En fin, aquí vuelvo… sí que me tomó tiempo :S
Y como recompensa este cap, cargado de todo lo que podríais querer.
Espero que lo disfrutéis. He pasado por una crisis existencial mientras que lo hacía, espero que no se note demasiado :/
Nos leeremos al final, tengo algo que decir en las notas de autor luego.
¡Mil disculpas por la tardanza! Dx
Este cap va para Zelinktotal99, ¿qué te puedo decir? Gracias. Gracias por todo.
Destinos cruzados.
En el capítulo anterior…
-Hace dos días uno de mis soldados gastó muchas más rupias de las que debería poseer, y después de haber sido sometido a métodos de confesión que más de uno no consideraría ortodoxos, nos ha confesado que un encapuchado entró en la Ciudadela esa noche –su tono seguía siendo monótono, y de no haber estado involucrado en la conversación, Sheik habría jurado que Ganondorf podría estar perfectamente hablando del tiempo en vez de conversar acerca de un posible rival. Tomó aire antes de dar la orden que ambos ya esperaban-. Matadlo.
Capítulo 9. La nada es lo nos queda.
Dos días antes de que los labios del gerudo dejasen escapar aquella orden de busca y captura, cuando el ávido guardia todavía flotaba en sus sueños de fortuna y derroche con sus rupias muy sujetas entre sus dedos temblorosos, Danilo, montando sobre su yegua negra, atravesaba las calles desiertas de la Ciudadela.
El único sonido que poblaba las calles era el de los cascos de su montura al dar contra el desigual empedrado. La noche ya cubría todo con su frío abrazo, las estrellas titilaban bien arriba, desperdigadas en el infinito globo oscuro que componía el cielo nocturno. Dan frunció el ceño. Bajo la capa, sentía su collar en forma de colmillo vibrar ante los rayos lunares. Al joven arquero nunca le había disgustado la magia, pero el saber que lo único que le mantenía en su forma humana a esas horas era aquel diminuto collar le hacía estremecer.
Depender de un diente de cristal sujeto y atado a tu cuello por una correa de cuero no es muy reconfortante.
La yegua le llevó prácticamente sola por los estrechos callejones de esa ciudad que antaño había sido su segundo hogar. Observó los cabeceos suaves ascendentes y descendentes de su montura. El tintineo de la cadena del bocado le relajaba.
Llegaron en un cuarto de hora a un edificio que habría podido pasar por una casucha desvencijada cualquiera si Dan no supiera perfectamente dónde se encontraba. El cartel con forma de barril pendía inseguro colgando de uno solo de sus enganches, meciéndose al son de la leve brisa. Las ventanas antes amplias del local tenían fuertes y gruesos tablones de madera sobre ellas, los clavos aferrados a la madera con la firme intención de mantenerlas cerradas por muchos golpes que les asestasen desde fuera o dentro.
Danilo parpadeó un par de veces y ladeó la cabeza, como siempre hacía cuando pensaba o estaba confundido. Volvió el rostro de vuelta al barril chirriante. "Tasca de Telma" decía, con letra clara a pesar del desgaste de los años. Devolvió su mirada a la edificación que se encontraba frente a él. La pintura desconchada de las paredes, las ventanas cerradas por la fuerza, la puerta también firmemente anclada en el suelo…
Aquel no podía ser la taberna en la que había pasado tantos años de su vida.
Desmontó y se acercó a una de las ventanas. Tuvo que reprimir una exclamación de sorpresa al ver luz en el interior, una caricia cálida provenía del interior, donde seguramente había una o dos chimeneas. El estómago le rugía mientras ataba las riendas de su montura con un nudo flojo. Dan confiaba en que su yegua no se marcharía del lugar y le gustaba dejarla suelta por si en algún momento detectaba algo raro. Ese sabio pensamiento le había salvado en más de una ocasión.
Apoyó su palma enguantada en la superficie rugosa de la puerta. Estaba fría al tacto, pero los recuerdos que despertaba en su interior eran acogedores y vívidos. Tardes de juegos y paseos, risas, amigos… Amigos. Regresó a la cruda realidad al pensar en Zelda, su mejor amiga, y, de hecho, una de las pocas que tenía. ¿Estaría muerta de verdad?
Apartó esos pensamientos ejerciendo algo de presión sobre la puerta, que crujió mas no se canteó un ni centímetro. Aplicó más fuerza, subiendo tanto la intensidad que hasta tuvo que apretar los dientes. Y, por todas las diosas, si es que estaban allí arriba, esa maldita puerta no se movió en absoluto.
Con ambas manos ahora, empujó y maldijo por lo bajo. Y habría seguido así toda la noche, tal era su testarudez, de no ser porque alguien abrió la puerta desde dentro.
Dan fue a dar con los huesos en el suelo. A su alrededor crecieron las carcajadas casi tanto como lo hizo el dolor agudo de su muñeca izquierda, la que había usado para amortiguar el golpe.
Sin aliento e incapaz de defenderse, sintió una mano pequeña pero fuerte sujetar el cuello de su capa y levantarlo, la capucha cayendo hacia atrás en el proceso. Sintió una oleada de felicidad inundarle al ver ante él a una mujer alta, rolliza y pelirroja de penetrante mirada marrón, el pelo sujeto en una coleta y dos mechones a modo de sus patillas resaltaban lo puntiagudas de sus orejas. El pecho exuberante de la mujer casi lo asfixió cuando le atrajo hacia su figura imponente en un abrazo cariñoso pero de fuerzas desiguales tomando en cuenta que el receptor era un menudo chico de escaso peso corporal. La dama le liberó y Dan, embargado en una sensación de júbilo de la que aún no quería salir, pasó sus brazos finos por su cuello y la beso en la mejilla, justo bajo la zona donde una fila compuesta por tres piedras de distintos colores de azul recorría como un sendero de hormigas las ojeras poco marcadas de la mujer.
-¡Telma! –exclamó, besándola de nuevo.
Finalmente la tabernera le soltó y él, preso de la repentina fuerza gravitatoria, no fue capaz de mantenerse agarrado al cuello de la mujer y regresó al suelo, que estaba a pocos centímetros de sus botas.
Telma le revolvió los mechones negros y revueltos con cariño. Había echado de menos al chico flacucho que deambulaba por su local picando de cualquier plato que tuviera a su alcance.
Pero, a pesar de su alegría, debía centrarse en un problema grande y evidente. Un redondeado y carnoso problema… sus orejas humanas.
Siendo sincera, la buena mujer estaba sorprendida de que Dan siguiera en Hyrule y no hubiera sido deportado a su país de origen. Era un muchachito afortunado.
Observó sus mejillas sonrosadas por el repentino embate de la atmósfera caliente de la taberna, o lo poco que quedaba de ellas, pues el muchacho estaba tan delgado que en vez de mofletes tenía dos cóncavas inclinaciones que le hacían parecer más viejo de lo que era. Su antiguo atractivo sustituido por las purpureas ojeras situadas bajo sus ojos. Ahora que lo pensaba, le había parecido haber abrazado a un saco de huesos más que a un chico joven y sano. Se dio la vuelta sin decir más y caminó hacia la barra de madera, tras la que había una puerta que daba a la cocina, y despareció tras ella.
Dan no hizo en intento de seguirla, sino que se limitó a estudiar el lugar en el que se encontraba. La taberna de Telma siempre había sido un sitio grande, de dimensiones rectangulares y dos pisos, reservado el segundo para los viajeros que se hospedasen allí. Las robustas mesas de roble redondas seguían plagando el suelo del establecimiento, tal como Danilo recordaba, y un agradable aroma a comida hacía de aquel uno de sus sitios preferidos.
A las mesas había sentados todo tipo de personajes, de los cuales Dan discernió humanos e hylianos, que, para su sorpresa, conversaban amigablemente. La aparente atmósfera de recelo y odio que podría las calles de la ciudadela parecía desaparecer en la siempre amigable tasca de la buena mujer pelirroja.
Esbozó una sonrisa. Allí ni siquiera le habían mirado más de la cuenta, y solo había sido el centro de atención durante unos instantes, debido a su repentina llegada, pero luego cada uno había vuelto a lo suyo.
Se pasó la mano por el pelo oscuro, dirigiéndose hacia la barra, se sentó en uno de los altos taburetes y apoyó la barbilla contra el duro barniz que envolvía en un terso y desastillado abrazo la madera. Suspiró despacio. Los rugidos de su estómago reiniciaron su ruidoso cantar, silenciado momentos antes por la emoción del reencuentro.
Fue entonces, justo cuando iba a pasarse la mano por sus demandantes tripas, cuando escuchó el chirrido de la puerta abrirse. Sus ojos se iluminaron con un brillo esperanzado al ver a Telma con cuatro platos cargados de comida abriendo la puerta con su trasero. La mujer caminó hacia él, brillante sonrisa en su rostro, y dejó los platos uno por uno delante de sus narices.
Dan ni siquiera supo cómo no empezó a comer con las manos en vez de detenerse unos segundos a agarrar los cubiertos que le tendía la tabernera.
Engulló en silencio, Telma interpretando su ansia como un agradecimiento callado.
La mujer esperó sin apartar la mirada de Danilo, que parecía volver a la vida con cada nuevo bocado que daba. Primero voló la sopa de papas y algún eventual pedazo de pollo, luego dos piezas de su mejor cordero y por último un pollo entero. Una comida para lo menos cinco personas famélicas devorada por un crío de apenas dieciocho años.
Trajo más platos conforme el chico se los iba acabando, con el mismo apetito que había tenido al ponerle las manos encima al primero.
Telma suspiró. A este ritmo se iba a arruinar, y pronto.
La atención de todos los presentes estaba puesta en el chico moreno sentado en la barra que tragaba como si no hubiera mañana. Hasta que paró, y cuando lo hizo, nadie pudo negar que se veía realmente satisfecho.
Aquel fue el momento que Telma aprovechó para sentarse a su lado y estudiarle con su mirada penetrante y castaña. Pocas cosas se escapaban a su experiencia. Y fue esa misma sabiduría la que le permitió ver el dolor y la angustia ocultos en los ojos verdes del joven.
Eso bastó para que supiera que él conocía todo. Absolutamente todo.
No tuvo tiempo de hablar, pues una voz masculina e inusualmente temblorosa la detuvo, hablando en un tono tan bajo que casi era sepultado por las renovadas conversaciones que invadían el local:
-¿Es cierto eso, Telma? –la penetró con sus ojos verdes. La aludida notó un escalofrío recorrerle la columna. Siempre se había sentido atrapada por el profundo esmeralda que bañaba los grandes y redondeados ojos del chico.- Zelda… ¿Zelda ha muerto?
Y de nuevo no encontró forma de responder, solo que en esta ocasión por una causa muy diferente.
Una película húmeda se extendió por los ojos de Danilo, que no necesitó que la respuesta fuera dicha en palabras para comprenderla. Apartó la mirada de la mujer y se restregó las manos sobre su rostro para secar las lágrimas que empezaban a caer. Inspiró hondo, pero su intento de calmarse fue en vano, logrando una respiración entrecortada que se convirtió en un gemido ahogado. Sorbió los mocos que poblaban su nariz de forma sonora. No era momento de llorar. Si Zelda estaba muerta debería cumplir su misión, debería encontrar el…
-Nadie encontró su cadáver –dijo la voz ronca de la mujer, interrumpiendo sus pensamientos.
La llama de la esperanza se prendió en su mirada y se atrevió a devolver su atención a Telma, que le observaba preocupada.
Sin cuerpo, su muerte no estaba asegurada.
De pronto se sintió más confiado, más vivo, como si el fuego que ardía en la chimenea hubiera derretido sus malos presagios. La muerte de Zelda no estaba confirmada. Y teniendo en cuenta lo testaruda que era su amiga, lo más probable era que siguiese viva buscando la forma de destruir a Ganondorf.
Se puso en pie de un salto, nuevamente animado, resucitado de una muerte interna.
-Sospecho que pronto empezarán a buscarme, Telma, necesito que me ayudes a esconder a mi yegua.
Y con esas palabras, caminó a base de largas y confiadas zancadas hacia la puerta de la taberna, abriéndola y cerrándola de un enérgico portazo. La mujer no pudo evitar reír mientras se incorporaba y caminaba tras él.
Ese era el Danilo que a ella tanto le gustaba.
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De regreso al presente, dos días después de que aquella escena en tan transitada taberna tuviera lugar, Link y Sheik caminaban de vuelta a la casa de los asesinos.
La mente del sheikah vagaba perdida en las palabras que Ganondorf les había dicho aquella misma mañana:
-Lo único que se sabe de él –había hablado con su voz fuerte, sonora y a la vez fría- es que monta una yegua negra y que iba encapuchado. Es de complexión delgada y lleva un arco de buena calidad. Lo quiero muerto. Traedme su cadáver humano.
Las explicaciones que para cualquier otro podían resultar escasas eran suficientes para él. Danilo encajaba en todos los datos dados como si fuera la última pieza de un macabro puzle.
Su mejor amigo había vuelto a la ciudadela después de cumplir la misión que le había encargado, pero ahora todo estaba mal. Todo se había precipitado con el ataque del gerudo, y ahora las ideas que tan cuidadosamente habían hilado para obtener un plan maestro e infalible se habían ido por la borda, justo como toda su vida antes de tomar la forma de Sheik.
Miró de reojo al encapuchado que le acompañaba. Alto y resistente, Link era sin lugar a dudas el vivo ejemplo de un asesino eficiente. Sus dagas volaban tan rápido que Sheik sentía su corazón romperse en añicos por no poder detenerlas y tener que contemplar otro cuerpo caer al suelo, sin vida.
Sí tampoco iba a negar a estas alturas que había matado a personas. Y no solo a una. Pero, ¿qué hacer cuando es matar o morir? ¿Cuándo es asesinar o ver desangrarse al reino que tanto habías amado desde pequeño?
Al menos él mataba con una razón. Tenía en mente un objetivo que lograba hacerle olvidar las pesadillas que tenía por las noches, cuando recordaba los gritos y los últimos estertores de los agonizantes humanos que asesinaban.
Le dolía, sí, pero era un mal necesario.
El silbido de la flecha tras de sí le sacó de su trance. Link era un hombre de pocas palabras, así que se había limitado a sujetarle de la muñeca y a tirar de él hacia el interior de la casa, salvándole así la vida. Sheik le miró agradecido.
El otro no dijo nada, se limitó a quitarse la capucha con una mano.
El sheikah no pudo evitar perderse en la contemplación del fino rostro de su acompañante, sus hipnotizantes ojos azules, cuya mirada siempre desprendía un desgarrador brillo nostálgico, y sus lacios cabellos rubios, de tan dorado resplandor que parecían un segundo sol a la luz diurna.
Se sorprendió a sí mismo embelesado en la figura masculina alzada a su lado, mas pronto volvió a la realidad. Por muy atractivo que le resultase, seguía siendo un asesino. Un aliado de los que había matado a su padre. Y eso era algo que jamás podría perdonar.
Echó a andar hacia el cuarto de Link y se tendió en el suelo. Aún era temprano para dormir, pero ya tenía planes para la mañana siguiente. Debía descansar bien si quería que todo saliese según lo planeado.
Link, consciente del estudio al que lo había sometido su acompañante, se mantuvo en silencio. Todo le estaba permitido al sheikah siempre y cuando mantuviera las manos bien lejos de su persona. Ahora que su pierna estaba curada y en buen estado, no tenía por qué depender de ese rubio que invadía su espacio personal por el mero hecho de acercarse a él.
Y sin embargo no pudo barajar la opción de matarle desde aquel día en el que le dejó dormir en el suelo de su cuarto. Se tendió en el fino y abultado colchón, cerrando los ojos.
Tampoco iba a negar que con el paso de los días iba adquiriendo un sueño cada vez más profundo. Eso le asustaba. Se estaba empezando a sentir más cómodo en compañía de Sheik. Más seguro a su lado. Por eso mismo se forzaba a incrementar sus defensas si sentía que de pronto experimentaba algo más que repulsión hacia ese muchacho. Ambos sabían que la suya era una alianza interesada. Sheik aprendía y Link le usaba. Todo seguiría en marcha hasta que uno de los dos sobrepasara su línea de actuación y acabara muerto en el suelo.
Pero mientras tanto Link iba a seguir con ese teatro. Tampoco tenía que dar mucho a cambio de la ayuda prestada por el sheikah. Además, la fulminante velocidad de sus dagas era reconocida por ser apreciada una sola vez. Pues esa era también la última.
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El sol no había siquiera comenzado a rayar la oscura burbuja nocturna cuando Sheik abrió los ojos. Acostarse temprano le había servido bastante.
Se puso en pie despacio, volviéndose a echarle un vistazo a Link. A fin de cuentas, aquella podía ser la última vez que se vieran en tan tranquilas circunstancias. Vio su pecho subir y bajar al ritmo de su acompasada respiración, los ojos suavemente cerrados y las rubias cejas relajadas. Los labios partidos, dejando entre ellos una pequeña línea que descubría el interior de su boca. Al menos tenía un sueño silencioso, cosa que Sheik –y el correcto funcionamiento de su organismo- habían agradecido.
Sintió una punzada nerviosa en su estómago. Aquella escena le recordaba tanto a cuando él, aún en su cuerpo real, le había hecho caer en un sueño más profundo del que realmente tenía. Ahora, en cambio, no era necesario hechizarle. Por alguna razón el sueño de Link se había vuelto más pesado y tranquilo conforme se sucedían los días que pasaban juntos.
Echó un último vistazo a la sala antes de salir, cerrando la puerta con cuidado tras de sí.
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Link abrió los ojos poco después. Un mal presentimiento revolviendo su estómago. Rodó en la cama sintiendo la dureza de la tabla contra su espalda para quedar de lado. Su mirada buscó la figura durmiente de Sheik y todos sus sentidos de desperezaron al instante al no encontrarlo allí.
Se levantó, inspeccionó el pequeño lugar que era su casa y volvió a sentarse en el colchón.
¿Qué demonios estaba haciendo su compañero?
Abandonó la casa de los asesinos y echó un vistazo al cielo. Los rayos del sol por fin comenzaban a rasgar el oscuro cielo con tonos naranjas y amarillentos, pero una enorme mole de nubes oscuras no pasaron desapercibidas para él. Se avecinaba otra tormenta.
Echó a andar por las callejuelas con el rostro embozado por la capucha. Había un inusual silencio que no era normal ni siquiera teniendo en cuenta lo temprano que era. A estas horas los panaderos deberían haber abiertos sus puestos y un cálido aroma a pan tendría que hacer rugir los estómagos de los transeúntes.
Sus pasos le llevaron a las enormes puertas del castillo sin siquiera darse cuenta, y allí se encontró con una sorprendente escena: una enorme masa de gente aglutinada a los pies de la enorme infraestructura, que gritaba y saltaba con agitación.
De dentro del propio castillo se escuchaban voces. Era demasiado temprano para que sus escasos habitantes estuvieran ya en pie.
Aunque, pensó Link mientras se apartaba de la muchedumbre y rodeaba la muralla a rápidas zancadas, los guardias nunca duermen.
La mano que había introducido segundos antes en su capa dio con lo que buscaba: su preciada cuerda con un gancho atado en uno de sus extremos. La lanzó hacia la muralla con todas sus fuerzas. Por suerte los arqueros parecían haber abandonado sus puestos; algo interesante debía suceder dentro.
Comprobó la fiabilidad del enganche y comenzó a trepar ágilmente. No había tiempo que perder. Saltó al otro lado y se limitó a seguir a una de las numerosas soldados gerudo que vigilaban el edificio, pues parecía estar apresurada por algo.
Link tuvo que contener un respingo al ver surgir diez soldados más de una de las esquinas del cuarto. Caminaban hacia ellos y gritaban a la mujer que estaba siguiendo unas palabras en un idioma incomprensible para él. Solo reconocía la palabra "princesa", "matar" e "intruso", pues eran las que había escuchado salir de la boca de Ganondorf en algunas ocasiones, cuando se enfadaba de verdad.
Se fundió en uno de los pilares sobresalientes y esperó a que los pasos de las mujeres dejasen de resonar en el enorme pasillo. Ellas parecían tan perdidas como él lo estaba en esos momentos.
Las únicas conclusiones eran que un intruso identificado como la princesa había entrado en el castillo y debían matarla. Desde luego que era ilógico pensarlo, pero no podía descartar la opción de que fuera cierto (pues Zelda aún estaba con vida según Ganondorf).
Si él fuera la princesa, ¿a dónde iría?
Desde luego que al salón del trono no, ni a su habitación, pues serían los primeros sitios a los que los soldados acudirían.
Así que el asesino más temido de la ciudadela de Hyrule se limitó a ir abriendo una por una todas las puertas que se le cruzaban por delante. Con ese ritmo, daga en mano izquierda y pomo de hierro tras pomo de hierro, Link fue a dar con una puerta que no se abrió.
Una puerta bloqueada desde dentro.
Link esbozó una sonrisa de suficiencia. Preparó el hombro y embistió contra la puerta. Esta crujió bajo la fuerza del embate pero no cedió, aunque el joven ya se lo esperaba y coló la afilada hoja de su daga en la leve rendija que se había abierto con la fuerza de su aún en efecto empuje. La movió de un lado a otro hasta obtener el tan deseado chasquido. Esta vez sí que se abrió y Link apenas pudo mantener el equilibrio cuando se abrió con fuerza y fue a dar contra la pared contraria de forma brusca y violenta.
Lo que vio dentro dejó a Link sin aire, como si le hubieran asestado una patada en el estómago.
Dentro, revolviendo todos los objetos del cuarto, Sheik mascullaba sonoras maldiciones que habrían hecho sonrojar al más burdo de los guerreros. No fue hasta que escuchó el ruido a su espalda que se volvió. Y sus miradas se encontraron. Y ninguno supo qué hacer a continuación.
Ojos rojos sorprendidos que se encontraban con una mirada zarca igual de anonadada. No eran una combinación muy pintoresca pero sus sentimientos eran tan opuestos. Sheik sentía miedo y… culpa, una culpa que le helaba la sangre en las venas y le hacía aún más doloroso ver la preocupación por él que Link ocultaba bien dentro de su ser.
Una preocupación que le había valido el más doloroso de los golpes para desaparecer.
Se enderezó y lo observó con sus ojos azules afilados como la daga que sujetaba con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Y Sheik sintió un nudo en la garganta que ahogó sus palabras. Experimentó eso que sus libros describían con "la culpa le corroía" y se lamentó por todo. Supo que había roto los débiles brotes de su amistad, arrancándolos de raíz.
Ni siquiera recuperó la voz cuando unos gritos resonaron por los pasillos y sintió las numerosas pisadas de las soldados correr hacia el cuarto; tampoco pudo volver a hablar cuando Link cerró la puerta tras de sí, impidiendo el paso de las mujeres al cuarto.
Ya lo dicen los sabios, solo añoramos la figura cuando esta está rota en mil pedazos.
Link arrastró la cómoda para colocarla frente a la puerta y hasta que no tomó a Sheik de la mano este no regresó de su momentánea parálisis. Apartó la mano de un golpe leve y echó a correr de vuelta hacia la cama, volcó el colchón y finalmente su mirada se iluminó al encontrar lo que estaba buscando.
El asesino rubio se limitó a dejarlo hacer. Cada latido de su corazón le dolía como si en vez de impulsar sangre empujase clavos por sus venas. Sentía un desconocido escozor en los ojos. No había llorado desde hacía siete años y no era el momento de volver a hacerlo.
Caminó hacia la ventana y, comprobando que fuera había un poyete cubierto de verdes azulejos, abandonó el cuarto, aprovechando los veinte centímetros de apoyo lo mejor que pudo. Después se volvió hacia Sheik, porque a pesar de que todo en él le reclamaba que se marchase de allí y no mirara atrás, no podía dejarlo ahí y simplemente marchase.
Desaparecer como él había hecho…
Sheik hizo lo mismo que Link, sintiendo su estómago encogerse al mirar hacia abajo, y no precisamente por el dolor emocional que antes había sufrido.
Un alfeizar de escasos centímetros de grosor los separaba de una caída de más de treinta metros. Ambos tragaron saliva al unísono sin darse cuenta.
Fue entonces cuando Link se acuclilló y, usando una mano para sujetarse al borde, se dejó caer al vacío, solo su mano separándolo de una muerte segura. Sheik quiso gritar y saltar a por él, pero no pudo moverse. Juraría que ni siquiera le latía el corazón en aquellos momentos.
Con los pies el asesino tanteó el aire hasta dar con el alfeizar del piso inferior. Solo entonces sintió la creciente necesidad de tomar el aire que había contenido inconscientemente al dejarse caer. Los latidos desbocados de su corazón le privaban de escuchar cualquier otra cosa.
Finalmente se soltó y a duras penas se mantuvo en pie sobre el siguiente alfeizar. Después echó una mano a Sheik, por mucho que sintiera unas ganas tremendas de empujarlo a la muerte.
Y así tras una tortuosa bajada en la que ambos compañeros sintieron que sus articulaciones estaban siendo llevadas al límite y más allá, por fin llegaron a una zona donde no había más alfeizares debajo. Saltaron con los ojos cerrados, el mullido césped excesivamente crecido les salvó de un buen golpe y se pusieron de pie.
Abandonaron el castillo de la misma forma que Link había usado para asaltarlo.
Una vez fuera volvieron a compartir otra de sus miradas.
Esta vez era una mirada de reconocimiento. De alguna forma ambos sabían qué iba a continuación. Sheik había roto las reglas al colarse en el castillo, Link las había roto al entrar y encima ayudarle a escapar. Para colmo más de una treintena de soldados los habían visto huir juntos, a pesar de que no los habían seguido por lo escabroso de su manera de marcharse.
Los dos habían firmado una sentencia de muerte que no deseaban afrontar.
Sheik le tendió la mano. Una nube de sentimientos encontrados nublando sus ojos justo cuando el cielo completamente encapotado empezaba a dejar escapar las gotas de lluvia.
Link la miró con atención. Observó los dedos vendados extendidos hacia sí, que le señalaban a él, que le pedían que hiciera algo que no deseaba hacer. Le pedían que con ese apretón finalizaran una amistad que aún no había visto la luz.
Y él no quiso corresponder al gesto hasta que le vio darse la vuelta, lo que parecía ser una lágrima deslizándose por su rostro unos centímetros hasta chocar contra las vendas y fundirse en ellas.
-¿A dónde irás?
Le sorprendió el sonido de su propia voz. Tan grave, tan fría, tan distante… tan indiferente a lo que su emisor sentía de verdad.
Sheik volvió el rostro unos centímetros, aún sin apartar la mano. Señaló con un quedo gesto de la cabeza a la calle que se extendía frente a ellos.
Una silueta se alzaba allí. Un chico moreno de ojos verdes parecía estar esperando a que algo sucediera entre ellos dos. Un arco de grandes dimensiones sobresalía del hombro izquierdo.
Y de pronto las piezas encajaron.
Un arquero misterioso, una incursión al castillo, una amistad fingida, el robo de un objeto que no había podido ver…
Las rodillas le flaquearon pero no cayó. Extendió la mano y fundió sus dedos fríos y agarrotados con los del otro hombre. Un apretón sereno, firme, una despedida acorde a lo que habían compartido. Y unas gotas de lluvia que parecían desear disolver lo poco que quedaba entre ellos los empaparon e hicieron que sus dedos resbalasen hasta que cada mano quedó inerte al lado de su correspondiente poseedor.
Entonces Sheik se dio la vuelta sin mirar atrás, temeroso de que si lo hacía se disculparía y desvelaría todo lo que habían planeado con tanto cuidado.
Caminó hacia la figura distante, perdido en el sonido de sus propios pasos, hasta que vio la sonrisa grande y brillante que se hallaba en el rostro de su amigo, de su mejor amigo, y sintió que un sentimiento de alegría le inundaba a pesar de todo. Debía seguir adelante por mucho que le doliera.
Se encontró a si mismo corriendo al encuentro del muchacho moreno, que también se dirigía hacia él con los brazos abiertos. Sheik hundió el rostro en su pecho, aspiró el aroma a caballo mezclado con el fresco toque de la menta y sonrió. No podía recordar cuántas veces había acudido a ese mismo pecho para llorar en él.
Sintió que su mejor amigo lo apretaba con fuerza y escuchó un sollozo escaparse de sus labios. No supo si estaba llorando porque la lluvia arrastraba las lágrimas consigo.
Lejos de la pareja abrazada, Link se dio la vuelta despacio. Tenía al traidor que tanto deseaba ver muerto Ganondorf y a un mentiroso que se había colado en el gremio de los asesinos. Tal vez si los mataba y arrastraba sus cadáveres Ganondorf perdonaría su vida.
A pesar de sus pensamientos, Link no hizo nada de lo que se le ocurría, sino que caminó lejos de ellos, lejos del castillo, lejos de la agitada muchedumbre. Lejos de todo.
Solo.
Solo, como siempre había estado y como nunca había dejado de estar.
El asesino fue el único que sintió sus lágrimas calientes escaparse de sus ojos azules, el único que escuchó sus gemidos ahogados por el estrepitoso sonido del agua chocando contra el suelo. El único que podía sostenerse a sí mismo. Como siempre había sido. Qué estúpido fue el creer que algo podía cambiar.
Continuará…
Y hasta ahí llegamos x3
He intentado encajarlo todo muy bien. En el próximo capítulo empezará la auténtica trama de una vez por todas, espero que os haya gustado :D
Y sí, lo sé, ¿qué cogió Sheik? Ya lo veréis. ¿Qué pasará con Link? Ya lo veréis. ¿Qué planean? Ya lo veréis. Todo lo veréis XD
Lo que iba a advertir: Trataré de actualizar este fic una vez cada dos o tres semanas. Sé que es mucho tiempo, pero el colegio me tiene muy atareada. Lo siento de verdad :/
Mi otro fic, el Renegade, lo actualizaré poco, porque este tiene más lectores y creo que podré atender dos fics de muy mala manera :S De todas formas seguiré los tres que tengo en marcha, tranquilos lectores ;)
¿Qué pensáis de este cap? Siento mucho las faltas, la verdad es que no lo releí, pero creo que está bien… Y sentimental.
Ah, y a los que odien a Danilo, me gustaría decir que este fic no tiene triángulo amoroso. Será un Zelink normal y corriente, Dan es solo un muy buen amigo de Zelda y su pasado se contará más adelante. También habrá DanxOC, así que no os preocupéis, que no va a robar a nuestra querida Zelda XD
Dicho esto, lo lamento de nuevo :S
Me gustaría agradecer el apoyo que recibo de todos mis lectores: Sois lo que me impulsa a seguir a pesar de todo.
Es cierto que escribo por placer, pero los reviews me hacen seguir con esta historia y publicar más rápido… Muchas gracias
Nos leeremos pronto, espero. Vivan sus vidas y recuerden que todos nacimos para ser felices, como los ilustrados decían en su siglo XVIII.
Atte, Magua.
