No tengo perdón de Dios, lo sé. Tampoco tengo excusa alguna, mas lo típico: enorme tiempo que me quitan las dos carreras que estudio en la universidad, problemas personales-sentimentales con los que he tenido que librar este último y convulso año, que ha contribuído enormemente a bloquearme la mente... estoy avergonzada, y sería completamente lógico que mucha gente se hubiera olvidado de esta historia. Pero sigue en el tintero, y también en mi cabeza. Me ha costado recuperarme, pero ahora me veo en una situación mucho más estable y equilibrada con la que puedo continuar con la historia. No voy a prometer ni fijar un ritmo con las actualizaciones, pero sí puedo decir que a partir de ahora, será más continuo y estable que últimamente.
Muchas gracias tanto a los antiguos como a los nuevos lectores, y especialmente a aquellos que me dejan review. Os leo a todos, y siempre con buenos ánimos. Es la única manera de comunicarnos directamente y que me contéis qué os va pareciendo la historia. También podéis enviarme un mensaje privado cuando queráis, os responderé lo antes que pueda.
Por mi vuelta soy generosa y traigo dos caps que espero que disfrutéis. Y ahora, ¡a leer!
Disclaimer: Naruto y sus personajes son obra de Masashi Kishimoto, mía es sola la obra.
La Rosa del Desierto
por Lyldane
Capítulo IX: Apariencias
—No soy ningún crío al que tengan que darle de comer—el rostro de Baki presentaba el color de la granada madura. Tras la cristalera, varias enfermeras chismorreaban con los ojos entornados—. Por favor te lo pido, márchate ya.
Sakura continuó pelando la manzana completamente ajena a las quejas del hombre apostado en la cama, tarareando contenta. Aquel era su quinto día de trabajo en el hospital, y por tanto, la quinta vez que iba a visitar al herido durante el descanso. Las horas juntos habían hecho que el gruñón de Baki se deshiciera de su irónico trato de usted, para cambiarlo por un "tú" imperativo que casaba mucho mejor con su personalidad.
—Deja de protestar, o haré que no te den el alta hasta el día del Juicio Final.
Le tendió un trozo de manzana pinchado en el tenedor con una sonrisa angelical en el rostro, bajo la que sólo Baki sabía del verdadero demonio que se escondía. Tragó saliva y aceptó la comida, masticando con desgana. El nuevo cargo de Sakura le confería un gran poder.
—Buen chico.
—Piérdete.
En realidad, si no le daban el alta esa misma mañana, lo harían al día siguiente. Los huesos del jounin habían sanado con la rapidez de alguien acostumbrado a recibir golpes muy a menudo.
— ¿Te has divertido hoy? —se interesó el hombre con la mirada clavada en la pared.
Sakura sonrió. Comenzaba el show de todos los días.
—Oh, desde luego—ella asintió con gesto solemne—. A primera hora le he recolocado cinco articulaciones a un mismo paciente; los huesos crujían que daba gusto. Después he recogido medio litro de pus a un tipo que se había atravesado el muslo con una viga de metal… ni te imaginas cómo le salía toda aquella espuma, a borbotones—volvió a tenderle otro trozo de manzana—. Más tarde…
—Por Kami-sama, cállate—Baki le apartó el tenedor con el rostro ligeramente pálido—. Es asqueroso.
Contuvo una arcada y Sakura se echó a reír a carcajada limpia. Baki era un shinobi tan profundamente recto y disciplinado, que el hecho de que le tuviera tanto repelús a la sangre se le presentaba tremendamente divertido. En esos momentos se parecía más a una niña repipi y pusilánime que a uno de los ninjas más brillantes del país, y desde que Sakura había descubierto días atrás el sorprendente y novedoso rasgo, explotaba sus posibilidades al cien por cien.
—Bueno, ya está bien, ¿no? —las enfermeras tras la cristalera se contenían a duras penas.
—Perdona, pero es que tendrías que haberte visto la cara—se limpió una lágrima—. El legendario shinobi, Baki de la Arena, vencido por una horda de enfermeras jeringuilla en mano…
Esquivó a tiempo la almohada que le lanzó el herido con un potente golpe que la desvió de su trayectoria. Enseñó bíceps.
—Tendrás que hacerlo algo mejor si pretendes vencerme—la cara del shinobi se había cuajado a medio camino entre la sorpresa y la hilaridad, clavada tras Sakura—. ¿Me oyes, indigno rival?
Fue al volverse cuando descubrió al honorable y solemne quinto Kazekage con la almohada blanca del hospital estampada en la cara. A Sakura se le descompuso el gesto en una singular mueca de vergüenza y pavor. ¿Desde hacía cuanto que estaba ahí, contemplando su numerito?
— ¡Gaara! —Se levantó con tanta rapidez que tiró la silla y se tropezó con sus propios pies, gracias a Kami, sin llegar a caerse —. Perdón, no sabía que estabas ahí, y Baki, eh… la almohada…
Lo liberó de su presión y recibió la misma expresión hierática de siempre. En cualquier otra circunstancia se habría espantado, pero su rostro era tan sobrio y la situación tan absurda que Sakura tuvo que morderse el labio inferior para no reanudar su risa. Bajó la cabeza con el deseo de que el pelo le tapase la cara.
—Veo que vas progresando—pronunció él, saltando la vista de uno a otro.
—Sí. No—no sabía ni a qué se refería. Su voz sonaba rara, retenida tras el muro de contención que se había obligado a levantar para que no se le escaparan las carcajadas—. Es decir, voy a mejor. El trabajo en el hospital es muy gratificante.
El pelirrojo asintió, y Sakura advirtió que sobraba en esos momentos. Con seguridad, el Kazekage querría hablar con su antiguo sensei y su presencia suponía un ligero impedimento. Tal vez fuera algo importante, tal vez alguna nimiedad, pero Sakura se espoleó con el ferviente deseo de abandonar la sala antes de quedar en un mayor y más grande ridículo. Agarró el estetoscopio que reposaba a los pies de Baki. Sus ojos se encontraron con los del moreno, encantado.
—Deberías verte la cara.
—Traidor.
Y la pelirrosa salió por la puerta, con la cara encendida y un ritmo digno del campeón mundial de los cien metros lisos. Le dio incluso para despedirse con una ligera inclinación cuando pasó junto al Kazekage, y éste contempló su estela durante unos segundos. Le pareció captar una sutil fragancia a flores.
—Os lleváis bien.
—Esa cría es un incordio, todos los días igual. No entiende una negativa.
Gaara no dijo nada, pero por un segundo, la sombra de una sonrisa le curvó la boca. Baki se estiró para recoger la silla, aún tendido en la cama, y le hizo un gesto incorporándose sobre los codos.
—Perdona el desorden—él aceptó la invitación y se sentó a su lado—. Cuéntame.
Lo conocía bien.
—Encontramos un texto en la biblioteca que podría darnos alguna pista esclarecedora acerca del incidente que sufrió tu escuadrón—resumió. Se sacó la hoja cuidadosamente doblada del bolsillo y se la tendió—. ¿Habías oído hablar alguna vez de un tal Keizo?
—No me suena—leyó la página cuidadosamente—. ¿Has mirado en los registros?
—Desde que se tienen inventariados. Tengo un grupo de expertos trabajando en ello, pero no encuentran nada por el momento.
Baki releyó la nota un par de veces más y terminó devolviéndosela.
—No lo sé, pero fuera quien fuese el que nos atacó, tenía un poder apabullante—ensombreció la mirada—. Lo suficiente como para sino estar presente en los registros de las Aldeas, estarlo en las listas negras de los más buscados.
—He enviado misivas a todas las naciones—se puso en pie—. Esperamos respuestas. Hasta entonces, te pediría que no mencionaras nada de lo que te he comentado, pero sé que no hará falta.
Su antiguo maestro había servido en los servicios de inteligencia de la Aldea Oculta de la Arena antes de que el propio Gaara naciera. Eran de los que sabían guardar esos secretos a los que muchos llamaban "información confidencial".
—Descuida.
—Te mantendré informado.
Las enfermeras se hicieron a un lado en completo silencio, dejándolo pasar. Gaara estaba siendo tremendamente celoso con la información que guardaba, y es que hasta entonces, únicamente lo había comentado con sus hermanos. La página arrancada parecía tener su tiempo, por lo que era más lógico buscar a alguien de mayor edad que pudiera proporcionar alguna pista, pero sobre todo, en el que pudiera confiar. No abundaban precisamente los individuos que cumplieran ambos requisitos. Y con Baki descartado, únicamente le quedaba…
El reloj de la pared instalado sobre el mostrador de recepción del hospital marcaba la una de la tarde: la hora de vuelta al trabajo. Se dijo que volvería más tarde, y con el turbante rehecho, salió al calor de la calle.
Se escurrió entre la gente como un gato silencioso, pasando desapercibido entre la marabunta que, en descanso de sus quehaceres cotidianos buscaba la sombra como un oasis en el desierto. Esquivó carromatos y viandantes, cruzó mercados y estrechas callejuelas hasta llegar al muro de más de treinta metros de altura que resguardaba la ciudad. Allí, en las ruinas de viejas casas de adobe y teja, el barullo de Suna quedaba mitigado por los endebles muros que amenazaban con venírsele encima en cualquier momento. Se acercó a la abertura en la piedra y se asomó levemente para confirmar sus pensamientos. Todo estaba exageradamente tranquilo. Demasiado.
Cerró los ojos y suspiró.
—Quieto.
Una pared de arena se levantó involuntariamente tras su espalda, deteniendo los tres kunais que la sombra sobre el tejado le había lanzado. Ésta soltó una maldición, y con un gritó, saltó como una cría de león sobre su supuesta presa.
— ¡Por el País del Viento!
Las palabras se le ahogaron en la garganta cuando todavía en el aire, un brazo de arena lo agarró del tobillo y lo tumbó contra el suelo. Ahí, nuevas lazadas de tierra lo inmovilizaron, mientras el muchacho se debatía con violencia.
—Te he traído vendas y analgésicos—lo miró con pasividad—. Aunque parece que no harán falta. Estás sano como una manzana.
— ¡Suéltame, escoria!
—Cuando te calmes.
Gaara se sentó sobre una piedra y se deshizo el turbante, algo acalorado. La primavera había llegado a Suna, y aunque las noches seguían siendo frías, los rayos del sol pegaban con fuerza. Y el hecho de que la ciudad se encontrara recogida entre las paredes de tierra, hacía que en verano aquello se calentara como una olla.
Agradecía el hecho de que él apenas sudara.
—Te vi en el balcón con tu preciosa mujercita—le escupió—. Es toda una florecilla delicada. Dime, ¿la hiciste llorar mucho en vuestra noche de bodas?
La peligrosa advertencia en su mirada hizo al chico cerrar la boca y chasquear la lengua, consciente de su achante. Al pelirrojo le pareció cuanto menos sorprendente la descripción de Haruno como "delicada flor". Su nombre aludía a ello.
Pero a su parecer, en absoluto se asemejaba a una.
—Creía que ya no te encontraría aquí. Que te habrías marchado.
El muchacho dejó de forcejear y bajó la cabeza. En sus ojos se leía una extraña mezcla de vergüenza, odio y pesadumbre a partes iguales.
—No tengo a donde ir. Ya no.
El Kazekage lo miró unos instantes y asintió sin decir una palabra. Poco a poco, las ataduras comenzaron a deshacerse hasta que el joven quedó echado sobre un montón de arena. Se incorporó y se frotó el tobillo, mientras miraba al Kazekage con desconfianza. Gaara lo intentó una vez más.
—No creo haber hecho nada para recibir tanto desagradecimiento por tu parte.
El chico abrió mucho los ojos, como si no se creyera las palabras que salían de la boca del Kazekage.
— ¡Mataste a los míos! Todo esto es tu culpa. La revolución, la división de hermanos entre rebeldes y adeptos al régimen… Si no te hubieras empeñado en obedecer todas las órdenes de la Hoja, nada de esto hubiera pasado.
—Admití mi responsabilidad—sus palabras no parecían afectarle—. Hace seis años invadimos Konoha. Por aquel entonces no era el Kage, pero sí fui el arma esencial del ataque—el moreno se removió, incómodo—. Causamos cientos de muertes, millones de ryos* en daños, y una brecha prácticamente insalvable en las relaciones entre los dos países que no se hubiera podido curar de no ser por todas las acciones conjuntas del cuerpo shinobi y el equipo diplomático.
— ¿Así que de eso se trataba, de resolver diferencias? —soltó una risa socarrona—. Por favor. Profesabais tal servilismo que daban ganas de vomitar. Y aún seguís haciéndolo.
Lo miró con gravedad.
—Las cosas no son tan fáciles como parecen.
No pensaba hablar de más. De hecho, ya lo había hecho demasiado, y tampoco esperaba que diera ningún resultado con aquel empecinado muchacho. Lo odiaba, podía verlo en sus ojos, en cada uno de sus gestos y muecas. Era un brillo de animadversión que velaba un enorme poso de miedo, bien oculto en los que trataban de mantenerse firmes, o descubierto en aquellos que reconocían su temor o eran incapaces de esconderlo. Siempre había sido así.
Desde el mismo día de su nacimiento.
Se rehízo el turbante y emprendió el camino de vuelta al despacho. Quedaba mucho trabajo por hacer.
—Yuusei—el chico no se había movido de su sitio—. Me llamo Yuusei.
Gaara no detuvo el paso. Pero en su interior, sin poder evitarlo, se encendió una pequeña llama que le templó el ánimo tanto a él como a su bienamado demonio.
—El primer té que se sirve es el espeso, el koi-cha, acompañado con un surtido de dulces no secos. La preparación debe hacerse en absoluto silencio, y se entregará un mismo tazón para todos los invitados. Compartirlo simboliza la unión entre el anfitrión y sus huéspedes. El segundo té a servir es de una variedad más ligera, más espumoso y de notas más delicadas…
A Sakura los pies le dolían horrores. Llevaba postrada sobre los talones escuchando a la remilgada mujer que la instruía en la ceremonia del té durante más de dos largas horas. La tutora procedía pausada, con milimétrica perfección en cada uno de sus gestos. Aun a pesar de sus correcciones y de las constantes reprimendas de Nadeshiko, Sakura no era capaz de hacerlo ni la mitad de bien. A su derecha, Narumi y Sumiko apenas podían contener la risa, pero una mirada acerada de su superiora bastó para que cerraran el pico.
—Perdone—se disculpó la vigésimo sexta vez que cometió un error—. Hoy estoy un poco torpe.
Mentira y gorda. Simplemente, aquello se le daba ridículamente mal. En su vida, jamás había asistido a una recepción lo suficientemente formal como para verse involucrada en la milenaria ceremonia del té. Podía imaginarse a la familia Hyuga en tales eventos: seguramente, para Hinata aquello era el día a día. Tan regios y tradicionales… En su casa, suerte era el día en el que bajaba en bragas a desayunar.
Por Kami-sama, además hacía un calor insoportable. No podía ni imaginarse cómo sería aquello en verano. Y el pesado kimono, blanco como la nieve, no la ayudaba precisamente.
—Preste atención, señora—la amonestó Nadeshiko—. La ceremonia está a punto de terminar.
Le pareció que un leve suspiro de satisfacción se le escurría de entre los labios, y Sakura no pudo evitar sonreír. A su otro lado, Narumi se afanaba en limpiar las decenas de utensilios como dictaba el protocolo, mientras Sumiko los ordenaba en sus respectivos compartimentos. Echó en falta a Aika una vez más; hacía seis días que no veía a la joven, y tampoco quería indagar mucho por si ponía a la muchacha en algún compromiso. "Asuntos personales", le había soplado Narumi por lo bajini hacía un par de días a la hora de la merienda, asegurándose de que Nadeshiko no la escuchaba: la mujer le había comunicado que se encontraba de baja por enfermedad. Seguramente así se lo hubieran hecho creer a su severa encargada, pero no entendía por qué tanto secretismo con ella. Era su señora, vale, pero les concedería como amiga suya que era cualquier permiso que le demandaran.
—Y con una última reverencia, podemos finalmente retirarnos y dar por concluida la ceremonia…
Apenas terminó la frase, Sakura se inclinó súbitamente y trató de levantarse con tanta prisa que a punto estuvo de caerse sobre sus entumecidos pies. Agradeció que entre Sumiko y Narumi la sujetaran, y sin soltarse del brazo, salieron a paso ya más tranquilo de la sala, seguidas de cerca por Nadeshiko.
—Bueno, ¿y qué le ha parecido, Sakura-sama?
La expresión divertida de Sumiko pedía a gritos que se le respondiera con un nada favorable dictamen, pero Sakura se cuidó y puso su misma cara de sorna.
—Conmovedor. Apasionante. De verdad, no sé por qué no me dediqué antes a esto.
—Desde luego, con su dominio debería habérselo planteado décadas atrás—entró inesperadamente Nadeshiko en el juego.
Las cuatro se echaron a reír, ya lejos de la sala y de herir la sensibilidad de la maestra del té. No podía decir que fuera feliz, pero Sakura se había asentado en un estado de calma y satisfacción que no se hubiera imaginado hace poco más de dos semanas, cuando aún residía en Konoha y le comunicaban la fatal noticia. En tan poco tiempo se había acostumbrado a las horas laboriosas en el hospital, a los consejos de Chiyo-baasama, a la charla distendida con sus doncellas, a los paseos vespertinos por la ciudad, a las puntuales lecciones de alta alcurnia, al olor de las especias, el cuero y la arena. Rutina.
Rutina. La palabra le supo a rayos en la boca, e inexplicablemente, sintió la comezón del miedo pinchándole las tripas. Primero la alerta, luego la angustia. Algo debió reflejar su rostro que hizo que el resto detuvieran su risa para mirarla preocupadas.
—Disculpad, necesito ir al servicio un momento.
Aquello era lo suficientemente íntimo como para que la dejaran tranquila. Recorrió a paso ligero galerías y corredores, hasta llegar al que era su cuarto y tumbarse cuan larga era en la cama, con la mirada fija en el techo. ¿Podía permitirse aquello? ¿Aceptar de buen grado la rutina, abrazarse a aquel extraño sentimiento de paz? ¿Tenía acaso derecho a sentir esa, podía llamarla, tentativa de felicidad?
Cálmate. Estás complicando las cosas. Desechó todas aquellas preguntas retóricas que no la llevarían a ninguna parte y decidió acudir a la reducción a lo simple. ¿Qué le quedaba por hacer? ¿De qué sentía la necesidad de desembarazarse? Caviló unos instantes y entonces se acordó. Y sonrió.
Naruto.
Saltó de la cama sin la agilidad con la que le hubiera gustado debido al kimono y se sentó en su escritorio. En una esquina, con el sobre roto por las prisas se encontraba la carta que le había mandado su amigo. La releyó por decimoquinta vez para comprobar el escaso contenido que portaban sus letras. "¿Cómo estás?" "Yo muy bien" "Jiraiya ha vuelto a la Aldea y estoy muy contento…" quedaba más que patente que su amigo no se expresaba ni la mitad de bien por escrito que con su propia cara. Se saltó el párrafo en el que hablaba de un nuevo tipo de ramen que había salido al mercado para ir a la última línea de la misiva. Torpe, escueta, corta. Igual que el mismo Naruto en temas que requerían profundidad. Pero sabía que le escribía, que le hablaba con el corazón en la mano.
Perdóname, Sakura. Lo siento tanto, tanto…
No necesitaba razones, excusas. Para ella era suficiente. Ahora que no le dolían sus palabras, supo había llegado el momento de corresponderle como era preciso. Cogió papel y pluma y prácticamente vomitó sus sentimientos sobre el pergamino, sin pausa ni sin muchas florituras ni sentimentalismos reflexivos que su amigo no pudiera comprender. Una vez terminado el escrito, lo sostuvo con ambas manos y se reclinó en la silla para mirarlo con perspectiva. Sorprendentemente, no había caos en la estructura ni en las palabras. Se sentía satisfecha, pero sopesó que no le vendría mal una segunda opinión de la mano de Nadeshiko. No se equivocaría si apostaba a que también dominaba el arte de la escritura y narrativa, así que dobló cuidadosamente la hoja y salió en la búsqueda de su apoyo.
Apenas tuvo que atravesar un par de corredores, pues lógicamente los dormitorios de las chicas se encontraban cercanos al suyo dada su condición. Llamó un par de veces a la puerta, pero no obtuvo respuesta alguna. Le picó la curiosidad y antes de auto-inculparse por aquello, ya estaba dentro. Se encontraba en una salita de estar decorada al estilo tradicional, con un precioso arreglo floral en el centro de la mesa. Pergaminos, cómodas, abanicos, biombos, grabados… aquel lugar estaba mil veces más ricamente decorado que cualquier otro sitio de Suna, o al menos los que ella había visitado. En cada una de las cuatros esquinas de la estancia, una puerta corredera sugería la entrada a cada una de las habitaciones individuales de las doncellas. Sakura no tenía la menor idea de cuál podía ser la de Nadeshiko, pero se percató que la más cercana tenía la puerta entreabierta. Antes de que luego pudiera arrepentirse, se acercó.
Aika permanecía de rodillas sobre el tatami, escribiendo sobre una hoja de pergamino apoyada en la mesa. Sollozaba y se sorbía la nariz constantemente, y aún de espaldas era claramente obvio que había estado llorando.
El ruidoso frufrú de la tela del kimono alertó a la muchacha, que se pasó el dorso de la mano por la cara con rapidez.
— ¿Sakura-sama?
La susodicha soltó una maldición.
—Te he dicho mil veces que soy solamente Sakura—terminó exponiéndose con una sonrisa tensa.
La joven corrió apresurada a colocar un cojín a su lado y le pidió que pasara. La pelirrosa tuvo que maniobrar un poco para conseguir sentarse, y se guardó la carta a Naruto en el interior del kimono.
—Hoy tocaba ceremonia del té—explicó llanamente. Sentía la necesidad de consolarla, pero no quería inmiscuirse en asuntos ajenos—. Narumi ya me dijo que te habías vuelto a tomar el día libre…
— ¡Discúlpeme señora! —se reverenció exageradamente—. No volverá a ocurrir. Sé que he estado faltando con demasiada frecuencia a mis quehaceres y…
— ¡No me refería a eso! —Se excusó rápidamente Sakura—. Sólo estaba preocupada por ti, y llego y te me encuentro aquí, llorando…—le colocó una mano en el hombro—. Aika, sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, ¿verdad?
No necesitó insistir más. Los ojos castaños de la chica no aguantaron más el reguero de lágrimas y Aika rompió en llanto sobre el pecho de su señora, rompiendo las distancias. Sakura le acarició el cabello hasta que se tranquilizó.
—He cometido un terrible error, mi señor- eh… Sakura.
Le tendió el pergamino y Sakura leyó un par de líneas de pasión desbocada.
— ¿Esto es…?
—Una carta de amor—escondió el rostro tras las manos—. ¡Me he enamorado!
Sakura parpadeó confusa, y volvió su atención a la carta a medio escribir. Sin ánimo de entrometerse en su intimidad, ojeó lo suficiente como para interpretar que aquel amor era claramente correspondido.
— ¿Y qué problema hay en ello? —se la devolvió—. Parecéis felices.
—Él vive fuera, en un pueblo frontera al sur con el País del Río…—sacudió la cabeza—. ¡Pero ese no es el problema! Nosotros, yo…
Sakura consideró que desde luego, la distancia no era problema. La persona más cercana a ser objeto de su amor permanecía a varios cientos de millas de camino; el principal obstáculo era que no quería saber nada de ella.
—Si necesitas días libres para ir a verle, háblalo con Sumiko y Narumi. Tienes mi absoluto permiso, y estoy segura de que ellas…
— ¡No! —El cambio de tono sorprendió a Sakura—. Ellas no pueden saberlo. Si Nadeshiko-sama llega a enterarse, me despedirá de mi trabajo por incumplir la más importante de las normas—tragó saliva—. Las damas del servicio no podemos contraer matrimonio, ni formar una familia.
Se hizo un breve silencio. La pelirrosa parpadeó incrédula.
— ¿Cómo?
—Nuestra única obligación debe ser con y para la familia del Kazekage. No podemos prometerle lealtad a nadie más. Es una regla centenaria inquebrantable que por mi parte, desde luego, no pretendía romper…pero él irrumpió en mi vida como un huracán, poniéndolo todo patas arriba—se sorbió la nariz—. Le juro que a pesar de mi corta edad siempre he sido muy responsable, Sakura-sama. Pero en las circunstancias actuales, no me imagino mi vida sin él, no puedo…
Todas las piezas encajaban. Sakura se había preguntado numerables veces cómo Nadeshiko, con su belleza y porte, no había sido capaz de encontrar un hombre. Conociendo el conservadurismo típico de la mujer, estaba segura de que no veía con buenos ojos la soltería femenina.
Y sin embargo, como sus tres pupilas, allí permanecería junto ella hasta el fin de sus días, las cuatro ancladas a una vida ajena, pendientes de construir la historia de su señora mientras su tiempo se consumía imparable para terminar siendo olvidadas por la historia. Aparte de ella misma, no tendrían a nadie que llorara su pérdida.
Un calor iracundo le subía desde las entrañas. Sakura no podía permitir aquello. Había acatado respetuosamente numerosas leyes y reglas a sabiendas de que formaban parte de la cultura propia del país, pero se negaba a obedecer determinados preceptos que, a su parecer, pisoteaban los derechos más básicos de cualquier persona. Ella era el gobierno de Suna, el Estado. Pero también era Konoha, y sobre todo, era persona. Y mujer.
Clavó los ojos en su doncella, reflejando una voluntad de hierro.
—Nadie sabrá de esto, Aika. No te preocupes, me aseguraré personalmente de que tengas tu vida aquí junto a aquel que amas—le cogió las manos y se las apretó—. Te lo prometo.
La joven la miró como si de un ángel caído del cielo se tratara. Se le abrazó como un oso panda a la rama de bambú.
—Oh mi señora, de verdad que su bondad no conoces límites.
—¡No empecemos otra vez..! —rio ella.
Veinte reverencias después, Aika le ofrecía una taza de té, pero Sakura se excusó con el pretexto de su turno en el hospital, que comenzaba en una hora escasa. Se despidió de la muchacha y echó a andar pesadamente hacia su cuarto, deseosa de quitarse de una vez el condenado kimono. La revisión a la dialéctica de su misiva podría esperar.
Al menos, se dijo, me aseguraré de que Aika disfrute de lo que yo no he podido. Su amiga tendría una vida amorosa feliz, como que se llamaba Sakura Haruno.
Ya con su ropa shinobi y saliendo del edificio, se detuvo en seco en mitad del pasillo cuando un cuchicheo quedo le llegó tras la siguiente esquina a salvar.
—… y como te digo, todavía no la ha ido a visitar al lecho—la otra voz ahogó un gritito de asombro—. No hubo ningún movimiento en la noche de bodas, y desde entonces no se ha personado ni una sola vez en el cuarto.
— ¡¿Todavía no han consumado?!
El resto de voces chistaron la histeria de ésta última.
—Esa chica da miedo—comentó una voz masculina—. Por lo que se comenta en el hospital, debe ser de armas tomar. Cualquiera se mete con ella entre las sábanas…
—El Kazekage todavía lo da más. No puede decirse que no hagan la pareja perfecta, desde luego…
La interrupción fue tan silenciosa como brutal. Sakura se plantó con pies firmes frente a los cuatro personajes allí presentes, que la miraron con ojos como platos. Le impactó comprobar que no eran sirvientes de la casa, sino jounin como su chaleco marrón atestiguaba. Se disculparon torpemente y huyeron a paso vivo.
Por Kami-sama, mis privacidades van por ahí gritándose a los cuatro vientos.
Con la cara todavía ardiendo, Sakura atravesó el portón principal y la brisa cálida del desierto la envolvió en sus brazos. Prefería que no se comentara nada, pero que la gente supiera que no habían yacido la hacía feliz, en cierto modo. Acataría las normas, pero no se doblegaría contra su voluntad.
Si lo pensaba bien, era realmente a Gaara al que debía agradecérselo. Su vida no estaba siendo el insoportable infierno que se esperaba. El muchacho no la presionaba, ni mucho menos le hacía proposiciones perversas como se hubiera imaginado. De hecho, el trabajo lo absorbía por completo, y tan siquiera se veían con frecuencia. Sakura frunció el ceño y se puso a contar. Desde la boda, sólo se habían cruzado en tres, cuatro ocasiones a lo sumo. A veces sólo se saludaban con un tenso movimiento de cabeza.
Dios, sí que es triste.
Un momento, ¿cómo?
Agradeció profundamente al muchacho adolescente que chocó contra ella y tras disculparse se la quedó mirando como un pasmarote. Se le quedó mirando a sus ojos castaños sin saber realmente dónde tenía la cabeza. ¿Acaso deseaba una relación más cercana con Gaara? No, por supuesto que no, qué tonterías pensaba. El sol debía haberle cruzado los cables en esos diez minutos que hacía que había salido del edifico del Kazekage.
—Disculpa.
Dejó al joven moreno atrás, demasiado confusa para advertir que todavía la miraba embelesado. Nada más entrar en el hospital, una enfermera consiguió llegar a ella en el ya característico caos que siempre parecía dominar en aquel sitio.
— ¡Sakura-sama! Chiyo-baasama la estaba buscando—la informó—. Han llegado trece heridos con graves quemaduras por una explosión de gas.
Sakura suspiró y siguió a la practicante enfundándose unos guantes de látex. Sorprendentemente, aquel nido de sangre, lamentos, enfermedad y dolor era su elemento. Siempre conseguía alejarla del otro bullicio que habitaba su cabeza.
Y viendo los derroteros por los que su caprichosa mente pensaba llevarla esa vez, de hebras rojas y orbes turquesas, lo último que necesitaba era pensar.
El consejero Sajo terminó de leer el alto la misiva que les había llegado esa misma mañana desde tierras del norte, en concreto desde Iwagakure. Se hizo un breve silencio, y después, varios de los allí presentes dejaron escapar un ligero suspiro al unísono.
—Parece que las noticias son propicias—se atrevió a comentar Ryusa.
—Sí, demasiado diría yo—terció Yura, hosco—. No me creo que los de la Roca hayan sentado la cabeza y templado los nervios así como así.
Temari hizo un leve gesto, pero le bastó a Kankuro para notar cómo su hermana comenzaba a perder la escasa paciencia que la caracterizaba. Y es que desde hacía varios días, la típica facción contraria a las decisiones del Kazekage estaba más impertinente que de costumbre.
—Desde luego que no esperábamos sus bendiciones, Yura—ladró la rubia—. Pero han relajado el tono, y con eso nos vale. Al menos podremos proseguir nuestras vidas sin sorprendernos invadidos por el norte.
—No podemos fiarnos.
—Yo no he dicho lo contrario.
—Calma—la abuela Chiyo levantó una mano—. No debemos ponernos a conjeturar maquinaciones perversas. Iwagakure nos presenta su palabra de que, al menos de momento, no intervendrá. Dicen que lo han hablado con Konoha y Kumogakure, y como buenos diplomáticos, sólo podemos creer.
Yura chasqueó la lengua contrariado, pero no dijo nada más. A su lado, el viejo Joseki permanecía extrañamente silencioso, con la mirada clavada en el joven rostro del Kazekage.
—No podemos afirmar que los de la Roca destaquen por su honor, precisamente—murmuró Ryusa.
—Y Dios sabe qué más habrán estado hablando con los de las Nubes…
Sus elucubraciones terminaron por rebasar el límite de Temari, que se puso en pie de un golpe.
— ¡Eso nunca lo sabremos! ¡¿Quieren dejar de perder el tiempo, demonios?! ¡Tenemos asuntos internos más graves que atender!
Kankuro se sorprendió de lo bien que había conseguido su hermana encauzar su cólera. El Consejo pareció considerar el toque de atención, y la siguiente media hora la dedicaron a establecer coordinaciones, cuadrar horarios y concretar objetivos de los pelotones. El recién incorporado Baki era el encargado de exponer y mostrar al resto la información, pues era el delegado idóneo en la materia. Estaba completamente recuperado de sus heridas, y el marionetista agradecía sobremanera en su fuero interno su presencia allí.
Once eran los miembros del Consejo, sin contar con el Kazekage. Diez, si se tenía en cuenta la permanente ausencia del venerable y enfermo Ebizo, como bien atestiguaba su sillón vacío. Aquello dejaba un margen de oposición muy pequeño, pues los únicos que no se adherían a una de las facciones -no declaradas, por supuesto, pero más que evidentes- eran el receloso Sajo y el prudente e influenciable Ryusa. Desde el nombramiento de Gaara, no había habido ni una sola reunión en la que Joseki y los suyos arremetieran con dureza contra un Kazekage que casi siempre parecía ajeno e imperturbable. Pero ese día, tan solo Yura, el más imperativo de todos, había sido incapaz de controlar su lengua. Aunque típicamente tenso, el ambiente permanecía tranquilo, silencioso.
Demasiado.
Justo antes de que dieran por finalizada la reunión y el viejo Joseki hiciera el además de abrir la boca, Kankuro ya se esperaba lo peor.
—Aunque ciertas decisiones nos pesen, y yo mismo no esté de acuerdo con ellas, lo que es seguro es que debemos cumplir con ellas como se nos exige—frunció un poco más el ceño, si aquello era posible—. Todos cumplimos con las obligaciones que nos marcan la ley y la milenaria costumbre de nuestra querida Suna… y no seré yo quien dude de nuestro líder electo, salvo que se evidencie lo contrario.
Por primera vez en toda la sesión, Gaara levantó la vista de sus papeles y clavó su implacable mirada sobre el viejo consejero, que no se achantó.
—Si tienes algo que decir, Joseki, siéntete libre de hablar—su voz sonó algo más dura de lo habitual.
—Me refiero a que dada su posición conocerá de sobra la validez del matrimonio y todo lo relativo a su confirmación, según las leyes del País del Viento.
Kankuro no se podía creer que hubiera traído a colación una cuestión tan íntima. Y aunque aquello era una cuestión de Estado, escuchó como algunos de los allí presentes carraspeaban, a la vez que Temari se ponía colorada de indignación.
Por su parte, Gaara no hizo ningún gesto visible.
—Soy muy consciente de ello, como bien supones—se acomodó en el sitio—. ¿No te vale mi palabra como Kazekage, Joseki?
—No es eso lo que se comenta…—farfulló alguien.
Un murmullo colectivo se extendió por la sala. El pelirrojo detuvo a sus dos hermanos de golpear la maltratada mesa con un simple ademán con la mano, y contempló al consejero sin parpadear.
—Si ahora nos fundamentamos en chismorreos y habladurías de viejas, tal vez debiéramos estar fregando la vajilla y no dirigiendo un país, ¿no crees, Joseki?
Aquello supuso el punto final de la discusión. Gaara recogió sus papeles mientras el resto todavía permanecía clavado en sus sillones y se levantó del sitio. Antes de salir por la puerta, le dio tiempo a volverse una última vez.
—De todos modos, me aseguraré de dar fin a esos malintencionados comentarios, puedes estar tranquilo. La próxima noche puedo reservarte un sitio junto al camastro.
El viejo tuvo la decencia de avergonzarse.
—No será necesario.
—Me alegro.
No se molestó en comprobar la incredulidad del público de la sala ante lo que acababa de acontecer. Una vez en su despacho, se permitió frotarse el puente de la nariz con cansancio. Ya antes de aceptar su puesto, era muy consciente de la cantidad de piedras con las que se encontraría en su camino; lo que no sabía era que le llegaran a tal cantidad, y de tantos frentes distintos.
Esta roca sólo sería un poco más peliaguda de salvar.
Se quedó trabajando hasta que el sol se puso, y una vez entonces, no perdió más el tiempo. No podía prolongarlo más, y debía admitir que Joseki tenía parte de razón. Con sus matices, la ley era igual para todos.
Y no había cumplidor de la ley más acérrimo que el Kazekage.
Se lavó la cara para despejarse y una vez ya en su recorrido se encontró, como había previsto de antemano, con el joven sirviente con fama de deslenguado en el que había pensado. Pareció sorprenderse un momento de descubrirlo en aquella ala del edificio, pero en seguida recordó el protocolo y se reverenció.
—No quiero que nos molesten en la próxima hora, ¿entendido?
—Oh-oh sí, sí, por supuesto, nadie lo hará señor. Me encargaré de ello.
Tropezó un par de veces antes de abandonar el pasillo, sin ser capaz de esconder una sonrisilla prometedora de información jugosa. Gaara suspiró y contó hasta diez mentalmente antes de llamar a la puerta.
— ¡Adelante! —le llegó una voz animada desde dentro de la habitación.
Debía esperar encontrarse con alguna de sus doncellas. El Kazekage se materializó en la estancia, justo en el momento en el que Sakura salía del baño entre una nube de vapor, con las mejillas coloradas del calor, el albornoz blanco desatado y el pelo mojado. Gaara se quedó estático como una piedra, y la brillante sonrisa que adornaba el rostro de Sakura se desvaneció al advertir la identidad de su visita.
—Disculpa. Debería haber avisado antes.
Sakura se ruborizó y se recompuso el batín como pudo.
—N-no pasa nada. Dame unos minutos.
Gaara asintió, mirando fugazmente la piel desnuda de su escote antes de volcar toda su atención en la panorámica de Suna que le ofrecía la ventana de la habitación. Sakura cerró la puerta del baño y se apoyó sobre el lavabo, con la mirada clavada en el reflejo que le devolvía el espejo. Había conseguido controlar los nervios, pero ahora, el corazón le latía a mil.
Dios mío. Dios mío. Ya no podía escapar de ninguna forma. Y de haber podido, dudaba ampliamente de conseguirlo, pues las piernas le temblaban cosa mala. Esperaba a Narumi con su bata del hospital limpia y lavada, no a Gaara con su cara de estar enfrentándose a irrelevantes coyunturas.
Se vistió con lo único que tenía a mano en el estante, un yukata de color beige que nunca usaba dada la privacidad que tenía en su cuarto para ir desnuda nada más salir del baño, y se peinó el cabello con los dedos.
Contrólate. Respira. ¿Cómo era aquella técnica de meditación que le había mencionado una vez Ino…? Ino. En otras circunstancias, se hubiera muerto de envidia al saber que su amiga la frentona se le había adelantado en perder la virginidad de la que la rubia tanto se lamentaba. No se veía capaz de contarle los detalles por carta, como estaba segura que hubiera deseado.
Vamos allá.
Abrió la puerta de madera con un crujido, dispuesta a aceptar su destino. Gaara contemplaba el dibujo de su amigo de pelo en corte tazón que adornaba parte de la pared. Mantenía un rictus tan serio, como queriendo extraer un significado profundo de aquellos garabatos propios de un chimpancé, que por un segundo Sakura olvidó toda su desazón y se le escapó una risa nasal.
—Es obra de Lee—informó acercándose a contemplarlo ella también—. Me lo dio en mi decimocuarto cumpleaños. Me dijo que simbolizaba la… "pasión de nuestras almas desatándose en toda su extensión de juventud y energía". Creo recordar.
Gaara parpadeó antes de fruncir el ceño.
—Pero, ¿no es una obra abstracta?
—No—sonrió ella—. Aquí estamos nosotros—señaló una figura alargada pintarrajeada de verde—. Este es Lee, y el borrón rosa de al lado que parece deshacerse entre las llamas soy yo.
Se volvió hacia ella, con un ligero deje de confusión pintado en el rostro que a Sakura no pudo sino hacerle gracia.
—Creí que se trataba de la representación de algún tipo de tortura tribal o que simplemente simbolizaba el dolor—lo contempló unos instantes más—. Si fuera así, sería hasta bueno en mi opinión.
—Es horrible, lo sé—sonrió—. Pobre Lee, menos mal que aún le quedan ambas piernas para correr y patear enemigos.
Gaara se irguió, y la pelirrosa advirtió que aquel no había sido un comentario acertado dados los acontecimientos en los exámenes a chunin de hacía cinco años, cuando el ahora Kazekage había herido gravemente al moreno y este había necesitado casi tres años de rehabilitación. El pelirrojo se separó de su lado y continuó examinando la decoración. La temperatura parecía haber descendido de repente diez grados.
Estúpida, estúpida. No podías tardar un poco más en arruinarlo todo, no. Ya no le quedaba tiempo.
—N-no creo que encuentres mucho de interés—trató inútilmente de alegrar el ambiente, sin poder evitar soltar una molesta risita nerviosa—. La mayoría son cosas tontas, sin valor alguno, regalos o directamente basura que no-
—Está bien—la interrumpió él, sin volverse.
Sakura tragó saliva. Ahí tenía ante ella, a apenas unos metros, al máximo líder del país del Viento y jinchuriki de la Bestia de una cola, contemplando sus tonterías y garabatos de cuando era niña. Se alejó silenciosamente hasta sentarse en el borde de la cama para observarlo bien. No era alto entre los chicos de su edad; el mismo Naruto, ni qué decir Sasuke, le superaban en estatura. Y por lo que le permitía sospechar su camisola granate, tampoco contaba con una desarrollada musculatura. Pero no necesitaba de nada de eso para imponer más que cualquiera, y como bien ella recordaba en sus propias carnes, para poseer un poder brutal.
La primera vez que lo vio, ella ya lo había percibido. Sasuke siempre había dicho que su intuición era de las mejores, y en aquella ocasión no le había fallado. Incluso en aquel sitio repleto de peligrosos shinobis, adolescentes -y otros no tanto- sedientos de poder y títulos, aquella aura amenazante que parecía perseguirle a todas partes destacaba como un charco de sangre en la nieve. Kakashi en seguida se lo había advertido.
De todos los allí presentes, él era sin duda el peor…
Detuvo de lleno su torrente de pensamientos cuando Gaara se volvió hacia ella y la embrujó con sus ojos de turquesa afilada. Sakura se sintió descubierta en su fuero interno y boqueó sin saber bien qué decir ni qué hacer. Estaba segura de que no tenía ninguna habilidad ocular, como el Sharingan o el Byakugan, pero parecía poder leerle hasta sus más íntimos pensamientos. Comenzó a acalorarse.
Con el primer paso que dio Gaara, ella cerró las piernas. Con el segundo, se reclinó ligeramente hacia atrás, huidiza.
— ¡Gaara! —no pudo evitar soltar un débil chillido con el tercero, con la cara roja de vergüenza.
—Relájate—el aludido se acercó hasta la silla junto al escritorio y allí se quedó—. Lo que estás pensando, no va a ocurrir. Pero hemos de mantener las apariencias, tú tanto como yo, por eso la intromisión esta noche—se quedó un momento callado—. Por eso si te preguntan, hazles creer lo que quieren creer. Los detalles los dejo a tu gusto.
—Sí—sacudió la cabeza—. Es decir, no. No a los detalles, yo…—se sintió tremendamente torpe—. Eso haré.
Le pareció que la sombra de una sonrisa triste le trepaba hasta la boca, pero no tardó en desaparecer. Permanecieron unos minutos callados, sin decirse nada.
—Apariencias—su voz despertó a Sakura—. Muchas veces, el valor de la política reside precisamente en eso. Formalmente eres mi esposa, la esposa de un Kage, y no tardará el momento en el que te tengas que valer de ello. No en aras de un beneficio útil, sino de una necesidad, Sakura—la miró con gravedad—. Harás bien en recordarlo.
Se sorprendió al encontrar un brillo de preocupación en su mirada. Aunque lo sabía como imposible, en esos momentos, deseó más que nada poder ser confidente de todas las lucubraciones de Gaara. Y de saber realmente qué se estaba cociendo en el maldito desierto al que la habían relegado.
—Lo recordaré, descuida—se dio cuenta de lo cortante de su tono y se reprendió mentalmente—. Gracias otra vez, Gaara.
Él asintió y volvió a concentrarse en sus pensamientos. Otra vez. Sakura había querido hacerle saber que recordaba el gesto para con Naruto.
Y a él no se le había pasado por alto.
Bajó la vista y la imagen del susodicho apareció frente a sus narices impresa en una fotografía que sobresalía de un libro de tapas azules apoyado sobre el escritorio. Su cabello rubio en punta y su exagerada sonrisa eran inconfundibles. Gaara examinó todo lo discretamente que pudo la imagen, en la que aparecía cogiendo por los hombros a alguien más al que no llegaba a ver, pues permanecía bajo la tapa del libro.
— ¿Quieres verlo?
La proposición de Sakura lo pilló de improvisto. Tardó unos instantes en procesar aquella información, para terminar asintiendo lentamente con la cabeza. A un gesto que le hizo la pelirrosa, cogió con cuidado el álbum entre las manos y se lo tendió a la muchacha.
—Siéntate. Mira.
Aquella oferta de sentarse a su lado lo aturdió todavía más. Gaara se sentó a su lado sobre el borde de la cama, con una rigidez propia de un autómata y dejando una distancia prudencial de treinta centímetros, mientras Sakura permanecía ignorante ordenando las fotografías a la velocidad de la luz.
—Lo metí en la maleta sin terminar de completarlo, ya perdonarás un poco el desorden cronológico…—le mostró primero la foto que había encontrado Gaara—. Esta fue hecha un día en el equipo Ino-Shika-Cho nos invitó a comer barbacoa. Todavía recuerdo el ánimo de Choji y cómo Ino se puso como una loca porque a Naruto se le cayó la naranjada encima de las papas.
Efectivamente, allí se encontraban todos. Gaara tenía buena memoria para las caras y los nombres: Choji Akimichi, Ino Yamanaka, Shikamaru, Naruto y ella misma.
— ¡Oh! Y esta es un día que paramos a descansar en el río tras una dura mañana de entrenamiento con Kakashi-sensei—iba pasando las páginas y enseñándole—. Aquí estoy con mis compañeras del hospital, una con Tsunade-sama y Shizune, esta fue una tarde de compras que coincidimos con Lee y su equipo…—soltó una carcajada real—. ¡Aún recuerdo la cara de profundísimo hastío de Neji cuando lo arrastramos al karaoke!
Se volvió unos instantes para contemplarla de reojo. Los ojos le brillaban como esmeraldas pulidas mientras narraba aquellos sucesos que para Gaara sonaban tan lejanos y exóticos. Aparecía siempre sonriente en todas aquellas fotos, con todas aquellas personas.
Secretamente, Gaara sintió una pequeña punzada de envidia.
—Éste es Sora, un amigo que nos hicimos un par de años atrás—contaba sin descanso—. Es monje y vive en un santuario, aunque le echa unas miraditas a mi amiga Ino que… ¡oh! Y este es el señor Tazuna junto con su nieto Inari. Fue la primera misión accidentada a la que tuvo que enfrentarse el equipo 7…
Como si la hubiera invocado, apareció entonces la imagen del equipo 7 al completo junto con su sensei de pelo platino. Sakura se calló abruptamente, y un ramalazo de lucidez le descubrió a Gaara el porqué.
Aquella era la única foto en la que aparecía Sasuke Uchiha.
De hecho, lo hacía de una manera que a Gaara le pareció incluso cómica. Miraba rabioso hacia su izquierda, donde Naruto permanecía cruzado de brazos y lo correspondía con el mismo gesto. Kakashi Hatake miraba a la cámara con cara de desmayo mientras les revolvía el pelo a cada uno. En el centro, Sakura sonreía más que nunca, ajena a toda tensión envolvente. Los tres tendrían unos doce años.
—Esta es mi favorita—sonrió. Lo afligido de sus labios no pasó desapercibido para Gaara.
Y sin saber bien la razón, sintió la necesidad de borrarlo.
—Puedo entender el por qué—Sakura levantó la mirada—. En esta te ves verdaderamente feliz.
Se encontraba más cerca de lo que había estado nunca. Aunque no sonreía, la característica tirantez del rostro de Gaara que lo asemejaba a un muñeco había desaparecido. Podía decirse que incluso parecía relajado. Sea como fuere, a Sakura le pareció una persona totalmente diferente. ¿Se habría equivocado en su opinión con respecto a Gaara? Su intuición no solía fallarle, y dadas las experiencias pasadas la razón le imploraba a gritos que se mantuviera lejos. Pero se encontró con que quería descubrir, saber más de aquella nueva persona.
Y sintió miedo.
Sakura pasó las páginas del álbum con una violencia inusitada dando paso a otra imagen que la dejó todavía más triste.
—Mis padres—se los presentó. Soltó una risa amarga—. Esperaba que los conocieras en la boda, pero no pudo ser.
Se parecía mucho a su madre, pudo comprobar Gaara. Especialmente en los ojos, y en su apariencia dura. Sin embargo de su padre, parecía haber heredado ese gesto gracioso y afable que reflejaba la imagen.
Por primera vez en su vida, Gaara actuó espontáneamente.
— ¿Te gustaría verlos? —le preguntó.
Sakura abrió la boca y lo miró con una fijeza casi incómoda.
—Yo… ¿podría? —fue testigo de cómo los labios en forma de "o" iban transformándose en una sonrisa radiante—. Es decir, ¿podrías?
Él la miraba como si no pudiera entender lo que le preguntaba.
—Soy el Kazekage. Rechazar una invitación expresa mía se considera irrespetuoso incluso en las altas esferas.
— ¿La semana que viene?
Esperaba su respuesta como un cachorrito su tazón de pienso.
—De acuerdo.
Y en un arrebato de alegría incontrolado, Sakura lo abrazó.
— ¡Gracias, gracias!
Mientras ella se deshacía en agradecimientos, Gaara sólo era consciente del peso de sus brazos y el roce de su yukata. Se sintió turbado ante un contacto que no había esperado ni recibido desde hacía mucho, mucho tiempo. Sakura en seguida lo notó en lo rígido de su cuerpo y se separó con celeridad, arrepintiéndose de su pasión momentánea. Los colores se le subieron a las mejillas.
Es Gaara, se recordó. Gaara del Desierto.
—Perdón, yo…
—No te disculpes—el Kazekage se levantó dada por finalizada la visita—. Está bien. Es hora de que me marche, ya te he importunado lo suficiente—de repente parecía arder en deseos de abandonar el lugar—. Gracias por recibirme.
— ¡No! —Volvió a boquear cuando su negativa detuvo al muchacho—. Es decir, gracias a ti por la visita. Todavía no conozco mucha gente aquí, y bueno, estoy aburrida muchas veces cuando no estoy en el hospital…—él asintió y abrió la puerta—. Si quieres, puedes venir otra vez. A hablar—puntualizó, colorada—. S-si te apetece bien, claro. Y no estás muy ocupado. Sólo… a-avísame antes de entrar, ¿vale?
Gaara frenó en seco. La chica miraba las juntas de las baldosas del suelo con un interés admirable. Le dio unos segundos para que se retrajera en su oferta por si había sido una vez más, producto de un arrebato pasional. La estudió mientras barría el suelo con un pie y las mejillas le amenazaban con estallarle.
—Lo haré.
Cerró la puerta tras de sí, dejando a una Sakura con la respiración agitada y la mente llena de preguntas que no se atrevía a formular.
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