Los libros de Harry Potter no me pertenecen, son de J.K Rowling y de quienes sean sus derechos. Escribo esto por puro gusto personal, y para alegrar a otros fans, y no quiero ni busco nada a cambio. Gracias.

Advertencia: Esta historia contiene yaoi, es decir, amor entre hombres. Así como tortura, non-con, m-preg, canibalismo, criaturas sobrenaturales, drama, y escenas de índole sexual. Temática muy dura, queda advertido.

Sumario: De la muerte de Harry Potter, se alzó el esqueleto de un imperio. La caída de los gobiernos muggles, trajo su carne. La sangre, el hambre, y el sufrimiento de millones, crearon un alma negra y cenagosa para la malformada carcasa. Ahora, tras una década de existencia, Draco Malfoy, espía de la orden del fénix, sacrificará su cuerpo, su corazón, y su alma, para demolerlo. (Harry y Draco acromántulas)

Y ahora…

Bienvenidos a:

TELA DE ARAÑA

Capítulo 9- Bajo Piel

-De acuerdo.- "Mi cuerpo por la vida de ellos."

Tendría que hablar con padre, y asegurarse de que Aragog se ocupara de lidiar con los ataques, pero podía hacerse.

-Bien.


-Tengo que ir padre.

El gran árbol estaba inundado de tristeza, con las ramas inclinadas por el peso de los años, de los espinos, el muérdago y las hiedras que habían ido creciendo sobre él.

El musgo que lo cubría como un manto había perdido color, apagándose hacía un gris descolorido y muerto. Su tronco, que se elevaba en el bosque como una torre vigía, y las raíces como puentes que surgían del mar de hojas muertas, habían adquirido un tinte quebradizo de costra vieja.

La noticia de su marcha había afectado profundamente al gran padre del bosque.

Las acromántulas trepaban por él inquietas, silenciosas, observando con miles de ojos negros, escuchando sus palabras, esperando la sentencia del gran espíritu.

La ausencia de sonidos era espesa, asfixiante, goteando en el pecho de Harry como alquitrán caliente. La sensación igual de negra. Por vez primera desde que Harry podía recordar, ni siquiera el aire estaba arrancando susurros del árbol milenario, ni de las pocas hierbas medio muertas que habían logrado crecer a través del manto de naranjas, dorados y rojos, que era el lecho de restos difuntos a sus pies. La brisa, siempre presente en el bosque tenebroso, hoy callaba. Era como si lo que estuviera apagando la moribunda luz sangrienta del sol de la tarde, también se la hubiera tragado a ella.

Los rayos rojos apenas lograban iluminar el claro a través de la gruesa barrera de nubes negras. Pero su presencia le pesaba sobre la piel como una costra de sangre. Sentía las miradas de las enormes arañas perforando su carne. Y en sus huesos la lenta muerte de la vida del bosque. Aumentando la culpa que podía sentir rozándole por dentro. Recordándole…

No bajó la cabeza, ni apartó la mirada de la poderosa deidad.

No se iba a esconder como si su decisión llevara culpa alguna.

Seguiría luchando para proteger a sus hermanos, aunque fuera en un lugar lejano, y en una guerra que no era la suya. Su lealtad no cambiaba por ello, ni era menor su devoción por decidir abandonar el refugio sagrado del bosque.

Harry Potter seguía siendo el guardián.

La espera parecieron horas, el tiempo indefinible en la atmósfera opresiva, pero finalmente, una de las ramas del gran padre se elevó cansadamente, para posarse, muy suavemente, sobre su cabeza, en un gesto de bendición.

-Comprendo tu decisión, hijo mío.- El susurro hablado de cientos de hojas al rozarse recorrieron el claro, y embargaron al viuda negra en su abrazo cálido. El cieno pegajoso que había llevado dentro, se deshizo en hilos de un vapor lleno de agradecimiento y cariño. Padre comprendía. Eso era todo cuanto había rogado. –Puedes ir, si eso es lo que crees necesario para protegernos a todos.- El sonido un tono dorado, que durante un instante, llevó de nuevo a Harry el perfume del verano. Esa estación ya casi mítica, que llevaba sin tocar el mundo diez años. Lo aspiró profundamente, y lo sintió alojarse en él, enroscándose seguramente en su pecho, como un animal pequeño y tierno. Un recuerdo que lo acompañaría cuando la nostalgia del hogar se hiciera demasiado intensa. El regalo que el gran espíritu le daba para su viaje.

Aquel gesto no hizo más que fortalecer su decisión.

-Gracias padre.- Cerró los ojos, e inclinó la cabeza. Aceptando el intenso orgullo que podía sentir radiando de él, igual que un hijo de un padre. El gran espíritu, era, después de todo, el único padre que había conocido jamás. La imagen de Sirius no vivió más que un instante en la pared oscura de su cráneo, y desapareció tan rápido como había llegado. Ese hombre no había sido diferente de todos los demás cuando había llegado el momento de la verdad. El desprecio fue intenso en su cerebro, pero la voz del gran espíritu lo arrastró enseguida lejos de él.

- Solo ten cuidado. Y regresa pronto con nosotros. Te necesitamos hijo mío.- el árbol se sentía tan cansado… Harry lo notó igual que siempre que estaba en su presencia. Lo débil que estaba. Lo difícil que era mantener las barreras del bosque en pie. Lo poco que faltaba, para que finalmente, callera, y todas las criaturas del bosque se convirtieran en ingrediente para pociones.

Solo había un modo de renovar sus fuerzas.

La mirada verde que se abrió al mundo, lo hizo cargada del relampagueo de una tormenta eléctrica.

-Volveré con la cría, padre. Confía en mí.

-El guardián, el guardián, el guardián…

Las voces de las acromántulas se levantaron a su paso.

Todas ellas llenas de orgullo.

oOo

(Draco)

Se apoyó los dedos en las cicatrices rosadas, aún tiernas, palpándolas cuidadosamente.

Lo primero que había hecho el viuda negra después de su acuerdo, había sido aquello. Conocía algunos hechizos curativos bastante efectivos para heridas superficiales. Y aunque sus conocimientos no iban más allá, de los arañazos y el profundo corte de piedra, ya no quedaban más que unas pocas líneas rosas, que aún necesitarían algún tiempo para perder la delicadeza de la carne recién sanada.

Después de aquello, se había ido.

Para hablar con las acromántulas, o con las criaturas de bosque, o con quien fuera que necesitaba advertir de su marcha. No le había dado mayores explicaciones. Tampoco las necesitaba. Pero hubiera deseado no quedarse a solas con sus pensamientos.

Con el miedo de perder a los refugiados en Hogwarts, a todas aquellas personas que habían llegado a ser la familia que siempre había querido. Con la noción de lo que el señor tenebroso les habría hecho si lograba penetrar en el castillo…

Sintió sus venas escarcharse.

Imágenes, recuerdos de las torturas que había tenido que ver, y ejecutar al servicio del señor oscuro, empezaron a desenroscarse por su cráneo como serpientes saliendo de su guarida, cercando sus miedos más profundos. Y cuando el rostro de Mione sustituyó al de la víctima del recuerdo…

"Date prisa"

Mató el pensamiento antes de que llegara a materializarse del todo.

-¿Crees que tienes fuerzas para el viaje?

El tono de voz reptó desde la oscuridad de la gruta como invocado por su pensamiento, disipando las imágenes. La sorpresa y el alivio girando su cabeza hacia el sonido, en el mismo instante en que su cerebro lo captaba… Una sensación que no había esperado, agrandó sus pupilas. La única reacción física que no fue lo bastante rápido para ocultar.

Le resultaba familiar.

Ya antes había escuchado aquella voz. Oscura, profunda y rica. Sin el siseo de sus formas arácnidas, el tono humano era tan reconocible… le supo a chocolate muy negro. Dulce y agrio. Y el regusto se le hizo tan apetecible como una onza guardada largo tiempo en brillante papel plata.

Reprimió el escalofrío que quiso treparle por la piel.

"¿Dónde lo he escuchado antes?" Trató de recordar la persona, el rostro que debía acompañar a aquella voz, pero el conocimiento se le escapó como humo entre los dedos.

Buscó con la mirada a la criatura oculta entre las sombras.

De entre la oscuridad del túnel, el amo de la voz se recortó de las tinieblas para acercarse al nido de pieles, donde estaba echado.

La luz verdosa de los hongos se deslizó por la túnica negra como agua oscura. Recorriendo la tela desgarrada en los bordes, el fardo que cargaba, y el cuero brillante de las botas, en una caricia luminosa. Para el slytherin fue fácil ver que la túnica no se adaptaba del todo a su figura. La alta calidad del tejido hablaba de una pieza hecha por encargo, pensada para alguien bastante más grueso que él. Y Draco se encontró pensando a que cadáver debía habérsela arrancado. O a quien había convertido en cadáver para conseguirla.

Era alto, casi tanto como en su estado híbrido. De hombros amplios y musculatura pesada, pero cargada de una gracia que no concordaba con la potencia que podía sentir radiando de él. Se movía con la fluidez de una araña incluso en este forma humana, y Draco supo porque no lo había oído llegar.

Buscó el rostro de la criatura con la mirada, inconscientemente ansioso, el aire de familiaridad cada vez más potente…. Pero la oscuridad entre los pliegues de una capucha no le permitió ver nada.

"Se oculta de mí." La suspicacia se levantó, erizando sus nervios como las púas de un erizo. Se conocían. No sabía cómo definirlo. Pero era como si su mente y su pecho, estuvieran tirando de válvulas largo tiempo en desuso. En algún momento, de alguna manera, ellos ya se habían encontrado.

Por un instante, se preguntó cómo aquella primera vez que había encontrado su forma humana, aquella sensación no le había embargado. Pero recordó que en aquel momento había estado drogado, herido, y poco proclive a percibir nada más allá de la agonía mental de la violación. Violación… el recuerdo convirtió el ansia de saber en un imperativo. Porque si aquel ser le había hecho aquello habiéndose ya antes conocido…

La ira y el deseo de saber le abrasaron la epidermis. Pero nada altero su gesto.

"¿Quién eres?" -Apartó las pieles a un lado, bajando del lecho.

-¿Nos vamos ya?- La voz calma, casi aburrida. La postura relajada. La falsa calma de una serpiente que observa.

-Primero vístete. Fuera está empezando a nevar otra vez.- Lanzó el fardo de piel y tela que había estado cargando, a sus pies, todo desprecio e indiferencia.

Draco enarcó una ceja, pero no dijo nada. Se limitó a coger las prendas y sacudirlas del polvo del suelo. El revoltijo de cosas eran unos pantalones gastados de un blanco desvaído, un jersey de lana clara tan grande que podría servirle como camisa para dormir, un par de suaves botas pardas, y un abrigo de gruesa piel blanca como la propia cellisca.

La calidad del abrigo le llamó la atención al instante. La suavidad del pelaje, su espesor… hundió la mano en él, observando cómo su palma desaparecía entre los pelos en una caricia de pluma. Utilizándolo como excusa para darse un instante más de desnudez, delante del otro. A pesar de que por un momento tuvo que reprimir las nauseas de dejarse observar por el mismo monstruo que lo había... encadenó aquellos recuerdos bien lejos de su atención. Ahora necesitaba de todas sus facultades.

"Seduce, distrae, y eventualmente la presa se confiará lo bastante para dejarte acercarte."

- Realmente espeso. Hay muy pocos animales con una piel así.- comentó con aparente distracción. Tratando de dar un tema que hiciera al otro hablar. Si volvía a escuchar su voz, quizás lograra atraparla en su memoria.

-Es piel de gatonieve.- El tono hiriente. Pero no sirvió para darle a Draco el agarre que necesitaba. Ocultó la frustración y aprovechó el repentino comentario del viuda, para levantar la vista del pelaje a él.

No podía decirlo con seguridad, pero durante un instante, creyó que sus miradas se habían cruzado. La sensación de desagrado e ira reprimida que captó de él, le rozó los sentidos como un arañazo. Su propio odio se levantó en respuesta. Pero se obligó a acariciar los afilados sentimientos hasta calmarlos. Mantener la mente siempre clara, era la primera norma del espía.

Miró de nuevo el abrigo Gatonieve.

La magia inherente en la especie, convertía su pelaje en un aislante natural del frío mucho mejor que ningún hechizo. Su piel había sido muy apreciada para confeccionar abrigos invernales cuando Voldemort aún no había subido al trono. De eso hacía más de diez años. Nadie había visto ninguno de aquellos enormes felinos mágicos desde que se cerrara el bosque oscuro. ¿De dónde la había sacado la gran araña? Guardó la pregunta el fondo de su cerebro, para contemplarla más tarde. Toda pequeña pista podía siempre ser útil.

Lo dejó cuidadosamente en el nido, y procedió a vestirse. Demasiado tiempo desnudo, y el monstruo creería que trataba de provocarle. Algo que levantaría sus sospechas en el acto. ¿Quién intentaba seducir al monstruo que le había violado?

Por ahora iría acercándose sin alejarse demasiado de su propia personalidad. Porque si lo que sospechaba era cierto, un cambio demasiado grande a su carácter normal podría descubrir sus intenciones, y llevarlo a ocultarse de nuevo en sus formas arácnidas. Y si lo hacía, las posibilidades de saber quién era, se reducirían casi a cero.

Finalmente se puso el abrigo. Y no intentó ocultar su sorpresa al sentir lo bien que le sentaba.

En consecuencia se obligó a pronunciar la palabra.

-Gracias.- Su voz fría pero amable. La mezcla que podría esperarse de él en esta situación. Esperaba que el viuda creyera que lo hacía para empezar aquello de la mejor manera posible, apreciando el regalo.

Harry enarcó una ceja.

No había creído que Malfoy le agradeciera el regalo. Y por un momento, el instinto del viuda flameó por sus entrañas, henchido de la satisfacción de haber complacido a su submidivo; Un instante más tarde, su parte humana lo aplastaba como a un insecto molesto.

"Si voy a vivir con la serpiente, no puedo permitir que me manipule en ganarse nada de mí; ni sentimientos, ni confianza, ni ninguna otra cosa más allá de lo necesario."

El modo en que su parte viuda había saltado cuando el slytherin había resultado herido, había llegado a asustarle cuando tuvo tiempo de pensar en ello. Había sido demasiado confuso, demasiado fuerte. No podía dejar que sus instintos le dominasen con él. No cuando tanto dependía de su misión. Y Malfoy era un bastardo manipulador, solo había que ver como paseaba de un bando a otro según le placía.

"Y no voy a ser uno más de sus títeres."

El odio frío de su infancia corrió por su sangre, enfriando su respuesta como nitrógeno líquido.

-No me lo agradezcas. Si tú sufres, la cría sufre. Limítate a no helarte de frío.

Draco asintió orgullosamente. No había esperado una respuesta mejor.

Acabó de abrocharse, y pasó sus dedos entre los rubios mechones enredados, intentando darles un aspecto más decente. Aunque sabía que era inútil. Solo para darle a su papel de aristócrata engreído, un poco más de credibilidad.

Porque si de algo estaba seguro, era de qué hacía años que aquel ser había estado en su vida. Por lo tanto, lo único que debía conocer de él, era al crío orgulloso, malcriado y aristocrático que había sido, y que hacía casi una década que había enterrado. Y eso le daba ventaja, porque si lo veía como a un aristócrata mimado, infravaloraría su inteligencia. Y sería más fácil pillarle en un descuido.

-Tu nombre.-inquirió.

-¿Qué?

Draco fingió tragarse un suspiro de impaciencia, y se acercó al viuda negra manteniendo una distancia segura entre los dos. La espalda recta y la barbilla ligeramente alzada, en una postura de seguridad que dejaba al descubierto una buena porción de cremosa piel blanca. Inconsciente, realmente, del gesto de seducción que sus apenas conscientes instintos, le estaban induciendo a adoptar. Para las grandes arañas, había muy pocas zonas del cuerpo tan eróticas como la garganta.

-¿Cuál es tu nombre? ¿O no tienes uno?- repitió, deslizándose fácilmente en el lenguaje casi cruel, de su infancia.

Harry inclinó la cabeza a un lado, atrapando el deseo de simplemente ignorarle, observándolo con desagrado, pero captando sin quererlo, el tono azulado, como una caricia de pincel, de las venas bajo la epidermis.

En algún momento iba a necesitar darle un nombre. Así que ¿por qué no contestarle al engreído, y acabar con aquello de una vez?

"Aunque eso no significa que tenga que ser amable."

-Me llaman el guardián. Pero si vamos a ir a ese castillo tuyo, supongo que necesitaré un nombre humano. –El tono condescendiente, casi hiriente.

Draco no dijo nada, no creía que hiciera falta. Le bastó con afilar la mirada al más puro estilo Malfoy. Un reflejo de las pupilas heladas de su padre. Y algo que, normalmente, odiaba utilizar. Alguien parecido a Lucius era lo último que deseaba ser.

-Supongo que puedes llamarme Raksa.

-¿De Raksaka?- Significaba guardián en las tierras hindis. "¿Dónde ha aprendido eso?" Un trocito más en el rompecabezas que permanecía enredado en su cerebro.

El guardián asintió. No le sorprendía que Malfoy lo supiera, como aristócrata se esperaba que fuera culto.

-Mi nombre es Draco. Draco Malfoy.

"Cómo si pudiera olvidarlo." El tono mental lleno de resentimiento. Pero se obligó a asentir, demostrando que lo había oído.

-Y ahora que ya hemos acabado las presentaciones.- Se dio la vuelta sin esperar a ver si era seguido- Pongámonos en marcha, o no llegaremos antes del anochecer.-

Draco se apresuró a seguir sus pasos a través de los entramados subterráneos, ansioso por llegar a Hogwarts cuanto antes. Y observando su caminar, el modo en el que avanzaba casi con furia, para distraerse del terror abyecto a lo que podía haberles sucedido.

Era obvio que Raksa no estaba contento con todo aquello. Y Draco no pudo evitar sentir una pequeña sensación de justicia bañándolo por dentro. Pero sus pensamientos, a falta de nuevos datos que contemplar en este enigma, no paraban de deslizarse hacia los recuerdos de tortura y agonía, golpeándolo sin tregua. Llenándolo de ansiedad y miedo.

"Tengo que llegar a tiempo."

O

Los últimos metros del túnel eran más fríos que en el interior, la brisa helada de la nueva nevada, entrando en la gruta con dedos sibilinos que les rozaron el rostro, convirtiendo en vapor su aliento, y obligando a Draco a arrebujarse un poco más en el grueso abrigo. La luz se fue intensificando rápidamente, hasta que pudieron ver la salida a solo unos metros.

Tal como el viuda había dicho, una ligera nevada estaba cayendo de las nubes cada vez más oscuras. Posándose sobre la costra de nieve y hielo que ya había, reponiendo el blanco sucio con otro completamente puro, y volviendo el suelo el doble de peligroso. Más resbaladizo y profundo. Mientras los árboles y arbustos del claro, se hacían aún más grises que antes.

El frío constante estaba matando la vegetación del bosque.

-Espera aquí.- la voz del monstruo lo sacó de sus pensamientos, a tiempo de verlo desaparecer entre los árboles. Solo para regresar unos instantes más tarde, seguido de una enorme acromántula. El insecto se mantenía cerca de Raksa como un perro de su amo. Igual de obediente.

-Egoro nos acompañará hasta la barrera. Para que no tengas que andar hasta allí a través de la nieve.

Draco enarcó una ceja, y miró al insecto que sabía se alimentaba de carne humana. Dudando un momento en sí debería mostrarse temeroso, o no. Pero ya no era un niño, y el viuda ya lo había visto interactuar con fuerza de voluntad ante arácnidos aún más grandes.

Levantó la barbilla.

-Bien.- Además, si iba a tener que acostarse con una araña tres veces más grande que esta, lo mejor era que empezase a acostumbrarse a ellas.

Se acercó con paso seguro hasta estar delante de los dos, el rostro impasible y la mirada determinada. La acromántula era tan alta como él. Se giró hacia el viuda, con todo el regio derecho a dar órdenes de su posición escrito en el rostro.

-¿Y bien? ¿Me ayudas a subir?

Harry apretó los dientes. "Tan engreído y orgulloso como siempre." Malfoy no había cambiado nada. Lo tomó por la cintura levantándolo sin esfuerzo hasta sentarlo en el lomo bulboso de Egoro.

-Andando. –Si una palabra alguna vez había sonado tan contenida de furia, Draco todavía no la había escuchado.

Ocultó la delicadamente cruel sonrisa en la piel del abrigo. Esperaba que se estuviese retorciendo por dentro.

La nieve caía cada vez más fuerte, y a medida que iba cerrándose la noche, el viento empezó a aullar entre los árboles imitando el chillido de las almas en pena. Los copos grandes como la palma de una mano casi no dejaban ver, y entre la oscuridad, la luz mágica que había invocado el viuda, era poco más visible que una cerilla.

Sin embargo, a pesar la ventisca que empezaba a desatarse Raksa parecía conocer el camino. Se movía a través de la oscuridad de un modo que rozaba lo innatural. Demasiado ágil, demasiado fluido, aún estando hundido en cellisca hasta las rodillas, como si a pesar de solo tener dos piernas ahora, aún se estuviese moviendo con ocho.

La acromántula lo seguía con la misma gracia depredadora, llevando con ella a un Malfoy que, aparentemente, no paraba de escrutar la oscuridad en busca de las luces de Hogwarts.

Los árboles se fueron haciendo más ralos, y el frío más intenso. El viento les sacudía la ropa con furia, y les arrojaba a la cara los copos. Cada vez era más difícil seguir adelante, a medida que había menos cobertura vegetal que cortase el ataque de los elementos. Cuando finalmente salieron totalmente del bosque, el camino hacia el castillo era invisible, tragado bajo capas de blancura, y la noche caída por completo, sumiéndolo todo en la negrura de un tarro de tinta. Ni siquiera podía verse la luna en aquella oscuridad siniestra llena del aullido de la tormenta. La bola de luz azulada en la palma de Raksa era todo lo que había en el mundo, un círculo iluminado surcado de centelleante viento cargado de hielo. Parecía que el resto de la creación hubiera dejado de existir.

Se detuvieron.

-¡Egoro no puede seguir adelante!- el grito de Raksa casi se ahogó en el aullido del viento.

Draco tuvo que aguzar el oído al máximo para escucharlo. Sentía los músculos entumecidos, y agarrotados. Dolorido de permanecer tanto tiempo inmóvil sobre dura quitina. Pero aún así su mente estaba alerta, como la de un tiburón que huele sangre.

-¡De acuerdo!- Bajó de la montura, dejándose deslizar por el costado de la araña torpemente. Cuando pisó la nieve, se hundió hasta el muslo, y la humedad se le coló hasta el hueso.

"El señor tenebroso tiene que estar furioso." Era en momentos como este, cuando realmente uno comprendía lo enorme que era el agarre que Voldemort tenía sobre el mundo. Su tiniebla afectaba a todo como un veneno, tiñendo incluso las fuerzas naturales. Lo único positivo de ello, era que su ira siempre era fácil de prever. Esperaba que su mal humor significara buenas noticias para la resistencia.

Se acercó a Raksa a través de la nieve. El viuda estaba inquieto, olía el aire nuboso, aspirando profundamente. Repentinamente fue como si hubiese captado algo, su cuerpo quedó completamente quieto un instante, y frunció el ceño. Volvió la cabeza hacia él.

-¡Deberíamos volver, la tormenta no tardará en empeorar!- Harry lo estaba percibiendo en el aire abierto de fuera del bosque, donde el perfume de los árboles y las criaturas ya no lo podían enmascarar. El aroma helado del hielo y el trueno. Tenían que buscar refugio antes de que esto se pusiera, mucho, mucho peor.

-¡No! ¡Prometiste que me llevarías a Hogwarts!- No habían llegado tan lejos para regresar ahora. Estaban tan cerca… el miedo se triplicó en su pecho queriendo detener su pulso.

-¡Si seguimos ahora la tormenta podría romper sobre nosotros!- Un golpe de viento los golpeó amenazando apagar la llama mágica, obligándolos a encogerse un instante.

El grito, cargado de miedo, de ira, de dolor, de Draco, se levantó por encima del vendaval con una furia equiparable a la del temporal.

-¡LA TORMENTA YA ESTÁ SOBRE NOSOTROS! ¡NO LOGRAREMOS REGRESAR AL NIDO A TIEMPO, HOGWARTS ESTÁ MUCHO MÁS CERCA!

Harry apretó los dientes y miró a su alrededor. La tormenta empeoraba por momentos. No podían quedarse allí discutiendo.

-¡Está bien! ¡Pero no te separes de mí!-Miró a la acromántula inquieta en la tempestad cada vez más potente. -¡Vuelve al bosque Egoro! ¡Nosotros seguiremos adelante!

La araña los observó un instante más, indecisa, no queriendo abandonar a su señor en aquel vendaval, pero ante la orden acabó perdiéndose en la oscuridad demoníaca.

-¡Vamos! – Comenzaron la procesión a través del infierno.

Tropezó.

-¡Malfoy!

Se le enredaron los dedos en la cintura estrecha, arrastrándolo contra su pecho antes de que el rubio pudiera derrumbarse en la nieve.

Draco sacudió la cabeza para despejarse. Las luces de Hogwarts estaban justo delante de ellos. Fantasmales reflejos naranjas, entre la oscuridad y la cortante cortina blanca de la ventisca. Como un faro en aquel averno.

El viento helado le quemaba los pulmones, ahogando su respiración, sentía los labios cortados, la piel del rostro en carne viva. El cuerpo entumecido, la sangre lenta. Cada paso era un combate contra la tormenta. Y ahora, cuando quedaba tan poco sentía que su cuerpo empezaba a fallar.

Se forzó a enderezarse.

Sería idiota si creía que podía seguir a aquel ritmo. Y Draco era muchas cosas, pero nunca idiota.

Pasó el brazo por los hombros del viuda, a pesar del desagrado del contacto físico.

- ¡Ayúdame a seguir, vamos!- el grito surgió ronco de frío, cuasi roto, pero la fuerza de voluntad detrás de él pareció arder en el sonido.

Harry sintió su instinto reptarle por dentro, y golpear la parte de atrás de su mente con un chispazo de deseo. Hacía casi un día que no dejaba su parte viuda desatarse del todo, y el arácnido estaba empezando a impacientarse. Tener a su submisivo tan cerca, sentir su cuerpo actualmente pegado al suyo, escuchar el fuego que lo caldeaba por dentro, aunque fuera solo para sostenerse, era más que suficiente para despertarlo y cabrearlo. No entendía porque tenía que permanecer enjaulado. Porque no se le permitía saciar un deseo que ambos necesitaban.

La parte humana apretó los dientes, forzando al lado animal a quedarse quieto, aun cuando esta arañó salvajemente en contra, dándole dolor de cabeza.

-¡Bien!- El gruñido furioso solo hizo que aumentara el repiqueteo cerebral. Echó a andar junto a Malfoy. Cada paso acompañado de un furioso insulto interno.

oOo

(Hermione)

-Hey Neville. ¿Qué tal la ronda?

-Nada nuevo. ¿Ya es la hora del relevo? –bostezó apenas, estirándose y desentumeciendo los músculos, agarrotados después de horas sentado en la misma postura.- No me había ni dado cuenta.

Hermione sonrió amablemente, notando la marca que la pared había dejado en su mejilla, donde había tenido apoyada la cabeza. Había vuelto a quedarse dormido.

-Anda, ve y tómate un descanso, lo necesitas.- La ironía en sus palabras, hizo que Neville se sonrojara de vergüenza. No había sido su intención dormirse, pero allí había tan poco que hacer…

-Vale. Nos vemos en el desayuno.- musitó apenas, con una sonrisa tímida.

Hermione lo miró pasar por su lado. Un hombre joven, fornido, aunque de aspecto bonachón, como podría una imaginarse a la versión juvenil de santa Claus. Con sus tranquilos y alegres ojos azules, y la paz que casi se le podía respirar. La ropa arrugada, la barba de tres días mal cortada, el cabello despeinado... aunque en general todos los miembros de la torre tenían el mismo aspecto descuidado. Es difícil preocuparse por tu aspecto, cuando constantemente tienes la amenaza de la muerte sobre tu cabeza.

Y sin embargo, allí estaban la inocencia y la alegría, y la paz, que a intervalos podía ver aquí y allá. En los ojos de Neville, en la vivacidad de Hugo y Rose, en el cariño que podía verse florecer entre Fleur y Bill… Era fácil recordar porque combatían cuando estaba cerca de ellos. Pero también era igual de fácil ver el coste de aquella lucha. Solo tenía que salir al patio para encontrar el precio más duro que todos ellos habían pagado…

Sacudió la cabeza.

"Solo estoy pensando en ello por la tormenta."

Se sentó en la silla junto a las enormes puertas de madera y metal bruñido, lista para otra larga noche de lectura. Normalmente no había mucho más que hacer en los turnos nocturnos. Y hoy, además, lo único que quería era hundir su mente y olvidar. Principalmente el vacio de la entrada, y la soledad que casi podía respirar, pero también un recuerdo muy antiguo que afloraba en noches como esta.

"Harry…"

Se sacó del bolsillo el libro a medio leer, hojas amarilleadas y arrugadas, pero sus ojos solo estaban en él a medias. La otra mitad contemplaba la imagen de un adolescente moreno en una tormenta igual a aquella.

O

El viento entraba siseando a través de los resquicios en puertas y ventanas, para correr libremente por las altas estancias de piedra. Hablando a todo el que quería escucharlo de la ventisca que corría fuera, jugando con las antorchas colocadas a lo largo de las paredes, para crear sombras místicas y extrañas. Y tiñendo el vasto arco vacío de la entrada, su escalinata y altos techos apenas iluminados, con el espíritu de las cavernas húmedas y antiguas. En su presencia el espacio parecía tan vacío, misterioso, y solitario, como una, a pesar de la delicadeza de los relieves de piedra, y las pulidas losas de mármol.

El sonido de los golpes en la madera entro de repente, arrastrado por el viento. Retrepó por las paredes, y ascendió hasta el techo, retorciéndose y resonando, como el tañido de las campanas de una cripta.

Hermione se puso en pie al instante, el libro resbalando de sus manos al suelo, al mismo tiempo que la varita aparecía en ellas con la rapidez de una serpiente.

Se volvió a la puerta.

"¿Quién…?"- Por su mente pasaron todas las posibilidades. Esta noche no esperaban el regreso de nadie. "¿Refugiados?" - Había sucedido que algunas noches recibieran refugiados. Personas que huían del opresivo gobierno del señor tenebroso. Aunque cada vez había ido siendo más raro, a medida que Voldemort se hacía con el poder, y empezaba a envenenar a la gente, contra la resistencia que ellos representaban.

Entrecerró los ojos.

"¿Mortífagos?" - Era imposible cruzar las barreras mágicas de Hogwarts si llevabas contigo malas intenciones. "No. No pueden ser. Las alarmas no han saltado."

Refugiados entonces.

Aún así, cuando se acercó a la puerta, lo hizo con todo el repertorio de sus conjuros en la punta de la lengua. Prevenir era mejor que lamentarlo después. Una dura lección que había aprendido del modo más doloroso.

-¿Quién es?

-¿Hermione?

La voz masculina le robó el aliento en el acto. Durante un instante no pudo creerlo. Hasta que recordó la red de conjuros que cubría la entraba, cortesía de los antiguos goblins de Gringots. Desencubridores de cualquier hechizo, poción, o artimaña, sobre la apariencia de los visitantes.

No podía ser más que él.

"¡Está vivo!"

-¡Draco!- Luchó atropelladamente contra el cerrojo.

Cuando abrió la puerta, la nieve y el viento la golpearon tratando de derribarla. Y las dos figuras que entraron, tuvieron que ayudarla para volver a cerrarla. Pero en cuanto el cerrojo estuvo echado de nuevo…

Enredó los brazos entorno al rubio con todas sus fuerzas. Se tambalearon y estuvieron a punto de caer. Pero a ninguno de los dos les importó.

Hermione hipaba entre sollozos, como una niña pequeña que ha sido encontrada por su madre, cuando ya se creía perdida. Hacía mucho que el peso en su alma no se aligeraba tanto, como cuando sintió a Draco devolverle el abrazo.

-Merlín… ¡Creíamos que habías muerto! Cuando supimos que habías entrado en el bosque…- Sintió como las lágrimas se le escapaban entre las pestañas. Había sido tan duro… - Todo el mundo decía que era imposible que hubieras sobrevivido. – Se le quebró apenas la voz. Enterró el rostro en su pecho, inhalando su olor, convenciéndose de que en verdad era él. Nadie más que Draco olía a fino polvo de mirra. El caro perfume tranquilizó sus sentidos, como ninguna otra cosa podía haberlo hecho.

Draco sonrió contra la maraña de cabello castaño, que escapaba enloquecido en todas direcciones de la precaria coleta. Ni siquiera se había dado cuenta de cuantísimo había necesitado aquel abrazo, hasta que lo recibió. El dolor de los últimos días disolviéndose plácidamente, en el calor de su mejor amiga. Casi no podía creer que hubiera logrado llegar a tiempo.

"Gracias Merlín, gracias."

-Estoy bien Mione. Estoy bien.

Atrapados uno en el otro, ninguno de los dos, percibió el tumulto que recorría al único otro presente.

O

En aquel instante la habría matado.

Todo lo que le había hecho, todo lo que había traicionado, y estaba allí abrazando a MALFOY. Como si nada hubiera cambiado, MÁS QUE A QUIEN ESTABA PROCESANDO SU CARIÑO. Un poco más madura, un poco más alta, pero el mismo cabello loco, los mismos brillantes ojos castaños, la misma sonrisa.

La ropa arrugada y la mirada cansada, las únicas grandes diferencias con la adolescente que recordaba. ¿Con que cara era capaz de mirarse por las mañanas en el espejo, y no vomitar ante la rata traicionera que había allí? Lo había vendido, y aparentemente, después cambiado por Malfoy. Ni siquiera sabiendo lo que había hecho, había creído que llegaría tan bajo. Los recuerdos que había enterrado, y que se había convencido, de que había olvidado, empezaron a palpitar en lo más hondo de su mente más profunda, queriendo despertar.

Dio un paso atrás, alejándose tanto de ellos, como de la escena que se estaba desarrollando ante él. Deseando solamente matarla, y acabar con aquello, pero sabiendo que no podía hacerlo. Y contener el instinto estaba siendo tan difícil…

Sin embargo, recordar el porqué, le ayudó a recuperar en algo el control. Harry Potter llevaba diez años muerto, y era mejor que siguiera así. Tenía un trato con Malfoy que no podía permitirse romper. Y finalmente, todos los seres que morirían si fallaba en su misión.

Así que se obligó a permanecer tranquilo… hasta el instante en que lo labios, carnosos y femeninos, se posaron en la mejilla del slytherin.

El instinto posesivo quemó por dentro como fosforo. La parte viuda se lanzó contra los barrotes de su voluntad en un golpe salvaje. El dolor de cabeza reverberó por todo sus nervios como un salto de alto voltaje.

Dio otro paso atrás.

Apretó los dientes, apretó los puños. Todo su cuerpo tenso. Un único deseo tiñendo sus impulsos, matarla. Podía sentir sus colmillos bajo la carne de sus encías, deseando salir a la superficie.

"Calma." – Agarró todo aquel instinto, y lo empujó brutalmente de regreso a lo más oscuro de su mente. Las garras psíquicas de la criatura, rasgaron todo lo que encontraron a su paso en su descenso a la jaula. Tiernos nervios cerebrales ardiendo de dolor. Pero al menos el deseo de matar volvía a ser controlable.

Miró a Malfoy.

Celos, ira, odio, en su mirada. Un coctel bomba que solo esperaba el momento adecuado para explotar.

O

Cuando se calmaron, y poco a poco dejaron el abrazo. ..

-Hermione, necesito que reúnas al consejo. Hay algo que deben saber.

oOo

(Ron)

Hermione había entrado en la habitación, le había obligado a levantarse, y lo había puesto en camino al despacho de Dumbledore, antes de salir apresuradamente a avisar a los demás miembros del consejo. O eso había entendido. Sin darle ninguna explicación en el proceso. Lo que había dejado a un muy cansado Ron Wesley, en una muy vieja túnica apenas echada sobre el pijama, caminando por un muy poco iluminado pasillo. A media noche. Y bastante confundido al respecto.

Y ahora, además, tenía la mala suerte de encontrarse con Snape en su mismo camino.

Miró al estirado maestro de pociones, de algún modo impecablemente vestido, incluso a estas horas de la noche. Totalmente despierto y alerta. Caminando a su lado como si en vez de él, allí solo hubiese aire.

El impulso de quejarse fue demasiado para su cerebro.

-¿Qué es tan importante para levantarnos de la cama a estas horas?- el tono moroso, y anegado de enfurruñamiento.

Severus frunció los labios, mientras observaba al joven Wesley quejarse como si aún tuviera once años, envuelto en una horrible túnica anaranjada que apenas se había echado descuidadamente, sobre el pijama. Las zapatillas de felpa asomando por el borde, y el cabello saltando en todas direcciones, en torno a su afable cara pegada de sueño.

El desagrado le escurrió por la espalda como un ciempiés de patas muy largas, azuzando su mal humor. Todavía no entendía como Albus, había permitido que aquel inepto fuera admitido en el consejo, mucho menos que utilidad podía reportar su opinión.

Sus pensamientos aún más negros cuando el pelirrojo comenzó a rascarse, no tan disimuladamente, el trasero.

Inmediatamente lo perforó con la mirada desde su ventajosa altura, molesto más allá de lo que podía considerar apropiado a aquellas horas de la noche. El frío negro de sus ojos, clavándose en el adormilado azul de Ron.

-Quizás el señor Wesley se sentiría mejor, si lo hubiésemos dejado dormir, en lugar de despertarlo de su dulce sueño para acudir a una tediosa reunión, sobre el futuro de nuestras vidas. – El sarcasmo goteó por su garganta como líquido de batería.

Para Ron fue como si acabaran de aguijonearlo.

-¡Yo no he dicho eso Snape!- La indignación haciendo enrojecer su piel, a juego con su pelo.

La tranquila, si bien digna voz de MacGonagall, segó el altercado antes de que pudiese llegar a forjarse.

-Haga el favor de no discutir a estas horas, señor Wesley. El resto del consejo ya debe de estar esperándonos.

La antigua profesora se reunió con ellos, a los pies de la larga escalinata de la torre de griffindor. Una cálida bata de lana a desvaídos cuadros ámbar y burdeos, rodeando su cuerpo sobre el camisón de franela. Sin embargo, su cabello aparecía recogido en un perfecto moño, digna incluso cuando era recién despertada.

La apariencia de ambos adultos, haciendo sentir a Ron de nuevo como un niño.

No pudo sino permanecer el resto del camino furiosamente callado, para el deleite de Snape, y la tranquilidad mental de Minerva.

oOo

(Harry)

Volvería, siempre había sabido que volvería. Porque de algún modo Hogwarts corría por su sangre, y pertenecía a este lugar casi tanto como pertenecía al bosque. Pero no a sus habitantes. De todas aquellas criaturas, los seres de lo umbrío compartían con él mucho más que los humanos que vivían aquí jamás podrían. Aunque durante un tiempo había creído algo diferente. Y la revelación aún dolía.

El dolor apagado de entonces le resquemaba por dentro, bajo la cicatriz psíquica que había cubierto la herida, todavía allí a pesar del tiempo que había tratado de borrarlo.

Estando en el mismo lugar que quienes tanto daño le habían hecho, y en cualquier otra circunstancia, quizás habría buscado venganza. Podía casi sentir el cálido consuelo que le habría dado la sangre aún tibia en las manos, el sabor herrumbroso en los labios mucho más dulce que la miel, y la noción de saber que aquellas ratas ya no existían para dañar a nadie más.

Pero la pálida figura que caminaba delante de él, actuaba como freno a ese deseo.

Malfoy.

El rubio lideraba la marcha a través de los vacíos pasillos apenas iluminados. La capucha blanca cubriendo su rostro en sombras, pero su paso rápido, casi nervioso, y determinado, decía a Harry todo lo que necesitaba saber. Fuera lo que fuera que necesitaba hablar con el consejo, estaba rasgando sus nervios con dientes de acero.

De forma muy similar a cómo él mismo estaba sintiendo el instinto morderle por dentro. La ira, el odio, y el deseo reprimido del viuda rasgando contra el fondo de su cráneo, desde la oscuridad donde lo había desterrado. Por ahora la promesa hecha a Malfoy le frenaba, pero su sangre rugía por sus venas a la espera del momento en que finalmente pudiesen estar solos. Él estaba cumpliendo. Su submisivo tendría también que hacer verdad de su parte del trato. Y solo la promesa de poder más tarde aliviar toda aquella cacofonía de sentimientos en su cuerpo, estaba sirviendo para mantener sus colmillos a cubierto.

Antes de ser consciente, ambos se encontraban ya ante la entrada al despacho de Dumbledore. La gárgola apartándose a su paso con solo una palabra del slytherin.

El amplio despacho de director en Hogwarts, hacía mucho que había dejado de ser el lugar cálido, dorado, y siempre atesorado de caramelos, que tantos alumnos habían visitado a lo largo de felices días escolares. Con la guerra golpeando las barreras del castillo a diario, las estancias se habían convertido, por necesidad, en el punto de reunión del alto consejo de la orden del fénix.

Las paredes ocupadas por mapas, y estantes llenos a rebosar de libros, arcanos objetos mágicos, y pergaminos amarilleados por el tiempo, enmarcaban una pesada mesa de madera oscura, rodeada por sillas de grueso y gastado tapizado. La chimenea siempre encendida caldeaba la habitación. Y del escritorio y bote de caramelos que habían sido el sello distintivo de la estancia, se había perdido todo rastro, sustituidos por un cabinete de pociones repleto de mezclas oscuras en delicados frascos de cristal, jarros caseros, y tarros con tostadas etiquetas, escritas a mano en oxidada tinta negra.

La atmosfera tan distinta a la de antaño, que por un instante, Harry no estuvo seguro de que este fuera el lugar de sus memorias. Pero las velas, apresuradamente encendidas, tenían el mismo viejo olor de entonces. Y el paisaje más allá de los paneles de cristal, como un eco de sueño entre la violenta nevada, era igual a la de su memoria.

-Draco, me alegra que estés bien. Ven, siéntate, los demás llegarán enseguida.- La voz algo rasposa después de casi diez años.

Dumbledore ya había sido un anciano cuando Harry había estado en el colegio, pero a pesar de la edad, el tono aún tenía el quedo tañido lleno de sabiduría que recordaba, y el guardián no necesitó girarse para saber quién era.

El odio oscureció sus sentidos como un manto de espectro. Si había alguien a quien deseara degollar con más intensidad que al resto de aquellos magos, era a él. Había confiado en el amable director más que en ninguna otra persona. Le había querido como a su propio abuelo. Había hecho cuanto le había pedido. Y él…

Los músculos de su espalda se tensaron como cuerdas, pero ninguno de los otros dos presentes noto nada bajo el camuflaje de la túnica.

Se giró muy lentamente.

O

Draco se adelantó hasta Dumbledore, aceptando la silla que le ofrecía, y tomando su lugar en la amplía mesa del consejo, junto al alto sillón en el que el antiguo director presidía.

Harry se apartó de ambos, buscando refugio en la esquina más sombría de la estancia, ocultándose en la oscuridad. Donde podía observar, y a su vez no ser observado.

Dumbledore vio el despliegue de ambos con ojo crítico.

-Draco. Aún no me has presentado a tu acompañante.-La sonrisa tranquila, esperando su explicación, no engañó al rubio. Después de trabajar a su servicio durante casi una década, sabía que aquello no era una petición, era una orden.

Desvió la mirada a la figura oculta en las sombras.

-Su nombre es Raksa. Fue él quien me salvó en el bosque.- La voz átona y silenciosa, de quien ha encerrado su corazón tras una fortaleza de voluntad, y no está sintiendo nada.

Al volver la vista al anciano líder de la luz, Dumbledore pudo ver sus pupilas inundadas de secretos y silencio. Y la curiosidad lo aguijoneó por dentro.

En la naturaleza de Draco era común ocultar secretos. Pero sus ojos nunca habían estado tan guardados en su presencia. Las barreras de su oclumencia una muralla de espino y acero.

-¿Draco…?- El rubio levantó una palma pidiendo silencio.

-Raksa está aquí para ayudar en la guerra. Es un aliado, y respaldo su presencia con mi palabra de hechicero.- Una promesa que ningún mago haría a la ligera. La magia intrínseca en las palabras, a menudo peligrosa.- Pero te pido…No, te ruego, que no preguntes nada más. Si surge algo que debas saber, te lo haré conocer.

Draco sabía que era mucho lo que pedía, un desconocido en el castillo podía ser un peligro para todos. Pero era el mejor espía de la orden, y había sacrificado tanto durante la última década, que esperaba que su lealtad, y su palabra, fueran suficientes. Porque hablar sobre lo sucedido no era una opción contemplable. No ahora. No nunca.

Sus miradas se cruzaron durante unos instantes, hasta que el anciano la apartó, aparentemente satisfecho con lo que había visto en los ojos del espía.

-De acuerdo. Si no quieres hablar de ello, nadie preguntará nada.

El alivio inundó a Draco, pero solo durante el instante que tardó la puerta en abrirse dando paso a Snape, Macgonagal, y un desarrapado Ron Wesley. Incluso ahora, con años de obligada camaradería entre ambos, a Draco seguía sin agradarle el pelirrojo. Y con la noción de que había un espía entre ellos, su desagrado cobraba tintes de peligrosa sospecha.

Y que solo aumento con su recibimiento.

-¿Así que estabas vivo, eh? Escurridizo como una serpiente.- Ron intentó ser agradable mientras se dejaba caer en una de las sillas libres, bien lejos de Malfoy. Ignorando las miradas reprobatorias de Snape y MacGonagal. Eso era lo más que estaba dispuesto a esforzarse para darle la bienvenida. Aunque lo intentara nunca lograría que el rubio le callera bien, y la verdad, no era muy decente tampoco fingir lo contrario.

Draco asintió levemente, porque se sentía obligado a demostrar que le había oído, pero nada más. Su atención puesta en cualquier detalle de traición que pudiera ver en él, y en las palabras de Minerva.

-Todos nos alegramos de que esté bien, señor Malfoy. – MacGonagal lo recibió formalmente, pero el afecto y el alivio eran claros en sus amables ojos castaños. Y Draco le devolvió la sonrisa con gusto.

-Gracias. Yo también me alegro de regresar, aunque traigo noticias graves para el consejo.

Dumbledore se irguió seriamente. Deteniendo la conversación por el momento.

-Te escucharemos en cuanto todos estemos reunidos. Black y Remus ya deben de estar al llegar con la señorita Granger.

O

oOo

(Snape)

El olor lo golpeó nada más cruzar el umbral, tan fuerte, puro y embriagado de vida que durante un instante su mente quedó blanca, y tuvo que hacer un consciente esfuerzo de voluntad, para tirar de los hilos de su cerebro y continuar en marcha. Todo en un fluido segundo que no permitió a nadie percibir el desliz.

Tomó asiento donde se esperaba de él, frente a su sobrino, observándolo con ojos inescrutables. No necesitaba averiguar a quien pertenecía aquella esencia.

Aunque hacía más de veinte años que no encontraba aquel perfume, su instinto no podía olvidarlo. El aroma cuasi dorado, pegajoso como miel, de un miembro de su especie en cinta. Y de algún modo, aunque no parecía posible, cerca, solo a unos metros, el olor a brasas, especia, y ceniza, de un macho protegiendo a su submisivo.

Draco había estado perdido en el bosque prohibido…

"¿Draco, que has hecho?"

oOo

Remus, Sirius, y Hermione, dieron la contraseña a la gárgola, y ascendieron la escalera de caracol hasta el despacho. Había costado un poco levantar a Remus, que acababa de llegar de una misión y había estado durmiendo el agotamiento. Pero finalmente los tres lograron llegar a la reunión con más o menos prisa. Aún cuando los dos hombres apenas habían tenido tiempo de ponerse pantalones y camisa, el pelo de Sirius saltaba en todas direcciones, y Remus intentaba despejar el sueño de su cerebro.

-Ha, ya habéis llegado. Sentaos, por favor. Remus siento mucho que tengas que posponer tu descanso, estarás agotado. – Dumbledore les indicó con una sonrisa que ocuparan sus lugares.

oOo

(Sirius)

Sirius ofreció un asentimiento de bienvenida y orgullo a su primo. Todo lo que el duro guerrero se permitía mostrar en afecto desde la muerte de su sobrino, Harry. El dolor había endurecido al antaño alegre merodeador, y ahora muy pocos podían contarse entre los que eran capaces de plantar cara al aguerrido hechicero. Muchos menos eran los que podían enorgullecerse de contar con su afecto. Draco era una de las pocas personas que aún le importaban algo, y el espía compartía el sentimiento completamente. Pero ambos eran hombres de máscaras, que guardaban sus sentimientos con celo, y ante tantas personas callaron la euforia de saber que estaban vivos, guardando la emoción para cuando estuvieran solos. Contentándose con un intercambio de saludos, y miradas.

Remus sin embargo era harina de otro costal. Tonks influenciándole con su carácter abierto y divertido. Todos esperaban que abrazara al rubio. Pero en lugar de eso apenas se atrevió a darle un par de palmadas en el hombro, antes de sentarse un par de asientos más a la derecha con total calma.

Quizás realmente estaba demasiado cansado, pero Hermione sintió que había algo más.

La voz de Dumbledore segó el extraño instante, dando inicio al conclave.

-Ahora que estamos todos reunidos. Cabe advertir primero una cuestión.- Miró en dirección a la figura oculta en las sombras del fondo de la habitación, lejos de todos los demás.- El hombre que hoy nos acompaña es quien salvo a Draco en el bosque oscuro, y ha venido con él para prestar ayuda en la guerra. Su nombre es Raksa. – Paseó la vista por todos los presentes, que observaron con diferentes grados de curiosidad al desconocido, insuflándoles la seriedad de sus siguientes palabras.- Eso es todo cuanto se discutirá en esta mesa. Es un asunto que por ahora solo concierne a los dos implicados, y os pido que os abstengáis de profundizar más en la cuestión.

Ron bufó incrédulo, pero una mirada de Mione bastó para callarlo. El resto aceptaron el asunto con extrañeza, pero dispuestos a dejarlo en paz…

Severus endureció la mirada, y se aseguró de perforar con ella al hombre lobo, sus pupilas puñales negros de espejo. El mensaje claro como agua. Si decía algo sobre el estado de Draco, le arrancaría la garganta.

oOo

(Remus)

Remus lo percibió tan solo con pisar el umbral. La vaharada lo envolvió y serpenteó a su alrededor como hilachas de mermelada y miel. El aroma casi asfixiante de una criatura encinta. Dulce, atrayente, cálido… Su mirada buscó al instante al dueño del perfume… y encontró a Draco. El shock lo dejó sin habla, solo el instante en que tardó en golpearle el olor del dominante. Fuerte y picante como el humo del rescoldo de una hoguera. Una advertencia a cualquiera que tocara lo que le pertenecía. Pero… había algo familiar en todo ello. Fue siguiendo el hilo de su memoria, sin embargo entre sus molduras y resaltes no había nada que tuviera aquel olor casi violento. Rastreó la fuente con las pupilas, una figura oculta en las sombras de la esquina más alejada de la habitación.

El movimiento de Hermione y Sirius al tomar asiento devolvió su atención al presente, pero solo precariamente. Dudó. No estaba seguro de que hacer. Pero en todo caso, sabía que no iba a preguntar delante de tanta gente. Tomó asiento tras saludar a Draco, porque no hacerlo habría sido demasiado extraño. Pero tuvo buen cuidado en no hacer demasiado contacto físico con el joven rubio, en previsión de lo que el dominante podría sentir como una transgresión a su propiedad.

Lo que le dejó aún más perplejo, fue la mirada de advertencia que captó de Snape al sentarse. ¿Significaba eso, que Severus sabía de qué iba aquello?

oOo

(Draco)

Draco noto al instante el extraño comportamiento del afable antiguo profesor… y la realización chispó por su cráneo, como las post imágenes de una luz muy potente.

"¿Cómo he podido olvidar el olfato de Remus?" En todo el huracán de lo sucedido, no había contemplado la posibilidad de Lupin percibiendo la verdad. Y ahora, su único consuelo era ver que el hombre lobo parecía dispuesto a esperar para hablarlo a solas.

La tensión creció en su pecho. Y las barreras de voluntad con que se había mantenido en pie, temblaron.

oOo

(Harry)

En el rincón, a refugio entre las sombras, Harry vio todo esto, y maldijo en silencio, por no haber pensado en el lupino antes de venir aquí. Ahora Remus lo sabía. Quizás no lo que eran, pero sí lo que significaban el uno para el otro, y lo que Malfoy guardaba en su seno.

La mirada de Snape… También había visto sus ojos, el frío helado y la advertencia. Pero el antiguo profesor de pociones era humano, y no podía saber exactamente que estaba advirtiendo. Aunque con él nunca era seguro. Snape era demasiado extraño, demasiado perspicaz.

Un peligro que tendría que vigilar.

Lupin, en cambio, tenía que ser neutralizado de inmediato. Porque si se sabía lo que eran; una pareja de una especie que se creía extinta, tan poderosa, tan deseada, que había sido cazada hasta la aniquilación. No tenía dudas de lo que sucedería. Quizás vivirían un par de años, lo suficiente para traer al mundo algunas crías que pudieran mantener la raza, luego estarían en los estantes de algún maestro de pociones, en pedacitos bien etiquetados por tarros.

Y con ellos el destino del bosque oscuro.

Su única baza, que el hombre lobo, nunca antes, había encontrado la esencia de un viuda. No podía conocer qué tipo de criaturas eran. Solo sabría que eran una pareja y que el submisivo esperaba una cría. Cosas que cualquier especie mágica sentiría. Con suerte quizás los dejara en paz. Sobre todo siendo Malfoy aparentemente tan apreciado aquí. Pero si era necesario… lo mataría.

La criatura ni siquiera necesitó pensarlo.

Para el que antaño había sido como un segundo padre, no guardaba ahora más que rencor fruto del dolor sordo de la traición.

Se envolvió un poco más en las sombras, observando a todas aquellas personas que merecerían morir, y aplacando cuidadosamente su deseo. Encontró que después del primer encuentro con Granger, y el de hace unos minutos con Dumbledore, el trabajo de represión era cada vez más fácil. Solo había uno al que no había mirado más que un instante, y al que apenas le quedaban fuerzas para odiar, tan grande eran todavía el dolor de su abandono.

Su padrino, el único padre que jamás había conocido. Sirius Black.

Atrapó el dolor y lo encerró tras muros de indiferencia, y años de vida como guardián. Fijando su atención, en la única figura de la estancia, capaz de hacerle sentir algo más que aborrecimiento, Malfoy. El deseo primario, choco contra los barrotes impuestos al instinto con dientes de acero. De momento la bestia estaba cautiva, pero el guardián la acarició a la espera del momento para liberarla.

Toda aquella agonía del regresó tenía que salir de algún modo, y Malfoy se lo debía.

"Pero primero, veremos qué hacemos con Lupin."

oOo

(Draco)

Draco tomó aire. Todas las miradas cayeron sobre él, y el las devolvió tratando de ignorar la ansiedad en la boca de su estómago. Podía sentir las pupilas de Remus como un escozor horrible en la piel. Preguntas que no quería contestar. Y rogó en silencio porque Lupin callara, al menos, hasta que hubiera acabado con aquello. Se puso en pie.

El rostro totalmente sereno.

-Todos sabéis que he sido descubierto como espía, y que los mortífagos me siguieron hasta el bosque tenebroso.

Ron bufó. Mione afiló la mirada. Pero nadie más dio muestra de tener interés alguno en la reacción del pelirrojo.

El rubio endureció la expresión, hasta ser tan dura y transparente como el cristal blindado.

-Lo que no sabéis es que no fue por un descuido mío que fui descubierto.- la sorpresa recorrió la mesa, con la sola excepción de dos figuras impasibles, Snape, y Black. –Alguien en esta mesa es un traidor. –Sus palabras helaron a los presentes. Inmediatamente estalló el caos.

-¡Eso no es posible! ¡No intentes culpar a otro de tus errores, Malfoy!

-¿Un espía entre nosotros?

-¡Cállate Ronal! Ni siquiera sabes…

-¿No podría ser una equivocación?

Dumbledore se puso en pie.

-Ya basta, calma.- Todos callaron ante el líder de la luz. El anciano se giró hacia el rubio, sus ojos repentinamente mucho más cansados.-¿Estás seguro Draco? Es una acusación muy grave.

Draco suspiró, repentinamente agotado él también.

-Ojala pudiera decir otra cosa, pero esa es la verdad.

Las miradas cruzaron la mesa. ¿Quién…?

-¿Severus, aún queda algo de verisaterum en nuestras despensas?

El maestro de pociones denegó a las palabras del líder de la luz.

-No. Si tuviera los ingredientes podría preparar más, pero nuestras reservar están casi agotadas. – Era cierto. El bosque oscuro, la única fuente de ingredientes realmente accesible a los rebeldes, llevaba una década cerrado. Y conseguir las valiosas sustancias a través de contrabandistas no era sencillo. Y resultaba demasiado caro. Casi nunca podían permitirse comprar algún pequeño porcentaje de todo lo que hacía falta. La comida era mucho más importante.

-¿Qué hacemos ahora entonces? – la suave, preocupada voz de Mione, pronunció la pregunta que todos tenían en la lengua.

El director, su expresión grave, tomó una decisión.

-Está bien, esta noche ya es muy tarde. Volvamos a la cama, y mañana me reuniré con vosotros para una sesión de legilimencia.- A nadie le gustó la idea de permitir que sus mentes fueran invadidas. Pero comprendieron que no había otro modo de asegurarse.- Y lamento recurrir a esto, pero hasta que sepamos quien es el espía tendréis que quedaros en vuestras habitaciones. Pediré a los elfos domésticos que os acompañen para asegurarnos.

Ron abrió la boca, pero por una vez tuvo el sentido común de no decir nada.

MacGonagal asintió por todos.

-Está bien Albus, llama a los elfos para que podamos regresar a nuestras camas.

O

Pronto la estancia empezó a vaciarse, cada mago de la mano de un elfo. Remus se acercó a Draco, tratando de llegar a él sin llamar la atención. El rubio se veía agotado. El viaje por la tormenta, la tensión, y todo lo sucedido los últimos días se estaba cobrando su precio. Y ahora que por fin había logrado dar el mensaje, solo quería llegar a su habitación y dormir durante días.

El problema era que no podía. No necesitó mirar para saber que tenía a Lupin a su lado.

-Remus, ahora no, por favor.- musitó apenas, finalmente volviendo la mirada hacia él. Sus pupilas al borde de la súplica.

El hombre lobo no se dejó apartar. La preocupación evidente en su rostro. Su voz suave para que el resto no lo oyeran.

- Draco, no estás bien. Y ese hombre que ha venido contigo…

-Para. Al menos deja que descanse esta noche.- Tragó saliva, realmente no quería hablar de ello. No ahora. No jamás. Y necesitaba tiempo, tiempo para pensar en que mentiras iba a contarle.

-Draco…- No estaba seguro.

-Por favor. – Solo la desesperación en su voz, y la rapidez con que se acercaba su turno de irse, hizo que Remus acabara asintiendo.

-Está bien. Mañana.

-Gracias.- musitó el slytherin, adelantándose para marcharse en compañía del próximo elfo. Ignorando la preocupación en la mirada del lupino. Deseoso de alejarse de allí cuanto antes.

Remus miró al extraño hombre, al dominante que había venido con Draco. De algún modo le resultaba familiar…. Y algo le decía, que su presencia aquí, era algo, muy, muy, malo.

El guardián ya esperaba a Malfoy en la puerta.

Snape no llegó a acercarse. Esperaría para hablar a solas.

O

-Prixi se quedará en la puerta, por si los amos quieren salir.- el pequeño elfo doméstico, se colocó delante de la gruesa puerta de madera, y exquisitas bandas de metal forjado que semejaban serpientes devorándose unas a otras, como si fuera un soldado en medio de una importante misión. Draco asintió vagamente, no prestando atención realmente, y cerró la puerta dejando a la criatura fuera.

La habitación del slytherin era muy pequeña. Con tantos refugiados viviendo en Hogwarts, el espacio y los recursos eran muy limitados. La puerta lo único lujoso en ella. Pero a Draco nunca le había importado demasiado, era muy raro que llegara a dormir aquí con su trabajo como espía. Y las cosas que podría haber pedido, serían mejor empleadas por alguna de las familias del castillo.

La estancia de húmeda piedra, estaba ubicada cerca de los antiguos dormitorios de slytherin. Y su única ventana daba al fondo del lago. Una visión de aguas oscuras surcadas de extrañas criaturas, y rastros vegetales meciéndose fantasmalmente. Su muerta luz verdosa, apenas deslizándose por los muebles y paredes.

Un camastro cubierto de gruesas y sencillas mantas, un armario empotrado en una esquina, un pequeñísimo escritorio, insuficiente para todos los papeles y libros obsesivamente ordenados sobre él, y una silla en peligro de perder una de sus patas, eran todo el mobiliario.

Harry observó el espacio que a partir de ahora sería su nido. Húmedo, incómodo y pequeño. Insuficiente para su forma arácnida. No le gustaba sentirse tan constreñido. Pero su atención solo duró un segundo, el segundo en que registró que estaban solos. Su instinto rugió. El agarré de la parte humana comenzó a aflojarse.

Draco estaba de espaldas al viuda negra, la mirada clavada en las grietas de la madera sobre la puerta. Quizás si las miraba con la suficiente intensidad, aquel monstruo desaparecería de su cuarto.

-Malfoy.- el siseo le subió por la espalda con el repugnante tacto del deslizar de una babosa. Familiar, sin embargo lejano, y atado a memorias que deseaba olvidar.

Tragó saliva. Cerró los ojos. Pero no se giró.

-¿Sí?

Harry percibió el minúsculo temblor en la única palabra. Y el ansia creció como una bestia devoradora. Todo el dolor, la tensión, el odio, acumulados en un remolino de garras y colmillos, deseosos de clavarse en carne blanca como nata.

Su voz surgió cargada del siseo del monstruo.- Tenemos un trato ¿Recuerdas?

Draco tomó aire casi convulsamente. Se sentía agotado, drenado de todas sus fuerzas. No tenía energías para soportar aquello.

-¿Ahora?- "Por favor, solo esta noche. Déjame descansar esta noche." Aún en su ruego interno, sabía que no tenía escapatoria.

-Ahora.- El siseo casi un gruñido. Harry sintió como la respiración se le aceleraba. Su pecho expandiéndose y contrayéndose con el ritmo de la caza. Aún así logró mantener las riendas tirantes como cables de acero. Está sería su primera vez. Su primer encuentro sin la prisa y el esfuerzo de dominar al otro. Y quería saborearlo. Aunque sabía que no podría controlarse mucho más.

Finalmente Draco abrió los ojos. Se dio la vuelta lentamente. El monstruo estaba a solo un par de metros de él. Parpadeó atrapando cualquier signo de debilidad en sus pupilas húmedas.

-Está bien.- Un trato era un trato. Y necesitaba la ayuda de aquella criatura en la guerra que se estaba desarrollando. Todos la necesitaban si querían tener alguna esperanza de ganar. Tomó aire apenas, tratando de restañar las grietas de su pecho antes de empezar con aquello. –…está bien.- Repitió débilmente. Apenas un susurro. Enredó los dedos en los broches del grueso abrigo blanco, sintiéndose torpe y entumecido. Pero logró desabrocharlo. Se lo quitó dejándolo caer al suelo. No creía que pudiera doblar la tela sin revelar algún temblor. En su lugar se concentró en quitarse las botas, abandonándolas en el suelo entre la piel blanca de gato nieve. El jersey se deslizó sobre su cabeza casi contra su voluntad, revelando la blanca y atlética extensión de su torso y brazos.

El viuda lo observaba a través de las sombras de su capucha. Podía sentir la intensidad de su mirada, como una palma muy caliente, apretando sobre su piel. Se llevó las manos al primer botón del pantalón. Los dedos le empezaban a temblar. Debajo no llevaba nada. Mantuvo la barbilla alta, y la postura firme. Pero sus pupilas semejaban los ojos locos, desorbitados de terror, de un ciervo ante un depredador.

Harry sintió sus colmillos perforar la blanda carne de sus encías, ahora al descubierto. Malfoy estaba tan nervioso, que su miedo era como un perfume empalagoso en el aire. Podía olerlo, y saborearlo, y eso solo inflamó su deseo. Un gruñido muy bajo surgió en el fondo de su pecho.

Los pantalones se deslizaron por sus largas piernas y cayeron al suelo. El roce de la tela no hizo más que aumentar su nerviosismo, inclinándole al borde del pánico. Tragó saliva. Los brazos tensos a ambos lados de su cuerpo. Forzándose a mostrar su desnudez. El asco le dio nauseas. Solo quería acabar con ello cuanto antes. Estaba demasiado cansado para esto.

-Ven. –La mano que se extendió para llamarlo, tenía garras y estaba cubierta de quitina negra. Draco mató el estremecimiento que le trepó por la epidermis, pero sentía los labios secos. Y el cuerpo helado.

Se acercó.

Sus pies descalzos apenas hicieron ningún ruido sobre la piedra. El único sonido parecía el de su corazón luchando locamente por bombear. Los recuerdos de la anterior violación rozaron su mente con dedos esqueléticos, y por un momento, solo un momento, deseó correr. Pero el sentido del deber era más fuerte que el miedo, y el deseo de proteger a sus seres queridos actuaba como cadenas de las que no podía escapar. Anclándolo a aquella pesadilla, y a los deseos del monstruo frente a él.

El guardián lo agarró del brazo, atrayéndolo aún más. Rozando el cuerpo desnudo, con el suyo aún vestido. Sintiéndolo estremecerse y luchar por contener el terror.

Harry estaba estático, vibrante de un deseo tan potente que apenas podía contenerlo. Pero aún quería algo más antes de dejarse dominar por el instinto. Su parte humana quería humillar, hacer sufrir, al enemigo de su infancia, quería volcar en alguien toda la rabia, el dolor y el odio, de la traición que acababan de obligarle a revivir. Quería que Malfoy pagara, aunque fuera solo un poco, por ello.

Su mano resbaló del brazo del rubio a su cadera, y de ahí, en una caricia, llegó a su vientre cubierto de delicadas cicatrices rosas, aún tiernas. Ahí, justo bajo su palma, entre pliegues e hilachas de carne y nervios, estaba creciendo su semilla. La noción aumentó el deseo girando en sus entrañas, con un lengüetazo de posesividad. Ira y deseo, lucharon por hacerse escuchar en la cacofonía de su mente.

-De rodillas.

Bastó esa palabra. Solo esa, para despertar a Draco. Todo el cansancio, el agotamiento, y el dolor que habían estado por hundirle se quebraron al despertarse su orgullo, su voluntad, y su mente. Sus pupilas casi apagadas se encendieron de ira.

-No.- la palabra surgió helada, de haber sido líquida habría salido de su garganta en polvo de hielo.

Las garras de Harry se detuvieron sobre la piel que habían estado acariciando. Cogido completamente por sorpresa. Y sin embargo, ver el fuego de regreso en las pupilas gris acero, agarró algo dentro de él.

-¿No?- Musitó apenas. El tono incrédulo, teñido de pasión. En su interior supo que este era el submisivo que deseaba. Orgulloso, ingobernable, apasionado.

El espía alzó la barbilla con orgullo, y la luz del lago resbaló por su cabello plata como un halo verde veneno.

-No.- Repitió afilando la mirada, sus hombros erguidos, dispuesto a presentar batalla.- El trato era que podías follarme.- Las palabras pronunciadas de la manera más dura y brutal, dejando claro que no le afectaba. Harry sintió su piel ronronear donde el aliento del rubio le rozó el rostro. - No que fuera a ser tu esclavo, Raksa. Así que, o te pones a ello, o me dejas en paz.- Su tono un perfecto acerado cuchillo. Hiriente, cortante, y ponzoñosamente dulce.

El repentino ataque de Draco, levantó el instinto de Harry como nada podía haberlo hecho. Sonrió.

-Me parece justo.- El sensual siseo acarició los labios de Draco, un segundo antes de que sus labios entraran en contacto con los del arácnido. Un roce, apenas un encontrarse de planos húmedos, de labios fijamente cerrados, de pieles cálidas, que solo duró un instante.

Harry se retiró la capucha. Su parte arácnida estaba finalmente activa, pero la humana aún predominaba, y los cambios en su rostro no eran aún tan extremos.

Draco levantó la vista al separarse sus bocas. Los irises verdes que se encontraron con los suyos eran casi humanos, la piel negra, cuajada de pequeños planos de quitina entorno a los ojos y la fuerte mandíbula, los colmillos de araña sobresalían apenas entre los carnosos labios, el loco cabello negro parecía haber sido mordido, más que cortado.

Nunca antes había parecido el monstruo tan humano.

Su mano se levanto inconscientemente, hasta que sus dedos quedaron a un suspiro de rozar la piel del pómulo. Las incrustaciones de quitina brillaban levemente bajo la luz, como chispas negras.

-Adelante.- La voz de Raksa arrastró sus dedos el último milímetro. La piel era levemente rugosa, pero la quitina era suave como una superficie de metal pulido. Antes no lo había notado.

Sus miradas se atraparon la una a la otra durante un instante. Algo les llamó en el otro, como un tirón en el pecho.

Draco tomó aire bruscamente.

Y se derrumbó.

Los reflejos de Harry reaccionaron con la rapidez solo propia de un buscador, atrapándolo antes de que pudiera chocar contra el suelo.

-¿Malfoy?

Draco jadeó. De repente su cuerpo se sentía como papel muy seco entrando en contacto con la llama. Su piel parecía estar pelándose de su carne. Algo dentro de él quería devorarlo.

Se convulsionó entre los brazos de Raksa.

Harry maldijo violentamente. Conocía los síntomas, porque él mismo los había sufrido. Draco había tardado tanto, seguramente porque después de tantos años encarcelada, su parte viuda no había tenido fuerzas para manifestarse inmediatamente, que había dado por hecho que aún tenían tiempo. Pero el esfuerzo de las últimas horas, y ahora, el contacto con su dominante, debían haberlo despertado.

Y aquí no había espacio para algo así. Si cambiaba ahora tendría que sacarlo al corredor, y si alguien lo veía… Lo sacudió.

-¡¿Malfoy me oyes? ¡¿Puedes oírme?

Draco se arqueó como si su columna fuera a partirse, pero logró jadear.

-…Si… ¡AG!- Algo ondulo bajo la piel de su tórax.

-¡Tienes que pararlo! ¡No puedes cambiar aquí!-la urgencia y la dureza en su voz empujándolo a obedecer.

Draco luchó por resistir a la fuerza interna que estaba desgarrando hacia la superficie de su mente con garras y dientes. Pero era demasiado fuerte, demasiado violento.

Se retorció entre convulsiones. Sus ojos se desorbitaron.

-…N…no… no puedo. – Su columna onduló al borde del cambio.

-¡Sí puedes! ¡LUCHA!

Harry miró impotente. Si Draco cambiaba ambos estaban muertos. Su propio instinto se levantó agresivamente para proteger las vidas de ambos, y la de su cría. De repente, sabía lo que tenía que hacer.

Soltó al rubio en el suelo. Sus garras al instante en su propia ropa. Desgarrando y arrancando en su prisa por retirarla de su piel. No se preocupó en retirar los pedazos que quedaron colgando de él, como jirones de piel a medio soltarse de la larva que intentaba surgir.

Draco gritó en el suelo. Sus ojos enormes y ovalados como los de una ninfa, los irises aún humanos. Su piel onduló como si algo quisiera romper desde dentro.

-…no…n….no….No…- de sus labios escapando la letanía, como un mantra contra la locura de la bestia que quería devorarlo.

Harry lo agarró por las muñecas deteniendo su violento retorcerse, y se posicionó sobre él, poniendo en contacto sus pieles desde el torso a los tobillos.

-Escúchame. ¡Escúchame!- Draco lo miró jadeante. Harry podía sentir la piel del rubio ondular contra la suya, estaba cambiando, y muy rápido. El tono de la epidermis de Draco ya era blanco. No el blanco levemente rosado de una palidez humana. Sino un blanco absoluto que brillaba levemente, como la nieve recién caída. Solo sus labios eran de un rojo húmedo y sensual. Un rojo intenso como el de la sangre fresca. Porque el veneno de las viudas blancas era rojo. Así se lo había dicho Soul. Ahora mismo, si Malfoy besase a alguien que no fuese él, Harry sabía que caería muerto en un solo roce.

-TE PROHIBO CAMBIAR. ¡¿ME HAS OIDO?! ¡TE LO PROHIBO!- El rugido dejó a Draco momentáneamente paralizado. Jadeante. La bestia dentro de él se detuvo en su empuje durante un instante. Solo para retomar el ataque con mayor energía, pero esta vez el impulso estaba mezclado con otra cosa. Draco se arqueó sintiendo su piel comenzar a rasgarse, de algún modo lo que surgió de su garganta no fue un grito, fue un gemido desesperadamente violento.

-¡Páralo!- tosió convulsamente- ¡Raksa páralo!- Había sangre en sus labios rojos, haciéndolos aún más húmedos y jugosos.

Harry asintió, los colmillos agresivamente al descubierto.

-¡Bien!- Mordió la base de la elegante garganta con tanta fuerza, que la sangre llenó su boca. Los colmillos profundamente clavados.

El veneno de Harry se extendió por sus venas con la rapidez del relámpago. Pero esta vez no sintió la familiar relajación, ni la miel devoradora, ablandando sus músculos, lo que sintió fue un escalofrío de intenso placer. Sus piernas se arquearon sensualmente, su cabeza giró derramando el brillante cabello platino por el suelo de piedra, jadeó.

Harry liberó el mordisco, el veneno verde y la sangre resbalando por las comisuras de sus labios depravadamente. Draco se retorció de nuevo. La bestia dentro de él no quería parar. El dolor mezclado con el placer lo hicieron mover la cabeza de un lado a otro violentamente. Se arqueó y gritó. Sus huesos crujiendo desagradablemente bajo la piel.

Harry rugió. Tenía que dominarlo ¡ya!

Soltó las pálidas muñecas, sus manos atrapando las esbeltas caderas.

Sus ojos se encontraron. Determinación, miedo, dolor, deseo, chocando en un segundo al borde del precipicio. Draco entendió sin palabras. Abrió los muslos permitiendo que la poderosa musculatura de Raksa se posicionara entre ellos. Quitina blanca y reluciente como cristal, empezó a romper sobre la pálida piel. Algo bajo ella onduló de nuevo, tratando de salir, y esta vez Draco supo que no podría retenerlo. Gritó:

-¡Hazlo! ¡HAZLO!- Agarró a Raksa atrayéndolo hacia sí, clavando las garras en su espalda sudorosa, en los músculos como cuerdas de acero.

Harry rugió, lo levantó por las caderas, y entró. Empujando violentamente en un solo movimiento brutal que lo llevó hasta el fondo, desgarrando, hiriendo, sin piedad. Draco se convulsionó. Gritó, y gritó aún más fuerte. Su cuerpo pareció que finalmente cambiaría, pero al borde del precipicio… repentinamente se detuvo. Harry empezó a moverse. Violentamente, cada embestida más poderosa que la anterior. La sangre lubricando su movimiento.

Draco empezó a temblar como una hoja en una tormenta. Sus garras desgarraron la espalda del guardián, buscando un punto de agarre, arqueándose bajo él, recibiendo cada envestida. La bestia en su interior apenas contenida.

Comenzaron a moverse al unísono, como bestias en celo, mordiéndose y saboreándose, jadeando, gruñendo, empujándose hacia el clímax. Cada embestida golpeaba su centro, y Draco no podía parar de jadear. El sudor perlando su piel brillante de escamas de quitina, la sangre resbalando por sus muslos y sus labios de un rojo caramelo. Estaban al borde absoluto del climax. Cada vez más potente, más fuerte, más desesperado. Su corazón parecía a punto de pararse.

Raksa le levantó las caderas violentamente, separando sus muslos aún más. Draco enredó las piernas entorno a su cintura. Algo le decía que este era el único modo en que iba a poder detener a la bestia. Gruñó por esfuerzo de la nueva postura, desde la que el guardián podía penetrarlo más profundamente. Demasiado lleno. Demasiado. Apretó la mandíbula y arqueó la espalda, aceptándolo.

Harry se tensó a punto de estallar, un gruñido bajo atrapado en su pecho mientras bombeaba brutalmente, los colmillos al descubierto, el cabello sudoroso, las garras clavadas en las blancas caderas.

-…Draco…- la palabra surgió hecha añicos. Una advertencia tácita.

El rubio gruñó y se tensó aún más.

-¡Hazlo!- Un grito desesperado.

Harry explotó con un rugido primario que retumbó en las paredes de piedra. Su semen llenando a Draco hasta que ya no cupo más, y se desbordó por los muslos blancos aún en movimiento. Draco gimió y jadeó, y cuando creía que ya no podría soportarlo más, su orgasmo estalló devorándolo por dentro, y encerrando a la bestia en lo más hondo de su mente satisfecha y lánguida.

Continuará