendía una estrella del mismo color. Los ojos de Daphne brillaban de manera muy especial, contemplando maravillado el regalo de Theo.

- Es precioso – dijo, con un hilo de voz. Se volvió hacia su amiga – ¿Te importa ponérmelo?

- Para nada.

Millicent tomó la cadena entre sus manos y se colocó detrás de ella. Daphne se retiró el pelo de la nuca, descubriendo su cuello de cisne. Millicent lo contempló maravillada, su piel era tan suave, tan hermosa, le encantaría hundir sus dientes en aquel cuello. Sin embargo, se conformó con ponerle el colgante alrededor del cuello, acariciándolo suavemente con sus dedos.

- Me encanta – comentó Daphne, cogiendo la estrella – Es el mejor regalo de todos.

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La fiesta de Daphne acabó a las once y los alumnos que quedaban se encaminaron hacia la sala común. Algunos lo hacían con dificultad, como Warrington, al que habían hechizado para que no siguiese cantando con voz potente. Sin embargo, Theo se quedó unos minutos en la mazmorra. Los restos de comida, bebida y la suciedad se acumulaban en el suelo. Sabía que los elfos domésticos limpiarían la mazmorra, pero Theo pensaba que sus compañeros podían haber tenido la licencia de recoger un poco. El chico movió la varita y se puso a eliminar algunas manchas de bebida en el suelo.

- ¡Theo! – la voz de Daphne sonó tras él – ¿Qué haces aquí?

- Hola, Daphne – saludó, educadamente – Estaba quitando algunas manchas.

- No te molestes – Daphne se acercó a él – Los elfos lo limpiarán.

- Eso no significa que no podamos ahorrarles algo de trabajo – comentó el chico, con una sonrisa – Además, así práctico un poco de magia.

Daphne se quedó observando como Theo limpiaba el lugar, manejando su varita con elegancia. Después de eliminar las últimas manchas del suelo, Theo se volvió hacia Daphne y le miró.

- Espero que lo hayas pasado bien – le dijo, educadamente.

- Sí, bueno, no ha estado mal – se encogió de hombros – Pero no es la clase de fiesta que me gusta. No se lo digas a Pansy ¿eh?

- Nunca lo haría.

Los dos se quedaron mirando con una sonrisa, la de Theo cortés y algo tímida, la de Daphne dulce y entusiasta. Los ojos grises del chico se encontraron con los verdes de ella, que brillaban de una manera muy especial. Theo nunca había visto unos ojos tan bonitos como los de Daphne, ni creía que hubiera unos más bonitos que los que le miraban. Los labios de Daphne seguían curvados en aquella dulce sonrisa, unos labios rojizos y carnosos, entreabiertos, como si esperasen un beso.

- Daphne…

- Muchas gracias, Theo – le agradeció, con una sonrisa – Me ha encantado tu regalo, ha sido el mejor de todos.

- De nada – agradeció, algo incómodo.

- Buenas noches, Theo.

- Buenas noches, Daphne.

Daphne se acercó al joven y le dio un suave beso en la mejilla. Los labios de Theo ardían contra su mejilla, pero era un calor reconfortante y agradable. Daphne se separó de él, le dedicó una última sonrisa y se marchó a la sala común.

Cuando Daphne salió de la mazmorra, Theo se llevó la mano a la mejilla, que todavía ardían donde la chica le había besado. El chico sintió algo que nunca había sentido por nadie: su corazón latiendo muy deprisa.

Notas: Lo primero de todo, es disculparme por haber tardado tanto (eufemismo para años) en actualizar este fic. En este momento, tengo dos capítulos escritos, y voy a continuar en ello. Lo segundo, es que en el próximo capítulo desarrollaré el romance slash que tenía pensado: uno de nuestros chicos con un personaje inventado. ¿Saben de qué chico se trata? Bueno, es muy sencillo, basta con leer entre líneas. Espero que les haya gustado este capítulo y prometo continuar la historia