Corazón Salvaje
IX
Peeta ha vuelto a la casa grande tras dar un paseo matutino por el perímetro de su hacienda, los años de ausencia no han hecho sino incrementar su afecto por aquellas tierras, motivo por el cual no puede consentir las injusticias que ocurren en sus dominios. No obstante, se siente maniatado, aún es su madre la encargada de todo y ha delegado muchas responsabilidades en Brutus. Es él el principal problema, Peeta juzgaba inhumano y cruel el trato que el administrador y capataz de Campo Real le daba a los trabajadores, sin embargo su progenitora tiene al hombre en cuestión en gran estima.
Tras refrescarse ha recorrido la casa en busca de Sophie, infructuosamente. Al cruzarse en el pasillo superior con Johanna le pregunta por la susodicha, la joven doncella le indica que su ama se hallaba indispuesta desde la noche anterior, con una terrible jaqueca, y aún permanecía en la cama. Aquel hecho le remordió la consciencia a Peeta, tal vez se había excedido y ahora su madre se sentía mal debido a la amarga discusión que sostuvieron durante la cena.
Preocupado por la salud de su madre, Peeta se dirige prestamente a la habitación de la dama, al encontrarla recostada entre sus almohadones de plumas, con las cortinas corridas y los ojos cubiertos, se inclina tiernamente para besar sus manos, tan blancas y tan suaves como cuando él era un muchacho, enseguida Sophie se incorpora y dedica una débil sonrisa a su niño, para ella era imposible vislumbrarlo como el hombre que ahora era, sus ojos de madre aún lo consideraban un pequeño necesitado de su protección.
—¿Mamá, te sientes realmente mal?
—Sólo es una jaqueca, no tienes de qué preocuparte, estoy acostumbrada, con un poco de descanso se me pasará.
—Perdóname por lo de anoche —suplica arrepentido—. Te hice enojar ¿verdad?
—¿Enojar? No, no mi cielo —señala ella, quitándole importancia al asunto—. Sólo me tomó por sorpresa tu actitud tan dura, me mortifican tus arrebatos. He sufrido tanto con tu ausencia que, ahora que has vuelto, quisiera que siempre estuviéramos de acuerdo, que todo lo decidiéramos en armonía, hijo —Tras contemplarle con orgullo, Sophie nota la pequeña fusta que su hijo sostiene en la mano, y las finas espuelas de plata que calza sobre las botas brillantes—. Ya veo que vienes de recorrer la finca.
—De un extremo a otro...
—Mucho has tenido que galopar. ¿No te has cansado más de la cuenta, hijo?
—A decir verdad, sólo me he cansado de ver injusticias.
—¿Qué dices, Peeta?
—Hay muchos males a los que hay que poner remedio en Campo Real, no estoy conforme, en absoluto, con la administración de Brutus.
—¡Pero, hijo! ¿Qué quejas puedes tener de un hombre que vive por entero entregado a su trabajo?
—Que sea duro y cruel con los trabajadores que aumentan nuestra riqueza con el fruto de su sudor. He visto cosas que no pueden seguir ocurriendo y no espero sino tu permiso para tratar de remediarlas. Él dice que tú estás de acuerdo, pero honestamente...
—¿Ya has hablado con Brutus?
—Naturalmente, mamá.
—Mal hecho, hijo. Me temo que hayas sido ingrato con él. ¡Y le debemos tanto!
—Más debemos a los trabajadores, mamá, a esos desdichados que viven peor que si fueran esclavos... ¡No podemos seguir explotándolos en la forma en que Brutus lo hace!
—Pasan de seis mil, hijo. No puede manejárseles sin respeto y disciplina, sin autoridad. Y te aseguro que Brutus sabe cómo tratarlos, no te fíes de la primera impresión. Además, debes entender que ya no estás en Europa, estamos rodeados de gente inculta que no entiende de buenas maneras, incluso de reos que nos mandan de los presidios.
—¿Y eso qué? Son seres humanos, no bestias. Y si se les tratara mejor, si comieran decentemente, producirían más.
—No, hijo… ¿Sabes que nuestras tierras, con Brutus, rinden el doble de lo que rendían en tiempos de tu padre y de Noel Undersee? ¿Que se han adquirido fincas nuevas, uniéndolas todas a Campo Real, y que casi media isla te pertenece? En catorce años, nuestra riqueza se ha duplicado. ¿Qué podemos, en realidad, reprochar a un administrador semejante?
—No quisiera chocar contigo, mamá, pero...
—Está bien. Si no quieres chocar conmigo, no hables en este momento. Hablaremos más adelante, cuando te hayas adaptado más al ambiente, cuando puedas verlo todo con más claridad. Sé mi hijo unos días, un par de semanas, serás hacendado más tarde. No creo que sea pedirte demasiado, después de una ausencia tan larga. Al fin y al cabo, todo se hará como tú digas, eres el amo y así quiero que lo sientas. Pero, te suplico, cambiemos el tema que ya vuelve mi jaqueca.
—Bien —concuerda él, señalando el otro asunto que demanda su atención—. ¿Cuándo vamos a Saint Peter a pedir la mano de Prim?
—Quedamos en esperar —bufa un tanto exasperada.
—¿La próxima semana? —Insiste él, sonriendo. Aunque la negativa de su madre comenzaba a impacientarlo.
—Es muy pronto.
—Mamá, por Dios, no se ha muerto nadie y el hecho de que Katniss haya decidido ingresar al convento facilita las cosas —razona a punto de perder la calma, pero conteniéndose por el delicado estado de su progenitora—. Podemos decir que como ya estaba decidido a casarme ante su rechazo decidí hacerlo con su hermana. ¿O no quieres complacerme, mamá?
—Está bien hijo, será como tú digas —concuerda Sophie.
Prim ha convencido a Clove de ayudarla en su empeño para hallar a una curandera. Ambas jóvenes visten idénticos atuendos de porteñas, y la rubia cubre su preciosa cabellera con un pañuelo de encajes. A decir verdad poco sabe la condesa sobre pasar desapercibida.
—Ahí es… —apunta Clove en cuanto la sencilla cabaña aparece en su campo de visión.
No hay mucho que temer piensa Prim, notando lo desolada que es la zona, si siguen bajando hacia el oeste encontrarán la cárcel, y casi nadie se aventura por aquellos caminos. Sintiéndose mucho más tranquila al constatar dicho hecho, le ordena a su criada esperarla afuera, mientras ella resuelve sus asuntos con la curandera.
La choza, de bahareque, palma y caña, además de pequeña es oscura, apenas hay un tragaluz en el centro del tejado, y por doquier están en aparente desorden diversas plantas, frascos y menjurjes. La primera impresión le resulta impactante a Prim, más cuando ve a la mujer pequeña y encorvada sentada en el fondo, aguardando la muerte, piensa la joven condesa se asusta un poco. Su apariencia no dista mucho de la descuidada morada, tiene el cabello largo y enmarañado, de un color amarillento desvaído, su rostro está surcado por mil arrugas, sus ropas lucen desgastadas por el uso, sin embargo exhibía cierta autoridad que sólo pueden conceder los años. Prim se recompone rápidamente y la saluda.
—Buenos días… ¿Usted es Mags?
—La misma. ¿Qué se le ofrece? —pregunta la mujer, acostumbrada a ser directa y no andar perdiendo el tiempo en cortesías vanas.
—Vine… —comienza Prim, recitando de memoria la mentira que se ha inventado para lograr sus propósitos— porque tengo una amiga casada, con varios hijos, y le han dicho que es peligroso para ella volver a concebir. Pero su marido, ya sabe usted como son los hombres, no está dispuesto a renunciar a yacer con ella. Quiero ayudarla, por eso quisiera saber si tiene usted algún remedio para no tener niños.
La extraña anciana le da la espalda mientras comienza a rebuscar en sus estantes entre frascos de diversos tamaños y colores, tomando un pequeño frasco de contenido verde brillante.
—Esto es extracto de natri—explica la anciana, entregándole el pequeño frasco a la chica—, lo debe tomar usted todos los días, media cucharadita en un poco de agua.
—Pero… si ya le dije que no es para mí…—insiste Prim con la farsa— ¿Seguro sirve?
—Sirve. Pero no debe tomarse por mucho tiempo.
—Bueno, gracias. ¿Cuánto le debo?
—Ponga ahí lo que usted guste —indica la anciana, tomando asiento de nuevo de con indiferencia.
—Gracias, hasta luego.
Prim esconde el pequeño frasco en su escote y se dispone a salir. Cuando está a unos pasos del sitio donde dejó a Clove, nota extrañada que la criada no está, empieza a buscarla nerviosa y logra atisbarla escondida entre algunos arbustos a un lado del camino. Un tanto molesta se acerca a ella, sin notar que en una carreta se aproxima Cressida.
—¡Pare! ¡Pare!— Ordena la joven al conductor, reconociendo a la hermana de su mejor amiga —¡Prim! ¡Primrose! ¿Qué estás haciendo aquí?
—¡Oh, Cressida! —Responde la aludida haciéndose la sorprendida, intentando ocultar tras una falsa sonrisa el susto que le ha hecho pasar— Lo mismo podría preguntarte.
—Pues, voy al orfanato —responde franca y directa, e insiste en saber qué hace Prim allí—, ¿y tú?
—Yo sólo daba una vuelta… para conocer el pueblo…
—¿Vestida de esa manera?
—Una pequeña travesura… aún no me acostumbro al calor de Saint Peter—replica ensanchando su sonrisa, lástima que su interlocutora no era todo lo crédula que cabría esperar, su inquisitiva mirada verdosa brillaba con la intensidad de la sospecha, pero al fin y al cabo ya nada podía hacer, así que se despidió a las prisas—. Pero ya tengo que volver, para estar en casa a la hora de la comida. Fue un gusto verte.
Cuando Cressida se desocupó aquella tarde, decidió pasar por el convento a ver a Katniss antes de regresar a casa, le había resultado demasiado extraño encontrar a Prim tan lejos del pueblo, además con aquella indumentaria, por más que le diera vueltas no hallaba una explicación lógica. La que le había dado olía a mentiras. Al ver a su amiga, comenzaron a recorrer los jardines entre los cuales se fomentó su amistad desde que eran unas niñas, al cabo de un rato le comentó:
—Esta mañana, iba con Orestes a llevar la comida de la semana para el orfelinato, ya ves que está cerca de la cárcel. Y me encontré a tu hermana, estaba sola por aquellos rumbos y vestida como cualquier porteña, con una enagua y una blusa escotada.
—¿Y le preguntaste qué hacía allí?—indaga extrañada Katniss.
—Y que conociendo el pueblo. Pero estaba mintiendo, cuando me vio se asustó mucho y se fue al instante. Tu hermana es muy rara, pero a mí eso se me hizo muy sospechoso ¿No crees? Pero he venido a verte a ti, ¿cómo estás?
—Bien, acostumbrándome.
—Aun no logro convencerme, algo terrible debe de haber pasado para que tomaras esta decisión. ¿O te dio miedo casarte?
—Es que… —duda un instante, considerando contarle todo a su amiga y arrepintiéndose en el acto— no te lo puedo decir ahora, más adelante tal vez.
Días después
Aquella mañana era Katniss quien impartía la clase de bordado a las huérfanas recogidas del convento, doce muchachas un poco menores que ella, de los extractos más bajos de Saint Peter, sin embargo la joven novicia había comenzado a ganarse sus simpatías, cuando la novicia Rosemary le indica que la Madre Superiora le ha mandado a buscar.
La novicia acude de inmediato al llamado, un tanto nerviosa, aún su situación no está definida dentro del convento y teme cometer algún error que acarree su expulsión. Eso es algo que debe evitar a toda costa, pues agradece la paz que está alcanzando en aquel reducto, en los últimos días ha logrado recuperar el sosiego, sabe que con la ayuda de Dios su pena menguará más temprano que tarde, pese a todos los sacrificios.
―Katniss, acaban de traer esta carta de tu mamá, está dirigida a ti, por supuesto, pero conoces las reglas del convento, tuve que enterarme de su contenido. Dice que está enferma y quiere que vayas a casa a verla. Tienes mi permiso de pasar la noche con tu madre, las hermanas Bethany y Angelique te acompañarán hasta allá.
Apenas hace media hora que Peeta y su madre han llegado a su casa de Saint Peter. Han viajado desde la madrugada y su madre, agotada, pretendía esperar hasta el día siguiente para invitar a las Everdeen a cenar. Sin embargo, Peeta, que no cabe en sí por la impaciencia, desea ir en busca de las Everdeen inmediatamente para que la cena se realice aquella misma tarde, y así se lo informa a Sophie.
―Me voy personalmente a invitar a la tía Katherine.
―No hace falta, hijo ―le contraria, resignada a apresurar los planes―. En un minuto escribo la nota y la envío…
―Pero quiero ir yo, mamá ―insiste―. Así aprovecho para saludar a Prim, tengo tantas ganas de verla.
―¿Y si te encuentras con Katniss? ―Pregunta Sophie, intentando hacerle cambiar de opinión―Tal vez aún no ha ingresado al convento.
―Tarde o temprano tendremos que vernos. Haré como si nada hubiera pasado, o tú crees que se atreva a reclamarme.
―Bueno no, eso no.
―Decidido, entonces. No tardo, mamá.
Prim ha estado preocupada por Gale, impaciente aguarda el regreso del marino, un día de retraso, un día y ya se siente desesperada y celosa, para ser francos. Celosa de los amores de otros puertos. Ha salido a pasear por la playa y sus pasos han encontrado el camino hasta la tosca cabaña que habita Gale. Ya ha tomado confianza y entra en ella con todo el aire de la dueña y señora, dentro se encuentra Thom, el ayudante de Gale, cortésmente le saluda e indaga sobre el paradero de su amante, nada se sabe aún, y ella se angustia, teme que le haya pasado algo, pero Thom le asegura que debe estar bien, pues las malas noticias son las primeras en llegar, además confía plenamente en Gale para saber manejar cualquier entuerto.
La jovencita vuelve a casa más tranquila, pero sus ansias de volver a ver al marino no disminuyen ni un poco, al contrario, se acrecientan con el paso de las horas.
La campana exterior suena con insistencia, es Peeta Mellark que, al sentirse tan cerca de la mujer de sus sueños, no puede contenerse. Clove corre a abrir, y se sorprende al ver a tan fino caballero llamando a la puerta, con prestancia el joven se presenta, y algo atontada Clove le invita a pasar.
―Buenas tardes, soy Peeta Mellark. ¿Doña Katherine se encuentra en casa?
―Sí. Pase usted, enseguida le aviso.
―¿Y la señorita Katniss?― Indaga, esperando no encontrarse a quien fuera su prometida.
―Ya está en el convento ―le informa Clove, sin dejar de exhibir una pequeña sonrisa.
―¿Primrose, entonces? ―Pregunta con una emoción que no es capaz de contener.
―Voy a ver si está en su alcoba ―señala la muchacha, retirándose en busca de su ama.
En aquel momento Katniss Everdeen se despide de las hermanas que le han acompañado hasta su casa. Viste las tocas almidonadas, el hábito blanco e impoluto de las novicias del Verbo Encarnado, y un crucifijo de plata prendido al pecho. Su preocupación es grande, por aquella carta que ha enviado su madre, y sin embargo, todo queda en un segundo plano cuando, al entrar, nota la gallarda figura que aguarda en su salón. No es otro sino Peeta Mellark.
Él había estado atento a la puerta cuando escuchó los murmullos en la entrada, pero de ninguna manera habría esperado que del otro lado estuviera la joven mujer que había rechazado.
Cuando aquellas miradas se encuentran y se reconocen, ninguna palabra es pronunciada. Él, que ya estaba seguro de que no la encontraría, se ha descolocado por completo. Ella está literalmente pasmada por su presencia, Peeta es todo lo que recordaba y más. Finalmente es Clove quien rompe el silencio al regresar corriendo con la respuesta de Katherine Everdeen.
―Dice la seño… ―comienza la pelinegra, pero se interrumpe al reparar en la recién llegada:― ¡Niña Katniss!
Aquella es la señal que saca a Katniss de su mutismo, haciendo acopio de toda su voluntad se obliga a saludar:
―¿Qué tal, Clove? Buenas tardes, Peeta.
―¿Cómo ha estado, Katniss? ―Repone el joven, con cortesía.
―La señora viene enseguida ―prosigue Clove con su recado― y la señorita Prim no se encuentra.
―Gracias.
―Con permiso, voy a ver a mi mamá.
Entonces Katherine Everdeen acude al llamado de su futuro yerno, sin sospechar que su primogénita también ha llegado a casa y, casi muda por el asombro, repara en el encuentro fatídico de Katniss y Peeta, la primera se sorprende de verla en pie, el segundo aguarda en silencio, incómodo.
―Mamá, pero…
―¿Cómo estás, hija? ―Cuestiona casi pasmada― ¡Qué gusto verte, Peeta!
―El gusto es mío, tía.
―¿Cuándo llegaste?
―A Saint Peter hace una hora, hay algunos asuntos que debo atender en el pueblo. Vine con mi madre y por eso estoy aquí, mamá las invita a cenar en casa, esta noche a las siete.
―Sí... sí, desde luego que sí. ¿Clove no te ha ofrecido nada? ¿Quieres un café o algo de tomar?
―No, gracias. Solo vine a darle la invitación de mamá y no voy a quitarles más su tiempo —señala impaciente por retirarse—. Me dio gusto verla, Katniss.
―Igualmente.
―Hasta más tarde, tía.
―Dile a tu mamá que ahí estaré.
Apenas se ha cerrado la puerta tras Peeta, cuando el carácter de Katniss estalla en su máximo esplendor, está molesta, siente que la herida que apenas estaba cerrándose, ha vuelto a abrirse, sangrando. Se siente expuesta y traicionada por el ser en quien más confía: su madre.
―¿Me quieres explicar qué es esto? Me mandas una carta diciendo que estás enferma, que quieres verme y te encuentro de pie y dispuesta a salir dentro de un momento.
―Yo no sabía de la llegada de Peeta ―intenta disculparse su madre.
―No me refiero a eso, mamá, sino a que mentiste, no estás enferma.
―No. Pero, estoy angustiadísima, no quiero que te quedes en el convento, sino que vuelvas aquí conmigo. Lo he estado pensando y siento que hemos cometido un gran error.
―Pero mamá ―contraria la chica, presa de la misma zozobra―, ¿como quieres que vuelva, y menos ahora con Peeta en Saint Peter?
Justo acaba Katniss de pronunciar aquellas palabras cuando su hermana aparece en la sala, acaba de llegar por la puerta trasera. Como de costumbre Prim no mide sus palabras y le suelta a Katniss lo primero que le cruza la cabeza.
―¿Peeta está aquí? ―Interroga con marcado interés― ¿Y tú que haces en casa, hermanita? ¿Ya te arrepentiste?
―¡No me he arrepentido de nada! ―Espeta furiosa, aunque refrenando un tanto su mal carácter le cuestiona:― ¿Y dónde estabas hace un rato? Clove te estaba buscando.
―Paseaba en la playa. ¿Viste a Peeta?
―Acaba de irse ―responde Katherine intermediando entre las hermanas.
―¿Por eso estas de malas? ―insiste Prim, demostrando su absoluta falta de tacto.
―Luego hablamos, madre ―repone Katniss retirándose antes de que, por su mal humor, terminara tratando mal a su hermana menor.
De rodillas, frente a la imagen del Crucificado que preside la alcoba en la que corrieron los años puros de su infancia, Katniss reza... Reza con las manos juntas, enclavijadas, con los abiertos ojos fijos en Aquél de quien todo lo espera, con los pálidos labios trémulos, con el apasionado corazón golpeándole sordamente el pecho… Todo es silencio en la casona, menos su voz que es como un leve sollozo. Todo es quietud, menos el alma torturada que se retuerce queriendo escapar de su tormento.
―Cristo, óyeme... Cristo, ampárame, sostenme, dame tu fuerza en la agonía, dame tu luz en las tinieblas... ayúdame a soportar… ¿Por qué llevarme hasta el último extremo, Señor? ¿Por qué ponerme frente a él? ¿Por qué arrastrarme a la tentación? ¿Por qué hacer que despierten los recuerdos mal dormidos apenas? ¿Por qué, Señor? ¿Por qué es tan dura la prueba? En tu noche de agonía, tú rechazaste el cáliz también. En tu Huerto de los Olivos, derramaste sudor de sangre, lloraste amargamente, y le pediste al Padre que tuviera piedad de tu flaqueza. Hoy soy yo quien te clama piedad... piedad o fuerzas para triunfar de mí misma, para ahogar los latidos de mi corazón, para domar mi carne rebelde... Hágase tu voluntad, Señor...
Tan sólo detiene su rezo cuando su madre toca la puerta.
―¿Hija, cómo te sientes?
―Estoy bien, pero muy enojada, me hiciste venir con un engaño, mamá.
―Sí. Y te pido perdón, pero es que no puedo resignarme. Sé que en cuanto se te pase lo de Peeta vas a sufrir mucho más. Eres linda, eres buena, no te puedes castigar por algo que no fue tu culpa. Además, estoy segura que con ayuda de Sophie podrías encontrar otro esposo.
―¡Ay, mamá, por favor! ¡No quiero volver atrás! Menos ahora que Peeta está aquí.
―Pero es que…
―Si me quieres de verdad no insistas… en el nombre de Dios te lo imploro.
La luna llena iluminaba a ratos el frondoso jardín, la noche nublada y fría auguraba una tormenta y Katniss, muy a su pesar, disfrutaba de estar en medio de la naturaleza y no en su húmeda celda del convento. El silencio le resultaba relajante, sobre todo por tenue arrullo del mar, pero de pronto se vio interrumpido por el intempestivo ruego de su hermana menor:
―Katniss, sé buena. Ayúdame a escoger un vestido para ir a cenar donde mi tía Sophie, no sé qué ponerme... ―Katniss se levanta de la silla que ocupaba y con gentileza acompaña a Prim sin interrumpir su perorata― Te juro, si fuera una velada en Capitol City sabría que usar, pero aquí, y con estos calores...
Cuando entraron a la habitación a la novicia le impactó ver que docenas de vestidos estaban esparcidos por doquier, aún así Prim insistía en sacar otros más. Pero a Katniss le bastó una mirada para escoger el vestido perfecto para su hermana, una hermosura de seda y terciopelo de color naranja suave con detalles en marfil. Prim sonrió satisfecha y, olvidando agradecer a su hermana la ayuda prestada, comenzó a arreglarse.
—¡Por todos los cielos! ¡Viren a estribor! ¡Bajen el foque! ¡Quítate, Tresh! ¡Organiza a estos imbéciles y que saquen el agua! ¡Déjame a mí el timón!
Saltando sobre los escollos, desafiando los elementos desencadenados, una goleta marinera cruza frente al Cabo del Diablo, gira con asombrosa rapidez entre las rocas aguzadas y los bancos de arena, y enfila al estrecho canal que le lleva a una pequeña y segura bahía. Negro está el cielo y hosca la tierra, pero el hombre que lleva el timón no vacila frente a la furia del cielo y el mar, salva el último escollo, vira en redondo, alcanza milagrosamente el amparo de los farallones y luego, con gesto orgulloso, deja la rueda en manos de Tresh, su segundo, saltando sobre la húmeda cubierta.
—¡Echen el ancla... y un bote para tomar tierra!
A la luz de un relámpago se ilumina de pies a cabeza la figura del recio capitán de la nave. Es fuerte y ágil; tiene la piel tostada por la intemperie, el cuello fuerte y ancho, alto el pecho, las manos callosas, y el rostro altanero. Una vez en la pequeña embarcación rema con furor hasta la orilla, salta sobre la arena, metiéndose en el agua hasta la cintura y arrastra hacia dentro la frágil barca. Con flexible soltura de felino da unos pasos alejándose del mar, con impaciencia se dirige hasta su morada, quiere cambiarse la ropa antes de aparecerse frente a Prim. Le trae un presente digno de ella y no puede esperar a ver su reacción.
En cuanto se ve a solas en casa, Katniss empieza a pensar con más calma en todo lo acontecido, su breve encuentro con Peeta había sido una puñalada, la verdad su sufrimiento no había hecho más que comenzar y tan sólo verlo nuevamente había avivado el dolor. ¿Por qué razón estaba destinada a sufrir tanto? Nunca le había hecho mal a nadie y, sin embargo, todo lo que había soñado se había trastocado, dejándola terriblemente sola y herida. Caminaba de un lado al otro, mortificada, cuando decidió subir a la habitación de Prim.
La alcoba había quedado a oscuras, ocultando todo aquel desorden, a Katniss le resultaba inconcebible lo descuidada que era su hermana, también su tremendo egoísmo, no le había importado irse a cenar a casa de los Mellark dejándola a ella recogiendo su desastre, seguramente se imaginaba que como ella había decidido no ir donde su tía podría aprovechar el tiempo arreglando su recámara. Si bien amaba mucho a Prim, ahora la juzgaba con dureza, tal vez debido al dolor y la amargura del rompimiento de su compromiso. Le resultaba doloroso no seguir siendo la muchacha feliz e ilusionada de hace algunas semanas, por eso lo mejor era volver al convento, no le agradaba estar en la casa y menos ahora que Peeta al fin había vuelto a Saint Peter. En definitiva necesitaba ocupar su mente, recobrar la calma y recoger los vestidos de su hermana podría ser de alguna utilidad.
Con precaución y elegancia empieza a buscar la pequeña lámpara que debía estar en la mesa de noche, pero resultaba dificultoso vislumbrarla, seguramente estaba debajo de algún vestido de los tantos que debía acomodar... Prontamente se acercó al ropero en la pared opuesta, cerca de la puerta que da a la playa y encendió la luz. Entonces todo ocurrió demasiado deprisa:
― ¡Prim! ―había susurrado una voz a sus espaldas, era una voz varonil, sedosa y seductora.
― ¡Ah! ―exclamó la chica que, exaltada, había girado sobre sí misma, encarando al dueño de aquella voz que la apremiaba. Por un momento, como dos aceros, chocaron en el aire aquellas dos miradas tan extrañamente parecidas; después, las pupilas de Katniss se dilatan para hacerse más duras, más fijas, más altivas.
― ¿Quién es usted? ―dijo Katniss apenas en un susurro, sin amilanarse a pesar del evidente espanto en su mirada― ¿Qué hace aquí?
A pesar de la inusitada situación, la novicia se mantiene firme, y Gale se sorprendió por dicha actitud, resultaba evidente que la había asustado, pero la joven no había huido gritando como era de esperarse, al contrario, lo estaba enfrentando. Él no esperaba encontrar a otra mujer allí, aquella era la habitación de su Prim. De cualquier forma, una chica con hábito y en esa casa solo podía ser Katniss, la hermana mayor de Primrose.
Katniss por su parte también evaluaba a aquel hombretón que había irrumpido de manera tan grosera en su casa, el apuesto joven lleva un pantalón descuidado, arremangado hasta debajo de la rodilla, y una tosca camisola blanca. Podría ser el último marino de cualquier barco de cabotaje; pero su gesto es demasiado altanero, su porte demasiado arrogante, está demasiado seguro de sí mismo y sonríe leve y burlonamente, mientras examina con calma el bellísimo rostro de mujer enmarcado en las tocas almidonadas, y exclama, disculpándose:
― No se asuste tanto ―dijo acercándose a ella― no está frente al demonio.
― N…no estoy asustada ―dijo Katniss recobrando poco a poco su aplomo y dispuesta a enfrentar al hombre que tenía en frente.
—Ya lo veo... Ni siquiera se ha persignado al oír el nombre del enemigo, lo cual es raro en la gente de su clase —escupe con desprecio.
Poco a poco amainaba la primera impresión y Katniss, haciendo acopio de valor empezaba a cuestionarse quién era ese hombre que hablaba con tal seguridad y había entrado sin esconderse. ¿Cómo se había atrevido a ingresar a su casa y precisamente a ese cuarto? De hecho, estaba casi segura de que la había llamado "Prim"… ¡Dios bendito! ¿Sería posible? Sabía que su hermana era coqueta, despreocupada e incluso un poco atrevida, pero de ninguna manera podría relacionarse con ese tipo de gente.
― ¡Le ordeno que se vaya de inmediato! ―amenazó en vano la novicia, que se removía un tanto nerviosa intentando buscar un punto de apoyo ―¿Qué es lo que quiere?
Gale empezó a otear las cosas de la habitación, ignorándola, eso la alteraba más que si hubiera intentado algún acercamiento violento o levantara la voz. ¿Qué quería ese joven de aspecto tan rudimentario? Gale, notando la incomodidad de su "cuñada" se había ubicado de manera que la mesita de la habitación de Prim se interpusiera entre ambos, tratando de no hacerla sentir tan amenazada por su presencia, también para disminuir la tensión tomó entre sus dedos un vestido que se encontraba sobre la mesa y evitó mirar a la chica que parecía estarse armando de valor para decir algo más.
― Con usted nada… ―respondió él con calma― ¿dónde está Prim? ―preguntó llanamente y sin alterar el volumen de su voz.
Para Katniss aquello fue una confirmación dolorosa, era cierto que su hermana conocía a ese hombre y más preocupante aún, él la conocía a ella. Seguramente Prim había perdido la cabeza…
― ¿Prim? ―dijo aún deseando que no fuera cierto lo que presentía― ¿busca a mi hermana?
Él no respondió a su pregunta, al contrario formuló una segunda:
― ¿No está?
La futura monja parecía enojarse más a cada momento.
― No tengo por qué informarle y le exijo que se marche.
Entonces a Gale le quedó claro que Katniss no era una doncella asustadiza sino una adversaria inteligente, que se reponía prontamente y no parecía dispuesta a dejarse dominar. Si bien se mostraba un tanto temerosa, por oposición destacaba la mirada altiva de condesa en el lugar donde debía estar la mirada misericordiosa de la monja.
― ¿Salió con su mamá? ―insiste ignorando deliberadamente la incomodidad y el enojo de la señorita que tenía en frente, acentuando el tono íntimo que utilizaba.
― ¡Eso a usted no le importa!—se encrespa Katniss, ya sin poder dominarse.
—Altanera, ¿eh?
—¡Y usted, insolente! Me llama altanera y me está faltando al respeto desde que entró por esa puerta.
—¡Oh! Por poca cosa se ofende la abadesa...
—No lo soy ni estoy dispuesta a tolerar sus estúpidas burlas.
La ira contenida de Katniss era más que palpable y Gale la festejó con una leve risa que exasperó aún más a la novicia.
―¡No sabía que las monjas fueran tan gruñonas! Además, nunca había visto a una tan bonita ―señaló, consciente de lo que un halago suyo podía provocaren una mujer.
Se acercó un poco a ella, pero Katniss intentó repelerlo con una amenaza.
― ¡Voy a llamar a los criados! ―dijo alejándose un poco de él.
Realmente ella ignoraba que él estaba perfectamente enterado de todo lo que concernía a Prim y a las Everdeen y, más extraño aún, Katniss ignoraba completamente quién era él. Esa amenaza era insuficiente para atemorizar a Gale del Diablo, quien, seguro de sí mismo, se acercó a ella y decidió seguirle un poco la corriente.
― No, no, no ―comenzó a decir Gale e intentó detenerla antes de que ella alcanzara la puerta.
Entonces Katniss, nada acostumbrada a este tipo de intercambios, se asustó realmente. ¿Se atrevería ese hombre a sujetarla?, ¿a hacerle daño? Su instinto la hizo saltar hacia atrás y separarse de la mano que intentaba asirla por el brazo.
― En esta casa solamente hay una criada ―aclaró él, ahora con voz seria y retadora, para que ella notara que no iba a engañarlo con falsas amenazas.
Sus palabras la hicieron estremecerse, la novicia estaba verdaderamente asustada. Gale lo notó e intentó hacerla enojar nuevamente para que se le pasara el miedo y regresara la rival de altura que había visto segundos antes. Después de mirarla atentamente decidió hablar otra vez.
― ¿Es por eso que se metió de monja? ―dijo dedicando toda su atención al rostro asustado de Katniss― ¿no soporta que la toque un hombre?
Entonces fue cuando vio a la verdadera rival que el miedo y la sorpresa le habían ocultado. Los ojos de la mujer que tenía en frente eran fieros, su mirada penetrante y sus palabras filosas como cuchillos.
― ¡Lárguese! ―dijo casi en un susurro, pero con autoridad.
Gale comprendió que su última apreciación había sido muy personal e íntima y había herido a la joven que no tenía la culpa de la ausencia de Prim. El dolor que vio asomarse en esa mirada con su último ataque le hizo ver que había traspasado la línea, había sido cruel con ella… y él no recordaba haber sido cruel con una mujer antes.
Tal vez se debía a ese desasosiego que lo invadía desde que estaba con Prim y a los muchos juicios sobre Katniss que había escuchado de labios de ella. Tal vez era solamente la frustración de regresar de viaje y no encontrarla en su casa… no lo sabía, pero comprendía que lo mejor era dejar las cosas así con su "cuñada".
― Está bien, me voy ―dijo retrocediendo hacia la puerta por la que había entrado― Dígale a Prim que vine.
La mirada de la chica no se suavizó lo más mínimo, ni siquiera se movió de su sitio o hizo intentos de gritar, sólo se quedó mirándolo, pero a Gale le fue imposible abstenerse de hacer un último comentario antes de marcharse.
― Que Dios la guarde, ¡Santa Katniss! ―dijo burlón a modo de despedida.
Tras ello, contrario a su costumbre, Gale se dio media vuelta y se retiró por la misma puerta por la que entrara, dejando a solas a la joven novicia.
Katniss lo miró salir y comenzó a liberar la tensión que había reprimido. Quería llorar de rabia y de miedo, pero se impuso la necesidad de averiguar quién era ese hombre. Obviamente era de clase baja y vestía como un marino, a pesar de ello sus ropas estaban limpias, cosa bastante extraña para una persona de tan baja posición social, tampoco se veía sucio, al contrario, estaba aseado y casi podía asegurar que dejaba un olor agradable a su paso. Su hablar era culto, tenía un discurso claro y un léxico amplio; eso era aún más extraño. Aunque ese hombre la desconcertaba, más la asustaba el hecho de que Prim estaba relacionada con él de alguna manera, se negaba a pensar qué tan estrecha era esa relación, pero era evidente que se conocían y que él se sentía con derecho de buscarla en su propia casa, incluso en su recámara ¿qué demonios estaba haciendo su hermana?
Salió prontamente de la habitación de Prim y buscó a Clove, ella tal vez pudiera darle alguna información acerca de ese bandido, o marino, o lo que fuera... La verdad los marinos no eran tan altivos y directos. Si su aspecto no correspondiera al de un don nadie, como había visto con sus propios ojos, tal vez incluso habría dicho que tenía casta de caballero… ¡Qué tonterías podía pensar cuando estaba asustada! Si hubiese sido un caballero no habría entrado a su casa de esa manera.
Bajó la escalera, clamando la presencia de Clove, y cuando la criada acudió a su llamado le preguntó directamente por aquel individuo.
—¡Clove! ¡Clove! ¿Dónde estás, Clove? —Indaga Katniss. Casi ahogada por el brusco latir de su corazón, al hallar a su criada le cuenta lo acaecido― Acabo de ver a un hombre en… en el jardín… —miente en el último momento, para proteger a su hermana menor.
―¡Niña! ―Se sorprende Clove― ¡Sería un ratero!
―Era alto, de cabello oscuro y largo, llevaba botas y una camisa muy rala. ¿Lo reconoces? ―preguntó atropeyadamente, aun sabiendo que eso no sería suficiente para que la chica le diera un nombre.
Por supuesto que debía describirlo, pero no se atrevía a decir algunos de los términos que se le venían a la mente.
―¿Joven y buen mozo? ―sí, esas eran las palabras adecuadas, Katniss lo sabía, pero no se atrevía a pronunciarlas.
―Sí ―admitió a media voz.
Clove se persignó, cada vez más asustada con aquella intrusión, y su respuesta dejó a Katniss más asustada que antes:
―Si era buen mozo y grandote, a lo mejor era Gale del Diablo...
¡No podía ser! Su hermana no podía haberse liado con ese contrabandista, bandido, ¡asesino! Esto era una pesadilla, ¡Dios bendito! ¿En qué estaba pensando la cabecita loca de su hermana?, ¿es que ella solo podía ver que el joven era atractivo y olvidar el respeto y el recato que una muchacha de buena familia debía mostrar?
Katniss no quería creerlo, pero todo parecía confirmárselo. Su hermana menor y ese contrabandista se conocían… pero ¿hasta dónde habría llegado su hermana con ese atractivo joven? Era mejor quitarse cualquiera de esos pensamientos de su cabeza, o acabaría con una jaqueca terrible.
