Azul
No paraba de llorar, se sentía debastada, casi inútil y algo idiota.
En la calles, no pasaba gente y estaba cerca de la casa de Sakura, mas no quería ir, no podía ir a llorarle sus penas cuando bien sabía que su amiga estaba peor con la ida de su novio.
-- Ojalá Sakura no termine como yo.--
Pensó entre tanto llanto y lástima la pelinegra.
Jugaba con sus cabellos, miraba al cielo aunque las lágrimas no le dejaban ver bien de qué color estaba, lo miraba igual.
-- Se terminó, así de simple...-
Susurró para volver a llorar.
-- Lo detesto, te detesto Eriol, casi logré amarte.--
Hablaba con ella misma, pero servía de mucho hacerlo, la dejaba sin penas ni rencores cuando lo hacía luego de un tiempo.
-- Hey.-
Saltó de susto, se volteó sorprendida.
-- Hola Tomoyo.--
Era Touya, el hermano de Sakura, no podía creerlo. Ella llorando frente al hermano de su mejor amiga
-- No le digas a Sakura.-
Dijo Tomoyo, quien se volteó para seguir derramando lágrimas, no le avergonzaba llorar, puesto que ya se le había pasado un poco la pena y ahora lloraba por rabia.
-- ¿Quieres?.--
-- ¿Ah?.--
Él se había sentado al lado de ella, le ofrecía una lata de té caliente.
Ahí, los dos pelinegros, sentados en la vereda de una plazoleta, se quedaron bebiendo.
-- Él era un imbécil, debes alegrarte pequeña Tomoyo.--
Ella lo miró sorprendido, si no hubiera sido por el tono extraño, casi de pieda, que el mayor de los Kinomoto tiene para hablar juraría que eran palabras de consuelo.
Sonrió ante su broma mental, luego asintió.
-- Siempre hay más, de todo hay más.--
Suspiró Tomoyo, quien había sacado toda sus penas, rabias, males y por fin miraba al cielo y podía, claramente, ver que el cielo seguía azul.
-- Sigue azul vez, ¿Vámos?.--
Le susurró el alto pelinegro, ella se sonrojó un tanto, había vuelto su sangre a ella, su risa y unas mariposas que no sabía de dónde habían llegado a su estómago.
Ya que ella se tardó en responder, él simplemente le cogió el brazo y la levanto con fuerza. El aire que le llego a la cara, con aquel perfume de él, el cielo aún azul, su rostro bajo el de él, esa seductora distancia, ese rubor en las mejillas de él, el nerviosismo del pelinegro que le hizo correr la cara con rápidez.
La risa de ella salió casi melodiósamente te sus labios, asintiendo que sí, el cielo, seguía azul.
