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― ¡Ahhhh! ―los dos -y Gilbird- gritan asustados y horrorizados cuando un hacha traspasa la puerta del armario, por centímetros le arranca la espalda a Elizabeta si no fuera por Gilbert quien hizo que se apegara más a él.
― ¡Gilbert, sal o me pondré peor~! ―éste saca el hacha dando el aviso, jugando y calmado a que salgan esos dos. No quiere lastimar a nadie, pero si el idiota narcisista no sale, tendrá que hacerlo.
La puerta del armario se abre, Gilbert y Elizabeta salen cautelosos, ella detrás de él sin soltarle la mano.
De acuerdo, aquí tiene al asombroso él.
―No has cambiado en nada ―el pirata sonríe, divisando a la chica―, quizás el hecho que ahora estás arrastrando a una florecilla a tus problemas.
― ¿Para qué quieres al asombroso yo, Mathías? ―pregunta por fin para salir de esto.
Mathías cierra los ojos haciendo juego con la sonrisa, siempre tan alegre para todo, pero le da tanta lastima ver a la chica de cabello castaño metida en todo esto, es tan cómplice como los otros dos gemelos.
¿Gemelos?, se pregunta Gilbert, ¿se refiere a Feli y a Lovino?
Ah, sí. Los capturó para usarlos como señuelos ya que los observó muy juntos como amigos, sobre todo con el más alegre. Se encuentran en la nave acompañando a Antonio.
― ¿Todo eso para captura al asombroso yo? ―no puede creer que sea tan importante. ¿Eso es bueno o malo?
―No del todo, tengo deudas con Antonio qué resolver ―sonríe abierto, metiendo una mano al bolsillo de sus pantalones―. ¿Nos vamos?, de esa manera liberaré a los gemelos y no quiero usar la fuerza frente a la damisela ―se dirige a Elizabeta―. Descuide, soy agradable y muy bueno.
A regañadientes y por salvar a los hermanos Vargas, Gilbert procede a caminar pisando los talones del pirata, su brazo es abrazado por la castaña, ésta susurrando que ese pirata no parece tan terrible como muchos decían. ¿Estos son los temibles piratas del norte?, parecen agradables.
Como ella dice, parecen agradables.
Saliendo de la casa los espera Lukas, otro pirata, el que porta la cruz en el cabello. Él va atrás, atento a cualquier indicio de escapatoria de los dos.
Suben a la nave y enseguida zarpan. Mathías no tenía la intención de bombardear el bonito puerto, sólo destruyó lo menos necesario sin dañar a nadie, pequeños rincones, lo importante es que nadie salió herido y compró muchos pescados y verduras. Ríe un poco, para Gilbert y Elizabeta no le es tanto.
En fin, va directo al grano. De seguro Gilbert debe saber que Francis se lo vendió y todo eso de la recompensa y que después se arrepintió, para mala suerte del albino, tratos son tratos sin importarle que Francis se haya negado. Mathías no tuvo más opción que buscar a otro comprante que ofrece más monedas.
― ¿Por qué no buscaste otra cabeza que no sea la mía?
―Ya sabes, tú eres especial, amigo ―se encoge de hombros―, y no me gusta que se arrepientan de los tratos.
―Al menos Francis lo intentó ―saca un poco de humor de eso―. ¿Qué hay con Antonio?
―Am… ―mira para todas partes, deteniéndose en Gilbert― Me debe algo y Arthur me pagará si se lo llevo. ―sonríe satisfecho, cambiando a dar la orden a sus piratas a que se lleven a los invitados a las celdas.
Elizabeta se rehúsa, no irá a ningún lado sin tener respuesta de los gemelos, ¿los soltará?, dijo que los soltaría si aceptaban venir, ¿dónde quedó su palabra?
Mathías surca labios, acariciándose la nuca.
―Es cierto, se me olvidó ―y luego ríe por haberse olvidado―. Los liberaré una vez que toquemos otro puerto, como ves, ya zarpamos. Y si quiere saber si usted también estará libre, pues sí.
―Oye, oye, a ella no la puedes encerrar, no tiene nada que ver en esto. ―se apresura Gilbert acercándose a Mathías, porque es cierto, Liz no tiene nada qué hacer aquí.
―Está involucrada contigo, y si con la señorita puedo mantenerte acá sin que escapes, la encerraré. ―su sonrisa va desapareciendo poco a poco, no dejará que el albino se le escape tan fácilmente.
Elizabeta no se siente bien con lo que acaba de oír, por lo tanto camina hacia el pirata, clavando sus ojos verdes en él.
―No puede encerrarme…
―Hasta que toquemos puerto. ―vuelve a recuperar la sonrisa.
― ¿A cuánto está el puerto más cercano?
―Un mes.
― ¿Un mes? ―cuestiona sin creerlo, es mucho tiempo, no lo acepta. Entonces lo agarra de las solapas, enfurecida― ¡No puedo esperar un mes! ¡Debo rescatar a alguien…, debo rescatar al señor Roderich! ―se pone nerviosa. Mathías intenta quitársela de encima con ayuda de sus piratas, pero Elizabeta grita y grita, a lo que Gilbert reacciona a detenerla y alejarla― ¡Suéltame, Gilbert!
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―Una concuna amarilla~, debajo de un hongo vivía~ ―en tanto en una de las celdas, un aburrido Antonio se encuentra sentado en el suelo, cantando, porque su nuevo compañero Lovino no le presta atención―, ahí en el medio de una rama~, tenía escondida su cama~…
―Cállate, maldición ―está irritado con esa canción, ¡la ha cantado diez veces, maldición!, ¿por qué lo encerraron con ese bastardo?, lo único que pidió antes de esto, es no compartir celda con el tonto de su hermano, ¡debió ser más específico!―. Haz cualquier estupidez pero no cantes.
―Ya hice de todo ―dice Antonio con su carita de perro bajo la lluvia―, te invité a jugar a las cartas pero no quisiste.
― ¡Porque no hay cartas, idiota! ―¿cómo demonio iban a jugar cartas si no las hay? No puede creer que ese sujeto bastardo sea tan tonto― ¡Quiero salir de aquí, no soporto más, maldición!
En ese instante, dos piratas traen a los nuevos prisioneros, Gilbert y Elizabeta, entrándolos a la celda de Feliciano, dejándolos para retirarse. Antonio se pone de pie para querer hablarles, preguntar muchas cosas, no obstante Elizabeta muestra su enojo empuñando las manos en los fierros, exclamando hacia los piratas que ya no están.
― ¡Sáquenme de aquí, necesito salir de aquí!
―No te escucharan. ―le menciona Gilbert, recibiendo la mirada fulminante de la joven, quien se posa frente a él.
―Debiste haber hecho algo ―afirma―, no puedo estar tanto tiempo en este barco.
― ¿Y qué querías qué hiciera?
―Escapar, saltar al mar.
― ¡Qué gran idea! ―exclama sarcástico― Saltar al mar para que nos disparen, o incluso nos dispararían antes de saltar. ―frunce el entrecejo entregando la conclusión de lo que pasaría si hubieran intentando escapar, no sólo habrían disparos, también el hacha cortando sus cabezas.
Elizabeta contrae los labios, muy enfadada. Está bien, saltar al mar no era un buen plan, debió pensar en otra cosa ya que no puede creer que Gilbert no haya tenido ideas. Esto le fastidia y la enloquece.
―Al menos… ―y le aterra mantenerlo en cuenta― ¡al menos debiste negociar con ellos, no puedo quedarme aquí, Gilbert! ¡Si no llego a tiempo el señor Roderich…!
― ¡No te pedí que me siguieras al barco, debiste pensar y haber escapado de esa casa! ―él también enloquece sin soportar sus gritos y todo por el mismo tema, por el mismo hombre― ¡Y me tienes arto con tu señor Roderich, mira dónde te ha estado metiendo: con ogros, en un puente donde casi mueres y ahora con piratas!, ¡deberías dejarlo morir!
― ¡No hables así de él! ―no fue para nada bueno soltar la lengua, Elizabeta se le lanza encima sacando su sartén para golpearlo, pero por suerte Feliciano interviene abrazando a la señorita, pidiendo que no lo haga.
Lovino y Antonio se sorprenden, más por lo que sucede frente a su celda. Para Lovino es increíble que su tonto y miedoso hermano menor hiciera algo bueno y valiente. Y Antonio, pues él no manejaba la información de que la señorita princesa debe salvar a Roderich. Ahora entiende a su amigo…, y al pobre de Feliciano, luchando para que ella no ataque con la sartén.
― ¡No permitiré que hables así de él, no eres quién para hacerlo, no lo conoces!
― ¡No tengo por qué conocerlo, no todas las personas son como tú quieres creer!
― ¡Tú eres lo que creo, un maldito idiota insensible y cobarde! ―con este último grito, Feliciano logra tranquilizarla, abrazándola y alejándola de Gilbert hasta un rincón. La sienta en el suelo, acariciándole la espalda, está muy tensa y nerviosa, pobrecita.
Se le parte el corazón viendo que resiste las lágrimas. Debe ser duro y agobiante quedarse de brazos cruzados mientras el amor de tu vida le queda días por vivir. Ojalá él pudiera hacer algo, pero no sabe qué. Él haría de todo por Ludwig si le sucede esto. Lo único que puede aportar es aliviar y calmar a la señorita Elizabeta.
―Ese bastardo, no sabe tratar a una mujer. ―desde la celda de al frente, masculla Lovino, bastante molesto con ganas de salir de aquí y patear a ese idiota.
―Te recomiendo que no te metas en esto, Lovi, es más turbio de lo que crees. ―le sugiere Antonio dejándolo extraño al oír su nombre acortado. ¿Quién demonios le dio el derecho de llamarlo "Lovi"?, como sea, más tarde tendrá tiempo de discutir con ese bastardo cara de tonto, por ahora su misión es discutir con el otro bastardo que hizo llorar a la señorita.
No toma en cuenta el consejo de Antonio… Camina hasta los fierros.
― ¡Oye, idiota! ―lo llama, Gilbert voltea sin ánimos, sólo para escucharlo― ¡Te golpearé cuando salga de aquí, nadie hace llorar a la señorita, che palle!
Claro…todos contra el asombroso Gilbert…, él es el malo, el insensible y el malo. Desvía la vista hacia Antonio, éste es el único que sonríe y se encoge de hombros, entendiendo todo. Es el único que sin decir palabras le indica que se relaje y que tenga paciencia y comprenda a la fémina, mal que mal se trata de Roderich y ella todavía no sabe de la historia.
Gilbert suspira, se sienta en el suelo mirando sus pies sin prestar atención que Gilbird está buscando sus ojos. Tal vez Elizabeta tiene razón, es un insensible y un cobarde.
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Han pasado dos días desde la discusión y desde que Lovino se acostumbra poco a poco a compartir celda con Antonio, parece más compartir una habitación. Así que lo escucha hablar –habla demasiado- con su "Lovi esto, Lovi lo otro, Lovi aquello". Había "platicado" con él acerca de su nombre abreviado, pues no le dio el derecho ni la confianza, la respuesta que recibió es que era muy lindo y que le gustaba mucho sus mejillas rojas como tomates, y que tienen mucho en común, ambos poseen el cabello castaño, los ojos verdes, el tomate es su pasión y un atractivo envidiable.
Lovino pensó rápidamente en cambiarse el color del cabello, quizás rubio.
Al fin de cuentas terminó por aguantar el "Lovi" y el "Lovi~". Pero no aguantó que ese bastardo le pidiera que lo llamara con cariño para estar a mano, como "Anto, Antito, Antonito, Toño, Toñi", así tener un gran lazo de amistad. En resumen, Lovino terminó por llamarlo "Bastardo". Y no serán amigos, maldición.
El aburrimiento es tan grande que los dos días dicen lo contrario.
Ambos juegan creando figuras con los hilos que pidieron a un pirata que fue muy agradable, su nombre es Tino, también es quien les trae el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Ayer vino uno más alto de lentes con una mirada siniestra a entregar la merienda, Lovino no quiso acercarse mandando a Antonio, quien recogió y agradeció un poco nervioso. Ese pirata sí daba miedo.
―Tu turno, Lovi ―dice Antonio jugando con los hilos. Lovino busca la manera de seguir la figura con los dedos. Se ha complicado―. Ese dedo, no el otro, ese sí.
―No me desconcentres, maldición ―maldice, recibiendo la figura intacta―. No puedo creer que estaremos por un mes en este maldito barco de mugrientos piratas.
―Anímate, al menos nos dan tomates en el almuerzo ―sonríe viendo que el menor cambia la figura, ugh, que complicado―. Mientras haya tomate, soy feliz.
―Supongo que yo también ―admite por los tomates. En eso, Antonio toma la figura y se desase―. Eres un tonto.
―Lo siento…, ¿otra vez? ―propone, pero el menor niega a jugar, está cansado―. Tomaré una siesta, ¿quieres acompañarme?
―Después. ―le contesta sin preámbulos, cambiando la mirada hacia la celda de al frente, a su tonto hermano menor.
Feliciano juega acostado en el suelo con Gilbird, ya que es imposible jugar con Elizabeta y con Gilbert a la vez, esos dos continúan peleados.
Trata de buscar la mirada de su tonto hermano, pues mientras esto continúa tan mal, jamás saldrán del condenado barco, tienen que idear un plan de escape. Todos deben unirse. Mantiene la mirada firme y fruncida a su hermano, le toma treinta segundos para que se dé cuenta que alguien le mira.
Lovino le hace señas, Feliciano no entiende. A la tercera vez entiende, acercándose con cautela a Gilbert. Le susurra que debe conversar con la señorita Elizabeta, arreglar su pelea, sólo de esa forma podrán salir de aquí, todos deben apoyarse. Y…, lo mejor de todo esto que se arreglaran, ¿o no quiere hacerlo?
Gilbert observa al tierno de Feliciano, es imposible negarse y dentro de sus sentimientos se aflojan girando a posar su vista de dos tonalidades en la marimacha, ella se mantiene de espaldas en un rincón, totalmente en su mundo.
Frunce los labios, ¿enserio tiene que pedirle disculpas? Si no lo hace, nunca conseguirá algo bueno de ella, y por segunda vez tuvieron la oportunidad de besarse, ¡incluso ella se puso de puntillas para alcanzarlo! ¡Odia con más razón a Mathías!
― ¿Estás bien? ―Feliciano comienza a preocuparse al ver que el albino se desordena todo el cabello. Gilbert lo mira, acertando con la cabeza, está perfecto y asombrosamente bien.
Respira profundo, listo para ponerse de pie y siendo apoyado por Gilbird y todo el mundo…, Antonio tiene su siesta del día…y Lovino no olvida la amenaza que le hizo con golpearlo por hacerla llorar.
Camina donde Elizabeta medio nervioso, medio indeciso porque no sabe qué palabras decir sin hacerla enojar y sin que lo golpee con la sartén. Se tiene que tener fe en sí mismo, él es asombroso, hermoso, lindo, guapo y atractivo, puede reconciliarse con una chica…con el sexo opuesto. Esto parece más una reconciliación matrimonial…
No, ni siquiera en una discusión matrimonial desearía la muerte de una persona que es querida por tu pareja.
Ya estando de pie al lado de la castaña, carraspea para llamar su atención. No hay ningún gesto de gusto ni de disgusto, así que se sienta, acompañándola. Uh…rayos, no tiene palabras para empezar.
―Si no vas decir nada, mejor déjame sola. ―menciona Elizabeta sin ánimos de nada, no le interesa ni le tomará en cuenta si viene a molestarla.
Gilbert se toca la cabeza y luego la nuca, respirando hondo. Sólo tiene que fluir, dejarse llevar, no es tan difícil.
―Lo siento ―para decirlo, cierra los ojos con fuerza esperando una respuesta, como no llega nada, abre un ojo y enseguida el otro, ¿habrá escuchado?, si escuchó o no, no lo repetirá―. Se me escapó…, no quise gritarte…ni hacerte llorar…
―Está bien ―dice sin dirigirle la mirada―, después de todo no teníamos nada qué hacer y…tal parece que tú vales mucho para todo el mundo.
El albino surca los labios y los regresa a ser serios. Le gustaría contarle la verdad a Elizabeta, pero es mejor que no para los dos.
―Además ―ella prosigue encogiéndose de hombros―, aunque pudiéramos escapar, no podré despertar al señor Roderich.
― ¿Por qué dices eso? ―se siente confundido, antes ella estaba tan segura de despertar al princeso durmiente, que ahora cambia de parecer, ¿qué le hizo cambiar?
―Porque no puedo, porque es imposible ―intenta sonreír falsamente, girando la cabeza para mirarlo―. No puedo despertarlo porque…no…
―Si te refieres al tiempo, alcanzaremos a llegar. ―trata de dar optimismo en vano.
―No es el tiempo ―niega tensa, tragando con dificultad―. Es que…me di cuenta que no lo amo.
La noticia lo deja sin aliento y sin palabras en la garganta, sólo en su mente pasan miles de frases distorsionadas entre ser algo bueno y algo malo. Prefiere mantener el silencio.
―El beso no funcionará y viviré con la culpa por resto de mi vida ―inhala y exhala, limpiándose los parpados que han comenzado a soltar un poco de agua―. Roderich morirá…, por mi culpa…
―Pe-Pero... ¿nunca lo amaste…? ―la pregunta no fue muy buena ahora que la escucha― Es decir, ¿creíste o simplemente alguien más…?
― ¿Alguien más? ―alza las cejas― Sólo sé que…tengo miedo y me siento fatal, lo traicioné, se va a morir… ―llora desconsolada sintiéndose culpable, calculando que debió pensar más y más en el señor Roderich, no tener tanta confianza con cierta persona, no querer a cierta persona, no…
―N-No llores. ―Gilbert se coloca nervioso, no quiere que se malentienda con que él la hizo llorar de nuevo, ¡en verdad no quiere eso!
Lovino ya está pensando que la hizo llorar y Feliciano también, y Antonio duerme. El primero planea los métodos de tortura.
¿Qué puede hacer Gilbert?, cada segundo que pasa ella llora más, demonios…
Actúa a abrazarla con fuerza siendo correspondido con más fuerza. Elizabeta posa los brazos por su cuello, repitiendo una y otra vez que el señor Roderich se va a morir.
―No va a morir ―éste sabe lo que dice, sabe que intentará salvar a ese señorito sólo por Liz―, te prometo que no va a morir.
― ¿Cómo quieres que lo salve…? ―tiene dudas― ¿Cómo vamos a llegar a tiempo…? ―buena pregunta para él, éste piensa veloz haciendo memoria de muchos rumores que escuchó por ahí hace tiempo. Recuerda algo, alejando el rostro de Elizabeta sin que lo suelte del todo.
―Tengo una asombrosa idea si salimos de aquí, pero tienes que confiar en el asombroso yo, ¿vale? ―es difícil prometer que le ayudará a despertar a su enemigo, pero no quiere verla sufrir, y si eso lo lleva a hacerla sentir mejor, lo hará. Además, ella misma le dijo que no ama al señorito podrido, que existe alguien más. Él sabe quién es, pero no la hostigará. Sólo debe confiar con él, sus promesas se cumplen, por muy malas y tontas que sean.
―Está bien… ―acierta confiando, el idiota la va ayudar con otro método que no sea el beso de amor. En eso, sus mejillas y sus parpados son limpiados por las manos de Gilbert, o al menos eso intenta siendo un caso perdido, porque vuelve a llorar y a abrazarlo. Ese contacto la hizo sentir peor, ya que siente su cuerpo depender de él para estar un poco mejor.
Gilbert suspira, acariciándole el cabello.
―Deja de llorar, creerán que fue mi culpa otra vez y no es asombroso. ―no desea mirar atrás, está la otra celda y Feliciano.
―E-Es tú culpa ―responde sin explicarle, ella se entiende, si no fuera por ese contacto, no estaría soltando lágrimas sintiendo el estómago apretado, no obstante si no fuera por ese contacto, no estaría abrazándolo y siendo abrazada―. No me sueltes…
―Tú me lo tienes que decir. ―murmura mientras Elizabeta apoya la cabeza de lado en su hombro, surcando una media sonrisa. Gilbert aprovecha de mirar hacia atrás, confirmando la alegría de Feliciano y de Gilbird, y los ojos verdes de Lovino que yacen muy concentrados a sus movimientos. Debería estar feliz también al conseguir reconciliarse con Liz.
Da igual, se siente bien abrazándola. Ya no tiene ese sentimiento de culpa, si no uno muy agradable~.
No la soltó por veinte minutos y eso que ella se recuperó pidiendo que era suficiente y lo agradecía. Gilbert era obstinado…e insoportable, en el buen sentido.
Posteriormente planifican el plan de escape con Antonio ya despierto gracias a la patada amorosa de Lovino. A la hora de la cena tiene que bajar Tino a dejarles la comida, Lovino se fijó en estos días que cargaba con unas llaves amarradas detrás del pantalón, sólo hay que quitártelas, pero es problema es ¿cómo?
Gilbert tiene una asombrosa idea y funcionará si Elizabeta da su aporte de pobre mujer despechada. ¿Ella entiende bien?, ¿mujer despechada?, ¿quiere causar lastima para acercar a Tino y contarle sus problemas recibiendo consejos?, ¿eso?
―Seeh~ ―afirma él―. ¿Puedes hacerlo?
―No sé si me quedan lágrimas.
―Hazla llorar, bastardo ―desde la otra celda, opina Lovino―. Eres el único imbécil que lo ha hecho dos veces en un solo día, tienes un record. ―y tiene razón, malditamente tiene razón sin ser un total orgullo para Gilbert. Hacer llorar a mujeres…, le gusta que lloren por su infinita belleza, su inalcanzable amor, que fracasen en olvidar sus apasionantes cariños, pero no hacerlas llorar como un desgraciado.
No, no puede.
Elizabeta le pide que le diga algo hiriente, no lo golpeará si eso le preocupa. El albino no sabe qué hacer…
―No creo que sea necesario ―interrumpe Antonio colocando el rostro entre las varas de la celda―… Piense en un recuerdo que siempre le hace entristecer. ―sonríe.
Es increíble para el mayor de los Vargas que ese bastardo haya tenido una mejor idea, aliviando a Gilbert.
A continuación, Elizabeta respira profundo cerrando los ojos, hurgando en sus recuerdos desde la niñez hasta hoy. Imágenes tristes, imágenes tristes…, ¿cuándo su hámster murió?, ¿cuándo rompió la vasija mega importante hecho de cristales de hadas que era de su madre con una espada?, no… Esto es tan difícil que es imposible, lloró tanto que ni pena siente.
Todos se desaniman, ya quedan pocos minutos para la hora de la cena…
A Gilbert se le prende una vela sobre su cabeza, ¡tiene una idea! Le pide a Elizabeta que le pase ese boceto homosexual que dibujó, ella no comprende bien así que sin objeción lo saca de su escondite de escote del corset. Él se sonroja, bendito boceto, ¿no?
Ya teniendo el papel doblado en sus manos, lo rompe a la mitad sin consideración.
― ¡¿Qué hiciste?! ―a Elizabeta le da una taquicardia― ¡¿Era mi…?! ¡¿Por qué?!
― ¿Te hace sufrir? ―alza una ceja, era lo que quería de la marimacha quien acierta terriblemente mal― Oh, que pena. ―ahora rompe en cuatro el papel. Gilbert ya sabe que después de esto recibirá una gran paliza, pero es por el bien de todos.
― ¡No, no, no, detente, no sigas! ―suplica sentimental, ¡su corazón se rompe en mil pedazos como su boceto artístico!― ¡Eres…cruel…!
―Llora.
― ¡Eres…malo! ―sin resistir más, se cubre la cara con las manos, sufriendo y sufriendo como si la hubieran dejado plantada en el altar. ¡Es peor que un desamor!
Justo, Tino parece con una bandeja gigante donde trae los platillos y los vasos con agua, percatándose de que la única mujer presente llora desconsoladamente. Su corazón se ablanda, dispuesto a ayudarla a pesar de las exigencias de Mathías de no hablar con ninguno de los prisioneros. Pero vamos, es una señorita, no es bueno que llore.
Deja la bandeja en el suelo, acercándose a la celda, llamando agradable y en susurro a la castaña mientras los dos que la acompañan actúan como si no les importará o que ya están cansados de calmarla.
― ¿Qué sucede, estás bien?, ¿te duele el estómago? ―al preguntar, ella se le acerca negando con la cabeza― ¿Te duele la cabeza?, ¿extrañas a alguien?, ¿puedo serte de ayuda?
En silencio el plan comienza gracias a la distracción de Elizabeta, Lovino le entrega a Antonio una tabla delgada de madera larga que armaron destruyendo parte de la pared de la celda, colocando en la punta un garfio que Antonio traía para marcar los días de prisión. Ese bastardo tiene que hacerlo bien, no tendrán más oportunidades.
Antonio con ayuda de Lovino, yace adelante extendiendo el palo hacia el pantalón de Tino, tiene que enganchar las llaves, vamos, vamos, vamos. ¡Lo logra! Retroceden despacio y una vez que las llaves están en su poder, la guarda dentro de su chaqueta. Aquí no pasó nada, así como el palo camuflado en la pared.
―Creo que…ya me si-siento mejor ―en eso, articula Elizabeta limpiándose el rostro―. Gracias por escucharme, eres un pirata de buen corazón.
―Gracias, jajaja… ―sonríe aliviado de haberla calmado, la pobre recibió noticias duras de que su novio le fue infiel y se fue con otra. Es muy triste, pero le brindó palabras de aliento y consejos amorosos, otro amor mucho mejor vendrá a su vida y le hará feliz.
Antes de despedirse, le entrega la cena por debajo de la celda, volteando a dejar las otras a Antonio y a Lovino. Se retira.
Elizabeta agarra a Gilbert de las solapas estampándolo en la pared.
― ¡Voy a matarte! ―está hecha una furia.
―Lo sé, hazlo después de que todo esto termine. ―surca una sonrisa nerviosa, no es tonto para no saber lo que viene, lo bueno que es que funcionó y tienen las llaves. Elizabeta lo suelta, todavía sintiendo el dolor punzante de la destrucción de su amado boceto de arte desnudo explayando amor. Que triste…
Continuando con el plan, deben esperar un par de horas hasta que todos los malditos piratas se duerman y puedan escapar sin despertarlos y sin ser atrapados. Tienen que subir a la cubierta, hallar un bote y ¡ser libres! Todo se ve fácil.
Muy bien, las dos horas pasan, Antonio es el primero en abrir su celda y en segundo a la de los otros tres. Feliciano se lanza sobre Lovino, a lo que Antonio se une y caen al suelo.
Menos mal que no meterían ruidos…
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Tino regresa a su recamara, sentándose en el camarote de abajo, quitándose las botas. Es cansador tener que llevar las bandejas de comida todo el día a pesar que Berwald –cariñosamente le llama "Su"- se ofreció ayer para que descansar. Suspira, mira hacia arriba encontrándose con la mirada sin emoción de él, éste viéndolo desde la cama de arriba. Le da un poco de susto, ya le dijo que no le gusta que se asome sin aviso, enserio le incomoda.
Eh…, ¿no le dirá nada?
― ¿Qué sucede, Su? ―le pregunta por el tiempo que el otro sigue observándolo, mas no es nada malo, Berwald sólo quiere decirle que duerma bien, que sueñe tranquilo, que no tenga pesadillas, pero si tiene, él estará para calmarlo.
―Buen's n'ches. ―eso es todo, regresando a su almohada.
Tino exhala suave, él es así, siempre tan de pocas palabras. Prefiere eso a que sea muy hablador como Mathías, donde Lukas no lo soporta. No hay mejor que la tranquilidad.
En fin, debe cambiarse de ropa. Al quitarse los pantalones se percata que no suenan, comúnmente suenan al traer las llaves enganchadas…, las llaves. Enseguida se revisa todo el cuerpo y sus prendas. ¡No están las llaves, desaparecieron!
― ¡Ay, Dios! ―se espanta nervioso, capturando la atención de Berwald que vuelve a asomarse por arriba.
― ¿Qué p'asa? ―pregunta preocupado, bajando a calmarlo. Tino da saltos desesperados tocándose la cara― Tino.
― ¡Las llaves, se me perdieron! ―exclama siendo sostenido por los brazos fuertes de su compañero de cuarto, no sabe qué hará si Mathías se entera. ¿Pero cómo pudo perderlas?, ¿en qué momento si siempre las tuvo en su pantalón?, nadie pudo quitárselas. O quizás sí― Los prisioneros.
― ¿L's pris'oner's? ―no entiende bien, así que lo escucha atento. Fue una trampa, la chica sólo actuó llorando para sentir lastima y de ese modo quitarle las llave con algún truco. ¡Ellos la tienen y escaparán!― Ten'm's que d'r la al'rma.
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Hay alboroto arriba, parece que se dieron cuenta que intentan escapar. ¡Demoraron en levantarse esos tres!
Se apresuran en salir cuánto antes de la prisión, sin embargo al subir las escaleras, éstas son clausuradas por el más alto de todos los piratas del norte, ese el de mirada siniestra que asusta a los gemelos Vargas y un tanto a Antonio. ¿Ahora cómo saldrán?
― ¡Pasen! ―ordena Gilbert y todos lo siguen pasando por arriba del pirata, al momento que todos lo logran, él cierra el camino sin dejar escapar al albino ni a Gilbird. Ve una espada salir…, traga tenso dando pasos atrás, corriendo a buscar cualquier arma para pelear. El palo de madera que hizo Antonio…, no tiene más remedio.
Al girar e ir a atacar Berwald, éste llega primero alzando la espada, bajándola a cortarle la cabeza por la mitad. Por suerte Gilbert lo detiene a tiempo con su súper arma que no resiste mucho. Oh, oh…
― ¡¿Dónde está Gilbo?! ―esa es la voz de Elizabeta al darse cuenta que su asombrosa presencia no está. Ella quiere regresar por él, mas éste le grita que no se preocupe y que sigan el plan, él los alcanzará.
Ella acierta, yéndose con los tres a subir las escaleras, llegando a las provisiones. ¡Todos por espadas!
Una vez que tienen todo, disponen a subir a cubierta y son rodeados. Elizabeta ordena que se dispersen y que luego se junten donde los botes salvavidas, corriendo a llevarse la mayor cantidad de piratas para combatir. Sube a una torre de barril, comenzando a pelear con su espada, su brutal sartén y patadas. Gracias al cielo que trae pantalones puestos.
En tanto los gemelos, las espadas las tienen de adorno, ¡no saben pelear!, ¡tienen miedo!, pero son buenos corriendo, ¡y el bastardo de Antonio no los defiende!
― ¡Hermano, fue un gusto haberte conocido, ve~!
― ¡No seas idiota, maldición! ―no le agrada que su tonto hermano menor ya esté pensando en morir, ¡por lo menos que intente defenderse, maldición!, o evadir los ataques.
― ¡Ve~, ve~, ve~! ¡Me rindo, me rindo, me rindo! ―de la nada saca una banderita blanca, agitándola. La única idea coherente de Lovino para salir vivos, es correr.
Toma la mano de su tonto hermano menor iniciando una carrera, evadiendo cuantos enemigos pueden hasta que son frenados por dos hermanos también: Lukas y Emil
Oh, oh.
― ¡Ve~! ―se asusta con esas armas filosas y del terror― ¡Me rindo, me rindo, me rindo, me rindo! ¡Soy sólo un hombre paz, ve~!
―Maldición… ―masculla Lovino teniendo sus tímpanos por reventar ante los gritos de piedad de su tonto hermano menor.
―No escaparán ―les dice Lukas sin una expresión―. Emil, ve por el de la derecha, yo iré por el de la izquierda.
―Bien ―acierta éste recibiendo una mirada de reojo de su hermano, que espera a que lo diga―…, hermano.
Se alistan en ponerse en posición para atacar, y van.
― ¡Chigi~!
― ¡Ve~!
― ¡Ha llegado el jefe a salvarlos! ―de repente, una figura oscura iluminada por las estrellas salta sobre los gemelos, dando una entrada espectacular para ayudarlos, y una sonrisa. Cayendo de pie, se incorpora listo para combatir sin antes voltear― ¡Siento la demora, Lovi!
― ¡Presta atención adelante, idiota! ―avisa alejándose con Feliciano a un rincón seguro.
Antonio gira hacia adelante justo a tiempo para evadir los ataques de los hermanos. Esto es tan gracioso, hermanos valientes contra hermanos cobardes, sólo con la diferencia que él tuvo que arriesgarse a venir a salvarlos, ya que Elizabeta se encuentra muy ocupada.
Aunque no es justo dos contra uno.
― ¡Vamos Antonio, ve~! ―es el aporte que puede dar Feliciano.
― ¡Golpéalos más fuerte, maldición! ―es turno de Lovino, si él estuviera en su lugar, ya les hubiera ganado con facilidad― ¡Termina ya, no tenemos mucho tiempo, bastardo!
― ¡Son más fuertes de lo que creí! ―se agacha, salta, los evade por todos los ángulos existentes, ¡estos hermanos piratas tiene una buena coordinación! Tiene que hacer distancia, inspeccionando una estrategia que sea rápida.
¿Qué hacer con dos hermanos?
Dirige sus ojos verdes a los gemelos. Uh…, luego piensa en su hermano Paulo. Los hermanos siempre confían el uno del otro, hacen tonterías, se divierten, ríen, lloran, juegan a combates hasta que uno queda llorando… ¡Eso es!
Y él nunca ha quedado llorando cuando jugaba con Paulo, que quede claro.
Afirma bien su espada, respirando agitado y concentrado. Tiene bastante suerte que esos dos hermanos quedaron separados, uno a su izquierda y el otro a la derecha, una táctica para encerrarlo. Es buena, pero no por mucho.
―Vengan por el jefe. ―murmura surcando una sonrisa triunfadora, cambiándole drásticamente el perfil que conoció Lovino en la celda, más serio y maduro. Éste le queda observando, dándose una cachetada para despertar, ¿qué rayos fue eso?
― ¿Por qué estás rojo, hermano? ―Feliciano se extraña al ver el color que apareció por arte de magia en las mejillas de su hermano mayor, quien le dice que no le debe importar, regresando a ser espectador de la pelea.
Cuando Lukas y Emil van hacia Antonio, éste salta para atrás, haciéndolos chocar frente a frente. Caen inconscientes al suelo.
― ¡Lo logró! ―Feliciano y Lovino alzan las manos al cielo oscuro, corriendo a abrazarlo pero Lovino se detiene avergonzado. No piensa felicitar a ese bastardo. Enserio no lo hará y no lo hace.
Por parte de Antonio, esperaba sus felicitaciones pero está bien así. Sonríe.
―Como sea, salgamos de aquí. ―menciona Lovino para despistarse.
Se dirigen enseguida a los botes, los hermanos suben primero mientras Antonio sostiene la soga del bote a espera de la llegada de Elizabeta y de Gilbert.
Viene Elizabeta a toda prisa sosteniendo su sartén, pues la espada la perdió en la pelea. ¿Dónde está Gilbert?
―No ha llegado todavía. ―informa Antonio, dejándola confundida y dispuesta a buscarlo. No lo hace, el asombroso Gilbert llega un tanto lastimado, ese grandote de Berwald es fuerte, no logró dañarlo mucho, por lo que optó por hacer un trato de juegos y amarrarlo. Ya debió haberse liberado.
Sujeta la soga por Antonio, ordenando que la castaña y su amigo suban primero y así bajar el bote al mar para poder saltar. Ellos dos acatan sin prever que un hacha gigante es lanzada incrustándose en el borde de la nave, al lado de la cintura de Gilbert.
Todo el cuerpo del albino se pone rígido, mirando sobre su hombro hacia atrás. Está Mathías.
― ¡Gilbo, sube! ¡¿Qué esperas?! ―Elizabeta se desespera, tuvo un sobresalto al momento de ver el hacha casi dándole a él, quien no sube, y no lo hará, no alcanzarán a escapar con él.
Gilbert sólo puede hacer una sola cosa, cortar las sogas con una navaja para que ellos cuatro escapen, ya no tienen tiempo.
―Cuida a Gilbird.
Gilbird vuela a la cabeza de Elizabeta, quien le grita que no lo haga, que todavía hay tiempo, sólo tiene que subir… Las corta y el bote cae al mar causando que la joven aristócrata pierda el equilibrio, cayendo encima de Feliciano.
Antonio y Lovino proceden a remar al instante para alejarse, sin embargo Elizabeta les dice que no lo hagan, que tiene que ir por Gilbert, no pueden dejarlo ahí…
―Él se arriesgó por nosotros. ―Antonio es sincero y lo lamenta, el lamento que no sirve en ella.
Niega aceptarlo, el idiota le prometió que salvaría al señor Roderich, le dijo que no rompía las promesas, ¡pero ahora lo está haciendo!
Se lanza al mar.
― ¡Señorita Eli, regrese! ―trata Feliciano, en vano. Elizabeta ya está subiendo al barco pirata, a vista de los amigos que ha hecho en el viaje, y no piensa abandonar al idiota que…es más que un amigo.
―Nunca conocí a una tía tan valiente ―y suerte la de su amigo Gilbert―. ¿Deberíamos volver?
― ¿A qué nos maten? ―interroga Lovino― Si ellos dos quieren morir juntos, que lo hagan. De todos modos ya no podremos volver. ―aunque quisiera hacerlo por ser bueno.
.
―Fue una gran acción heroica ―Mathías camina hacia Gilbert, recuperando su hacha, dejándola encima de su hombro―, su majestad.
― ¿Qué harás con el asombroso yo? ―frunce el entrecejo mirándole los ojos y mirando los pocos piratas que lo van rodeando. Ya no tiene escapatoria.
―Bueno ―ladea la cabeza haciendo una mueca y desviando los ojos al océano, ese bote de prófugos se han alejado bastante. Vuelve a Gilbert―…, lo que hiciste fue una fuga de prisioneros, y a mí no me gusta eso, sobre todo que tu amigo Antonio haya noqueado a Lukas y a Emil. ―para llegar aquí, vio a los hermanos desmayados, no creía posible que hayan chocado de modo frontal, ¿de qué rayos están hechas sus cabezas?, es decir, Lukas suele golpearlo con la cabeza a su cabeza, y duele mucho, pero Lukas seguía intacto.
Su duda del material de la cabeza de Lukas le intrigaba y le intriga más gracias a lo sucedido.
Trató de reanimarlo con todos sus métodos pero no resultó, ni siquiera el beso de amor. Por lo tanto, Berwald carga con esos dos en cada hombro.
―Así que pensándolo bien ―prosigue Mathías―, tal vez no voy a obtener una buena recompensa, ni por ti, ni por Antonio ―él tiene reglas que no se deben romper, los botines son castigados, los intento de escape también son castigados, más aún si uno de sus queridos amigos lo lastiman―. Dime Gilbert, ¿eres claustrofóbico?
El nombrado se mantiene callado frunciendo el entrecejo, observando la risa divertida de Mathías. Éste da la orden de llevarlo al otro lado del barco, donde Tino trae un cofre grande de madera lisa y bien sellado, la altura es hasta un poco más arriba de la rodilla de Gilbert y el largo un metro y medio, él chaquea la lengua, ¿acaso tiene que entrar ahí?
Mathías le da una sonrisa, pues sí.
―Perderás la recompensa y Arthur se enojará.
―La recuperaré de otro modo y Arthur me entenderá. Amárrenlo y métanlo en el cofre.
― ¡Suéltenlo! ―desde el fondo, Elizabeta abre paso llegando hasta Gilbert, cargando con la sartén para defenderlo y Gilbird en su cabeza― ¡No se acerquen!
― ¿Qué demonios haces aquí? Te dejé con Antonio y con los hermanos. ―el asombroso él no puede creerlo, ¿por qué ella vino, por qué no se quedó en el bote? Está enojado, en verdad que lo está.
Elizabeta gira hacia él. ―No iba a dejar que no cumplieras la promesa.
―Viendo que todo esto se complicó ―Mathías bosteza, aburriéndose del espectáculo. Quiere terminar luego para recuperar el sueño, hará esto rápido y fácil. Una sartén no intimida a nadie, pero un revólver sí. La apunta con el cañón, dando un apretón de estómago a los dos prisioneros―, ¿me harías el favor de bajar esa sartén y entrar al cofre? Estoy siendo amable, la verdad no quiero usar esto, menos en una princesa.
La joven respira intranquila ante su posición de monarquía… No tiene más opción que obedecer. Suelta la sartén y es amarrada por separada de Gilbert. A los dos los meten en el cofre, puede ser útil para dormir una sola persona, no obstante no es muy espacioso. Ella cae sentada sobre Gilbert, que también yace sentado.
Mathías sonríe alegre, se ven muy bien desde acá, muy acaramelados. Lástima que no alcanzaran hacer nada ahí amarrados, debieron hacerlo antes, ¿no? Y para ser sincero, no quiso meter a la señorita en esto, pero ya sabe, es cómplice y mucho más que una viajera y amiga del albino.
―Después de esto, me las pagarás. ―masculla Gilbert.
―Lo creo, si sales vivo ―enseguida pide a sus piratas que metan dos piedras pesadas en el cofre―. Cierren.
(Gilbird escapa al cielo)
El cofre se cierra oscureciendo más el espacio que los tienen pegados y gritando a que los liberen. No sucede, sintiendo que se mueven y caen al mar. Las piedras ayudan a tocar fondo.
El agua salada comienza a entrar. Elizabeta intenta pararse al igual que Gilbert, tienen que salir aquí o morirán, o en definitiva este es el fin.
―Tengo una idea, desátame como puedas y luego el asombroso yo te desata. ―gira intranquilo y nervioso, preocupado por alcanzar a salir antes de ahogarse.
La castaña gira con sus manos amarradas detrás de su espalda, buscando las de Gilbert, al tocarlas no presta atención a la electricidad, hallando la manera de quitar esas sogas. No lo logra. Cambia de posición, desamarrando con los dientes.
¡Bien hecho! Ahora es turno de Gilbert, también lo logra, buscando la forma de abrir la puerta del cofre. Maldita sea, está muy sellada, ni con sus asombrosos golpes son útiles.
El nivel del agua del cofre ya llega hasta sus rodillas, produciendo nervios en Elizabeta. No hay escapatoria, van a morir…
―Oye, cálmate...
Todo se ve oscuro, pero hay algo de luz que ilumina la figura de su compañero.
―Saldremos de aquí.
―No saldremos ―dice ella, sintiendo su propia dificultad para respirar. No queda mucho oxígeno―… No se puede abrir el cofre…, el agua entra y ya no queda aire…
Gilbert no quiere admitirlo, pero ella tiene razón. El cofre está bien construido.
―Al final ―continúa encogiéndose de hombros―…, no logré salvar al señor Roderich…, me siento culpable…
―No eres culpable…
―Claro que sí ―le contradice mientras el nivel del agua sube y sube tocando sus hombros―. Estoy atrapada, no hay forma de salir…, quizás merezco esto por traicionarlo, yo lo sé ―cierra los parpados con fuerza, no imaginó que le quedan algunas pocas lágrimas―…, lo merezco…
―No lo mereces, tú eres una chica buena pero marimacha, y vamos a salir de aquí como sea. ―no quiere seguir escuchándola más, apoyando las manos en la puerta del cofre, golpeando una y otra vez, una y otra vez a vista de los ojos verdes.
―Gilbert.
― ¿Qué?
―Mírame ―le exige con una voz floja, capturándole la mirada dejando de hacer lo que hace―. Me hubiese gustado conocerte más…
― ¿Qué estás diciendo?, no pienses en despedirte ―se confunde y se enfada―. ¡El asombroso yo te prohíbe que hagas una despedida!, ¡recuerda que te hice una promesa! ―y tiene los nervios de punta al ver que ella le sonríe tan cariñosa, pensando otra vez en esa pregunta, ¿por qué rayos tiene que ser tan linda?
―Gilbo ―susurra, a él no le agradan estos momentos sentimentales que son horribles y dolorosos―…esta será una de las declaraciones más trágicas que tendrás…
―Cállate, no quiero oír. ―imposible de soportar, Elizabeta le toma el rostro con ambas manos, juntando sus labios con los de él. Tan sólo es un beso, distanciándose un poco.
―Te quiero ―dice al fin, Gilbert desvía la mirada negándose a todo a lo que él deseaba. Pues claro que deseaba esa confesión, ¡¿pero justo en el peor momento?!, ¡¿de qué sirve ahora?!―…y tengo miedo de enamo-
No quiso escucharla más, le hacía sentir peor y no resistió el impulso de besarla y rodearla con sus brazos, mientras el agua sube.
Y sube.
…
Adelanto:
Miraban y miraban. De repente un cofre cayó al mar y escucharon risas de los piratas, quienes vieron a los fugitivos que irían a rescatar a Elizabeta y a Gilbert. Mathías no les permitió hacerlo, dando la orden de bombardear al bote salvavidas si no se alejaban bien lejos, bien lejos, muy lejos.
Gritó avisando, era una advertencia, si se acercaban a rescatar a esos dos, los haría explotar.
Lovino tomó el remo, obediente a alejarse y ordenando al bastado de Antonio que hiciera lo mismo si no quería morir… ¡Pero Elizabeta y Gilbert! ¡No podrían dejarlos a que se ahogaran!
N/A: Todo iba tan bien hasta ese momento, qué trágico, como mencionó Eli D:
Tírenme piedras *corre*
