Giran era aun más ruidosa y poblada que Dion, además del hecho de que evidentemente no era un pueblo rural; su iglesia era prácticamente un desafío arquitectónico y sus muros parecían hechos para resistir la guerra más cruel. Era una muy compleja metrópoli llena de pasajes, comercios y viviendas, las estructuras no estaban hechas de barro, sino de gigantescas piedras talladas que encastraban ten perfectamente que parecía irreal. Las campanas del templo repicaban constantemente anunciando todo tipo de ocasiones, tanto le alegría de una boda que significaba el comienzo de una nueva familia, así como el ocaso de una vida. Pero lo más asombroso era el orden y las personas de un status diferente. No había salvajes matándose a golpes en las puertas, los comerciantes ambulantes se dividían en secciones, y los guerreros siempre estaban acompañados de un grupo de sanadores, lo último le parecía un tanto innecesario, es decir eran guerreros por el amor de los dioses, que necesidad tenían de llevar magos parasitando su dinero justamente conseguido.
Busco información con las personas que parecían más afables, no todos le hablaban cortésmente a una guerrera de bajo nivel, se creían demasiado superiores, como si no hubieran sido como ella alguna vez, el delirio de grandeza era la enfermedad de los plebeyos que adquirían poder y riquezas, ella jamás se había jactado de su fortuna, con los ingresos de su padre podría mandar a construir un castillo y contratar a los mejore guardias para protegerlo, pero ese no era su estilo, ella prefería ayudar a quien lo necesitara con ese gigantesco capital, y ganarse su sustento con el sudor de su espalda.
Todos aquellos a quienes había pedido consejo coincidían en que el exterior de la academia del cabo Hardins era un buen lugar para la experiencia en batalla que cargaba encima. Le habían dicho que tuviese cuidado, algunos de los monstruos que habían allí eran más difíciles de acabar que los que habían en Dion. Se aprovisiono con pociones restauradoras y tantos soulshots como pudiera cargar, luego de eso se dispuso a partir a su nuevo destino.
Llegó a lo que parecía una amplia zona boscosa, el aire se filtraba fresco entre las hojas de los árboles y el césped crecía verde a sus pies, nadie podría pensar que ese lugar fuese peligroso. Corrió unos cientos de metros entre el follaje, y se encontró frente a frente con lo más amenazador que podían ofrecer esos terrenos, un Grandis, esa detestable criatura de dos cabezas odiaba que la gente invadiera sus tierras, podía perseguir a sus víctimas por kilómetros con tal de alejarlos. Y ahora tenía a un enorme Grandis furioso frente a ella. Mucha gente hubiera sido sabia, mucha gente hubiera escapado en preservación de su vida, pero ella no, retrocedió dos pasos y desenvaino su daga. Comenzó a atacarlo, lo rodeaba, cortando en diferentes zonas de la criatura, esquivar esos gigantescos puños no era tarea fácil, no le avergonzaría jamás contar que su agilidad no alcanzaba, y que por eso cayó al suelo unas cuantas veces en esa pelea, lo que si la avergonzaría seria decir que perdió esa batalla, por eso se levantaba de la tierra para seguir luchando fieramente, jamás caería vencida ante un ser inferior. Su lado más feroz afloraba cada vez que empuñaba su daga para el combate. El éxtasis del combate la embargaba, se sentía libre y poderosa, prácticamente indestructible. Su voz resonaba como el más potente de los truenos mientras descargaba su fuerza sobre la criatura.
Para cuando terminó de pelear estaba bastante maltrecha, sabia decisión había sido traer pociones revitalizantes, ahora entendía el porqué de tantos guerreros aliados con sanadores, a pesar de que dividían las ganancias era más rentable que los dichosos potingues. Pero no planeaba volver a tener compañeros, por lo menos no por el momento. Debía seguir ganando habilidad y luego continuar con las misiones del templo, mientras sus recompensas fueran jugosas podría seguir sustentándose y a la vez ahorrando para sus días futuros.
Los Grandis no eran lo único que había en ese lugar, también lo habitaba una rara especie de jabalíes gigantes, y cadáveres viviente, estos últimos atados aun a los potros de tortura donde habían muerto hacía ya quien sabe cuánto tiempo. Definitivamente ese lugar necesitaba sacerdotes que lo purifiquen. Luego de unas horas en ese lugar ya sabía dónde y cómo atacar apropiadamente a cada una de esas criaturas, alguien que usa armas de corto alcance no puede darse el lujo de fallar, esos errores se pagaban con la vida.
Ya había caído la noche y la batalla le había abierto el apetito, se le antojaba algo de carne roja, pero para eso debía regresar a la ciudad y buscar alguna fonda que estuviese a su alcance, no había cargado con ella demasiada adena, ya que solo era un viaje de exploración, una ida y una vuelta, nada que ameritara un traslado bancario. Activo su pergamino de escape y luego de unos segundos ya estaba en la plaza central de Giran, el lugar que encontró para cenar era rustico, mesas de madera poco trabajada, taburetes mal tapizados, jarras de latón y barriles chorreantes completaban la atmosfera, estaba casi completamente lleno de toscos guerreros y magos muy poco ortodoxos, solo unas pocas y muy rudas mujeres se atrevían a entrar allí, cuál sería su sorpresa cuando vio que todas eran orcos. Si bien tal vez el lugar no era un palacio, mientras tuviesen comida y un buen vino los demás aspectos parecían carecer de importancia. Se sentó en una mesa individual, y aunque en realidad era para dos personas no planeaba compartirla.
-Una bella señorita no debería estar sola- escuchó que alguien decía detrás de ella, cuando volteo, vio aun humano, un mago a juzgar por su piel lechosa –Acompáñenos en nuestra mesa- dijo señalando a un grupo de seis hombres no muy decentes y ya muy ebrios, todos humanos… que desperdicio, había oído que los en su raza los magos eran ratones de biblioteca, pero ese parecía más un cazador nocturno.
-Una bonita dama no debería juntarse con hombres de esa calaña, venga con nosotros.- dijo un enano señalando otra mesa menos poblada aunque con más variedad de razas, en esta habían dos orcos, un elfo y su actual festejante. Francamente no tenía ganas de aguantar las idioteces de hombres que pelearían por su atención a cada segundo.
-Debería retirarse anciano, he invitado a la dama mucho antes que usted.- escupió el humano en tono de pelea… Lo que faltaba. Los improperios gritados iban aumentando su volumen y su humor estaba empeorando, había encontrado la pequeña Dion en esa gran metrópoli en el peor momento. Era hora de dejar salir a la asesina. Se levanto de su silla y clavó su daga en la mesa en forma amenazante.
-SI NO CIERRAN SUS MALDITAS BOCAS EN ESTE PRECISO INSTANTE, CORTARE SUS GARAGANTAS Y LAS LLEVARE A EMBALSAMAR COMO TROFEO!- Toda la población del local quedo en shock, y sus pretendientes se alejaron. –ASI ESTÁ MEJOR BOLA DE BASTARDOS, NO NECESITO COBARDES QUE NO PUEDEN MANEJAR EL CARÁCTER DE UNA MUJER.- Eso había sido arriesgado, tuvo suerte de que no se hubieran rebelado contra ella o la situación hubiera terminado muy mal. Tomó asiento nuevamente, pero se alertó cuando una sombra apareció tras ella, ¿acaso no había sido clara?
-Bien hecho chica, eso fue muy atrevido para una elfa flacucha.- Era una orco, de voz grave, cabello corto y con muchas rastas, su rostro era agradable, pero no podía decir lo mismo de su figura, después de todo, eran seres de guerra, no podía pretender que tuvieran una silueta delicada. –Ven con nosotras, así los idiotas no te fastidiaran- Se levanto y fue con ella, la paz era una buena oferta.
-Chicas, aquí está la escuálida valiente- dijo cuando llegaron a la mesa, al lado de esas mujeres corpulentas si se veía escuálida. Eran cuatro en total junto con ella. –Dinos tu nombre no seas tímida- la animo una de las comensales.
-Soy Dina Blue de la casa de Ellinor y soy una asesina- dijo en modo de presentación.
- Pues bien, yo soy Twayla y mis compañeras son Reima y Shenebra- dijo su anfitriona mientras señalaba a sus acompañantes. No tardaron en simpatizar, pronto estaban comiendo y bebiendo como amigas de toda la vida. Eran mujeres valientes, su vida solo estaba llena de aventuras que fueron narradas entre copa y copa. Jamás se había embriagado, por lo menos no hasta el punto en el que lo estaba hasta ese momento, si no se retiraba de la mesa acabaría perdiendo el sentido por tanto vino. Pagó su parte y se fue medio tambaleante y muy animada, algún día debía volver a reunirse con esas chicas, ellas si sabían festejar. Se teleportó a Dion, y reía como una hiena mientras bajaba la pendiente del templo a los tumbos. Era de madrugada, y las calles estaban casi vacías. Solo algún que otro transeúnte la miraba como si fuese portadora de alguna plaga, ¿es que acaso jamás habían visto a un ebrio? Debía llegar a su pensión, y dormir hasta que el efecto del alcohol se fuera y la resaca pasara también.
- Estas muy ebria, deberías volver a casa- escucho una voz familiar.-Jamás pensé que fueras un alcohólica, bonita.- Alestiair estaba mirándola, ese chico debería conseguirse una vida y dejar de vigilarla.
- Deberías... Cerrar esa bonita boca tuya… todavía puedo… hip… eres un… aaarrgg…- No se le ocurría nada, su mente flotaba en un mar de vino rosado y el sopor del cansancio se encargaba de apagar cada foco de inteligencia que surgía de vez en cuando en su cerebro.- Tú eres un... un… un imbécil… si, si… eso eres- Se acerco a él y lo abrazo.- Pero… ¿Sabes qué? Eres mi imbécil favorito…casi te quiero.- dijo mientras se colgada del pobre chico.
-Supongo que gracias, pero será mejor que te lleve a tu habitación.- dijo sujetándola de los hombros.
-Puedo… ir por mí….hip….cuenta, no tienes que llevarme- Expresó enojada, aunque su afirmación era tan endeble como su equilibrio, puesto que luego de dos pasos tropezó y cayó al suelo.- SI ES NECESARIO…. ME ARRASTRARÉ!- Se levanto tambaleante, estaba molesta, ebria y ahora llena de tierra. Sintió como la levantaban, y en un segundo la llevaban al hombro como si fuera una bolsa de patatas. –Si quieres… conquistarme…te falta caballerosidad… deberías llevarme…hip… como a una princesa…-dijo riendo otra vez.
-Las damas y las princesas no se emborrachan, ni se arrastran por el suelo, estás ebria y te llevo como se lleva a un ebrio.- Dijo el joven.
-Eres malo… soy una princesa… y tu eres mi caballero.- ahora lloraba como una niña, los ebrios eran muy fastidiosos, y ella lo era en ese momento, sabía lo que hacía pero no podía detener el proceder de sus ridículas acciones.
-Ya llegamos, ahora quiero que entres y te vayas a dormir mi pequeña princesa ebria.- La deposito con cuidado en el suelo. – Vendré mañana al mediodía a ver como estas.- y se retiró a paso rápido.
-Adiós!- Grito eufórica. Luego entró a su habitación y cayó al mundo onírico en cuanto toco su cama.
La luz de la mañana se le atojaba demasiado brillante, su resaca era fatal, y si a eso le sumaba los vagos y vergonzosos recuerdos de la noche anterior tenía suficiente para no volver a mostrar su rostro a la luz del sol nunca más. Haciendo un esfuerzo, trato de organizar los recuerdos, primero había amenazado a todo un bar, luego hizo nuevas compañeras, comió y bebió, se embriagó, regreso a Dion, se encontró con Alestiair, deliro un poco junto con él y luego se había despertado hacia unas horas, con una migraña de campeonato.
-Princesa ebria, abre la puerta, te traje algo para la resaca- Ese chico era muy persistente. Se levanto de la cama y abrió la puerta.
-Deberías darte por vencido, ya te dije que no tenías oportunidad.- Dijo mientras lo dejaba entrar.
-Eres cruel, ayer era tu imbécil favorito, y dijiste que me querías, de hecho nos casamos.- dijo ofendido
-QUE NOSOTROS QUEEE!?- Grito alterada, no recordaba eso, por Shillen como pudo ser tan imbécil -Dime que no es cierto- dijo mientras se jalaba del cabello.
-¿Cómo podría bromear con algo como eso?, si me has hecho el hombre más feliz- dijo mientras dejaba una canasta llena de hierbas sobre la pequeña mesa.
-Oh dioses esto no debería ser, tengo demasiadas cosa que hacer- dijo con los ojos brillantes al borde del llanto
-Tranquila, solo era una pequeña jugarreta, no pensé que fuese taaan horrible ser mi esposa.- Ese chico si que era un bastardo.
-Lo horrible es casarte estando ebria, ser tu esposa no sería tan malo, pero no está en mis planes. – Dijo más calmada –Eres en serio un imbécil-
-Pero tú me quieres así- pronuncio entre risas el joven.
- Mira, hagamos un trato, tengo cosas que hacer por ahora, pero cuando termine lo que tengo planeado te daré una oportunidad, por el momento déjame tranquila, tengo demasiados problemas en mi cabeza, si funciona, podríamos casarnos, pero si no te darás por vencido y buscaras a otra mujer ¿sí?- Seguramente se arrepentiría de sus palabras, pero ella era inmortal, no tenía nada que perder, su tiempo era ilimitado, podía tomarse la molestia de hacer feliz a ese chico. -¿estás de acuerdo?-
El chico parecía un Kokaburra otra vez, sus ojos brillaban con ilusión y amor, era muy ingenuo. –Claro que acepto, pero cumple rápido tus misiones, te mostrare la felicidad y no querrás dejarme.- Dijo muy confiado de sí mismo. No era un mal chico, pero sería mejor que se diera cuenta rápido de que las cosas nunca funcionarían entre ellos en vez de hacerla perder su tiempo.
