Cap IX: "Lo peor que podrías haber hecho"

Si el reloj no le mentía, Rachel debería aparecer en unos minutos. En menos de media hora según le informó antes de salir de su departamento y ella calculó que, si tardaba ocho en viaje, de las últimas siete horas y media que pasaron lentas, ahora ya no quedaba nada para volver a verla.

Observó una vez más tras la puerta anti insectos, como la sicóloga la llamaba y, al no divisar el coche aún, abrió y se dirigió al sillón bajo el pórtico.

Se acostó y miró el techo. Sin embargo podía sentir con claridad las ansias recorrerle el cuerpo entero, su pierna sacudirse en prueba de ello y los latidos golpeándole con la misma intensidad que cuando corría tras Berta, la gallina más rebelde del granero y que cada vez que dejaba la puerta abierta, se escapaba sin remordimientos ni consideraciones.

Fascinada por volver a verla como estaba, Quinn cruzó los brazos en su abdomen y cerró los ojos. Si recordaba momentos vividos desde que Rachel había llegado, la espera se volvería menos tortuosa y el tiempo avanzaría más rápido.

Se acordó de la segunda vez que la morena montó a Fiona, con menos miedo pero igual de insistente porque no se alejara y la ayudara a subir. O de las caricias que compartían en los momentos de silencio. Ella lo hacía porque la encontraba atractiva y la manera en que la miraba le encantaba ¿Lo hacía Rachel por la misma razón?

Era un acto extremadamente valorable su contención de no sobrepasar la línea en la que caminaban y no demostrarle cuánto le apetecía que no dejara de verla de aquella forma: con sus ojos chocolate brillando intensamente y el hoyuelo en su mejilla derecha mientras le sonreía.

Rachel Berry hacía que mordiera sus labios para no posarlos en los de ella y acabar con aquel gusto que antes nunca se le había generado.

Y ahora estaba andando hacia ella. Y, si la suerte estaba de su lado, nada debería interponerse en su camino para reunirse otra vez.

Rememorando la lengua de la morena entre sus dientes, en un gesto tímido cuando le entregaba flores, se removió y adecuó una mejor posición.

¿Por qué tardaba tanto?

Quinn —oyó de la nada y abrió entre parpadeos los ojos.

Allí estaba y el corazón doliéndole era señal clara de que no era parte de sus recuerdos. Ni mucho menos alucinaciones de sus sueños. Se había quedado dormida y se reclamó mentalmente al sentirse la persona más tonta del planeta.

Sentada a un lado de su cadera, Rachel le sonreía y esperaba a que terminara de despertar.

Lo hizo rápido. Se irguió con velocidad y pasó su mano a lo ancho de su rostro por si acaso. La morena rió ligeramente y ella se preguntó si algún hilo de saliva o algo infantil delataba su siesta improvisada y no la espera que llevaba contando.

No tienes nada —aseguró la morena dejando una mano en su cuello y limpiando algo invisible entonces de su labio inferior — Hola

Hola

Hola… ¿solo eso? —bromeó la sicóloga y Quinn tragó saliva. Los malditos nervios jugaban en su garganta y no le permitían soltar más palabras. O acciones. Porque quería tocarla tanto como Rachel lo hacía y oprimirla en un abrazo. Pero su boca cerrada y su cuerpo inmóvil, obligaron a que la morena continuara casi en un monólogo — el viaje duró un poco más. El coche aguantó con poco aceite los últimos kilómetros pero George lo solucionó aquí. Está usando tu baño, no te importa ¿cierto? —Ella negó con seguridad— veo que no te importa saber qué hice y…

No es eso —habló por fin y cuando iba a continuar, preguntarle cientos de cosas y decidida a abrazarla, la puerta a unos metros se abrió y un hombre salió. Portaba un traje, liso y bien cuidado mientras se escondía del pesado sol tras su mano —

Vaya calor insoportable hay aquí —dijo con algo de humor y la rubia sintió los nervios regresar — espero no le moleste señorita Fabray pero me tomé la confianza de beber un vaso de agua

Tranquilo, George. Si hay alguien que no impide buenas acciones, esa es Quinn —la alabó su sicóloga y ella sonrió avergonzada — Quinn, él es George, el chofer de mi familia y el hombre de confianza también. George, ella es Quinn

¿Sabe por qué no me dice nada de usted? —le preguntó el hombre acercándose a ella y estirándole el brazo en un cordial saludo — porque me lo dijo durante todo el camino. Ida y vuelta —agregó con un gesto de felicidad y estrechando su mano con la de ella —

George —le reclamó Rachel sonrojada. Quinn la observó sonriente ¿en verdad había sido así? ¿Le había hablado de ella a alguien? De repente las ganas por ocultarla contra su pecho y para aliviar su timidez la inundaron, por lo que se acercó un poco más cuando él la soltó —

Quinn es la dueña del lugar, la que se levanta apenas sale el sol a alimentar las gallinas, ordeñar las vacas y prepararle el desayuno a usted. Quinn le enseñó a montar un caballo y a hornear un pastel. Quinn es linda, liberal y dulce. Y tiene un lindo cabello y una perfecta dentadura. Sonríe y…

Sí, George, George, ya entendimos —lo cortó Rachel y llegando a él de un salto — Quinn es muy linda, sí, bueno ¿el auto ya está bien?

En perfecto estado señorita…Señorita Fabray, fue un placer conocer la razón por la que la señorita Rachel sonríe de tan hermosa manera —la saludó nuevamente y luego los vió alejarse.

Demonios, pensó. Ella la había extrañado y su cuarto, la cama que rodó durante toda la noche para intentar dormir, el agua con la que se duchó y el silencio en que desayunó ese día lo sabían. Si Rachel había hablado de ella ¿significaba que la había extrañado también?

Un extraño escalofrío descendió por su espalda y un deseo interno fogoso aguardó por un sí.

Agudizó la mirada y observó como más de una vez su sicóloga volteaba a verla y parecía casi ignorar lo que el chofer decía.

Ella en cambio no desatendía su figura: su espalda recta, la camisa blanca que llevaba dentro de aquel pantalón de traje y sus zapatos negros de tacón. Parecía que el calor no le afectaba y, muy por el contrario, el pequeño saco que dejó sobre sus piernas lo demostraban.

Quinn lo tomó con cuidado y entre miradas a la morena, lo empuñó contra su nariz y disfrutó de un nuevo aroma. No era el acostumbrado perfume que desprendía siempre el cabello de Rachel pero la increíble fragancia dulce y veraniega, aún se mantenía.

Oyó el motor del coche encenderse y dejó la prenda en su lugar, antes de sentarse y demostrar las ganas porque se acercara.

Bajo la entrada del pórtico, Rachel se detuvo a verla. La miraba con tanto entusiasmo que sentía cómo la atravesaba. Sus ojos marrones la traspasaban sin permiso y azotaban cada extremidad de su cuerpo una y otra vez.

Y cada segundo que pasaba, solo terminaba de entregarse a lo que su mirada quisiera hacerle.

Le pareció que notó su inquietud, porque la vió sonreír de medio lado y con petulancia subir los pequeños tres escalones. Y finalmente volvía a ella.

¿Qué tal el viaje? —se atrevió a preguntarle mientras le hacía un lugar a su lado, deteniendo así su huída al interior de la casa —

Agotador —cuando se dejó caer, sacudiendo sus labios y generando un sonido de cansancio cuasi infantil, ella se humedeció los suyos y se arrastró un poco más hacia atrás, solo para dejarle todo el espacio que necesitara — casi no dormí y fueron muchas horas de viaje. Casi no dormí ¿pero tú? —añadió con burla y Quinn masajeó su cuello avergonzada —

Lo siento mucho, en verdad estaba despierta y esperándote. Cerré los ojos un momento y me quedé dormida

No te preocupes, no tenías por qué esperarme despierta

Pero quería hacerlo —le aseguró con sus ojos sobre ella y Rachel giró su cabeza, para observarle cómo la mirada se perdía entre sus labios carnosos y asomaba la lengua al bajar por su mentón — ¿tienes calor?

Calor, hambre, sueño y estoy agotada. Y hoy tenemos una sesión. Me daré una ducha y cuando esté lista nos encontramos en el sillón ¿de acuerdo?

La sesión puede esperar —le dijo poniéndose de pie y estirando su mano. Cuando sus dedos se entrelazaron, la jaló con suavidad y la guió para atravesar la cocina — hay algo que quiero mostrarte —añadió llevándola a su cuarto y Rachel se preguntó qué habría pasado en esas 24 horas que ella no estuvo —

Quinn la soltó para rodear la cama y alzó la frazada. La morena se acercó y abrió sus ojos con sorpresa, al verla abrir un cierre a lo largo del costado del colchón. Eran plumas, cientos de plumas dentro y la rubia se había tomado el trabajo de rellenarlo para su comodidad. Incluso hundió sus puños sobre la cama solo para demostrarle cuánto rebotaban, en claro efecto de que su espalda descansaría sin problemas.

¿Te gusta?

Oh, Quinn es un detalle muy lindo. Por supuesto que me gusta y ahora tengo más ganas de dormir —bromeó rozando con su mano el colchón y sintiendo la comodidad que antes desconocía — voy a probarlo —le dijo quitando el bolso que había dejado al llegar y haciéndolo a un lado. Sin embargo, antes de acostarse, tomó la bolsa de regalo sobre la mesa de luz y se la entregó. La rubia juntó sus cejas sorprendida — para ti. Ábrelo

Rachel ocupó la cama, boca abajo y con ansias observaba su reacción. Ella le dedicó una mirada antes de abrir la bolsa y hurgar en su interior.

Es…

Una cámara. Lo que dije que iba a darte. Ven aquí —la invitó palmeando el colchón a su lado y la rubia se acostó aún rebosante de alegría. La niña pequeña que emergía cuando Rachel la trataba con tanta delicadeza, allí estaba, tocando su hombro izquierdo con el derecho de su sicóloga y mientras la ayudaba abrir el envoltorio — ¿sabes usarla?

No mucho. Mi abuela tenía una pero era más antigua. Recuerdo que se la sacaba siempre a escondidas y luego de que tomara su medicina, así no se acordaba de ella —le contó y la morena rió por lo bajo. Ella giró a verla. De nuevo su corazón le dolía por la profundidad con que se estrujaba y la saliva se abultaba en su garganta ¿por qué la tenía que poner tan nerviosa? ¿O por qué solo se observaban unos segundos y luego a sus labios? Se perdían intensamente en la boca de la otra y aún no terminaba de entender cómo lograban alejarse — no tenías por qué hacerlo —murmuró pero su corazón no paraba de latir con eufórica alegría —

En verdad sí —la contradijo alzando los hombros — no tiene usos y la fotografía no es lo mío. Aquí tiene una correa ¿lo ves? —cuestionó sacándola de la bolsa. Rachel se inclinó sobre ella y la pasó tras su cuello. Sus dedos delicados le hacían estragos en la piel y rogó porque no notara cómo se crispaba por su toque — entonces puedes colgarla y llevarla dónde quieras —le explicó sujetando la cámara al enganche. Quinn ascendió la mirada desde su pecho hasta sus ojos chocolates. Y luego regresó y volvió a subirla, tan lenta y detallada que supo el sonrojo de la sicóloga se debió a su insistente observación — listo. Sí, a ti te queda perfecta —aseguró con un toque en el hombro y antes de regresar a su lugar —

¿En verdad puedo usarla?

O lo que quieras. Es tuya ahora y tú decides qué hacer —inmediatamente se estiró hasta su mejilla y le depositó un beso.

Pero se quedó allí.

El aroma que el costado de su mentón desprendía era indescriptible pero enloquecedor. Y la mano de Rachel enredándose con lentitud entre sus cabellos para retenerla entre caricias, ayudó a prohibirle el alejamiento.

Fueron los segundos de mayor tranquilidad y alineándose, o quizá superando, con los que ya vivía a diario con ella.

Hubiera preferido mantenerse en su cuello, aspirando su nueva y embriagadora fragancia pero si más minutos pasaban, mayor sería su deseo de escalar por su piel ¿Qué sabor dejaría en su boca tras besar sus hombros? O mejor aún ¿cómo sabrían sus besos? Si Rachel la acariciaba y todo se hacía silencio ¿le transmitiría la misma armonía en un beso?

Rozando su mejilla al separarse, se respondió a sí misma que toda la paz que algún demonio necesita, caería como la lluvia tras la explosión de un beso.

Estaba segura que nada se igualaba a eso.

Me alegro que te haya gustado mi regalo

No se compara a nada que me hayan regalado alguna vez. Eres más linda de lo que te dije antes de que te fueras

¿Más linda? —rió Rachel nerviosa —

Eres preciosa —le aseguró dejándole un rápido beso cerca de su oreja. Cuando quiso ponerse de pie y no delatar su sonrojo, la morena retuvo su brazo y la jaló contra su rostro —

Tú lo eres. Eres encantadora —susurró con una penetrante mirada y antes de bajar hasta su boca. Quinn asomó su lengua y, al sentir como el peso de su cuerpo la inclinaban hacia adelante, carraspeó con nervios y finalmente se alejaron — creo que voy a darme una ducha, así luego comenzamos con la sesión

Claro, está bien. Sí, yo… ¡espera! —La detuvo cuando recordó en qué había usado el tiempo por la mañana y como parte de un regalo en pago a la cámara — quieres ducharte, sí, bueno…ven —añadió con una señal de cabeza y dejando la habitación.

Los pasos de la morena tras ella la incentivaron a acelerar los suyos, hasta llegar al baño y adentrarse en el calor que emanaba de allí dentro. Sin embargo, ante el gesto confundido de su sicóloga, avanzó dentro del lugar y movió unos muebles que se arrinconaban lejos del lavamanos.

Abrió la puerta que se presentó frente a sus ojos y giró a ver el asombro en Rachel. Sonrió y la empujó suavemente con una mano en la parte baja de su espalda, para seguir caminando.

Cuando era pequeña, mamá quería que este fuese mi cuarto al crecer. Al parecer creían que íbamos a pasar toda nuestras vidas juntos…es pequeño pero es…

Perfecto —la interrumpió la morena, recorriendo el cuarto que no tenía más allá de una bañera en medio, algunos floreros sobre estantes blancos y prolijamente pintados y había un mueble bien cuidado, en el que toallas limpias y envases de jabón se guardaban en el. Quinn dejó la cámara un momento allí — está llena —dijo con obviedad al hundir y rozar su mano bajo el agua de la tina — y limpia

La cargué hace unas horas, cuando me llamaste para avisarme que regresabas. Hay jabón, sales o espuma, con lo que quieras llenarla

¿Puedo usarla? — cuestionó ilusionada. Quinn sonrió, acercándose a ella y deteniéndose detrás. Con las dos manos en su cadera, la encaminó hasta el más lejano rincón, donde un antiguo espejo de pie las reflejó y se observaron a través de el —

Puedes —le respondió y hubo un silencio, donde solo las acciones se detuvieron más no sus parpadeos.

Hasta que pasaron los segundos adecuados y ella trepó sus dedos hasta detenerlos en los hombros de Rachel. Estaba tensa, podía notarlo por lo que masajeó arduamente hasta verla cerrar los ojos.

Se sentían tan bien sus pulgares moviéndose de manera circular y lenta, reiniciando los movimientos solo para oírla suspirar que no le importó el cansancio que se generó en sus pies por la posición.

Desde repetirle lo linda que era hasta dejarle besos en la mejilla, de esa manera tan rara estaba actuando solo con ella y como nunca antes en su vida. Por lo que, sin perder esa cuestionable costumbre, sus manos se deslizaron hacia adelante y rozaron su pecho, antes de detenerse en el botón de la camisa.

Rachel había abierto los ojos, los sentía mirándola pero no estaban reclamándoles y su respiración apaciguada seguía igual. No sabía de dónde estaba sacando y tomando toda esa valentía pero en vez de calmarse, la llama que se encendía con la morena solo seguía aumentando.

Desabotonó el cuello, con total cuidado y lentamente siguió el camino hasta abajo.

Pudo distinguir apenas la piel de su abdomen y conocer el color rosa de su brassier, con un pequeño moño justo en medio de sus pechos.

Sabía que no podía terminar de ayudarla, a quitársela y lanzarla a un lado. Mordiéndose el labio para no gruñir, intentó alejarse pero nuevamente Rachel la detuvo del brazo:

Gracias —fue lo único que le dijo y Quinn asintió, antes de abandonar el cuarto definitivamente.


No sabía por dónde comenzar aquello. Lo más cerca de dar una especie de clase había sido al momento de defender su tesis y dónde se vió obligada a pasar más de media hora en un salón con algunos de sus profesores, explicándoles cientos de preguntas que le formulaban y tratando de hacerlo lo más implícito posible.

¿Podía actuar así ahora? Quizá. Quizá no. Quizá no iba a actuar de ninguna manera y todo se arruinaría mucho antes de empezar.

La sesión había terminado minutos atrás y había sido más avanzada que la primera, más no más benéfica que la segunda. Pero Quinn le había hablado tan suelta y con la misma confianza que la anterior. Se la pasó hablando de algunos recuerdos con su madre, de lo poco que había aprendido en el Instituto y de lo rápido que olvidaba las mismas cosas.

Notó incluso la felicidad al hablar de Judy, su madre y traspasarle las enseñanzas que la mujer le repetía desde pequeña.

No había nombrado a Russel en ningún momento y, de alguna manera, las ansias por saber qué había detrás de la relación con el hombre, la intrigaba a casa sesión que pasaba.

¿Sucede algo? —le preguntó Quinn sentándose a su lado. Estaban en la mesa, aún faltaba una hora para cenar y algunos libros y bolígrafos la ocupaban entre desparramos —

Cuando tú me dijiste que querías aprender… ¿por qué me lo decías específicamente? ¿De qué hablabas? —la rubia alzó los hombros —

Sobre lo que tú quieras enseñarme

¿Pero sientes que hay algo en especial que no sabes y te gustaría comprenderlo?

Todo —le respondió Quinn y una sonrisa se ensanchó en su rostro. La forma sincera y real con que le hablaba, era de sus virtudes favoritas —

Te acuerdas por qué empezó esto ¿cierto? ¿Cómo nació la idea de que te enseñara ciertas cosas? —la vió sonrojarse como nunca antes y le pareció el gesto más humano que alguna vez presenció. El rojo fuerte tiñó desde el cuello hasta las orejas de Quinn y el dedo índice doblando una hoja para no verla, solo lo completaba más —

Sí, lo recuerdo

Mira, si quieres, podemos comenzar por algo más…fácil —esa no era la palabra adecuada pero quería que su paciente la entendiera en todo momento —

No soy tonta —le dijo seriamente la rubia y ella dejó el libro un momento de lado — sé por qué reaccioné así la otra vez

Me dijiste que no lo sabías

Sé que sucede cuando alguien me gusta. Creo que fue lo único bueno que hizo mi padre conmigo, enseñarme esas palabras. Lo que no sé es por qué sucede ¿por qué no puedo evitarlo?

Escucha, Quinn, hay dos cosas que las personas no podemos evitar —comenzó arrastrando su silla para pegarla a su lado y rozar de esa forma sus brazos — la primera es el destino. Hay gente que cree que ciertas situaciones se atraviesas por el destino. Y la segunda son las sensaciones que nuestro cuerpo cala o pasa. Si nos gusta algo, reaccionará de acuerdo a eso. Si no nos gusta, actuará con desagrado ¿entiendes? —Luego de humedecer sus labios, su paciente asintió y ella se acomodó un mechón de cabello tras su oreja — tu…tu erección del otro día se debió a eso. A los estímulos de satisfacción que tu cuerpo produce. Y solo debes entender que así debe pasar. No puedes evitarlo

¿Y si está mal?

No está mal, Quinn. Eso volverá a pasarte como alguna vez te debe haber pasado antes. Y seguirá ocurriendo

¿Tú te molestaste?

Para nada —le aclaró tomando un vaso de agua que había servido para las dos —

No recuerdo que me haya pasado antes —susurró la rubia por lo bajo —

Pero dijiste que sí sabías —le recordó la morena e intentando suavizar el tenso ambiente — eso quiere decir que ya has visto algo que te agrada — bromeó alzando las cejas sugestivamente. Quinn sacudió la cabeza —

No, mi padre me lo dijo. Lo único agradable que he visto en mi vida eres tú —tosió con tanta torpeza que casi escupe el agua que bebía.

Aquella expresión le azotó, peor que a un esclavo la piel y se la arrancó hasta sentir el doloroso aire golpearle las entrañas. Inexplicablemente lo sentía así. Expuesta y desnuda ante una Quinn Fabray que se mostraba de igual manera pero no tenía miedo a decirlo.

Rachel limpió la comisura de sus labios y la miró: sus mejillas estaban blancas porque en ningún momento se habían sonrojado y sus ojos estaban clavados en ella ¿Cuánto más iba a aguantar para no ceder y responderle de la misma manera?

No estaba entre sus planes llegar a Lost Springs y coquetear como dos adultas con su paciente. Porque eso hacían. Se acariciaban con las miradas y se arrinconaban con las palabras. Y Quinn sabía siempre justo qué decir. Parecía que tenía todo calculado para hacerla caer rendida a sus pies.

Y ya estaba arrodillada. Estaba inclinada y a nada de caer a su merced.

Conoces pocas personas entonces —bromeó pretendiendo aliviar la situación —

Incluso si conociera al mundo entero, tú seguirías siendo la más agradable. Y la más linda —desvió su vista de la mesa a ella con tanta violencia que volvió a alejarla al notar que el semblante de Quinn no cambiaba. Dejó transcurrir los segundos, formulando la frase ideal para salir del pantanoso tema pero la rubia se le adelantó — ¿tienes novio? —le preguntó estirándose hasta ella. El espacio personal comenzaba a fallar entre ambas y esta vez de los hombros hasta sus cabezas —

No —Quinn sonrió con entusiasmo —

Yo tampoco —ella apretó los labios y evitó reír, antes de asentir como si le hubiese contado su mayor secreto — Y novia tampoco… ¿pero has tenido?

¿Novio?

O novia. Ambos

Sí, he tenido un novio —le respondió. Matthew y ella comenzaron a salir casi tres años atrás, luego de que su aventura con Brody acabara y, en vez de llorar por algo que nunca se tornó serio, decidió salir a divertirse y allí lo conoció. En una ordinaria y común noche de fiesta —

Pero ya no lo tienes ¿cierto? —Negó enseguida y, ahora que lo pensaba, nunca había estado tan feliz de estar soltera en su vida — ¿y has sido feliz? —Rachel hizo una mueca dubitativa y agudizó la mirada ¿Lo había sido? Los primeros meses sí. Y eso fue hasta que el padre de su ex novio creara un negocio con su padre y que en nada tenía que ver la abogacía que Leroy ejercía. Desde allí y por casi más de un año, la relación se basó en posar para los fotógrafos del mercado empresarial —

Estoy siendo feliz ahora —susurró. La sonrisa de Quinn se alzó de un lado y sus codos en la mesa se acercaron hasta ella. Cuando se inclinó y aprisionó su frente, la morena se mordió el labio inferior y aguardó, disfrutando el olor a limón que la envolvía y producía las sacudidas en sus piernas—

¿Te gusta estar aquí?

Me gusta estar contigo… ¿te gusta estar conmigo?

No podría explicártelo con palabras cuánto me gusta —cuando el aliento a frutilla se atragantó en su propia garganta, Rachel se alzó apenas desde su silla y el gesto triunfante de la rubia la hizo temblar ¿Cómo podía verse tan ingenua y segura a la vez? — ¿has pensado alguna vez en querer marcharte? —así como Quinn era sincera y transparente al hablarle, ella lo hizo en ese momento. Asintió y sin embargo la sonrisa de su paciente no se borró —

Cuando llegué. El primer día. No sabía si iba a soportarlo…Si me marchaba, hubiera sido lo peor decisión de mi vida

Estoy de acuerdo. Habría sido lo peor que hubieses hecho alguna vez…tienes un cabello precioso —agregó jugando con un mechón en su dedo y la morena suspiró ¿Cuánto duraría esa peligrosa conversación? — ¿qué vas a enseñarme ahora? —le preguntó la rubia tras volver a su lugar y finalmente brindarle la calma. Sus rostros habían estado a menos de diez centímetros de distancia y la inexistente lejanía se podía haber cortado de un momento a otro —

Puedes… ¿primero puedes darme más agua? —le entregó el vaso y Quinn sujetó su mano. La observó frente a ella, de pie y sin intenciones de soltarla. Sus ojos avellanas comenzaban a oscurecer y estaba segura que sus marrones hasta podrían verse negros.

Estaban deseando algo en común y, según su traicionera mente, lo que querían estaba en la otra.

Claro —le dijo al soltarla y aún intranquila vió su espalda alejarse. Mientras servía contra la mesada, se reprochó el poco autocontrol e indescifrable que estaba teniendo ¿De dónde estaba saliendo todo aquello? Quiso golpear su rostro contra el libro. Claro, de las estimulaciones del cuerpo. Una de las dos cosas que las personas no podían detener — mi padre —agregó al dejarle el vaso en la mesa y caminar a la puerta.

Tan rápido como todo giraba a su alrededor, su mundo acababa de detenerse y ella pedía por bajar.

Se puso de pie y se detuvo al lado de Quinn, que miraba con algo de tristeza al otro lado de la puerta: el hombre acababa de bajar de su camioneta y caminaba hacia ellas.

Bueno, yo…voy a estar en mi cuarto —le aclaró balbuceante pero la rubia tomó su muñeca y giró a verla —

Puedes quedarte. Rachel, él no es la mejor persona del universo pero…si quieres conocerlo, no voy a prohibírtelo —en realidad, en ese momento solo quería abrazarla y alejarla de él. Russel Fabray tenía la única ficha en el tablero de la parte oscura por el que Quinn no quería atravesar y, para que la rubia ganara, debía sacarlo del juego. El problema era que no tenía la estrategia aún y, por ahora, el hombre corría con ventaja —

Lo conoceré —Quinn dejó escapar un suspiro derrotada — pero no hoy —de repente sus ojos verdes volvieron a cristalizarse y una sonrisa le devolvió la paciente a la que estaba acostumbrada. Le dejó una caricia de aliento en el hombro y, tras ver de reojo que él ya estaba demasiado cerca, se alejó y decidió esconderse en su cuarto —

La peor decisión que podría haber tomado ya pasó. Y no lo hizo. No se marchó.

Pero la segunda peor era ir en contra de los deseos de Quinn y, si la rubia cedía y cumplía los de ella, Rachel no iba a actuar diferente.

Después de todo, nunca había estado tan feliz en su vida ciertamente y, alejarse de esa felicidad, no estaba en sus planes aún.

En realidad ¿iba a estarlo en algún momento?


Les dejo otro cap queridisimas lectoras, porque son un amor y lo merecen. Gracias por los rws, follows y alerts

Ni glee ni sus personajes me pertenecen. Nos leemos el domingo. Que estén bien, saludos!