Capitulo IX: Baskerville
Bajo la sombra de noche, se refugiaba un hombre encapuchado. Caminaba lento, pues se hallaba cansado. Aquel cuerpo con que daba cada paso se hacía ajeno a él. El susurro del viento se escapaba entre su largo y negro cabello, al igual que los murmullos de un extraño que estaba dentro de su cabeza. Intentaba no hacerle caso. Ignorarlo. Hacerlo a un lado de una vez por todas. Pero ese tipo era persistente.
Hurgo en los bolsillos de su larga túnica negra hasta encontrar un frasco que contenía dos píldoras. Bendita clorpromazina. El hombre no dudo en llevarse las dos píldoras a la boca y tragárselas de inmediato. Seguramente le dolería el estómago por tomárselas antes de tiempo pero valía la pena. Le faltaba poco para llegar al pueblo muggle más cercano. Como siempre, se escabulliría en la bodega de alguna farmacia para conseguir más del antipsicótico con un poco de haloperidol. Aquellos fármacos eran quienes mantenían a raya al otro sujeto.
Con mayores fuerzas de seguir, Antioch Banner apresuro el paso al ver las luces de algunas casas lejanas del pueblo de Baskerville. Al ver algún auto que emitía luces rojas y azules circulando en las cercanías, se ocultó en detrás de unos arbustos. Supuso que eran los policías locales. Dio un suspiro de alivio al verificar que no lo divisaron. Se sentía demasiado débil para realizar un encantamiento desilusionador. Enfocaba toda su voluntad en mantenerse lúcido.
Además, no podía arriesgarse a ser visto. El otro sujeto había causado muchos problemas cuando le permitió entrar en su cuerpo aquella vez. Le daba vergüenza, rabia y asco al recordar a ese sujeto. Desde que tenía memoria que debía lidiar con él. Aun rememoraba el día en que lo internaron en un hospital psiquiátrico cuando cumplió los siete años de edad por su culpa. Las consultas con un terapeuta amargado y la convivencia con otros internos que poseían enfermedades iguales o peores que la suya no eran nada comparado con la terapia de electro shock. Le dio escalofríos en la espalda cuando recordó el dolor insoportable en cada musculo de su cuerpo.
Y todo por las acciones de ese malnacido. De ese lunático y psicópata. Como una rata, se escabullía en su mente, adormeciéndolo mientras el tipo hacia alguna fechoría. Y, de alguno u otra manera, terminaba en medio de un escándalo: desmembrar a mascotas ajenas, dañar psicológicamente a gente que lo rodeaba y casi asesinar a un compañero de clase en la primaria al tratar de hacerle una lobotomía. Para ese sujeto, todo aquello lo consideraba un pasatiempo. Lo único bueno que pudo rescatar cuando lo diagnosticaron de "esquizofrenia indiferenciada", fue las recetas de antipsicóticos. Aminoraba sus acciones. Solo podía oírlo dentro de su cabeza tarareando un verso de alguna oda cuando se daba cuenta que le habían arruinado la diversión.
Todo aquello le había impedido tener relaciones de cualquier tipo en su comunidad. A sus padres se les acababan las excusas cuando otras personas iban a su casa y exigían encerrarlo en prisión por sus actos. Y no faltaban los insultos de camino al colegio, sin mejorar el hecho que a los ocho años comenzaron situaciones extrañas cuando era perseguido por unos compañeros (las cosas que le tiraban rebotaban sin explicación antes de que lo llegase a tocar e iban a dar a otra casa). Si no hubiera sido por su carta anunciando su entrada al colegio norteamericano Ilvermorny de magia y hechicería, quizás no hubiera podido aguantar todo lo que había pasado.
Ilvermorny fue una bendición y su segundo hogar. Conoció a mucha gente que lo acepto en su círculo de amigos. Por lo que, para no echar todo por la borda, se aseguraba de tomar los antipsicóticos cuando debía y que nadie se diera cuenta. Sin embargo, no todo secreto era eterno. Su difunto amigo Erwin Moore termino descubriendo que las píldoras no eran vitaminas. Fue el único que supo de su loco pasado y tuvo suficiente tacto de no decirlo a nadie en los cinco años de amistad hasta su trágica muerte a manos de un licántropo. Se llevó el secreto a la tumba y Banner agradeció ese gesto hasta el día de hoy.
Por Erwin, pudo graduarse sin problemas del colegio de magos, viajar por el mundo en búsqueda de las criaturas más extrañas y conseguir un empleo como profesor en Hogwarts. No obstante, tuvo que tomar algunas precauciones. Falseo su historial médico cuando tuvo que enviar sus expedientes a las autoridades extranjeras y ocultar sus medicinas con magia cada vez que viajaba. Hasta se acostumbró a ocultar su verdadero color de ojos por mero capricho. O más bien, para no recordar a aquel sujeto, pues siempre le comentaba dentro de su cabeza que aquellos ojos lo tildaban como "persona del infortunio" y que su mera existencia significaba el caos.
Espantando aquellos recuerdos, Banner se dignó a moverse de su escondite hasta una caseta telefónica aislada en la entrada del pueblo, donde recupero el aliento cuando empezó a sentir nauseas por el efectos de las medicinas. Debía aguantar un poco más, se decía a sí mismo. Un poco más y tendría más armas para usar contra el lunático.
- No creas que te libraras de mí tan fácilmente – dijo una voz a sus espaldas.
Entonces, un hombre de aspecto salvaje, grande, de rostro maduro y lleno de cicatrices lo agarró del brazo antes de que pudiese escapar. El olor de Fenrir era asqueroso. Un hedor a sangre mezclado con sudor y carne podrida. Quería zafarse de él. Debía hacerlo pero sin el menor escándalo. No quería más heridos por culpa de ellos…
- ¡Expulso! – exclamo Banner con su varita bajo la túnica.
Fenrir, como si recibiera una bala de cañón, salió disparado lejos de su persona. Aprovechando la oportunidad, Banner corrió hacia la entrada de un bosque que estaba al costado. Debía escapar. Por el bien de todos, tendría que ocultarse de ese asesino antes de que fuera demasiado tarde, pues Fenrir era igual que ese sujeto que rondaba su cabeza. Venían del mismo lugar oscuro y desolado.
- Ese sitio es a donde perteneces – le decía una voz horrendamente conocida en algún rincón de su cabeza – Después de todo, eres una persona del infortunio. Solo existes para crear oscuridad…
- ¡Cállate! – le grito Banner mientras corría por un empinado terreno colina abajo.
- No tienes a donde escapar – le seguía hablando el sujeto – en el momento de tu nacimiento quedaste marcado con esos ojos y tu destino se cerró cuando te confirieron aquel nombre.
- ¡Basta! – vocifero Banner.
Banner seguía corriendo a través del bosque a toda prisa. En su desesperación por escapar, el hombre encapuchado tropezó con una raíz sobresaliente de un pino. Rodo hasta llegar a las orillas de un rio. Magullado, se levantó cojeando. Se había torcido el tobillo. Mierda. Debía encontrar algún escondite.
- ¿Crees que con solo esconderte darás término a esto?... – se atrevió a decir el maldito en un tono santurrón.
- Guarda silencio – le espeto Banner arrastrándose hacia el rio. Debía beber algo.
- ¿O acaso tienes la vaga ilusión de que con esa medicina me mantendrás a rayas?
El hombre se congelo. El imbécil había adivinado su plan, pensó Banner. No. Lo sabía desde un principio… oyó en su cabeza una risita burlona.
- Te contare un secreto – le hablo entre una risa que le resonaba hasta en sus oídos – aquellos… ¿Antipsicóticos les llamas?... como sea… esas cosas nunca me mantuvieron a raya. Es más, jamás han tenido efecto en mí.
- Imposible – murmuro Banner poniéndose nervioso.
- Oh, claro que es posible – se burló el malnacido de su cabeza – y te daré una demostración de ello.
Entonces, Banner empezó a sentir un dolor horrible en la cabeza. Su vista se volvía borrosa. Empezó a tomarse la cabeza. Ese dolor era insoportable. No obstante, Banner no le dejaría el camino libre tan fácil. Lucho por mantener su mente en el bosque y no ir hacia la oscuridad. Mantenerse consciente por el bien de todos… entonces, ya cerca del rio, vio su reflejo. Su rostro afligido se contrajo aún más al ver otra segunda figura. Era el mismo con una sonrisa malvada de oreja a oreja y con aquellos ojos que tanto despreciaba. Esos ojos carmesí…
- Vete a dormir por siempre – le escucho decir a su segundo yo.
El dolor se intensifico. Veía el paisaje dentro de un túnel. Sus fuerzas se agotaban. Entonces, Antioch Banner sucumbió en las sombras de un mundo desolador, desmayándose sobre la hierba. El hombre no tardo en volver en sí pero como un hombre completamente diferente y no paso mucho tiempo para que Fenrir lo alcanzara, con un humor bastante pesado.
- Como no te espantaste al verme, asumiré que eres el otro Antioch – sentencio Fenrir.
- Lo soy – le confirmo Antioch intentando levantarse – maldición, el idiota se torció el tobillo.
- ¿Se puede saber por qué dejaste que Banner tomara el control de nuevo? – farfullo Fenrir – ese tipo es un problema cuando recupera la conciencia. Me lanzo un maleficio bastante poderoso cuando escapo de la guarida…
- Mi querido Fenrir – le interrumpió Antioch con toda serenidad – por algo pedí que me vigilaras cuando estuviese durmiendo. Ese sujeto aprovecha cualquier oportunidad en donde me encuentre débil para salir. Fausto me dejo sin fuerzas cuando me enfrente a él.
- Pues, pídele a Bellatrix ser tu niñera – le soltó Fenrir enojado – ella por lo menos puede usar magia…
- Recuerda que ella tiene otra misión que cumplir – le espeto Antioch en un tono bastante severo – y no tiene suficiente tacto. Es capaz de matar al sujeto y todos nuestros planes se van de vuelta al abismo.
Acto seguido, Antioch acerco su mano al tobillo lesionado y murmuro algo sin sentido para Fenrir. En pocos segundos, el tobillo se había sanado.
- Además, sirvió de algo que se escapara – le comento Antioch con una sonrisa macabra – hemos llegado a mi querido pueblo…
….
Aquel primero de julio, Albus se encontraba en su habitación, alistando sus cosas para ir a la casa de Antonie. Su bolso estaba casi vacío, por lo que buscaba otra cosa útil que llevar. Después de todo, partirían muy temprano al día siguiente y no debía perder el tiempo ni la oportunidad.
Le había costado mucho convencer a su padre que lo dejase ir. No era que porque su familia no le agradara Antonie (con excepción de James, quien seguía antipático con su amigo) sino que Banner aún seguía suelto y no se ha sabido de su paradero desde su fuga del colegio, por lo que encontraba peligroso estar afuera. Pero no impidió a Albus que siguiera insistiendo.
Al principio su padre era como una muralla, no se inmutaba aunque le daba razones irrefutables para poder ir (¡Antonie, Rose y Michael también estuvieron implicados en ello e irán de todas maneras!, bramo Albus en la cena hace dos semanas) pero con los días, su padre se compadeció de que su hijo estuviese encerrado en la casa. Mas con su hermano mayor, quien su humor no mejoraba el asunto (su madre lo había castigado por sus malas calificaciones y por las notas del profesor Neville de que su hijo había tenido problemas con un compañero de la misma casa).
Pero la mayor razón y la que aun agradecía de todo corazón a su tío, era que su prima estaría con dos muchachos "desconocidos" en la casa de Antonie. Ese hecho no le hacía gracia al señor Weasley, por lo que le insistió más aun al señor Potter de que dejara a Albus ir para que su hija no estuviera sola y no tuvo más opción que hacerlo (el padre de Rose sufriría un ataque de nervios con solo pensar de que estaría sola con dos chicos, lo que a veces le hacía mucha gracias a Albus).
Rose había hecho los preparativos para determinar las dos semanas de su estadía en Baskerville. Escogió los días en que la luna estuviera completamente ausente (aunque Michael hubiese descubierto su transformación fuera de la luna llena, quería asegurarse de que no fuese un peligro para los demás por aquel astro).
Mientras que Antonie les explico en que zona se encontraba el pueblo, ya que Baskerville no figuraba en la red flu del Ministerio de la Magia. Era de esperarse, según Antonie, porque el único mago que habitaba era él. Además, no serviría aquel método debido a que la chimenea de la casa de los Smith era apenas una estufa para poner la leña. Incluyendo el factor de que no podrían aparecerse sus padres por no conocer el lugar. Entonces, solo les dejaba solo una opción: un traslador.
- ¿Qué tanto haces? – pregunto Fausto a sus espaldas.
Albus asomo la cabeza fuera del armario y vio al guardián parado, sujetando el báculo con una expresión de curiosidad. Esta vez, Albus no se asustó cuando este hablo. Después de un mes, se terminó acostumbrando a sus repentinas apariciones, sumando el hecho que identifico el leve frufrú característico de su larga túnica antes de que le dijese algo.
- Empaco – murmuro Albus – me iré a la casa de Antonie por tres semanas.
- Pensé que no irías después de que le gritaste a tu padre – comento Fausto sentándose en la silla que estaba en el escritorio.
- Iré de todos modos – le susurro Albus evadiendo ese hecho, avergonzado – por cierto, ¿Has tenido noticias?
- Ninguna – le respondió Fausto un poco molesto – Antioch sabe cómo esconderse. Maldita rata.
Albus comprendió a Fausto. Desde hace un mes que Fausto concentraba toda su magia para tratar encontrar a Antioch. Era la tercera vez desde ese tiempo que iba a verlo. Además, irse cerca de su carcelero le causaba tanto malestar como a Albus le daba pánico montarse en una escoba.
- Bueno, algún día tendrá que salir – farfullo Fausto para sí.
El muchacho siguió en la búsqueda de unas zapatillas mientras Fausto recorría su habitación y examinaba cada cosa que le pareciera interesante. Desde su computadora, nada pareció llamarle tanto la atención hasta que se detuvo en el estante y comenzó a registrar el contenido de un libro infantil.
Al salir del armario, Albus noto que su puerta se abría lentamente, dejando ver a su hermana pequeña. Lily, quien buscaba con sus ojos castaños algo por los rincones del cuarto Albus, no se dio cuenta que su hermano la miraba.
- ¿Qué buscas? – le pregunto Albus quitándoles de inmediato el libro a Fausto (aunque no pudiese ver y oír al guardia, vería el libro flotar).
- A Wilson – le respondió Lily agachándose para ver debajo de la cama de su hermano – no estaba en mi habitación ¿Lo has visto?
Albus miro sin entender aún más a su hermana. Wilson era el micropuff que le habían regalado en su cumpleaños número diez a Lily y nunca se separaba de ella cuando andaba por la casa. Esa bola peluda de color violeta no tenía ojos para nadie más, pensaba una vez Albus cuando James intento que le hiciese algún truco por comida.
- ¿Por qué estaría aquí? – le pregunto Albus extrañado.
- La vez pasada me vio guardar el libro de cuentos aquí – le explico su hermana – y quería que le contara más cuentos.
La chica siguió registrando los estantes mientras Albus dejaba el libro en el escritorio cuando, para su desagradable sorpresa, encontró aquella bola de pelos parada en la cabeza de Fausto, sin que el guardián lo hubiese notado. Quería sacarlo de ahí antes de que Lily lo viera pero no alcanzo. Su hermana se dio la vuelta y dio un chillido de asombro tan agudo que Fausto se tapó los oídos para no escucharla.
- ¡Wilson está flotando! – exclamo Lily emocionada caminando hacia su mascota.
Antes de que la chica pudiese tomarlo, Albus lo agarro entre sus manos. Había estado a punto de notar la presencia de Fausto. Su hermana hizo un puchero al ver que le arruinaron el espectáculo de su mascota.
- Para que no se vuelva a perder – se excusó Albus dándole el micropuff un poco nervioso.
Sin embargo, el micropuff salto al escritorio y se posó encima del libro de cuentos, mirando a su dueña con esos ojos brillantes de entusiasmo. Una clara señal de que lo quería, pensó Albus. Lily lo tomo con cuidado para dejarlo en su hombro, tomo el libro de cuentos y se recostó en la cama de Albus para leerle algo a su mascota. Su hermano estaba a punto de decirle que se llevara el libro pero Fausto estaba tan interesado en el contenido de aquella obra que prefirió dejar a Lily leer en voz alta sobre "El Mago y El Cazo Saltarín" mientras seguía reuniendo lo necesario para su salida.
Mientras determinaba si llevar "Snap Explosivos", escucho reír a Fausto cuando Lily relataba las desgracias que le ocurría al mago por cada mala acción que hacía. Albus se sorprendió mucho, pues Fausto, nunca había reído de esa manera en todo el tiempo que lo conocía. De hecho, jamás reía. Siempre estaba con aquella expresión insoldable y seria. Muy pocas veces mostraba molestia y solo conocía aquella faceta gélida.
Cuando Lily termino de narrar el cuento, James abrió la puerta. Con una expresión curiosa, miro el libro que tenía su hermana pequeña en la mano y dio un resoplido.
- ¿Por qué le cuentas una historia para bebes? – le pregunto James divertido.
- A Wilson le gusta esa historia – le contesto Lily acariciando a la bola de pelos violeta.
- Y apuesto que es la única que le has contado – le dijo James entornando los ojos.
- También le he narrado "La Fuente de la Buena Fortuna" – le contradijo Lily.
James entro a la habitación y se sentó a los pies de la cama mientras Albus guardaba una chaqueta en el bolso. James le quito el libro de las manos de su hermana y hojeo hasta las últimas páginas. Albus sabía cuál iba a contar y su hermana también. Era la historia favorita de James desde que tenía cuatro años: "La Fábula de los Tres Hermanos".
- ¡Esa historia no! – le espeto Lily cuando se leyó el titulo – le dará pesadillas.
- Descuida – le calmo James – si no se moja en la cama como Albus lo hizo, dudo mucho que le dé pesadillas.
James aclaro un poco la garganta mientras Albus se puso colorado y solo quería lanzarle el par de pantuflas por la cabeza al recordarle tal evento. Mientras, Fausto ponía toda su atención al chico de catorce años que comenzaba a relatar el cuento en el tono más siniestro posible y realizaba una pausa de vez en cuando para alzar la vista hacia sus hermanos y a la criatura peluda que se apegaba más a su dueña por el miedo.
En el momento que James llego a la parte en donde el primer hermano de la historia reclamaba la varita del sauco, Albus noto un ligero malestar en su cabeza. Con mucha discreción, miro a Fausto, quien había cambiado totalmente su expresión. No era la gélida de siempre, ni aburrimiento o la faceta divertida de la historia anterior. Era una mezcla de asombro y terror.
Entonces, el muchacho de ojos verdes se sintió mareado y unos vagos murmullos escucho dentro de su cabeza, seguida de una oleada de terror. Le lanzo una mirada al guardián que aún estaba en una especie de shock. Quería que volteara. Ese malestar no era normal y sabía que algo tenía que ver con el guardián o con el lunático tenía que ver. Entre tanto, James no se había dado cuenta de aquello. Estaba muy entusiasmado infundiendo el terror al pobre animal y su dueña lo miraba con reproche mientras murmuraba algo indescifrable para ambos chicos.
A medida de que el mayor de los tres Potter continuaba leyendo, los murmullos se hicieron más persistentes hasta convertirse en gritos tan claro y fuertes que casi creyó que era alguien le bramaba al oído un hombre "¡Es tu culpa por darle esa varita! ¡Nunca debiste crear esa aberración en primer lugar!". Albus se sintió cada vez más enfermo y la vista se le volvía borrosa. Tuvo que apoyarse en el escritorio mientras se resistía a sucumbir ante el malestar.
Cuando James narraba el trágico suceso del segundo hermano, Fausto se puso nervioso mientras meneaba la cabeza de un lado a otro, tratando de no escuchar aquella historia.
- Cállalo – murmuro Fausto, mientras Albus sentía sus labios moverse al son de los labios del guardián.
Un miedo repentino se apodero del muchacho de ojos verdes en el momento que una imagen de alguien que abría lentamente la puerta de una cabaña se le apareció en el instante que cerró los ojos por unos segundos. Lo único que podía distinguir de la oscura habitación era la figura de un hombre, suspendido en el aire…
- Basta – mascullo Fausto en un tono desesperado y cada vez más alto.
Entonces, Albus se dio cuenta, con horror, que una cuerda sujetaba el cuerpo de un hombre desde su cuello a una viga. Un grito desgarrador escucho dentro de su cabeza, seguidos por sollozos de un segundo personaje. "¡No! ¡Cadmus! ¡No!" oyó la voz de Fausto en un desconsolado murmullo.
Su brazo se debilito y termino perdiendo todo apoyo para mantenerse en pie, golpeándose en la cabeza con el respaldo de la silla y cayendo al suelo de rodillas. El dolor agudo en la cien lo hizo reaccionar mientras James soltaba una risotada de niveles desproporcionales. Lily tampoco pudo evitar reírse de la caída y el golpe repentino. Pero a Albus no le hizo ninguna gracias, por lo que echo a sus hermanos fuera de su habitación. Además, quería hablar a solas con Fausto.
- ¿Qué diablos fue eso? – le pregunto Albus.
- No sé de qué hablas – le respondió Fausto un poco aturdido.
- Esas imágenes – le especifico Albus, ya impaciente – había un hombre colgado y voces que sonaban dentro de mi cabeza.
Fausto se quedó en silencio. Por primera vez, el guardián no sabía que responderle a Albus. Y era la primera vez que su rostro reflejaba el peso de una gran angustia.
- Eran mis desafortunados recuerdos – le contesto Fausto tras una larga pausa, con una voz casi inaudible.
Acto seguido, Fausto desapareció, dejando aún más confundido al muchacho de ojos verdes en aquella habitación y con un enorme chichón en la cien. Aquel suceso no dejo indiferente a Albus y no lo dejo dormir en gran parte de la noche mientras se hacía miles de preguntas: ¿Por qué de manera tan repentina Fausto empezó a rememorar aquellos acontecimientos? ¿Y por qué le afectaban a él? La imagen del hombre colgado aún seguía aferrado a la retina. Se estremeció al recordar los gritos y sollozos del guardián.
El chico dio miles de vueltas en la cama antes de dignarse a dormir algo, pues a las seis de la mañana sintió el despertador sonar. Resignado, se levantó de su cama y despojo de su pijama para ponerse la ropa de salida. Llevo su bolso y una mochila y salió de su habitación con un poco de dificultad. Aunque dentro de un mes y medio cumpliría doce años, Albus noto que no había crecido nada. Seguía pequeño y escuálido, como siempre le recordaba James quien crecía sin parar cada año. Y le era un problema cargar con un bolso que era más alto que sus piernas.
Entonces, una fuerza invisible hizo levitar el bolso y por su propia cuenta, floto escaleras abajo. Miro y vio a su padre agitando la varita.
- Buenos días – le saludo el hombre con un gran bostezo.
- Buenos días – le dijo Albus un poco divertido por la cara de somnoliento del señor Potter y los mechones más disparatados que cuando iba a trabajar.
Ambos bajaron a desayunar a la cocina y se encontraron con la madre de Albus durmiendo encima de la mesa entre miles y miles de notas deportivas de Quidditch y la computadora portátil encendida con un protector de pantalla de burbujas. Su padre se rasco la cabeza murmurando algo que no comprendió Albus y sacudió un poco el hombro de la señora Potter. La mujer dio un respingo y miro a su esposo.
- ¿Qué hora es? – le pregunto la señora Potter un poco desorientada.
- Las seis y media – le contesto Albus.
Maldiciendo por lo bajo, Ginny Potter junto todas las notas y las transcribió tan rápido como pudo en la computadora mientras el señor Potter el desayuno para los tres. Albus observo a su madre durante unos minutos y se preguntaba que nota tan extensa habrá estado escribiendo para El Profeta que no la dejo dormir en varias noches. En varias ocasiones de ese verano, había sorprendido a su madre durmiendo en la cocina o en el living entre miles de pergaminos. Y no se atrevía a interrogarle ahora debido al estado alterado en el cual se encontraba.
- ¿Lo harán público hoy? – le pregunto el señor Potter a su mujer mientras le dejaba un café al lado de la computadora.
- Tal vez – le limito a contestar la señora Potter mientras se concentraba en su trabajo – luego te cuento.
Albus comió el arenque que le preparo su padre con un zumo de naranja mientras intentaba leer la pantalla. En grandes letras negras rezaba en el artículo "GRAN MAFIA EN LAS LIGAS MAYORES", por lo que le dio a entender al muchacho la razón de esas noches sin dormir. Un caso de corrupción en el mundo del Quidditch era la noticia del siglo. Después de unos minutos, la señora Potter termino de transcribir todo, cerro la computadora y fue rápidamente a cambiarse de ropa a toda prisa con la taza de café en la mano.
Tras un cuarto de hora y haber terminado de comer, Albus se despidió de una madre muy atareada y fue con su padre a la chimenea. Aseguro todo lo necesario antes de tirar el polvo flu y dirigirse a la casa de Rose. Después de dar un paso en la residencia Weasley, se vio abrazado de su prima y, para su sorpresa, Michael se hallaba parado detrás de ella y parecía que había crecido bastante.
- Es bueno verte, compañero – le saludo Michael con una gran sonrisa cuando pudo librarse de Rose.
- Lo mismo digo – le contesto Albus estrechándole la mano.
Entonces, sentado en los sillones aterciopelados y en pijamas, Hugo miraba con atención a Michael. El hermano menor de Rose era pecoso y casi de la misma altura de Albus, con una cabellera pelirroja y de ojos cafés.
- Hola – le saludo Albus a su primo menor.
- Oye, ¿es cierto que ese es novio de mi hermana? – le pregunto Hugo de manera repentina señalando a Michael y riéndose entre dientes.
- Déjate de idioteces, Hugo – intervino Rose muy molesta – y procura no decirlo delante de papá.
Hugo solo se limitó a reír descaradamente mientras se recostaba en el sillón. Albus noto que Michael se coloro un poco cuando hablo Hugo y tuvo la gran idea de mirar hacia la chimenea para que ningún Weasley se diera cuenta.
- ¿Cuándo llegaste? – le pregunto Albus a Michael para cambiar el tema.
- Hace tres días – le respondió el chico de la larga cicatriz en la cara – mi madre tuvo que hacer un viaje por trabajo, así que me trajo antes.
Tras unos segundos después, apareció el señor Potter sacudiéndose el hollín de la chimenea, mascullando que nunca se podría acostumbrarse a trasportarse por la chimenea. En ese momento, Hugo llamo a su padre quien no tardó en aparecer en el living. Le dio una cálida bienvenida a su cuñado y sobrino.
- ¿Dónde está Hermione? – le pregunto el señor Potter a su cuñado.
- Descansa un poco – le contesto el señor Weasley – recién ayer pudo dormir tranquila tras dar el discurso de campaña. Prefiero no despertarla.
Albus había olvidado que su tía Hermione había postulado para ser la próxima Ministra de la Magia hace dos semanas. La noticia había salido en los diarios y en la radio, dando grandes expectativas entre los votantes, según los medios. Miro a su prima en señal de aprobación y Rose no podía estar más orgullosa de su madre.
Después de que el señor Weasley invocara por arte de magia las cosas necesarias para el viaje y decirle a Hugo que cuidara a su madre mientras estaba afuera, saco del bolsillo de su túnica una bota vieja y raída.
- Está programada para las ocho en punto – menciono el señor Weasley mirando su reloj de mano – falta dos minutos – luego, se dirigió a los tres muchachos – deben tocar el traslador y manténganse juntos. Rosy, mantente a mi lado, no quiero que te pierdas.
- Papá, se cómo funciona un traslador – repuso Rose entornando los ojos.
En cuanto faltaba un minuto para cumplir la hora, los tres chicos se aferraron a los adultos presentes y tocaron la bota. Entonces, los efectos del traslador no se hicieron esperar, haciendo que Albus sintiera que estaba suspendido en el aire y que giraba a gran velocidad. El living de la residencia Weasley había desaparecido, formando un gran remolino de tonos azulados claros y con leves rayos amarillos.
Cuando Albus creyó que iba a vomitar, los efectos pararon en seco, expulsándolo fuera del remolino y cayendo sobre la hierba fresca. Noto que su amigo y prima habían terminado de la misma manera mientras que los dos adultos descendieron suavemente hacia el frondoso bosque de Wistman.
Los robustos arboles rodeaban al grupo de magos en una hilera que no tenía fin. Leves rayos de sol atravesaban las hojas, dejando ver los sinuosos caminos cubiertos de miles de plantas, hierbas y raíces de los ancestrales troncos que sobresalían de sus cimientos. Lianas y enredaderas adornaban de manera majestuosa a los arboles más altos, siendo el hogar de muchos pájaros que cruzaban de un tronco a otro y observaban a los extraños en su territorio.
Albus no podía imaginar un bosque con tal tranquilidad y tan maravilloso como ese. Aunque era una simple reserva natural, sentía algo mágico en el ambiente. Entonces, miro a su prima y amigo, quienes también admiraban el lugar mientras que el señor Potter y el señor Weasley decidían hacia donde caminar.
- Veamos – dijo el señor Potter mientras observaba con cuidado – según las instrucciones del muchacho, debemos estar cerca de un claro.
- Creo que lo encontré – anuncio el señor Weasley al divisar un lugar en donde entraba la luz del sol.
El grupo de magos avanzo hasta donde los arboles dejaban de crecer, cegándose por la luz del sol por unos minutos. Albus observo un valle bastante extenso y que iba colina abajo. Sin embargo, no estaban solos. A unos doscientos metros de ellos, había una figura de un chico de piel centrina que vestía una chaqueta, jeans y zapatillas. A lo lejos, Antonie hacia señas para que lo divisaran. No tardaron en llegar a él.
- Veo que no tuvieron problema en llegar – comento el chico de piel centrina estrechándole la mano a Albus con una gran sonrisa.
Después de saludar a todos, los cuatro chicos con el señor Potter y el señor Weasley caminaron colina abajo. Pudieron ver miles de casas que se extendían hacia lo que era el centro del pueblo de Baskerville, donde estaba más edificado. Albus debía admitir que era un pueblo bastante más grande de lo que creía al principio. Siempre que hablaba con Antonie algo de su pueblo natal, este se refería a un pueblo "pequeño". Sin embargo, esto se extendía varios kilómetros a la redonda.
- No falta mucho – les aviso Antonie al cabo de quince minutos.
Entonces, el muchacho de ojos verdes diviso una cabaña muy rustica pero cuando estuvieron a pocos metros de ella pudo apreciarla mejor. Con unos troncos gruesos de pinos se establecían los pilares principales de la casa. Incluyendo el pórtico (que tenía un amplio sillón de madera, hecho a mano) y otros se apilaban uno por uno para formar el muro exterior de la casa. Las ventanas eran amplias y protegidas por una reja en cada una de ellas. Una pequeña chimenea de metal emitía alguna humareda. La parte de atrás podía verse cercada con algunos pedazos de leñas apilados, formando una pirámide lo bastante grande.
- Mi hogar – indico Antonie a sus visitantes mientras subía los escalones del pórtico y colocaba las llaves en la cerradura, dándole vueltas y abriendo la puerta. Entonces, en un tono más alto, anuncio a una segunda persona – ¡Mamá! ¡Llegamos!
Los cuatro visitantes entraron a la cabaña y Antonie los guio hasta la sala mientras iba en busca de su madre en algún rincón de la casa. Albus se fijó que era más grande de lo que aparentaba. En aquel lugar había cuatro sillones, de los cuales uno era bastante amplio para que estuviesen dos personas adultas y tres chicos, además de una mesa que llevaba algunos adornos de cerámica, un televisor con un pequeño mueble con recuadros con fotografías, una estufa a leña y algunos floreros, acomodados todos de manera que ninguno chocara contra las otras cosas o estorbara a alguien al caminar.
- Es bastante acogedor – admitió el señor Weasley a su cuñado, quien estuvo de acuerdo.
Entonces, los invitados escucharon ruidos de golpes fuera de la casa. El señor Potter fue el único que se atrevió a abrir la puerta y ver qué era lo que ocasionaba aquel ruido. Fue hacia el pórtico y, de repente, Albus vio por la ventana de la sala algo volar por los aires y chocar contra la cabeza de su padre. El señor Weasley no dudo en ir en ayuda de su cuñado pero tuvo la misma suerte.
Los tres chicos vieron a los dos adultos inconscientes mientras Antonie llegaba al lugar al no encontrarlos en la sala. Sus ojos se pusieron como platos al verlos y dos trozos de madera cerca de la escena del crimen. Luego, miro a unos pocos metros de la casa, en la parte cercada. Alguien se encontraba cortando leña. Antonie se dio una palmada en la frente. Bastante avergonzado, murmuro algo como "otra vez" y bajo los pocos peldaños del pórtico, yendo hacia una mujer que acomodaba un pedazo de tronco bastante robusto para cortarlo con unos audífonos bastantes grandes. Antes que se pusiera a cortar leña de nuevo, Antonie le toco el brazo. La señora Smith se alegró de verlo y se quitó los audífonos, dejando oír música con un volumen considerable.
- Buenos días, hijo – le saludo la señora Smith – no te oí llegar.
- Mamá, lo hiciste otra vez – le dijo su hijo apuntándole al pórtico.
- ¿Qué? ¿De nuevo le di al cartero con la madera? – le pregunto la mujer preocupada e intentando ver a la persona quien había herido.
- Esta vez, al señor Potter y al señor Weasley – le contesto Antonie.
La señora Smith dejo el hacha con la que cortaba los troncos tirada en el césped y fue de inmediato donde los dos magos inconscientes. Entre pánico y preocupación, pidió a su hijo que llevara el botiquín de primeros auxilios a la sala y con ayuda de Albus, Rose y Michael llevó al señor Potter y al señor Weasley de vuelta a la sala. En cuanto despertaron entre pequeños golpecitos en la cara y un poco de agua en la misma, la señora Smith les puso hielo en las frentes.
- ¡Lo siento muchísimo! – exclamaba por décima vez la mujer muy apenada mientras le quitaba una astilla al señor Weasley de la ceja y le aplicaba alcohol.
- No pasa nada – le decía por décima vez ambos magos.
- Sobre todo a usted, señor Potter – siguió diciendo la señora Smith al mirar su frente – llamare a un médico para que cierre esa herida en su frente.
- Solo tengo un chichón – apresuro a decir el padre de Albus mientras se acomodaba la bolsa de hielo en la frente – no hay herida. La cicatriz que he tenido por años debió hincharse por el golpe.
Albus miro la frente de su padre cuando se quitó la bolsa de hielo: parecía un huevo al que habían cocido y abierto un poco con un cuchillo. El muchacho de ojos verdes también hubiera pensado que aquel tronco le había ocasionado una herida grave.
Después de curar algunas heridas, la señora Smith les preparo un poco de té (según ella, para calmar los dolores). Mientras los adultos platicaban, los cuatro chicos fueron a dejar los bolsos en la habitación de Antonie, que se encontraba al fondo de la casa (junto a la habitación de la señora Smith). En cuanto abrió la puerta, Albus vio el cuarto de su amigo. Había tres poster de algún conjunto musical muggle pegados al muro color celeste y sin ventanas, una cama, un mueble con varios libros de novelas (muchos de ellos los había visto en Hogwarts cuando el chico de piel centrina se aburría de estudiar y leía), un baúl, un escritorio con computadora y lámpara incluida. Era bastante grande.
- No es mucho – decía Antonie mientras dejaba en un rincón los bolsos – pero es mi habitación.
- A mí me parece genial – comento Albus con toda sinceridad.
- Ya lo creo – dijo Michael mientras se acercaba a la computadora y veía los cables – ¿Cómo funciona esto?
- Te lo mostrare después pero no toques los cables – le contesto Antonie ante un pequeño susto – aún tengo un enredo con eso y el modem del internet me costó mucho configurarlo.
- ¿Qué es "internet"? – pregunto Michael aun sin entender.
Mientras Antonie y Rose trataba de explicarle de la manera más simple el concepto de internet, Albus miraba el librero y leía los títulos de algunos. Y como suponía, la mayoría eran del género del horror y/o policiaco. "IT", "POST MORTEM", "El Perfume, historia de un asesino" y "El silencio de los corderos" eran alguno de los libros que tenía por ahí.
Luego de volver a la sala y despedirse del señor Weasley y el señor Potter hasta desaparecer, la señora Smith preparo el desayuno mientras los chicos "iban a acomodar sus cosas". Pero en verdad, Antonie le urgía hablar con sus amigos a solas. Y Albus sabía de qué tema se trataba.
- He intentado estas semanas sonsacarle algo a mi madre algo de información de mi padre – le conto Antonie en voz baja mientras cerraba la puerta – pero no me ha funcionado – luego miro directamente a Albus, quien se encontraba con Rose y Michael sentados en el piso alfombrado – Al, ¿Podrías llamar a Fausto?
- ¿Quieres que vea dentro de su cabeza? – le pregunto Michael.
- Tengo dos teorías – le respondió Antonie – la primera es que sus recuerdos estén modificados, como lo hizo conmigo. Y la segunda es que no quiera decirme lo que sabe.
- Lo que no entiendo es por qué te ocultaría que tu padre era mago – comento Rose.
- Eso también quiero entender – dijo Antonie pensativo – Al, ¿Me harías ese favor?
- Por supuesto – le respondió Albus y después exclamo al aire – ¡Fausto!
Sin embargo, el guardián no apareció de manera instantánea como la otra vez. Era más, lo llamo varias veces pero no hubo respuesta. Ni siquiera la voz de Fausto se hizo escuchar.
- Esto es extraño – admitió Albus después de llamarlo por enésima vez – él normalmente acude de inmediato.
- Tal vez estará ocupado – supuso Michael encogiendo los hombros.
- No lo creo – respondió Albus frunciendo el ceño, pensando – Fausto aprovecha cualquier oportunidad para no estar cerca de su carcelero. A menos que sea por lo que ocurrió ayer…
Entonces, Albus les conto sobre los recuerdos crudos que se cruzaron dentro de su cabeza, de cuales no eran suyos, sino del guardián mientras James leía aquel cuento infantil.
- ¿Antes te había pasado? – le pregunto Antonie un poco preocupado.
- No – le contesto Albus – y debió afectarle demasiado para no querer venir ahora.
- ¿Solo por leerle "La Fábula de los tres Hermanos"? – pregunto Rose extrañada.
- ¿Qué cuento es ese? – pregunto Antonie curioso.
- ¡Por Merlín! ¿Cómo no lo conoces? – exclamo Michael.
- Me he criado con muggles, ¿Recuerdas? – le contesto alzando una ceja el muchacho de piel centrina.
- Es un cuento para niños magos – le respondió Rose sin tomarle mayor peso al asunto – por lo cual es más extraño aún que Fausto se haya puesto así con solo escucharla.
- De todos modos, – dijo Albus – creo que no estará presente aquí en nuestro mundo por un buen tiempo aunque lo llame.
Y no se equivocó. Fausto no apareció en todo el día en que los chicos se encontraban en la casa por si volvía y cambiaba de parecer (uno nunca sabe, pensó en un momento Albus mientras ayudaba a Antonie a acomodar los leños del patio cercado). Menos en la noche. Por lo que se daba por vencido de que volviera como otras veces.
Al día siguiente, los chicos decidieron ayudar a Antonie buscar información de su padre de otra forma: si la señora Smith ocultaba algo, debía tener alguna fotografía oculta en su cuarto o algo que ayudara a ver el nombre del mago desconocido. En eso, Rose tenia ventaja. La chica, por especificaciones del señor Weasley, debía dormir en el cuarto de la señora Smith (a Rose no le hizo mucha gracia al principio pero no tenía opción si quería quedarse por tres semanas). Podía ir y venir a su antojo al cuarto de la señora Smith sin que la mujer sospechara de algo. Sin embargo, los chicos tenían otra tarea que también era importante: distraer a la madre de Antonie (se había tomado semanas de descanso en su trabajo en el minimarket) mientras Rose registraba la habitación.
Después de desayunar, pusieron en marcha el plan. Albus y Antonie se quedaron en la cocina con la señora Smith mientras Michael vigilaba el pasillo que conducía a las habitaciones. La madre de Antonie sentía mucha curiosidad por el padre de Albus, ya que era el héroe de su hijo (Antonie se puso rojo cuando lo menciono con tanto ahínco) por lo que no paraba de preguntarle cualquier cosa que le venía a la cabeza.
- ¿En qué trabajo tu padre, Albus? – pregunto la señora Smith mientras lavaba los platos en el fregadero.
- Él es jefe del departamento de Seguridad Mágica en el Ministerio de la Magia – le contesto Albus mientras recibió los platos para secarlos. Aunque no estaba seguro de que la señora Smith le hubiese entendido, así que le especifico más. De todos modos había que hacer el mayor tiempo posible para que Rose buscara hasta el último rincón de la habitación.
- O sea, es como un teniente del departamento de policía – dijo la madre de Antonie, tratando de entender exactamente el trabajo del señor Potter.
- Yo diría de mayor rango – comento Antonie.
En ese momento, tocan la puerta seguido del chirriante abrir de ésta y una voz potente de una chica que venia del umbral de la puerta principal.
- ¡Hola! ¡Señora Smith! ¡Soy yo! ¡Le traigo el inventario!
Albus se congela al recordar a la dueña de la voz, quien no tardó en aparecer. Era la chica de ojos bicolores y esta vez, llevaba unos shorts color verde y un poleron negro con unos dibujos estampados en el lado izquierdo. Aquellos ojos miraron con avidez a Albus, lo cual hizo que su cara pusiese tan colorada como lo permitiese su sangre.
- Muchas gracias, Tania – le dijo la señora Smith mientras la chica se sentaba para darse un respiro. Se veía cansada, lo cual noto la mujer – déjame servirte un vaso de zumo de naranja.
- Gracias – le dijo Tania con una sonrisa tan hermosa que Albus se le resbalo una taza y Antonie reacciono antes que él para agarrarla a tiempo.
- ¿Cómo sigue tu madre? – le pregunto la señora Smith.
- Aun con la alergia, pero dice que se le pasara – le respondió la chica encogiendo los hombros – mi padre aún no sabe cómo el florista se le pudo pasar ese tulipán por alto cuando hacia el ramo. Sabia demás que ella era alérgica a esa flor.
- El señor Grisham si pero su hijo, aún tiene que recordarlo – le comento la señora Smith moviendo la cabeza de un lado a otro, en símbolo de resignación.
- Y, por lo que veo, tienen visitas – comento Tania volviendo la vista a Albus que había decidido voltearse para que notara el rubor en su cara.
- Ya conociste a Albus – le comento la mujer mientras guardaba los platos en un compartimiento arriba del fregadero – en la estación de trenes.
- Lo recuerdo – menciono la chica de ojos bicolores dándole un sorbo al zumo de naranja.
Entonces, controlando sus nervios y ante la mirada extrañada de su amigo, Albus se dio vuelta musitando un saludo. Maldita sea, pensó el muchacho de ojos verdes ya fastidiado, no sabía por qué le pasaba.
- Te dijo hola – le tradujo Antonie extrañado por el comportamiento de Albus.
Tania soltó una risa tan potente que Albus se sintió como un imbécil por su actuar. Antonie le envió una mirada asesina para que parara pero poco le importo.
- Oye, no muerdo para que me hables así – dijo entre risas la muchacha – señora Smith, ¿me permite el baño?
- Claro – le respondió la madre de Antonie – usa el de mi recamara. El otro baño debo limpiarlo.
Ambos chicos se congelaron al ver que Tania se iba hacia allá y se fueron de la cocina con la excusa de que necesitaban ordenar la habitación. Alcanzaron a tiempo a la chica antes de que viera a Michael en el umbral de la puerta de la habitación de la señora Smith.
- Recordé que habíamos limpiado ese baño – le mintió Antonie a Tania – usa ese.
Tania lo miro de reojo al chico de piel centrina. Entonces, miro a Albus. El muchacho de ojos verdes tuvo la impresión que sus ojos atravesaban más allá de su cerebro.
- ¿Qué están tramando? – pregunto Tania sin rodeos.
- Nada – respondieron unísonos.
Por la expresión de la chica, pensó Albus, no les creyó, por lo que fue hacia la recamara de todas formas, donde sorprendió a Rose registrando la parte más alta del closet mientras estaba parada en los hombros de Michael. Este segundo perdió el equilibrio por la impresión y ambos chicos cayeron. Por suerte, no produjo mucho ruido.
- Con que nada, ¿Eh? – menciono la chica de ojos bicolores en el tono más sarcástico posible.
- Buscaban "The Ring" en DVD – invento Antonie ayudando a Rose y a Michael a levantarse – tú sabes que mama no me la permite ver.
- Pequeño Antonie, no soy estúpida – le espeto Tania – instalaste internet para ver todas las películas prohibidas de esta casa y lo sé porque vi tu historial de descargas la semana pasada cuando te ayude a buscar "Resident Evil 6".
Antonie se quedó mudo. Parecía molesto y los demás no se atrevían a hablar por temor de meter la pata.
- Solo suéltalo – exigió Tania.
- Solo si juras no decirle nada mi madre – le condiciono Antonie entre susurros.
- ¿Cuándo te he fallado?
Después de aquel acto, los chicos se reunieron en la habitación. El dueño cerró la puerta y le conto todo a Tania lo que había pasado en su estancia en Hogwarts con respecto a su padre, sin revelar que Albus pidió ayuda de un ser de otro mundo, claro estaba. La muchacha de ojos bicolores se mostró asombrada por tal descubrimiento pero hubo un momento en que se encontraba molesta con Antonie.
- Registrar sus cosas, ¿En serio? – exclamo impaciente Tania – ¿no crees que debiste pedirme ayuda para eso?
- ¿Qué quieres decir? – pregunto sin entender Antonie.
- Serás cerebrito pero a veces eres tan… – Tania no se atrevió a terminar la frase y le explico – mi madre y la tuya se conocen hace tiempo. ANTES de que tu padre llegara al pueblo. Es obvio que ella también debe saber algo.
- Dudo que sepa más que mi madre – repuso Antonie frunciendo el ceño.
- Pero en mi ático a miles y miles de cosas viejas que no solo son de mis padres sino también tuyas. Fotos de nosotros y con nombres detrás de ellas, por ejemplo.
Los cuatro chicos de Hogwarts se miraron con una sonrisa de oreja a oreja. Albus miro a Antonie y vio que su amigo tenía un brillo en sus ojos. Parecía que iba a saltar de alegría. Parecía que iba a saltar de alegría y que abrazaría a Tania.
- No me agradezcas – dijo Tania con una sonrisa – pero debemos tener cuidado cuando vayamos al centro del pueblo.
- ¿Por qué lo dices? – se atrevió a preguntar Michael curioso.
- Por cierta persona que no se alegrara de ver a Antonie.
Entonces, Antonie palideció. Albus observo como la felicidad de su amigo se fue hasta los pies, reemplazándolo una expresión de… ¿miedo?
- ¿Hugh?
- Exacto – le confirmo Tania, desviando la mirada.
