¡Hola a todas! Ya nos estamos acercando peligrosamente al climax de la historia, que si bien es algo breve, también he de decir que no es una historia que siendo mas larga hubiera ofrecido más. Una vez más, os agradezco infinitamente el apoyo que recibo de todas vosotras, me hacéis seguir adelante con todo. Siento haber publicado tan tarde hoy, no estaba en casa y he llegado hace poco.

yetsave: Sii las han encontrado, y ahora verás hasta que punto las cosas son más intrincadas de lo que parece.

Joahn: Ya queda menos para dejarte tranquila, te lo prometo. No mas tortura psicologica, jaja.

Y dicho esto, ¡Tachan!

Capítulo 9

La chica apareció en el suelo de una mazmorra, fría y húmeda. Se incorporó como pudo, pero un dolor en las costillas hizo que volviera a recostarse. Estrechas ventanas en el borde superior de la pared, con gruesos barrotes de fundición de acero, le hicieron saber que se hallaban en las mazmorras del sótano superior de algún tipo de castillo o mansión.

Buscó su varita en su bolsillo, donde siempre la tenía a mano por si acaso, pero no la encontró. Como pudo, se incorporó del suelo y trató de entornar los ojos y mirar alrededor: había un cuerpo inerte al otro lado de la mazmorra. Con cautela, se escondió detrás de una de las columnas que sujetaban la planta superior, y se fue acercando poco a poco a aquel cuerpo que se hallaba inconsciente en el suelo.

Al llegar a su altura, descubrió que era otra chica. Con miedo, pero armándose de un valor del que claramente escaseaba, dio con la punta del pie en el cuerpo de la muchacha y le dio la media vuelta: Era Hermione Granger. Tras llevarse ambas manos a la boca del susto, se agachó y le buscó el pulso. Seguía viva, pero su respiración era débil. Sin esperar ni un segundo, comenzó a darle con las manos en la cara, para despertarla.

–¿…Profesor? –murmuró, sin abrir los ojos aún, la castaña–.

–¿Profesor? No, Granger, despierta –la apremió Pansy–. No tenemos mucho tiempo, despierta, ¿llevas tu varita encima?

–Creo que no… ¿quién eres?

–Soy Pansy Parkinson. Deprisa, no tenemos mucho tiempo antes de que vengan a ver si seguimos aquí –con un brazo pasado alrededor de sus hombros la ayudó a levantarse. Entonces vio que tenía una fea marca oscura en la espalda–. ¿Quién te ha atacado?

–Una Mortífaga asaltó mi casa franca… –se explicó torpemente ella–. ¿Y tú que haces aquí?

– ¿Estabas en la casa de un profesor? Entonces seguro que te protegía Snape –adivinó, pensando en que al menos su profesor de pociones estaría al tanto de la desaparición de la chica–.

– ¿Qué haces tú aquí? –repitió Hermione, abriendo los ojos y mirándola acusatoriamente–.

–Me tendieron una emboscada en el linde de mi casa franca –confesó–. Porque fui una estúpida y sobrepasé el límite de protección.

– ¿Tu casa Franca? ¿También eres una refugiada? –preguntó en voz baja. Ambas se sentaron en el borde de una columna, con la espalda apoyada en la pared–.

–Los Mortífagos me abandonaron en una calle muggle, y un miembro de la Orden del Fénix me encontró. Luego los Weasley me acogieron –explicó rápidamente–.

– ¿Ron ha estado contigo? –preguntó esperanzada–. ¿Están todos bien?

–Muy bien, o al menos lo estaban hasta ahora –espetó–. Por mi culpa Ron se ha visto expuesto y sin varita, y no sé qué le ha podido ocurrir…

– ¿Desde cuándo le llamas Ron? –Se escandalizó la castaña, viendo como la chica tapaba su cara con las manos–.

–Estamos prisioneras en una mazmorra, Granger, que yo tutee a Ronald Weasley es la menor de nuestras preocupaciones –rebatió–. Lo primero que debemos averiguar es cómo pedir ayuda.

–Tu tampoco tienes tu varita –adivinó Hermione, derrotada–. Pensemos… ¿Recuerdas la clase de Defensa, en la que nos enseñaron como proyectar magia sin varita?

–Pero es muy difícil, y los efectos son mínimos –replicó entonces la rubia–. Necesitarías que el receptor de tu mensaje estuviera en la casa de al lado.

–Pero Parkinson, somos dos brujas –recalcó–. Es la única manera que tenemos de que alguien escuche nuestro mensaje.

Pansy reflexionó sobre el tema. En aquella clase les habían enseñado cuáles eran los principales canalizadores de magia: metales y piedras cristalinas. Estaba claro que no tenían a mano ninguna piedra que pudiera servirles como canalizador, pero sí disponían de algo en cantidad, tuberías de plomo.

–Granger, ¿Recuerdas qué runas debíamos grabar para canalizar magia a través de metal? –Preguntó, segura de que la chica conocía aquel dato–.

–Si, además la profesora vector nos enseñó algunas más avanzadas en clase de runas –añadió, satisfecha de su estudio de Runas Antiguas–. Pero no sé cómo…

–Aquí arriba hay algunas tuberías de plomo–explicaba Pansy mientras trataba de alcanzar una. El techo era bajo y la tubería era débil, y no fue difícil arrancarla del techo y la pared. Se la puso en la mano a la chica, se quitó una horquilla de su pelo y se la cedió–. Haz los honores. Es la única esperanza que tenemos.

–¿Cómo sabías que eso estaba ahí? –Se preguntaba Hermione–.

–Creo… creo que estamos en la mazmorra de la mansión de los Parkinson –se temió, y la miró con una sincera expresión de disculpa–.

Hermione miró el tubo, que brillaba con la escasa luz que se colaba por las ventanas de los muros. Cogió firmemente la horquilla, la abrió y con ella grabó, con mucho esfuerzo, una runa principal, y a su alrededor cuatro runas secundarias de recepción. Al terminar, las cinco figuras emitieron una tenue luz de color celeste, y se apagaron. La barra vibraba en sus manos, esperando para ceder su energía mágica.

–Ha funcionado –dijo simplemente Hermione. Cogió con la mano izquierda la barra, apuntando a la ventana, y le indicó a Pansy que hiciera lo mismo. Ambas agarraban con fuerza el objeto metálico–. Vamos a convocar un espectro del hechizo Patronus. No tendrá forma, puesto que vamos a convocarlo dos personas, pero tú concentrarás tu magia en crear la niebla y yo en transmitir el mensaje. Usaremos la energía restante del metal para enviarlo. No te mentiré, va a ser devastador para nuestro poder mágico –le explicó, y Pansy supo que aquello podía provocar de nuevo el desfallecimiento de ambas–. Pero es la única alternativa. ¿Estás lista?

–Sí, estoy lista –afirmó. Se concentró en pensar en sus recuerdos felices, tantos como pudiera abarcar, y sin saber bien por qué, Ron Weasley apareció en su mente y en su corazón como una ferviente llama de inagotable candor.

En ese instante, comenzó a formarse una neblina espesa de color plateado por la punta del objeto y Hermione murmuraba sin cesar palabras que Pansy no alcanzaba a escuchar con claridad.

– ¡Ahora! –gritó Hermione. Un fuerte golpe de una onda expansiva las tumbó hacia atrás, y Pansy sintió algo, la sensación que sentían las personas cuando la vida se les escapaba entre sus dedos. En el último instante, sintió que su espíritu volvía a ella, agotado pero satisfecho, y miró a Hermione, que la miraba de vuelta completamente empapada en sudor.

– ¿Lo hemos… conseguido? ¿Adónde lo has mandado? –preguntó–.

–A Devonshire –dijo llanamente–. Solo nos queda esperar.


Snape rebuscaba en sus bolsillos la llave de la casa. Entre bolsas de papel y los pliegues de su túnica, encontró su llavero, pero al intentar introducir la llave en la correspondiente cerradura, se percató al instante de que algo no iba bien.

Abrió de un golpe la puerta para encontrar todo el primer piso desvencijado: Había quemaduras en el papel pintado, café frío en la cafetera y su mesa estaba completamente partida por la mitad. Escandalizado, subió las escaleras aprisa para encontrar el lecho de su cama vacío, sin rastro de Hermione. Pasando una mano por su cabello, volvió a bajar las escaleras, de dos en dos. Había tardado una hora en volver, solo una hora, ¿Podía saberse que demonios había ocurrido?

– ¡Maldición! –gritó, y cerró la puerta de un golpe sordo. Se sentó en su sillón y apoyó la cabeza entre sus manos, y sus codos en las rodillas. No tuvo mucho tiempo de lamentarse por su irresponsable comportamiento, cuando vio brillar una tenue luz blanca reflejada en el suelo de madera–.

Al levantar sus ojos vio un espectro brillante y sin forma definida, listo para desatar su información en cuanto recibiera órdenes para ello, y después volatilizarse en el aire. Snape lo miró unos segundos antes de asentir levemente con su cabeza. Con el sonido de la voz de ultratumba que procedía de aquella nube, la luz en su interior emitía delicadas pulsaciones a su alrededor.

–Severus –la voz de Hermione llamándole por su nombre no pudo sorprenderle más, mientras su corazón daba un vuelco–, Nos han secuestrado. Estamos en la mansión Parkinson. Ayúdanos.

Con el suave eco de la llamada de socorro de Hermione Granger, la nube de luz se disolvió como polvo en el aire.

Había llegado el momento de actuar.

– ¡Mamá! ¡Convoca una reunión urgente de la Orden, rápido! –exclamaba Ron Weasley corriendo desde la explanada. Su madre se giró para observarle, pero no veía a Pansy por ningún sitio–.

– ¿Qué ha pasado…? ¿Dónde está Pansy? –Preguntó de inmediato–.

–Unos Mortífagos nos han tendido una emboscada en el borde de la colina, Pansy había sobrepasado el límite… –explicó sin aliento el chico, una vez llegado a la cocina de la Madriguera-. Estaba muy pálido y el miedo por el destino de la chica surcaba como un rayo por sus pupilas–. Ella no lo sabía… ¡Se la han llevado, mamá!

Molly Weasley sacó su varita y conjuró un patronus, que en su forma espectral de osa caminó por el aire hasta desaparecer. Luego, sentó a su hijo en el banco de la cocina y comenzó a calentar agua en la tetera.

–Explícamelo bien, hijo, porque no termino de entender qué ha ocurrido –pidió la señora Weasley–.

–Estábamos recogiendo la ropa, Pansy quiso subir por la colina, y antes de que pudiera evitarlo había pasado la barrera –Ron se expresaba torpemente, y Molly se apresuró a servirle una fuerte taza de té en cuanto la tetera silbó–. Entonces tres Mortífagos nos atacaron, uno de ellos era una mujer. No me hicieron nada, estaba bien claro que la buscaban a ella –concluyó–. Se volatilizó en el aire, mamá. Fue como verla convertirse en humo, no pude hacer nada por rescatarla.

El chico enterró las manos en su pelo y agachó el rostro, derrotado. Molly nunca había visto a su hijo así, tan vulnerable y perdido. Siempre había contado con el apoyo de Harry y Hermione, pero su amigo había desaparecido del mundo mágico y Hermione se hallaba refugiada, lejos de allí. No supo consolarle de una manera mejor que abrazándole con el calor de los brazos de una madre.

Estuvieron así unos segundos, y el patronus de un lobo apareció por la puerta, donde se sentó en el linde para hablar.

–Trasladaos lo antes posible a Grimmauld Place. Ésta no es la única desaparición que ha ocurrido hoy. Os necesitamos aquí ahora.

Ron miró con los ojos como platos la imagen espectral y brumosa, pensando en quién podría ser la otra persona desaparecida. Sin perder ni un minuto, apuró la taza de té que le quemó la tráquea al paso del líquido por su garganta. Miró a su madre y la cogió de la mano, realizando con más determinación que en toda su vida una aparición conjunta. Llegaron al vestíbulo de Grimmauld place, al igual que varios de los más importantes miembros de la Orden del Fénix, así que tuvieron que andar hacia la cocina del sótano para que todos pudieran ir apareciéndose.

Al bajar, encontraron al profesor Lupin, a Tonks, la profesora McGonagall y a Snape. Ron gruñó e hizo un movimiento de cabeza, a modo de saludo para todos.

–Estos somos todos los que sabemos algo –dijo Lupin, y señaló las numerosas sillas alrededor de la improvisada mesa de operaciones–. Sentaos, por favor. Hemos recibido ambos avisos al mismo tiempo, por lo que imaginamos que ha sido una estrategia conjunta. Han secuestrado a Pansy Parkinson y a Hermione Granger.

Ron se quedó lívido por un instante. No solo había desaparecido Pansy, sino que Hermione también había sido raptada. ¿Qué demonios se estaba cocinando en la mente del Señor Tenebroso?

– ¿Cómo puede ser una estrategia conjunta? ¡No hay nada que las relacione entre ellas! –jadeó el pelirrojo, perdiendo el poco control de su paciencia que le quedaba–.

–En realidad, Ronald, sí que lo hay –dijo suavemente su madre. Ron se sorprendió de que su madre tuviera información clasificada, pero no dijo nada más–. Será mejor que escuches con atención a Remus.

–Hermione fue refugiada en una casa franca, como todos bien sabéis, debido a que sus padres fallecieron en un ataque personal de quien–vosotros–sabéis, muy probablemente para hacer daño a Harry y extorsionarle con la culpa de dichas muertes –dijo fríamente, y Ron entrecerró los ojos con furia–. Ella fue asignada a la protección del profesor Severus Snape. Casi al mismo tiempo, tres días después Pansy Parkinson fue hallada en una calle muggle, en un supermercado intentando robar comida, después de haber sido abandonada por los suyos.

– ¿Qué tiene eso que ver con…? –comenzó a preguntar, pero se detuvo a mediados de la frase, dejándola suspendida en sus labios como un mudo asentimiento de su razón–. Parkinson participó en el asesinato de los Granger –concluyó. Sintió una punzada como una flecha envenenada en su corazón, como si la confianza depositada en la chica durante aquellos días hubiera sido una farsa–.

–Exactamente. Hermione sobrevivió y los Mortífagos abandonaron a Pansy a su suerte. Imaginamos que querían que nosotros la encontráramos y la ejecutáramos, pero Pansy nos aseguró que ella no tenía idea de que vigilaba para ser cómplice de asesinatos –sintetizó el profesor de Defensa–. Así que la refugiamos con los Weasley. Imaginamos que los Mortífagos habrían tenido una manera de marcar a Pansy Parkinson para un rápido rastreo de su localización. En cuanto pudieron, la atraparon.

– ¿Qué pasa con Hermione? –Inquirió entonces, mirando a Snape–. ¿Cómo la han encontrado a ella?

–La señorita Granger guardó una carta a medio escribir en su bolsillo, pensando que ahí tendría más control sobre la seguridad de su contenido –le explicó el hombre–. La carta fue interceptada en un ataque que sufrimos ayer, antes de su desaparición. He estado herido hasta esta misma mañana, bajo el meticuloso cuidado de la señorita Granger, antes de poder dar la alarma–se excusó–.

La cabeza de Snape era un caos: habían entrado en su casa, habían secuestrado a su protegida, y se hallaba casi en paradero desconocido.

–La señorita Granger ha mandado una señal… algo interesante –añadió–. Mandó un patronus incorpóreo a mi casa, algunos minutos antes de que diera la alarma. Decía: Nos han secuestrado. Estamos en la mansión Parkinson. Ayúdanos.

–Están juntas –concluyó el muchacho de cabellos rojizos, completamente desolado–.

–El problema está en que no sabemos dónde se halla la mansión de los Párkinson, y no está en nuestro alcance explorar toda Inglaterra en su busca.

–Está en el oeste de Wiltshire –informó de inmediato Ron, dejando a todos los presentes sorprendidos–. Pansy me lo contó poco antes de su secuestro. Vive junto a la mansión de los Malfoy.

El profesor Snape pensó por un segundo en el cabello castaño de Hermione, imaginando su perfume colarse en sus fosas nasales. La imaginó asustada, en una oscura mazmorra de aquella mansión, y su rostro se curvó en una amarga sonrisa decidida.

–Eso, señor Weasley, nos facilita mucho las cosas.


– ¿Tienes frio? –preguntó Pansy a Hermione.

Al contrario que ella, que había sido raptada mientras recogía ropa por una fuerte tormenta, Hermione había llegado a aquella mansión sin más prendas que una camisa negra de hombre y unos pantalones de pijama, grises. La noche había caído, la ayuda no llegaba y ella tenía camiseta, sudadera y chaqueta. Se quitó la última de sus prendas, que estaba forrada en pelo de borrego, y cubrió a Hermione con ella. La chica miró con agradecimiento sus centelleantes ojos azules.

–Gracias. No podemos permanecer aquí eternamente, necesitamos un plan. Pronto bajarán a por nosotras.

–No hay manera de escapar de esta mazmorra, no hay más salidas que la puerta de acceso –se lamentó Pansy–.

–Exacto –se sonrió entonces la castaña. La rubia la observó sin entender–. Cuando bajen, debemos tener un plan. Esta es tu casa, debes saber dónde es probable que hayan guardado nuestras varitas, ¿No es así?

–Posiblemente estén en la caja fuerte del salón de fumadores –se aventuró a afirmar–.

–Nuestro primer objetivo es aturdir a la persona que venga por nosotras, y llegar sin ser descubiertas hasta ese salón. ¿En qué planta se encuentra?

–En la planta baja –le informó–. Debemos subir por las mazmorras, pasar las habitaciones del servicio y la cocina y llegaremos al vestíbulo –explicaba susurrando–. Luego, debemos entrar en la segunda puerta que hay en el pasillo a la derecha de las escaleras. Parece lejano, pero no está tan lejos –le aseguró, oyendo como Hermione resoplaba–. Además, tampoco es que tengamos otra opción… ¿Y cómo piensas aturdir a nuestro captor? –indagó curiosa. Hermione le dedicó su más orgullosa y radiante sonrisa–.

–Al estilo de los Muggles.

Oyeron pasos en las escaleras de las puertas de rejas, y se tensaron asustadas. Recuperando la compostura, Hermione agarró una piedra desprendida de la pared, del tamaño de su mano, y se escondió en el borde de la pared que daba a la cerradura de la enrejada. Los pasos cada vez estaban más cerca, Hermione más nerviosa que nunca en su vida y Pansy temblaba escondida en la columna.

–…endemoniado, siempre me toca a mí hacer el trabajo sucio –se quejaba la voz del hombre que terminó de bajar las escaleras. Hermione ni siquiera respiraba, oyendo como el mortífago abría con sus llaves de latón las puertas de la mazmorra–. ¿Dónde estáis, pequeñas y asquerosas ni…?

No terminó la frase, pues Hermione le había atizado, con los ojos cerrados y todas sus fuerzas, de lleno en la coronilla con la piedra, que cayó poco después al suelo con un ruido de pizarra. Haciéndole exagerados aspavientos a Pansy con las manos, ésta salió de su escondrijo. Hermione registró la túnica del mago, pero no encontró ninguna varita, por lo que tuvieron que subir desprotegidas.

– ¿Qué pasará cuando vean que no vuelve? Y si están ya ellos en el salón… –se preocupó Pansy, murmurando para sí. A pesar de ello Hermione la oyó–.

–No pasará nada de eso, lo vamos a hacer todo bien. No debes temer tanto al enemigo, Parkinson –le advirtió–. Sólo respétalo, pero no lo temas.

–En una situación como esta, diría que la única que no es mi enemiga eres tú –replicó–. Pero yo he estado con ellos, he visto lo que hacen a las chicas como nosotras, Granger.

–Tú no eres como yo, eres de sangre pura –protestó Hermione, con el ceño fruncido–. Lo único que podría condenarte como a mí sería una traición monumental a la sangre.

–Besé a Weasley –confesó rápidamente, y se tapó la boca mientras Hermione, completamente sorprendida, abría la boca de pura sorpresa deteniendo su marcha hacia el piso superior–.

– Pero ¿qué estás diciendo? – preguntó desconcertada–.

–Pues lo que oyes, una monumental traición a la sangre –confesó–.

– Pero si Ron… Es igual, no es momento para confesiones, Parkinson –la reprendió, aunque en realidad sintiéndose intrigada y tentada a preguntar–. Hay que estar atenta al enemigo. Ahora sí que tengo claro que estás en mi bando, por completo. No me decepciones, quiero que salgamos vivas de aquí.

–No te preocupes, yo también quiero salir de aquí lo antes posible.

Llegaron al piso superior a las mazmorras, que consistía en un pasillo mal pintado con paredes de cemento y un frío suelo de piedra, y en ambas paredes había cuatro puertas con un sistema de campanillas que llegaba desde toda la casa. Intentando no distraerse, Hermione se acomodó la chaqueta y cogió a Pansy de la mano, haciéndola correr rápidamente los diez metros que las separaban de las cocinas. Pasaron esa puerta de largo, y se quedaron agazapadas en el hueco que daba al vestíbulo, en la pared de la izquierda de éste.

– ¿Cómo vamos a saber…?

– ¡Chsst! –chistó la rubia, y miró a ambos lados del hueco de la escalera–. Antes debemos asegurarnos de que no nos está observando ningún elfo doméstico. No me mires así, mi casa tiene treinta habitaciones –se excusó ante la reprobatoria mirada de Hermione–.

– ¿Y no tienes ningún elfo que sea tuyo por completo? –preguntó Hermione entonces, mientras la chica miraba a ambos lados de la zona segura–.

–Tengo una elfina, pero no suele subir a esta planta– dijo ella–. Tendremos que hacerlo por nuestra cuenta, ¿Cuál será nuestra técnica de distracción?

Hermione mandó a callar a Pansy, pensando detenidamente en la situación: Delante de ellas se hallaba la puerta a la sala de fumadores, donde dos Mortífagos estaban franqueando la puerta. El único motivo por el que iban a moverse de ahí era estar seguros de que ellas estaban por allí, pero no tenía ningún interés en ser capturada. Por lo tanto, debían hacerles creer que estaban al otro lado de la habitación, pero ¿Cómo conseguirlo?

–Parkinson, dame tu zapato –pidió–.

– ¿Y por qué tengo que darte mi zapato? ¡Coge el tuyo! –exclamó, y miró a los pies de Hermione, hallándolos desnudos–. Vaya.

– ¿Me lo vas a dar o vas a mirar mis dedos todo el día? –se impacientó. La rubia se quitó el zapato con cuidado y se lo dio a Hermione–.

– ¿Y ahora qué? –inquirió–.

–Comienza el espectáculo.

Hermione estuvo en silencio como dos minutos, calculando la mejor manera de lanzar el zapato y provocar el caos. Pansy, por el contrario, solo pensaba en las varitas. Trataba de recordar todo lo posible de su propia casa, sus vías de escape, y pensó en su propia habitación. Entonces se le ocurrió un plan alternativo, mucho más seguro.

–Espera, Granger –la detuvo, cuando Hermione ya estaba lista para lanzar el zapato–.

– ¿Qué ocurre ahora? –preguntó molesta–.

–Tengo una idea mejor. Acabo de recordar que hay otra varita en esta casa, en mi dormitorio privado.

– ¿Tienes dos varitas? –se sorprendió. Pansy asintió rápidamente con la cabeza–. ¿Y cómo es que tienes dos varitas?

–Mi madre me legó su varita cuando murió –explicó con prisas–. No es completamente mía así que no funcionará igual, pero al menos tendremos un arma por si nos descubren. Podemos intentarlo, las habitaciones de la familia están en la primera planta. Podemos subir las escaleras sin ser vistas.

–Puede servirnos –aceptó la castaña. Pansy cogió su mano y la guió hacia los escalones–.

Subieron las escaleras con muy poco riesgo, puesto que nadie pensaba que fueran a subir al primer piso teniendo sus varitas en la planta baja en caso de que consiguiesen escapar, y se colaron en la habitación que estaba justo a la izquierda de las escaleras. La habitación constaba de una cama doble con dosel, completamente ocupada por peluches y muñecas; un hermoso y regio escritorio de caoba, con silla a juego; una casita de muñecas en un rincón, que parecía a simple vista una réplica de la casa original donde se hallaban; y decoraciones de flores y jarrones con ramos ya secos, que decoraban las paredes y mesillas auxiliares. El armario estaba frente a la cama y había un tocador en uno de los rincones. Las cortinas de seda estampadas estaban cerradas, pero podía adivinarse que había caído ya la noche.

– ¿Dónde está? –Preguntó Hermione–.

–La tengo en el cajón de la cómoda –explicó Pansy mientras rebuscaba en el cajón de una mesilla auxiliar–. El que tiene varias cerraduras. Cada una corresponde a un compartimento del mueble. Debo encontrar… Aquí está –Pansy le enseñó una llave de latón, cuyo extremo estaba decorado con ramas y flores forjadas–.

Hermione y Pansy se inclinaron con cuidado sobre el cajón, y tras una cómplice mirada, Pansy dio tres vueltas a la izquierda y una a la derecha. Con un "click", el cajón cedió. Dentro había una caja de madera de roble, tallada a mano y con la inscripción Sophie, encabezada por la talla natural de una flor del pensamiento. Hermione sonrió con tristeza, recordando a su madre mientras lamentaba la pérdida de Pansy, y sacó la caja con delicadeza y la colocó en la cama. Pansy suspiró profundamente, y Hermione comprendió lo difícil que era para ella utilizar la varita de su propia madre, arriesgándose a perderla o dañarla, por la seguridad de su propia vida.

–Pansy, tómate tu tiempo, nadie sabe que estamos aquí –la invitó Hermione, llamándola por su nombre de pila–.

–Es… –volvió a suspirar, y se limpió una lágrima con la manga de su sudadera–. Es tan difícil.

–Te entiendo, mis padres también han… han muerto hace poco –consiguió explicar Hermione–. Yo también echo de menos a mi madre.

– ¿Cómo paso? –Preguntó la rubia, mirando a Hermione con compadecencia–.

–Hace una semana, en nuestra casa en Londres, quien–tu–sabes en persona entró en casa y los asesinó frente a mí. Yo iba a ser la siguiente, pero me rescataron. Me trasladaron desde Mayfair hasta Hogwarts, y me asignaron una casa franca.

–Mayfair –repitió Pansy, de repente pálida como la nieve–. Granger, ¿el barrio de Mayfair da hacia alguna avenida?

–Hacia la avenida Picadilly, si –aclaró la chica, sin comprender–. ¿Por qué?

Pero el hecho es que has estado en un barrio muggle tres días, durmiendo en la calle en la que dos muggles fueron asesinados.

Las palabras del profesor Lupin resonaban en su cabeza como un tambor, golpeándola y haciendo que la sangre de todo su cuerpo se agolpara desagradablemente bajo sus pies. Ella había sido abandonada mientras vigilaba un barrio cercano a una avenida, mientras se cometía el asesinato de dos muggles en dicha calle. La misión salió mal, y la dejaron en aquella calle sola. Recordaba perfectamente el lugar, y Hermione vivía en el mismo sitio donde ella había estado vigilando. ¿Significaba aquello que…?


–Gracias a la ayuda de un empleado del Ministerio de Magia hemos podido conseguir un plano de la zona mágica residencial de Wiltshire oeste –explicaba Snape, desenrollando largos rollos de papel en la mesa de madera de la cocina de Grimmauld Place–. Aquí está la entrada residencial, protegida contra muggles y visitantes indeseados. Debemos entrar sin ser detectados, y para ello contamos con los hechizos que el profesor Flitwick ha tenido la amabilidad de enviar a través de la profesora McGonagall –señaló–.

–Una vez en el recinto, los Parkinson tienen su mansión cerca de la entrada, lo que nos facilitará la huida –apuntó Lupin, pasándole a Snape el plano siguiente. El hombre también lo desenrolló y dejó a la vista varios planos de las diferentes plantas de la casa–.

–Hay tres niveles subterráneos, dos mazmorras y las cocinas. Sospechamos que, tratándose de dos adolescentes, las tendrán en la mazmorra de la planta superior –dijo fríamente. Ron escuchaba atentamente cada palabra que el profesor de pociones pronunciaba, muy serio y sin atisbo de rencor–. La manera más sencilla de entrar a las mazmorras superiores es a través de sus respiraderos, su punto flaco –señaló en el papel–. Son fácilmente desmontables, puesto que son inaccesibles desde el interior debido a la altura de los techos. Una vez dentro, todo dependerá del azar y de nuestra capacidad de sigilo.

– ¿Cuándo vamos a llevar a cabo la misión? –inquirió Ronald, que seguía apoyado en una columna de madera con los brazos cruzados. Su rostro se había despejado de cualquier gesto infantil, y la faz de un hombre desesperado por encontrar a dos chicas tan importantes en su vida era lo único observable en él–.

–De eso nada –replicó entonces la señora Weasley–. Solo es un crio, no va a ir a ninguna…

–Tengo diecisiete años, y me siento responsable de Pansy Parkinson –respondió serenamente el chico–. No fui capaz de protegerla. Al menos debería tener la oportunidad de rescatarla, a ella y a Hermione, sanas y salvas.

–Pero pueden ir otros miembros de la Orden, ellos… –dijo alzando la mano hacia los reunidos, pero pronto vio a Severus negando con la cabeza–.

–Comprendo tu instinto de protección, Molly, pero esta noche habrá luna llena –dijo el hombre, y Remus se disculpó con la mirada ante la desolada mujer–. Y ninguno va a tolerar que Dora vaya a una misión tan arriesgada en su estado –especificó. Ron no tuvo tiempo de sorprenderse ante la noticia de un nuevo miembro de la familia Lupin, cuando el mismo profesor se giró para enfrentarse a él en persona–. Solo podemos ir nosotros, señor Weasley. Esta vez no puede existir ningún tipo de rivalidad. Debo saber con certeza que puedo confiar en mi compañero de misión. ¿Está dispuesto a acatar mis órdenes?

–Sí, profesor Snape, completamente –aseguró sin un atisbo de duda–.

–Hijo, Ron –le hablaba su madre–. Ten mucho cuidado, no sé qué haríamos si te perdiéramos.

–No pienso morir en esa casa, mamá –respondió–. No pienso ponérselo tan fácil a los Mortífagos.

Con un asentimiento mudo por parte de Lupin, y con Molly y Arthur cogidos de la mano en un abrazo consolador, Ron y el profesor se levantaron y caminaron a la puerta principal. Con cautela y sigilo, ambos movieron sus varitas y desaparecieron, cortando el aire con el sonido del chasquido de su magia.