-Capítulo Octavo-

Time machine! Hacia el pasado, hacia el futuro

Feliks cierra la puerta tras de sí y Toris siente las náuseas que ha estado conteniendo todo ese tiempo subiéndole por la garganta, arañándole el esófago con una violencia ácida.

Después de vomitar, le quema la boca y se siente aliviado. Le tiemblan los hombros por no sabe qué sentimiento, y cuando se mira al espejo tiene una cara rarísima, de cansancio, con esas ojeras tan feas y profundas en las que nunca se había fijado. Al alivio se lo come una repentina ansiedad, y luego miedo, decepción, qué asco, Toris, trataros así, y qué va a hacer si Feliks vuelve a verlo porque le apetece hacer algo tan simple como tomarse un café.

Se sienta en la cama con frío en los huesos, y apaga la radio que le recuerda con sus notas apagadas todas las cosas que no es capaz de hacer. Antes, antes, con las neuronas inundadas por el impulso repentino y táctil de su cuerpo contra el de Feliks, se sentía tan cómodo, tan en su sitio, tan en casa, con esa piel caliente contra las palmas de sus manos y los labios de él ajustándose a los suyos, el crepitar de su pelo entre los dedos como una corriente dorada de electricidad y estrellas.

Tan en casa que lo reconcome por dentro, cuando se hunde entre las mantas. Se sube las que ha estado usando Feliks hasta tener calor, respira hondo, hondo, hondo.

Sonríe flojito y toquetea las manchas de grafito que le ha dejado en la camisa como sombras de amor, y el impulso de intentar no pisarlo cuando se levanta a la mañana siguiente se le clava como un cuchillo.


¿Me dejas ver lo que has dibujado estos días?

Por primera vez en su vida, Feliks atrae la carpeta de dibujo contra su pecho delante de Feliciano, y lo mira a los ojos con una sorpresa que no debería estar ahí. La palabra le resbala de los labios y casi tiene ganas de intentar recogerla y comérsela de nuevo.

—No. —Consigue corregirse enseguida—. No he dibujado casi nada, solo un par de paisajes.

—¡Pero los paisajes te quedan bien!

Realmente, solo ha dibujado un par de paisajes, grises e imaginarios, iluminados por los espacios que ha dejado en blanco. Árboles, árboles que lo relajaban con sus ramas y sus hojas con forma de letra efe, una casita pequeña y algo torcida.

Luego, retratos (hay hasta uno de Feliciano, de memoria y de perfil, que le ha salido bastante bien). Retratos a lápiz de las facciones líquidas de...

—Estos no. —Habla para cortar sus pensamientos. Los labios, los labios no le salían bien, y ahora tiene que pasar rápido las páginas donde están para no sentir, para no sentir ¿qué?—. Además, sigo enfadado contigo.

Esa respuesta le ha salido rápida como un rayo de palabras inspiradas. Sonríe para sí mismo, para Feliciano, y se deja caer en la cama con la carpeta contra el pecho.

—Ay, pero, ¿por qué?

—¡Por echarme de casa!

Feliciano suelta una de sus risas analgésicas y pegajosas, y Feliks acaba calmando el inicio de huracán que estaba naciéndole bajo el esternón.


Cuando Toris vuelve al almacén-camerino, lo coge del brazo y lo atrae hacia sí. Alfred nota su camisa fresca de nervios y cómo se agarra al saxofón cuando piensa que va a perder el equilibrio, y se ríe, fuerte, con el botellín de Coca-cola en la mano.

—¡Qué bien te ha quedado todo hoy!

—Gracias. —Oírlo reír no es particularmente normal aunque siempre tenga al menos un pedacito de sonrisa en los labios; cuando lo hace, siempre suena raro y no demasiado alegre, como si se le hubiese estropeado la risa—. Pero no te pegues tanto, Jones.

Desde que el chico aquel que vivía con él ha vuelto a su casa (Toris se lo dijo, más bien, lo dejó caer, no, ya ha vuelto; le dio la impresión de que las palabras se habían colado en la conversación como alguien a quien ninguno de los dos conocía por el tono con el que las pronunció), el Toris de los primeros días, el Toris sonriente pero algo seco, educado y amable de los primeros días parece haber regresado. Solo le falta la incomodidad con el saxofón y el usted demasiado formal, y los ojos de entonces.

Alfred no sabe indicar exactamente qué es, pero Toris mira diferente.

—Lo ha hecho tan bien porque creo que se quiere ir, ¿no, cielo? —Yekaterina se ríe también, despacito, y cuando Toris palidece un poco y oculta cualquier tipo de respuesta con un par de sílabas sin significado, Alfred se preocupa.

—¿Te vas?

—¡No, no! No me voy a ningún sitio. Aquí... aquí ya estoy bien.

Y entonces Yekaterina le pide perdón casi a gritos, cogiéndole las manos con los ojos brillantes, diciendo que no debería haber hecho esa broma, y Alfred pierde la ocasión para hacerlo seguir con sus palabras y entender mejor su tono.

Después de tantos años, Toris, que ha vuelto al principio, sigue siendo un misterio.


Es, sobre todo, el silencio. Un silencio que antes se le hacía amable y dulce (estás solo, decía, pero te sale bien) y ahora se le clava entre las vértebras como el frío de un diciembre que ya ha pasado. En enero siempre se hielan las calles, cuando se disipa la chispita de buen tiempo y sol cálido que aún le quedaba a la estación.

Toris cocina en silencio para una sola persona y en el fondo hay una parte, insidiosa y que tiene más años que él, que le recuerda que quizá tiene que sacar otro plato, apartar las flores de la mesa para hacer espacio, controlar las cantidades de nuevo. Los ejercicios de inglés escritos le cansan, Feliks parece haber dejado de pasarse a por su café de los viernes, el espacio que sobra en casa lo agobia como si fuese un cocodrilo debajo de la cama esperando a poder morderle los tobillos.


Enredado en las sábanas, limpias, piensa.

No quiere echarlo de menos, pero pasa.


A Feliks eso empieza a molestarle, porque se abre como una mancha de aceite en el agua que ensucia las palabras de Feliciano: te he echado mucho de menos, Lovì me iba a volver loco. Sus oídos no saben qué hacer, divididos entre las palabras rápidas del restaurante y de casa, claras y agudas y sin vergüenza, y las frases lentas, casi corteses, cuidadosas como la forma con la que dejaba su plato sobre la mesa baja.

No, no. Prohibido, muy mal.

Toris se ha quedado en su casa y en los pequeños detalles: los clientes hablan todos con un inglés al que aspira, sin dudar y sin hacer ejercicios, y cuando dejan notas no hay faltas de ortografía de principiante; algún crío tiene la misma curva de cicatriz en la nariz, que se le quedará cuando crezca; en el restaurante, nadie mide la sal con cuidado o el agua a nivel de los ojos, con los labios entreabiertos y los ojos vigilantes.

Enredado en sus sábanas, Feliks piensa.

Decide exorcizarlo, como un asesino que vuelve al lugar del crimen, y la comparación lo hace reír contra la almohada.


Los viernes, cuando termina el turno de mañana, Toris suspira; después, se le escapa una risita.

No hace mucho que lo hace, y a Amelia le llama la atención (mentalmente, lo apunta en la lista de cosas que no entiende de Toris, en la lista de cosas sobre Toris que acabará solucionando algún día con o sin su ayuda).

—¿Tan poco te alegras de verme?

Toris vuelve a sonreírle, se frota las manos y cruza los dedos. Cuando habla, la mira a los ojos, pero le falta naturalidad.

Siempre le falta naturalidad, le da la sensación de que él solo ha vuelto atrás en el tiempo, a los nervios y al excesivo cuidado.

—No es eso. —A cuando no decía mentiras, o a cuando no conseguía pillarle algunas—. ¿Quieres lo de siempre?

Amelia se quita el sombrero, se descuelga el bolso y lo deja en la silla que hay a su lado. Toris, como al principio, no va a querer sentarse ahí, y coloca su taza frente a la suya.

—Ya no te hace ilusión que venga a verte cuando cerráis por la tarde —dice, exagerando lo mucho que le duele para sacarle una risa entre dientes—. Y eso que hace poco que lo hago...

—Tres o cuatro semanas.


¿Ya?

Desde que está solo en casa, el tiempo parece pasar a su lado sin que se dé cuenta. Toris piensa que hace tiempo que no le escribe a su padre, y empieza a redactar mentalmente lo que tiene que decirle.

Me siento algo solo, no.

Me sobra espacio en casa, no.

Pedir ayuda a su edad es una falta de respeto.

Es que Alfred últimamente no para en casa —explica—. Desde que está con el coche no para de pasearse por ahí.

—Lo he visto.

—¿Te has montado en eso?

Toris levanta las cejas y mira hacia la calle.

—Aún no me veo preparado...

Que la haga reír no es como al principio, porque es tonto y le da vergüenza hacer reír a las mujeres (o eso cree Amelia, por la forma que tiene de torcer la boca y quedarse mirando su café; antes, eso no lo hacía).


Ha ido a la floristería y no estaba.

Esperarlo en la puerta de casa como la sombra de algo que hubiese olvidado estaría mal, y Feliks quiere creer que ya no recuerda el piso, la puerta. Los recuerdos le hacen cosquillas en las manos cuando dibuja, y se le queda todo a medias (los ojos demasiado grandes, la nariz demasiado recta, las manos demasiado pequeñas y Toris que tiene un no sé qué irrepetible, y cuando se da cuenta cruza los tobillos y estrecha el papel contra el pecho).

La respuesta ha sido siempre lo primero que le vino a la cabeza (la cafetería, los viernes), pero el miedo a estropearlo, como un animalillo que quiere comérselo desde dentro, lo paraliza cada vez que intenta acercarse, y Feliks se siente idiota con las manos hundidas de nuevo en el agua sucia de comida del restaurante y el agua sucia de vergüenza de su interior.

Cuando al fin se atreve, se vuelve a bloquear delante de la puerta.

La chica rubia de la primera vez, que es alta y estadounidense y guapa, que aún es una desconocida y por lo tanto tiene esa cualidad indefinible de cosa terrorífica, está sentada delante de Toris como el último y necesario NO, en mayúsculas rojas.

Cierra la mano alrededor de la carpeta, y sus nudillos contra la puerta suenan tan bien que lo hacen sonreír, casi de puro pánico.

Sí, ahora sí.


Feliks está fuera, como un fantasma sonriente, con los ojos verdes y su carpetita bajo el brazo. Cuando Toris lo mira, parpadea, se le encoje la sonrisa y lo saluda con la mano.

Sus dedos, que recuerda que no son demasiado suaves, se doblan un poquito cuando lo hace.

—Perdona un momento, Amelia.

Ella se gira y no hace más comentario que un "oh" que suena entre sorprendido y aliviado, como si hubiese encontrado una pieza perdida de un puzle, y espera que no haya, por Dios, que no haya atado ningún cabo de ninguna forma.

Le abre la puerta al chico del café de los viernes, pero Feliks no pasa y no lo mira a los ojos.


Es tan grande en su nueva indefinición, Toris, que le da algo de cosa levantar la mirada, como si la cara de él fuese el sol (le vuelve a la cabeza la temperatura de sus labios, y Feliks cree que nunca ha hecho un esfuerzo tan grande como el de levantar la cabeza en ese momento).

Dice lo primero que se le ocurre.

—T-tengo que terminar una cosa. —Está progresivamente más orgulloso de sí mismo, con una satisfacción que le tira de las comisuras de los labios—. Y me haces falta.

Toris juguetea con sus dedos y se pasa una mano por el pelo; el color de sus mejillas delata sus palabras antes de que tengan tiempo para salir de su boca, y Feliks tiene que aclararlo, con cierta vergüenza en la voz.

Ojalá dejase de recordarle según qué cosas que le hacen cosquillas en la garganta. Ojalá no deje de hacerlo nunca.

—Es un... dibujo... que empecé en tu casa —dice. Dibujo, no retrato, y es una distinción importante. Que se entere luego, o nunca—. Y si sigo en mi casa no me concentro igual.

Si no lo mira directamente a la cara le salen mejor las mentiras, pero aún así contiene la respiración cuando deja de hablar.

Su cuerpo, que casi puede notar el calor del de Toris, le hace memoria.

Cerca, cerca.


Toris no se ha fijado nunca mucho en lo que dibujaba Feliks en su casa: paisajes en gris grafito que nunca coloreaba y no se parecían en nada a lo que se ve desde su ventana, y que eran demasiado campestres para recordarle a la ciudad de la que realmente viene.

Piensa que tiene que ser una cosa rara de esas de la gente que dibuja, una excentricidad de artista que le está agradeciendo al cielo y que hace que le bailen los dedos de los pies en los zapatos.

Dile que sí, dile que sí.

Hay una desacuerdo momentáneo entre las dos ideas opuestas que quiere elegir, a la vez, entre quitárselo de encima y olvidarse y, y, y...

—Vale.

Es casi una sentencia.


Han quedado para volver a verse el domingo, y Feliks esperaba, en el fondo, que le dijese que no. Se había montado castillos en el aire conforme a ese no, había arreglado su futuro con ese no de mentira.

Él daba el paso y Toris solo tenía que cerrar la puerta. Después de casi un mes, había asumido que el curso de acciones estaba claro (Toris solo tenía que seguir las instrucciones que encajaban con la descripción de él que Feliks había montado a partir de gestos y palabras).

Cuando Toris dice que sí, con la impulsividad del último accidente antes de irse, Feliks siente un alivio instantáneo y fugaz que se convierte en una premonición al desastre cuando deja de tener sus ojos encima, cuando Toris vuelve a cerrar la puerta de la cafetería.

Feliks se muerde los labios y se va.

Las chispitas de alegría que, a pesar de todo, siguen dentro de él, como chistes crueles a su costa, son un imprevisto en la propia idea que él tenía de sí mismo.

Los imprevistos no van a gustarle nunca, nunca.


Es domingo y no se mueve nadie.

Es domingo y Toris espera.

Es domingo también en casa de Feliks pero, oh, al séptimo día descansarás.

Es domingo, no se mueve nadie.


En realidad, este capítulo no me gusta mucho. Supongo que es... estilísticamente peligroso dejarte un penúltimo capítulo que no te convence (porque creo que tiene problemas de ritmo que intenté arreglar pero no me convencían nada) y, bueno, eso. Que nos acercamos al final y me da mucha cosa decepcionaros ahora pero espero que sepáis perdonarme este capítulo algo flojo.

Además de eso, no sé si tengo mucho más que decir. Creo que recuerdo que lo único que tenía claro claro de este capítulo era cómo iba a empezar y qué iba a hacer al final. ¿No sé si cuenta como otro cliff-hanger, al final?

Ay, me da mucha lástima ir terminando ya.

¡Pero vaya! Muchas gracias por seguir leyendo, como siempre, ¡y hasta la semana que viene!