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—¿Quién eres tú? —preguntó Conner al abrirle la puerta a un apuesto, alto y delgado caballero de cabellos negros y ojos azules. Iba vestido con un traje de dos piezas color azabache, camisa roja y corbata del mismo color oscuro. Resopló un poco antes de aclarar su garganta y contestar.

—Timothy Drake, ¿Disculpa, se encuentra Damián aquí?—el ceño fruncido regresó a su rostro, tensó la mandíbula y se permitió recordarle que ese departamento NO era de Damián Wayne.

—Eso lo sé, pero tenía entendido que mi hermano…

—¿Hermano?—interrumpió y el apuesto chico hizo un gesto que no debía ser una sonrisa pero que igual le pareció una.

—Si, tengo una agenda algo apretada así que solo quiero saber si puedo dejarle algo con usted. —Conner iba a contestar que no, ni aunque su vida dependiera de ello le entregaría lo que fuera a ese gañán pero entonces su hermanito se entrometió.

—¿Tim?

—¡Jon! Gracias al cielo, creí que me había equivocado de piso.

—Para nada, él es mi hermano Conner. ¿Gustas pasar?

—Gracias. —el hermano de Wayne lo pasó de largo y al hacerlo dejó una estela de su loción fresca y agradable, olía como el bosque en primavera. Los siguió de cerca y cerró la puerta. Timothy saludó a sus padres y procedió a dirigirse únicamente a Jon. Le ofreció un sobre amarillo.

En el interior había un montón de documentos, un celular y dos juegos de llaves.

—Dile a mi hermano que cambió de número celular y departamento. Sus nuevos datos son estos, sus pertenencias ya están ahí pero él tendrá que desempacarlas, Stephanie quería hacerlo pero le recordé que su majestad es muy especial para esas cosas.

—Lo sé. —respondió Jon con una ligera sonrisa.

—¿De verdad? —preguntó el chico examinando el reducido espacio interior. —¿Sí sabes que inició batallas épicas sólo por tener la más grande de las habitaciones en la mansión?

—A…algo escuché de eso.

—¡Me tiró por el barandal del tercer piso!

—Y su padre lo envió como castigo a un campo militar.

—No era un campo militar, era una escuela militarizada. Le enseñaron disciplina y para nuestra mala suerte, más de diez formas de asesinar. —Jonathan sonrió de nuevo y tanto sus padres como él, no se lo podían creer. —Me sorprende bastante que se adaptara a vivir aquí…—el gesto del chico apuesto ensombreció un poco tras fijar la vista en lo que parecía ser el armario de Damián.

Un montón de ropa perfectamente doblada y repartida en los estantes bajos del librero. Supuso que Tim debería pensar, que no es que se adaptara rápido, sino que se encontraba tan mal, que no tenía ni la más remota idea de a dónde fue a parar.

Su hermanito era un héroe, pues en circunstancias normales, Damián no habría vivido para contar otro día. Drake suspiró y volvió su mirada taciturna a Jon.

—¿Esa mujer ha venido otra vez?

—No

—Si lo hace, llámame a este número. —le extendió una tarjeta de presentación y el menor dudó en aceptarla.

—Nn…no es necesario, yo ya tengo tu número —confesó con un ligero bochorno. Sus padres y él se impresionaron. No tenían idea de que se codeara tanto con los Wayne.

—Presto más atención al número de la oficina que al personal. Si aparece de nuevo, no te preocupes por nada y llámame.

—Lo haré. —Jonathan sonrió más cálidamente ahora, Drake lo hizo por igual y después miró su fabuloso reloj de pulsera, esa cosa debía costar más que su casa. Se disculpó porque no tenía tiempo de esperar a ese ingrato, aún debía regresar a la oficina.

—¿No andará haciendo el idiota por ahí, verdad?

—En realidad, solo dijo que saldría un momento para que nosotros pudiéramos charlar.

—Oh, bueno. Supongo que si lo hace tampoco estaría mal ya que toda la prensa de Gotham está en este lugar. —sus padres se avergonzaron por el comentario.

En realidad les dieron el día para que pudieran descansar. Ellos cubrieron veinticuatro por siete, la desaparición de "Máscara Negra" así se hacía llamar ese simpático personaje que además de traficar drogas y armas, asesinaba sin piedad a todo aquel que no le pagara, intentara entrar en su negocio o simple y sencillamente, se le acercara.

Drake se despidió finalmente estrechando las manos de sus padres, a Jonathan le obsequió una inclinación de rostro y a él, una sonrisa de cien millones de dólares, cuando volvió a abrirle la puerta, no evitó notar la alianza de oro en su dedo anular. Así que estaba casado. —Qué desperdicio de cuerpo, pensó para sus adentros. Aunque ahora entendía mejor la debilidad de su hermanito por el más joven de los Wayne.

—¡Déjame ver eso, molusco! —le arrebató su tarjeta de las manos tan pronto como Jon guardó el número en su celular. Sus padres ya estaban listos para irse, se hacía tarde y su día libre, solo era uno.

—Promete que vas a cuidarte Jon —comentó su madre mientras lo abrazaba con todas sus fuerzas. El enano le dijo que sí. Se cuidaba y también Damián lo hacía, era un buen chico, de verdad tenían que creerlo.

Su padre lo abrazó por igual, insistiendo en que siempre podía buscarlos. No iban a juzgarlo o regañarlo. Simplemente querían apoyarlo, eran más fuertes si trabajaban como familia, el cuatro ojos volvió a asentir. Nunca más les volvería a mentir.

—Más te vale porque si no, voy a matarlo. —le dio un golpe con el puño cerrado en el antebrazo Jon se quejó de dolor pero la sonrisa en su rostro no desapareció. Lo dejaron a solas, necesitaba un baño, además de arreglar sus cosas.

Él, no era idiota estaba seguro de que ya se habían revolcado. Esos comas fantasiosos en los que entraba su hermano, solo se explicaban si estaba recién "estrenado"

Maldito Wayne, cuando lo volviera a ver…

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Tomó un perezoso y delicioso baño de casi cuarenta minutos pensando en él, siempre estaba pensando en él. Ya sabía que estaba mal, que debería permanecer alerta pero jodido infierno. Lo besó en su cama y él estaba desnudo. —¡Desnudo!— Sentía que el corazón se le salía del pecho solo con pensar en eso y más que nada porque no lo rechazó.

Al contrario, parecía encantado con lo que vio.

Se vistió y metió sus sábanas junto con la ropa de los dos en la lavadora, mientras trabajaba tomó la guitarra acústica y comenzó a improvisar una melodía. Aún no tenía la letra para esa pieza, se le acababa de ocurrir pero podría decir algo sobre "labios de fuego y piel de canela"

Comenzó a preocuparse por Wayne en cuanto el sol se metió. ¿Se habrá desmayado? ¿Perdido? Bueno, no era así de estúpido pero tal vez, regresó al Café donde trabajaba Emiko.

Hace años que Queen no se desempeñaba ahí, pero seguía siendo su punto de encuentro.

Un café amargo, una mirada triste, una sonrisa torcida.

¿Sería capaz de volver a atraparlo con sus mentiras? ¿O usaría su cuerpo? ¿Qué pasaba si Damián, no le hizo el amor porque en realidad, no se sentía atraído por su cuerpo?

Lloriqueó un poco, dejando de atormentar las cuerdas de su guitarra y entonces escuchó el llamado a la puerta.

No tenía ganas de recibir más visitas, aunque de ser honesto, jamás había tenido tantas. Era un solitario, apasionado, amante de la música y las letras. Si se iba Damián, no sabía si sería capaz de regresar a esa monotonía.

Quien estaba en la puerta era él.

Exquisitamente vestido con un traje de dos piezas color gris, la camisa era negra y su corbata del mismo color, tan pronto como lo vio no logró evitar rodearlo con ambos brazos a la altura del cuello.

—¿Qué pasa Jon? —lloriqueó de nuevo, dejando que Damián lo llevara adentro, quería saber lo que sucedió. ¿Discutió con sus padres? ¿Estaba castigado? ¿No querían que se volvieran a ver? A todo eso él le dijo que no sin dejar de abrazarlo y finalmente balbuceó.

—Pensé que no volverías, eso es todo. —levantó el rostro para mirarlo a los ojos. Damián lo veía con intensidad y un leve dejo de culpabilidad, cerró los ojos y él lo hizo a la vez. Unieron sus labios en un tímido gesto que rápidamente fue aumentando de intensidad hasta que finalmente se acabó.

—En realidad, Jon…—la desilusión regresó a su pecho. Tim ya había arreglado lo que sea que sucediera con su departamento. Ahora tenía uno nuevo y ni siquiera se tomó la libertad de averiguar su dirección.

Damián lo separó de su lado, parecía atropellarse con las palabras, la loción que usaba no era la de él. No sabía dónde había estado o de qué lugar sacó ese traje, pero era un Wayne, bastaría con que entrara a cualquier tienda y dejara el cargo a su cuenta personal.

—¿Vas a irte, no es cierto? —el moreno pasó de su pregunta desviando la mirada a los papeles en la mesa.

—¿Qué es todo eso?

—Tim vino hace un rato, dijo que tu nuevo departamento y teléfono celular son esos.

—¿Mis nuevos qué?—Damián tomó el sobre amarillo y comenzó a leer los papeles de propiedad. Efectivamente, un departamento de lujo ubicado en el noreste de la ciudad era suyo y no le hizo ninguna gracia.

—¿¡Qué hizo con el otro!? —siguió sacando documentos y leyendo. Había más papeles que hablaban sobre la venta de su antiguo departamento, también del traspaso de todas sus pertenencias al nuevo y no debía preocuparse por el dinero ya que recuperaron bastante con la subasta de ciertos objetos.

—¡¿A qué hora te trajo esto?! Ese maldito capullo, infeliz. Debí asegurarme de dejarlo muerto cuando lo tiré por el barandal.

—Tt…tú…no dices eso en serio, ¿Cierto?—preguntó alejándose ligeramente de él. Damián maldijo otro poco, luego tomó el teléfono celular que para su sorpresa, no solo estaba cargado sino que tenía su agenda guardada. Llamó a Tim para comenzar a gritarle por su excesivo uso de libertades.

La respuesta de su hermano fue simple.

—Si no te parece quédate donde estás, regresa con tu madre o duerme en la calle. Tus créditos están congelados. Todas las tarjetas, Thomas, Martha y R'as ya están enterados.

—¡Hijo de…!

Él no entendía la naturaleza del problema. ¿No era parte de lo que quería? ¿Un nuevo departamento donde pudiera recibir a su familia? tomó las fotografías adjuntas y los papeles que describían la vivienda. Tenía las dimensiones de una casa, tres recámaras, la principal con baño y uno más para las visitas, balcón, zona de lavado y hasta área para fumar.

En esa torre solo había cuatro departamentos aunados al suyo. Es decir, que no tendría que escuchar o esconderse de tantos y molestos vecinos. Era un sueño del que ni siquiera se debería preocupar porque ya era suyo.

Tim le cortó a Damián y éste llamó a Dick para decirle lo que había hecho el maldito de en medio. No parecía estar teniendo mejores resultados porque sin importar lo que escuchara, seguía gritando.

Las demás hojas en el sobre describían los objetos vendidos en la subasta, eran las cosas de Emiko, él lo supo porque no había más que vestidos, perfumes, zapatos y joyas.

—Zorra…—se le escapó de pronto y Damián lo escuchó. Volteó a verlo como haría su abuela si él soltara alguna palabrota en la santidad de su granja.

—¿Jon?—preguntó y Dick debió aprovechar eso para terminar su llamada.

—¡No voy a ser tu zorra! Y ya que tienes a donde ir, lárgate de aquí. —le arrojó los papeles a la cara, claro. No sin antes hacer una bola con ellos, Damián esquivó el ataque y trató de acercarse. Le arrojó la almohada ya que no estaba acostumbrado a tener el sofá cama extendido en la mitad de su sala y al tratar de huir se cayó. Damián se subió al colchón para tranquilizarlo, cuestionarlo, gobernarlo.

—¿Se puede saber de qué demonios estás hablando? —preguntó colocado a horcajadas sobre él. —Yo no tenía idea de lo que estaba haciendo ese imbécil.

—¿No querías irte tras saber lo que siento? ¿No querías buscar otro departamento? ¿¡No te la pasas retozando con otros cuerpos!? —reclamó porque con ese traje y corbata ¿A dónde más se iba a marchar? Damian lo besó, ya fuera porque quería o porque le urgía acabar con la discusión.

Él se resistió un poco, comenzó a golpearlo, incluso atacó la zona que tenía lastimada. Lo hizo doblarse de dolor pero ni aún así, no lo dejó.

Cuando se rindió, entre empujones, lágrimas y jadeos, disfrutó con la habilidad de su boca, el calor y la cercanía de sus formas. Se separaron tan abruptamente como iniciaron y Damián seguía sobre él, mirándolo.

—Sí quería irme y buscar otro departamento pero no lo hice. Antes de "esto" —comentó tomando una de sus manos y llevándola a la herida en su nuca. —Yo ya estaba perfectamente bien, pude haber regresado con Em, buscar otro lugar pero no lo hice porque aquí estás tú.

Nunca te he tratado como mi zorra, ni siquiera a Colín o Maya. Jamás les he hecho regalos extraordinarios, a lo sumo los he ayudado a que los consigan por su propia mano. Maya es la decoradora a cargo de todos los edificios que están a nombre de mi familia. Colín elaboró algunas esculturas para la Torre Wayne y desde ahí le llueven ofertas de firmas internacionales. Lo que tú y yo queríamos, era formar la puñetera banda de rock y ahí está.

Tu música, tus letras, tu voz. Se escuchan por todo el continente aunque me permitiré ser egoísta y decir que quien se deleita con ellas primero, soy yo.

Si no quieres mudarte conmigo al nuevo departamento nos quedaremos aquí. Solo que hay otra cosa que debes saber.

—¿Cuál…?—preguntó con el corazón acelerado y unas increíbles ganas de volver a besarlo. Damián cambió de posición, bajando del colchón. Contrario del que tenía en su recámara este era individual y a menos que estuvieran muy pero muy juntos, uno de los dos acabaría en el suelo.

—Hice un trato con Bruce —comentó señalando el fabuloso traje de diseñador. Su padre era especial, solo aceptaba visitas de Damián si éste iba con la debida etiqueta.

—Tres meses en una clínica de desintoxicación en Siuza.

—¿¡Qué…!?—gritó o mejor fuera dicho, chilló.

—Mis abuelos tienen una especie de Castillo por allá. Para engañar a la prensa dirán que fui a visitarlos, lo que por cierto, es verdad. No retozaré con ningún otro cuerpo Jon. El único que me interesa eres tú. —un calor abismal llenó sus mejillas, bajó por el cuello y se instaló debajo del vientre, es decir en su entrepierna. Damián sonrió de nuevo y aclaró que odiaba a Tim pero entendía bien lo que lo hacía.

Sacaba a Emiko de su vida, sin opción a reconciliaciones o posibles encuentros. Estaba bien con eso, además de que no creía volver a verla en su vida.

—Está bien…¿Cuándo te irás?

—Mañana. Bruce no quiere que me arrepienta así que, en lugar de discutir y besarte hasta morir, a lo que yo venía era a invitarte.

—¿¡Qué…!? —gritó jalando todas las cobijas o más bien aferrándose a la cama.

—A cenar Kent, no seas ridículo. Tus padres ni si quiera quieren que te de la mano ¿Y esperas que te saque del país? —siguió jalando la cobija hasta taparse la cara.

La verdad, creía que sus padres lo tomarían de buena manera. Ellos y Conner viajaban todo el tiempo persiguiendo noticias. No sería muy diferente que él viajara para perseguir al amor de su vida.

—Cámbiate si quieres o ven así. La reservación es a las 21:00hrs.

—¿Y a dónde iremos?

—Es una sorpresa.

—¿Lo…los dos juntos?

—Te estoy pidiendo una cita, Jon —salir a la calle con la cobija cual fantasma le pareció de pronto una buena idea.

Él era Damián Wayne, los paparazis lo acosaban más que a su padre o hermanos. El hecho de que lograra ocultarlo durante todo este tiempo se debía más bien a que nadie buscaría a alguien tan afamado en un sector tan bajo.

Ni sus vecinos sabían quien era y eso que había carteles suyos y pasaban sus videos musicales en todas las pantallas del centro.

—Tenemos una mesa con manteles largos y una botella de burbujas esperando.

—¡Tú no puedes tomar! —gritó saliendo de su escondite.

—A las bebidas sin alcohol también se les pueden poner burbujas, Jon. ¿Nos vamos? —él dijo que sí, pero su cabeza se movió diciendo que no.

—¿Estás seguro de que no armarán un escándalo si nos ven juntos?

—Los matrimonios entre personas del mismo sexo, son legales en Ciudad Gótica. Hay aceptación y libertad sexual. A lo mucho, podrán hablar de lo rápido que superé a Emiko o nuestras fans, podrán desmayarse al corroborar sus teorías sobre nuestra relación íntima.

—¿¡Ehhhh!? —gritó porque no sabía que Damián sabía.

—¿Has leído sus historias?

—¡NO! —mintió. Porque claro que le fascinaban y las leía, de hecho se abrió una cuenta con un nombre falso para poder comentar y estar al tanto de las actualizaciones.

—Te diría que nunca lo hicieras pero desde ayer me estoy enterando de que eres un fraude, Jonathan Kent.

—¿Por qué lo dices?—balbuceó volviendo a aferrarse a su cobijita blindada.

—Te creía puro de mente y casto de cuerpo pero Dios sabe cómo te encontré esta mañana.

—¡E….esa fue tu maldita culpa! —gritó con las mejillas incendiadas y Damián ya estaba una vez más subiendo al sofá cama.

—Eres un pequeño y sucio pervertido. —acusó recostándolo, rodeándolo con su cuerpo.

—¡Claro que no! ¡Tú eres el cerdo! —Damián lo besó en el cuello y después subió hasta su oído. —Solo te recuerdo que estás sobre la cama que hace dos días querías quemar.

—¡AHHHHHHH! —lo empujó con todas sus fuerzas y corrió directo a encerrarse en su cuarto. Se cambió de ropas y cuando salieron, no le sorprendió que Damián tuviera ya otra motocicleta negra con detalles fluorescentes.

—Ponte el casco y agárrate bien. —obedeció agarrándose del soporte ubicado en la parte de atrás.

—Con bien me refiero a que te agarres de mi Kitty Boy

—¿¡Ehhhhh!? —hubiera reclamado más sobre el nuevo apelativo pero en ese instante Damián arrancó y le gustaba conducir a muy alta velocidad.

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El restaurante era asiático sumamente exclusivo y por demás elegante. Damián dio su nombre y nadie hizo escándalo porque estuvieran a solas los dos. Pensándolo mejor, solían verlos juntos como amigos o compañeros de "The Outsiders". Él exageró la situación porque todo estaría bien siempre y cuando no se tomaran las manos o besaran con descaro.

Su mesa estaba ubicada en una zona VIP, totalmente aislada del publico o sea que nadie vería una mierda de lo que hicieran tras las cortinas. Se sintió ligeramente abrumado tras recibir la carta. Damián era un experto en esto, tanto en los restaurantes finos, como en él. Ordenó su platillo favorito y preguntó si quería vino. Negó con el rostro, tomaría lo mismo que pidiera él.

—Una botella de licor sin alcohol.

—En seguida.

—Deje la carta de postres, le debo uno al caballero.

—Como guste, Señor Wayne. En un momento regreso con su orden. —la chica de vestido escotado y largas piernas se escabulló de inmediato. Él se sintió algo ridículo y torpe. ¿Así serían todas sus citas?porque recordaba muchas salidas a comer con él y jamás había dicho que no a los perros calientes, hamburguesas y nachos con queso vegetarianos.

—¿Te puedes calmar? Sudas más que en tu examen profesional.

—¡Ni siquiera hice examen!

—Pero sudabas como cerdo creyendo que te obligarían a presentar uno. Si estás nervioso por algo en particular, te prometo que no voy a secuestrarte o violarte. Talía me lo tiene prohibido hasta la tercera o quinta cita.

—¿¡Qué!?—gritó porque creía capaz a su madre de eso y más.

—Es broma. Me voy a las seis de la mañana, ¿Podemos simplemente actuar como una pareja normal?

—¿Somos pareja? —preguntó interesado en el nuevo giro de la conversación. —Creí que tú, no querías.

—¿Por qué otra razón crees que estoy haciendo esto?

—¿La salvación de tu cerebro? ¿El bienestar de tu cuerpo? —se humedeció los labios con la copa de licor, era dulce, sabía durazno y eso lo refrescó. La parte sucia y pervertida de su mente quería acotar que si no se drogara hasta podría trabajar como súper modelo.

Su piel morena, sus ojos alargados aderezados con ese tono de verde exquisito que indudablemente, invitaba a lo prohibido. Wayne resopló atacando su plato, los dos cenaban lo mismo, una exquisita orden de tallarines con costillas de cerdo y que en cada mordida mandaban a su paladar al Nirvana.

—Conner…—respondió mirándolo a los ojos y casi se ahoga con el nuevo mordisco que dio.

—¡¿Qué tiene que ver ese cretino contigo?!

—Mucho, porque no quiero darle una sola razón para que diga que no podemos estar juntos.

—Oh…—el rubor volvió a sus mejillas.

—Si, oh. ¿Entonces me esperarás o tengo que arrodillarme, besar tu mano y suplicar como los Caballeros que combatían antaño?

—¿Eso implicaría pasar la noche afilando tu espada?

—¡Jon! —lo regañó pero aún así sonrió tomando su copa.

—Te dejaría pulir la mía —Damián escupió su bebida, tras limpiarse con la servilleta repitió que si no se calmaba cancelaba la cena y volvía a encerrarlo en su cuarto.

—Al menos déjame tocarla cuando la tengas desenvainada.

—¡Kent!

—¡¿Te vas por tres meses y yo soy el malo?!

—¡Sí, porque si lograras controlarte yo no tendría que largarme! —su declaración lo dejó sin defensas. Bajó el rostro y juraría que hasta estuvo a punto de ponerse a llorar. Damián se retractó de inmediato, no era por eso. Se trataba de la prensa, si lo descubrían en una Clínica de Ciudad Gótica, su padre se moriría porque ya sabes, él era el hijo de sangre de Bruce Wayne, debería sudar agua bendita y defecar obras benditas.

—Imbécil

—¿Me esperas o no?

—¿Somos novios o no?

—¿Qué más quieres, un anillo?

—Para empezar y luego podemos probar con algo más atrevido. —le guiñó un ojo y Damián volvió a decir que era un pervertido.

—También deberíamos hablar de la banda, Kent.

—¿Vas a cancelar las presentaciones, no es cierto?

—Eso o podrían buscar un reemplazo.

—Jamás

—Tú puedes ser la voz principal y Maya regresar a los coros.

—Ella está ocupada pintando murales para no sé cuantos hoteles. Además, tenías razón. Mis padres consideran que debería pasar un tiempo trabajando en el Diario de Gotham.

—¿Te ofrecieron un puesto?

—Hablaran con su editor para que me permita ser capturista, corrector de estilo o alguna otra cosa aburrida.

—¿Seguro que quieres hacerlo?

—Suena mejor a estar deambulando por los rincones, pensando en ti.

—Te escribiré todos los días.

—Te dejaré si no lo haces. —Damián sonrió de nuevo, ya habían terminado sus platos así que la asistente volvió preguntando si querían algo más. Él pidió un pastel de tres chocolates con crema batida y fresas. Wayne solo solicitó que los dejaran en paz tras traer ese encargo.

—¿No podrías ser menos grosero?

—No si pretendo que te sientes en mis piernas y compartamos tu postre.

—¿Boca a boca? —sugirió humedeciendo sus labios. Damián resopló de nuevo indicándole con un dedo que comenzara a acercarse.

—¿Cómo saliste virgen de tu primer noviazgo?

—Kat no me provocaba ni la décima parte de lo que haces tú. —unieron sus labios y la asistente casi tira el pastel cuando regresó. No les importó, en ese lugar sabían mantener las apariencias por eso lo eligió.

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Continuará...