-IX-
"La única posibilidad de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá de ellos, hacia lo imposible". (Arthur C. Clarke)
La joven miró el suelo y suspiró. Estaba teñido de rojo, la sangre había sido derramada en aquella lucha de la cual ella se consideraba responsable. Una risa macabra le hizo desviar su atención y centrarla en aquella mirada negra y oscura.
-Mírate, estás demacrada. ¿Crees que podrás conmigo en tal estado? –su risa hizo que la joven elegida se estremeciera.
-No puedo perder ahora. Todos confían en mí –la castaña cerró los ojos con fuerza.
Hikari se despertó con una respiración entrecortada. Estaba agitada, todo había sido una pesadilla. Se dio la vuelta en su cama y vio que T.k la miraba con ojos de preocupación.
-¿Estás bien, Hika?
-Sí –sonrió débilmente-. Tan solo ha sido una pesadilla.
El rubio la analizó y sonrió. Acarició el cabello castaña de aquella joven que le había tenido loco desde hacía años.
-Voy a ir a ver a Patamon y a Gatomon. Vuelve a dormir, necesitas descansar.
Takeru le dio un beso en la frente a la Yagami y abandonó la habitación bajo la atenta mirada de su compañera que sonreía.
La castaña se volteó y observó el paisaje que podía divisar desde la ventana. ¿De verdad estaba haciendo lo correcto con todo aquello? Aunque estaba preocupada e intentaba pensar que era lo mejor, el cansancio acabó ganándola.
Aquel día Tai había amanecido con un ánimo mucho mejor que el del día anterior. Durante la comida, a la cual faltó su hermana, a la que ya había visitado y que estaba profundamente dormida, realizó numerosas bromas y entabló alegres y animadas conversaciones. Todos sus amigos se dieron cuenta de que la pelea con su hermana había acabado.
Mientras, Matt observaba a su pequeño hermano que parecía estar en otro mundo. Sus palabras parecían haber abierto los ojos a Kari. Su hermano tenía un gran brillo en sus ojos y no podía ocultar una sonrisa en todo momento. Se alegraba mucho por él. Él mejor que nadie sabía que era sufrir por amor, al fin y al cabo, todavía quedaban algunos vestigios de aquello que había sentido por Sora.
Una vez acabada la comida y tras un rato de charla entre ellos, un ruido llamó la atención de todos, elegidos y digimons.
Izzy se movió rápidamente hacia el ordenador que Gennai le había prestado. El resto de elegidos volvieron su atención a otras cosas.
-Chicos, esto es serio, tenéis que verlo –el elegido del conocimiento se retiró para que el resto de sus compañeros observaran el problema.
Kari abrió lentamente los ojos y miró la hora. Eran las cuatro y cuarto de la tarde. Después de que Takeru se fuera se había quedado plenamente dormida y su sueño no había sido molestado por ninguna pesadilla.
Se desperezó y se cambió su pijama. Tranquilamente recorrió el pasillo y las escaleras hacia la habitación donde se encontraban sus amigos. Abrió la puerta y todos se giraron para mirarla, ante lo cual se quedó parada observando a cada uno de ellos.
-Hermana, creo que tenemos que hablar –fue Tai quien rompió el silencio-. No creo que te vaya a gustar lo que te tengo que decir.
-Han decidido la guerra frente una batalla tuya contra Kou. Todo el mundo digital quedará sumido en guerra.
-¡Gennai!- fue Mimi quien reaccionó ante la respuesta tan directa.
Sin embargo, la menor castaña todavía no había reaccionado.
-Contaremos con más…- el portazo que su hermana dio interrumpió su explicación-. Creo que no se lo ha tomado muy bien, ¿qué pensáis?
Hikari salió de aquel lugar y se aventuró por un pasillo en el que nunca había estado. Sin motivo, entró en una habitación cerrando tras ella. Observó aquel lugar minuciosamente.
Era un pequeño cuarto de piedra. Enfrente de ella había una chimenea en la que había cenizas, lo cual le indicaba que había sido utilizada recientemente. Un pequeño sillón estaba situado próximo a la chimenea y una de las paredes estaba recubierta de estanterías llena de libros.
Sin embargo algo encima de la chimenea llamó su atención: dos espadas con dos símbolos extraños.
Lentamente se acercó a ellas y tomó una de ellas que parecía que la llamaba. Al tacto una imagen vino a su mente y cerró los ojos. Dos niños. Aquellos dos niños los había visto antes, había soñado con ellos la noche antes de ir al mundo digital.
-No pensaba que llegaras a descubrir esta habitación –la voz de Gennai la sobresaltó y abrió los ojos para mirarlo. Sonreía.
-No era mi intención entrar aquí sin su permiso.
-No pasa nada, Hikari. Me alegro de que la hayas encontrado -se acercó a ella y miró la espada, ante lo cual su sonrisa fue mayor-. Me temía que volviera a ocurrir.
Kari miró la espada y se sorprendió al ver el símbolo de su emblema de la luz en vez del antiguo símbolo.
-¿Sabes? Esta espada es muy especial, tan solo los elegidos de la luz pueden utilizarla. Dicen que protegerá a su portador.
-¿Y tú crees en ello? –la sonrisa de Gennai comenzó a desaparecer-. Sé que nos has estado ocultando cosas y creo que es el momento de que las cuentes.
-No soy el único, ¿verdad? –la mirada de la elegida denotaba confusión-. Has sido muy oportuna en volver a Japón poco antes de que volvierais a ser llamados para defender este mundo. Llevas meses soñando extrañas escenas que tienen que ver con el mundo Digimon.
-¿Cómo lo sabes?
-Sé cosas de todos vosotros que no pensaríais nunca que lo supiera. Pero eso carece de importancia.
El silencio reinó entre ellos. Gennai se sentó en el sillón y observó a la joven que mantenía en sus manos la espada.
-Me escapé porque quería evitar una guerra –Kari comenzó a hablar-. Como sabes llevo meses soñando y el sueño más recurrente es una batalla. Pero mi intento ha fracasado.
-A veces, pequeña, el destino no se puede cambiar.
Kari se sentía débil y tenía ganas de llorar. En ningún momento se esperaba aquello. Hacía un año ella estaba tranquilamente en Nueva York con sus clases de baile. Echaba de menos a sus amigos, a sus padres, a Tai, a T.k, pero ella no quería que aquello ocurriera.
-¿Puedo hacerle una pregunta? –él asintió-. La noche antes de venir de nuevo soñé con dos niños que obtenían sus dispositivos. Creo equivocarme, pero tengo la sensación de que uno de esos niños era usted.
-¡Vaya! Sabía que acabarías dándote cuenta. Así es, Kari. Yo fui elegido cuando tenía ocho años para salvar el mundo digital.
-¿Quién… quién era el otro niño? –preguntó dudando-. ¿Dónde está?
-Eres curiosa, pero mereces saber la verdad. Verás Hikari, mi principal misión aquí no es ayudaros a vosotros, sino liberar a mi amigo.
-¿Liberar? ¿Quién lo retiene?
-La oscuridad, Hikari, la oscuridad. Debes prometer que serás fuerte y no caerás en sus redes.
-No lo haré, lo prometo. Y prometo ayudarle a liberar a su amigo de la oscuridad que lo retiene. Solo tiene que decirme quien es y donde se encuentra e iré a buscarlo.
-Gracias por tu ayuda, pequeña. De hecho, ya lo has visto.
-¿Cómo?
-Kari, mi compañero era Kou.
El rostro de la Yagami mostraba un completo asombro
-¿Cómo es posible que él defienda la oscuridad?
-En nuestra última batalla para defender este mundo nos enfrentamos a la oscuridad más profunda, pero no salió bien. Fuimos derrotados y Kou cayó herido. Mientras yo estaba junto a él, intentándole ayudar e intentando que reaccionara ante mis palabras algo cambió en él. La oscuridad le absorbió y yo quedé solo junto a nuestros digimons. Días después, él apareció ante mí. Me contó lo feliz que estaba en la oscuridad y ofreció que me uniera a ella, pero no acepté. Él me entregó su espada, tal vez le hubiera salvado la vida, pero le cambió. Desde aquel momento he intentado buscar la forma de salvarlo y la única manera eres tú, Kari, tu gran poder podrá hacer que abra sus ojos.
-Lo siento mucho. Intentaré hacer lo máximo posible por él y por ti.
El silencio inundó el pequeño cuarto y Kari dejó la espada en su lugar.
-¿Qué dijeron sus padres cuando se lo contaste?
-Nunca regresé, Kari. Permanecí aquí intentando buscar una solución que salvara a mi mejor amigo. Sin embargo, el tiempo pasaba, pero el día que te conocí como la octava niña elegida perdida la esperanza regresó a mí. Eres la salvación de Kou.
Kari procesaba toda aquella información. Era bastante impactante y nunca creyó que Gennai fuera un elegido.
-Aunque desde que te conozco he cambiado de opinión. Sabía que llegaría un día en el que la guerra enfrentara a la luz y a la oscuridad de nuevo frente a frente. Pero, me he dado cuenta de que lo más importante no es salvar a Kou, sino que no te ocurra lo mismo, que puedas volver con tus amigos a casa y que puedas vivir lo que nosotros no hemos podido. Quiero que ante todo seas feliz.
La pequeña Yagami no pudo más y abrazó a Gennai. Se sentía débil, pero no podía serlo, no en aquel momento. Tenía que ser fuerte para poder tener el futuro que ella quería, para poder seguir hacia delante. Algunas lágrimas resbalaron por las mejillas de la joven.
-Tus amigos te ayudaran en esta guerra. No estás sola.
Ambos sonrieron infundiéndose fuerza. Tenían la esperanza de triunfar contra la oscuridad.
-Te enseñaré a usarla –afirmó Gennai observando las dos espadas.
Había pasado una hora desde que Kari se había marchado dejando a Tai con la palabra en la boca, aunque a T.k le parecieron años.
Tai paseaba de un lugar a otro de la habitación llamando a los demonios, mientras Sora y Joe intentaban calmarlo. Izzy tecleaba en el ordenador en busca de algo que parecía relevante para él. Mimi y Matt hablaban en susurros, mientras Davis, Yolei y Ken hacían lo mismo. Cody y él permanecían sentados sin mediar palabras.
Minutos después la puerta que había sido cerrada de un portazo por la Yagami se abrió, volviendo a entrar esta junto a Gennai. Ambos llevaban algo en las manos que sorprendió a todos cuando se dieron cuenta de que eran espadas.
-¿Qué narices piensas que haces con eso Gennai? –fue Tai el primero en reaccionar interponiéndose en el camino de los dos.
-Voy a enseñar a tu hermana a usarla.
-¿Estás loco? Mi hermana no utilizará una espada. Si es necesario lo haré yo, pero nunca ella.
-¡Tai! –la voz de Kari llamó la atención de su hermano-. No decidirás que haré.
-Esto es una locura. Yo lo haré –tomó la espada que portaba Gennai, pero al instante la tuvo que soltar debido al peso- ¿Pero por qué pesa tanto?
-Venga ya, Tai. Parece ser ligera –el segundo elegido del valor se acercó e intentó levantar la espada, pero tampoco pudo-. ¿Cómo es posible?
Gennai sonrió al ver que T.k se acercaba hacia la espada tendida en el suelo. El rubio se agachó y la tomó. La espada comenzó a brillar y el joven consiguió levantarla.
-Tal cual esperaba –la voz de Gennai fue lo único que resonó en la habitación ante el asombro del resto de elegidos, salvo de Kari.
Tanto ella como él se habían dado cuenta de algo, el símbolo de la esperanza de T.k marcaba ahora la espada.
-También serás mi aprendiz. ¡Vamos!
La joven castaña y Gennai se dirigieron hacia el exterior y segundos después, cuando reaccionó, Takeru hizo lo mismo. Los demás se quedaron estáticos sin comprender lo que ocurría.
Takaishi llegó corriendo hacia donde se encontraban Gennai y Kari.
-¿Alguno de los dos me explica que está pasando?
-Es una larga historia, más tarde Hikari te la contará –el rubio miró a la castaña y esta asintió. No le quedaba más remedio que resignarse a no entender nada y aprender. Por ella.
-Comencemos entonces –Gennai observaba a los dos jóvenes-. Regla número uno: nunca perdáis de vista al enemigo. Regla número dos: nunca des la espalda al enemigo. Regla número tres: no dudar a la hora de actuar.
Hikari y Takeru atendían silenciosamente a sus palabras.
-Pase lo que pase, no dejaré que te pase nada Hika.
T.k la abrazó con fuerza y miedo de que desapareciese de su vida. Ella era su principal motivo para seguir luchando en su vida.
-No quiero que te pongas en peligro por mí. Esta no es tu lucha.
T.k observó a la chica. Retiró un mechón de pelo castaño detrás de su oreja y acarició la mejilla de la joven. El joven se agachó para besarla, pero un gran ruido llamó su atención.
El rubio tomó a Kari de la mano y bajaron del balcón donde estaban, encontrándose con todos sus compañeros.
-¡Mirad! –gritó Yolei con un tono de alegría.
En la llanura delante de ellos, un enorme grupo de digimons había aparecido.
-¡Kari! –Gatomon aún con vendajes se acercó a su compañera y esta la tomó en sus brazos-. Han venido a ayudarnos.
La Yagami contemplaba la escena con duda. ¿Qué ocurriría? ¿Cuántos digimons se iban a ver afectados por su culpa?
La culpa de todo aquello y de lo que ocurriría la invadió.
Siento mucho haber tardado en actualizar tanto. He estado ocupada con los asuntos de la matrícula de la universidad.
Muchas gracias por todos vuestros reviews y espero que os guste este capítulo! (:
Nos vemos! Cuídense! :D
