¡COMO DOS JODIDAS GOTAS DE AGUA!
By Silenciosa
Disclaimer: No me pertenece South Park. Todo lo que hago lo hago por y para el puro disfrute de mi imaginación y la de aquellos que me leen. Nada más.
CAPÍTULO IX. Parte 1. Dios otorga, Dios despoja.
" Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. (...) Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu. "
Extracto de El ombligo de los limbos por Antonin Artaud.
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"¿Qué hago? "
Eso mismo se preguntó Stanley Marsh a sí mismo en una espiral infinita de veces. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar. Incapaz de digerir aún las últimas palabras de Kyle, fue consciente del vacío enorme que se había alojado en su cabeza. Era el sombrío desenlace de lo que para él había sido un momento trascendental. Se sentía destrozado, perplejo y, quizá, un poco enfadado también al haber desconocido la verdad. Sin darse cuenta, sintió cómo su cuerpo había sido partido por la mitad desde dentro con un sólo corte. Una mitad intentaba asimilar por todos los medios la declaración de su amigo; la otra mitad se negaba en creer en Kyle y le hostigaba a empujarlo de su memoria a algún región de su cabeza donde no alcanzaran sus pensamientos. Las dos mitades, como dos magnánimas fuerzas contrapuestas que chocan sin esperarse luchaban encarnizadas en su interior. Cada mitad tiraba de él hacia su lado y así tenerlo a su favor. Un terrible pesar abrumó su joven cuerpo.
Escuchó los apresurados pasos de Kyle alejarse y descender por las escaleras. Por el camino, Kyle tuvo que haberse topado con su madre, Sharon Marsh, ya que los escuchó hablar en un intercambio bastante escueto de palabras.
—¡Hola, Kyle, no te había oído llegar! ¡Cielos! No tienes buena cara. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí, no te preocupes, Sharon. Estoy perfectamente. Sólo tengo algo de prisa. Hasta luego.
Lo siguiente audible fue el sonido de la puerta principal siendo cerrada. Y, poco después, el ruido de motores que producía el vehículo de Kyle se perdió en el eco de la lejanía.
Stan apretó con fuerza los dientes, intentando no gritar de frustración. Finalmente, pudo contener el enorme impulso de seguir a su amigo. Había echado raíces en el suelo creyendo que era mejor así; por el bien de los dos. Suspiró entrecortadamente, se sentó en el borde de la cama y escondió su cabeza entre los brazos, apoyados codos sobre piernas. Dejó caer su pensamiento sobre Kyle como queriendo unir piezas de un complejo engranaje. Meditó y reflexionó hasta dolerle la cabeza. Había creído tácitamente que Kyle ya no le necesitaba, que por eso se había alejado de él como para que su amistad acabara mermándose con los años. ¿Y si ese algo que lo distanció a Kyle no era otra cosa sino… sino amor?
Amor.
Al reconsiderar esa palabra, su cuerpo quedó paralizado y se estremeció ligeramente. Y poco pudo para controlar ese temblor que fue semejante a un escalofrío febril cuando se atrapa una gripe fuerte. Se dio cuenta de que algo pesado se había asentado en su pecho.
"¿No será que yo…? No, no es eso", se dijo Stan a sí mismo. "Y si no es así, ¿por qué este pensamiento ha hecho vibrar mi corazón físicamente? ¿Por qué no dejo de pensar en que siempre hubo en Kyle algo que me ha hecho sentir tantas veces de esta manera tan rara?"
Demasiadas preguntas. Fue ciertamente Oscar Wilde quien dijo "la pregunta llega muchas veces terriblemente más tarde que la respuesta." Y Kyle había respondido a su pregunta antes incluso de habérsela formulado Stanley.
"Él me respondió estaba enamorado de mí."
Su rostro se irguió cuando escuchó el inesperado sonido de unos pasos acercarse. Eric y Wendy habían entrado a su habitación.
—¿Qué le has hecho a Kyle, hippie de mierda? —rugió furioso Eric—. Wendy y yo regresamos del jardín y vimos a Kyle irse a toda prisa. ¡Siempre que Kyle está así es por ti, maldito hijo de puta! ¿Qué le has hecho? ¡Habla!
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, Cartman se precipitó hacia delante, lo agarró por el cuello de la camiseta, lo hizo levantar de la cama y lo empujó hasta hacerle estrellar contra la pared del fondo. Todo el aire de sus pulmones lo abandonó cuando el dolor se disparó por su columna vertebral.
—¡Para, Eric, por favor! ¡No le hagas daño! —gritó Wendy mientras aferraba con ahínco uno de los brazos del enorme joven con intención de alejarlo todo lo posible de él.
—¿Alguien me puede explicar a qué vienen esos gritos?
Sharon, su madre, había entrado por la puerta movida por el jaleo que había oído desde el piso de abajo. Entretanto, a Eric le fue muy fácil desprenderse de los brazos de Wendy que lo apresaban. Éste cogió las manos que lo refrenaban y las apartó sin ejercer ningún tipo de fuerza o brusquedad. Ahora, sin estar Kyle presente, el rencor que anidaba Eric hacia él salía a la luz sin reparo. Stan tampoco escondió su rencor recíproco. Sin tener ningún tipo de temor, se le enfrentó, aproximándose a Eric Cartman, y se puso a su altura a pesar de ser más bajo en altura. En cambio, su desprecio era igual de equitativo que el de Eric. Stanley se consideraba una persona bastante pacífica pero cualquier persona sabe hasta dónde llegan sus límites y, evidentemente, él no estaba hecho de metal, era de carne y hueso, también tenía límites que podían rebasarse y ceder. No le fue necesario alzar la voz para que sonase amenazadora.
—Quiero que te largues de aquí ahora mismo, Cartman. No eres quién para decirme lo que tengo o no tengo que hacer. Lo que ocurra entre Kyle y yo no es asunto tuyo; nunca lo ha sido. A ver si te lo grabas en la cabeza de una puta vez.
Cartman, en respuesta, se abalanzó contra él y lanzó el puño. Desprevenido, Stan se agachó en acto reflejo, no lo suficientemente rápido y recibió el puñetazo en el ojo izquierdo. Fue tan duro el golpe, tan doloroso, que tambaleó hacia atrás sobre sus pasos y cayó al suelo. Sintió que la vista del ojo lastimado se le nublaba y todo en su cerebro le daba vueltas. No importaba. Estaba en el suelo y tenía que levantarse. Tenía que defenderse. En eso que Wendy y la señora Marsh frenaban el ataque de Eric forcejeando con él, Stanley se impulsó para ponerse de pie, movido por un arrebato de odio frenético. Se arrojó contra el otro, éste último se soltó de las dos mujeres e intentó enviarle otro puñetazo; sin embargo, más rápido que la vez anterior, Stan lo esquivó y le propinó un puñetazo en la mandíbula. Eric gruñó, más de ira que de dolor en sí. Entonces dos hombres los separaron: unas manos toscas lo apartaron rápidamente de Eric Cartman. Aquellos dos hombres eran su padre, Randy, y su tío Jimbo Kern (en vez de apellidarse Marsh, su madre soltera lo apellidó por el suyo). Stanley recordó que Jimbo había venido a casa para ver la final de la SuperBowl con su medio-hermano. Tanto Jimbo como Randy los separaron con la ayuda de Wendy y Sharon. Se dio cuenta de que Wendy lloraba, aguantando estoicamente los forcejeos y suplicando al hijo de Lianne para que parase. Más que refrenarlo, Wendy parecía que lo abrazaba. Entretanto, su madre no paraba de apretarle las muñecas para evitar que golpeara o avanzara hacia Cartman.
—¡Tú eres el que se ha buscado esta situación! ¡Tú, Marsh! ¡Tú te has buscado solito todo esto! ¡Así que jódete! ¿Me oyes? ¡Jódete!
Mientras Randy y Wendy se lo llevaban a tientas de la habitación, siguió escuchando al chico de Nebraska proferir insultos en su contra.
Todo terminó con la misma fugacidad con que había empezado.
Jimbo le obligó a sentarse en la cama. —¡Ey, ya está, ya está! ¡Cálmate, sobrino! ¡Todo se ido a la mierda y ha terminado!
Stan apoyó las manos sobre las rodillas inestables y luchó por respirar entre jadeos. Ya no por el cansancio de la pelea sino por el asma con el que convivía desde niño. Había forzado tanto el cuerpo que el aire entraba con dificultad en sus pulmones mientras que el diafragma parecía haber quedado estancado en una misma posición. Sentía que se estaba asfixiando. Stanley quedó paralizado y su madre no tardó demasiado en saber lo que le estaba ocurriendo. Sharon Marsh barrió con la mirada, entre impotente y nerviosa, la habitación de su hijo. Wendy no estaba: se había ido en pos de Cartman.
—¡Ey, Stan! —le zarandeó por los hombros tío Jimbo, aun desconociendo lo que le ocurría—. ¿Qué demonios te ocurre?
No pudo responder. Tragaba aire con angustiosa necesidad, semejante a un pez fuera del agua.
—¡Al fin! ¡Lo encontré! —exclamó su madre mientras corría hacia él y se lo entregaba—. ¡Aquí está tu inhalador! Deja que te ayude, cariño.
Su madre y su tío no dejaron de quitarle ojo mientras tragaba costosamente el aire emitido por el inhalador. Sharon se sentó a su lado después de haberle ayudado con el aparatillo, alisando en una maternal caricia la mano arriba y abajo sobre su espalda para que sus nervios apaciguasen. El ataque siguió prolongándose durante lo que le pareció a Stan una eternidad.
—Recuerda tratar de respirar lo más hondo que puedas, Stanley. Enseguida se te pasará y te sentirás mucho mejor.
Cuando volvió en sí, sintió que estaba empapado de sudor. Lo siguiente que notó fue el inaguantable dolor acumulado en su ojo herido a causa del puñetazo. Debía de tenerlo muy, muy hinchado. El primero con quien tuvo contacto visual fue con su tío Jimbo. Éste le devolvió una sonrisa reconfortante.
—¡Ja, chaval! ¡Nunca llegué a imaginar que te vería clavando puñetazos a alguien! ¡Con lo hipp…, digo, pacífico que has sido tú siempre! ¡Maldita sea! El hijo de Lianne no se ha quedado atrás tampoco porque te ha dejado el ojo que da pena verlo pero…, ¡diablos! ¡Eres bueno con tus derechazos! ¡Seguro que le dejaste un buen moretón en la mandíbula!
—¡Basta, Jimbo! —sentenció Sharon muy molesta—. ¡Pelear de esa manera no está bien! No, no está nada bien y tú, Jimbo, no deberías incentivarlo con esa clase de comentarios violentos —su madre se volvió a él, aún estando sentada a su lado—. Stanley, hijo, es impropio de ti hacer lo que has hecho. No te he criado para que actúes de ese modo.
Stanley suspiró. En verdad, detestaba la violencia. Odiaba solucionar las cosas a base de golpes.
—Lo siento, mamá, pero es que ya no podía más. Sé que no es propio de mí pero... ganas no me faltan todavía de ir a buscarlo y reventar su cara de bastardo.
—¡Olvídalo ya, Stan! ¡Aquí nadie le reventará la cara a nadie! ¿Estamos? Lo que sí necesitamos es una bolsa de hielo antes de que se te hinche y se te ponga el ojo más morado que una ciruela.
—Yo iré a por una —se ofreció voluntario Jimbo con otra sonrisa de tío orgulloso—. ¡Y de paso traeré varias birras por lo bien que se sabe defender mi sobrino!
Sharon lanzó una mirada hosca de desaprobación a su cuñado mientras éste marchaba rumbo a la puerta. Luego, lo observó con la respiración alterada y la conmoción en un visible temblor de manos. Su madre había presenciado la escena, cosa que a Stan no le estaba agradando en absoluto. Persistió en analizarlo con la mirada, como queriendo saber lo ocurrido leyéndole la mente; habilidad que toda mujer adquiere cuando se convierte en madre. No supo hasta qué punto pudo canalizar y comprender lo habido en sus ojos, pero la mujer asintió levemente, algo perpleja, e intentó contarle algo. El corazón de Stanley comenzó a latir con endemoniada fuerza, estremecido, pero ella quedó callada de repente cuando tuvo noción de que tío Jimbo había vuelto a la habitación con una bolsa de hielo en una mano y dos latas de cerveza en la otra.
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La dueña de la librería, Amanda Glenn, esperó en silencio a que Kenny terminara de efectuar el cobro de varios libros a un cliente. Agradeció a Dios en lo acertada que estuvo por haber escogido a aquel chico como ayudante en la tienda que regentaba junto a su marido Harvey Glenn. Ya era una pareja cercana a la cincuentena y llevar al día toda la organización que requería su negocio se les había venido muy cuesta arriba. Habían transcurrido varios meses cuando decidieron colgar un anuncio buscando un aplicado ayudante que les solventase la ardua tarea de llevar el trabajo constante que requería la librería. Llegaron varias personas pidiendo el puesto; unas más cualificadas que otras, incluso, jóvenes de pueblos cercanos con másters bajo el brazo. Amanda Glenn estuvo a esto de escoger a uno de esos jóvenes altamente cualificados, pero su idea cambió cuando aquel bien parecido muchacho entró en la librería para hacerse con el puesto y que, a diferencia de los otros, no tenía ningún tipo de experiencia profesional. Tanto Amanda como su marido lo conocían e, incluso, ella lo quería como a un hijo. Y eso que era madre de dos gemelos. El cariño maternal de Amanda se consolidaba aún más cuando recordaba melancólicamente la turbia y triste historia de la familia de Kenny Stuart McCormick.
Stuart McCormick, el padre de Kenny, fue un niño natural del pueblo. Había sido criado por su padre o, mejor dicho, se había criado prácticamente en la calle y no en su hogar. El padre de Stuart fue un hombre corriente; de esos que pasan desapercibidos para la gran mayoría de la gente. Tenía una casa acogedora y un sueldo acomodado. Era el típico trabajador uniformado que se encerraba en el cubículo que le habían asignado en la oficina y no paraba de trabajar hasta caer la noche sobre sus hombros. Se casó al tiempo con una jovencita del pueblo y pronto quedó embarazada. Las habladurías contaban que era un matrimonio feliz, normal, bien avenido. Nada más dar a luz, la madre de Stuart dejó caer un último suspiro para nunca regresar. Había muerto después de soportar un parto agotador y doloroso. El padre de Stuart aceptó criar al fruto de un amor que lo había reducido en una profunda depresión. De haber sido un hombre ejemplar pasó a quedar reducido a la más nimia de las nadas; había muerto en vida. Fue inevitable entonces que viese a su hijo Stuart con desprecio a pesar de hacerse cargo de él. ¿Cómo podía amar al ser que le había arrancado al amor de su vida?
La infancia del pequeño Stuart fue gris. Envuelta siempre en una insondable y constante falta de atención y afecto. Su padre dejó de trabajar debido a la depresión, por lo que recibían una ayuda mensual del gobierno. Para colmo, el padre de Stuart, en lugar de recuperarse, se había convertido en un hombre furioso cedido por los ardides del alcohol y las drogas. Y Dios bien sabe que no ha habido nada más peligroso en el mundo que un hombre furioso cedido por los ardides del alcohol y las drogas. El poco dinero que ganaba se lo gastaba en alcohol y en heroína, así que el joven Stuart se buscó la vida como repartidor de pizzas para poder subsistir y pagar los gastos de la casa. Incluso, su padre le había violentado a base de amenazas para que le diera dinero y satisfacer así sus incontenibles y caros vicios. No fue de extrañar que pronto Stuart dejase los estudios ante la necesidad de trabajar a jornada completa.
Amanda Glenn siempre sintió lástima por Stuart. Le había ofrecido su amistad, siendo ella unos seis años mayor que él, junto con la de un chico judío del pueblo, de cabellos extravagantemente rizados y de ojos muy verdes, un tal Gerald Broflovski, quien había sido compañero de clase como también el mejor amigo de Stuart. Tanto Gerald como ella intentaron hablar en más de una ocasión con el padre de Stuart para que entrara en razón y fuese responsable de la educación de su hijo; sin embargo, todo intento fue vano. Stuart, teniendo dieciocho años sobre sus hombros, huyó de South Park sin tan siquiera despedirse. Gerald marchó a la universidad por un tiempo y Amanda se casó y formó una familia. El padre de Stuart murió después de dos años tras la marcha de Stuart, solo, en un callejón, rodeado por botellas vacías de whiskey y con una jeringuilla aún clavada en el interior del brazo. Los forenses dictaminaron que había muerto por una sobredosis de heroína. Finalmente, el pueblo se apiadó de aquel hombre fallecido y pagó su entierro, siendo desterrado al olvido al cabo de unos días. La casa de McCormick, el único atisbo de recuerdo que podía vincularlo al fallecido, fue derruida, se construyó una viviendo nueva y fue adquirida pronto por una feliz pareja de holandeses recién llegados al pueblo.
El apellido McCormick poco a poco fue haciéndose más borroso y ya nadie lo tuvo en mente... hasta hace diecisiete años.
Hace diecisiete años y casi seis meses, exactamente, Stuart McCormick regresó a South Park sin que nadie lo esperase ni por asomo. Volvió a South Park un año después tras la trágica muerte de su padre. Tanto Amanda Glenn como cualquier otro habitante del pueblo se asombró hasta el paroxismo más absoluto al conocer la inesperada vuelta de Stuart McCormick a South Park. Y no llegó solo: venía acompañado de una pelirroja guapísima en estado muy avanzado de gestación y con un infante cargado en los brazos. Stuart no reclamó el terreno donde hubo estado la casa de su padre, ahora propiedad de nuevos vecinos. Era como si él no quisiese vincularse con el pasado. En vez de eso, compró un pequeño terreno con un bungalow en medio, de color verde, situado en una de los vecindarios más apartados del centro del pueblo y a pocos kilómetros del paso de ferrocarril.
Cuando se enteró de la llegada de Stuart, Amanda decidió hacerle una visita de bienvenida. Al fin y al cabo, había sido su amiga durante la infancia y parte de la adolescencia. No estaría mal saludarle y saber qué tal le iba en la vida. Después de cerrar la librería, Amanda compró una bonita tarta de manzana en la pastelería del pueblo. Era típico de vecinos el hacer un pequeño obsequio de bienvenida a los recién llegados al pueblo. Pidió que se la envolvieran en una caja y marchó en su coche hasta el nuevo hogar de los McCormick. El reloj marcaba las nueve. Entre tímida y cohibida, Amanda se acercó con la tarta envuelta, sostenida en sus manos, y tocó varias veces en la puerta. Esperó por espacio de dos minutos un tanto impaciente. Miró a su alrededor. El olor escarchado y neblinoso del invierno era perceptible, olía a madera húmeda, a tierra congelada, a nieve recién caída. La niebla que envolvía el pueblo a esas horas no era grávida sino más bien de textura ligera: una asonancia neblinosa que chocaba contra los edificios, contra los abetos y los olmos desnudos. La calle de aquel barrio era íntima, terrible, demoníaca aunque hermosa. Noches reducidas que recuerdan a las calles londinenses del XIX; eran noches de Fredy Krueger, de Jack el Destripador, de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. A ratos, nevaba copiosamente; a ratos, escampaba como queriendo Dios dar tregua. El termómetro marcaba diez grados bajo cero por lo que Amanda sintió que sus huesos se calaban bajo la espesa ropa de abrigo que llevaba puesta. Creyendo que no había nadie, a pesar de ver las luces encendidas a través de los cristales de las ventanas, decidió que era mejor irse. Para su sorpresa, una personilla había abierto la puerta: era el niño pequeño de la pareja. Estaba bien protegido del frío. Chaquetas, abrigo acolchado, gorro, bufanda, guantes… Algunos mechones de pelo castaño ceniciento asomaban del gorro y descansaban sobre su frente. El hijo de los McCormick se movía con torpeza al estar parapetado con tanta ropa. A Amanda se le antojó enseguida a que era una copia perfecta de Stuart.
—Hola, pequeño —le saludó ella con una amable sonrisa—. ¿Están tus padres en casa?
El niño la miró algo desconfiado con sus ojos color de nuez, aún estirado hacia arriba su brazo, asiendo con la mano regordeta, típica de un infante, el pomo de la puerta. —¿Quién eres?
—Me llamo Amanda. ¿Y tú cómo te llamas?
—Kevin.
—Oh, ¡pero qué nombre más bonito! ¿Y qué edad tienes, Kevin?
El niño trasladó sus aniñados ojos de Amanda y los llevó hacia los dedos de su mano desocupada. Después de dudar en su elección, Kevin elevó su mano hacia ella y, ejerciendo una complicado encoger de meñique y pulgar, dejó sólo extendidos los tres dedos del centro.
—¿Tres? ¿Tres añitos ya? ¡Pero qué grande eres!
El niño asintió varias veces dándole la razón, remarcado con una sonrisa de regocijo al ser considerado mayor. Amanda intentó preguntarle nuevamente sobre sus padres pero, de la nada, proviniendo de alguna sala del interior, escuchó el gemido dolorido de una voz femenina. Kevin no pareció sobresaltarse por ello. Lo miró con los ojos entornados.
—¿Qué ha sido eso?
—Mamá —le respondió.
—¿Mamá?
Kevin sorbió su nariz mocosa y asintió de nuevo. —Sí. Quiere nacer mi hermanito —cambió el semblante por uno indignado, inflando los mofletes—. ¡Pero los juguetes son míos! ¡Míos, míos y míos!
Sin esperar por más tiempo, Amanda se dio paso por la puerta, apartando con cuidado al niño, entró en el interior y cerrándola tras de sí. Puede que Stuart no estuviese allí y estuviese dando a luz la mujer sola, únicamente acompañada por su hijo de tres años. Tal y como esperaba, el interior del bungalow estaba precedido por la casi inexistencia de mobiliario. El eco hizo que el ahuecado sonido de sus zapatos de tacón se expandiera con facilidad y resonasen en el espacio. El salón sólo contenía varias sillas, una mesa, un aparador, decenas de cajas amontonadas en el fondo y una televisión de pocas pulgadas sobre la mesa. Gajes de la mudanza. No obstante, le había llamado la atención una fotografía descansando en la superficie de la mesa. En ella estaba representada la esposa de Stuart subida a un caballo. El lugar donde se había sacado la fotografía se describía árido. La tonalidad rojiza de la tierra hizo que Amanda pensara en las tierras de New Mexico.
Amanda se guió por los gemidos doloridos procedentes de la mujer. Provenían de una habitación del fondo. Fue hasta allí dejando antes el pastel en la mesa. Sobre una colchón envuelto por sábanas blancas, sin catre, estaba recostada la joven compañera de Stuart. Ésta tenía extendidas las piernas y se aferraba al vientre con sus manos temblorosas. La pelirroja quedó atónita ante la presencia de Amanda. Estaba claro que no esperaba a nadie y menos a una desconocida.
—Hola, sé que no es momento de presentaciones. Sólo te contaré que me llamo Amanda y fui amiga de Stuart hasta que se marchó de South Park. Yo estaré aquí para ayudarte. Respira hondo, bien, así, poco a poco. Quédate tranquila; todo irá bien. Estaré aquí contigo el tiempo que haga falta. Te lo prometo.
La joven suspiró aliviada, sonriéndole agradecida aunque costosamente al ser incapaz de articular palabra a causa del dolor de las contracciones. Amanda le devolvió la sonrisa pero por dentro estaba hecha un manojo de nervios. ¿Qué debería hacer ahora? Era imposible levantarla del colchón y meterla en el coche para llevarla al médico del pueblo. Hace diecisiete años no había hospital en South Park. Como ocurre en la gran mayoría de los pueblos, sólo se contaba con la presencia de un médico y una partera. En aquel momento de indecisión se oyó el ruido de una puerta al abrirse y cerrarse de golpe. Amanda escuchó voces de varias personas intercambiarse entre sí en una conversación. Salió al encuentro y encontró aliviada la presencia de Stuart acompañado por el médico y la partera. Dedujo entonces que Stuart había salido como loco en busca de ayuda. Su viejo amigo la miró extrañado, como si en un principio no la reconociera. Los otros dos entraron a la habitación a atender a la embarazada.
—¿Amanda? ¿Eres tú? ¿Qué haces aquí?
Bajó la mirada esmeralda y algunos mechones rubios de su pelo rodaron hacia delante. —Esto…, vine a visitaros para daros la bienvenida al pueblo. Cuando toqué en la puerta me recibió tu hijo Kevin y me contó lo de tu…, tu…
—Mi mujer.
Volvió a mirar a su antiguo amigo que casi no había reconocido. —Sí, eso es, tu mujer. Y entré pensando que a lo mejor estaba dando a luz sola y…
Stuart la interrumpió colocando una mano sobre su hombro con una sonrisa de agradecimiento.
—Os ayudaré en lo que pueda —añadió muy segura de querer hacerlo.
Las horas pasaron lentamente. Amanda quedó para ayudar a la partera en todo aquello que le pedía. Desinfectó los utensilios médicos, trajo agua limpia, cambió sábanas, y sobre todo, junto a Stuart, ejerciendo de apoyo moral para la joven que descubrió que se llamaba Carol. Una de las manos de ésta se aferraba a la de Stuart; y la otra, en el otro lado del colchón, estrechaba con fuerza la mano de Amanda. De fondo, en alguna habitación cercana escuchaban la voz de Kevin jugando con sus juguetes, totalmente desconocedor de la gravedad del asunto. Siendo tan pequeño poco podía entender sobre lo bueno y lo malo en la vida. Afuera parecía haberse desatado una fuerte tormenta de nieve. El viento golpeaba con fuerza los postigos de las ventanas cerradas y, de vez en cuando, breves haces de luz parpadeaban para luego sonar lejanos relámpagos, grandes y bajas nubes cubrían las montañas y ráfagas de viento y nieve apuntaban a una copiosa tormenta que duraría días. Las tormentas solían ser fuertes y salvajes en South Park. Faltando diez minutos para la medianoche, la cabecita del bebé comenzó a asomar. Para la matrona y el médico fue un síntoma de alivio; no obstante, pidieron a Carol insistentemente que empujara más y más seguido. La chica pelirroja tiraba y tiraba con fuerza, debilitada por el cansancio, bañada por una capa fina de sudor.
—¡No puedo! —sollozó adjunto a un grito de frustración—. ¡No puedo más!
—¡Claro, claro que puedes, Carol! —le animaba Amanda, dejando que la chica apretara fuertemente su mano—. ¡Sólo queda un empujón más!
—¡Ya, ya llega! —gritó la partera de pronto—. ¡Ya está aquí! ¡Vamos, muchacha! ¡Ya tengo a tu niño! ¡Un poco más! ¡Vamos!
Kenneth Stuart McCormick nació justamente con la primera campanada proveniente del campanario de la iglesia que anunciaba medianoche.
Por un simple segundo, el pequeño Kenny había llegado al mundo el día 21 de enero de 1994.
Momento en que la constelación de Acuario se hacía líder en el cielo nocturno.
De fondo, las campanadas siguieron repicando hasta la doceava. Luego todo quedó en un ronco silencio. El último empujón produjo que Carol perdiera el conocimiento y no tardó en que el médico atendiera a sus constantes vitales. La segunda y poco favorable sorpresa la dio la matrona. Aún sosteniendo la mano de la muchacha, Amanda contempló horrorizada la cara de tristeza de la regordeta matrona que había asistido el parto. Entre sus manos enguantadas, ensangrentadas, cargaba el pequeño cuerpecito desnudo de un bebé. Éste no lloraba como hubiera hecho cualquier bebé al nacer, ni tampoco movía angustiado sus manitas y piececitos, en vez de eso estaba inerte, con el cordón umbilical ya cortado, colgando sobre un pequeño vientre que no ejercía la voluntad de respirar por sí mismo.
—Oh, no… —farfulló Amanda, con la mirada humedecida.
Dedicó sus ojos esta vez en dirección a Stuart. Éste parecía haber quedado petrificado de pronto. A casi una hora del alumbramiento, Carol dormía profundamente sin correr su vida ningún peligro. Amanda lloraba sola, en silencio, mientras terminaba de calentar una taza de café en el microondas de la cocina, ésta todavía apenas amueblada salvo con lo mínimo. Una vez hubo calentado el café, lo llevó consigo y se encaminó hacia el salón con el cuerpo aún atacado por la conmoción. En el salón, tanto médico como matrona, hablaban e intentaban calmar con palabras a un Stuart hecho trizas por la pena de haber perdido a su segundo hijo. Verlo así hizo que a Amanda se le ahogaran los ojos de pura tristeza, ella tenía dos hijos, dos gemelos ya de cuatro añitos, y no tenía el valor de imaginarse sin ellos. Se sentó en una silla anexa a la de Stuart y le extendió la taza de café que había preparado para él. Stuart la tomó pero no parecía tener la disposición ni las ganas de tomar nada. Simplemente, quedó observando, cabizbajo, el líquido humeante nacer de su taza mientras escuchaba las palabras del médico:
—Hubiera sido imposible salvarlo, Stuart —dijo en un tono de voz apagado—. Llevaba el cordón umbilical enredado en su cuello y al salir, con la presión, quedó asfixiado. Realmente ocurren casos como este, pero no dejan de ser terribles a ojos de mi experiencia. Que Dios lo asista en su amparo.
Tanto ella como el médico lo vieron llorar sin saber qué más poder hacer por él.
—Debería... El bebé debería haber nacido en Roswell —escuchó Amanda decir a Stuart entre susurros, como si hablara consigo mismo—. Los científicos hubieran sabido cómo tenía que nacer. Maldita, maldita sea...
¿Científicos? ¿Había entendido Amanda bien? Decidió no intervenir porque en verdad no estaba segura si había escuchado correctamente a Stuart. Tampoco entendía la verdad encerrada en esas palabras. La matrona, a lo lejos, cargaba con Kevin. Lo acunaba en sus brazos, aún después de haberse quedado dormido el niño desde hacía rato. Se levantó de la silla y se acercó a la matrona.
—Déjeme al pequeño —le pidió amablemente para que le entregara al niño dormido—. Yo lo acostaré en su habitación.
La matrona regordeta no puso ningún inconveniente y le entregó a Kevin. Amanda lo cargó y se dirigió a la habitación del infante. Había una cuna de barras, varias cajas sin abrir y juguetes dispersos por el suelo. Acostó al niño en la cuna, le besó con cariño en la frente y lo abrigó con las mantas. Le dedicó una mirada de angustia. La pura inocencia de Kevin estaba totalmente ajena a la densa y neblinosa tristeza que abrumaba cada resquicio de aquella casa.
Quedó escuchando el silencio ominoso que hilvanaba el aire hasta hacerle pitar los oídos. Sus cejas se constriñeron, quedando marcadamente fruncidas y la boca torcida en una mueca de total incomprensión. No hacía mucho que afuera estaba cayendo un vendaval y, en algún momento sin que ella tuviera la noción de ello, el cielo parecía haberse callado de repente. Se acercó a la ventana cerrada de la habitación y miró a través del cristal. Su boca quedó entreabierta por el asombro: sus ojos verdes contemplaron, atónitos, un cielo totalmente estrellado que no albergaba ni una sola nube en su infinito regazo. ¿Cómo era eso posible? En un frívolo transcurrir de minutos, de una noche encapotada y tormentosa, se había enjuagado el cielo de todo síntoma invernal, dejando a la vista un hermoso firmamento que recordaba a las noches de verano. Y todo después de medianoche tras las campanadas. Si no fuera por la nieve anteriormente caída cubriendo el suelo y por las bajas temperaturas, hubiera parecido aquella noche una auténtica noche típica de mediados de agosto. Desde allí, Amanda pudo descifrar fácilmente la constelación de Acuario. Era tan inmensa que ocupaba gran parte de aquel cielo; flotando en lo más alto del mar celeste. Muy a pesar de su gran tamaño, era una constelación poco definida: sus estrellas se camuflaban con las demás que pendían por lo angosto del firmamento como si quisieran pasar desapercibidas a ojos del hombre. Este fue otro hecho que sorprendió Amanda, porque había descifrado a Acuario sin problema por sí sola al ser más llamativo y brillante de lo que normalmente era. Sin venir a cuento, Acuario pasó de ser una constelación que pasa inadvertida para ser el centro de atención del Universo aquella noche. Incluso Amanda podía afirmar con rotundidad que desprendía una luz altamente superior a la de sus compañeras constelaciones. Acuario se había convertido en el rey del cielo aquella noche. Del centenar de estrellas que conforman la constelación de Acuario, las dos más brillantes, muy semejantes al Sol aunque de dimensiones mayores, parpadeaban como nunca lo habían hecho antes en el firmamento. Era como si su intermitente brillar se tradujera en una especie de lenguaje secreto a modo de código Morse. Amanda se burló de sí misma al pensar que Acuario estaba hablando con ella. Deseó tener a mano una linterna para poder responderle con leves repiqueteos de luz.
Sin esperárselo, Amanda Glenn escuchó un gimoteo. Un llanto ahogado próximo y tan real que llenaron sus oídos frente a la opacidad del silencio reinante. Despegó de golpe la vista de la ventana y se acercó a la cuna. Por un momento creyó oír a Kevin llorar; no obstante, éste seguía durmiendo profundamente. Creyó que las emociones le habían jugado una mala pasada. A lo mejor había gmoteado Kevin mientras dormía. Su dolor de cabeza desapareció. Se olvidó incluso de estar agotada. Escuchó su respiración que sonaba rápida y con miedo. Agudizó sus oídos. Las voces provenientes del salón persistían en una charla de escuetas y apagadas la oscuridad de la habitación, iluminada únicamente por el candor de una noche estrellada en el exterior, Amanda Glenn volvió a escuchar el mismo ahogado gimoteo. Se preguntó si los del salón también lo habían escuchado. Pero parecía ser que no. Era como si sólo ella pudiese escucharlo. Volteó su rostro en señal de espanto, muy lentamente, y miró hacia la puerta abierta. Hubiera deseado ver a un fantasma en ese mismo instante en vez de escuchar el lloro de bebé que nacía de la nada. Un fantasma blanquecino y arrastrando pesares en forma de cadenas hubiese sido menos aterrador. En frente de la habitación de Kevin, estando entremedio el pasillo, había otra habitación ahora con la puerta cerrada. Parecían que los sollozos provenían de aquel sitio. Allí, precisamente, había llevado la matrona el cadáver del bebé. Lo había limpiado y envuelto en sábanas limpias, como un cadáver antiguo. Debían de esperar a la llegada de la pompa funeraria y los consiguientes miembros que constatarían la muerte del bebé y llevarían su cuerpo al forense para conocer y afirmar las causas que lo llevaron a la muerte. Los sollozos infantiles persistieron y sacudieron los pensamientos de Amanda quien tuvo que obligarse a dar el primer paso: deshizo la distancia que lo separaban de la entrada a la otra habitación para que su mano hiciera presión sobre el mango de la puerta y hacerla abrir.
La puerta no hizo demasiado ruido. En un primer vistazo al interior fue consciente de la oscuridad cerniendo cada recoveco. Sus dedos buscaron a tientas el interruptor de la luz, dio con él en un tantear exhaustivo y la accionó. Una liviana luz dorada bañó el interior tímidamente. Entró y cerró la puerta tras de sí. Al igual que otras zonas del bungalow de los McCormick, la estancia se caracterizaba por la poca prioridad de muebles. Había una cómoda al fondo. Sobre ésta, yacía lo que parecía ser el cadáver envuelto en sábanas del bebé.
Allí estaba. Sí, ¡allí estaba... moviéndose!
—No… ¡No es posible! —susurró ella inconscientemente cuando descubrió que aquel cuerpo intentaba moverse bajo las sábanas que lo envolvían con fuerza.
En vez de gritar fruto del pavor del momento, el instinto de madre fue más frente cualquier pensamiento de miedo a lo desconocido. Se apresuró y deshizo las telas que encadenaban aquel pequeño cuerpecillo que cabría perfectamente entre sus dos manos si las juntara. Quitó la tela con extremo cuidado y, sobrecogida aunque también maravillada, descubrió unos ojos grandes y añiles bien abiertos, mirándola, dejando de llorar al instante y con el trozo del cordón umbilical aún descansando sobre su barriga redondita y blanda que se movía en consonancia con los movimientos del diafragma.
El bebé estaba vivo.
Éste había dejado de llorar nada más ser librado del peso de aquellas telas. Lo acunó contra su pecho y suplicó a Dios o quien fuera aquel que estuviese allá arriba, en lo más alto del cielo, al igual que la constelación de Acuario, que aquello no fuese una ilusión provocada en su mente. Y así era: no era un sueño. Aquel niño estaba vivo, incomprensiblemente vivo. Amanda lloró de emoción mientras contemplaba al bebé que no la dejaba de mirar con los ojos abiertos como platos. No fue consciente de lo hermoso que era aquel bebé hasta ese instante. A diferencia de los recién nacidos que había visto, que por mucho que digan sus padres o la familia lo bonitos que eran, son arrugados, enrojecidos y con los ojos grisáceos sin color definido. Aquel bebé parecía un angelito en todas las de la ley: un dulce querubín renacentista, como uno de esos que acompañan a la Virgen María en su famosa Asunción. Era un bebé pequeñito y tan blanco como un algodón de azúcar, con un par de ojos añiles que parecían dos trozos de cielo, bien, bien abiertos y plenamente ya desarrollados. Amanda rió con cariño, entre lágrimas de alegría, cuando descubrió finísimos hilos plateados poblar su delicada cabecita; tan resplandecientes como el repentino y desmesurado brillar de Acuario aquella noche.
Salió apresurada de la habitación con el bebé en brazos y marchó por el pasillo hasta llegar al salón. Tanto la matrona, como el doctor y Stuart, la miraron pasmados al ver que cargaba con lo que para ellos era un bebé muerto. Ella sonrió y se lo entregó sin decirle nada a su padre. Stuart McCormick sonrió como nunca había sonreído antes en su vida cuando descubrió que el bebé estaba vivo. Entre lágrimas de alegría.
Por mucho que los médicos estudiasen el caso no dieron con la causa de tal proteico hallazgo. Habían ocurrido casos semejantes de niños que volvían a la vida después de haber nacido en una especie de estado comatoso que, por los nervios del personal médico, se habría confundido con una muerte prematura; sin embargo, la matrona se jactó en asegurar que cuando había cogido al bebé en sus brazos ya éste estaba muerto y se había asegurado totalmente de que lo estaba tomándole el pulso. Y los cuatro, tanto ella como Stuart y los dos profesionales, vieron el cadáver inerte del bebé que había quedado estrangulado con su propio cordón umbilical. En cualquier caso, el bebé estaba bien y eso era lo más importante. Amanda Glenn fue la madrina del niño a petición de sus padres y allí estaba diecisiete años más tarde, siendo aún la madrina de aquel hermoso albino de diecisiete años que ella aceptó para que trabajara en su librería sin pensárselo dos veces.
—Tía Amanda, ya he terminado por hoy. ¿Tía Amanda…?
La mujer despertó de sus recuerdos y descubrió que Kenny se había acercado a ella, mirándola un poco extrañado por su prolongado mutismo. Le sonrió agradable para evitar preocupaciones.
—¡Oh, Ken, cariño, dime! ¡Se me ha ido el santo al cielo pensando en mis cosas!
—Así que te has vuelto a quedar soñando despierta, ¿eh?
—Algo así, querido, algo así —le entregó un sobre que había traído consigo—. Ten, coge esto. Aquí tienes la paga del mes que te corresponde.
El chico aceptó el sobre con una leve sonrisa y lo guardó en la mochila que cargaba en uno de sus hombros. La puso de nuevo a sus espaldas y volvió a dirigirse a ella:
—Muchas gracias. ¿Hay algo más que necesites antes de que me marche, tía Amanda?
—No, Ken. Ya has hecho suficiente por hoy. Harvey y yo nos encargaremos de cerrar en un rato. Todavía tenemos que terminar algún que otro papeleo cargado de facturas y albaranes.
—Que no me entere yo de que se quedan por demasiado tiempo. Los dos necesitáis descansar tanto como los demás.
Kenny respondió con otra sonrisa aunque ésta no era una de esas típicas sonrisas radiantes que lo caracterizaban. Al igual que otras muchas mujeres de mediana edad, Amanda era consciente de fijarse hasta en el mínimo cambio habido en las personas.
—Oye, espera un momento…, ¿te encuentras bien? Esa carita tuya no es la misma de todos los días. No pareces el chico radiante de siempre que me ayuda con la tienda. ¿Marcha todo bien por casa?
Kenny asintió al momento. —Sí, todo marcha bien.
Amanda sabía que le estaba mintiendo. Las expresiones tan claras en el rostro del joven lo delataban.
—¿No será que estás enamorado de alguna chica?
Kenny levantó la cabeza y quedó pensativo por un instante. Resumió su respuesta con un sacudir de cabeza.
—No, te puedo asegurar que no estoy enamorado de ninguna chica.
Lo analizó visualmente en silencio durante unos segundos más sabiendo que le estaba ocultando la verdad y que, por lo tanto, le mentía. O puede que fuese una mentira a medias, o dicho al revés, una media verdad.
—¿Y los estudios?
—Por ahora van bien. He ido aprobando los exámenes que he hecho. Bueno..., no son notazas impresionantes pero con salir al paso me conformo. Por lo menos mis estudios avanzan hacia algún sitio.
—¿De veras? —Amanda no pudo reprimir su curiosidad—. ¿Es que todo lo demás en tu vida no avanza?
Kenny quedó sumido en el apacible silencio habido en la librería. Luego, vio cómo el chico tensaba los labios, frunciéndolos, hasta nacer en ellos una mueca de resignación y dijo:
—A veces pienso que mi vida se estanca, tía Amanda. Siento que todo el mundo evoluciona y cambia, sigue adelante mientras que yo me siento igual que siempre, me miro al espejo y sigo viendo al mismo mocoso de siete años que una vez fui. Siento que no paro de apearme de cuneta en cuneta haciendo autostop para que la gente que sigue el camino, esa gente que sí ha sabido crecer, me ayude a avanzar también. Tengo crecer con ellos porque no puedo hacerlo por mí mismo.
—No es malo crecer ayudándote de otras personas, Ken. Es bueno tener una mano que te guíe hacia delante. A mi entender es una parte fundamental de la vida. ¿No crees?
—Ya lo creo.
—Entonces, ¿qué hay de malo en ello? ¿Por qué hacerlo solo si puedes contar con alguien que te ayuda a crecer y a enriquecerte como persona?
A Amanda le dio la impresión de que a lo lejos se había oído un trueno. Alzó la cabeza y miró por el amplio cuerpo de cristal forjado que componía el escaparate de la tienda. No vio nada. El cielo estaba despejado. Un agradable atardecer de finales de mayo sin una nube. Estando todavía ensimismada, con los ojos puestos en el cielo que lograba entrever desde el escaparate, volvió a oír el mismo ruido. Tan sólo era perceptible un lejano estruendo equiparable a un cañonazo o al rugir de los motores de un avión. Retrocedió sus ojos en Kenny, éste no pareció inmutarse ante el sonido de los truenos cuando no había indicios de ninguna tormenta. Su atención radicaba en mirarla muy atento con aquel par de ojos añiles.
—Hay un viejo dicho, un refrán, que lleva toda la tarde rondando por mi cabeza —intervino el joven, haciendo uso de una voz imparcial inusual en él—. Dios otorga y Dios despoja. ¿Lo has escuchado alguna vez? —Ella respondió que sí. Kenny prosiguió—: Incluso, si desconocieras lo que te ha sido otorgado, Dios no olvida nunca lo que te concedió. Y del mismo modo que te lo ha dado, tampoco le temblará el pulso a la hora de arrebatártelo si lo cree conveniente. Algo que me recuerda también a la ley del karma; recibes lo que das, das lo que recibes.
—¿Qué intentas decirme? Siento que no llego a comprenderte del todo, Ken —le preguntó, confusa.
—Simplemente me he dado cuenta que Dios, el karma o lo que sea que esté allá arriba, está jugando conmigo. Quizá sea eso..., que recibo lo que verdaderamente merezco. Y lo que merezco es estar solo. Puede que únicamente sea una carga que da problemas.
Volvió a caer un trueno más intenso y cacofónico que los anteriores, el cual resonó dentro de la librería silenciosa. Era como si sólo se escuchase dentro de la librería mientras que, afuera, el tiempo seguía igual de magnífico. Amanda sintió cómo se le ponía la piel de gallina en los brazos y en el cuello.
—Mejor que os deis prisa en cerrar —dijo Kenny al cabo de unos segundos—: pronto habrá una tormenta.
Kenny se despidió sin antes darle un cordial beso en la mejilla.
Sin saber muy bien por qué lo hacía, Amanda rezó por el bien de aquel extraño chico.
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FIN PRIMERA PARTE DEL CAPITULO IX.
¡Hola! Bueno, os contaré en síntesis varias cositas antes de despedirme:
He estado informándome mucho, por curiosidad, sobre el tema de la New Age, el tema de la Era de Acuario, los niños índigos, el I Ching, los chacras, la astrología de las eras siderales etc... y de la nada, con todo eso en mente, me salió esto: otra forma que pueda explicar la existencia de Kenny y en la que se verán involucrados otros personajes. He visto en muchos fic abarcando el tema de la inmortalidad de Kenny como Kenny-angel, Kenny-demonio, Kenny-protegido de la Muerte, etc. Así que voy a probar con algo diferente a ver qué tal os parece.
Gracias por estar ahí. :)
NOTA: Capítulo revisado y modificado parcialmente el día 30 de Marzo de 2014.
