Act. IX
Desde la cena, Endymion había encontrado el comportamiento de la princesa un poco extraño. Ella se veía falta de ánimo, sus sonrisas no parecían tanto sinceras como forzadas y su mirada, antes directa y perfectamente clara, se sentía apagada y tendía a terminar siempre en el piso.
Mientras caminaban por el palacio en dirección al observatorio, Endymion quería despedirse de la princesa dejándola con su sonrisa habitual. Esa era la última noche que pasarían en el Milenio de Plata, pero todos sabían que él volvería… aunque nadie supiera cuándo lo haría.
La diplomacia estaba basada en tres visitas, siendo la tercera —la que aún faltaba— dónde él debería presentar su corazón ante el Cristal de Plata.
Aún sabiendo que volvería a ver a la princesa, Endymion quería llevarse el último recuerdo de la princesa siendo aquella a la que había conocido durante un mes y un baile. Quería atesorar esa última sonrisa por el tiempo que tardara en volver a ella.
Si no hubiera sido por la consejera real —quien le había sugerido el lugar favorito de la princesa— él la hubiera llevado a cualquier otro lado para hacerla sonreír de nuevo. Llevándola a su lugar favorito, sentía que llevaba algo de ventaja… o eso había creído.
Durante toda la caminata, la princesa no lo había volteado a ver ni una vez… como si lo apartara.
Cuando llegaron al piso más alto de la torre que era el observatorio, Endymion vio su propio planeta como si lo llamara, pero también lo vio como los Selenitas lo veían: una esfera azul llena de misticismo.
—Princesa —llamó él esperando que la mirada de ella volviera a él.
La princesa, al contrario, desvió la mirada a un punto alejado de él.
—Princesa —insistió él tomándola de la mano—. Mírame una vez, sonríe para mí por última vez antes que regrese a la Tierra —pidió, temiendo sonar desesperado.
Ella se soltó del contacto con su mano. Endymion apretó esa mano vacía en un puño, decepcionado. Y, cuando la princesa se alejó de él un par de pasos, sintió la distancia como un abismo frío e infranqueable.
—Es mi última noche en el Milenio de Plata, princesa —dijo al fin, decepcionado—. Sólo esperaba separarnos con un buen recuerdo, no causarte angustia.
Endymion ofreció una ligera reverencia a la princesa que no lo veía y se excusó para marcharse.
—No quiero que te vayas —dijo Serenity con lágrimas en los ojos—. No quiero que te cases con nadie —suplicó.
Endymion se sorprendió por aquella súplica. Él no tenía intenciones para ninguna mujer… para ninguna otra, en todo caso. ¿Por qué ella le pediría tal cosa cuando…
—Princesa Serenity… —comenzó él.
—No lo digas —interrumpió ella apresuradamente—. No quiero oírlo de ti —sollozó—, la Reina me ha explicado el protocolo —dijo con una lágrima recorriendo su rostro—. Para que el Cristal de Plata conozca tu corazón… debes volver al Milenio de Plata una tercera vez, trayéndolo de la mano. Trayendo a tu esposa de la mano —se soltó a llorar delicadamente—. No quiero verlo. No puedo ver eso —terminó dándose media vuelta y corriendo para alejarse de él.
Lo había hecho. Sabía que no debía ser así de egoísta, sabía que no debía haberse enamorado del príncipe de la Tierra pero no había podido evitarlo. Cada nueva cosa, maravillosa, que le contaba de aquel planeta que siempre miraba; cada gesto que la hacía sentir esa calidez en su cuerpo y poner una sonrisa en sus labios… cada roce de su piel, cada mirada que le había dado, lo habían dejado en lo más profundo de su corazón.
Se había enamorado de él tanto como lo había estado de aquella esfera azul que acompañaba sus sueños diurnos y nocturnos, de esa esfera mágica que se elevaba por encima de la Luna y que eclipsaba las estrellas. Así había sido él: mágico, invadiendo su mente y sus sueños. Él era como su planeta.
Se dio cuenta entonces, ella lo había amado a él desde que amó aquel planeta tan lejano como cercano. Y ahora, cuando sabía que se separaban para siempre, dolía en cada parte de su corazón.
Intentó limpiarse las lágrimas del rostro, pero no lo consiguió; en cuanto quitaba una, otras tres tomaban el lugar de aquella.
Su carrera se vio interrumpida a mitad de las dos torres altas del Palacio —justo en el puente donde la Tierra se veía en todo su esplendor—, por las manos de Endymion en sus hombros.
No se atrevió a verlo. Dolía demasiado.
—Serenity —dijo él apoyando la frente en la cabeza de ella—. La Luna me ha ofrecido su vida; pero la única vida que deseo de la Luna es la tuya —dijo mientras la abrazaba por la espalda—. No tomaré a ninguna mujer como esposa, a menos que seas tú.
—Endymion —susurró ella mientras se separaba del abrazo y se alejaba un paso; mientras se volteaba para verlo.
Él vio aquel brillo en los ojos de su princesa. No era el brillo de las lágrimas que apenas dejaban de correr por su rostro; era un brillo más hermoso. El brillo del amor. Endymion sonrió apenas mientras borraba el rastro de aquella última lágrima que bajaba por el rostro de la princesa.
—Serenity —llamó él sólo para sentir la cercanía de llamarla por su nombre y sin formulismos de cortesía—. ¿Me aceptarías como…
—Oh, Endymion —suspiró ella—. Sí, yo…
Pero fue el momento de él para interrumpirla. Sólo esa sílaba había sido suficiente para que él se acercara a ella y la besara.
El roce de sus labios fue cálido y los llenó de esa sensación que parecía desbordar de sus cuerpos haciéndose tan grande que necesitaban al otro para contenerla, y también para avivarla.
Ninguno de los dos se atrevió a profundizar ese beso lleno de pureza y amor.
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Beryl seguía temblando incluso después de haber llegado a su habitación en el castillo. Estaba de regreso, pero ya no se sentía en casa. Algo le habían arrebatado no en la lucha, sino en el interior de esa cueva. Miró hacia la luna creciente que ya asomaba en el cielo del ocaso y llamó mentalmente a su Príncipe.
Endymion. Lo necesitaba a su lado, quería que se riera de todo eso, que la hiciera reír con sus bromas; que le dijera que estaba exagerando o, incluso, que le reclamara su neurosis.
—Devuélvemelo —suplicó a la Luna en un susurro que se perdió en el aire.
Sus dedos no dejaban de temblar mientras intentaba una y otra vez desatar las correas de cuero que sujetaban la pieza de metal que completaba la armadura de batalla. Recordó al general Paio ofrecerse para asistirla, así como haber desestimado su ayuda con un gesto de mano. Sólo había querido volver a estar entre esas cuatro paredes a las que había llamado habitación con anterioridad. Ahora, estando allí; se quedó a la mitad de todo, sintiendo sólo vacío en su interior, escuchando nada aunque hubiera ruidos, viendo que sus manos no respondían a sus comandos.
Aquellas palabras salidas de la peor parte de su mente la seguían atormentando. "El poder que siempre has deseado", "venganza contra los lunares".
—¡Basta! —se dijo en voz baja para acallar los recuerdos.
No quería poder. No quería venganza contra los lunares… Sólo que éstos no los controlaran.
Libertad. Se dio cuenta al fin. Eso era lo que deseaba; lo que los lunares —con su vigilancia hacia ellos— les habían quitado.
También se sentía sola. Extrañaba a su amigo y Príncipe. Necesitaba verlo.
Tan solo haber pensado en el Príncipe Endymion la calmó lo suficiente. Recordar la sonrisa de su amigo la relajó hasta ser capaz de quitarse la armadura y, aún con pantalones y camisola del ejército, salió al balcón para mirar la luna diurna que casi completaba su faz.
—Yo, Beryl de la Tierra —comenzó con la mirada clavada en ese círculo blanco—, pido me lleven a la Luna.
Tras unos segundos en los que no pasó nada, Beryl se ofuscó.
—¡Atiende mi llamado! —gritó al fin—. Milenio de Plata, devuélveme a mi Príncipe.
Expectante por segunda vez, Beryl se quedó esperando que pasara cualquier cosa. No vio que sucediera nada, no vio llegar a Endymion… o movimiento en la Luna.
Sintió sus ojos anegarse en lágrimas. El sentimiento de ser rechazada surgió tan rabioso como el día en que la arrancaron del hogar que conocía en la infancia y fue llevada a ese palacio imperial.
Se sentía burlada, indignada… humillada.
—Insensibles —gritó a la Luna—. Soberbios. ¡Egoístas!
"Te puedo dar el poder que deseas". Recordó Beryl, de nuevo con la voz del viento.
—Ya no quiero poder —dijo en un susurro derrotado.
"¿Estás segura? Podrías ser Reina del Imperio."
Y no era una mentira. Se había ganado al ejército en la batalla de la frontera Norte y al pueblo cuando asumió la responsabilidad de su bienestar. Los ancianos habían insistido para que se sentara en el trono, la presionaban para ello. Nadie vería raro que asumiera el título tras haber asumido las responsabilidades de la corona. Tal vez, incluso la apoyarían al no estar el Príncipe.
Endymion.
¿Qué habría sido de él?
Tal vez, en verdad, hubiera muerto.
—¡Basta, Beryl! —se regañó en un grito.
Se dejó caer a la fría piedra gris del balcón y, abrazándose las rodillas, escondió el rostro entre sus extremidades.
En ese momento sólo deseaba una cosa por sobre cualquier otra.
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Otra vez ese sueño. Con el paso de las noches, aquel castillo que había parecido inalcanzable al principio, cobraba definición y altura. Bajo ese soleado cielo azul, con el brillo de la luz reflejándose en las paredes del castillo; Endymion estaba seguro que esa noche lograría entrar a la construcción. Lo sentía en el nudo que se formaba en sus entrañas. Caminó por el césped que rodeaba a la laguna, siempre pendiente de los alrededores. Por más que ese paisaje, y que la misma sensación que tenía en el sueño, le pareciera apacible y libre de peligro no podía —ni siquiera en sus sueños— bajar la guardia por completo.
Sintiéndose como si estuviera preparándose para una batalla, rodeó el borde de la laguna. Lo que al principio parecía una laguna pequeña, se mostró con una circunferencia mayor a la que creía pero ningún puente que le brindara acceso al palacio de sus sueños.
Lo que parecieron horas de caminata alrededor de la laguna después, Endymion se sintió más frustrado que nunca. Caminar alrededor de eso no le había dejado nada bueno, sólo cansancio y desesperación. Lo decidió entonces: si no podía llegar caminando, llegaría nadando.
El Príncipe se lanzó al agua cristalina y, antes de sentir la humedad del líquido en su sueño, se encontró de cara sobre el piso.
Ahora estaba indignado. Pero, si estaba indignado con él por soñar aquello, con el sueño por ser tan desesperante o por su propia imposibilidad de llegar a ese castillo; no lo sabía. Sólo sabía que iba a entrar de una vez por todas.
—"Abre un camino para mí" —ordenó a su sueño—. "El Príncipe Endymion te lo ordena".
Como si el lugar entero se estremeciera con su orden, sintió el suelo vibrar. Segundos después, con el temblor aumentando, el agua de la laguna se movió mientras un camino de baldosas blancas surgía de las profundidades. Con porte regio se encaminó por sobre la piedra.
No bien se sintió dar dos pasos sobre las baldosas secas —de alguna manera sabía que éstas estaban secas y no húmedas a pesar de haber salido de debajo del agua—; se encontró en un recinto amplio e impoluto.
Así como había sabido que aquellas baldosas estaban secas, de alguna forma —en su sueño— supo que no se encontraba solo. Había personas habitando ese castillo, él las conocía y éstas lo conocían a él. Nadie salió a su encuentro, sin embargo.
Caminó por el recinto, con sus pasos haciendo un eco… un eco que parecía de energía y poder, uno que sentía como ondas de poder expandiéndose en círculos a partir de cada paso que daba. Éstas se sentían como poder emanando de él.
Se arrodilló en lo que parecía ser mármol y tocó la piedra con la punta de los dedos. Cerró los ojos. Y entonces lo sintió todo. Sintió el planeta Tierra, la vibración que éste tenía… la vida. Y vio al planeta, vio el imperio y vio a cada una de las personas sobre la faz de la Tierra. Vio a Beryl y vio que había problemas.
Supo que tenía que regresar a casa.
Endymion despertó sudando sobre su cama. Envuelto en la oscuridad de la noche lunar escuchó sus jadeos. Cerró los ojos para recordarse que sólo había sido un sueño y poder tranquilizarse, pero el ver las últimas imágenes de su sueño una vez más sólo le hizo sentir la urgencia de regresar a su planeta.
Se levantó de la cama y se aseó antes de vestir de nuevo las ropas de gala terrestre con las que había llegado hacía un mes.
La armadura ligera que era una muestra más de su posición entre los humanos le hizo recuperar el aplomo al fin. Pero no la tranquilidad. No queriendo darle demasiada importancia a un sueño, pero temiendo lo peor, salió de su habitación.
Endymion se dirigió a la reina.
—Reina Serenity —dijo Endymion al entrar en la habitación de la reina—. Lamento ser abrupto, no puedo disculparme lo suficiente.
La Reina volteó al príncipe mientras que la Princesa, compartiendo un momento con ella, había saltado en su asiento, sorprendida por la abrupta interrupción.
—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó la Reina preocupada. Ya habiendo conocido al príncipe, sabía que algo muy grave lo llevaba a tal grado de alteración que irrumpía en sus aposentos privados.
—No lo sé. Sé que debo volver a la Tierra, sé que hay problemas.
—Todo será dispuesto para su retorno con la mayor celeridad posible —aseguró la Reina—. Luna, Artemis —llamó la Reina sin dejar de mirar al príncipe.
—Sí, Reina Serenity —dijeron los gatos a coro antes de desaparecer para obedecer las órdenes tácitas.
—Gracias, reina Serenity —dijo Endymion sintiéndose ligeramente aliviado por la respuesta de la reina.
Hubo entre ellos un momento pesado y de silencio tenso. Ella, deseando ayudar pero sin saber cómo; él, deseando pedir ayuda, pero sin saber para qué.
Las guardianas y los Caballeros llegaron tras la carrera de Artemis.
—¿Qué sucede, Príncipe? —preguntó Kunzite preocupado.
—No lo sé —dijo él volteando a ver a sus Caballeros—. Hay problemas en la Tierra.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Zoisite urgente.
—Lo vi, lo presiento —respondió el Príncipe exasperado. Pero estaba exasperado con él mismo por no saber qué sucedía en su planeta.
—¿Por qué no nos lo cuenta? —ofreció la princesa Serenity con un gesto amable.
Endymion vio a los reunidos a su alrededor, un par de ellos asintieron a la propuesta de la princesa y él se forzó a suspirar para calmarse.
—Estaba en ese sueño de nuevo…
—¿En Elysion? —preguntó la princesa.
Endymion asintió antes de continuar.
—Puse la mano en la tierra y comencé a ver el planeta. Sus ríos, sus montañas, los pueblos, los habitantes. Y… vi a Beryl —dijo viendo a sus Caballeros—. Ella estaba… rodeada de oscuridad, sola, aterrada. Y, por un momento… sentí que… la oscuridad estaba viva —dudó la última parte. Temía que aquellos lo tomaran por un loco, o peor, por un niño asustado—. ¡Ya sé cómo suena eso! —gritó desesperado ante las críticas que nadie más que él había lanzado hacia sus palabras.
—Y tiene razón, príncipe —dijo la reina—. Suena tan terrible como es.
El Príncipe miró a la reina y la vio resignada, tensa por algo que él no comprendía pero que sí sentía. Era ese tipo de tensión que un monarca acepta y demuestra cuando ha tomado consciencia de que una guerra está en puerta. Tragó con fuerza.
—Hay una criatura que es oscuridad viva —comenzó la reina y se aclaró la voz antes de proseguir. Todas las miradas se clavaron ella—. Hace décadas el Sol actuaba raro. Había explosiones intensas y movimientos erráticos en su superficie. De esas alteraciones nació una criatura de la oscuridad. En un principio, la criatura no hacía daño a nadie ni a nada; sólo iba de un lugar del Sistema Solar a otro, vagando, pero nunca acercándose demasiado a ningún planeta. Yo veía a la criatura de vez en cuando, siempre pendiente a que no se acercara a ningún planeta, pendiente a que no creciera pero incapaz de destruirla sólo por haber nacido en la oscuridad; incapaz de destruirla antes que se mostrara como malvada. Poco a poco, la criatura perdía fuerza y reducía su tamaño, hasta que dejó de estar allí.
"Confié en que ésta había vuelto a su origen y no sería un peligro. Pero estaba equivocada. Sin que yo me hubiera dado cuenta, aquella criatura hizo de la Tierra su hogar —la reina detuvo su relato un segundo mientras le era imposible contener una sombra de dolor en su semblante—. Recién nació la princesa y las pequeñas guardianas llegaron a la Luna para protegerla, me vi forzada a usar el Cristal de Plata para protegerla. Esto hizo que el Rey de la Tierra se acercara al Milenio de Plata. Tras hacerme ver que aquella criatura vivía en su planeta, y volcar su esperanza en el Cristal de Plata, el Rey reinstauró las relaciones perdidas entre la Tierra y la Luna, con miras a derrotar a aquella criatura.
"Obligadas, ambas partes, a un acercamiento paulatino de ambos Reinos, el Rey visitó la Luna y ésta ofrendó una noche. Mientras la lucha se desarrollaba en la Tierra, el Rey trajo a sus Pilares para recibir la vida de la Luna. Ellos volvieron al planeta y entrenaron a los cuatro Reyes Celestiales que hoy están aquí presentes y el Imperio a su príncipe. Sólo se requería que el Cristal de Plata conociera el corazón del Rey —dijo con la voz entrecortada, soportando las lágrimas que querían salir de sus ojos por los recuerdos que aquel relato evocaba—. Pero la luna llena estaba aún muy lejana de dar su cara a la Tierra cuando aquella batalla sucedió. Y sucedió que… el Rey de la Tierra… murió en batalla. —dijo conteniendo un llanto angustiante—… y yo… el Cristal de Plata… —la reina tragó con fuerza y parpadeó para evitar que una lágrima saliera de sus ojos—. El Cristal de Plata aún no conocía el corazón del Rey. Y yo no pude ayudarle con éste —dijo con una orgullosa resignación, cargando todo el peso de aquellos eventos—. El Cristal de Plata sólo pudo ver la oscuridad de la criatura y replegarla a la oscuridad del planeta en el que había echado raíces; nunca pudo proteger lo que el Rey amaba. Lo siento, Príncipe —dijo la reina con lágrimas, que ya no podía contener más, cayendo por su rostro—. Perdóname, príncipe, por haber permitido que tus padres murieran.
Con un nudo en la garganta, Endymion hizo lo último que alguno hubiera pensado haría. Él se arrodilló frente a la reina de la Luna.
—Reina Serenity —dijo Endymion tomando su mano y besando con respeto los pálidos nudillos. Aunque su quijada estaba apretada, y los músculos de su cuerpo tan tensos como cuerdas de violín, su gesto fue respetuoso y amable—. Usted no gobierna el Imperio de la Tierra, su deber no es rescatarnos de nosotros mismos, sino velar por nosotros; no impide que nos caigamos, pero está con nosotros para que nos pongamos en pie siendo más fuertes que antes de caer. De haber intervenido, hubiera ido en contra de ese deber.
Las guardianas planetarias dieron un paso atrás ante la escena que se desarrollaba ante ellas. Ese gesto frente a ellas provenía de un respeto y de un poder que, sentían antes que sabían, era tan grande como el del Cristal de Plata. Aquello no era el Imperio de la Tierra arrodillándose ante el Reino de la Luna; era el poder de un planeta —de un cristal planetario— soportando… sosteniendo el poder del Cristal de Plata, y elevándolo a un nuevo nivel. Sentían el poder del planeta Tierra haciendo más fuerte el poder del Cristal de Plata y tragaron con fuerza ante tal.
Los Caballeros —los nombrados Reyes Celestiales— se arrodillaron también. Justo como su Príncipe, pero éstos bajando la mirada. De nuevo, aquello no tenía nada de sumisión. Sino todo lo contrario. Los cinco terrestres que había vivido entre ellas, nunca se habían visto tan poderosos, orgullosos e invencibles como en ese momento. En ese momento no eran los Pilares del Imperio de la Tierra; sino los Pilares de un Reino aún más poderoso que cualquiera visto en el Sistema Solar.
—Levántense —dijo la Reina cálidamente mientras sonreía y dejaba pasar su llanto—. No existen palabras para agradecerles el que hayan devuelto la paz a mi corazón. Levántate, Príncipe Endymion; un Príncipe como tú es quién debe recibir la reverencia.
Entonces fue la Reina quien puso ambas rodillas en el duro mármol, y con ambas manos rozando la piedra, ella agachó la cabeza por debajo de la del Príncipe. Con un aspaviento, las guardianas —y su Princesa—, imitaron a la Reina.
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En la noche sin estrellas, con los patios siendo iluminados por los rayos de la Luna, Beryl se encontró justo en el patio en el que había despedido al Príncipe cuando él viajó la primera vez. El mismo que lo había recibido con armas y deseos de violencia. Allí mismo había desaparecido con los Caballeros. Sentía un nudo de miedo y ansiedad apretar sus entrañas; su cordura pendiendo de un débil hilo llamado esperanza.
Su suerte estaba echada; su futuro —y el futuro de todos— estaba depositado en una apuesta.
Los sabios la estaban obligando a sentarse en el trono. La habían amenazado, incluso, con sentar a uno de ellos como regente máximo si ella no aceptaba el cargo. A ella sólo le dejaron la opción de aceptar y lo había hecho, con una condición. Esperarían que pasara la luna llena.
Era lo único que se le había ocurrido a ella para aplazar tal traición a la corona. Se había sentido ganando un tiempo que no tenía. Secretamente esperaba que el Príncipe apareciera… que la ausencia del Príncipe hubiera sido un capricho lunar, pero uno que terminaría con la siguiente luna llena. Con las últimas horas de la noche del plazo dado pendiendo sobre ella, ya no se sentía tan segura.
Vagó nerviosa por los jardines y por las fuentes. Cada movimiento en las sombras la hacía voltear y, siempre, esperaba ver allí al Príncipe y a los Caballeros… Incluso extrañaba a esos cuatro que eran tan molestos como buenos en sus cargos. Pero ellos no aparecían. Ni en las sombras, ni en la luz. Beryl temió entonces que las palabras de los sabios fueran ciertas y que su corazón la hubiera estado engañando desde hacía tanto.
Por primera vez desde que se ausentara el Príncipe, temió que estuviera muerto… o que nunca volviera a ella.
Se llevó las manos a la cabeza y apretó el dolor que sentía allí.
—Beryl, amiga mía —sonó la inconfundible voz que llevaba tanto tiempo esperando escuchar de nuevo.
Su mirada se disparó hacia él y, como si su cuerpo siguiera a su mirada, ella se encontró corriendo a Endymion hasta abrazarlo.
Él correspondió el gesto.
—Estoy en casa —dijo él sonando aliviado.
—Bienvenido a casa —suspiró ella sintiendo cada parte de su alma descansar al fin.
(À suivre)
