¡Holas!

Los malos al ataque D:

A leer...


Capítulo 9

...

—Harry, tengo que irme —dijo Draco, mientras acariciaba el tatuaje del León de su espalda.

—Bien, te acompañaré a la salida y ya me dirás cuándo podremos volver a vernos —contestó él, tensando la espalda a la espera de una respuesta.

—No me has entendido —respondió Draco, mientras le besaba suavemente el tatuaje—. Debo marcharme de Londres.

Harry se volvió bruscamente y se enfrentó al doncel.

—¿Cuándo dejarás de huir? ¿Cuándo me explicarás algo de tu vida?

—Cuando ni mis hermanas ni yo corramos peligro. Gracias a las preguntas que hizo Christopher sobre mí, no tardarán en comenzar a buscarnos.

—¿Tu tío? —preguntó él.

—Sí, mi tío. Un viejo asqueroso que intentó deshacerse de nosotros. Si yo no hubiera huido con mis hermanas esa noche, nos habría vendido a un prostíbulo, un lugar llamado Casa de madame Bell, ¿lo conoces? ¿Conoces su reputación...? —inquirió Draco apretando la mandíbula—. Yo sí. Cuando tuve unos años más, investigué sobre ese lugar. No es tan elegante como esto. Allí, los hombres son sádicos, sin moral, su placer es dolor para otros. ¿Sabes cuántos años tenía yo, Harry? ¡Tenía diez años cuando logré huir de mi tío y sus maquinaciones! ¿Cuánto crees que hubiéramos durado mis hermanas y yo en un lugar como ese? —preguntó, furioso con el pasado.

Harry lo abrazó impotente mientras decía, frustrado:

—¡Tiene que haber algo que podamos hacer! ¿Por qué te persigue? ¿Por qué quiere deshacerse de ustedes?

—Por dinero, claro, todo siempre es por dinero —contestó Draco, hastiado—. Cuando cada uno de nosotros cumplamos veintitrés años, tendremos derecho a una gran parte de la herencia de mi abuela, aún mayor que la de mi tío.

—¿Cuándo cumplirás tú los veintitrés?

—Dentro de seis meses.

—Entonces te esconderé hasta que pase ese tiempo y puedas reclamar tu parte de la herencia —decidió el moreno, apretándolo con fuerza junto a su corazón.

—Harry, no lo comprendes. Aunque yo reclamase mi fortuna, ¿qué pasará con mis hermanas?

—Que su custodia pasará a tu tío... —murmuró pensativo—. ¡Maldición! Tiene que haber algo que podamos hacer...

—Sí, huir, y aunque deteste la idea de escapar tengo que esconderme con ellas para que nunca puedan atraparnos y estemos a salvo —respondió Draco, apartándose de sus fuertes brazos.

Luego comenzó a vestirse con el insulso traje que había conseguido robar.

Mientras tanto, Harry, preocupado, lo observaba desde el lecho, tapado con la sábana.

—Draco, ¿dónde te escondes para que tu tío no te encuentre? —preguntó entonces, temiendo saber la respuesta.

—Donde nunca buscaría un noble ocioso como él —contestó el doncel, sentándose a su lado en la cama.

—¿Qué planes tienes? —inquirió Harry, desolado.

—Con la ayuda de un viejo amigo, huiré en un barco, hacia Alemania quizá. Una vez allí, empezaremos una nueva vida, aunque seguiremos escondiéndonos. Quién sabe hasta dónde puede llegar la influencia de mi tío.

—Te buscaré —aseguró Harry, enfrentándose a sus ojos grises que le decían adiós.

—No puedes, me pondrías en peligro y lo sabes —dijo Draco con tristeza.

Luego lo besó dulcemente en los labios y Harry lo aferró con desesperación entre sus brazos, mientras respondía intensamente a su beso, queriendo grabarse su sabor, su dulzura, su imagen, para no olvidarlos jamás.

Antes de que Draco dejara a Harry en aquella solitaria habitación, bromeó con él como si nada hubiera ocurrido:

—¿Sabes, lord León?, para que la madame me dejara entrar, le he prometido que le pagarías el doble de lo habitual por los servicios prestados, espero haberte dado lo que estabas buscando.

—Tú eres lo único que necesitaba —declaró Harry solemnemente—. Draco, si necesitas ayuda, acude a mí. Por favor —añadió, antes de que el doncel se alejara, dejándolo allí.

Aunque Harry sabía que no debía hacerlo, se vistió con rapidez e intentó seguirlo, pero como siempre, su ladrón lo tenía todo previsto. La puerta estaba bloqueada y la ventana demasiado lejos del suelo. Cuando logró salir de la habitación, después de proferir una variada serie de gritos e insultos, no quedaba rastro alguno de que Draco hubiera estado allí.

...

Entre las sucias calles de un barrio alejado, Draco, tras cambiarse el traje por la indumentaria de un sucio ladronzuelo, se había manchado la cara y las manos con hollín para que nadie le prestara mucha atención. Mantenía la vista baja para que nadie se diera cuenta del color de sus ojos o de su mirada, que lo delataba como doncel.

Sus pasos a lo largo de las mugrientas calles eran sigilosos y rápidos, como los de un pillo cualquiera del lugar. Vigiló los alrededores con la precaución de un animal acorralado, buscó alguna señal de los hombres del Basilisco y, tras no ver rastro de ellos, corrió hacia su escondite amparado en la noche.

Cuando llegó, se deslizó silenciosamente por el pasadizo secreto y entró en el que hasta entonces había sido su hogar.

Le extrañó no ver la chimenea encendida y solamente la débil luz de una vela. Pensó que las perezosas de sus hermanas aún estarían durmiendo, así que encendió un candelabro que había en la ajada mesa, junto a la solitaria vela, y las reprendió:

—¡Venga, holgazanas, levántense! —gritó jovialmente, mientras descorría las cortinas que separaban el salón del dormitorio.

El miedo lo dejó paralizado, mientras veía cómo el enorme cuerpo de Greyback se levantaba del lecho vacío de sus hermanas y tres de sus secuaces lo rodeaban sacando sus cuchillos. Daphne y Luna no estaban allí, así que eso solo podía significar que él era el único que faltaba y que por fin el bastardo de su tío les había encontrado.

—¡Cómo cambia tu voz cuando no estás en las calles, Dray! —comentó Greyback amenazador, haciéndole saber que se había delatado.

Draco intentó sacar su propio cuchillo, pero el hombre fue más rápido, le apretó con fuerza la muñeca hasta casi rompérsela y, cuando el arma estuvo en el suelo, la pateó, enviándola contra la pared.

Sus furiosos ojos se clavaron en él y lo acorraló con su cuerpo contra la mesa. Le arrancó la gorra con brusquedad, dejando su disfraz al descubierto cuando sus sedosos cabellos platinados surgieron.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? Pero si resulta que nuestro pilluelo Dray se ha convertido en nuestro doncel Dray. ¿Dónde están tus hermanas? —gritó enfadado, mientras le tiraba con furia del pelo, a la vez que le levantaba el rostro hacia él para observarlo más detenidamente.

Draco suspiró aliviado al saber que sus hermanas no estaban en poder de aquellos malnacidos y su única respuesta fue escupirle en la cara.

Greyback lo abofeteó con fuerza con la mano que tenía libre y admiró lascivo su cuerpo.

—Eres un doncel muy hermoso, aunque algo fiero. ¿Qué otras sorpresas escondes, precioso? —preguntó insinuante, mientras una de sus asquerosas manos le recorría el cuerpo.

Draco intentó apartarse, pero el matón lo retenía junto a él sujetándolo del pelo. Entonces le acarició lentamente las piernas a través de la fina tela del pantalón, le atrapó el trasero con brusquedad y lo subió a la mesa.

Draco intentó patearle la entrepierna, pero todo fue inútil: sus movimientos desesperados por zafarse solamente servían para que las carcajadas de Greyback y sus hombres fueran a más. El gigante se colocó entre sus piernas y lo acercó a su erecto miembro. Draco se debatió golpeando y arañando desquiciado el rostro y el pecho de Greyback, ignorando el intenso dolor que experimentaba cada vez que el matón le tiraba del pelo, ante la perspectiva de ser violado por aquel animal.

Él no lo soltó y Draco se encontró nuevamente indefenso cuando el hombre gritó a dos de sus secuaces que lo sujetaran. Estos le cogieron las muñecas fuertemente y lo obligaron a tumbarse en la mesa.

Draco miró a Greyback con un profundo odio y le preguntó fríamente:

—¿Me quiere vivo o muerto?

—Vaya, cielo, no te andas con rodeos. Pareces saber muy bien por qué estamos aquí —afirmó él, a la vez que le arrancaba el colgante del cuello y se lo arrojaba a uno de sus hombres.

—Está claro que mi tío ha pagado al Basilisco para que me encuentren, la pregunta es, ¿cómo me quiere?

—Vivo... Por ahora, ya que quiere recuperar unos papeles —contestó Greyback, mientras le rasgaba con avidez la camisa.

—Pero en ningún momento especificó las condiciones en que debíamos entregarte —aclaró uno de los hombres que lo sujetaba, a la vez que se relamía al saber que podría probar tan apetitoso manjar.

—Sabes que valdría mucho más vivo que muerto, que soy el mejor ladrón del lugar. ¡Déjame ir y te daré todo el dinero que tengo!

Greyback se burló de sus súplicas, al tiempo que con un cuchillo le cortaba el ligero camisón que llevaba debajo. Se le quedó mirando complacido.

—¡Por lo menos, ya que vas a violarme, sé un hombre y hazlo sin ayuda! ¿O es que soy demasiado doncel para que puedas manejarme? —gritó Draco furioso, clavando en él su intensa mirada.

El matón lo miró a su vez con furia animal por ridiculizarlo ante sus hombres; había herido el amor propio de un desalmado y Draco sabía desde pequeño cómo reaccionaban los de su calaña en esas situaciones.

—¡Suéltenlo! ¡Me basto y me sobro para hacerte mío! —gritó un ofendido Greyback.

Cuando sus secuaces lo soltaron, Draco se incorporó lentamente, sin importarle su desnudez, e increpó nuevamente a su adversario.

—¡Muy macho! ¡Con ellos vigilando con sus afilados cuchillos para que, si me muevo, puedan rebanarme el cuello! ¡Qué valiente! —se burló, retándolo a quedarse solo con él.

—¡Márchense! —ordenó Greyback, furioso, sin dirigir una sola mirada a sus compinches.

—¡No nos iremos, Greyback! ¡Luego nos tocará a nosotros! —gritó uno de ellos.

—¿Creen acaso que se me va a escapar? —preguntó su furibundo jefe, fulminando con la mirada al incauto que había dicho eso.

—No, Greyback —dijo uno de ellos, bromeando—, pero nos gustaría que nos dejases algo para nosotros. Y no queremos tener que esperar demasiado.

—No se preocupen, no lo magullaré demasiado. Solo lo necesario —contestó el matón entre carcajadas.

—Está bien, te esperaremos detrás de estas cortinas. Así podremos escuchar, aunque no veamos —dijo uno de los hombres.

—¡Dale a ese puto una lección! —lo animó otro, antes de desaparecer tras las cortinas que separaban la habitación.

Greyback se encaró al doncel y, sin perder más tiempo, lo tumbó nuevamente en la mesa. Draco lo sorprendió agarrándolo con fuerza del pelo y besándolo apasionadamente mientras lo atraía hacia sí. Ansioso, Greyback comenzó a desabrocharse los pantalones y olvidó por completo dónde tenía Draco las manos, hasta que sintió cómo lo golpeaban en la sien y cayó sobre el duro suelo.

Draco no perdió ni un instante, sacó con rapidez los papeles que necesitaba de su escondite en una de las patas de la mesa y arrojó despreocupadamente el candelabro encendido hacia las cortinas tras las que se encontraban los hombres de Greyback.

Acto seguido, cogió algo de ropa del suelo y corrió velozmente a través del pasadizo, que empezaba a llenarse de humo. No volvió la vista atrás, pues eso solamente significaría perder tiempo.

Pese a los gritos, insultos, maldiciones, algún que otro cuchillo y el disparo de una arma, Draco siguió corriendo.

Cuando estuvo fuera de allí, bloqueó el pasadizo desde fuera para que aquellas ratas se asfixiaran. Y, por primera vez en su vida, desoyó los consejos del viejo Aberforth y en vez de caminar siguió corriendo, porque en aquel momento solo quería encontrar un lugar donde sentirse a salvo y seguro de las garras de su tío.

...

Christopher oyó un estruendoso ruido y, entre las sombras, pudo vislumbrar cómo algún maleante entraba tambaleándose por la ventana. ¡Quién sería el idiota que se atrevía a robar estando borracho!, se preguntó mientras encendía la lámpara cercana a su cama.

La habitación quedó en silencio y el menor de los Potter la inspeccionó rápidamente en busca del inesperado visitante que había interrumpido su plácido sueño.

Lo halló en el suelo, desmayado a los pies de su cama. Christopher se levantó furioso del lecho y se puso unos pantalones para cubrir su desnudez, ya que, igual que su hermano mayor, las prendas para dormir le parecían absurdas para un hombre.

Movió al ladronzuelo con el pie desnudo mientras le gritaba irritado:

—¡Eh, tú! ¡Lárgate de aquí antes de que llame a la policía o a alguien peor, como por ejemplo mi hermano!

El pillo abrió los ojos desorientado y levantó la vista, sonriente.

—Tú debes de ser su hermano pequeño. Te pareces a él, pero él es más guapo y ruge mejor —dijo.

En el mismo momento en que oyó aquella sensual voz de doncel, Christopher dedujo que aquel no podía ser otro que el ladrón de su hermano, ya que nadie más podría decir que lord León era más guapo que él.

Cuando se le acercó más, distinguió a un hermoso rubio, oculto bajo unos raídos y sucios ropajes que hacían lo imposible por ocultar la atractiva forma de su cuerpo.

Al ver que el doncel no hacía ningún esfuerzo por levantarse del suelo y creyendo que estaba bebido, Christopher hizo lo más sensato que se podía hacer con un borracho, que fue sentarse a su lado para sonsacarle algo de información, antes de avisar a Harry.

—A ver si lo adivino, te has cansado de mi hermano y ahora vienes a robarme a mí —sugirió burlón.

—No, tú eres demasiado fácil. Simplemente me encontraba demasiado débil como para pasar de tu balcón y entrar en el de Harry, que está al otro lado —respondió Draco, sonriendo con burla.

—Para la próxima vez te aconsejo que no bebas. Trepar borracho no es una buena idea. Lo sé por propia experiencia: no te imaginas lo lejos que me parecen los balcones de mis amantes cuando he bebido de más.

—Yo podría trepar hasta el balcón de Harry con los ojos cerrados, pero de todas formas no bebo.

—Entonces, ¿me puedes explicar por qué demonios estás tumbado en mi alfombra en vez de estar en la cama de mi hermano?

—Porque creo que tengo una herida de bala en alguna zona de la espalda y alguna que otra herida de cuchillo en el brazo; sí, cuando me estoy desangrando, reconozco que no escalo muy bien —respondió mordaz el rubio.

—¿Me quieres hacer creer que te estás desangrando sobre mi alfombra? —inquirió Christopher, consternado, y, creyendo que estaba bromeando, intentó incorporarlo.

En cuanto lo levantó un poco, vio su camisa llena de sangre y sintió cómo esta le manchaba una mano al apretar sin darse cuenta la herida que tenía en un brazo.

Lo cogió en sus jóvenes y nerviosos brazos y llamó a gritos a su hermano mientras lo tumbaba en su cama.

Harry entró en la habitación arrasándolo todo a su paso.

—¿Qué demonios quieres? —preguntó furioso.

—Alguien me ha hecho una visita por error —contestó Christopher, señalando a Draco, que comenzaba a perder la conciencia.

—¿Qué te ocurre, Draco? —preguntó entonces, preocupado.

—Harry... —susurró el doncel débilmente, mientras acariciaba el rostro de Harry, que se contrajo de furia cuando comenzó a percatarse de lo que le pasaba.

—¡Creo que está gravemente herido, hermano! ¡Dice que tiene una bala en la espalda y alguna cuchillada en el brazo! —señaló Christopher.

Harry se volvió hacia él y le espetó con violencia:

—¿Se puede saber por qué no me has llamado antes? ¿Y qué demonios hacías interrogándolo mientras se desangraba?

—¿No sería mejor que dejáramos las discusiones para más tarde y ahora lo atendiésemos?

Harry no contestó la irónica pregunta. Simplemente, la ignoró mientras llevaba a Draco a su habitación. Una vez allí, lo puso boca abajo y presionó con una de sus camisas la herida que tenía en la espalda para que dejara de sangrar. Christopher se dedicó a encender todas las lámparas de la estancia y a descorrer las cortinas, para que ambos tuvieran la máxima claridad posible para calibrar la situación.

—¡Filch! —llamó Harry, sin molestarse en tocar la campanilla que reclamaba al servicio.

Un soñoliento pero impecable Filch irrumpió en la recámara a la espera de las intempestivas órdenes de su señor.

Harry no apartó los ojos del maltrecho cuerpo de Draco mientras daba instrucciones a su sorprendido ayuda de cámara.

—¡Que Alfred, el chico de los establos, ese que es tan rápido, vaya a buscar un médico y lo traiga aquí corriendo! ¡Si es preciso, que coja mi caballo!

—Sí, milord, ¿algo más?

—Sí, Filch, que procure que no sea un matasanos de tres al cuarto.

El hombre salió velozmente a cumplir su encargo y Harry siguió presionando con fuerza la herida que comenzaba a dejar de sangrar. Mientras, Draco perdía y recuperaba la conciencia y relataba delirante lo que había sucedido.

—Mis hermanas, Harry... Tienes que encontrarlas... Han huido y... por poco no puedo...

—No te preocupes, las encontraré —prometió él.

—No sé dónde se esconden. Los nobles... nunca miran... en los barrios bajos —continuó entrecortadamente—. Se supone que nunca se ensucian las manos, pero esta vez a mi tío no le ha importado...

—Tranquilo, yo te protegeré de él.

—Harry, he perdido mi pasado, ya no tengo pasado —intentó explicar Draco entre temblores—. Pero tengo un futuro, ellos no pudieron encontrar mi futuro —añadió alegre, mientras le tendía unos ajados papeles que se había escondido entre la ropa.

—Ayúdame, Harry. Si a mí me pasa algo, protégelas. Y ten cuidado con el Basilisco —le pidió, antes de caer nuevamente desvanecido.

—No te preocupes, mi vida, no permitiré que nadie más te haga daño —juró Harry, solemne, mientras acariciaba con dulzura el maltrecho cuerpo de su amado.

El médico no tardó en llegar, se fijó en la delicada constitución de su paciente y, tras atender con rapidez las heridas más graves, dirigió una mirada furiosa a los dos nobles que no paraban de molestarlo en su quehacer.

—Señores, este doncel ha sido tremendamente maltratado. Lo han golpeado, acuchillado y disparado. Espero que no me esté tomando la molestia de curarlo para que ustedes vuelvan a dejarlo así.

Harry lo miró molesto y ofendido por sus acusaciones y gritó airado.

—¡Yo nunca le haría daño a un doncel! Lo único que quiero es protegerlo, lo quiera él o no.

—Si me permite la pregunta, milord, ¿cómo va a hacer eso? Si esto que veo aquí es un ejemplo de su protección, permítame decirle que es extremadamente deficiente —repuso el médico sin amilanarse ante su furia.

Harry lo miró pensativo y, tras un momento de silencio, preguntó:

—¿Cuánto dice que durarán los efectos de esa droga que le ha dado para que no sienta dolor?

—Durante una media hora dormirá profundamente, luego se debatirá entre la conciencia y la inconsciencia. Hasta pasadas dos horas, el efecto no desaparecerá por completo.

Harry dedicó al médico una de sus temibles sonrisas y luego comenzó a dar órdenes y no paró hasta que todo empezó a estar según sus deseos.


RWR

Uchiha Berenice: Esa es su intención ;)

Alex: te aseguro que lo amarás más en el siguiente capítulo :D

Murtilla: Ya verás qué fue de las chicas en el siguiente capítulo ;)

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Ay, bien tontito ese Christopher, Draco desangrándose y él interrogándolo.

Aunque en realidad ambos Potter son unos tontos, lol.

Cuéntenme qué les pareció ^^