Empiezo haciendo una aclaración que se me olvido hacer en el capitulo anterior: En mi mente, Aioros no tenía 14 años cuando murió, por ende, aquí es mayor. Entre 18 y 20 años si pueden imaginárselo así. Técnicamente, eso haría que los gemelos tuviesen más de 30 años pero yo sé que eso pueden obviarlo ;)

Joee, no puedo creer que lleve 9 capítulos de fic no planeado ya. Esto es entera responsabilidad de ustedes xD Si seguimos asi...este fic tendrá por lo menos 20 capis o.O

El capi es bastante más largo,creo. Principalmente porque la primera parte resultó más larga de lo que pretendía, hay una escena que surgió nuevamente como guiño...y la ultima parte, a pesar de estar planeada, no pretendía que tomara el giro que, valga la redundancia, tomó. Eso es culpa del capi anterior =P De todos modos sigue siendo relleno, salvo el final, que ahora no se como hacerlo calzar con lo que ya estaba inventado. En todo caso, si pude escribir 9 capis no planeados, como no podré hacerlo coincidir con la trama original =S

Aprovecho de decirles también que subí el fic original a amor-yaoi. Se llama "Someone else to cling to" por si alguien quiere leerlo. Es yaoi y tiene lemon xDD A ver si con eso las atrapo =P

Ahora, este capi va dedicado a Neran, gracias muchas nuevamente por el dibujito que me dedicaste =3

Espero que les guste =D


Keep holding on.

- Me alegra que esto se haya terminado.

Kanon miró de reojo a Milo desplomarse junto a él, en una de las gradas del coliseo. Era cerca del mediodía y el sol parecía querer ensañarse con los habitantes de Grecia; el calor durante los últimos días comenzaba a volverse insoportable. Recién habían terminado de realizar las tareas pesadas que Saga y Camus les habían dado como castigo por sus travesuras, estaban exhaustos y el sudor, que hacia que las ropas se les pegaran al cuerpo, se volvía cada vez más molesto a medida que pasaban los segundos. Kanon resopló hastiado: a él aun le quedaba al menos un mes de castigo.

- ¿Pueden hacer eso? Castigarnos como si fuésemos aprendices, quiero decir.

El mayor no respondió de inmediato; en vez de eso, le gritó a los muchachos que trotaban en la arena que dieran una vuelta más y amenazó con hacerlos dar otra después de esa si volvían a tardarse tanto. Al menos se desquitaba un poco cuando le tocaba cubrir a su hermano en los entrenamientos de los aprendices mayores.

- No sé de que te quejas. Apuesto lo que quieras a que no intentaste reclamarle algo a Camus. Y ni siquiera rompió contigo por un día. Tu castigo acabó y mantienes a tu novio. ¿Qué más quieres? – gruñó el gemelo secándose el sudor de la frente. Era absolutamente injusto que Milo tuviese siquiera las ganas de quejarse, de todas maneras, salía beneficiado. El joven Escorpio pareció saber a que se refería porque le golpeó el hombro y arrugó los labios.

- Ha estado molesto toda la semana. En serio, no me deja ni abrazarlo. Y no rompió conmigo sólo porque prometí ordenar los archivos de su biblioteca. En orden cronológico.

- Eso no puede ser tan terrible como lo haces sonar.

- Dices eso porque nunca te ha dejado entrar a su biblioteca – suspiró Milo, cansado de solo imaginar su tarea – Te juro que no serías capaz de imaginarte el desastre que es, sobretodo siendo el templo de Camus. Da la impresión de que sabe a que año corresponde cada montón de papeles sólo por el grosor de la capa de polvo que los cubre.

Kanon dejó escapar una risa sarcástica y recorrió con los ojos los alrededores de la arena; esos mocosos estaban tardando demasiado y ya quería irse a casa.

- De todas formas, no sé de que te quejas. Tengo que llenar mis informes, los de mi hermano y hacer las clases que le corresponden en el refugio – musitó Kanon, sintiéndose molesto de golpe. Estaba cansado y no había tenido tiempo suficiente para escabullirse seguido a Libra. Y los niñatos seguían sin aparecer – Estos, los grandes, no son gran problema salvo porque son flojos. Los más pequeños, por otro lado…Solo he estado dos horas con ellos esta semana y creí que me volvería loco. No sé como Saga no ha intentado asesinar a ninguno aún.

- No son tan terribles. Creo que nosotros éramos peores. Y no te hagas la victima, si ambos sabemos que en este momento el chino está corrigiendo las estupideces que escribes en tus informes – Milo sonrió de lado y se movió en el momento justo para esquivar un manotazo de Kanon.

El gemelo trataba inútilmente de mantener el rostro serio y terminaba sonriendo travieso, aunque permanecía callado, rememorando cada ocasión en la que había intentado que Dohko se sintiera culpable por haberlo azotado, tan descriteriadamente, contra el muro de su templo, logrando que el moreno le alivianara la carga del papeleo con tanta facilidad que a ratos el que sentía culpa era él.

Milo lo encontraba todo muy fascinante. No había podido hablar con Saga aquel desafortunado día y ni siquiera lo intentó luego, temeroso de la reprimenda que le daría el mayor de los gemelos. Pero a contar de entonces, tendría un poco más de tiempo libre y Kanon recién le había dicho que estaría bastante ocupado en el refugio, dejándole el camino completamente libre para llevar a cabo su misión. Concentrado como estaba en detallar su plan, Milo hubiese reído perversamente si Kanon no le hubiese hablado en ese preciso instante.

- ¿Cómo estás? – preguntó el gemelo y Milo lo miró desconcertado – Las pesadillas. ¿Cómo va eso?

- Bien…ya casi no tengo. Muy raramente – murmuró seriamente el santo de Escorpio – Y cuando tengo, no me impiden volver a dormir. ¿Qué hay de ti?

- Como que qué hay de mi – replicó ausente Kanon, poniéndose de pie y colocando una mano sobre sus ojos; si no se equivocaba, esas cosas que arrastraban los pies a lo lejos, eran sus alumnos. Volteó hacia Milo, haciendo énfasis en sus palabras agitando negativamente la cabeza – Yo no tengo pesadillas.

Boquiabierto, Milo lo miró bajar hacia la arena: entre los dorados, los que más razones habrían tenido para sufrir pesadillas, eran los gemelos. Los días en los que Kanon se veía distraído y trasnochado parecía reafirmar tal suposición en el joven escorpión, sin embargo, la seguridad con la que el gemelo había afirmado que no pasaba por esa situación en particular, le hizo replantearse el tema. Quizás el motivo de su trasnoche se debía a razones totalmente diferentes; varias veces, él mismo había pasado la noche en vela, acompañando al peliazul en sus maratones de películas. Lo de distraído no debería llamarle especialmente la atención; la mente del menor de los gemelos a veces recorría senderos tan intrincados, que Milo se sorprendía cada vez que Kanon era capaz de hablar de un tema sin pasar por otros cinco diferentes para expresar lo que quería decir. Lo que no podía explicarse era el constante buen humor. Según él, después de cuanta cosa le había sucedido, Kanon no podía mostrarse tan alegre en cada momento. Siempre una sonrisa purgando por huir de sus labios, siempre con palabras irrisorias en la punta de la lengua y siempre bromas y travesuras formándose en su mente. Le parecía algo imposible, considerando que todos ellos pasaban por días en que preferían estar el día entero encerrados en sus cuartos, con el fin de evitar trenzarse a golpes con cualquiera que los mirara mal. Quizás el gemelo estaba un paso por delante de ellos y no se dejaba afectar por cosas como esa. En algún momento, le había dado a entender que dejarse apabullar por remordimientos era un desgaste innecesario y Milo lo había comprobado al poco tiempo. Pero eso no había detenido las pesadillas, sólo las hacía más llevaderas. Ahora, con el peliazul actuando con una normalidad casi irreal, dudaba de cada una de las conclusiones que había formulado al respecto.

Al borde de la arena, Kanon esperaba con los brazos cruzados que el grupo de aprendices estuviese más cerca de su posición para gritarles un par de instrucciones. De inmediato, los jóvenes aceleraban el trote, esforzándose al límite de sus fuerzas para llegar rápidamente donde su maestro se encontraba. El gemelo sonreía, no con sorna como lo habría hecho años antes, sino con satisfacción. Hace una semana, los muchachos que ahora se detenían exhaustos frente a sus ojos, habían dado dos vueltas como mucho cuando habían comenzado a quejarse y a reclamar porque aún le quedaban otras tres. Ese día, llevaban quizás seis vueltas trotando bajo un sol que ardía el doble de fuerte que los días anteriores y aunque varios de ellos habrían tirado la toalla hace tres vueltas, ninguno había tenido siquiera la intención de acusar cansancio. Le parecía gracioso que todos los mocosos tuvieran la misma expresión en el rostro, como desafiándolo y diciéndole que eso no era nada, que aún tenían fuerza suficiente para entrenar más. Kanon se sentía ligeramente gratificado al saber que tal evolución en los jóvenes aprendices se debía a él. Con una seña, les obligó a dar una vuelta más y regresó junto a Milo cuando los muchachos volvieron a perderse de vista, sin que una rechistada llegara a sus oídos.

El griego más joven clavaba los ojos turquesa en el gemelo cuando éste se sentaba junto a él.

- ¿No estás siendo un poco abusivo con ellos? – murmuró el santo de Escorpio – No he hecho más que estar sentado aquí por media hora y el calor me está matando. ¿Piensas tenerlos trotando hasta que mueran por deshidratación?

Kanon rió con ganas y mientras cerraba los ojos, apoyando la espalda contra la grada, Milo entornó los suyos, estudiándolo.

- ¿Es verdad que no has tenido pesadillas? ¿O cosas parecidas?

La sonrisa de Kanon se desvaneció lentamente. Permaneció con los ojos cerrados y se mantuvo callado por varios minutos. Tantos, que Milo creyó ser descaradamente ignorado. Se comprobó equivocado cuando las comisuras de la boca del gemelo temblaban intentando ocultar una sonrisa que, traidora, terminó por formarse en sus labios nuevamente.

- Es enserio. He tenido cosas más importantes en mente.

Milo miró a Kanon extrañado un momento antes de levantar una ceja al darse cuenta de que el gemelo se refería, nuevamente, al santo de Libra.

- ¿Algún día vas a decirme que es lo que tramas con Dohko? – cuestionó el griego más joven, verdaderamente curioso frente al tema. El gemelo ya no gastaba energías en subir seguidamente a Escorpio; últimamente parecía que se le acababan justo al llegar el séptimo templo y terminaba por pasar el día allí. O arrastraba el chino hasta el coliseo. Sospechoso, pensaba Milo por millonésima vez.

- ¿Por qué es que todo el mundo cree que estoy tramando cosas cuando hay algo que me llama la atención? – preguntó Kanon, volteando a mirar a Milo directamente sólo para encontrarse con una mirada sorprendida de vuelta.

- Entonces te llama la atención.

- Lo dices como si eso respondiera todas tus dudas – murmuró el gemelo con suspicacia. Milo sólo se encogió de hombros.

- Bueno, tú sabes que la gente habla.

Kanon alzó las cejas con sorpresa y sonrió de lado, cambiando la posición de su cuerpo para sentarse de frente al escorpión.

- ¿Ah sí? – Milo afirmó en silencio - ¿Y qué es exactamente lo que dice la gente?

- Pues…- Milo pareció dudar un segundo pero al final no eran más que habladurías y aunque él mismo tenía sus sospechas, sólo Kanon podría confirmarlas ciertas o desmentirlas – Que tienes un interés…especial en el chino.

- En otras palabras, que quiero encamarme con él.

Milo asintió.

- ¿Por qué habría de querer eso? – preguntó Kanon, completamente ignorando esa vocecita en su cabeza que le remarcaba lo cerca que tal afirmación estaba de la verdad.

- ¡Y yo que sé! – exclamó Milo levantando los brazos – Se lo oí decir a Afrodita. Tal vez porque pasas demasiado tiempo con él. Seguro varios ya lo han pensado también.

- Eso es ridículo – replicó Kanon frunciendo el cejo – También paso mucho más tiempo de lo que es sano contigo y eso no quiere decir que esté intentando llevarte a la cama.

- Admite que en algún momento quisiste hacerlo – murmuró Milo guiñándole un ojo, coqueto. No debería haber hablado de ese tema; al gemelo no pareció agradarle el asunto y quizás bromear al respecto desviaría la conversación a cosas más triviales. Kanon puso unos ojos enormes y una expresión pasmada en el rostro.

- No quería que te enteraras de esta forma – susurró el gemelo fingiendo vergüenza – Pero no te preocupes…ya lo supere. Ahora que te conozco lo suficiente, se me han pasado todas las ganas de revolcarme contigo.

Milo le pateó el tobillo y Kanon se quejó, estallando en carcajadas casi de inmediato. El santo de Escorpio sonrió relajado: al menos, conocía al geminiano lo suficiente para lograr cambiar la dirección de una conversación con facilidad. Para suerte suya, los aprendices volvían a emerger en el campo visual del gemelo y éste volvía a la arena para esperarlos, los muchachos reclamando completamente la atención de Kanon.

- ¿Tienen entrenamiento o algo esta tarde? – les preguntó el gemelo a los niños que se estiraban y resoplaban cansados ante él.

- Entrenamiento – suspiró un muchacho pelirrojo, haciendo un gesto que demostraba la fatiga que sentía – Con el maestro Aioria.

Varios gemidos se escucharon en la arena y Kanon hizo una mueca; esos gemidos marcaban el límite de los aprendices. Toda la semana que había pasado le había enseñado justamente eso.

- ¿Mañana? – volvió a preguntar.

- Con Saga – dijo otro niño, que inmediatamente rectificó – Contigo.

Kanon observó detenidamente los agotados rostros que lo miraban expectantes. Suspiró cansado antes de que una idea cruzara su mente.

- Bien. Hablaré con Aioria para que los deje descansar esta tarde – dijo Kanon, con voz fuerte para asegurar que todos escucharan – Y mañana no entrenaremos. Quiero dejar de verles las caras un día, por lo menos. Ahora, desaparezcan de mi vista.

Aullidos de alegría se alzaron de inmediato y Kanon sonrió, después de todo, no era tan desagradable eso de educar a los críos. Capaz que con el tiempo hasta les tomara cariño.

Cuando la nube de polvo desapareció, luego de que las aprendices sacaran energía de vaya uno saber donde para correr en dirección al refugio, Kanon echó a andar en dirección a las doce casas, Milo alcanzándolo a los pocos segundos.

- ¿No te meterás en problemas por saltarte las clases que debes cubrirle a Saga? – preguntó el de Escorpio.

- Saga tendrá que entender que se lo ganaron. He estado exigiéndoles más de la cuenta esta semana y él lo sabe. Tú mismo lo viste – contestó Kanon sin darle importancia e inmediatamente agregó – Además, no me vendría mal aunque sea un día de descanso. Creo que exageró un poco con eso del castigo. Y estoy seguro de que no se dará ni cuenta…también tiene cosas más importantes en mente.

Milo rió ante la afirmación de Kanon; últimamente el tercer templo volvía a verse desolado, sus dos ocupantes demasiado atareados en pasearse hasta Libra o Sagitario. Permanecieron en silencio hasta alcanzar las escalinatas que daban al templo de Aries.

- ¿Qué te parece si hacemos algo esta noche? – murmuró Kanon y Milo negó inmediatamente con la cabeza.

- Camus tiene el día libre mañana y mi castigo termina hoy. Créeme que pretendo sacar provecho de ello – sonrió Milo – Tengo que hacer las paces con él. Quizás otro día.

Kanon asintió en silencio. Tampoco tenía muchas ganas de hacer algo pero Milo tenía razón, últimamente había sido el mejor amigo ausente del mundo. El joven escorpión se despidió de él en ese momento, argumentando que empezaría a ganar puntos yendo por Camus para almorzar. El gemelo sonrió agitando la cabeza y se encaminó con pereza hasta su templo. Le quedaba ver lo de las clases con Aioria y tendría un poco de tiempo libre, que había pensado ocupar en ir de visita a Libra. Sin embargo, cambió de opinión tan pronto como empezaba a sentir el agotamiento al subir las interminables escalinatas. La noche anterior había dormido muy poco intentando avanzar el inútil papeleo que debía completar y esa mañana, muy temprano, había subido por unos minutos hasta el séptimo templo antes del entrenamiento de los aprendices, sólo para dejar una ruma de papeles en el comedor del chino antes de que se despertara. Seguro lo vería más tarde, una vez el moreno considerara que los informes estaban lo suficientemente decentes como para ser entregados al patriarca y se tomara la molestia de bajar hasta Géminis para arrojárselos en la cara. Kanon sonrió, así había sucedido al menos tres veces antes.

Bostezó al llegar a Géminis y, decidiendo irse a la cama a pesar de ser poco más de mediodía, se dirigió a su habitación con la cabeza gacha, los puños refregándole los ojos. Iría por la mitad del pasillo cuando una voz nerviosa le hizo detenerse y levantar la vista.

- ¿Cómo me veo?

Kanon tuvo que parpadear repetidas veces para estar seguro de lo que veía. Frente a él, Saga se removía ansioso y cambiando el peso de pie, abría los brazos para mostrarle la tenida que vestía: un par de jeans oscuros, zapatos impecablemente limpios, una camisa clara con los últimos botones desabrochados y una chaqueta negra y ligera encima. Kanon volvió a parpadear un par de veces antes de entornar la mirada.

- ¿Y esto? – preguntó con desconcierto y un poco enojado; él se partía el lomo cumpliendo el castigo que su hermano había ideado y el otro se dedicaba a salir. Injusto.

- Sabía que no me quedaba bien – murmuró el mayor, ignorando la pregunta de su gemelo y adentrándose en su cuarto nuevamente.

Kanon lo siguió de inmediato y lo detuvo cuando comenzaba a quitarse la chaqueta.

- No, no. Te queda bien – dijo acomodándole la casaca y estirándole la camisa – Sólo quería saber donde vas tan…bien vestido.

El menor levantó una ceja, esperando expectante la respuesta de Saga, quien sólo atinaba a carraspear y a sonrojarse cada vez un poco más. Kanon no necesitaba palabras para interpretar eso y se cruzó de brazos, sonriendo tan ampliamente que los ojos se le hacían pequeñitos.

- Así que por fin te atreviste a hacerlo.

Saga asintió varias veces y dejó escapar un suspiro agitado. Se pasó una mano por el cabello un par de veces antes de decidirse a fijar ambas manos en sus caderas, sus ojos con un brillo peculiar reflejándose en otros iguales.

- Si – dijo después de un momento – Voy al pueblo…con Aioros. Creí que lo peor sería preguntarle si quería salir conmigo un día pero ahora que estoy aquí…Estoy un poco nervioso.

- Estás aterrado – afirmó Kanon y Saga se pasó la punta de la lengua por los labios resecos, antes de agitar la cabeza y reír nervioso, aceptando que su gemelo tenía razón.

Kanon no se lo diría jamás a Saga directamente, pero se alegraba de que todo estuviese marchando bien con el santo de Sagitario. Su hermano se veía contento últimamente y él estaba seguro de que Saga se daba por satisfecho sólo con haber recuperado la amistad del castaño, pero también sabía que el cariño de su hermano por Aioros iba más allá. Hace unos días, Saga se había colado en su habitación y se había sentado en su cama, permaneciendo mudo varios minutos hasta que por fin decidió confesarle lo que sentía por el otro griego. Kanon se había reído pero al ver el rostro acongojado de su hermano, le explicó que ya lo sabía. Probablemente todos lo sabían, pero Saga era muy ciego para verlo o simplemente se había estado convenciendo de lo contrario todo el tiempo. Le costó hacerlo entender que era una de esas ocasiones en las que no podía esperar algo seguro y que debía arriesgarse. Pensó que Saga sólo le había dado la razón entonces para zanjar el asunto. Como nunca, le complacía haberse equivocado. Le dio un golpecito en la frente con la palma de la mano, inmediatamente logrando que Saga levantara la cabeza y lo mirara con el cejo fruncido.

- Tranquilízate - ordenó Kanon – Y vete con calma. Piensa en esto sólo como una salida con amigos, a beber, a comer. Lo que sea.

Saga iba a replicar pero la voz de Aioros retumbó en el templo, llamándolo. Miró a Kanon asustado y retuvo el aire en sus pulmones, tratando de tranquilizar el palpitar de su corazón.

- Estarás bien – murmuró Kanon antes de caminar hasta estar a las espaldas de Saga, empujándolo hacia la entrada del templo.

En la entrada, Aioros esperaba sonriente. Saludó a ambos gemelos con una inclinación de cabeza. Se veía tranquilo pero Kanon podía apostar, con toda seguridad un mes más de papeleos, a que estaba igual de nervioso que su hermano. Los vio alejarse en silencio aunque intentaba no reír cada vez que su hermano miraba sobre su hombro, como tratando de decidir si aún estaba a tiempo de arrepentirse o no. Aioros pareció percatarse de ello porque notó como echaba la cabeza hacia atrás al reírse y jalaba a Saga de un brazo, obligándole a caminar más deprisa.

- ¿No te duele el estomago al verlos actuar así? – escuchó que decía una voz a sus espaldas y volteó para encontrarse con Aioria – Son peores que quinceañeras enamoradas.

- Me alegra saber que no soy el único que sufre este tipo de torturas – contestó Kanon sonriendo. Aioria sólo resopló - ¿Vas al refugio?

El santo de Leo asintió y se disponía a continuar su camino cuando la voz de Kanon lo obligó a detenerse nuevamente.

- No es necesario. Les dije que hablaría contigo para que les dieras la tarde libre – Aioria lo miró un poco contrariado por lo que se apresuró en agregar – El calor es imposible a esta hora y los tuve corriendo toda la mañana. No te sirven de nada si no son capaces de mover los pies. Supongo que tampoco te molestará tener algo de tiempo libre.

Aioria pareció sopesar las palabras de Kanon un segundo: de todos modos era frustrante intentar trabajar con los aprendices cuando éstos decidían que no tenían fuerza suficiente ni para quejarse.

- La verdad es que no me desagradaría – replicó el león volviendo sobre sus pasos para regresar a su templo – Si hay problemas por esto…te culparé a ti.

Kanon dejó escapar una carcajada y aceptó el trato con una mueca; a esas alturas, un castigo más, un castigo menos le daba igual. Sólo quería recostarse un par de horas. Esperó a que Aioria se perdiera de vista para ahogar un bostezo con la mano y casi correr a su habitación, dejándose caer sobre la cama sin importar la posición en la que aterrizaba. No le tomó ni dos minutos quedarse profundamente dormido.


Shion bajaba apresurado por el pasadizo que lo llevaba directamente desde su templo a la casa de Libra. Sus pasos retumbaban haciendo eco en las paredes, pero ningún sonido era capaz de desconcentrarlo en esos momentos. Se le había ido el día sumido en los variados compromisos que tenía como cabeza del Santuario y recién a esas horas, faltando tan sólo un par de minutos para la medianoche y en consecuencia, para el cambio de guardia, se había visto libre del ajetreo que su posición representaba.

Había pasado casi tres semanas reorganizando las guardias para que el chino no se viese en la obligación de realizarlas y eso sólo pudo ser posible porque algunos de los dorados no se hicieron problemas en cubrir esos turnos. Kanon específicamente. Le pareció lógico acudir al gemelo para solucionar el problema que significaba mantener a Dohko fuera de sus deberes y de ahí su necesidad de mantener a ambos en buenos términos. Que el griego no dudara un segundo en aceptar cualquier cosa relacionada a Dohko le facilitaba las cosas. Milo, Saga y Camus se sumaron después, probablemente por influencia del gemelo menor. Y porque éste pasaba la mayor parte del día cumpliendo deberes extras debido a sus diabluras, llegando al final del día tan agotado que parecía más seguro dejar al santuario desprotegido.

Dohko, por supuesto, desconocía que su libertad se debía a Kanon. El muchacho le había pedido que lo mantuviera en secreto cuando aceptó hacer las rondas que le correspondían al chino y él lo había considerado lo más correcto. Unos días atrás, sin embargo, el gemelo le dijo que ya había pasado tiempo suficiente y que era el momento de obligar a Dohko a dar un paso más.

Shion había olvidado que esa noche le correspondía a su amigo realizar la ronda nocturna, a pesar de que él mismo se lo había informado el día anterior. Ahora que lo pensaba mejor, ese algo sobreprotector que se apoderaba de él de vez en cuando le decía que, quizás, era una decisión apresurada obligar a Dohko a participar de algo tan normal en la vida de los santos de Athena. Podría llegar a resultar contraproducente para el favorable cambio que, últimamente, se había producido en el ánimo de su amigo.

Todo el discurso que había memorizado durante el trayecto hasta el séptimo templo, que había inventado sólo para decirle al moreno que no era necesario que hiciese la guardia si no lo deseaba, se atoró en su garganta cuando se adentró en el salón donde podía percibir al santo de Libra. Allí, el menudo guerrero se retorcía intentando sujetar la capa blanca a las hombreras de su armadura. Dohko se detuvo cuando, al girar el rostro hacia el lado contrario para enganchar el otro extremo de la capa en su lugar, sus ojos se toparon con la figura paralizada del lemuriano.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó desconcertado.

Shion carraspeó y se acercó al moreno, sus ojos dando un rápido vistazo a la mesa repleta de papeles desordenados.

- Sólo venía a recordarte que te corresponde la ronda de esta noche…

- Ya lo sé, me lo dijiste ayer – interrumpió Dohko, volviendo a luchar por ajustarse la capa.

- …Y que no es necesario que la hagas si no quieres – continuó Shion haciendo cuenta de que el chino nunca abrió la boca – Puedo pedirle a alguien más que la haga.

- La haré. No sería justo que la cambiaras en estos momentos de todos modos – murmuró el moreno antes de bufar frustrado - ¿Me ayudas con esto?

Shion lo miró entornando los ojos al principio pero luego le hizo una seña para que se acercara y de pie a su espalda, comenzó a fijar la enorme capa bajo las hombreras doradas. Sonrió aprovechando que el chino no podía verlo; Dohko odiaba esa capa. Él siempre había creído que era demasiado grande para el moreno. Podía rememorar sin problemas que cuando recién habían sido ordenados santos dorados, Dohko se tropezaba con ella dos de cada tres pasos.

- ¿Qué te hizo cambiar de idea? – preguntó el patriarca concentrado en su tarea, sospechando de antemano la respuesta. Dohko guardó silencio pero terminó por contestar, su voz casi un susurro que bien podría haber pasado desapercibido.

- Kanon.

- ¿Kanon? – volvió a preguntar Shion, sus dedos deteniendo un par de segundos su tarea y volteando el rostro para ver los papeles esparcidos sobre la mesa. Al primer vistazo no había reconocido la desordenada letra del gemelo en ellos, pero ahora que los miraba con atención, era claro a quien pertenecían aquellos garabatos. Tornó la vista al frente para continuar ajustando la capa de Dohko - ¿Qué fue lo que te dijo?

Escuchó a Dohko reír ligeramente, casi avergonzado, y Shion se contuvo para no burlarse de él.

- En palabras simples…- murmuró el chino, girándose hacia su amigo una vez éste hubo terminado de abrocharle la capa - …que dejara de meter la cabeza en la tierra como un cobarde, otra vez, y que comenzara a actuar como el experimentado hombre que era – Dohko arrugó la nariz al terminar de hablar, como si escuchara por primera vez tales palabras - ¿No te parece ridículo que el niño ese me esté sermoneando?

Shion se carcajeó y le revolvió el cabello, enfatizando su burla con esa acción, pues sabía que el moreno detestaba que lo tratara con la condescendencia con la que efectuaba ese gesto. Como a un niño pequeño.

- Tú le dejas hacerlo – rió Shion - ¿De verdad te dijo eso?

- Hace un tiempo – musitó el chino y después se encogió de hombros – Tiene formas bastante peculiares para expresar sus puntos de vista.

Ambos comenzaron a caminar hacia la entrada del templo, Dohko jugueteando con el casco de su armadura y cada tanto, quitándose la capa de enfrente mientras Shion guardaba silencio, con el cejo fruncido y mordisqueándose el labio. Al lemuriano le agradaba la nueva actitud del moreno pero no podía dejar de preguntarse si la razón por la que había decidido adquirir esa actitud era la mejor.

- Son muy parecidos ¿no es cierto? – preguntó en un murmullo, como si le hablase al viento. El chino se detuvo en seco y Shion giró para mirarlo, encontrándose con los enormes ojos verdes grisáceos viéndolo ligeramente shockeado – Pero espero que sepas que no son iguales.

- ¿Qué quieres decir con eso? – dijo Dohko, su voz adquiriendo rápidamente matices molestos.

Shion suspiró y le dio la espalda. Temas delicados como ese siempre terminaban con una disputa entre ambos, sobretodo, porque ninguno daba su brazo a torcer en cuanto a sus opiniones.

- Sabes a que me refiero. Sé que la mayoría de los muchachos te recuerdan a nuestros compañeros. No sé si te has detenido a pensarlo desde ese punto de vista pero creo que es por eso que has dejado a Kanon acercarse tanto a ti.

Dohko cerraba las manos con fuerza sobre su casco y pretendía replicar cuando Shion le hizo un gesto, pidiéndole que lo dejara terminar. Se mordió la lengua y desvío la mirada, tratando de contenerse.

- No digo que esté mal, al contrario. Sólo te pido que analices la situación y que hagas lo que hagas, sea por los motivos correctos – musitó Shion, casi cruzando los dedos para rogar que Dohko no explotara por haberse metido en ese asunto también – No por lo mucho que se parece a él. Kanon no es para nada como Defteros, aunque a simple vista lo parezcan.

Dohko tragó aire al escuchar el nombre del gemelo del antiguo Géminis. Contuvo la respiración unos segundos hasta que estuvo seguro de que tenía sus emociones bajo control y dejó salir el aire lentamente. Comenzó a bajar las escalinatas despacio, como ignorando la presencia del patriarca, pero un poco más allá se detuvo, con los hombros bajos y viéndose cansado de repente.

- Sé que tienes razón – murmuró el chino con voz suave – Pero no es tan fácil desligarlos cuando…cuando se ven tan iguales, se ríen de la misma forma, hablan idéntico. No puedo dejar de recordarlo cuando miro a Kanon. Ese algo que no puedo identificar en sus ojos es el mismo. Pero no son iguales, lo sé. Créeme que lo sé.

Una sonrisa triste surcó los labios del moreno y reanudó su marcha, dándole la espalda a Shion.

- No tienes que preocuparte por eso – le escuchó decir y momentos después, lo perdió de vista.

Shion esperaba estar equivocado cuando pensaba que Dohko sólo había dejado que el griego se mantuviera cerca por el recuerdo de Defteros. A diferencia de éste, el interés de Kanon en el chino parecía genuino y sincero. Y Dohko necesitaba eso para seguir adelante, no suplir un recuerdo que a todas luces, evocaba tristeza más que cualquier otro sentimiento. Refunfuñó pensando que el moreno tenía un poco de masoquista por aferrarse tan arduamente a esas memorias. No volvería a tocar el tema por ahora, hace siglos le costó casi dos años de silencio por parte del chino y esa era una experiencia que no quería volver a repetir. También esperaba no haberse equivocado al interpretar las acciones de Kanon. Como bien le había dicho Dohko días antes, con el griego nunca se podía estar muy seguro.

TBC

Notillas:

- No se de donde salió la idea de meter a Kanon como maestro reemplazante xD Pero me gustó =P

- Ya ven porque les decía lo de Aioros...Saga fue un amor en este capi, como siempre xD Y Kanon aconsejándolo sobre temas amorosos...me gustaría saber de donde sacó él la autoridad xD

- Juro, solemnemente, que no pretendia meter a Defteros en esto salvo por la mencion del capi anterior, pero ahora, me parece algo casi obligado y lógico. Es un recurso que me servirá tan pronto deduzca como hacer que encaje con el resto de la historia. En realidad, se metió solito. Con eso de que el chino se quedara pasmado cuando vio la ilusion que hizo Kanon =3

Espero les haya gustado...y ahora si puedo decir que nos acercamos cada vez más a la "escena esa" xD

Besos =)