CAPÍTULO 8

La estación estaba llena de ruido, de voces intentando hacerse escuchar sobre otras, de padres despidiéndose de sus hijos con una sonrisa de orgullo o tristeza por la partida, de madres abrazando a sus pequeños, desoladas por el alejamiento, algunas incluso sollozando al pensar en todo el tiempo en que no verían a sus amados hijos.

Y los niños contentos como perdices, felices de alejarse de la supervisión paterna, anhelando la libertad, de dejar de tener a los padres vigilándolos día y noche, aunque por dentro los nervios se los estuvieran comiendo.

Draco tuvo que reprimir sus ganas de sonreír, nunca había pensado que extrañaría tanto el exagerado bullicio y alboroto que se producía todos los años antes de empezar un nuevo curso en Hogwarts.

Pensándolo bien, no era el alboroto lo que Draco extrañaba, sino más bien la rutina, hacer de nuevo algo que antes hacía automáticamente, casi sin darse cuenta y sin prestarle atención. En el fondo había extrañado Hogwarts, aunque lo negase, antes muerto que reconocerlo.

-A ver qué haces en Hogwarts, rubio. Ni se te ocurre meterte en líos. –le decía Thonks, aunque su primo casi no le prestaba atención, estaba más ocupado buscando algo entre la multitud de gente que se aglomeraba en la estación.

-Y tú no tengas demasiados…accidentes, Nymphadora. –contestó el chico con su típico toque de burla e ironía.

-JA, JA, JA. Me parto de risa. –exclamó ella con sarcasmo y fulminando con la mirada a Draco.

-Cuídate. –dijo el rubio empezando a irse, sin burla o ironía, con una profunda seriedad que casi hizo estremecer a la chica.

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-No sé cómo has hecho para llegar aquí. –dijo la melodiosa voz de Nymeria –Pero da igual lo que hayas venido a hacer, no lo conseguirás.

-¿Tú crees? –siseó la espantosa voz del señor Tenebroso mientras se acercaba a la joven, en apariencia, mujer. –Yo no estoy tan seguro.

-No eres más que un mortal con ínfulas de dios, Tom. –los ojos le centellearon con furia a Voldemort. –Da igual que tratos hayas hecho o que conjuros hayas descubierto. Soy mucho más poderosa que tú. –le sonrió con arrogancia y lo miró directamente a los ojos, demostrándole que no le tenía miedo.

Voldemort apretó con furia sus dientes.

-Puede que yo no sea capaz de matarte, pero conozco a alguien que sí puede. –Nymeria alzó una ceja ante eso, como dudándolo y se cruzó de brazos, alzando el mentón con elegancia y seguridad.

-¿A sí? ¿Quién? –preguntó no sin burla.

-Aris. –dijo únicamente Voldemort, Nymeria abrió los ojos con sorpresa y su respiración se hizo agitada e irregular.

-No. –Negó- Ni siquiera tú puedes estar tan loco como para llamarlo. No. –volvió a negar.

-Oh, créeme, sí que lo he llamado y si no me equivoco, ahora mismo está de camino hacia aquí y cuando acabe contigo…-se acercó aún más a la mujer, sus frentes casi rozándose. –Irá a por tu querido Draco y no tendrá piedad. –susurró con regocijó y placer, mientras los ojos de Nymeria se llenaban de terror.

-¡Estás loco! ¡Solo conseguirás que nos maten a todos! –se alejó de Voldemort, dando pasos hacia atrás, con el horror pintado en sus facciones. -¡Incluso a ti te matará! –le chilló.

-En eso te equivocas, soy su aliado. –dijo con orgullo en su voz.

-En cuanto me tenga a mí y a Draco en sus manos, te matará, ya no le servirás de nada. –Voldemort negó con la cabeza, declinando las ideas de Nymeria. –Siempre has sido necio y tozudo, Tom, pero te creía inteligente. Veo que me equivoqué.

-¡Cállate! –le gritó furioso.

-Yo que tú no le gritaría, Riddle, te deje muy claro que ella es solo mía. –una fría voz surgió de las sombras de donde salió un hombre joven, de pelo negro como la noche recogido en una coleta baja y con ojos más azules y fríos que el hielo. Tenía la piel pálida y era muy alto.

Voldemort enseguida se calló y se apartó hacia un lado, dejándole paso al hombre, el cual miró fijamente a Nymeria, que estaba temblando y parecía aterrorizada.

-Parece que no te alegras de verme, hermanita. Que decepción, yo llevo siglos esperando nuestro reencuentro. –dijo con voz pausada y tranquila, sonriendo siniestramente. Ahora que había salido de las sombras se podía ver perfectamente una cicatriz que cruzaba su ojo derecho, Nymeria no tardó en reconocerla, ella misma la había hecho.

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-No me puedo creer que hicieras eso, Hermione. Yo no habría sido capaz de algo así. –Ginny negó con la cabeza repetidas veces, mientras dejaba sin cuidado una revista en uno de los asientos del compartimiento.

Hermione se sentó mientras sentía que los ojos le empezaban a escocer, las lágrimas deseosas de correr libres por sus mejillas. Recordó la forma en la que había tenido que aplicar un Obliviate a sus padres, para que no la recordaran, a ella, a su propia hija y todo por una maldita guerra y para mantenerlos a salvo.

-Ya. –dijo únicamente Hermione, incapaz de decir nada por el nudo que se le había formado en la garganta y rápidamente alejó el recuerdo de sus pensamientos.

Ginny la miró con tristeza y le acarició el brazo con cariño, intentando reconfortarla.

La puerta del compartimento se abrió, dando paso a Harry y a Ron que reían de alguna cosa que había pasado en el pasillo y que parecía muy graciosa.

-¡Hola, chicas! –saludó con una sonrisa Ron, sentándose da cualquier manera al lado de Hermione.

-Hola, Hermione. –La aludida le sonrió a Harry- Hola, Ginny. –saludó a su novia, acercándose a ella y besándola suavemente, al separarse ambos se sonrieron levemente y se miraron a los ojos.

-Puaj. No hagáis eso delante de mí. –se quejó Ron poniendo cara de asco, ya se había acostumbrado a ver a su hermana y a su mejor amigo juntos, pero seguía sin ser agradable ver como se besaban y se hacían arrumacos.

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Draco se apoyó contra la puerta del baño de chicos y suspiró varias veces seguidas, intentando menguar el abrasador calor que sentía, era como una quemazón que lo recorría de arriba abajo, como si lo estuvieran quemando con algún hechizo.

Se mordió el labio con fuerza hasta sangrar, evitando chillar por el dolor y el calor. Su frente sudaba y se sentía como si tuviera fiebre.

-Nymeria…-susurró viendo a la nada con los ojos desenfocados.

No sabía como pero de algún modo tenía la certeza de que Nymeria estaba en problemas y de alguna forma eso le estaba provocando el dolor que estaba sintiendo y el calor, el interminable y agotador calor.

Con pasos vacilantes y a tropezones caminó hasta el lavábamos, abrió el grifo de agua fría y empezó a mojarse la cara y el cuello con desesperación. Por Merlín, ¡el calor lo estaba matando!

Pero el calor no hacía más que aumentar sin parar, más y más. Se calló al suelo y quedó de rodillas, incapaz de sostenerse de pie, gimió por la sed que empezaba a sentir, su garganta estaba seca y su boca quemaba, al igual que el resto de su cuerpo.

De alguna forma quedó apoyado contra la pared, la consciencia venía y se iba. Cerraba los ojos y cuando los volvía abrir, bien podrían haber pasado horas. Las cosas a su alrededor se difuminaban y se hacían borrosas.

En una de las veces que abrió los ojos, se encontró de frente con una figura humana, era un chico, no sabría decir quien aunque le sonaba muchísimo…Tenía la piel oscura como el café y los ojos muy pero que muy negros.

-¿Draco? ¡Joder! ¿Qué mierda te ha pasado? ¡Mierda, mierda! ¿Estás bien? –la voz del muchacho era ronca y a la vez aguda, llena de preocupación y angustia.

-Blaise…-susurró reconociéndolo, con los ojos medio cerrados – Haz que pare… -suplicó gimiendo por el calor.

-¿El qué? –preguntó Blaise preocupado.

-El calor, el insoportable calor. –respondió cerrando los ojos y perdiendo la conciencia.