El dolor en el pecho desapareció y Edric perdió la conciencia. Al principio lo único que había era una oscuridad total, pero esta se fue tiñendo de colores poco a poco hasta formar la visión de un lugar que ya conocía.

La Torre de la Alegría.

El sueño era bastante parecido a los recuerdos que le había mostrado Cuervo de Sangre. El dorniense nuevamente escuchó los gritos de Lyanna Stark desde lo alto de la torre, mientras a sus pies los tres caballeros blancos luchaban contra los siete norteños. Nuevamente todos murieron hasta que solo quedaron dos, Lord Eddard con Hielo y su tío Arthur con Albor.

La pelea entre ambos fue tan legendaria como en el recuerdo. Chispas saltaban cada vez que la oscura espada valyriana chocaba con el metal blanco de Albor. El acero común perdería el filo o sencillamente se rompería frente al uso que le estaban dando el dorniense y el norteño en su pelea, pero no eran mandobles comunes los que ambos adversarios esgrimían.

Ambos hombres sangraban de múltiples heridas, pero quién se estaba llevando la peor parte era Lord Eddard. Su cara reflejaba un millar de emociones al darse cuenta de que no podría ganar la pelea y que todas las batallas que había sobrevivido en la guerra habían sido en vano.

Las espadas se cruzaron una última vez, y finalmente Hielo cayó de las manos del norteño. Lord Stark quedó a la merced de Ser Arthur. Ambos hombres cruzaron una última mirada, antes de que Lord Eddard se arrodillara aceptando lo inevitable.

La cara de Ser Arthur estaba manchada con sangre cuando levantó Albor, El tiempo pareció detenerse mientras la mantenía en esa posición, tal como lo había hecho en el recuerdo.

Pero esta vez no hubo ningún cuchillo atravesando la espalda de su tío, y frente a la mirada incrédula de Edric el guardia real terminó con la vida del norteño.

Ser Arthur quedó paralizado por un instante, mirando con tristeza los cadáveres que había a su alrededor. Se arrodilló para cerrar los ojos de Lord Eddard, repitiendo el proceso con cada uno de los muertos. Tras ello miró directamente hacia donde estaba Edric.

Edric sabía que era imposible porque solo era un sueño, pero aun así juraría que en ese momento podía sentir la mirada de su tío. Ambos Dayne mantuvieron el contacto visual por unos instantes, hasta que se escuchó un nuevo grito de Lyanna desde lo alto de la torre.

Ser Arthur rompió el contacto visual y se apresuró en regresar a la torre.

-Siempre me he preguntado qué hubiera pasado si tu tío hubiera sido la mejor espada ese día. –murmuró una voz a su lado, una voz que conocía bien.

Cuervo de Sangre casi parecía una persona normal en esta ocasión. Bueno, si es que se descontaba su albinismo y la falta del ojo que Aceroamargo le había quitado hace tanto. El verdevidente había aparecido a su lado, tan inesperadamente como en las dos ocasiones anteriores.

-Lord Brynden. –dijo Edric, confundido. –No entiendo. Ambos sabemos que esto no es lo que pasó, así que no es un recuerdo de los arcianos. ¿Entonces como podéis estar acá?

-Puedo acercarme al sur mediante los arcianos, pero no es la única forma. –explicó Cuervo de Sangre, observando como desaparecía la capa blanca de Ser Arthur cuando este comenzó a subir las escaleras de la torre. –Los sueños son otro camino que tengo para hacerme presente… y ahora tú estás soñando.

-Entonces, ¿no estoy muerto? –murmuró un poco nervioso el escudero. Ya sabía la respuesta, pero necesitaba que alguien se la confirmara.

-No Edric, no estás muerto. –le dijo Brynden Ríos, con casi un asomo de sonrisa en su extraña cara. –Pero debo decir que estuviste muy cerca de ello. Si no fuera por cierto medallón de huargo, lo estarías.

-¿El medallón de Arya? –preguntó confundido Edric, recordando lo tenso que estaba el collar justo antes de perder la conciencia.

-A esa distancia una ballesta es capaz de atravesar cueros y pieles como si fueran papel, pero la saeta que te impactó a ti golpeó primero tu armadura y luego el medallón. La plata no es tan dura como para detener una flecha que atravesó acero, pero redujo muchísimo su poder. Si no fuera por ella estaríais muerto. –explicó pacientemente el albino. Tras decir eso, comenzó a caminar hacia la torre. –Pero bueno, ya sabrás más cuando despiertes. Ahora subamos, tengo bastante curiosidad por sobre cómo terminará este sueño.

El escudero siguió al verdevidente y ambos subieron las escaleras de la Torre de la Alegría.

La habitación superior olía a rosas y sangre, tal como en la visión del arciano, pero en vez de Lord Eddard, era Ser Arthur quién estaba arrodillado junto a la agonizante Lyanna. Albor estaba apoyada contra el respaldo de la cama, ensangrentada.

La norteña lloraba mientras hablaba con el guardia real.

-¿Era Ned, cierto? –preguntó con resignación en su voz. Su cara sudaba agónicamente, pero todavía había fiereza en sus ojos.

-Si. –respondió tristemente Ser Arthur, sin poder sostener la mirada de la muchacha. –Lo lamento Lyanna, no sabes cuánto.

-P-podrias haber hablado con él. –murmuró la norteña, cada vez más débil.

-Quería hacerlo Lya, pero hicimos un juramento que lo impedía. No podíamos arriesgarnos después de lo que pasó con los hijos de Elia. –intentó explicar el capa blanca, pero se notaba que ni siquiera él estaba convencido de sus palabras.

-Oh Arthur, no sabes nada. –respondió con un suspiro Lyanna. Tras ello cerró sus ojos, desfalleciendo por un instante mientras sollozaba. Tal escena continuó por unos segundos, hasta que el gemido del bebe que descansaba a un costado la interrumpió.

Ser Arthur tomó con cuidado al pequeño Jon en sus brazos. Lo acunó un momento antes de llevarlo a los brazos de su madre. El bebé se calmó inmediatamente y Lyanna también.

-Ya cumpliste tu juramento a Rhaegar, Ser Arthur Dayne. Ahora tienes que hacerme un juramento a mí. –dijo la norteña, recuperando su fortaleza por un instante.

-Lo que sea. –respondió su tío, con una mezcla de tristeza y solemnidad en sus facciones.

-Prométeme que lo mantendrás a salvo, prométeme que no dejarás que caiga en las manos de Robert. –dijo Lyanna, sosteniendo a su hijo por última vez. –Él es todo lo que quedara de Rhaegar y yo. Por favor Arthur, prométemelo.

Dayne no dudó al responder.

-Te lo prometo Lyanna.

La norteña no sonrío como si lo había hecho con Lord Eddard, pero cuando falleció estaba en paz.

Ser Arthur Dayne miró por última vez a la muchacha, lágrimas deslizándose por su cara. Tras ello, tomó con muchísimo cuidado al pequeño Jon, cortando con la ensangrentada Albor un trozo de su capa blanca para poder arroparlo.

-Nacido de la sal y el humo, bajo una estrella sangrante. –murmuró solemne Cuervo de Sangre, mientras observaba la sangre sobre la espada blanca.

Arthur Dayne descendió de la Torre y se dirigió a los caballos. Lo último que Edric vio de su tío fue como cabalgaba hacia el oeste, sin duda buscando Campoestrella. Tras ello el sueño terminó, la oscuridad rodeando todo nuevamente salvo al propio dorniense y al verdevidente.

-¿Por qué tuvieron que pelear? –dijo Edric en un arrebato, exteriorizando finalmente uno de sus anhelos más profundos. –La Guardia Real y los compañeros de Lord Eddard. Ambos querían lo mismo, podrían haberse unido en vez de haberse matado los unos a los otros.

-Hubiera sido lo ideal, ¿no? –respondió Lord Brynden. – "Lo que podría haber sido". –suspiró antes de continuar. -Tengo mis propios fantasmas joven Dayne, y también conozco los fantasmas de los mil verdevidentes que hubo antes que mí… pero si de algo estoy seguro es que no hay palabras más crueles que esas.

-¿No puedes hacer algo? ¿No puedes hablarles para advertirles sobre lo que pasaría? –rogó el escudero, permitiéndose un poco de esperanza al recordar lo poderoso que era el verdevidente

-No. Puedo observar lo ocurrido, pero no cambiarlo. –dijo Cuervo de Sangre, sus ancianas facciones expresando resignación e incluso algo parecido al dolor. –A veces tengo sueños como los tuyos, en los que las cosas ocurrieron de otro modo… pero solo son eso, sueños. La historia está escrita y no podemos cambiarla.

Ambos se mantuvieron unos instantes en silencio contemplando a sus fantasmas, hasta que el dorniense habló.

-Supongo que no estás aquí solo para compartir mis sueños melancólicos. –le dijo al albino.

-No. Aunque sea refrescante olvidarse por un tiempo del peligro en el que está el mundo, ese no es el motivo por el que hablo contigo nuevamente.

Brynden Ríos adoptó una expresión seria antes de continuar.

-Supongo que me consideras casi una especie de dios, ¿o me equivoco?

-Bueno, sí. –respondió incómodo el dorniense. –Ya eras viejo en la época de mis abuelos, así que debes tener más de cien año y sigues vivo. Y eso sin contar como controlas a los cuervos… -Edric se estremeció al recordar lo siguiente. -O a mí mismo esas noches en Invernalia y la Fortaleza Roja…

-No es más que lo que un cambiapieles medianamente poderoso podría hacer. –le interrumpió el albino, exasperado. Sin embargo cuando volvió a hablar lo hizo más suavemente. –Discúlpame, tantos años más allá del Muro me hacen olvidar lo bien que los maestres han ocultado la historia de la magia en el sur.

"No soy un dios ni mucho menos. Cuando era joven me llamaban brujo y tenían razón, pero nunca fui tan poderoso como me gustaba aparentar. Humo y espejos van de la mano con los hechizos, y a veces son incluso más útiles que los últimos"

Cuervo de Sangre hizo una pausa para estudiarlo detenidamente antes de continuar.

-Pero yo era diferente a la mayoría. Mi sangre es tanto de los Primeros Hombres como de los señores dragón y eso me permitió ser más poderoso que cualquiera de mis pares. Es por eso que el Cuervo de Tres Ojos me eligió como su sucesor.

-¿Hubo más como tú?- preguntó Edric.

-Sí y no. –explicó Lord Brynden. -Solo hay un Cuervo de Tres Ojos, pero hay varias personas que reciben el don de la vista verde. En mis tiempos yo era uno. Uno de los hijos de mi sobrino Maekar era otro. Él y sus hermanos también tenían sangre Targaryen y de los Primeros Hombres corriendo por sus venas y podría haberse convertido en un verdevidente como yo.

El albino hizo una mueca, como si le doliera recordar aquello.

-Pero no todos estamos hechos de la misma fibra. Mientras yo abracé el poder que me otorgó mi sangre y lo utilice para mi beneficio y el de mi familia, él sufrió por las visiones hasta casi volverse loco. Se ahogó en alcohol para poder soportarlo y eso lo llevó a una tumba temprana.

-Dijiste que era uno de los hijos del Rey Maekar. –dijo un pensativo Edric. Si bien la historia de su familia estaba marcada por Albor y las Espadas del Amanecer, había otro miembro de la Casa Dayne que había destacado en la historia reciente de Poniente.

-Sí, era uno de los hijos de Maekar y tu antepasada Dyanna Dayne. –confirmó Cuervo de Sangre. –Pasó a la historia como Daeron el Borracho, hermano de Aerion Llamabrillante y el pequeño Egg.

Brynden Ríos sonrío al nombrar a esa última persona, pero retomó su expresión seria al seguir hablando.

-Pero bueno, no vengo a darte una lección de historia. A lo que quiero llegar es que con todo lo poderoso que parezco, no soy omnipotente ni omnipresente. El Muro que separa Poniente de los Otros no está construido solo por hielo y roca. Hay hechizos antiguos en él, hechizos que mantienen lejos al Rey de la Noche... pero también a toda magia de este lado del Muro, incluyéndome.

"Es por eso que te hablé para que me ayudaras a salvar Poniente. No sabes cuánto tengo que esforzarme para poder contactarme contigo o con el lobo alado, pero es mucho más de lo que me gustaría."

-¿El lobo alado? –preguntó Edric, confundido.

-Mi sucesor. –explicó Cuervo de Sangre, suspirando. –Mi vida ya se ha extendido demasiado y se acerca el momento en el que tendré que entregarme completamente a los arcianos. Pero antes de que eso ocurra el lobo alado debe venir a mí, para enseñarle todo lo que necesita saber para la guerra contra los Otros.

-¿Y quién es él?- preguntó el dorniense, aunque ya tenía una idea de quién podía ser.

-Lo sabrás más temprano que tarde. –respondió el albino, enigmáticamente.

-¿Y entonces por qué me estás diciendo esto si no me quieres siquiera revelar el nombre de tal persona? –dijo Edric, exasperado.

-Porque cuando llegue el momento, tendrás que ayudarlo a venir a mí. –respondió Cuervo de Sangre, indiferente al exabrupto del dorniense. –No eres un verdevidente Dayne, así que no puedo simplemente revelarte el futuro sin arriesgarme a que te vuelvas loco como lo hizo mi sobrino.

-Bueno, como desees. –respondió el escudero, rendido. Si era sincero prefería mantenerse en la incertidumbre antes que en la locura.

-Si te sirve de consuelo, te he revelado más cosas que las que le he revelado a cualquier otro vivo. –dijo Brynden Ríos. –Debo admitir que has hecho un buen trabajo hasta ahora, sobre todo comparándote con el… otro.

-¿Otro? –preguntó Edric, extrañado.

Cuervo de Sangre estaba arrepentido de haber dicho lo último. No parecía muy dispuesto a seguir hablando, pero la mirada insistente de Edric lo obligó a hacerlo.

-Te explique que hay personas que reciben el regalo de la vista verde sin ser el Cuervo de Tres Ojos. Hay cuatro que son casi tan poderosos como yo. El lobo alado; un lacustre que los ayudará; una bruja de los bosques… y un hombre del hierro.

La voz de Cuervo de Sangre se tensó un poco al mencionar al último, lo que alimentó aún más la curiosidad del dorniense.

-Tal como hablé contigo, hace unas décadas traté de hacerlo con él… pero me equivoqué y me arrepiento profundamente de ello. –dijo el albino, casi con temor en su voz. –Ese ser es un monstruo, alguien que deberá ser destruido si es que queremos detener la Segunda Larga Noche. Pero es un enemigo que tendremos que enfrentar más adelante, no hoy.

Edric iba a insistir para saber más de tal persona, pero en ese momento comenzó a sentir nuevamente el dolor en el pecho, señal clara de que le quedaba poco en el reino de los sueños.

Cuervo de Sangre también se dio cuenta de ello, tomando de los hombros al dorniense antes de que despertara.

-No preguntes nada más y escúchame. Que te haya elegido para ayudarme a salvar Poniente no significa que eres alguien invencible. En nuestro mundo, cualquier persona puede ser asesinada. Preferiría que no murieras, pero tampoco podré hacer mucho por evitarlo si es que llega a suceder. -le explicó, observándolo fijamente con el ojo que aún poseía.

Tras decir eso comenzó a desaparecer tan inesperadamente como había aparecido. Aun así alcanzó a decirle unas últimas palabras. –Deja de comportarte como un niño y conviértete en un hombre. Recuérdalo en las batallas venideras.

Lo último que Edric vio antes de despertar fue al ojo rojo de Cuervo de Sangre.

-*-*-*-*.

Tres días después de la Batalla de Puerto Gaviota. – El Valle de Arryn.

Lo primero que Edric vio al despertar fue a los ojos dorados de Verano, que lo observaba sentado tranquilamente a un costado de él.

El dorniense estaba acostado sobre unas pieles en el suelo de una tienda de campaña. Tenía su garganta seca y aún sentía el agudo dolor de la herida que le había hecho la flecha, pero además de ello se sentía bien. Se miró el pecho y vio que estaba vendado, pero sin inmovilizarlo. Estaba por intentar levantarse cuando escuchó la voz.

-Sabía que te despertarías. –dijo Bran, de pie al lado contrario del que estaba su lobo.

El norteño estaba tan tranquilo como su lobo, sus ojos reflejando una sabiduría mucho más profunda que la que le debería corresponder a su edad.

-¿Cómo estabas tan seguro? –preguntó Edric, aunque ya sospechaba la respuesta.

-Él me lo dijo en un sueño. –respondió sencillamente Bran.

No tuvo que decir nada más. El otro escudero le trajo una cantimplora con agua para que bebiera. Tras ello estaba ayudándolo a levantarse cuando dos personas y un lobo irrumpieron por la entrada del pabellón.

-¡Edric! –dijo alegremente Robb, su sonrisa contrastaba con las ojeras que su cara exhibía. Aun así no demostró nada de cansancio al acercarse a Bran para ayudarle a levantar al dorniense. -¿Te sientes bien?

-Todavía me duele un poco, pero me siento bien mi señor. –respondió el dorniense, al tiempo que acariciaba a Viento Gris mientras este trataba de lamerle las dedos. -¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

-Tres días. –respondió el Pez Negro, que era la otra persona que había entrado junto a Robb. El anciano caballero parecía la versión envejecida del Señor de Invernalia. Edric se sorprendió al darse cuenta que la típica desaprobación con la que solía mirarlo ya no estaba presente.

-Perdiste mucha sangre. –añadió Bran a las palabras de su tío. –El maestre de Lord Royce dijo que casi te perdimos.

-El medallón que te regaló Arya te salvó la vida. –explicó Robb, aunque el dorniense ya lo sabía. Aun así fingió sorpresa frente a las palabras del norteño. –La flecha atravesó tu armadura, pero tras ella se encontró con el medallón y por eso no entró tanto en tu pecho como podría haberlo hecho.

-Tuviste mucha suerte. –añadió Bran, sacando un bolsillo el medallón en cuestión para entregárselo.

El dorniense lo tomó con ambas manos, apreciándolo como si fuera un tesoro. La flecha había atravesado la figura del lobo huargo, pero no lo había destrozado. Tenía arreglo, así que apenas pudiera el dorniense se encargaría de buscar un herrero para repararlo.

-Bueno, si de algo estoy seguro es que en el futuro evitaré a los ballesteros. –bromeó el dorniense un poco más relajado. Tanto Robb como Bran se permitieron unas carcajadas e incluso el Pez Negro sonrío.

-Creo que todos estamos de acuerdo que será lo mejor. –dijo Robb, todavía con una pequeña sonrisa en su cara.

-Y bueno, ¿qué pasó mientras estuve inconsciente? –preguntó Edric.

-Nada muy importante. –respondió Robb, abandonando el relajo para retomar la postura de Señor de Invernalia. –Los soldados de Lord Grafton se rindieron cuando supieron que habíamos tomado el castillo, así que la batalla que había en las murallas terminó casi de inmediato. Ahora Ser Andar Royce gobierna en Puerto Gaviota con una guarnición leal a su padre, mientras la mayoría de los soldados de los Grafton se unieron a nuestro ejército.

Se detuvo para respirar antes de continuar. -Estamos por llegar a Roble de Hierro, desde donde nos dirigiremos a las Puertas de la Sangre para esperar que el resto de los señores del Valle arriben con sus hombres. Espero que estemos descendiendo de las Montañas de la Luna en no más de tres semanas…. Con veinticinco mil hombres a nuestras espaldas.

-Los que sumados a los soldados norteños y ribereños serán suficientes para atacar a los Lannister en Harrenhal. –añadió el Pez Negro, jugueteando con el cinto de su espada. –Los hombres de Lord Tywin ya deben estar agotando sus víveres. No durarán mucho cuando empecemos a asediar el castillo.

-No, aunque tampoco sé cuánto tiempo más podrá mantenerse nuestro ejército en Darry sin que comience a pasar hambre. –dijo Robb, un poco de preocupación en su voz. Sin embargo se animó. –Pero bueno, si derrotamos al ejército Lannister en Harrenhal el camino a Desembarco quedará libre, y tomar la ciudad será un juego de niños tras derrotar a Lord Tywin.

-Nunca subestimes a tus enemigos Robb. –dijo el Pez Negro tensamente. –Tywin Lannister es nuestro enemigo más peligroso, pero hay otros de los que también hay que preocuparse. Stannis es uno de ellos y no tenemos noticias de él hace meses.

-Stannis tiene menos de ocho mil hombres, tío. Y probablemente tendrá menos tras enfrentarse a Renly, si es que llega a sobrevivir. –respondió el Señor de Invernalia. –Pero bueno, tienes razón en que no hay que subestimar a los enemigos.

Tras ello siguió un pequeño silencio, que fue interrumpido por Edric.

-Robb, ¿cuántos hombres perdiste en Puerto Gaviota? –preguntó el escudero, preocupado por la posible respuesta del norteño. Había visto al Gran Jon herido por flechas y a un caballero de Puerto Blanco muerto por el mismo motivo, pero en el caos de la batalla no había podido observar mucho más.

-Pocos la verdad, probablemente menos de cincuenta y ninguno que hayamos conocido personalmente. –respondió Robb, tranquilando al dorniense. –El Gran Jon y Harrion Karstark fueron heridos de cierta gravedad, pero mucho menos que tú. Los dos están bien ya están bien. Lo mismo Ser Wendel, que se rompió un brazo tras caer de su caballo cuando nos enfrentamos a los caballeros de Lord Grafton. Le ofrecí quedarse en Puerto Gaviota hasta que se recuperara, pero se negó y continúa cabalgando con nuestro ejército. Los Manderly son más duros de lo que se cree, o por lo menos más que lo que el tamaño de sus barrigas sugiere.

Los tres jóvenes rieron, pero el Pez Negro los reprendió esta vez.

-No sean tan confiados. En la Guerra de los Reyes Nuevepeniques luché con un mercenario de la Compañía Dorada que tenía más barriga que cualquier Manderly, y fue uno de los pocos enemigos que he enfrentado en mi vida que ha estado a punto de matarme. –les dijo el anciano caballero, con una expresión de reprobación.

-¿Dónde está Theon? –preguntó Edric, para cambiar el tema y evitar una discusión mayor entre el Pez Negro y sus sobrinos. El rostro de Robb se oscureció tras la mención del Greyjoy, para sorpresa del dorniense.

-Conociéndolo debe estar intentando convencer a alguna lavandera que se acueste con él. –dijo el norteño duramente. Tras ello sacudió su cabeza de un lado al otro –No me hables de Theon, no estamos en buenas relaciones actualmente.

-¿Por qué? ¿Qué pasó? –preguntó extrañado Edric, indiferente a las últimas palabras de Robb.

Fue Bran quién respondió. –Robb cree que Theon tuvo culpa en que casi te mataran esa noche en Puerto Gaviota. Dice que si hubiera matado a Lord Grafton apenas vio la ballesta nos hubiéramos evitado todo lo que sucedió después.

-¡Acaso me van a negar que no podría haber hecho algo más? –preguntó exasperado Robb. –Lo hemos visto acertarle a una manzana a ochenta yardas en Invernalia. ¿Por qué le apuntó al pecho a Grafton y no a la cara?

-Se equivocó Robb, todos lo hicimos. –respondió el Pez Negro. -¿Acaso crees que no me arrepiento de no haber matado a ese cobarde apenas entramos a esa habitación?

-No es lo mismo tío. Nosotros solo teníamos espadas, él tenía su arco. –dijo el Señor de Invernalia, sin ser convencido por las palabras de Ser Brynden

-Pero Robb, hasta Viento Gris se equivocó esa noche. –dijo Edric, tratando de convencer al norteño. –Si ni siquiera él logró actuar correctamente, dudo que culpar a Theon sea lo adecuado.

-Digan lo que quieran, pero Theon hace bastante que está actuando de una manera que deja bastante que desear. –respondió Robb, aun sin ser convencido. Sin embargo, tras decir eso se relajó un poco. –Pero bueno, no nos amarguemos más por ello. Edric despertó y por eso tenemos cosas más agradables de las que hablar.

Miró al escudero antes de continuar.

-Ya nos dimos cuenta de que no tienes problemas en mantenerte de pie. ¿Crees que podrás arrodillarte? –preguntó el norteño, con una expresión seria en su cara.

-Sí, creo que sí. –respondió el dorniense, algo confundido por la pregunta de su amigo. -¿Por qué lo preguntas?

El sonido de una espada al desenvainarse sonó antes de que el norteño respondiera. -¿Recuerdas lo que me dijiste poco después de partir de Invernalia, sobre que estabas preocupado por no tener un caballero al que servir como escudero?

-Sí. –respondió tímidamente Edric, sintiendo un cosquilleo en el estómago frente a lo que sospechaba que había tras las palabras de Robb.

-¿Cuántos años tienes Dayne? –pregunto súbitamente el Pez Negro, sosteniendo la espada que había desenvainado unos segundos antes.

-Quince y medio, Ser. –respondió el dorniense, aún más ansioso.

Robb y su tío cruzaron miradas, el Pez Negro asintiendo frente a la muda pregunta del norteño.

-Estuve hablando con mis consejeros. –comenzó a explicar Robb, aún serio. –Y todos coinciden en que el haber recibido esa flecha por mí es algo que merece una recompensa.

El Señor de Invernalia sonrío antes de continuar.

-Ya estás comprometido con mi hermana, por lo que no puedo recompensarte más por ese camino. Así que se me ocurrió otra forma, una que estoy completamente seguro que será de tu agrado.

-Arrodíllate chico. –dijo Ser Brynden Tully, sin darle tiempo al dorniense para procesar plenamente todo lo que estaba pasando.

El escudero obedeció lentamente como si fuera un sueño. Tenía motivos para actuar así, ya que había soñado muchas veces con este momento. La herida del pecho se le abrió un poco cuando se arrodilló y el dorniense sintió un hilillo de sangre correr, pero no era nada que no pudiera soportar. Recordó unas palabras que le había dicho Ser Jaime parafraseando a su tío Arthur.

"Todos los caballeros debemos sangrar, la sangre es el sello de nuestra devoción"

Tras un par de segundos en los que creyó que el tiempo se detuvo, finalmente sintió la espada del Pez Negro sobre su hombro derecho.

-Edric Dayne, en el nombre del Guerrero os ordeno ser valiente. –la espada se movió lentamente al hombro izquierdo. –En el nombre del Padre os ordeno ser justo. –la espada cambió nuevamente de hombro.- En el nombre de la Madre os ordeno defender a los jóvenes e inocentes…

La ceremonia continuó por unos minutos, hasta que el Pez Negro quedó en silencio. Tras ello dio un paso atrás, indicándole con un gesto que podía ponerse de pie.

Edric se mantuvo inmóvil unos instantes, pensando en todo lo que había vivido hasta ese momento. Pensó en Lord Eddard y Ser Jaime, en Arya y Allyria, en su difunto padre y su tío Arthur. Finalmente se alzó, y cuando lo hizo fue con una sonrisa de satisfacción en su cara.

Un escudero se había arrodillado, pero era un caballero el que se había levantado.

-*-*-*-*.

Un mes más tarde, las fuerzas de la alianza descendían sobre Harrenhal.

Entre los norteños, los ribereños que había en Darry y los caballeros del Valle sumaban casi cincuenta mil hombres. Un ejército gigantesco bajo cualquier medida. A estos debían sumárseles los ribereños de Lord Jonos Bracken, a quiénes Ser Edmure había ordenado bloquear el oeste de Harrenhal para evitar que los Lannister avanzaran más sobre las Tierras de los Ríos.

Sin embargo, Lord Jonos no se había unido a los ejércitos de Robb y Yohn Royce cuando estos partieron de Darry. Lord Stark había enviado jinetes en dirección del ejército ribereño con la esperanza de descubrir el motivo de tal hecho, pero hasta ahora no habían vuelto con respuestas.

En el fondo Robb estaba preocupado, temía que Lord Tywin hubiera atacado y destruido al ejército Tully sin que ellos se enteraran, pese a los reportes de sus exploradores que aseguraban que el ejército Lannister no había avanzado al norte de Harrenhal. Es por eso que su ansiedad crecía con cada metro que se acercaban al descomunal castillo.

El Señor de Invernalia cabalgaba en la vanguardia del ejército, acompañado por Bran, Yohn Royce, Dom y Ned. "No, ahora es Ser Edric," pensó con una sonrisa el norteño. El dorniense estaba recuperado plenamente de la herida que había recibido en Puerto Gaviota, sin embargo la experiencia cercana a la muerte lo había dejado aún más silencioso y solemne que de costumbre.

Pero bueno, había muchísimos jóvenes nobles que se volvían pedantes tras ser ungidos como caballeros. El norteño agradecía profundamente que Edric no fuera uno de ellos.

Mientras atardecía, poco a poco las torres y murallas de Harrenhal fueron apareciendo en el horizonte, hasta que tras llegar a la cima de una colina pudieron apreciarlo en toda su majestuosidad. El castillo era tan gigantesco como lo describían los libros, y la forma retorcida de la piedra de sus torres dejaba en claro que había sido víctima del fuegodragón. A lo lejos estandartes de los Lannister apenas lograban verse, pero no había duda de que estaban.

Pero mientras más lo observaba, más crecía su preocupación. Algo no estaba bien. Domeric parecía compartir tal inquietud.

-¿Es extraño, no crees? –dijo el Bolton, mientras señalaba con una pálida mano al castillo del horizonte. –Uno creería que una fortaleza con cuarenta mil hombres dentro debería tener más fogatas encendidas. Pero no se logra ver una sola, y tampoco se ven columnas de humo.

El norteño estaba sopesando las palabras de su amigo cuando Bran habló.

-Robb mira, el tío Brynden está volviendo. –murmuró su hermano, extrañado.

El Stark menor tenía razón. El Pez Negro estaba a cargo de los exploradores del ejército, reconociendo el terreno y emboscando a cualquier jinete Lannister que se cruzara en su camino. Lo había mandado a patrullar las tierras de nadie que habían entre el ejército y las murallas de Harrenhal, por lo que era extraño que volviera tan pronto.

El Señor de Invernalia picó espuelas para encontrarse antes con su tío, siendo seguido por sus compañeros. Su curiosidad aumentó exponencialmente cuando notó la cara de preocupación del anciano caballero.

-Mi señor. –dijo Ser Brynden cuando se acercó lo suficiente. –Tenéis que ver esto.

No necesitó decir nada más para que el norteño y sus compañeros partieran disparados hacia el castillo. Cuando estuvieron a tiro de flecha de las murallas, la razón tras la reacción del Pez Negro quedó expuesta.

Las puertas de Harrenhal estaban abiertas y no había una sola persona a la vista.

-Podría ser una trampa. –dijo Yohn Royce, tan preocupado como el resto.

-No lo creo. –respondió Ser Brynden, seguro de sí mismo. –Mis exploradores han estado vigilando todas las murallas por señales de vida y no han visto ni escuchado nada. De hecho estaba a punto de ordenar a algunos hombres que entraran al castillo para confirmar que está vacío.

-Hacedlo tío.- dijo Robb, más nervioso de lo que quería admitir. "Por los dioses, ¿Dónde está el ejército de Lord Tywin?" pensó, aterrorizado por las posibilidades. Exteriorizó parte de su temor al volver a hablar. –Porque si de verdad está vacío y los Lannister no están ahí, todo nuestro plan de guerra se fue al retrete.

Resultó que eso era lo que había sucedido.

Desde la Pira Real hasta el Foso del Oso, no había una sola alma en Harrenhal.

Tywin Lannister había vuelto a tomar la iniciativa en la guerra.


NA: Antes de ser asesinado por lo corto del capítulo ruego escuchar la explicación.

Ocurre que al principio esta era solo la primera mitad del capítulo 8, pero mientras más avanzaba en el final del mismo me di cuenta que por temática, ambas partes no calzaban tan bien juntas en un mismo capítulo como si lo hacían separadas en dos. Es por eso que se puede considerar a esta como la primera parte de un capítulo doble (que son de un tamaño similar pero no igual). La segunda parte está casi lista, así que la subiré en los próximos días :D

Perdón por la parte de Cuervo de Sangre, pero su intervención era necesaria... y no puedo evitar la tentación de escribirlo lo más posible (es uno de mis personajes favoritos) aún sabiendo que las partes oníricas no son mi fuerte :(

Gracias por los reviews y los follows, siempre se agradecen y te suben el ánimo al continuar la historia. Un abrazo, me verán pronto.