Cat Noir trató de abrir la cápsula, sin resultado. Golpeó el cristal, pero este permaneció intacto, sin una sola brecha. Desesperado, el superhéroe alzó la mano para invocar su Cataclysm; pero Marinette lo detuvo, sujetándolo por el brazo.

–¡No, Cat Noir! ¡La matarás!

La advertencia de Marinette lo dejó paralizado en el sitio.

–¿No lo ves? –prosiguió ella–. Sea lo que sea este mecanismo..., la mantiene con vida. Como en las películas de ciencia-ficción, cuando los tripulantes de las naves entran en letargo para viajar por el espacio...

–Animación suspendida –murmuró él, y observó con atención el rostro de su madre tras el cristal.

–Y no se les puede sacar de las cápsulas sin más –prosiguió Marinette–. Aunque ella parece... congelada. No comprendo por qué. No creo que el señor Agreste tenga intención de enviarla al espacio, ¿verdad?

La mano enguantada de Cat Noir se posó con suavidad sobre la ventanilla mientras trataba de encontrarle un sentido a todo aquello. Aunque Emilie Agreste parecía la princesa hechizada de un cuento de hadas, como la Bella Durmiente o Blancanieves en su ataúd de cristal, lo cierto era que podía haber una explicación más razonable.

–Criopreservación –dijo entonces.

–¿Crio... qué?

–Criopreservación –repitió él–. Consiste en congelar a personas a temperaturas extremadamente bajas, con el objetivo de reanimarlas en el futuro...

–¿Eso puede hacerse? –se sorprendió Marinette–. ¿Para qué?

Cat Noir sacudió la cabeza.

–No estoy seguro de que sea legal en Francia. Pero sé que en Estados Unidos hay empresas que se dedican a esto. Se hace con personas al borde de la muerte, o incluso clínicamente muertas, para las que a día de hoy no hay esperanza de salvación. La idea es que en el futuro, cuando la ciencia médica haya avanzado lo suficiente, se las pueda reanimar sin secuelas y curarlas de aquello que las hubiese matado en su época.

–Oh –musitó Marinette, impresionada–. ¿Eso es lo que han hecho con la señora Agreste, entonces? No sabía que estuviese enferma. Adrián no habla mucho del tema, pero siempre me pareció entender que... un día se fue, sin más.

–Desapareció sin dejar rastro –dijo él a media voz–. La policía no fue capaz de encontrarla, y Gabriel Agreste contrató a los mejores detectives para que removieran cielo y tierra en su busca... sin éxito.

Marinette frunció el ceño, sin comprender.

–¿Quieres decir, entonces... que esta mujer no es la señora Agreste, después de todo?

Cat Noir tardó un poco en responder.

–No –dijo al fin, con amargura–. No, estoy bastante seguro de que es ella.

Y eso quería decir que su padre había mentido a todo el mundo, incluyendo a su propio hijo. Porque había mantenido a su madre todo aquel tiempo allí abajo, en aquella especie de cripta de alta tecnología, mientras fingía que la buscaba lejos de la mansión. Mientras permitía que Adrián llorase su ausencia en silencio, devorado por la angustia de no saber qué había sido de ella.

Se estremeció. Su casa nunca había sido un hogar cálido precisamente, pero era el único que conocía. Sin embargo, lo que había descubierto aquella noche lo estaba cambiando todo. Porque a medida que se adentraba en aquella mansión de los horrores le costaba cada vez más reconocerla como su propia casa.

Marinette secuestrada, atada y amordazada en un oscuro cuarto del sótano. Su madre suspendida en un estado que no era ni vida ni muerte, preservada en un ataúd de metal en una sala que era algo intermedio entre un laboratorio y un mausoleo.

«¿Qué clase de lugar es este?», se preguntó de pronto.

No podía ser su hogar. No podía ser su familia.

Sacudió la cabeza. Quizá no debía sacar conclusiones precipitadas. Parecía bastante claro que su padre era quien mantenía a Emilie Agreste en el interior de aquella cápsula, pero eso no significaba necesariamente que fuese también el responsable del secuestro de Marinette.

Y mucho menos que se tratase de Lepidóptero.

No, esa posibilidad ya la habían valorado en su día, y lo habían descartado. Quizá Gabriel Agreste tuviese razones de peso para ocultar allí a su esposa, y eso no tenía por qué implicar que se dedicase también a raptar jovencitas, y menos a aterrorizar a todo París bajo la identidad de un supervillano.

–Cat Noir... –dijo entonces Marinette, preocupada.

Él alzó una mano, pidiendo silencio, y sus orejas se enderezaron de golpe.

Oía voces en el piso superior. Alguien que sonaba furioso y alarmado, y que muy probablemente fuese su padre.

Se le detuvo el corazón un breve instante. Quizá no tenía sentido tratar de negar lo evidente.

–Tenemos que irnos de aquí –dijo entonces–. Creo que han descubierto tu fuga.

Marinette abrió mucho los ojos, alarmada. Cat Noir cerró el puño sobre el cristal de la cápsula donde yacía su madre, impotente. Regresaría a buscar respuestas, a enfrentarse a su padre, a salvar a su madre si fuese necesario.

Pero ahora tenía que sacar de allí a Marinette.

Se separó de la cápsula, reluctante, sin atreverse a volver a mirar el pálido rostro de Emilie Agreste tras el cristal.

–¿Estás bien? –le preguntó su amiga, observándolo con preocupación.

–Sí –murmuró él, con la voz rota; carraspeó y añadió–. Sí, estoy bien. Vámonos de aquí.

Dio la espalda a la cápsula y trató de centrarse. Miró a su alrededor, en busca de una salida, pero no la había.

Las voces se acercaban. Si se concentraba, quizá fuese capaz de identificarlas. Pero ahora no tenía tiempo para eso.

No había ventanas, y la única puerta era aquella por la que habían entrado. Frunció el ceño, preguntándose si sería capaz de echar abajo una de las paredes con su Cataclysm. Pero no estaba seguro de querer hacerlo. ¿Y si la vida de su madre dependía de que aquel santuario se mantuviese intacto?

–Cat Noir –dijo entonces Marinette, cogiéndole del brazo.

Señalaba al techo, y él siguió la dirección de su mirada.

El tragaluz.

–Muy bien, allá vamos –murmuró, sosteniendo a la chica por la cintura–. Agárrate fuerte.

Ella lo hizo, rodeándole el cuello con los brazos. Entonces Cat Noir alargó su bastón todo lo que pudo...

El bastón los elevó hasta el tragaluz. El ventanal se rompió en pedazos, y el superhéroe protegió a Marinette todo lo que pudo, procurando que los cristales rotos no la tocasen. El bastón siguió alargándose y los sacó fuera de la sala, al aire libre.

Cat Noir lo inclinó entonces hasta que los dos tocaron el suelo con los pies. Lo encogió de nuevo y, sin mirar atrás, saltó el muro de la mansión con Marinette en brazos.


Huyeron por los tejados, dejando atrás la mansión Agreste. Cat Noir sabía que volvería. Pero primero necesitaba asimilar todo lo que había pasado y averiguar qué sabía Marinette al respecto. No sabía, sin embargo, si debía o no hablar con Ladybug sobre todo aquello. Si lo que sucedía en la mansión no tenía nada que ver con Lepidóptero, quizá no hiciese falta contárselo. Era demasiado personal.

–¡Espera! –oyó entonces la voz de Marinette–. Espera, detente aquí, por favor.

Él obedeció, un poco perplejo. Estaban a pocos tejados de la casa de su amiga. La dejó sobre la azotea y la miró con preocupación.

–¿Qué sucede? ¿Estás herida?

Ella negó con la cabeza.

–No, es que... no puedo volver a casa.

–¿Por qué?

Ella dudó. Parecía que necesitaba decirle algo importante, pero no sabía por dónde empezar.

–Hay... muchas cosas que quiero contarte –empezó, desviando la mirada con cierto nerviosismo–. Y no será fácil para mí, y probablemente para ti tampoco.

Tragó saliva, incapaz de continuar. Cat Noir colocó las manos sobre sus hombros, tratando de infundirle confianza.

–Tranquila. Tranquila, no hay prisa. Ya estás a salvo. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Ella alzó la cabeza para perderse en la mirada de sus asombrosos ojos verdes, repletos de cariño. Luchó por volver a la realidad y sacudió la cabeza.

–No, no tenemos tiempo en realidad. Plagg tenía razón, ha pasado algo muy grave y no sé ni por dónde empezar a explicártelo.

Cat Noir frunció el ceño con preocupación.

–¿Algo muy grave? ¿A qué te refieres?

Ella respiró hondo varias veces y soltó:

–Gabriel Agreste es Lepidóptero.

El corazón de Cat Noir se detuvo un instante.

–Probablemente ya lo sospechabas, después de lo que hemos visto... –prosiguió ella, pero el superhéroe la detuvo:

–Sé que pasan cosas en esa casa que hay que investigar, y lo haremos, te lo prometo, pero eso no significa que...

–Lo he visto transformarse, Cat Noir.

Él sintió como si la tierra temblara bajo sus pies, y le dio la espalda a Marinette para que ella no viera la expresión de su rostro mientras asimilaba aquella información.

–Pero Agreste... fue akumatizado. Ladybug y yo luchamos contra él y...

–Puede que se akumatizase a sí mismo o que consiguiese el prodigio de la mariposa después –insistió Marinette.

Cat Noir estaba tan alterado que no procesó el hecho de que ella estaba demostrando unos conocimientos que no correspondían a los de una simple civil. Su mente trabajaba a toda velocidad, repasando todo lo que sabía o creía saber acerca de su padre, y reviviendo los acontecimientos de las últimas horas.

Su padre no podía ser Lepidóptero, pensó de pronto. Porque admiraba tanto a Ladybug que había pasado las últimas semanas diseñando una colección inspirada en ella.

Evocó el desfile en Le Grand Paris, el rato que había pasado junto a Ladybug, la cena posterior... todo aquello parecía haber sucedido mucho tiempo atrás.

–Cat Noir –susurró entonces Marinette, colocando una mano sobre su brazo–, ¿te encuentras bien?

Él volvió a la realidad.

–Sí –murmuró–. Sí, espera.

Se llevó la mano al bastón para llamar a Ladybug, pero justo en ese momento se iluminó con la llegada de un mensaje urgente. Cat Noir lo observó con curiosidad. No era una llamada de su compañera ni tampoco una alerta de akuma, sino un aviso de actualización del Ladyblog, lo que no dejaba de ser extraño, porque ya era bastante tarde.

Accedió a la página con cierta inquietud. Y se le puso la piel de gallina al comprobar que la última noticia tenía por título: «¡MENSAJE URGENTE PARA CAT NOIR!».

Con el corazón desbocado, puso en marcha el vídeo que llevaba adjunto. Y un profundo horror se apoderó de él, como si una garra helada le oprimiese las entrañas, mientras veía a Lepidóptero exigir su prodigio a cambio de la libertad de Ladybug.

–Tiene que ser falso –musitó, aferrándose a aquella débil esperanza.

Pero el zoom de la cámara se centró en el rostro de la chica que yacía atada y amordazada en el suelo, y ya no tuvo ninguna duda.

Lepidóptero había capturado a Ladybug.

Su Ladybug.

Pero ¿cómo era posible? ¿Había enviado algún akuma a luchar contra ella y él no se había enterado porque estaba ocupado rescatando a Marinette?

Marinette. De pronto recordó lo que ella acababa de revelarle, y otra pieza encajó en su lugar.

Ladybug había asistido a una cena con Gabriel Agreste.

Gabriel Agreste era Lepidóptero.

Y Adrián los había dejado a los dos a solas en el comedor.

No era posible, ¿verdad? Él había estado en la casa todo el tiempo. Si se hubiese producido algún tipo de pelea, se habría enterado.

Consultó los datos del vídeo y descubrió que se había publicado una hora atrás. Probablemente él no había recibido la notificación hasta aquel momento porque la señal no llegaba hasta el sótano de la mansión Agreste.

Se maldijo a sí mismo por su mala suerte. Había estado en la guarida de Lepidóptero todo aquel tiempo, había permitido que Ladybug cayese prisionera y no había hecho nada al respecto.

Peor que eso: había colaborado para conducir a su compañera hasta la trampa tendida por Lepidóptero. La había convencido para que acudiese a la mansión después del desfile y la había dejado a solas con él.

Se le revolvió el estómago.

Tenía que arreglarlo. Se presentaría en la mansión, entregaría el anillo a su padre y al diablo con las consecuencias.

–He de marcharme, Marinette –murmuró.

Dio media vuelta para saltar del tejado, pero ella lo retuvo por el cinturón.

–¡Espera! ¡Espera, no vayas! ¡Es una trampa!

Él trató de calmarse.

–Ya lo sé, pero de todos modos he de salvarla.

«Es culpa mía», quiso añadir, pero no podía decírselo sin revelarle su verdadera identidad.

–¡No puedes volver! Lepidóptero ya tiene los pendientes de Ladybug; ¡si consigue tu anillo, habrá vencido!

–¡Ya lo sé! –casi gritó Cat Noir–, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? ¡Tengo que salvar a Ladybug!

–¡No! ¡Espera, por favor! ¡Escúchame! –Marinette se aferró a su brazo, y Cat Noir se volvió hacia ella con sus ojos verdes rebosando angustia e incomprensión–. No tienes que salvarla, porque ya lo has hecho, ¿entiendes? –Clavó en él una intensa mirada–. Ya la has salvado –repitió.

Él se quedó quieto, mirándola. Ella tragó saliva e inspiró hondo.

–Yo soy Ladybug –confesó al fin, con los ojos húmedos–. O solía serlo –añadió en voz baja–, hasta esta noche.

Cat Noir no dijo nada. Seguía mirándola, incapaz de reaccionar.

–Yo... fui al desfile en el hotel –siguió explicando ella, a media voz–. Pero después Adrián Agreste me dijo que su padre quería saludarme personalmente, y me invitó a cenar a la mansión... Y había algo en el champán, Cat, y perdí el sentido y cuando desperté estaba en la guarida de Lepidóptero, y él y Nathalie estaban grabando ese horrible vídeo...

–¿Nathalie...? –repitió él.

–Y después él me quitó los pendientes y me encerró en esa habitación del sótano. Cuando llegaste tú, pensé que venías a rescatarme porque habías visto el vídeo...

Cat Noir seguía sin hablar. Volvió a mirarla, como si la viese por primera vez.

–¿Has sido tú... todo este tiempo?

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.

–Sí, Cat. Lo siento. Ya t-te dije el primer día que no valía para esto. Y ahora he p-perdido el prodigio, y a Tikki, y he puesto París en peligro. Si tú no m-me hubieses encontrado..., si hubieses cedido al chantaje de Lepidóptero...

Él sacudió la cabeza, incapaz de asimilar tanta información. Su padre era Lepidóptero... y ocultaba a su madre en el subsuelo de la mansión, en el interior de una cápsula de criopreservación.

Y Marinette..., su dulce Marinette... era Ladybug.

No era posible. Tenía que ser un sueño, una pesadilla o algo por el estilo. Todo era demasiado complicado, demasiado absurdo y demasiado intenso como para que pudiese procesarlo.

–¿Te he... salvado? –repitió por fin, muy confuso.

Ella asintió.

–Sí, gatito. Me has encontrado sin saber siquiera que me estabas buscando.

–Pero... pero... ¿Por qué no me lo dijiste?

Ella vaciló.

–Que-quería sacarte de allí cuanto antes y no había tiempo para explicaciones...

Cat Noir alzó una ceja.

–¿Sacarme de allí? ¿A mí?

Ella enrojeció.

–Bueno, lo cierto es... –Tragó saliva de nuevo y sus hombros se hundieron con abatimiento–. No me atrevía a decirte que había perdido mi prodigio... y a Tikki. –Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas–. Estoy muy avergonzada por haberme dejado engañar de forma tan tonta... Si Lepidóptero hubiese conseguido tu prodigio por mi culpa...

Cat Noir respiró profundamente, intentando calmarse.

–Bien, de acuerdo. Mi pa... Gabriel Agreste es Lepidóptero. Tú eres Ladybug. Y él tiene tu prodigio.

–Sí... –murmuró ella–. En resumen, así es.

Él inspiró de nuevo.

–Entonces, ¿qué hacemos ahora?

Marinette parpadeó.

–Habrá que recuperarlo, claro –dijo–. Pero no puedes ir tú. No podemos arriesgarnos a que Lepidóptero consiga tu prodigio también.

–Entonces, ¿cómo...?

–Por otro lado –prosiguió Marinette, pensando intensamente–, él ya conoce mi identidad. Así que mis seres queridos están en peligro. Mi familia, mis amigos. –Tragó saliva, angustiada–. Cuando Lepidóptero descubra que me he escapado y que ya no puede chantajearte, irá a por ellos. Hay que ponerlos a salvo.

–Pero, ¿cómo...?

–Hay que ir a ver al maestro Fu y contarle todo lo que ha pasado. Él nos ayudará.

Cat Noir se quedó mirándola, perplejo. Ella vaciló.

–Conoces... conoces al maestro Fu, ¿verdad? –quiso asegurarse–. ¿El Guardián de los Prodigios? ¿El que nos escogió para ser Ladybug y Cat Noir? –Como él no decía nada, Marinette prosiguió, cada vez más nerviosa–. Le pedí que hablara contigo, que no te dejara de lado. Me dijo que te lo contaría todo. ¿No lo hizo? ¿No se puso en contacto contigo para darte la fórmula que...?

–Sí, sí –pudo decir por fin Cat Noir–. Sí, es solo que...

Que aún le resultaba extraño oír a Marinette mencionar secretos que solo conocían un puñado de personas en París.

Porque ella era Ladybug, claro. Pero aún tardaría un tiempo en asimilarlo.

Necesitaba respuestas. Y si Marinette... Ladybug... estaba dispuesta a ofrecérselas...

–Bien, de acuerdo –asintió–. Iremos a ver al maestro Fu. Lo que pasa es que... –Vaciló un instante–. No sé dónde vive, ni cómo contactar con él. Siempre ha sido él quien me ha contactado a mí, y ahora empiezo a preguntarme... –Frunció el ceño, pensativo.

–¿Estás bien, Cat Noir? –preguntó ella, inquieta.

Él sacudió la cabeza.

–Sí. Sí, vayamos a ver al maestro Fu cuanto antes.

–Bien. Yo te guiaré.

Cat Noir tomó de nuevo a Marinette en brazos, aún confuso, preguntándose si aquella muchacha era su dulce y frágil compañera de clase o la intrépida y poderosa Ladybug. O ninguna de ellas. O una mezcla de las dos.

«Seguro que todo esto no es más que un sueño», pensó, mientras se perdía con ella por los tejados de París.


NOTA: CatNoir . exe ha dejado de funcionar.