UTOPÍA DE AMOR

LO SIENTOOOOOOOOOO... sé que debía actualizar antes pero el tiempo estaba en mi contra, al igual que mi inspiración. Espero que éste capítulo les guste.


Ninguno de los personajes de Harry Potter me pertenece.


CAPÍTULO NUEVE:

NO HAY QUE HACER COSQUILLAS A UNA SERPIENTE

Severus podía tranquilamente simular indiferencia cuando estaban en el gran comedor, frente a todos, pero cuando ella, sin romper la rutina, iba a verlo al final de la cena para tomar el té, no podía evitar que sus ojos se desviaran por su figura. Aún le asombraba comprobar que cuando era descubierto observándola Hermione no le lanzara insultos sino que colocaba una de esas hermosas sonrisas que le robaban el aliento. Y era como un pequeño fuego que se extendía a través de su pecho. Realmente le gustaba la idea de que ella albergaba alguna clase de sentimientos hacia él pero aún le resultaba demasiado increíble como para que fuera cierto.

Como habían dicho, se lo tomaron con calma para fortuna de Severus. Era increíble que aún no se hubiesen vueltos siquiera a besar y definitivamente no había sido por falta de ganas. Ya no era como antes, ella se acercaba bastante cuando le hablaba e incluso había notado que al sentarse en el Gran Comedor había movido la silla para tenerlo más cerca, pero como no lo tocaba y realmente no le disgustaba su proximidad no había dicho nada.

Los toques habían empezado como efímeros accidentes: cuando ella le servía el té y le tendía la taza, sus dedos se rozaban. Lo hacía parecer como algo no planeado pero Severus sabía que sí lo era porque cada vez que sucedía ella le dedicaba una significativa mirada que lo dejaba sin aliento.

¡Era ridículo el modo en que lo afectaba! Especialmente porque de esos leves toques habían pasado a las caricias. Cuando ambos hablaban y estaban uno al lado del otro, Hermione, de vez en cuando, posaba su mano en su brazo y lo deslizaba con lentitud. La primera vez que había sucedido se había puesto rígido y se había detenido a mitad de la frase que estaba diciendo para contemplar, anonadado, aquella mano femenina. Sus miradas se habían encontrado rápidamente y en la de ella pudo ver el temor de verse rechazada. Sólo porque la culpa lo carcomió por dentro de sólo pensarlo no dijo nada al respecto y la dejó hacer. No estaba acostumbrado a que lo tocasen ni a gestos cariñosos, pero con Hermione todo lo fijo se volteaba de cabeza, dejándolo mareado, sin aire y con el corazón acelerado.

Aquel día, durante la cena, la oyó charlar tranquilamente con Minerva. La miró de soslayo y notó que la túnica que usaba no cubría como antes su cuello y lo dejaba a la vista de todos. Nunca se hubiese fijado en ello si su "relación" no hubiese cambiado puesto que antes le daba igual como iba vestida.

Había sido un día bastante caluroso y era entendible que prefiriera no mantenerse cubierta hasta la barbilla siendo que una simple caminata presurosa podría acalorarla si llevaba las pesadas túnicas de invierno. Incluso él mismo se sentía algo incómodo con tanta ropa. Sin embargo, en su caso, la situación era diferente dado que las mazmorras siempre eran frías y húmedas sin importar la época del año en que se encontrasen y, además, por nada en el mundo se permitiría ir andando por ahí con el cuello descubierto, dejándole ver a todos la horrible cicatriz. Pero la cuestión ahí era que se había quedado viendo como un idiota la tersa piel de la joven practicante… por mucho que ella lo hubiera tocado anteriormente, él había luchado contra viento y marea para no dejarse llevar y devolverle el gesto. No le gustaba mostrarse débil pero ella lo hacía débil y detestaba eso. Pero ahí estaba, deseando estirar su mano y deslizar sus dedos por la curva de su cuello con delicadeza para comprobar su reacción. ¿Lo rechazaría o le gustaría que lo hiciera?

La necesidad de tocarla fue tan abrupta y repentina que tuvo que apretar los cubiertos que tenía en las manos con fuerza para evitar dejarse llevar. Sin duda alguna los alumnos quedarían muy sorprendidos si lo vieran hacer un acto así.

En un momento, Hermione volteó el rostro y lo vio observándola. Ésta vez no le sonrió como siempre lo hacía sino que lo miró con confusión. El cerebro de Severus tardó más de lo normal en darse cuenta que posiblemente su lucha interna estaría siendo expresada en su rostro, así que relajó su expresión y volvió a utilizar la usual máscara de seriedad.

—¿Está bien, profesor?

Severus se tuvo que aclarar la garganta antes de responder.

—Sí, señorita Granger.

—Lo veo algo tenso—indicó ella bajando la voz para que nadie más la escuchase.

La mirada se le cargó de cierta diversión y eso lo molestó. ¿A caso ella sabía qué era lo que había estado pensando momentos atrás y ahora se burlaba?

—Después de la cena iré a ayudarlo a relajarse—siguió murmurando pero su voz terminó sonando con un tono de interrogación, como si quisiera saber si él estaría dispuesto a recibirla.

Por mera curiosidad no quiso dar una negativa rotunda.

—¿Qué hará?—preguntó—¿Llevar otro té que nos noqueará por horas?

Hermione apretó los labios.

—No fue mi culpa—la oyó gruñir—Ni de mi madre.

La contempló confundido por sus palabras.

—¿Qué quiere decir?

Ella rodó los ojos.

—Después le contaré–murmuró aún más bajo viendo a sus costados.

Severus siguió su mirada y notó que varios ojos curiosos de la mesa de profesores los estaban viendo fijamente pero cuando se dieron cuenta que la pareja los había notado, se apartaron con prisa y simularon estar entretenidos con su cena. Así que no le quedó de otra más que asentir levente aunque la curiosidad lo mataba lentamente. Si su madre no había tenido nada que ver con eso, entonces, ¿Quién había sido?

Después de aquello no volvieron a hablar durante toda la cena, ambos eran conscientes de que cualquier intercambio de palabras entre ellos volvería a llamar la atención de los presentes.

….

Estaba en su despacho y demás está decir que la estaba esperando. Se encontraba algo ansioso y sorprendido por lo mucho que disfrutaba de sus encuentros con Hemione, incluso si se sentaban solo a tomar el té en completo silencio.

Cuando en la puerta sonaron un par de golpes suaves, casi saltó del asiento y corrió a ella pero, dándose cuenta de lo que acababa de hacer, e tomó su tiempo para tomar aire profundamente y luego soltarlo con lentitud. Sólo después abrió.

Hermione estaba allí, como esperaba, pero las usuales túnicas de enseñanza habían quedado atrás y usaba pantalones oscuros de jean y una blusa blanca que le quedaba algo grande pero que tenía un escote lo suficientemente amplio como para hacerle recordar las ideas que había tenido durante la cena. Reprimió un escalofrío y la hizo pasar, rogando que ella no se diera cuenta del efecto que tenía en él.

—¿No ha traído té?—preguntó al verla sin ninguna bandeja, como cada noche.

Pero tras decirlo se arrepintió. No quería sonar como si lo hubiese malacostumbrado. Hermione no se molestó, sino que negó con la cabeza tras sonreírle.

—Le dije en la cena que lo ayudaría a relajarse.

—Cierto, ¿Y qué es?

La vio morderse el labio inferior y mirarlo con cierta duda.

—Es… una tontería, de hecho, y entenderé si no acepta pero…

—Deje de dar vueltas y dígame qué es lo que piensa—dijo algo exasperado porque verla repentinamente nerviosa le hacía preguntarse una y otra vez sobre qué iba aquello.

La oyó suspirar.

—Severus…—comenzó a decir sin mirarlo a los ojos—Nosotros somos… me gusta pensar que somos amigos. Al menos, yo sé que podría tranquilamente mi vida en tus manos sin dudarlo dos veces…

Se quedó de piedra al oír aquello. Hermione no dejaba de sorprenderlo. Primero confesaba que tenía ciertos sentimientos hacia él y ahora admitía que confiaba en él plenamente. No se esperaba eso último porque por mucho tiempo él fue el traidor, el que asesinó a Albus Dumbledore sin miramientos, el asesino, el cobarde. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar ahora ante todas estos acontecimientos? ¿Cómo podía alguien mostrar tanta confianza ciega hacia él después de lo que había hecho? No lo merecía.

—Lo que quiero decir es que… me gustaría saber hasta qué punto confías en mí.

Nuevamente se quedó perplejo y no supo qué responderle. Hermione hablaba con completa seriedad, eso era notable, pero no había esperado tal cuestionamiento de su parte. ¿Confiaba en ella? Por supuesto, o al menos lo suficiente como para llegar a entablar una especie de amistad con ella y de tener esta… ¿Relación?

—¿Qué…?—se aclaró la garganta—¿Qué quiere decir?

—¿Dirías que fui paciente?—preguntó ella a su vez, sin responderle.

Severus asintió levemente, intentando ser paciente para ver a dónde quería llegar. Esto no era precisamente su fuerte pero debía admitir que no le importaba poner un poco más de sí, después de todo se lo había prometido a Hermione.

—Entonces… quisiera… proponerte algo.

—La escucho.—dijo con cuidado.

Ella lo contempló con nerviosismo hasta que finalmente, tras tomar aire, se lo dijo.

—Hoy realmente te vi tenso en la cena y me preocupe. Cuando dije que tenía algo que podría relajarte pensé que… sería un lindo gesto de mi parte y que ayudaría a nuestra… situación—comentó y cada vez que titubeaba se mordía el labio inferior—Yo… eh… entiendo que no estás acostumbrado a que lo toquen y por eso necesito que confíes en mí. Si no quiere, lo entenderé pero… me gustaría…eh…

—Granger—la llamó si alzar la voz viendo que ella cada vez se trababa más y más con sus propias palabras.

—Eh…¿Si?

—Dígalo de una vez—le ordenó con suavidad.

—Me gustaría hacerle un masaje.

De todas las cosas que pudieron cruzar por su cabeza nunca imaginó que fuera eso. Lo pensó unos momentos y supuso que no sería tan malo. Como ella había dicho, no estaba acostumbrado a que lo tocasen pero confiaba en ella, al menos en ese aspecto. Así que, luego de un minuto en que la vio removerse en su sitio, terminó asintiendo. Nunca esperó ver la sonrisa enorme que ella le dedicó, tan llena de alivio y de entusiasmo.

—¡Gracias, Seve… profesor!—se corrigió—Ahora… ¿Podríamos pasar a su habitación para comenzar?

—¿Habitación?

No había querido sonar tan sorprendido y lamentó haberse dejado llevar por eso.

—Sí… ¿No creerá que lo haré aquí?

Severus boqueó por unos instantes hasta que una parte de su cerebro le dijo que posiblemente Hermione quería llevarlo a la habitación para evitar toparse con curiosos. Ya demasiado habían tenido que soportar en la cena. Así que precediendo el camino hasta sus habitaciones privadas.

—Por cierto, ¿Qué había sucedido con el té?—le preguntó recordando su conversación no finalizada.

La oyó gruñir en voz alta.

—Malfoy… ¡Realmente no entiendo por qué hizo algo así! Le mandé una carta a mi madre y ella me contestó que no me había enviado nada esa semana porque el trabajo la desbordaba. Habían tenido que hacer más limpiezas dentales que…—pero al ver la mirada confundida de él, se interrumpió—En fin… entonces me pregunté quién podría haber sido el que me había mandado tal cosa y se me ocurrió realizar un viejo hechizo del que supe el año pasado, cuando leía un libro de historia de la magia.

—¿Qué hechizo?—quiso saber.

—Estaba leyendo sobre la influencia que tuvieron las brujas y los magos en la primera guerra mundial muggle. En ese entonces se usaban palomas mensajeras para pasarse la información del enemigo pero nunca se podría saber a ciencia cierta si dicha información era verdadera o había sido enviada para atraparlos en una emboscada. Entonces, un mago… un tal…Crolis, creo que se apellidaba, ideó un hechizo para averiguar cuál era el verdadero remitente. Solo una palabra y sobre la carta aparece el nombre de la persona que la envió. ¡¿No es asombroso?!

Severus tuvo que contener una sonrisa. Tenía cierto toque adorable verla tan emocionada por haber aprendido algo nuevo y haberlo podido poner en práctica.

—Ser dopados por Malfoy, no lo creo—contestó.

Ella hizo una mueca.

—No me refería a eso.

—Lo sé, pero eso es lo más importante de todo. Supongo que habrá hecho algo, ¿no?

—¿Hacer algo? ¡Claro! Le mandé un vociferador.

Sí, no dudaba que unos cuantos gritos de parte de ella harían temblar al cobarde Malfoy pero desde su punto de vista aquello era demasiado suave. Ya se encargaría él de darle un castigo un poco más fuerte. Pero claro, Granger no tenía que enterarse de eso.

—Bien…—la oyó decir—Quítate la ropa, por favor.

Sus ojos se agrandaron inmediatamente al oírla decir aquello.

—¿Qué?

Hermione lo contempló confundida y luego comprendió sus propias palabras.

—¡Oh, no…!—se apresuró a explicar con las mejillas rojas— No quise decir eso… yo… sólo la parte de arriba. La capa, su casaca y la camisa.

—Eh… yo… no pensé que…

No podía hilar ni una sola palabra. El tener que quitarse esas prendas y estar delante de ella con el pecho desnudo lo ponía demasiado nervioso. Nunca nadie lo había visto así más allá de la medimago que lo atendió en San Mungo cuando fue llevado urgentemente a que le viesen la horrible herida de su cuello. No podría soportar su mirada de asco cuando viera las innumerables cicatrices que tenía, en especial la que le había dejado la maldita serpiente.

Ella notó su temor y él lo supo claramente cuando la vio retroceder un paso, como si su reticencia fuera un muro de contención que le impidiera el paso con brusquedad.

—Entiendo—murmuró.

—Lo dudo—la contradijo.

—Pues no lo haga—le pidió alzando la voz—Severus… no te voy a obligar a hacerlo y no me voy a reír de ti. ¿A caso me crees tan cruel?

—No, no reírte pero…

—¿Es por tu cicatriz?—preguntó señalando su cuello.

—No es la única cicatriz que tengo, Hermione, pero es la peor.

Ella suspiró.

—¿Y crees que yo no tengo cicatrices? Puede que no sean tan profundas como las tuyas ni sean tantas pero te aseguro que a mi constantemente me atormentan. No hablo sólo del "sangre sucia"—aclaro moviendo su brazo donde se encontraban marcadas las palabras—sino también de los demás hechizos que me lanzaron. Si quiero usar un traje de baño primero debo ocultarlos con un hechizo porque me da vergüenza que alguien me vea así.

—Entonces, si entiendes, ¿Por qué me lo pides?

—Porque si me lo pidieras tú, estaría dispuesta a dejarme ver como realmente soy… Sé que no soy hermosa como muchas otras mujeres. Mi cabello es incontrolable, mi piel no es perfecta y mis dientes… bueno—sonrió tristemente—Creo que recordarás cierta vez que Malfoy me lanzó un hechizo, haciéndolos inmensos y dijiste que no encontrabas diferencia alguna…

¡Mierda! ¿A caso podía hacerlo sentir peor? En aquel entonces era una chiquilla sumamente molesta y, sólo para seguir enfadándola, le había lanzado un doloroso comentario. Y ahora estaba allí, confesándose, intentando hacerlo sentir mejor, queriéndolo ver como nunca nadie lo había visto antes. ¡Y sin imaginarse lo hermosa que era para sus ojos! ¿Podría ese inocente desconocimiento hacerla aún más atractiva? Definitivamente. Y lo peor de todo es que después de haberla escuchado se sentía en la obligación de retribuirle.

Tomó aire profundamente y se llevó las manos a su cuello, donde un escondido botón mantenía sujeta su capa. No la miró cuando se la quitó y la dejó caer en el suelo. Luego, llevó sus dedos a la parte superior de la hilera de botones de su casaca. Fue entonces cuando una mano mucho más pequeña que la suya, suave, cálida y delicada, lo detuvo. Alzó la vista y se encontró con Hermione delante de él. Muy cerca.

—No tienes que hacerlo—dijo.

Él apretó los labios por uno segundos.

—Quiero hacerlo—aseguró en voz baja.

Hermione apartó su mano y retrocedió un paso para darle espacio. Él continuó. Nunca antes esa hilera de botones le pareció tan corta. Algunas veces se había quejado consigo mismo de perder mucho tiempo en ellos pero en eso momento, sintiendo los ojos castaños fundiéndose en cada uno de sus movimientos, el tiempo le pareció efímero y en menos de lo que se esperaba aquella prenda también cayó al lado de la capa. Sólo quedaba la camisa blanca. Sus dedos temblaron cuando fueron al cuello. Tenía miedo pero no quería ser llamado cobarde nunca más. Así que, cerrando los ojos, comenzó a abrir la camisa, sabiendo que ella se concentraría en la horrible cicatriz de su cuello. Casi esperó que ella gritara o que ahogara un grito, cerrara los ojos con horror y diera media vuelta para salir de allí corriendo y no volver nunca más. Pero la camisa terminó también en el suelo y no oyó nada.

Abrió los ojos.

Hermione estaba allí aún, de pie frente a él, con la mirada puesta en su pecho cubierto de marcas pero en su mirada no había horror como había esperado sino dolor. Dolor por él, por lo que había tenido que padecer y por lo mucho que él mismo se detestaba. Caminó lentamente, anunciándole que se acercaba y que le daba tiempo para decidir si le permitiría hacer lo que él sabía que iba a hacer. Aunque sintió la terrible tentación de volver a esconderse detrás de esas pesadas capas de ropa, se mantuvo firme. Apretó las manos en puño cuando notó que temblaban. Y cuando finalmente la mano de Hermione lo tocó con suavidad, aspiró con brusquedad, haciéndola detenerse de inmediato.

—¿Te duele?—la oyó preguntar.

Él negó con la cabeza sin poder encontrar su voz.

Hermione lo miró a los ojos y volvió a aproximar su mano a la cicatriz de su cuello. Sintió sus dedos trazar un recorrido sobre la piel blanquecina con una suavidad tal que lo hizo estremecer. Era como una pluma acariciándolo, enviando leves temblores de un placer extraño a su sistema nervioso.

Las yemas se apartaron de su cuello para trazar un camino invisible por su pecho de manera descendente hasta toparse con una cicatriz mucho más antigua, a la altura de su corazón. Era una línea delgada que ya casi se perdía en la misma palidez de su piel. Al lado de ésta había otra que atravesaba su pezón izquierdo y subía a su clavícula. Hermione también la tocó en toda su extensión, obligándole a tomar nuevamente aire con brusquedad cuando sus dedos tocaron la zona más sensible. Y cuando Hermione lo oyó, Severus pudo ver que su mirada se volvió de pronto más brillosa y que su boca se abrió de repente pero que sus dedos no dejaron de deslizarse sobre su piel.

Para su sorpresa, su otra mano enseguida acompañó a la primera y entre las dos dibujaron los patrones de sus cicatrices. Severus comenzó a sentirse repentinamente acalorado a pesar de que en las mazmorras siempre hacía frío. Mucho más aún cuando ambas manos encontraron un camino a la parte baja de su abdomen.

¡Merlín!

Se quedó sin aire. Sus manos quemaban. Eran como lenguas de fuego que se deslizaban sobre su piel, ardiente, contagiándole ese calor. Si ella no se detenía se pondría en vergüenza a sí mismo porque un cosquilleo comenzaba a deslizarse mucho más debajo de donde ella mantenía sus manos. Y la alarma sonó cuando imágenes un tanto descarriadas y descontroladas comenzaron a retumbar en su cerebro, imágenes ficticias que parecían demasiado reales que le decían un mejor sitio donde ella podía poner sus manos.

Y por eso, cuando ella las apartó de pronto, gimió por la perdida.

Si ella lo escuchó o no, no lo supo porque actuó como si nada fuera de lo común hubiera sucedido. Las mejillas de Hermione, al igual que las suyas, estaban completamente rojas. Casi parecía que ella también estuviera exi… pero no, no era posible.

Aspirando con fuerza para calmar las pulsaciones de su corazón y de otras partes de su cuerpo que habían comenzado a despertar, intentó tranquilizarse.

—¿Quieres continuar con el masaje?—le preguntó ella.

Pensar en sus manos nuevamente sobre él sirvió para enardecerlo nuevamente. Tragó saliva e intentó pensar en una nueva excusa para negarse pero no pudo idear algo lo suficientemente inteligente como para no levantar sospechas. Además, se lo había prometido. Así que asintió levemente.

—¿Quieres recostarte?—le preguntó señalando la cama—Es para que estés más cómodo.

No, no quería recostarse pero si lo hacía podría presionar su cara con tanta fuerza contra la almohada y asfixiarse. Era preferible eso que tener que morir de vergüenza si nuevamente su cuerpo respondía del mismo modo a sus manos.

Se acostó boca abajo pero con el rostro a un costado para poder ver el momento en que ella hacía aparecer un pequeño frasquito de vidrio azulado. Al destaparlo un aroma suave y mentolado invadió el ambiente. Inconscientemente aspiró con fuerza, dejando que sus pulmones se llenaran de aquella fragancia fresca y relajante. La vio colocar un poco en sus manos para luego frotarlas entre sí. Lo próximo que sintió fue ese mismo par de manos sobre su espalda. Cálidas, deslizándose con facilidad gracias al aceite.

Sus movimientos fueron firmes, decididos y friccionaban los sitios correctos para hacer que él casi de deshiciera en la cama. Friccionó su cuello con precisión, ayudando a que el nudo que siempre tenía en aquel sitio se marchara poco a poco. Severus ahogo un gemido de placer contra la almohada. Aquello no estaba nada mal. De hecho, se sentía excelente y el saberlo lo asustaba un poco. No era algo que lo excitaba como los suaves toques anteriores sino un masaje propiamente dicho creado para enviarlo a las más ridículas alturas de la relajación.

Suspiró profundamente al sentir sus dedos deslizándose por toda su columna hasta el borde de su pantalón. Dedos que volvieron a subir por el mismo camino para luego masajear cada uno de sus omóplatos y de allí pasaron a sus costados. Antes de que se diera cuenta, se había movido incómodo, soltando una improvista carcajada para luego cerrar la boca de inmediato y contener la respiración.

Hermione también se había detenido al oírlo.

—¿Tiene cosquillas, profesor?—le preguntó ella.

Casi podía oír la risa en su voz.

Se apoyó en sus codos y volteó la cabeza para verla. Hermione lo contemplaba divertida, con las manos aun apoyadas en sus costados. Pudo ver la decisión en su rostro.

—No se atreva—le advirtió.

Pero ella volvió a deslizar los dedos por sus costados, apretándolo y logrando que volviera a retorcerse. Esta vez pudo apretar sus dientes lo suficientemente fuerte para contener la risa y continuar mirándola amenazadoramente. Sin embargo, parecía ser que la maldita sensibilidad que tenía en aquella zona no lo ayudaba porque no consiguió lo que pretendía y ella volvió a repetir la acción varias veces, riendo al verlo retorcerse.

Él era más fuerte que ella, eso definitivamente, y no le costó mucho separarse de sus manos mientras intentaba detener sus carcajadas. El cosquilleo que había sentido lo hacía estremecer visiblemente. La tomó por las manos, deteniéndola y la volteó de un solo movimiento, quedando él arriba y ella abajo, presionada contra su cama. Pero debía de haber supuesto que ella no se rendiría tan fácilmente porque se soltó y volvió al ataque.

Severus no había querido apretar su brazo con fuerza para no dañarla pero se dio cuenta que debía tomar medidas más desesperadas para esa ocasión. Con una mano maniobró y tomó las dos muñecas de ellas, llevándolas arriba de la cabeza de la joven y las apretó contra el colchón y con la otra buscó sus axilas y deslizó muy suavemente un dedo. La risa de Hermione no tardó en llegar y llenar la habitación. La sintió removerse bajo él y volver a reír cuando él repitió el gesto varias veces.

—¡Severus…! No…—rió mientras algunas lágrimas se escapaban de sus ojos—¡Severus!

—¿A caso nadie le dijo que no debe hacerle cosquillas a un león dormido?–le preguntó— Para ser alguien que leyó tantas veces la historia de este colegio es ridículo que no se haya aprendido su lema.

Hermione rió sin contestarle nada hasta que él se detuvo pero no soltó sus manos y ambos quedaron respirando agitadamente en la misma posición: Severus sobre ella, a escasos centímetros de su rostro. No fue consciente de eso hasta que la vio sonreírle.

—Pero no estabas dormido—indicó ella—y no eres un dragón… yo diría, más bien, una serpiente.

—Es igual de peligroso—murmuró.

Ella pasó inconscientemente su lengua por su labio inferior, humedeciéndolo, y los ojos de Severus siguieron el movimiento. Tragó saliva, siendo verdaderamente consciente de cómo se encontraban y de las inmensas ganas de besarla que tenía.

¿Se atrevería? Por su mirada pudo deducir que ella estaría más que dispuesta pero, ¿y si se equivocaba?

Decidido a arriesgarse con un valor que no supo de dónde sacó, inclinó su cabeza. Sus alientos chocaron pero sus labios tardaron un segundo más en tocarse. Fue algo lento, una caricia suave que le hizo recordar la primera vez que la había besado en el bosque. Hermione comenzó a mover los labios contra los suyos y él la imitó. Nuevamente los roles de maestro y alumno se invirtieron porque era ella la que inconscientemente le mostraba como besar y Severus sólo se dejaba llevar, repitiendo cada uno de sus gestos.

Se sentía algo mareado del placer de solo besarla. Claro, en el bosque había disfrutado pero en aquel momento todas las sensaciones parecían redoblar su fuerza e impactar en él sin piedad. Era un buen aprendiz, él mismo lo sabía, y no pudo evitar sentirse orgulloso al separarse momentáneamente de elle y comprobar que respiraba agitadamente y que tenía los labios rojos. Pero la separación sólo duró unos instantes porque Severus la había soltado, dejándole libre las manos, y ella había aprovechado para llevar su mano a su cuello y empujarlo nuevamente hacia abajo, para que sus bocas se volvieran a abrir.

A Hermione le resultó muy fácil hacer que Severus abriera los labios y que profundizaran el beso. Usó su lengua para explorarlo, sus dientes para mordisquear sus labios y cuando terminó, Severus puso en práctica lo aprendido hasta lograr sacarle un par de gemidos.

Separarse para buscar aire fue inevitable. Hermione lanzó un quejido de protesta que casi lo hizo volver a devorarle la boca pero se dio cuenta que si seguían así, él se encontraría en una situación muy incómoda y muy excitante a la vez. Pero ellos no estaban listos aun para eso. Él no lo estaba.

Lo que había sucedido esa noche había sido un gran paso para su relación. Recién había sido su segundo beso pero con esto Hermione se le había metido en la piel.

La oyó reír y bajó la vista a ella. No era una risa de burla sino, más bien, como si no pudiera caber dentro de sí de la felicidad que sentía.

¡Merlín, era hermosa!, pensó al verla con el cabello revuelto, las mejillas sonrojadas y los labios rojos por los besos que habían compartido.

Sí, definitivamente Hermione Granger había cambiado su vida. Sólo rogaba no tener que sufrir cuando despertase de aquella realidad.


Y Severus sigue creyendo que aquello es demasiado bueno para ser verdad... Veremos si Hermione puede hacerle cambiar de opinión o si la terquedad terminará arruinándolo todo.

Gracias por leer.

Besos.