¡Saludos!

Me paso por aquí para dejar este nuevo capítulo. Preferí publicarlo en cuanto lo escribí porque después no tendré tiempo. Ya casi salgo a vacaciones y por lo tanto, estoy en época de final de semestre e intento salvar una materia xD sin más que añadir, les dejo con el capítulo :D


La llegada de un vampiro más.

.

.

.

—¿Y cuánto tiempo piensas estar haciendo nada, hermanita?

Kagura abrió los ojos de par en par. Sentía el corazón latir a mil por hora y, sin lograr entender del todo que era lo que estaba ocurriendo, se sentó en la cama—bastante cómoda, pudo notarlo—de golpe, comenzando a buscar con la mirada al dueño de esa voz. No logró encontrar a nadie; no logró ver a la persona que deseaba ver. Además, era ilógico que él de verdad estuviese en ese lugar tan… ¿desconocido?

Los recuerdos le cayeron como un baldado de agua fría. Lo último que recordaba de la noche anterior había sido tener mucha sed y además estar muriendo de dolor, para después perder todo rastro de conciencia. Echándole un vistazo a su cuerpo—porque quería cerciorarse de que no le faltara ninguna extremidad—, se dio cuenta de que ya no sentía ningún tipo de dolor, pero seguía teniendo demasiada sed, a lo cual le asoció entonces el hecho de sentirse débil.

Apartando completamente la nebulosa de su cabeza, Kagura se percató de dos cosas: la primera, la ropa que ella estaba utilizando no era suya. Lo sabía porque sólo poseía dos conjuntos de cheongsam—uno rojo y uno blanco—en su vestimenta, además de que aquella batola que traía puesta le quedaba un tanto ajustada al cuerpo. La segunda, fue que de nada reconocía aquella habitación en la que por el momento se encontraba. Incluso su propio trasero lo sabía; aquella cama era, sin duda alguna, la cosa más cómoda que en un muy largo tiempo sus posaderas habían podido sentarse. Y ella no olvidaría algo como eso, por lo que en ese lugar nunca había estado.

¿Cómo había llegado hasta allí? Era algo de lo que, por más que se esforzase, no conseguía saber la respuesta. Alguien tuvo que traerla, y no estaba muy segura de si sentirse agradecida, cómoda o no ante la situación. Y tuvo que traerla alguien que fuese dueño de aquel lugar para dejarla entrar, porque de lo contrario, se estaría desintegrando.

La bermellón se paró de la cama para así recorrer la habitación. Era bastante grande, pero a la vez bastante simple; había estrictamente lo necesario. Una cama, una mesa de noche, una silla y en la esquina del cuarto había un baño. Una pequeña ventana era la encargada de darle la iluminación a la habitación.

—¿Dónde demonios estoy? —se preguntó a sí misma, dándose cuenta de que su voz sonó un poco carrasposa, quizá por no haberla usado en un periodo de tiempo relativamente largo.

Cómo sea tenía que irse de allí. La debilidad que sentía aumentaba cada vez más, y aquello no se resolvería hasta que ella se alimentar de por lo menos 20 ratas—tenía gran apetito—. Sin embargo, cuando estuvo a punto de abrir la puerta para salir de allí, una foto que se reflejaba en la ventana le llamó la atención.

El portarretrato se encontraba en la mesita de noche. Kagura se acercó y la tomó, percatándose de que en esa foto aparecía nada más ni nada menos que Shinpachi. Un poco más pequeño, si, pero ella reconocería ese rostro virginal donde fuese. Además, el niño tenía gafas. Tenía que ser Shinpachi. Y bueno, añadido a eso, en una pancarta en la parte de atrás se podía leer "Feliz cumpleaños número 8, Shinpachi", así que si, era él. A quien no reconoció—y no tenía por qué hacerlo tampoco—fue a la niña de cabello negro sonriente al lado del de lentes.

Razonando las cosas, Shinpachi era quien la había llevado hasta ese lugar y entonces Gintoki pronto llegaría y ella estaba completamente a salvo. No tenía nada de que preocuparse. Nada salvo el hecho de que alguno de los dos idiotas fue quien la cambió de ropa y entonces, de ser el caso, ella los vería ver el infierno. Gin no podía morir, pero ella sabía sobre tortura—como romperle todos los huesos de su, según él, glorioso cuerpo—. Con Shinpachi sería más suave, pero sin duda alguna le perjudicaría de alguna manera.

—¡Que bien que ya estés despierta! —Kagura soltó el portarretrato al escuchar aquella voz. Inmediatamente se giró a mirar a la persona que había entrado a la habitación —. Me había preocupado bastante.

La bermellón abrió los ojos en estado de shock, mientras sentía como la ira poco a poco invadía todo su sistema.

¿Preocuparse? ¿Ella? Morir era lo que tenía merecido. La última vez que había escuchado esa voz había sido hace bastante tiempo, pero no por eso la olvidaba. Además, lucía exactamente igual a como la recordaba.

—¿Estás bien? —volvió a hablar, arrugando la frente, como si de verdad estuviese sintiendo preocupación.

Estaría perfectamente bien después de acabar con la persona que le desgració la vida a ella y al resto de su Clan.


Shinpachi tenía problemas. Bueno, no sólo él; todos los que estuvieron involucrados en el incidente de la noche anterior estaban en problemas. Cómo era de esperarse—porque él ya lo sabía—esa explosión que hubo en el cuartel del Shinsengumi no pasaría para nada desapercibida. Allí, llegaron los medios de comunicación, para, según ellos, informar a la comunidad del siniestro, atentado, terrorismo, lo que fuese. Si se lo preguntaban a Shinpachi, él diría que fue todo junto. Pero, verdaderamente el problema había sido el hecho de que querían hacerle una entrevista a él, por ser un de los involucrados en el suceso.

Para su buen fortunio, quien se encargó enteramente de ese asunto de los medios de comunicación fue Hijikata. A su manera tosca y vil—y totalmente lastimado, el pobrecito—, les dijo lo que había pasado—no la verdad, por supuesto—; un conflicto interno entre los miembros del Shinsengumi. Después de eso, el Vicecomandante les pidió que se retiraran—no muy amablemente, Shinpachi se atrevería a decir—.

—Gin-san, ¿cómo puedes estar tan tranquilo? —le preguntó al hombre que estaba sentado a su lado, bebiendo una bolsa de sangre —. Y además ser tan indiscreto —le quitó de inmediato la bolsa antes de que alguien sospechara algo.

—¿Y de qué sirve que me desespere? Estoy débil. La desesperación sólo me quitaría más energía. Además, esto que ocurrió no es problema mío.

—Pero uno de esos tipos te reconoció, Gin-san. Lo más correcto es darle la información a Kondo-san para poder ayudarlos —ante la falta de respuesta del mayor, Shinpachi prosiguió —. Yo si voy a ayudarlos. No son personas malas.

—Dile eso a mi corazón —el peliplata volvió a beber de la bolsa. ¿Cuándo fue que se la quitó? —. Además, no he encontrado a Kagura. Ella es mi prioridad por el momento.

—Hasegawa-san dijo que ella está viva.

—Viva no significa que esté bien.

Bueno, eso era verdad. Kagura era la única razón por la que ellos estaban ahí y hasta que no la encontraran, Shinpachi estaba seguro que Gintoki no estaría tranquilo. Y, a decir verdad, él tampoco. Sin embargo, no podía simplemente darles la espalda a los miembros del Shinsengumi. También eran de alguna manera sus amigos, así que también sentía la responsabilidad de ayudarlos a ellos.

—Yo apostaría que ella está bien —tanto Shinpachi como Gintoki miraron a Mitsuba, quien parecía no haber estado ante las puertas del otro lado pocas horas antes —. Es una chica fuerte, y muy lista. Se escapó antes de que cerraran las puertas del Cuartel.

Y esa mujer, ¿de dónde era que conocía a Kagura? El hombre de lentes no lograba organizar las ideas.

Por su parte, el peliplata no pareció importarle mucho aquel detalle. Él elevó su cabeza para observar el cielo despejado. —Bueno, eso de que sea lista lo pongo medio en duda.

La castaña emitió una pequeña risa. —No la conozco lo suficiente. Aunque puedo afirmar con total certeza que ella es una buena persona. Anoche me ayudó.

—¿Kagura-chan te ayudó? —preguntó Shinpachi, impresionado.

Mitsuba asintió, y procedió a contarle al par de hombres lo que había vivido la pasada noche y como la bermellón había llegado en su rescate. Añadido a eso, les contó cómo fue que Kagura había terminado en las instalaciones del Shinsengumi. Ella sentía que le debía esa explicación al hombre de plateados cabellos, puesto que, cuando lo conoció unas horas antes—en el momento en el que él entró al Shinsengumi—pudo divisar perfectamente la preocupación en sus ojos. Aquella chica era muy importante para él, y de alguna forma, la castaña se sentía culpable de todo lo sucedido con la vampira de cabello bermellón.

—Lo siento mucho —terminó diciendo Mitsuba —. Fue injusto lo que se hizo con ella, y todo por mi culpa.

Gintoki la miró de reojo, mientras Shinpachi ponía una mano sobre su hombro. —No fue tu culpa. Y en todo caso, eso sirvió para que ayudáramos a que no asesinaran a Kondo-san.

—Además, —ambos miraron a Gintoki —Tu hermano sólo estaba haciendo el cumplimiento de su deber. Los vampiros no debemos atacar humanos.

La verdad, Shinpachi poco entendía sobre las leyes sobrenaturales y todo lo que decía ese tratado del que le habían hablado Tama y Hasegawa, pero suponía que allí rezaban muchas restricciones para todas las especies, y si se incumplía alguna, como en cualquier ley, el infractor tendría consecuencias. Si Gin decía que los vampiros tenían prohibido lastimar humanos, entonces Kagura había quebrantado una regla y por eso tendría que pagar. ¿Cómo? De eso Shinpachi no estaba muy seguro.

—¿Y entonces qué le harán a Kagura-chan? —se atrevió finalmente a preguntar, a pesar de que creía, la respuesta no sería muy agradable.

—Nada —la voz de Sougo sobresaltó al pelinegro. Había pasado por mucho esa noche. Tenía los nervios a flor de piel —. Después de lo que hicieron esta noche por nosotros, lo más justo es que dejemos a la vampira en paz.

—Bueno, eso suena bien —comentó Gintoki —. Así pagan daños y perjuicios.

—En realidad, así agradezco lo que hiciste por mi hermana.

El hombre terminó de beber la bolsa de sangre. —Entonces estamos a mano.

A Shinpachi le parecía justo aquel trato. Ahora sólo restaba encontrar a Kagura, y de eso se encargaría Hasegawa, cuando volviera de comer algo.

—¿Y qué es lo que harán ahora? —preguntó Gin, antes de que Sougo y Mitsuba se alejaran de aquel árbol que le proporcionaba sombra al vampiro.

El castaño se encogió de hombros. —No sé. Supongo que buscar un lugar en dónde refugiarnos por el momento.

Y tras escuchar eso, algo dentro de Shinpachi hizo clic y el bombillo de las ideas se encendió dentro de su cerebro. Él mismo le había dicho al peliplata que pensaba ayudar al Shinsengumi, y ya sabía cómo.

—Pues… —de inmediato la mirada de los otros tres presentes se posó en él —. Yo tengo un lugar en dónde pueden alojarse por un tiempo, si les interesa.

—Ah, ¿sí? —Gintoki pareció intrigado, más cuando pensó detenidamente en lo que estaba diciendo Shinpachi, su expresión se transformó en una de total incredulidad, que más bien denotaba nerviosismo —. O-oe, Shinpachi, no estarás hablando en serio, ¿verdad?


Odiaba los viajes. A lo largo de su existencia, había viajado tanto—y hecho tantos enemigos en sus diferentes trayectos—que le causaba cólera el hecho de tener que movilizarse nuevamente. Y allí se encontraba Katsura Kotaro, poniendo nuevamente las plantas de sus pies en Edo después de casi 100 años, pero no venía sólo. A su lado se encontraba su fiel compañero de aventuras hace casi 50 años, Elizabeth. Además, venía junto con el perro de Kagura, Sadaharu. Y ese era el motivo de su visita a Edo: entregar al can, que canas verdes le ha sacado—y eso que él no envejece—. Tan pronto como él hiciera entrega de la mascota ajena, se devolvería a dónde estaba residiendo—que ni él mismo sabía el nombre, pero era seguro—junto con su adorada Ikumatsu.

Caminó a paso seguro, siendo seguido por el perro inmortal y Elizabeth. Sin embargo, pronto su estómago rechinó por comida. Se había alimentado muy bien de algunas bolsas de sangre que robó de un hospital, pero comida sólida no había consumido desde su partida hacia Edo.

—Elizabeth, ¿qué te parece si nos detenemos a comer algo? —el asentimiento del mencionado fue luz verde para entrar al primer restaurante que encontró.

Después de pedir sus alimentos—los cuales no pagaría porque no tenía dinero—, se dispuso a mirar la televisión; esos artefactos si que habían sido un gran invento. En la pantalla, se apreciaba un canal de noticias, el cual estaba hablando sobre un supuesto atentado al Comandante del Shinsengumi.

Katsura había escuchado hablar de ellos. Eran una organización policíaca relativamente nueva, que también operaba como cazadores. Él mismo era perseguido por algunos de esa organización—no precisamente por ser un buen vampiro—. Sin embargo, algo de aquella primicia de última hora le llamó la atención. La palabra "atentado" era algo que no se escuchaba todos los días, y hacía pocos que Katsura se la había escuchado decir a alguien que fue bastante cercano a él.

Mientras hablaban de la explosión en circunstancias extrañas, pues se encontró ningún indicio lógico, el hombre que consumía soba recordó a el pequeño encuentro que tuvo con Takasugi.

"—Haré todo lo que deba hacer para encontrar la cura".

Lógicamente, se debía empezar a destruir el tratado para poder buscar la cura. Lo decía la profecía. Por lo tanto, su cerebro conectó aquellas palabras que había dicho su excompañero con el suceso que ahora era televisado por las noticas. Y si eso era cierto, el plan de Takasugi no terminaba ahí.

Katsura también quería la cura para desligarse de ellos, pero cuando supo lo que debía hacer para encontrarla, decidió desistir. Sin embargo, la última vez que habló con Gintoki, este le dijo que había otra forma de encontrarla, sin necesidad de dañar a nadie. Existía otra forma de que se desligasen. Era por esa razón que Gin salió en aquel viaje con Kagura hacia Edo. Ahora, Kotaro priorizaba el encontrar al peliplata y a la bermellón—la segunda más por devolver al perro que otra cosa—.

Con eso en mente, el pelinegro salió del restaurante antes de que alguien lo viese salir sin pagar, y se dispuso a buscar a las personas mencionadas. Empezaría por el sitio más lógico: el bar de la vieja Otose. Esas brujas tenían que saber algo de Gintoki.

Al llegar al lugar, se dio cuenta de que estaba tal cual y como lo recordaba. Los mismos borrachos que no pagaban y los marginados en la sociedad sobrenatural que no pertenecían a ninguna especie fija: aquellos que era producto de cruces entre especies.

Al entrar a la taberna, divisó en la barra a la gata-humano y, más allá, se encontraba Otose, leyéndole el tabaco a una chica. Una vez la mujer terminó de hacer su trabajo—porque por algo más tenían que sacar ganancia—le invitó un trago a Katsura cuando se dio cuenta de su presencia.

—Estás buscando a Gintoki —no lo dijo como pregunta —. No sé en dónde está.

—No me sorprende —comentó el hombre —. Debe mucho dinero aquí. No sería idiota de venir a que le cobre.

—Pues sí, si vino —intervino Katherine —. Pero se fue, y por aquí no volvió. Además, no te hagas el imbécil, que también debes dinero aquí, incluso más que él, y con ese bigote que acabas de ponerte no engañas a nadie.

—El dinero no es lo importante ahora —se quitó el objeto plástico —. Necesito hallar a Gintoki, y devolverle el perro a la Líder.

—¿El que se está orinando en tus zapatos? —señaló Otose.

Katsura bajó la cabeza al sentir una humedad caliente. —¡¿Por qué?!

Mientras Katsura se lamentaba y trataba de reprender a Sadaharu, Elizabeth tomó las riendas de la conversación.

"¿Entonces no lo han visto?" —se leía en el letrero que alzó.

—No. No he tenido el infortunio —contestó Otose —. Pero anoche vino un chico de lentes y el viejo que vive en el parque. Dijeron que Gintoki se fue por Kagura porque la tenían los cazadores. Yo no pude ayudarlos, pero Tama se ofreció a acompañarlos.

"¿Ha visto las noticias?"

—Por supuesto. Pero esta mañana llegó un mensaje de Tama. Dijo que todo estaba bien, que vendría más tarde.

—Eso quiere decir que Gintoki estuvo involucrado en el atentado al Shinsengumi —afirmó Katsura, teniendo a Sadaharu mordiéndole la cabeza.

Ignorando la sangre que escurría por la cabeza del pelinegro, Otose preguntó: —¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué ha habido tantos incidentes últimamente?

—¿Tantos?

—Se dice que un oficial mató a un lobo y este se convirtió en humano, y después ocurre este supuesto atentado.

¿El lobo se había convertido en humano? ¿Era posible que esa manada estuviese en Edo? Porque entonces el plan de Takasugi era…

Katsura se paró inmediatamente de su asiento. —Debo buscar a Gintoki.

Lo primero que haría, sería ir por él a la que fue su casa.


Zenzou Hatorri se encontraba entrando a Yoshiwara. Las calles de aquel distrito rojo estaban a reventar de gente que trabajaba allí, como también de gente visitante, como él. Por supuesto, las cortesanas no demoraron en hacer acto de presencia a su alrededor, ofreciéndole muy amablemente sus servicios. Y él, igualmente amable, las rechazaba.

Se encontraba allí como miembro del Omiwabanshu, acudiendo al llamado de su compañera, Ayame Sarutobi. Le había dicho que ya sabía en dónde debían buscar a la bruja de la cosecha, quien podría romper la maldición de la manada Media Luna. Sin embargo, para romper la maldición se requerían más cosas que sólo una bruja—o dos, porque hasta dónde tenía entendido, se necesitaban más de una—. Aun así, el Omiwabanshu había ordenado que la prioridad era evitar romper la maldición a toda costa y para ello, debían dar con las brujas de la cosecha—las pocas que quedaban—.

Llegó al bar que Ayame le había indicado y, sentada en una de las mesas traseras, la encontró. Se acercó a ella y se sentó en una de las sillas.

—La próxima vez, recíbeme con algo de sake, por favor —declaró.

—No traje dinero conmigo —fue todo lo que ella respondió sobre ese asunto —. Me encontré con Chin Pirako.

Eso si no se lo esperaba. Los Crecientes no eran una manada que socializaran con miembros del Omiwabanshu y, sin embargo, ahí estaba Sarutobi, contándole las cosas que le dijo Chin Pirako. No era como que no tuviera que creerle, pero alguien inteligente pondría en duda lo que un lobo dijera; más tratándose de esa mocosa.

—Entonces, la bruja está trabajando en la seguridad de Yoshiwara… vaya cosas.

—Tenemos que idear la forma de atraer al Hyakka hacia aquí —dijo Sarutobi.

—Eso no será problema —y acto seguido, Zenzou golpeó a un hombre totalmente ebrio.

En segundos, el bar se convirtió en una verdadera zona de guerra, con personas golpeándose entre sí y mujeres queriendo escapar a como de lugar del disturbio. El llamado Hyakka no tardó aparecer para poner orden al disturbio. Las mujeres—y, de hecho, todas las miembros lo eran—contuvieron a los agresores sin ningún tipo de magia.

Sin embargo, tanto Zenzou como Sacchan podían sentir la energía de cualquier ser vivo. Y, entre todas las mujeres, había una energía sobrenatural que sobresalía del resto. No obstante, no era lo suficientemente poderosa como lo es la energía de una bruja de la cosecha. Era bastante grande, pero no tan potente.

—No estoy segura de que sea alguna de ellas —dijo Sacchan.

—Pero no tenemos a nadie más, a excepción de aquella rubia —Zenzou señaló a la mujer en cuestión.

No tenían más opción que interrogar a la mujer de cabello rubio, quien poseía la energía más poderosa de todas esas brujas.


La atmósfera estaba densa. O bueno, así lo sintió Soyo, pues desde que había entrado a esa habitación y le había preguntado a la chica que encontró desmayada en el festival la noche anterior cómo se sentía, ella no hacía otra cosa más que mirarla fijamente, cómo si quisiera hacerle daño; como si la odiara de toda la vida. Algo ridículo, pues aquella noche fue la primera vez que la veía en toda su vida. De no ser así, ella se acordaría de haber conocido a una chica de cabello tan particular y, además, con esos ojos azules electrizantes.

Y, aunque pensara que realmente todo estaba en su cabeza, producto de su imaginación, no se explicaba por qué sintió un miedo repentino al no obtener si un sonido por parte de la chica ligeramente más alta que ella. Por lo tanto, para sentirse menos incómoda, decidió iniciar una nueva conversación, presentándose.

La pelinegra se aclaró la garganta. —B-bueno, mi nombre es Soyo. Yo fui quien te trajo hasta aquí. Esta es mi casa.

Bueno, eso explicaba, para Kagura, la razón por la que no se había desintegrado al entrar sin permiso a una casa ajena. La misma dueña la había invitado. Y, ¿cómo dijo que se llamaba? No era el nombre que recordaba para aquel rostro y, sin embargo, no le gustaba para nada el tener que hablar con esa mujer y, además, que la tratara tan familiarmente. Por otro lado, para Soyo, el silencio de la bermellón la dejaba cada vez más confundida y, sobre todo, asustada. Estaba pensando que lo que hizo al final no había sido una buena idea.

—¿Cómo te llamas? —intentó la menor de los Tokugawa de nuevo, pero, como se lo había esperado, la chica no emitió ni un sonido.

Soyo lo asoció rápidamente a un tema de confianza. Darle el nombre a alguien desconocido no era precisamente inteligente—aunque ella lo había hecho sin pensar—, por lo que decidió no presionarla más. Tal vez, dándole a entender que ella sólo pretendía ayudarla, se soltaría un poquito y comenzaría a hablar. Por esa razón, caminó un poco más dentro de la habitación—y se sintió extraña cuando vio a la chica retroceder unos pasos—y comenzó a hablar lo más amable y reconfortante posible.

—Cuando te encontré anoche, estabas desmayada —optó por comenzar contándole cómo la había hallado —. Me asusté mucho, porque no sabía que te había pasado y quién pudo haberte dejado en ese estado. Traías tu ropa manchada de sangre y un poco rasgada, aunque no debes preocuparte por eso ahora. La mandé a arreglar, si no te molesta.

Si Kagura lo analizaba bien, la personalidad que ella le estaba mostrando no concordaba con la que recordaba. Ni siquiera se llamaban igual. ¿Era posible parecerse tanto a una persona y ser diferentes al mismo tiempo? ¿Podía tratarse de alguien totalmente diferente?

—Lo extraño, —continuó Soyo —es que no tenías ningún tipo de herida. Aunque eso me alegró, porque quiere decir que no te lastimaron y pues por obvias razones, no pude dejarte ahí sólo en medio de la nada. Eso sería antimoral.

En ese orden de ideas, ¿ella llevó a una desconocida a su casa sin saber qué era? Definitivamente no podía ser la misma persona de su recuerdo.

Kagura tragó saliva. Ella no era una malagradecida. —Gracias —le dijo con total sinceridad.

La pelinegra sonrió al darse cuenta de que por fin la había hecho hablar y, además, ya no parecía estar tan prevenida con ella. —No hay de qué, lo hice con gusto.

La bermellón asintió ante lo dicho por la chica. Aun no se sentía totalmente en confianza, así que decidió preguntar por el único conocido que ambas tenían en común. —¿Conoces a Shinpachi?

A Soyo le pareció extraña la pregunta, pero de todas formas asintió. —¿Tú también? —Shinpachi nunca le había hablado de otra amiga.

—Si. Hace poco.

En ese momento, se escuchó el toque de la puerta de la habitación. Al dar el permiso de entrada, Soyo sonrió al ver a Nobume cruzar el umbral de la puerta, aunque estaba casi segura de que aquel día no le tocaba el turno a ella de guardaespaldas. Le tocaba a Okita. Pero bueno, así parecía ser mejor. Sólo ellas tres.

—Buenos días, Hime-sama —saludó la peliazul para después dirigir su vista hacia la bermellón —. Me pidieron el favor de subir esta ropa para ti—le extendió la vestimenta a Kagura, quien la tomó.

—Gracias —el cheongsam blanco parecía intacto. Como si no hubiese pasado por un uso brutal.

—Nobume-san —Soyo llamó la atención —. Ella es... —se le había olvidado que la chica no le dio un nombre.

—Kagura —decidió decir por fin. No veía ningún tipo de amenaza proveniente de ambas chicas.

La pelinegra sonrió al escuchar el nombre. Era uno bonito y combinaba bien con la persona que lo poseía. —Pues bien, el baño está listo para que lo uses —sonrió —. Si necesitas algo, no dudes en llamarnos a mi o a Nobume-san.

Kagura sólo asintió, para después observar como ambas mujeres salían de la habitación. Suspiró, porque todo ese torbellino de emociones que había sentido la habían dejado sin más energía y había hecho un esfuerzo terrible por no tirarse encima de la azabache—porque ella olía muy bien— y tomarla como almuerzo. Por lo pronto, haría lo que le habían dicho; tomaría una ducha y después tendría que encontrar a Gin y a Shinpachi.


Ya llegó Katsura a hacer de las suyas xD

Y bien, eso es todo por ahora :v como siempre, espero que lo hayan disfrutado. Si tienen alguna duda, no pasen por alto preguntarme :3 estoy dispuesta responder siempre :D

¡No puedo creer que ya llegaré a los 10 capítulos de este fic! creía que no llegaría ni a los cinco, pero bueno, estoy gratamente sorprendida.

Ahora si, nos leemos en otra ocasión ;w;