NOTA Y ADVERTENCIA
Bueno..., ya os imagináis por qué tardaba tanto en actualizar. Bienvenidos a un capítulo de puro Porn Without Plot (but with a lot of Blood)... ¡Vaya, salió un pareado! Estoy hecha una poeta (súbete la bragueta). ¡BASTA YA! QUE ALGUIEN ME DISPARE... Si es que el estrés me hace escribir gilipolleces... No soy capaz de controlarme. ¿Y por qué el estrés? Pues lo cierto es que no entiendo cómo algo que me gusta tanto leer y que siempre incluyo en mayor o menor medida en mis historias, necesite de tanto esfuerzo y frustración para ser escrito. Que si el ambiente, que si el humor, que si mis niveles hormonales, que si Plutón (ya sea el ex planeta, o el Pluto gigante) debe estar atravesando la constelación de Alfa Cenutrio... Pero mis lemon son una recurrente partida de Zelda. O reúnes todos los objetos que te pida la Diosa y los planetas se alinean con perspectiva caballeresca, o simplemente, no funciona. En fin, ya pasó el mal trago y aquí os traigo el resultado. En realidad no es solo PWP. A pesar de no haber desarrollo argumental, sí que me estuve comiendo durante semanas el coco en todo lo referente al desarrollo de personajes. Mi intención es clara: sacarlos tanto a ellos como a vosotros de la zona de confort. Ya os prometí que no habría roles en esta historia (algo bastante difícil de encajar por más de uno/a y que me ha costado un par de reproches. Abro comillas: OMFG nooo Sessho nooo... No puedes ukearlo... ... ... ... cierro comillas ... ... ... ¿Y por qué no? ¿Qué pasa, que solo Naraku se lo va a pasar bien? Como se nota que no habéis probado el sexo anal. Además... GRRRR ODIO ESE PALABRO ¿ukear? Al que lo inventó sí que lo ukeaba yo, con el palo de una escoba) Pero no me importa, si hago lo que todos me aburro a mi misma, y las etiquetas y clichés están para romperlos. Aún así no me gusta el OOC y si quisiera reinventar a los personajes escribiría originales. Así que me costó bastante equilibrar ambos deseos y quedar medianamente satisfecha con el resultado. Pero os corresponde a los demás juzgar si lo logré o fue un fracaso, yo simplemente os recomiendo que no os fiéis. Hay dominación y sumisión, por supuesto, pero ¿quién domina a quién? ¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta qué punto? El tira y afloja será constante hasta el final, pero no sólo entre ellos, sino interno a cada protagonista, y sólo acabará cuando sean capaces de entenderse a si mismos.
R-18 PWP+Blood a partir de este punto. Fondo musical que me inspiró durante el proceso: F**k you all the time de JEREMIH. Pincharosla de fondo que el ambiente lo es todo. Enjoy!
capítulo 8: Rendición ad libidum.
...placer...
El placer o la búsqueda del mismo jamás fue un tabú para los yōkai.
Esos seres conservan -de manera bastante más explícita- los instintos, usos y costumbres de las bestias, cuyos genes dejan huella incluso en su aspecto físico.
Son animales, lo saben y lo reconocen; a diferencia de ese otro animal llamado ser humano, que se avergüenza de sus instintos y rodea sus interacciones y relaciones personales de complejas normas y protocolos. Que si la decencia, que si la moral, que si la fidelidad o la obediencia… Convierten el placer en algo vergonzoso, y las prácticas para obtenerlo en meros instrumentos para la reproducción de su especie.
No es que los yōkai no buscaran reproducirse; tarde o temprano llega ese momento de su existencia, en que decidían marcar a alguien del sexo contrario y se ponían manos a la obra con la intención de ampliar su manada.
Pero la búsqueda de placer es un fin en si mismo. Un destino que podría ser recorrido en solitario o con compañeros de viaje… cuyo género era lo de menos.
Por supuesto que tienen sus preferencias individuales pero, la gran mayoría, copulan con congéneres de ambos sexos sin darle demasiadas vueltas al asunto.
Aún así las preferencias importaban y eran acordes al carácter de cada uno… Naraku era consciente de eso así que, antes de continuar con el "castigo" al Daiyōkai, decidió indagar un poco sobre las de su prisionero.
—¿Ha follado alguna vez con otro macho, Sesshōmaru Sama?
Sesshōmaru tomó lentamente aire y trató de concentrarse mientras sentía como las untuosas gotas de aceite se resbalaban entre sus nalgas y se escurrían por sus muslos. Después, un segundo cálido y aromático chorro cayó, esta vez, por su nuca.
Dos fuertes y hábiles manos se posicionaron en sus omoplatos y comenzaron un lento e intenso masaje, distribuyendo el aceite por cada rincón de la marmórea piel mediante lentos círculos. Sus atrofiados músculos fueron atendidos uno a uno, con dedicación y paciencia; y una vez relajados eran arañados por afiladas garras hasta que volvieran a contraerse de dolor.
Y así una y otra vez, mientras los minutos se escurrían como gotas de lluvia por un cristal. Poco a poco, las manos de la araña iban bajando por su espalda hasta llegar a la cintura. El contacto con las marcas magenta que atravesaban sus costados le hacía sentir auténticos calambrazos cuando los largos dedos se arrastraban a lo largo de su longitud.
Se entretuvieron allí por un rato y finalmente descendieron, para masajear con el mismo ahínco y lentitud, el perfectamente torneado trasero del Daiyōkai.
La cabeza de Sesshōmaru estaba bastante turbia a estas alturas, pero no lo suficiente como para no enterarse de la pregunta. Y de todo aquello que implicaba...
Los escasos recuerdos de sus cópulas inundaron su mente.
Si debemos ser sinceros, la vida sexual del Lord del Oeste era bastante parca y humilde. Sus celos sólo se daban una vez al año y ni eso a veces. Y cuando sucedían, agarraba a la primera hembra que se le pusiera a tiro y se la follaba de manera veloz, brutal y -bastante a menudo- sin su consentimiento.
¿Hubo alguna vez algún macho? Sí… lo hubo, hace muchos años… cuando apenas era un adolescente. Fue un criado de la Casa de la Luna, un muchacho de rasgos hermosos y afeminados, que su madre disfrutaba torturando, vistiendolo con sus propios kimonos para embaucar y reírse de otros nobles yōkai que la visitaban y que no eran capaces de ver a través del disfraz, ni siguiera por el olor.
El desafortunado muchacho se cruzó delante de su joven Amo una tarde de verano, en pleno calentón del clima y del celo del Daiyokai; y hasta que Sesshōmaru no arrancó sus ropas y trató de penetrarle, no se dio cuenta de que se trataba de un macho.
Aunque no le duró mucho la sorpresa: de todas formas disfrutaba mucho más del sexo anal que del vaginal y le proporcionaba la ventaja adicional de no tener que observar los rostros desencajados de sus parejas, que le parecían de todo menos excitantes.
Le dió la vuelta y lo embistió por detrás, y hasta allí llegó la experiencia… tan parecida a la del sexo con hembras que no representó siquiera una leve alteración a las costumbres del joven Sesshōmaru.
—¿Tú qué crees, escoria?—acertó a farfullar, mientras el recuerdo se marchaba tan rápido como vino.
«¿Cómo te atreves a meter la nariz en los asuntos privados de un Daiyōkai?», pensó furioso. ¡Y una mierda iba a contestar a una pregunta tan descarada!
—¡Jé…! Supongo que sí, entonces. Total, todos lo hacemos. Pero tengo serias dudas de que hayas disfrutado de la experiencia al completo.
—¿A qué te refieres con "al completo"? —preguntó secamente Sesshōmaru mientras los pelos de su nuca se erizaban.
La reptante mano de naraku se deslizó, perfilando esas sugerentes curvas, para rozar brevemente sus testículos. Después subió velozmente entre ambas nalgas, frenando justo encima de su entrada, que se contrajo y apretó instintivamente ante el toque.
—Creo que sabes a la perfección a qué me refiero. —susurró Naraku en su oído.
La reacción del Daiyōkai fue inmediata. Se sacudió como si le hubieran aplicado un cable de alta tensión en la zona para continuar forcejeando y forcejeando hasta que sus muñecas se tiñeron de carmesí.
« Ya me lo imaginaba…», se dijo la Araña y sacó inmediatamente la mano de entre sus muslos. Pero Sesshōmaru siguió debatiéndose, dominado por espasmódicos movimientos que ni él era capaz de explicar.
— Calma… estate quieto… Te estás haciendo daño,,,
Naraku trató sin éxito de tranquilizar a su víctima, sin ser él tampoco capaz de explicar por qué sentía la necesidad de hacerlo. Quería provocarle placer y esto parecía estar lejos de lograrlo. Finalmente lanzó un gruñido y dio energicamente la vuelta al yōkai para acabar atrapando su rostro entre las palmas de las manos.
—¡Quieto! —ordenó tajantemente mientras observaba los ojos firmemente cerrados del Daiyōkai, que seguía convulsionando.
« Maldita sea…», acertó a pensar antes de sucumbir a su propio deseo y estampar brutalmente su boca contra los apretados labios de Sesshōmaru.
Una vez sobre ellos, la lengua giró en círculos buscando ansiosa una apertura, mientras era ayudada por los colmillos de Naraku, que mordisqueaban suavemente uno y otro labio provocando, sin rendirse, el derrumbamiento de la resistencia. Finalmente los finos labios de Sesshōmaru dejaron de apretar y su boca se abrió ligeramente. Naraku aprovechó la ocasión al vuelo e introdujo su ávida lengua hasta el fondo, donde recorrió lentamente cada milímetro de la caliente cavidad creando una sinfonía de sensaciones a su paso.
Sesshōmaru fue absorbido por ella, embriagándose con la saliva de la Araña, mientras el afrodisíaco volvía a tomar el control de su cuerpo y los espasmos perdían intensidad hasta su completa desaparición.
Cuando las bocas se separaron, buscando oxígeno, sendas hileras de saliva se escurrían por la barbilla de ambos hombres, y las nubes blancas de sus alientos se entremezclaban, emborronando su visión.
—Supongo que es pronto para eso. —murmuró Naraku hechizado por el brillante oro empañado que resplandecía a pocos centímetros de su rostro. —No tema, Sesshōmaru Sama, le prometí placer y sólo placer obtendrá de mi. —Tras la promesa la boca de la Araña se dirigió al cuello del Daiyōkai, lamiendo sensualmente su clavícula y descendiendo poco a poco hacia esos marcados pectorales que la atraían como imanes.
—Me das asco —gruñó Sesshōmaru— Jamás me provocarás...ningún... pla..cer…¡aaah!
Mentía… Mentía descaradamente. La enloquecedora sensación de los colmillos de Naraku alrededor de su pezón no podía ser llamada otra cosa distinta a placer. Barría con los restos de su resistencia y le dejaba en evidencia por momentos, mientras su pene se iba endureciendo, humedeciendo y elevando.
Si había algo que realmente asqueara a Sesshōmaru en esos momentos eran sus propias mentiras, su desoladora debilidad. Apretó de nuevo los dientes, mientras una lágrima de rabia escapaba y resbalaba acusadoramente por su mejilla.
Naraku continuaba devorando ávidamente esos pezones, que sentía duros como guijarros debajo de su lengua. hasta que no pudo resistir la tentación de elevar la vista. La elevó buscando deleitarse con la expresión de éxtasis de Sesshōmaru pero encontró, una vez más, un claro retrato al estoicismo: ojos demoníacos empañados de furia y rostro brillante de sudor.
¿Sudor? No, ese brillo no era sudor. Un inexplicable dolor contrajo momentáneamente su pecho, como si alguien le apretara el corazón en un puño. Con lo mucho que se estaba esforzando y seguía perdiendo el maldito duelo.
Suspiró y se incorporó para encarar esos ojos rojos con su propio carmesí, lamió lentamente esa maldita lágrima y volvió a besarlo, haciendo frente a los colmillos alargados y puntiagudos sin un atisbo de vacilación. Pero mantuvo sus ojos abiertos, expectantes… Hasta que, poco a poco, la mirada de Sesshōmaru recuperó el dorado que tanto le gustaba.
—Deja ya de sufrir… —suplicó con su tono más persuasivo, mientras depositaba fugaces besos sobre los pálidos labios, nariz, mejillas... —Deja de mortificarte. Eres magnífico, fuerte, poderoso… No tienes la culpa… Te drogué, ¿recuerdas? Soy terriblemente malvado, he intoxicado tu cuerpo y tu mente con narcóticos que te han arrebatado la responsabilidad sobre lo que ocurra de ahora en adelante.
Poco a poco el hechizo hacía efecto y Sesshōmaru cerraba los ojos, rindiéndose a las oleadas de ardor que arrasaban su interior.
— Déjate llevar… —seguía susurrando Naraku mientras sacaba una fina tira de seda negra y la ataba alrededor de esos ojos ausentes. —Ya que nada puedes hacer, disfruta... Que mis caricias te lleven a donde nadie te ha llevado. Quiero que me sientas, quiero sentirte en mi interior, introducirme dentro de ti… Quiero saber… quién eres… realmente Sesshōmaru. Deshazte de la careta de Lord del Oeste. Quiero conocer quién es ese ser tan enigmático que me sigue proporcionando un objetivo en la vida.
Con esta última declaración, Naraku se agarró firmemente a la delgada cintura y volvió a descender para acabar arrodillado a los pies del Daiyōkai. Allí pudo observar, aliviado, como esa enorme y dura erección volvía a apuntar masivamente hacia su rostro. Una tentadora gota de semen hacía su punta brillar y Naraku la degustó con la punta de la lengua antes de introducirse totalmente el palpitante pene en la boca.
Sesshōmaru estaba perdido. Flotaba en la nada más absoluta, libre por fin del martirio de sus pensamientos, libre del terrible peso de su orgullo. Se perdió en la oscuridad sin mirar atrás, totalmente derrotado por la enloquecedora sensación de húmedo calor que le envolvía la polla. Vencido por esos dedos que acariciaban sus testículos, por ese lento vaivén que terminaba con la punta de su glande aprisionada por una garganta que olvidó completamente a quién pertenecía. Se dejó llevar por la marea de sensaciones, totalmente ajeno al transcurso del tiempo, liberando los gemidos que tanto tiempo llevaba conteniendo.
Era una música sublime, la más hermosa que Naraku hubiera escuchado. Al son de esa voz grave, abrasadora y sensual, cuyo tempo se aceleraba al ritmo del vaivén de su cabeza, la araña sintió su propio sexo tornarse duro como el pedernal; casi tan duro como el que estaba follandose su garganta. Siguió subiendo el ritmo mientras se masturbaba con una mano y con la otra clavaba firmemente las garras en las nalgas de Sesshōmaru, empujando para sincronizar el ritmo de las caderas que le embestían con violencia.
(Perdón por la interrupción pero ¿os gustaría oír a Sesshōmaru gemir? Poned "narita ken uke" en el buscador de youtube pulsad el play y gozadlo)
«Mierda», pensó la Araña, mientras se corría en su propia mano. Habría querido hacerlo a la vez que Sesshōmaru y por ello había aumentado la velocidad e intensidad de la felación hasta el límite de las arcadas. Pero no lo logró. El pene de Sesshōmaru permanecía enorme, caliente y duro como el acero en su boca, sin intención alguna de llegar al clímax a pesar de los embriagadores gemidos emitidos por su dueño.
Naraku cambió la boca por las manos y siguió masturbándole mientras volvía a enredar su lengua con la del Daiyōkai en un beso profundo y prolongado, que pausaba y reanudaba cada pocos segundos tan solo para disfrutar de esos gemidos que le robaban el aliento.
—¿Te gusta? —preguntaba de vez en cuando, con su propia voz resollante de placer. —Dimelo, Sesshōmaru… dime que te gusta. Dime cómo quieres que te lo haga…
Y se frustraba… Una y otra vez, al no obtener respuesta. Ya había logrado que los gemidos fueran liberados, pero ansiaba más. Había pasado una hora, quizá dos… Se había corrido por segunda vez escuchando los gemidos de su prisionero… pero, ¡maldita avaricia, que volvía a envenenarle la sangre! El líquido pre-seminal que logro arrebatarle no calmaba la sed. Quería más…, más de esa voz… más de ese cuerpo… más de ese espíritu inquebrantable.
— Dímelo… ¿qué quieres? ¿Cómo puedo complacerte ? ¿Tanto me detestas que no eres capaz de gozar hasta el final? Puedo ser quien tú quieras ahora mismo. No eres capaz de verme, solo puedes sentirme. Imagina que soy alguien más… Alguien que no detestes a muerte… alguien a quien tú desees… Dime lo que quieres.
Sesshōmaru, lo cierto es que no sabía lo que quería. Bueno, sí… quería correrse, pero al mismo tiempo quería que este momento no terminara jamás. Su mente, totalmente vacía, volaba libre, lejos del cautiverio, de la humillación, del miedo por Rin, de implacable rabia de su orgullo… Su cuerpo flotaba a la deriva, entre embates de placer. Estaba más allá de excitado -a un punto que bordeaba el dolor- pero no lograba el clímax; era más bien como si estuviera balanceándose en un largo y constante orgasmo que siempre prometía más y más.
Por eso no era realmente consciente de quién era la fuente de ese placer, hasta que la voz de la maldita Araña regresó para recordárselo.
—Quiero… que te calles... —masculló entre gemidos, dándole a Naraku la tan reclamada respuesta. — ¡Cállate y métetela de una… puta vez!
Naraku sonrió contento. ¡Oh, sí! Eso era lo que quería escuchar. Esa profunda y masculina voz, autoritaria, a la vez que desesperada. Una sola frase y ya lograba que se empalmara de nuevo.
Volvió a pasar las manos pòr los glúteos empapados de aceite de Sesshōmaru, para lubricarse a continuación a si mismo. Hace tiempo que no había tenido sexo anal y, a pesar de lo mucho que lo disfrutaba, sabía lo doloroso que puede ser el perder la forma de ese lugar en particular. Tras empapar y dilatar su ano puso a Sesshōmaru de cara a la reja de nuevo y se introdujo entre el frío metal y el ardiente cuerpo del Daiyōkai. Le dio la espalda a su prisionero, quedando prácticamente atrapado por el musculoso cuerpo que lo empujaba contra la reja, y colocó a la enorme erección en el lugar y ángulo adecuados para poder ser penetrado.
—Vamos… —resolló, agarrándose con todas sus fuerzas a los barrotes. —Quiero sentirte en mi interior. Entra en mí, Sesshōmaru…
Por una vez el Daiyōkai no titubeó lo más mínimo ante una orden. De una veloz y brutal arremetida embistió sin piedad a la Araña hasta el fondo de sus entrañas; y cuando llegó al fondo, no se detuvo para acomodarse. Salió igual de rápido que había entrado y, una vez fuera, volvió a embestir, una y otra vez, con movimientos secos y enérgicos. Acelerando, cada vez más y más duro.
Naraku aulló de dolor pero, al salir Sesshomaru , elevó el trasero para facilitarle la siguiente intrusión. No tuvo que esperar demasiado: al segundo se liberó de esa erección que atravesaba sus entrañas cual machete y al siguiente volvía a recibirla, más firme y brutal que antes. El delgado vientre del que alguna vez fue el noble Hitomi Kagewaki se inflaba levemente con cada intrusión pero sus flexibles y finas caderas se arqueaban, tratando de pegarse aún más a Sesshomaru, buscando un contacto mayor y una penetración más profunda.
Grito una vez, dos y tres…; apretó los barrotes hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Pero a la cuarta vez, el grito se convirtió en gemido extasiado y fue a la salida cuando sintió ganas de volver a gritar. Gritar a causa del vacío que dejaba en su interior ese miembro al abandonarle.
Era apabullante, el dolor. Tal como supuso, el tamaño de ese pene era algo imposible de manejar sin sufrir; pero ese mismo tamaño y forma particular lograba presionar su próstata; con precisión matemática; con cada arremetida y le proporcionaba una sensación de total plenitud. Su tamaño hacía que le costara entrar pero una vez dentro encajaba a la perfección. Como si desde siempre hubiera sido parte suya…, como si hubiera sido creado a su medida…
Dolor y placer… Naraku había aprendido a soportar el primero y a aprovechar al máximo el segundo; pero ahora estaba empezando a aprender que al combinarlos en su justa medida, ambos se retroalimentaban y potenciaban para crear una sensación más adictiva que la del narcótico más potente. Sesshōmaru también la estaba descubriendo. Al dolor de su, hinchada por horas, erección se sumaba la dificultad de atravesar ese orificio tan estrecho y apretado; pero por mucho que aumentase la velocidad, el placer se mantenía estable y constante, sin alcanzar la ansiada cúspide.
Aún entre espejismos, Sesshōmaru disfrutaba de su propio dolor y, al mismo tiempo, se regodeaba con malicia a causa del dolor que estaba causando con seguridad a la abominable Araña. Mucho mayor que el suyo, seguramente… Notaba cierta humedad y chapoteo al embestir, así que esperaba haber desgarrado y provocado una abundante hemorragia dentro del ano de Naraku a estas alturas.
Aunque sus jadeos no parecían de sufrimiento… Ni tampoco la voz, que indicaba que el insecto estaba cerca de correrse de nuevo.
—¿En quién piensas Sesshōmaru…? —gimió Naraku al notar un cambio en el patrón de movimientos y en el tamaño de la erección de su interior.
«¿Esta cosa puede crecer más todavía?», pensó, fascinado. Pero el pensamiento siguiente fue de los oscuros y retorcidos: «¿Qué fue lo que lo excitó? Algo en su cabeza, sin duda… ¿En quién estará pensando mientras follamos? ¿En mi difunta bunshin del viento, en ese mocoso disfrazado de ninja que le seguía a todas partes o, acaso en su "protegida" y adorada Rin…? ¡Ahhhhhgg! Sé que yo mismo se lo dije…¿por qué entonces me jode tanto? ¡Mierda, mierda! Necesito saberlo…»
—¿En quién piensas, dímelo? —elevó la Araña el tono para superar en volumen a los sensuales gruñidos de su prisionero.
Entre brumas de sexo y sangre esa voz golpeó a Sesshōmaru en el centro de su consciencia, amortiguando los efectos del afrodisíaco y haciéndole frenar en seco.
Vale, se endureció pensando en el trasero de Naraku pero no por lo que creéis, malditos mal pensados… Pensaba en su sangrante trasero… Que no es lo mismo, joder...
—¿Por qué paras?—gimió la Araña, con esa voz sarcástica que tanto lo molestaba. —¿Acaso te he pillado haciendo algo malo? Vaya, vaya… ¿Pensabas en Rin, verdad? ¡Joder, menudo enfermo! ¡Si es una cría de doce años!
Sesshōmaru lo embistió con toda su rabia, una única vez y volvió a parar. Ahí estaba… su ira. Por fin lograba encontrarla en este laberinto de placer. Naraku suspiró de gozo esperando la siguiente embestida pero el Daiyōkai permanecía congelado y su interior vacío.
—Sigue… joder… Siento si te ofendí… Seguro que no estarías pensando en una niña de doce años… con la cantidad de amantes que habrán compartido tu cama… —Con esas palabras, Naraku sin duda buscaba halagar la vanidad de Sesshōmaru y volver a poner en marcha esa fuente de dolor placentero que tanto echaba de menos en su vientre; pero seguía dando vueltas y más vueltas a sus retorcidos pensamientos, casi seguro de que había dado en el clavo.
Pero nosotros sabemos la verdad. Sabemos en quién pensaba el orgulloso Daiyōkai mientras disfrutaba del sexo con los ojos bien vendados: en nadie. Desde el momento en que le fue robado el sentido de la vista, Sesshōmaru se abandonó al coma mental. No pensaba, no recordaba, no sufría... Solo sentía.
Y la voz de la Araña, con sus estúpidas preguntas y sugerencias, era la única culpable de romper esa burbuja de fantasía y felicidad. Cuando le propuso pensar en otro, realmente lo intentó: pensó en todas y cada una de las hembras y el único macho con los que se había acostado, y recordó que lo que sintió en cada una de esas cópulas, no se acercaba ni remotamente a lo que estaba sintiendo en estos momentos. Así que dejó de intentar pensar en otros y se concentró en dejar de pensar. Y cuando la molesta voz lo sacaba de su Nirvana, se dedicaba a imaginar a la Araña a cuatro patas, sometida, violada y gimiendo…
«De dolor… Sí, de dolor, joder... O de lo que sea... ¡¿Qué más dá de lo que gima?!»
No… esa imagen que está imaginando ahora mismo tiene poco o nada que ver con el dolor. Es la espalda de Naraku, amplia y musculosa y con esa enorme araña que la cubre como un estilizado tatuaje. Sesshōmaru gustaba de la estética armoniosa y elegante y debía reconocer que la marca era -estéticamente hablando- un acertado adorno de la naturaleza… No tan sublime como sus propias marcas pero armoniosa y favorecedora…
«¡Para ya, ostia!... Es lo que cae entre sus piernas lo que te interesa, joder. ¡Piensa en la puta sangre!»
Pero no podía… El Lord del Oeste no era precisamente imaginativo, por no decir que carecía totalmente de habilidades creativas… Lo que imaginó antes, bajo el efecto de los narcóticos, ahora era sustituido por algo que a los narcóticos les parecería más práctico a la hora de excitar. Si quería pensar en sangre debía verla primero...
Quería ver esa sangre…
—¿Quieres que te la vuelva a meter? —preguntó, tratando de ralentizar su jadeante respiración.
—Mmmm. ¿Quiere jugar, Sesshōmaru Sama? —volvió al modo honorífico Naraku. Clara señal de que se estaba burlando de él de nuevo.— Pensaba que eran sus instintos los que le gobernaban hasta ahora pero veo que su capacidad de resistencia a mis mejunjes va aumentando.
—¿No quieres?
—Sabes perfectamente la respuesta a esa pregunta.
—Pues si quieres que vuelva a metértela, deberás obedecer.
Naraku se extrañó de no sentir preocupación. Si el Lord del Oeste había superado el efecto de los narcóticos, iba a ser un adversario nada sencillo de dominar. Por no hablar del cabreo que llevaría encima por haber sido violado por su mayor enemigo. ¿Por qué no estaba preocupado? Todo lo contrario, la idea de ser follado por un Sesshōmaru consciente y responsable de sus actos le estaba provocando una erección descomunal y un extraño revoltijo en el estómago. Sentía como si una de sus Saimyōshō se hubiera colado en su tripa y estuviera haciéndole cosquillas con sus alitas.
— Ya te dije que te haría aquello que me pidieras… —ronroneó sensualmente, ignorando todas las alarmas de supervivencia.— ¿Qué es lo que deseas?
— Quítame la venda de los ojos.
Naraku sonrió todavía más ampliamente si cabe. Esa petición encajaba con sus propios deseos. Le arrancó la tira de seda de un tirón y clavó ávidamente los ojos rojos y hambrientos en esas pupilas verticales, afiladas como una navaja.
Escudriñando… tratando de leer… buscando odio, instintos asesinos, enfado o ansias de revancha. Pero sólo pudo encontrar su propia lujuria reflejada en tonos ámbar y dorado; con un espíritu tan ardiente y hambriento como el que su mirada carmesí desprendía. Los ojos más fríos de Japón, capaces de abrirte las tripas y congelar el contenido de tus intestinos, ahora contenían brasas y lava en su interior. Naraku comenzó a sudar y a temblar de impaciencia ante su hechizo.
—Ahora quítame estos grilletes y libérame de la reja.
Esto ya era bastante más peligroso, rayando los límites del suicidio. ¿Y si Sesshōmaru estaba tan furioso y desquiciado que hubiera decidido mandar a tomar por culo a Rin y a cualquier chantaje que lo detuviera? Esa mirada quemaba, no era la suya… No era la del Lord del Oeste con el que había llegado a un trato.
Pero igual que quemaba, deshabilitaba totalmente el buen juicio de Naraku.
«Quiero ver a dónde llega con esto… Total, tampoco es que tenga tanto aprecio a mi vida, y si me muestra algo extraordinario, bien habrá valido la pena el precio.»
Sin cortar la conexión visual, lentamente abrió el cierre de las esposas para después agacharse y hacer lo mismo con los grilletes de los tobillos.
Sesshōmaru estiró sus adoloridos músculos y se frotó enérgicamente las atrofiadas muñecas para restablecer la circulación de la sangre. Pero sin apartar tampoco la mirada. Como alfa que era, su mirada doblegaba al que la cruzase, pero a Naraku le seguía pareciendo nada típica del Lord del Oeste.
Los segundos se escurrían hasta convertirse en minutos, mientras ambos hombres se observaban en silencio. Y cuando parecía que de la conexión iban a empezar a saltar chispas de sobrecarga, Naraku rompió el mutismo.
—Si me matas, Rin morirá. —lanzó la vieja amenaza por decir algo; estaba completamente seguro de su inutilidad a estas alturas.
—No voy a matarte. —sentenció con voz calmada Sesshōmaru y las llamas de sus ojos subieron de intensidad aumentando la temperatura de la estancia en varios grados al instante.— Tan solo voy a joderte hasta que te desmayes o revientes.
Esa fue la última frase de la que fue capaz el Lord del Oeste. El grado de control que le exigía hablar o razonar era enorme, ya que ni por asomo se le había pasado el efecto del afrodisíaco. Simplemente luchó, con todo el poder de su voluntad, para robarle algunos instantes de cordura y cimentar las bases para derrotarlo. Llevaba horas siendo estimulado y, aunque placentera, la experiencia estaba empezando a frustrarlo. Así que ahora lo haría a su manera, aprovechando el inherente sadismo y ansias de venganza de su personalidad.
Agarró a la Araña del cuello y la lanzó brutalmente de cara al suelo. Naraku no ofreció resistencia y apoyó las palmas y codos para evitar romperse la nariz.
Esperaba la muerte pero no el placer que, al parecer, conllevaría. Si hubiera tenido que elegir una manera adecuada de abandonar este mundo, no podría habérsele ocurrido nada mejor.
Sesshōmaru lo penetró y embistió con furia, mientras rodeaba con las manos su cuello y apretaba lo suficientemente fuerte como para ahogarlo por por unos segundos. Después liberaba el agarre para permitirle tomar aire y volvía a empezar. No sabemos si el Daiyōkai era un practicante de la llamada Asfixia Erótica, o simplemente deseaba provocar pavor mediante la repetitiva demostración de que la vida de la Araña estaba literalmente entre sus manos. Pero lo cierto es que la escasez de oxígeno en el cerebro de Naraku hacía que la excitación se multiplicará por diez y se corría como nunca antes a los pocos minutos, solo por el roce ejercido en su próstata.
El tiempo y el espacio en la mazmorra comenzó a deformarse como una masa de chicle, estirando los segundos y comprimiendo las horas.
Sesshōmaru siguió embistiendo y embistiendo, deteniéndose solo para cambiar de postura, o fundir a Naraku con esa mirada de lava dorada. Lo mordió con rabioso ansia hasta que la sangre y los moratones formaron patrones a lo largo de toda la pálida piel, disfrutando del hecho de provocar tanto placer como dolor.
Naraku tampoco se quedó atrás y clavó sin compasión sus garras en la ancha espalda. Cada vez que tenía a tiro alguna parte de Sesshōmaru, se ocupaba de marcar en ella sus colmillos y embriagarse del metálico regusto de la sangre. Se volvió a correr agotando el resto de su semen y, más tarde, se corrió de nuevo y de nuevo…rindiéndose al irresistible dolor que le provocaban un orgasmo seco tras otro, mientras las horas continuaban fluctuando sin que la erección de Sesshōmaru diera señales de decaimiento.
Pero el Daiyōkai acabó por perder totalmente la compostura y el contacto con la realidad, mientras la frustración aumentaba sus palpitaciones a niveles insoportables.
«Al final seré yo el que reviente...», acertó a pensar cuando su corazón llegó al límite y un desesperado grito de rabia se abrió paso por su garganta. Se agarró con fuerza el pecho, a la altura de su corazón, pensando que realmente éste acabaría por abrirse paso a base de latidos para estamparse contra el suelo de la mazmorra. Su otra mano se colocó sobre la primera mientras cada latido retumbaba en sus oídos como un tambor taiko gigante. Tal vez a causa de esa taquicardia, su cuerpo acabo por paralizarse y desplomarse como un saco de patatas, hundiendo el rostro en el cuello de la Araña.
Durante más de diez minutos, permanecieron ambos inertes, tratando de recuperar el aliento, resollando como si se hubieran olvidado de respirar. Y sólo transcurrido ese tiempo, Naraku recuperó el contacto con la realidad y notó el bulto que seguía clavándose en su ingle.
«Esto es insano. Se supone que esta dosis no provocaría un efecto tan extremo.» Ya corrigió en su día la mezcla, cuando paso lo mismo con Rokurōta Kun y la anterior vez no hubo efectos adversos.
« El somnífero…» , se iluminó su mente de repente. «La mezcla de narcóticos siempre tiene efectos inesperados. Seré imbécil…»
— Dos a cero para ti, Sesshōmaru. — murmuró mientras se escurría de debajo del Daiyōkai y le daba la vuelta. —No logré volverte loco de placer, tan solo conseguí que acabases al borde de un paro cardíaco. Mientras que tú volviste a vencer, me sometiste, me mataste de gozo y disfruté cada maldito momento. Pena que no me llegases a matar de verdad.
Naraku no sabía si el Daiyōkai oía o procesaba sus palabras, pero los dorados ojos seguían ardiendo lujuriosos e insatisfechos. Se tumbó junto a el y comenzó a acariciar suavemente su vientre. Un roce como una pluma sobrevoló las sensibles marcas de sus costados y pubis, provocando leves estremecimientos a su paso.
Poco a poco las pulsaciones de ese desbocado corazón se fueron calmando y a las manos de Naraku se sumaron su talentosa lengua y labios.
—Haz que me corra. — acertó a ordenar Sesshōmaru, pero la frase tenía demasiado de súplica para pasar por una orden. Y Naraku no la necesitaba, ya sabía por anteriores experiencias cuál era el camino a tomar.
Se subió encima de su prisionero e introdujo con sumo cuidado el pene palpitante en su más que abusada entrada, aguantó el insufrible dolor, esta vez en solitario, y comenzó a moverse con lentitud y gracia, ofreciendo a Sesshōmaru su pose más provocativa. No separaron sus miradas ni durante el rítmico balanceo, ni durante los húmedos y profundos besos; era un reto… El último duelo de voluntades.
Pero Naraku sabía que eso no sería suficiente… Solo conocía una probada solución. Pego un largo trago de agua adulterada y dejo le Sesshōmaru lamiese las gotas que se escurrían por su barbilla. Era lo que ambos necesitaban: un último estímulo en la recta final. Él para aguantar el dolor y Sesshōmaru para perder el sentido y dejarse hacer.
Al cabo de cinco minutos más y gracias a la mejor técnica de la Araña , el Daiyōkai volvió a gemir y cerró finalmente los ojos, otorgando al menos esa pequeña victoria a su adversario.
Esa fue la señal para que Naraku desplegará cada uno de sus recursos: los dedos se alargaron en tentáculos, la lengua dobló su longitud y su yoki se tornó morado claro mientras un genjutsu ilusorio llenaba de sonidos sugerentes, olores enloquecedores y imágenes de belleza abrumadora, el ambiente de la celda.
Sesshōmaru se volvió a dejar llevar, vaciando su mente de todo y concentrándose en las decenas de acariciantes elementos que eran capaces de estimular cada uno de sus puntos erógenos a la vez. Disfrutó la cálida sensación que envolvía su pene con ansia e ignoró deliberadamente la idea de darle vueltas el hecho de que un húmedo elemento no identificado viajase cada vez más abajo describiendo círculos en torno a ese lugar que nadie se había atrevido a tocar con anterioridad.
No… no pensaría en ello, no quería saberlo. Escalaba poco a poco, la torre de su placer, esta vez sin compañía de dolor alguno. Una sensación nueva y singular lo hizo plantearse si realmente algún entre extraño se había introducido en su interior pero entonces ese posible ente rozó algún lugar secreto que encendió la mecha de la explosión que barrería con los restos de su cordura. Descargas de un placer nuevo, desconocido y apabullante lo sacudieron y una palabra que jamás pensó que diría en tales circunstancias, tomo la iniciativa de escalar por su garganta.
— Más…
«¡Por fin!», la felicidad que invadió a Naraku al escucharla, no era comparable a nada que hubiera sentido antes. Tan solo una palabra fue suficiente para dar sentido a todo el duro esfuerzo y dolor.
Si Sesshōmaru dijo algo más después de eso, sólo el espíritu que lo complacía pudo escucharlo. Nuevos elementos desconocidos se introducían y salían de su interior, pulsando ese mágico lugar una y otra vez. Los recibía de buena gana y rogaba que aumentase el ritmo y cantidad. Cada suplica era satisfecha generosamente y continuaba elevándole, paso a paso, suspiro a suspiro, hasta que por fin pudo ver la cumbre tanto tiempo inalcanzable
Naraku trató de absorber cada imagen y grabarla con fuego en sus recuerdos. Sin duda recordaría hasta el día de su muerte ese hermoso cuerpo arquearse y derretirse bajo sus dedos. La semilla del Daiyokai, tanto tiempo esperada, se derramó por todo su vientre pero Naraku no permitió que una sola gota llegase a desperdiciarse. Su sabor salado y amargo le supo a gloria y trato de grabar ese recuerdo en la base de su lengua también.
El placer que había obtenido, junto al dolor que acompañaba cada movimiento de su cuerpo maltrecho, eran su ofrenda. El placer que lograba finalmente provocar tras tantas horas de esfuerzo y fracaso, fue su premio más atesorado. Definitivamente no le habría importado morir en ese momento.
Sería mucho más fácil que encarar el mañana tras algo así.
No sabía, por primera vez en su vida, qué plan seguir… e intuía que sería incapaz de hacerlo hasta que se comprendiera a si mismo. Sus sentimientos por el Lord del Oeste eran el culmen de lo incomprensible de toda su incomprensible existencia. Sólo estaba seguro de una cosa: mucho más placer y dolor estaban por venir.
Obsesión y orgullo... Fascinación y odio... Dolor y placer… Extremos de una cuerda que quedan firmemente enlazados al doblarla y atarlos. Naraku y Sesshōmaru: dos extremos de una cuerda que se va enredando y acumulando atadura tras atadura.Maniatados por la fuerza, por ironías del destino o por justicia kármica. Uno junto al otro se debaten, como moscas atrapadas en una telaraña.Tiran de la cuerda cada uno hacia su lado… sin darse cuenta de que, cuando tiras de los extremos de atados una cuerda, el nudo que los une solo se va apretando más y más, hasta que llega un momento en que es imposible desatarlo.
