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Notas | Olvide ponerlo en capítulos anteriores, pero no me voy sin soltar mi queja, ¡Algunos dicen que voy lento, otras que rápido! ¿Qué tan miserable quieren que sea para que sean felices?


ARABIAN NIGHTS


CAPÍTULO 9

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"Es una fantasmagoría que recorre los huesos,

El agua se niega a la mezcla con él.

Quien lo prueba sabio se vuelve"

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[Abu nuwas — despídete del campamento]

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HISTORIA DE LA PRUEBA DE LAS PUERTAS

(Parte V)

Carla Jäger no era exactamente una persona de dinero, en realidad ella se consideraba humilde, pobretona. Nadie lo hubiera imaginado hace unos 20 años, pues, aunque no lo pareciera ahora, ella en su momento fue una doncella digna del harem de algún peshwa hindú. Algo muy al este… quizá su error fue enamorarse de un musulmán, siendo ella hindú. Quizá no tenía que haberse ido de su tierra natal para seguir a un hombre que había entregado su vida como doctor sólo para la gente pobre y que no podía pagar sus servicios, pero era eso mismo lo que la había atraído hasta él. Esa humildad, esa pobreza que los rodeaba no era más que el aura de la buena alma que su esposo tenía. Si bien no todo estaba perdido en ese caso…

Pero había algo en especial que ella había conservado de su antigua vida, no era su tercer ojo ni sus Sarees ni mucho menos. Era la más fina herencia que había aprendido cuando le enseñaban a ser concubina, una antigua tradición india, aquí en Arabia pocos o ninguno sabrían la verdad de esa historia, pero ella la sabía muy bien, en su tierra natal conocer esa historia era para los que estaban en constante peligro de muerte. Como las concubinas.

Listamente ella, al ver la hermosa belleza de su hijo, sus preciosos ojos verdes y la pureza de su alma, que obviamente fue después mancillada, decidió que su única y verdadera herencia era ese cuento. La historia sin fin, el cuento sin fin, la historia interminable o como quisieran llamarle, en realidad el nombre no tenía importancia. Muchas veces mientras dormía y veía a su pequeño hijo se preguntaba ¿Cómo es que le voy a enseñar esto? ¿Acaso no me pongo a mí misma en peligro de muerte al hacerlo? Fue que decidió que había algunas personas por las que valía la pena correr el riesgo, y a su hijo le cedió ese poder, justo cuando tenía 12 años lo sentó en un banco y le contó toda la historia, le dio todas las advertencias y soltó lo sopa… por supuesto sólo hasta donde ella sabía.

Era normal que su hijo pensara que ese cuento nunca iba a servirle. Y que ese pensamiento se ampliara cada vez más cuando se juntaba con sus ladronzuelos amiguillos, pero ella cumplió su deber y le dio un arma. Aunque aún recuerda los ojos extasiados de su pequeño cuando se lo contó…

— ¿Y qué pasó después mamá, dime mamá? — suplicaba el niño sin parar.

— Mañana seguiré contándote.

Y un puchero en esa cara mayor se veía ridículo.

— Eren debes prometer que nunca contarás el cuento a menos que pienses que vas a morir ¿vale?

— ¿Pero por qué mama? Si no me explicas no puedo entender…

— Primero prométemelo.

— Te lo prometo.

La verdad sobre el cuento era algo demasiado sencillo y misterioso, y es que el cuento tenía cierta magia que al contarlo provocaba una reacción en quien lo untaba y otra en quien lo escuchaba. Un juego mental, eso pensaba ella… aunque muchos lo tachaban de brujería. Ella no estaba segura de sí negarlo completamente.

Para quien lo escuchaba el cuento producía una sensación de plenitud y enajenamiento, primero la necesidad de querer escuchara más y más, después el sentimiento de convertirse a sí mismo en el propio rey errante y por último la sensación de conocer a su propia 'doncella'. Era una sensación tan fuerte que había terminado por enloquecer a muchos de los que habían escuchado la historia, aunque no, no era culpa de la historia, era culpa de que la persona que lo escucha simplemente no pudiera conseguir sus objetivos. Sin embargo, si los conseguía no había nada que temer…

La historia era perfecta para un rey, un peshwa, un emperador o un sultán. Por eso se lo enseñaban a las concubinas hindús.

— ¿Mamá por qué la doncella se llama como tú?

— Es porque la doncella siempre debe tener el nombre de quien cuenta, porque así, si llegaras al final, quien escuchara el cuento te vería a ti como su doncella... pero aun así es arriesgado llegar al final del cuento.

Para la persona que la contaba era un desenlace más triste. Mucho más triste, es por esa razón que la historia sólo se tenía que contar cuando se estaba en riesgo de muerte.

Para aquella persona que contara el cuento, este le induciría una sensación de vacío, de inseguridad, dolor y pérdida, y lo llevaría hasta el camino de acabar con su propia vida.

Nadie sabía porque, pero esa era la verdad, cualquier persona que contara el cuento y llegara hasta el final, terminaría muriendo igualmente.

Y de ahí el nombre, la historia sin fin, porque claramente nadie quería contar el final de la historia, incluso podría decirse que nadie conocía el final de la historia, ni siquiera Carla Jäger, que al contarle la historia a su hijo y darse cuenta del estado taciturno en el que se había sumergido, decidió parar. Fue en ese momento que se dio cuenta que, si seguía, arruinaría la vida de su hijo y ella se suicidaría, su hijo no conoce el final de la historia.

Hay un rumor, que los más osados que se aventuran a continuar hasta el final, las palabras salen de su boca como magia, aunque no lo conocieran.

— Es por eso que este cuento es muy poderoso Eren, y si con esto retrasas tu muerte mucho, mucho tiempo debes recordar que jamás debes llegar al final ¿sí? Tienes que huir antes de llegar al final ¿entendiste? Si cuentas el final querrás morir.

— Nunca contaré el final, mamá — le prometió su hijo.

— Pero a la persona que se lo cuentes, debes decirle que si le dirás el final… ¿Está bien? Porque así, aunque no se lo digas la historia no lo afectara ni a él ni a ti, pero si se lo cuentas los dos sufrirán mucho ¡Júralo Eren!

— Lo juro por mi vida, mamá.

Era esa la razón por la que Carla Jäger estaba corriendo como loca ahora mismo, porque tenía un tiempo que habían atrapado a su hijo robando en el palacio, porque los había ido a ver y le había dicho a su madre que estaba contando la historia y aunque en un principio ella no quiso mostrarse alterada, ya había pasado demasiado tiempo desde que eso había pasado, y su hijo no había vuelto y tenía dos grandes miedos…

Que su hijo decidiera ir hasta el final con la historia o que ya estuviera muerto.

Corría y corría, pasaba entre la gente desesperada por ver a su hijo, por saber de su condición, por sólo permanecer un solo segundo más a su lado, saber que estaba bien y saber que su hijo podría salir de ese palacio. Y se dio de frente contra las altas rejas de oro, las puertas cerradas, que, aunque todos podían, nadie se atrevía a cruzar, porque las audiencias no estaban permitidas y porque no había nada que un plebeyo tuviera que hacer ahí, sin embargo, Eren había cruzado, porque era un adolescente impulsivo, porque sus amigos lo alentaron y porque en ropas de concubina se veía bien…

Y ella, Carla Jäger, también había cruzado las puertas. Acababa de entrar al territorio de la nobleza, de la realeza, de la riqueza, no de la prole… como ella, no de las mujeres extranjeras como ella, no de la gente como ella, a la que fácilmente podían matar si la encontraban husmeando en el lugar incorrecto, pero tenía que hacerlo, tenía que entrar porque tenía que ver a su hijo, tenía que saber que estaba bien y con vida, tenía que saber en qué condiciones estaba. Sólo necesitaba verlo, aunque fuera un solo segundo.

Las puertas del palacio, los pisos llenos de mosaicos de flores, de dibujos de flores. Ella jamás imaginó que de nuevo estaría en un lugar así, porque alguna vez fue de dinero, pero ahora era pobre. Y los guardias que le veían con ojos gustativos y que rápidamente la interrogarían para ver quién era y qué hacía aquí, y ella tenía que encontrar una excusa rápida para que la dejaran entrar. La que fuera, una excusa convincente para que pudiera meter la nariz y encontrar a su hijo.

— ¡Oye tú! — la llamó un guardia.

Un joven musculoso de pelo rubio y nariz aguileña. Tenía un semblante duro, no parecía ser uno de los típicos guardias que custodiaban la entrada, más bien parecía un guardia especializado en algo, alguna especie de escolta con la que ella se había topado.

— Yo… — dijo Carla extrañada.

— ¡¿Qué estás haciendo aquí?! — la riñó tomándola rápidamente del hombro.

— Tengo que, por favor, tengo que encontrar a mi hijo…

— Las sucias ratas como tú no pueden entrar al palacio — la ofendió el joven de ojos amarillos tirándola al piso —. ¡Te daré tu merecido por entrar a donde no perteneces!

— ¡Reiner! — gritó una voz amable pero chillona, las puertas del palacio acababan de abrirse —. Te estuve buscando por todas partes…. Oh…

Carla Jäger levantó la mirada para encontrarse con su 'salvación'. Aunque su cuerpo estaba cubierto de negro y su tikka de minerales fuera demasiado sofisticada, pudo notar que se trataba de alguien que se detenía a escuchar antes de cortarle la mano a alguien. Rápidamente y recordando sus modales se puso de rodillas, inclinándose ante la mujer de piel blanca y cabello azabache, ojos afilados y sonrisa contradictoria.

— Berthold me ha estado acompañando, pero tu Reiner… distrayéndote con cada mujer que entra al palacio ¿Quién eres?

— Me llamo Carla…

— Soy la reina madre Kuchel — explicó la mujer alzándose altivamente y mostrando con honor su corona de cristales —. Levántate y déjame verte, antes de que tenga que apalearte para que salgas de mi palacio.

Tal y como ordenó, Carla se levantó del piso lentamente y mostró su rostro ante la mujer imperturbable, algo las caracterizaba a las dos y es que se veían decididas, pero una tenía poder y la otra no era nadie ya… la reina la analizó por segundos incontables, no fue hasta que las neuronas de su cerebro hicieron conexión que pudo admirar aquella semejanza que la embrutecía y la llenaba de ira, esta mujer era idéntica al cuentacuentos de su hijo. Esta mujer…

— ¿Qué es lo que buscas? — preguntó con veneno en la lengua.

— Estoy buscando a mi hijo — comentó la mujer con la voz cargada de piedad.

Pero, piedad era lo último que encontraría en aquel rostro de finas facciones, en aquellos ojos grises y decididos y por supuesto en aquella melena negra que reflejaba lo oscuro de sus intenciones. Vestida como una parka negra, sonrió con verdadera maldad cuando la mujer se vio sorprendida ante sus palabras.

— Un simpático cuentacuentos, debo asumir — dijo la reina ladeando la cabeza.

Carla sopesó sus palabras, es verdad que su hijo no era precisamente un cuentacuentos, pero si así se había presentado en el palacio ella seguiría el juego.

— Me parece que si…

— Con esos brutos cuentos, con los que ha seducido a mi hijo hasta el cansancio. Una rata trepadora que viene de otra rata pobretona — gruñó la reina y levantó el dedo índice con violenta ira —. ¡Arresten a esta mujer inmediatamente y llévenla al calabozo! Hay muchas cosas que debo preguntarle…

Tan rápido como la orden fue dada, Carla Jäger palideció, supo entonces que el territorio en el que estaba era hostil. Lo comprobó cuando el gorila rubio la sometió con fuerza y la arrestó con cadenas que colgaban de su cinturón, le tapó la boca y se la llevó a Dios sabe dónde a cumplir el propósito de la reina. Sin tener en cuenta ni un poco de sus excusas o sus esfuerzos.

Kuchel se sintió halagada, si no podía sacarla la verdad a ese cuentacuentos, la sacaría de su madre, como dijo…

Le demostraría al sultán que ese joven mozo no era lo que creía. Así tuviera mil veces que retorcer sus palabras para que sonaran como ella quisiera.

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"Sucumbimos al perfume de rosas de su mejilla

Todo en él es gracia y hermosura"

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[Abu nuwas — despídete del campamento]

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— ¿Levi?

— ¿Me llamas por mi nombre?

El jovencito no se sorprendió en realidad mientras se tallaba los ojos, asumía que el sultán estaba por aquí, ya que de alguna manera los dos habían terminado acostados sobre su cama, de nuevo… después del día anterior, de los besos, las caricias, el baño, el masaje, el baile y los juguetones polvos rojos. Aquí lo tenía de nuevo, vestido y resplandeciente como un sol… el sultán mimaba a su mascota, dándole de comer la fruta que tenía en una bandeja y que compartían. Y la pantera del pelinegro… ¿Quién sabe?

— ¿Petra ha traído eso? — preguntó desperezándose —. Usted se levantó bastante temprano hoy, yo que pensé que estaba cansado por todas aquellas noches en el exterior.

— No enserio tú… ¿me llamaste por mi nombre? — preguntó de nuevo el sultán.

El ojiverde se sonrojó violentamente y escondió su rostro entre las almohadas de su cama. Acababa de despertarse, su cabello estaba un poco alborotado, sus ojos medio llorosos, tal vez por una pesadilla nocturna y sus labios resecos, además de que tenía bastante hambre y su mente aún no se despejaba con claridad, entonces llamar al sultán por su verdadero nombre probablemente había sido un error de coordinación mañanera.

— ¿Eso es abusar de su hospitalidad? — susurró levantándose, ya planeaba ir a bañarse, cambiarse y ponerse presentable para comer en el comedor principal, al parecer la comida que el sultán había traído era para el loris y para él.

— ¿Abusar de mi hospitalidad? — se burló el sultán —. Tú no sabes lo que es eso y no quisiera que lo supieras. Podrías comer de esta bandeja junto conmigo y no me sentiría abusado, ni domado, pero esas son tus decisiones.

— Cuando termine de bañarme — explicó el ojiverde huyendo rápidamente de la habitación, con el corazón en el pecho latiéndole como loco y con el rostro enrojecido. Sólo llegó al baño para limpiarse la cara y lavarse bien en donde lo necesitara, con agua tibia dentro de una jícara extrayéndola de su minúscula bañera comparada con la piscina del sultán y luego subió para escoger su ropa de hoy… y por supuesto cuando menos se dio cuenta sus ropas ya habían sido elegidas y seleccionadas ¿Tanto así había dormido? Además, eso le recordó esta semana que había pasado junto con las concubinas… aisladas de la atención del sultán, ajenas a sus decisiones, mientras que él si era bien vestido a sus propios gustos. Sonrió ampliamente.

La ropa que había elegido el sultán era un pantalón amplio y de gasa de color verde esmeralda, un top amplio con tirantes cruzados y bordado de diamantes con esmeraldas en medio del pecho, un Saree de color lila de muselina que caía encima de sus brazos como un chal, un velo de color lila que cubría su cabeza. Finalmente, la tikka y sus muñequeras de plata y esmeraldas, además de sus balerinas y sus tobilleras de plata. Cuando terminó de vestirse y de lavarse como correspondía regresó a la habitación que ya estaba acomodada de nuevo.

El sultán estaba recargado en una de las paredes de la habitación con ropa nueva y cómoda y una media sonrisa un poco torcida. Él había terminado de desayunar y ahora se disponía a disfrutar de su día libre, sólo un poco después de que terminaran sus problemas.

— ¿Te gustaría ir a abusar de mi hospitalidad? — le preguntó el sultán.

— ¿Cómo así? — dijo lentamente acomodándose el cabello con suavidad.

— Quiero escuchar más del cuento, anoche y anteanoche y por una semana lo hemos retrasado, y tú estás ansioso por decirme el final, así que pasa el día conmigo ¿Sí?

« Ansioso para contar el final»

El castaño carraspeó y se removió el cabello con nerviosismo, bueno pasar un día con el sultán no sonaba tan mal, menos si se trataba de un día entero contándole cuentos, tal vez comiendo, recostados por ahí, o paseando, o haciendo cualquier cosa… actualmente hacer cualquier cosa con el sultán sonaba tentadora y muy productiva. Era tarde para pretender que no le emocionaba, así que sólo sonrió y asintió. Aunque por supuesto no estaba ansioso de llegar al final del cuento, tal vez, sólo un poco antes del final no sonaba tan mal.

— Si, por que no — aceptó el ojiverde jovialmente y metió a su loris en la jaula para que pudiera salir sin preocuparse por nada.

Como de costumbre el sultán cargaba su espada, su daga y se veía confiado mientras los dos salían hasta un lugar que el castaño aún no había conocido, y aunque estaba hambriento el sultán le dijo que esperara un poco y lo complacería con deliciosa comida allá en aquel lugar al que iban a ir. Los dos salieron del palacio y caminaron tranquilamente charlando de banalidades y cosas poco interesantes, las risas de ambos se escuchaban mientras los sirvientes se apartaban de los pasillos haciendo reverencias, el castaño le preguntaba al sultán sobre su niñez y el sultán contaba todo sin mencionar a su madre.

Hablaron sobre las rebeliones y sobre sus conquistas, de cómo fue elegido sultán por entre sus hermanos.

— Mi madre era la primera esposa del sultán, tenía hermanos, la mayoría de mi misma edad… — explicó el sultán mientras caminaban por el pasillo de las palmas.

Se trataba de un alargado pabellón de mármol con un centro de palmeras instaladas alrededor de fuentes, era un largo camino para llegar hasta una pérgola alejada de los jardines principales del palacio, de metal pintada de blanco, colocada encima de un montón de piedras y unas escaleras decoradas con piedras preciosas, y a su lado una gran cascada artificial, con lindos peces.

— Cuando el sultán anterior decidió elegir a un hijo para que fuera el sucesor, fui la primera opción. Las otras madres decidieron ponerme una prueba para asegurarse de que era el indicado, tuve que hacer varios tiros con arco acertados… después mataron a mis hermanos, ya sabes para evitar rivalidades.

— Estoy enterado — gimió el joven castaño subiendo por las escaleras hasta la pérgola.

— Partir plumas por la mitad, insertar agujas en diamantes, esa clase de cosas… — explicó el sultán abriendo las cortinas de seda para ingresar.

Dentro el lugar parecía el interior de una lámpara maravillosa, a pesar del fuerte sol afuera, dentro no había pizca de luz solar, sólo de velas que iluminaban el lugar y además el calor era nulo. Había cojines regados por el piso, y suaves alfombras de pieles. Pero además la pérgola estaba llena de algunas charolas con comida y manjares. Vino y arak, otras delicias con las que ambos pasarían la tarde. Al joven le encantaba que la pérgola, aunque pudiera estar al aire libre se encontrara cerrada, como si aún fuera un espacio nocturno.

— Si te gusta podemos abrir las cortinas — explicó el sultán —. Para que entre más luz.

— Me agrada así… Puede que al atardecer de una vista maravillosa.

— Tenlo por seguro — aseguró el hombre de cabellos negros sentándose en el piso y dejando un amplio espacio a su lado para que su acompañante tomara asiento —. Pensé que te gustaría estar por todos lados, paseando por las fuentes laterales y haciendo ese tipo de cosas, no aquí encerrado…

— Bueno, podremos salir después — explicó el joven sentándose a su lado —. Sólo es cuestión de quedarnos aquí un rato, pero aún es temprano y el día es largo y el cuento también es largo… y hoy estará todo el día conmigo.

— Si tienes razón — sonrió Levi echando su cabello hacia atrás —. Anda come, que quiero escucharte narrar.

El chico hizo caso y se metió los primeros panes que se le pusieron enfrente, eran deliciosos y cremosos, un poco dulces. Los acompañó con fruta y leche de cabra, comiendo con rapidez mientras el sultán picaba parte de los higos y algunas otras frutillas. Había también un poco de carne y algunas verduras cocidas que sirvieron para el almuerzo, cuando quedó satisfecho después de unos interminables minutos se limpió los dedos y la boca, después le sonrió el sultán.

— "Las siguientes dos puertas no fueron más fáciles, Rico se dio cuenta que ambos jóvenes estaban utilizando aquella capa para protegerse de los males de las primeras puertas, pero que no los ayudaría para las siguientes. La primera era una puerta llena de murciélagos, de donde era imposible ocultarse, y era difícil salir ileso.

Pero de alguna manera ambos lograron esconderse debajo de una gran roca, y sin asomarse ni una sola vez durante toda la noche, los murciélagos los confundieron con piedras y dejaron de preocuparse por su presencia. Pues a estos sólo los atraes si te mueves mucho y todo el tiempo. Cuando salieron de la puerta, aunque estaban sucios estaban ilesos y Rico se veía cada vez más molesta pero también maravillada, ¿De verdad estos dos hombres viajeros y errantes serían capaces de atravesar las puertas de prueba? Sería la primera vez en miles de años…

La última puerta fue la puerta de los tigres, grandes y hambrientas bestias, con las que sería imposible convivir más de dos minutos sin que se lanzaran a comer de tu carne y beber de tu sangre. Sin embargo, Farlan logró intervenir antes de que las fuertes garras atravesaran sus pieles.

"Tú, felino de gran tamaño, estamos seguros de que están hambrientos, pero nosotros también lo estamos… por consiguiente no seremos buen alimento para todos ustedes, sólo estamos flacuchos y desnutridos"

"Para algo sirve comer los huesos" le contestó el tigre.

"Pues mejor les ofrezco un trato, si nos dejan vivir hasta mañana los liberaremos y si su hambre es demasiado, les ofrecemos esta capa"

El rey Rivaille lo vio extrañado, pues su capa no era un gran manjar. Al parecer el tigre tampoco se vio engañado, pero Farlan no desistió y continuó con su engaño.

"Aunque no lo parezca esta capa fue hecha de deliciosa piel humana, si la saborean aun podrán sentir el sabor, así que por favor permítannos vivir y al día siguiente los liberaremos para que se coman a la guardiana de la puerta"

Los tigres lo pensaron, pero su curiosidad por comer la tela era mayor. El rey Rivaille estaba frustrado, sabia de sobra que su capa de humana no tenía nada, pero dejó a Farlan proseguir, y cuando los tigres se comían la tela ambos degustaban alegremente de la dureza de la corteza del árbol con la que había sido hecho, sin embargo, ese no era el sabor de la piel, pero lo tigres fueron engañados, creyeron firmemente que el sabor y la dureza provenía de los huesos humanos y sin darse cuenta se comieron toda la corteza del árbol.

Pasaron la noche juntos y nadie resultó herido. Sin embargo, a la mañana siguiente cuando Rico abrió la puerta y se encontró con los dos intactos sospechó enormemente, no dijo nada y los dejó salir.

"Han logrado pasar la prueba de las puertas, ahora pueden seguir adelante por el camino pues han demostrado ser lo suficiente dignos. El preste Erwin les hará una última prueba antes de condecir sus deseos, anden, caminen por este sendero… y cuando lleguen a la última prueba se darán cuenta de que ya están frente a él"

El rey Rivaille y Farlan se miraron fijamente y asintieron, luego dos corrieron hasta la puerta de los tigres y rápidamente la abrieron dejando así salir a las bestias encerradas, y luego echaron a correr por el camino que les habían indicado, escuchando a lo lejos los gritos de la chica que ahora estaba siendo devorada sin piedad por aquellas bestias salvajes"

Después que el sultán y el cuentacuentos terminaron de comer los deliciosos manjares que estaban preparados dentro de la pérgola, salieron para despejar sus mentes y hacer digestión de la comida mientras el día aún estaba lindo, caminaron por las fuentes laterales del palacio, justo como el sultán le había ofrecido al cuentacuentos, el sultán caminaba a su lado mientras él se había subido a la barandilla de la fuente y de vez en cuando metía sus pies para refrescarse.

Sin embargo, esto no era impedimento para que él cuentacuentos siguiera relatando la historia.

"El camino que seguía era complicado y lleno se salvaje selva y animales sin modales ni educación, pero comparado con la primera parte realmente fue fácil llegar hasta el final del trayecto de este nuevo camino, pues era más corto y sólo tardaron medio día en llegar hasta donde la nueva prueba se encontraba. Como bien les había dicho la guardiana de las puertas, era muy obvio que se darían cuenta de cuando estuvieran enfrente de la nueva prueba.

Se trataba de un inmenso campo de pasto cubierto por un cielo estrellado y rodeado de enormes piedras que impedían salir de ahí. Estaban completamente rodeados y mientras más caminaran más se adentrarían hasta donde estaba el centro del campo.

A lo lejos, muy a lo lejos alcanzaron a distinguir a una persona sentada en un inmenso trono de piedra, de largos y rubios cabellos y ojos azules como el agua más clara, una sonrisa imperturbable y un cetro en su mano derecha, los estaba observando muy atentamente y cuando se levantó llegó hasta donde ellos estaban.

"Así que tú eres el Rey Rivaille, el Rey Errante y el Rey de nada…" escupió con verdad en sus palabras.

"El mismo" contestó "Usted debe ser el preste Erwin, si, bien, nos han dicho que si llegábamos hasta aquí obtendríamos una última y definitiva prueba antes de que nos concediera nuestros deseos"

"Y quien te ha informado de eso estaba en lo correcto, pues al llegar aquí has sido acreedor de una prueba extra y de una prueba final, que los dos pueden jugar y me sentiré honrado si la ganan"

"Entonces ambos jugaremos" dijo el rey sin detenerse a pensar "Ahora por favor díganos cuál es esa gran prueba que debemos afrontar"

"La prueba siguiente es que ustedes dos estarán jugando contra mí, en un importante desafío, en el que tienen que derrotarme. Si logran derrotarme entonces yo les concederé sus deseos"

"Pero, ¿De qué es el desafío?" preguntó Farlan.

"Un juego de adivinanzas"

— ¿Enserio? ¿Adivinanzas? — preguntó el sultán estirando la mano para que el joven saliera de la fuente en la que llevaba un rato jugando mientras contaba. El castaño sonrió y asintió aceptando la mano cálida del sultán —. Pensé que sería algo más, bélico, un desafío en espada, arquería, cualquier cosa…

— Bueno a veces las pruebas mentales son más desafiantes que las pruebas físicas — dijo el castaño saliendo de la fuente y caminando, con los pies descalzos y las tobilleras mojadas, sobre los mosaicos.

— No, yo creo que las pruebas bélicas dan enseñanzas mentales — sonrió el sultán peinando los cabellos cafés de la frente y acariciando la tikka.

— Entonces yo creo que el rey Rivaille sabrá enfrentar muy bien esas pruebas.

— Tú eres una prueba — aseguró el pelinegro admirando las pestañas rizadas del chico —. Una mental, una física, un desafío y un juego. ¿Puedo besarte una vez más antes de que la luna nos ilumine?

El castaño sintió un escalofrió por todo su cuerpo, a lado de la fuente, tomados de las manos, mientras el sultán lo miraba con esos desgarradores ojos suyos, a menos de dos cartas para terminar el cuento y lo único en lo que pensaba era en sentir esos labios sobre los suyos, tan perfectos, los de él le pertenecían tanto, sólo de verlos quería entregárselos y repartir docenas de besos sobre aquel rostro perfecto e imperturbable, pero que reflejaba todo con la mirada. Sobre todo, esa emoción y excitación momentánea mientras el cielo se teñía de negro azulado.

Mientras las antorchas eran encendidas.

— Puede besarme diez veces antes de que la luna llegue al centro del cielo y veinte veces una vez que lo haya pasado — jadeó con sus manos sobre el cuello de la camisa del sultán, acariciando suavemente la tela.

El sultán llevó tan rápido como pudo, sus labios hasta la frente del joven, después a la sien y a la mejilla, luego en la nariz, en la barbilla, en los párpados y cuando el castaño ya no podía contener el aire lo jaló hasta su boca. Sus labios se unieron fugazmente como una estrella, pasionalmente como el fuego y físicamente como la tierra bajo sus pies. Mientras el sultán enredaba sus manos en los cabellos cafés y el otro apretaba con fuerza el agarre en su cuello y la lengua de uno perturbaba a la otra mientras sus labios seguían tocándose mientras apretaban los párpados con fuerza descomunal y jadeaban para hablar entre besos.

— Son… diez — jadeó el sultán besándolo sin detenerse.

— Entonces diez más— suplicó el castaño mordiendo el labio del sultán —. Diez… más Levi.

— Sultán Levi.

Los dos se despegaron con rapidez, el sultán se colocó frente al castaño, que tenía el rostro rojo de vergüenza, pues los habían encontrado en una comprometedora posición, los dos aun jadeaban recuperándose de ese beso cuando el soldado comenzó a hablar rápidamente.

— Lamento interrumpir, me han enviado a buscarlo — explicó con voz grave —. Los imames se han reunido con los jeques para hacer una ceremonia privada en el nuevo territorio conquistado, han pedido su presencia para confirmar religiosamente ante Alah este nuevo territorio como suyo, aquí está la invitación.

El sultán levantó la mano sin aceptar el papel.

— No es necesario — explicó rápidamente —. ¿Para cuándo han programado la ceremonia?

— Pasado mañana — contestó —. Habrá que salir de aquí mañana al atardecer, se estima que volverá aquí en tres días.

— ¿Tienes que irte? — interrumpió el ojiverde tomándole de las manos —. ¿No puedo irme contigo?

— Lo siento — explicó el sultán con mirada triste apretando las manos de su cuentacuentos —. Pero no es buena idea que te lleve con los jeques, será una ceremonia religiosa y papeleo para afirmar que soy el nuevo líder de esas tierras y probablemente deba escoger un gobernador representante, pero no tardare en volver. ¿Podrás esperar?

Él cuentacuentos, sonrió con tristeza, apenas volvía el sultán y ya tenía que retirarse. Al menos eso le daba tiempo de pensar en el cuento y en todos sus sentimientos, en todos los besos que se habían dado… aún tenía en claro que debía de huir, y que tenía que ser antes de que el cuento terminara, por consiguiente, pasar un tiempo solo podría ser lo mejor. Se había dejado llevar demasiado en estos días.

— Esperaré.

— Meo Habib — le sonrió el sultán depositando un beso ligero en la frente —. Aún hay tiempo antes de mi partida. Iré a arreglar algunas cosas, por favor ve a tu habitación, enviaré a Petra para que arreglen algunos asuntos y nos veremos mañana ¿De acuerdo?

— ¿No irás esta noche? — preguntó con ansiedad, y es que ya le parecía un poco extraño no dormir a su lado.

— Veré que puedo hacer. Anda…

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"Sonríe de oreja a oreja, nos hace mil zalemas

Piensa en lo que va a sacarnos

Se relame ante lo que se avecina"

[Abu Nuwas — despídete del campamento]

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Kuchel Ackerman había sido la primera esposa del sultán, todas las demás mujeres que habían estado con él y habían engendrado hijos suyos se habían convertido en sus damas. Nunca hubo entre ellas inseguridades, hasta que llegó el momento en el que su hijo debía ser el sultán. Por eso ella era la encargada del harem del sultán, ella había elegido a lindas princesas de varias tierras, doncellas ricas y de buen dinero, de buena familia, y de hermosos atributos que heredar a sus nietos. Sin embargo, su hijo era un hueso duro de roer…

Se había involucrado con todo lo contrario a lo que ella buscaba para él, un hombre, inútil, pobre, de mala reputación, impuro, un vil prostituto. Ella le odiaba muchísimo, tontamente pensó que si su hijo lo tomaba le dejaría de interesar, pero se olvidó que los hombres como él sólo llegan a su posición con ayuda de magia negra y cosas engatusadoras. Y ahora que tenía enfrente a la madre del mocoso, se daba cuenta que así era, que tenía la razón absoluta, y que, si acaso no la tenía, haría que la tuvieran.

Por eso esta mujer estaba siendo torturada, hasta que dijera lo que quería oír.

— Lo sabía — sonrió macabramente sentada sobre una piedra que hacía de banca en el calabozo del palacio —. Es como decir que de tal palo tal astilla, pero no es tan bueno es incluso mejor. Eres una pobretona, muerta de hambre igual que tu hijo… ¡Engatusadora! Juego mental ese cuento, basura, cuentos de niños. Hechiceros, eso es lo que son. Ese cuento que tanto me platicaste, no es más que un embrujo que funciona cuando lo relatas ¡Mi pobre hijo ha caído en esas malas mañas! Pero no permitiré que sigan jugando a los hechiceros, menos con la realeza, un arma tan poderosa no debe permanecer en tierra… debí ser más precavida.

— No somos hechiceros se lo puedo jurar — lloraba la encadenada mujer.

— No te creo una palabra, tú misma me lo dijiste. Ese cuento afecta a la mente de quien lo escucha ¡Fuiste una tonta en revelarme todo eso! Me aprovecharé de cada palabra, tendré testigos, habrá un juicio, esto será muerte por lapidación. Haré que se arrepientan de cada segundo de su existencia, no sólo tú, tu hijo, tu esposo… todos pagaran por esto.

La reina se levantó airosa y motivada. Esto era todo lo que quería, tenía evidencia de sobra para poder armar tremendo escandalo sin que nadie se le interpusiera, ni siquiera su hijo podría contra tales argumentos. Su hijo quedaría reducido, tal vez traumado cuando se enterará que ese cuentacuentos suyo que tanto adora no es más que un estafador, que lo hizo todo a propósito para engañarlo, para hechizarlo, que su cuento no era más que una mala maña para confundirlo. ¡Ya quería ver su reacción! Ya quería encargarse de todo, tenía los argumentos.

— Reiner, ve a buscar al esposo de esta mujer. Lo encarcelaremos por complicidad y también a cualquiera que se interponga en mi camino.

— Ya basta por favor, no hemos hecho nada malo, sólo te pido clemencia, únicamente intentamos sobrevivir…

Carla estaba tirada en el piso en una fría celda, con la ropa empapada, las manos quemadas de agua caliente, los cabellos revueltos por doquier, la cara llena de tierra y estiércol y los ojos llorosos, suplicaba con las manos unidas mirando a aquella mujer sin piedad alguna, esa mujer con corazón de piedra. Parecía que sólo buscaba el bienestar para su hijo, pero algo en su mirada anunciaba que era una confrontación personal, entre ella y su hijo…

— ¡Eres una tonta si piensas que rogando conseguirás algo! Ya no hay forma de salvarte, voy a utilizar cada recurso a mi alcance para destruir la vida del mocoso y tú eres parte fundamental.

Los soldados se fueron, preparados para buscar a aquel doctor que durante toda su vida sólo se había dedicado a atender a la gente pobre y humilde por casi nada de dinero, a base de una vida llena de carencias. Donde ya tenía pérdida a su hermosa mujer y a su inteligente hijo, ahora él mismo sería trasladado aquí, acusado por un crimen que sonaba devastador para algunos, pero para quienes comprendían, no se trataba más que de un intento por sobrevivir, apostando siempre a que no los descubrirían, rogando por no llegar al final.

— La próxima vez que vuelvas a ver el sol, o la próxima vez que vuelvas a ver a tu hijo harás exactamente lo que yo diga ¿entendiste? Sólo así conseguirás mi clemencia, si es que aún existe un poco… — dijo Kuchel tomándola del rostro —. Explicarás ante el sultán, cómo funciona el cuento, le dirás que cuando alguien lo cuenta logra hacer que el hombre retrase sus deseos, contaras todo… absolutamente todo, y sonaras como una verdadera hechicera. Tienes prohibido defenderte, si haces todo esto, me tentaré el corazón y fingiré ante el sultán para que les perdonen la vida a los tres, pero si no lo haces verás a tu hijo colgado, a tu esposo destazado y sentirás la muerte por lapidación. Nuestra cultura puede ser brutal en cuanto a los castigos ¿sabías?... tal vez sea bueno que a tu hijo le corten primero la lengua, para que no cuente más cuentos, después el pene para que ya no tenga que fingir ser hombre, tal vez mil cortes en el cuerpo, hasta que muera desangrado… ¡Tú sabes lo que haces!

— Lo haré, lo haré — dijo rápidamente la mujer —. Pero, por favor… no haga daño a mi hijo ni a mi esposo. Somos gente buena.

— No, son ladrones y basura. La basura tiene esta clase de final… no intentes cambiar las cosas.


N/A: Según mi entender este capítulo fue mucho más corto que el anterior, sin embargo, no pude extenderme más. Aunque lo intenté y ese discurso final de Kuchel fue completamente improvisado, con esto espero que se hayan despejado, si no todas, muchas dudas sobre el cuento, sobre Eren hechicero y todo eso, como dije, intenté ser muy clara en la explicación, así que espero que haya servido de algo.

¡La verdad es que quería crear una villana muy, muy malvada! Espero que me perdonen por el OOC y por hacerle esto a Kuchel, pero para mí crear villanos funciona de maravilla.

¡Estoy feliz de haber avanzado ya tanto en la historia! Apenas capítulo 9 y siento que ya vamos para el clímax, aunque no sea precisamente así. Jaja, en fin, gracias por disfrutar por leer y por dejar reviews, estoy contenta del gran número que he recibido. Los quiero muchísimo y aprecio su atenta lectura.

-guests-

chibineko27: espero que disfrutes este capitulo con respuestas y mucha sgracias por regalarme tu madrugada para leer este pequeño fic. un beso!

miri anath:jajaja que bueno que recuerdas ese pequeño detalle, gracias por leer y por comentar, el baile estuvo sensual para Levi también.

guest: ¡Eren tiene que ser fuerte y no dejarse engañar por Kuchel! gracias por leer un beso.