Los personajes de Rurouni Kenshin no me pertenecen.
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El veneno de tu aroma.
Kaoru no pudo evitar sorprenderse por las palabras de Lizuka. ¿Por qué estaría tan interesado en que Battousai y Tomoe ya no estuvieran juntos? Se preguntaba confundida.
— No creo que pueda ayudarte — dijo Kaoru — si ella es su esposa, una simple desconocida como yo no puede hacer nada
— En eso te equivocas — respondió el hombre — que sea su mujer no quiere decir que sienta algo bueno por ella. Tal vez de vez en cuando la utilice para desahogarse y obtener unos momentos de satisfacción... aunque conociéndolo, supongo que hace tiempo dejó de hacerlo
— De todos modos, no haré algo que no entiendo. Si ellos están casados no tengo derecho a entrometerme en su vida, además... él es mi enemigo, él asesinó a la gente de mi pueblo
— Él fue atacado y sólo respondió al ataque. La hombres de tu pueblo decidieron salir a enfrentarlo sin tener ni idea de su poder. Murieron a causa de su propia estupidez
Kaoru bajó la vista, la verdad es que no tenía idea de las motivaciones de Battousai. Había decidido salir detrás de los hombres del pueblo impulsivamente debido a que creyó que no podía ser bueno un gobierno fundado a base de traiciones. Lo que le ocurrió a la tropa Sekijo era el más claro ejemplo de que entre los reformistas habían hombres inescrupulosos. Lo que tampoco quería decir que quienes estaban actualmente gobernando el Japón fueran mejores — ¿El poder corrompe? ¿O sólo muestra la verdadera naturaleza de las personas? — caviló Kaoru ante los recuerdos
— Por lo demás — continúo Lizuka — confórmate con saber que esa mujer intentó matarlo. No la consideres su esposa, es su enemiga.
— Pero...
— Pero nada. Sea como sea, tu querida y hermosa amiga será quien pague las consecuencias de tus errores, no lo olvides... preciosa.
Kaoru se quedó quieta, clavada en el lugar en el que estaba de pie mientras Lizuka pasaba junto a ella y entraba nuevamente a la mansión de puertas enormes. Una vez adentro se encontró de frente con la pálida Tomoe que lo miraba fijamente con sus fríos ojos negros
— Siempre has sido un maldito cerdo — le dijo sin expresar emociones, pero de manera clara y tono seguro
— ¡Cállate! — Respondió Lizuka sujetándola por el cuello y estrellándola contra la pared — eres una maldita perra — decía con los ojos encendidos de ira mientras Tomoe iba palideciendo aún más por la falte de aire. Lizuka apretaba su cuello con fuerza — te odio, y lo odio a él por no haber acabado contigo. Si estuvieras muerta yo... yo nunca habría enloquecido de este modo
Lisuka presionaba con fuerzas mientras Tomoe sentía que su conciencia se apagaba lentamente, arañaba las manos de Lizuka intentando vanamente aflojar su agarre, poco a poco su fuerza se fue desvaneciendo y la falta de oxigeno la sumió en la oscuridad.
Cuando Tomoe dejó de luchar, Lizuka la soltó temblando. La mujer cayó al suelo mientras el agarraba su cabeza horrorizado
— ¡Qué demonios he hecho! — Se inclinó ante el cuerpo de la mujer, su expresión llena de terror se tornó en alivio al comprobar que aún vivía.
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Kaoru estaba quieta, plantada en el mismo lugar que Lizuka la dejó. Apretaba sus puños con fuerza.
— ¡Qué demonios se piensan que soy! — Gritó con fuerza — no soy una mascota que debe obedecer órdenes. Soy una persona libre. ¡Al diablo con Battousai! ¡Al diablo con Lizuca! ¡Al diablo con Tomoe! Yo protegeré a Megumi
Kaoru entonces respiró profundamente antes de disponerse a correr fuera de lindes de la propiedad de Battousai — soy una mujer libre — pensaba mientras corría decidida — no dejaré que me involucren en toda esta mierda — en ese momento unos peligrosos ojos de mirada dorada se aparecieron en su cabeza, pero no se detuvo. Ya había tomado una decisión.
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Lizuka recostó a Tomoe sobre su cama, aún no recuperaba el conocimiento pero estaba viva y de a poco su respiración se iba normalizando. Acercó una lámpara al rostro de la chica y pudo notar su piel azulada y las marcas de sus dedos en el cuello. Dejó la lámpara en la mesilla de noche y se sentó en la cama junto a ella, pasó sus dedos sobre los labios descoloridos de la mujer. Están tan fríos — pensó. Luego bajó acariciando su mentón y su cuello — tan frágil — se dijo a sí mismo mientras depositaba suaves besos sobre las marcas que sus furiosos dedos anteriormente causaron.
La yukata desarreglada de Tomoe dejaba ver el nacimiento de sus senos y Lizuka tembló al notarlo
— Tan vulnerable, estás a mi merced, Tomoe — le dijo a la mujer perdida en su inconciencia. Dibujó con sus dedos el contorno del rostro de Tomoe, arrobado por el aroma que su piel desprendía
— ¡Maldición! — Gritó parándose con violencia, como saliendo de un trance y apretando la mano con la que la había acariciado, mirándola rabioso mientras su cuerpo se estremecía ante los deseos contradictorios que la mujer le causaba. Quería poseerla y quería matarla, la odiaba con la misma fuerza que creía amarla. Estaba completamente obsesionado con su piel blanca y sus ojos negros, con su belleza fría y serena. Su aroma era el veneno que lo estaba enloqueciendo, por eso debía desaparecer o poseerlo y enloquecer totalmente de una vez por todas.
No había más opción para Lizuka.
