CAPITULO 7

«Como el rayo en una tormenta seca —pensó Candy—. Su contacto es electrizante.» La atracción chisporroteó entre ambos y Candy supo que él también la sentía, porque retrocedió y la miró de una manera muy extraña. Luego, separándole suavemente los labios con el pulgar, le abrió la boca y pasó sus firmes labios por encima de los de ella, moviéndolos de un lado a otro y creando una ligera e irresistible fricción.

«Sí —pensó ella—. Esto es justo lo que necesitaba. Siento… ¡Oh!» Él le ladeó la cabeza hasta dejársela en el ángulo perfecto —exactamente tal como le hacía Lanzarote a Ginebra durante aquel único beso que llegaban a darse en la película El primer caballero — y selló su boca con la suya. Candy se estremeció cuando la lengua de Albert se sumergió entre sus labios, caliente y sedosa y hombre en estado puro.

«Chúpate ésa, Miriam.»

Aturdida por una súbita oleada de deseo, sintió que su cabeza caía flácidamente hacia atrás hasta quedar apoyada contra la puerta del probador. Candy hizo que sus manos subieran sobre los músculos ondulantes de los brazos de él hasta ponerlas encima de sus hombros, y entonces las unió firmemente detrás del cuello de Albert. No había ido a Escocia, caído dentro de un agujero y conocido a un loco. Había muerto e ido al cielo, y él era su recompensa por haber aguantado a sus padres durante tantos años. Albert cerró las manos sobre su cintura y luego las deslizó íntimamente hacia arriba mientras profundizaba su beso, demorándose sobre cada curva. Cuando él le puso las palmas enérgicamente planas encima de los pechos, los muslos de Candy se apresuraron a abrirse con un movimiento tan fluido que se preguntó por qué no se limitaba a llevar una pancarta sujeta con cinta adhesiva a través de ellos con la inscripción « APRIETE AQUÍ PARA EL SEXO ». Arqueó la espalda y restregó sus pezones endurecidos contra las palmas callosas de él. Lo que, poco antes, para Candy no era más que un calcetín que él llevaba metido dentro de los tejanos era en ese momento el calcetín más duro que ella hubiera sentido jamás, y en aquel momento se hallaba peligrosamente próximo a quedar introducido entre sus muslos.

Y ella quería que Albert estuviera allí, por Dios.

Quería sentirlo sedoso y caliente dentro de ella, desnudo, sin nada entre ellos.

Él le acarició los pezones con los pulgares mientras su lengua se deslizaba más hacia dentro, resbaladiza y hambrienta, hasta tales profundidades que arrancó de la garganta de Candy suaves maullidos. Con un sutil giro de sus cuerpos, Albert desplazó su erección hacia la uve de los muslos de Candy e incrustó en ella sus caderas con el mismo ritmo, implacable e insistente, con el que incrustaba su lengua dentro de su boca. Cuando le rodeó el trasero con las manos y la elevó contra él, Candy se abalanzó alegremente sobre el cuerpo de Albert, se apresuró a pasarle las piernas alrededor de la cintura y se puso a besarlo frenéticamente.

Se arqueó contra Albert en un desesperado intento de llegar a estar tan cerca de él como se lo permitiera toda aquella ropa irritante y restrictiva que se interponía entre ambos. Candy metió los dedos en sus sedosos cabellos y le chupó la lengua, desesperada por tener más de él. Albert soltó una especie de carcajada, un sonido de satisfacción masculina que resonó roncamente en las profundidades de su garganta, y le tomó la cabeza entre las manos para luego besarla con tal vehemencia que aspiró el aliento de ella al interior de su cuerpo. Su lengua se deslizó dentro de la boca de Candy, se retiró de ella y regresó. Candy sintió cómo su piel se ondulaba con una súbita corriente de energía cinética allí donde él la tocaba. Su cuerpo absorbía esa energía y su núcleo se volvía cada vez más caliente. Aquel hombre conocía su frecuencia natural, y ahora estaba haciendo que toda ella resonase en una perfecta sincronía. Y de la misma manera en que un cristal muy fino, si vibraba continuamente en su frecuencia natural, terminaba haciéndose añicos, Candy se hallaba a pocas caricias de sufrir una explosión similar.

—¿Quiere que le busque alguna otra talla o estilo? —trinó Miriam más allá de la puerta del probador, con lo que inspiró el único sentimiento benevolente que Candy llegaría a abrigar jamás hacia ella, por haber aparecido para rescatarla antes de que le entregara su virginidad a un loco dentro del probador de una tienda de artículos deportivos y con una puerta que terminaba treinta centímetros por encima del suelo.

Albert gimió, y luego profundizó el beso.

«¡Qué situación más embarazosa! —La cordura de Candy regresó gradualmente—. Este hombre me besa y yo le salto encima como si fuese la nueva atracción que está haciendo furor en Disneylandia. ¿Habré perdido el juicio?» Clavó las uñas en los hombros de Albert y le mordió la lengua.

—Ay. Me parece que eso no era necesario, muchacha —susurró él, mientras la pasión ardía en sus ojos combinada con una cierta irritación porque alguien se hubiera atrevido a interrumpirlos.

Estaba claro que Albert MacAndrew no era un hombre al que le gustara detener nada una vez que lo había empezado. Parecía estar peligrosamente excitado.

—¿Señora? —dijo Miriam en un tono muy controlado.

Candy se sintió muy mortificada al darse cuenta de que había empezado a emitir suaves ruidos de aparejamiento. Respiró hondo, se obligó a desceñir las piernas y se deslizó hacia abajo por el cuerpo de Albert. Las manos de él se tensaron por un instante sobre sus caderas hasta que ella volvió a amenazarle los hombros con las uñas. De mala gana, él la bajó al suelo y enseguida volvió a tratar de besarla.

—Basta —susurró ella furiosamente.

Después de haber efectuado otra temblorosa inspiración, le dijo a Miriam:

—Sí. Hum. Ropa, sí. Qué le parecería… uh, esos pantalones de color caqui que tienen por ahí. De esos holgados, con una cintura de ochenta centímetros… no, espere un momento. —Sacudió la cabeza en un intento de aclarársela. Para que los pantalones pudieran llegar a contener los musculosos muslos de Albert, tendrían que ser bastante amplios de cintura—. Traiga un ochenta y cinco, un noventa y un noventa y cinco —corrigió—. Y un cinturón.

Cerró los ojos y respiró profundamente unas cuantas veces más. El corazón le retumbaba como un ariete enloquecido contra la pared del pecho.

—¿Señora? —trinó Miriam, tan dulcemente que sólo otra mujer habría percibido la malignidad que había en su voz.

—¿Sí?

—Comprendo que ustedes las americanas son… diferentes… y quizá sus pies no estaban en el suelo porque se había subido a una silla para admirar las cámaras de vídeo de alta tecnología que hemos instalado recientemente. Pero el caso es que hay niños en la tienda, y en Escocia nos tomamos muy en serio su educación. Estos probadores no son mixtos.

El rostro de Candy se inflamó.

—Sal de encima de mí, idiota —siseó mientras empujaba el pecho de Albert con las manos.

Él le lanzó una mirada que prometía que continuarían allí donde lo habían dejado, y pronto, antes de dar un paso atrás.

—Como desees. Esposa —ronroneó, y luego abrió la puerta con una floritura y una reverencia de cortesano.

Candy enrojeció. Adiós a la esperanza de que él no hubiera oído la seca réplica que ella le había soltado antes a Miriam. Salió del probador y allí estaba la infernal Miriam, con la mirada yendo más allá de Candy para posarse en Albert MacAndrew, que lucía unos ceñidos tejanos con la cremallera por subir y sin camisa.

—Oh, cielos. —Miriam se humedeció los labios—. Iré a buscar esos caquis.

Pero no se movió ni un centímetro, y a Candy le entraron ganas de darle de patadas. Mejor aún, de incrustarle los globos oculares en la cabeza con un buen puñetazo.

—Iba usted a buscar esos pantalones —le recordó envaradamente.

—Oh, sí —dijo Miriam, ruborizada—. Si los caquis no cubren… ejem, no le van bien de talla…, quizá podría probarse unos pantalones de chándal. Son bastante… espaciosos.

Le dirigió una brillante sonrisa a Albert y su mirada fue del bulto apenas cubierto que había en su ingle a su mano carente de anillos.

—Perfecto. Traiga también unos de ésos. Candy fulminó con la mirada a Albert y luego cerró la puerta del probador. Apoyó la espalda en ella, suspiró y trató de calmarse.

—Quiero unos calzones púrpura, muchacha —anunció Albert por encima de la puerta.

—No —dijo ella con irritación.

—Y una camisa púrpura.

«Eso ni soñarlo», pensó ella. Sus dorados cabellos y su bronceada piel quedarían increíblemente realzados por un color tan intenso. El negro tal vez haría que tuviera un aspecto más apagado. Siempre quedaba la esperanza.

Cuando, unos cuantos momentos y maldiciones ininteligibles más tarde, Candy oyó caer al suelo sus tejanos, imaginó a Albert desnudo y se preguntó si alguien podría haberle administrado un afrodisíaco durante las últimas veinticuatro horas sin que ella se diera cuenta.

«Encuentra un hombre con el que quieras hablar de madrugada—había dicho Paulina—, con el que puedas discutir cuando sea necesario y que te haga chisporrotear cuando te toque.» Bueno, el chisporroteo estaba ahí, y no cabía duda de que podían discutir…

Candy sacudió la cabeza, negándose a aceptar la noción de que un loco pudiera ser su compañero del alma en potencia.

¿Tendría razón él en lo de sus pies? ¿Sería verdad que las cosas crecían hasta hacerse más grandes si no se las mantenía confinadas? Desde luego al tacto aquello no había parecido un calcetín. Más bien parecía la lata de pelotas de tenis que había encima del estante de detrás de la caja registradora. Candy bajó la mirada hacia sus pechos. ¿Debería dejar de llevar sostén y empezar a ponerse bragas más ceñidas?

¿Cómo iba a mirar a Drustan ahora?

Los pantalones de chándal eran tolerables, decidió Albert con gran alivio. Enseguida le había quedado claro que aquellos calzones azules eran un instrumento de tortura y habrían estrangulado la semilla de un hombre. Quizá los hombres estuvieran hechos de una manera distinta en el tiempo de Candy. Albert no había visto ningún otro bulto por ahí, así que tal vez todos los hombres tenían unas zanahorias minúsculas dentro de sus calzones. Quizás había centenares de mujeres insatisfechas en aquel siglo. Pero en ese momento a Albert sólo le interesaba la satisfacción de una mujer en concreto, y se estaba obsesionando rápidamente con ella.

Candy White le hacía algo que no tenía absolutamente nada de natural. Hacía que se sintiera poderoso y con las rodillas flojas al mismo tiempo. Le hacía sentir la potencia y virilidad de su sangre druida martilleando dentro de sus venas. Cuando la tocaba, todo lo que había en el mundo cobraba sentido y se volvía tan claro como si estuviera construido con elegantes ecuaciones matemáticas. Debería temerla, porque cuando la tenía en sus brazos Albert olvidaba todo aquello por lo que debería estar preocupándose.

Los druidas mantenían que cuanto más grande era un objeto, más impacto producía ese objeto sobre el espacio dentro del cual existía, y más grande era la atracción que ejercía sobre otros objetos. Albert siempre se había considerado a sí misino como la prueba viviente de semejante postulado; pero Candy, la diminuta Candy, tenía muy poca masa y aun así producía un impacto monumental sobre el mundo de Albert. Candy desafiaba las leyes de la naturaleza.

Con un suspiro, Albert obligó a sus pensamientos a alejarse del firme cuerpecito de Candy y se estudió en el espejo. Los calzones negros (llamados Adidas) quedaban muy ajustados al cuerpo y sin embargo holgados, con una materia notablemente elástica en la cintura y los tobillos. Eran con mucho la elección más apropiada. Albert admiró aquella tela negra, densamente urdida, que sospechaba podía llegar a repeler el agua. El púrpura habría sido mejor, pero el negro era aceptable. No era digno de un rey pero, aun así, tampoco era un color de siervo.

Los calzones azules habían sido realmente insoportables, y para colmo el teñido que les habían hecho era horrible, como si el color no hubiera llegado a quedar fijado del todo en la tela. Ningún tejedor del clan de Albert habría dado por bueno un trabajo tan pésimo. Y aquellos sosos calzones «caqui», a pesar de que le quedaban razonablemente bien, habrían hecho de él un aparcero, cosa que los Andrew no eran. Albert enrolló pulcramente su plaid tejido con el negro y el púrpura reales, surcados por costosas hebras plateadas, alrededor de tres de sus bandas de cuero y se lo puso debajo del brazo. Estaba claro que las gentes de Candy no se regían por la ley del brehon . Había allí percheros enteros llenos de atuendos púrpura, puestos para que cualquiera pudiese adquirirlos, repartidos por toda la tienda. Los Andrew, siglos atrás y con mucha pompa y ceremonia, habían visto cómo un rey gaélico les concedía el uso completo de los siete colores. Los lairds de los MacAndrew tendrían derecho a llevar el púrpura mientras vivieran los Andrew.

Y por Dios que él estaba bien vivo. Quizá ningún otro de su clan siguiera con vida, pero Albert vivía, y en cuanto llegara a sus piedras descubriría qué era lo que había ido mal. El mundo de Candy y cosas como su carro lo llenaban de aprensión, pero con tal de llegar hoy al castillo Andrew hubiese estado dispuesto a montar en un dragón que respirase fuego.

Rezó para que por algún milagro Silvan hubiera vivido y engendrado hijos —incluso a la avanzada edad de su padre, eso no era completamente imposible— y a su regreso encontrara descendientes vivos y en buena salud. Rezó para que de no ser así, al menos se encontrara con que su castillo no había sido afectado por el paso del tiempo, para así poder hacerse con las tablillas y a la medianoche del día siguiente volver a hallarse a salvo en su propio siglo. Nada de ruidos irritantes, olores espantosos o ritmos antinaturales presentes en la misma Gaea.

Haciendo a un lado de un puntapié los duros zapatos blancos con cordones que Candy había metido por debajo de la puerta hacía unos instantes, Albert volvió a ponerse sus botas. Apretó los puños dentro de la camiseta, sin tener ni la menor idea de por qué se llamaba así en vez de camisola o camisa, y estiró la tela para que no fuese tan opresiva alrededor de su cuello y su pecho.

Después de haber abierto la puerta, se detuvo por un instante y recorrió con la mirada el pequeño y hermoso cuerpo de Candy. Encajarían muy bien el uno con el otro, aunque Albert sospechaba que ella no creería tal cosa hasta que él le hubiera hecho una demostración, y esperaba poder hacérsela muchas veces.

Porque Candy White—con todo lo terca, malhumorada, un poco dominante y entrometida que era— le gustaba mucho, y eso era algo más que añadir al hecho de que ardiera en deseos de arrancarle la ropa y dejarla tendida sobre la espalda encima de la suavidad del brezo. De separarle las piernas y excitarla hasta que ella le suplicara que la hiciese suya. De enterrar la cara entre sus pechos y saborear su piel. El beso no había hecho más que incrementar el apetito que ya sentía por ella, y Albert gimió al recordar lo mucho que le había costado hacer bajar aquellos calzones azules a lo largo de su hinchado miembro.

Se quedó de pie en el hueco de la puerta del probador, ciñó su morral alrededor de las caderas, sujetó una de sus bandas de cuero por encima de él y pasó su espada por debajo de ella. Después fue en silencio hasta donde estaba Candy y cerró las manos sobre su esbelta cintura. Con una sonrisa, puso las manos un poco más abajo. Candy tenía un trasero realmente magnífico, suave y femenino y con la forma de un generoso corazón puesto del revés, y Albert aprovecharía cualquier oportunidad de tocarlo que se le presentara. Se disponía a introducir íntimamente un dedo entre sus globos gemelos cuando ella se tensó y se alejó disparada de su presa.

Albert miró a la vendedora y arqueó una ceja.

—Mi esposa todavía está acostumbrándose a mí. No llevamos mucho tiempo casados.

Hmmm, pensó mientras miraba a Candy; le gustaba mucho cómo había sonado la palabra «esposa» en su boca.

—Bonita espada —ronroneó la vendedora, con la mirada puesta a unos treinta centímetros a la izquierda del arma.

Candy giró sobre sus talones.

—Vamos —le dijo a Albert—. Esposo.

La mirada que él le lanzó chisporroteaba de pasión, y Candy estaba empezando a preguntarse durante cuánto tiempo podría seguir manteniéndolo bajo control. Eso suponiendo que realmente lo hubiera tenido alguna vez bajo control.

—Me gustaría mucho acostumbrarme a usted —murmuró Miriam mientras contemplaba cómo aquel hombre magnífico guiaba a su esposa fuera de la tienda con una palma posesivamente posada sobre el hueco de su espalda. El hombre le dirigió una sonrisa insinuante por encima del hombro mientras se iba.

Candy empezó a sentirse un poco más animada cuando faltaban unas manzanas para llegar a la cafetería, estimulada por los excitantes aromas de los granos recién molidos que flotaban en la suave brisa. Dentro de unos momentos estaría pidiendo un capuchino, pan de chocolate y bollos de naranja y moras. Entraron en el café y Candy dejó escapar un suspiro de placer que salía de lo más profundo de su corazón.

—Muchacha, aquí hay muchas personas —dijo Albert nerviosamente—. ¿Todo este pueblo pertenece a un solo laird?

Candy lo miró y enseguida llegó a la conclusión de que hubiese debido decidirse por la camiseta blanca, porque Albert MacAndrew, vestido completamente de negro , estaba —como hubiese dicho su amiga Annie— de lo más «follable». Candy todavía experimentaba ocasionales estremecimientos causados por su beso, que no iban a cesar nunca a menos que dejara de mirarlo, así que se apresuró a pasear la mirada por el local. Familias con niños, gente mayor y parejas jóvenes —en su mayoría turistas— estaban sentadas en torno a docenas de pequeñas mesas.

—No, probablemente todas son de familias distintas.

—¿Y viven en paz las unas con las otras? ¿Todos estos clanes distintos comen juntos y se ufanan de ello? —exclamó Albert, con un volumen de voz suficientemente alto para que varias personas se volvieran para mirarlos.

—Chst… Estás atrayendo la atención hacia nosotros.

—Yo siempre atraigo la atención. En este tiempo todavía más. Aquí todos sois muy pequeñitos.

Candy lo fulminó con la mirada.

—Tú haz el favor de estarte callado, pórtate bien y déjame pedir a mí.

—Estoy siendo bien comportado — musitó él, y luego se fue a contemplar las relucientes máquinas plateadas que molían, colaban y soltaban vapor.

«¿Estoy siendo bien comportado?» Su empleo del lenguaje la dejaba atónita. Pero entonces Candy reflexionó sobre ello por unos instantes: ser bueno-estar siendo bueno; estarse callado-estar siendo callado; portarse bien-estar siendo bien comportado. Había una consistencia muy inquietante en su locura. ¿Qué era lo que había dicho Newton? «Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestiales, pero no la locura de las personas.»

Mientras ella pedía lo que iban a tomar, Albert recorrió el interior de la cafetería sin dejarse nada. Todo parecía fascinarlo e iba de un lado a otro cogiendo tazones de acero inoxidable, dándoles la vuelta y poniéndolos del revés, olisqueando las bolsas de granos de café, tocando las pajitas y las servilletas. Entonces encontró las especias. Candy volvió a reunirse con él junto al mostrador de los condimentos en el preciso instante en que Albert se guardaba los recipientes de la canela y el chocolate en el bolsillo de sus pantalones de chándal.

—¿Qué estás haciendo? —le susurró Candy mientras quitaba las tapas de sus cafés. Dispuso su espalda en un ángulo tal que los dueños del café no pudieran ver que Albert estaba infringiendo la ley—. ¡Sácate todo eso del bolsillo!

Él la miró burlonamente.

—Estas especias son muy valiosas.

—¿Serías capaz de robar?

—No, no soy ningún ladrón. Pero esto es canela y cacao. No son fáciles de conseguir, casi se nos han terminado, y a Silvan le encantan.

—Pero no son tuyas —dijo ella, tratando de ser paciente.

—Soy un MacAndrew —dijo él, en un claro intento de ser paciente—Todo es mío.

—Vuelve a ponerlas donde estaban.

La sonrisa de él era puro reto masculino.

—Vuelve a ponerlas tú.

—No voy a rebuscar dentro de tus bolsillos.

—Entonces se quedan donde están.

—Eres muy terco.

—¿Lo soy? ¿Yo? ¿Y eso lo dices tú, una mujer que insiste en que todo se haga como ella quiera? —Se llevó a la cintura las manos convertidas en puños y subió la voz una octava, imitando a Candy—Tienes que llevar zapatos blancos duros. Tienes que quitarte las armas. Tienes que viajar en un coche. Y nada de besarme, por mucho que yo me apresure a rodearte con las piernas en cuanto lo haces. —Se encogió de hombros, untado, y volvió a adoptar su tono habitual—. Tienes que, tienes que, tienes que. Estoy harto de esas dos palabras.

Sintiendo que le ardían las mejillas a causa del dardo que Albert acababa de disparar contra sus piernas rebeldes, Candy le metió la mano en el bolsillo y cerró los dedos alrededor de las botellitas de cristal.

—Silvan se mostrará muy disgustado —dijo él mientras se le acercaba un poco más con una sonrisa lobuna en los labios.

—Según tú, Silvan murió hace cinco siglos.

Lamentó las palabras en el mismo instante en que las dijo. Un destello de dolor pasó por el rostro de él, y Candy hubiera podido darse de patadas por ser tan insensible. Si Albert estaba enfermo, era posible que creyera sinceramente en todo lo que le estaba diciendo, y de ser así, la muerte de su padre —real o imaginado— le dolería mucho.

—Lo siento —se apresuró a decir.

Esparció un poco de canela por encima de sus capuchinos llenos de espuma. Luego, para expiar aquellas palabras tan crueles, volvió a meter la botellita dentro del bolsillo de Albert mientras trataba de pasar por alto el hecho doblemente inquietante de que estaba ayudando a un criminal y se encontraba muy próxima a su calcetín, que rimaba de una manera muy elegante con «sexo sin fin», y oh, dentro de aquellos pantalones realmente había mucho que mirar.

Él se metió airadamente la mano en el bolsillo, sacó las dos botellitas y las dejó con un golpe seco encima del pequeño mostrador de los condimentos. Sin decir palabra, le volvió la espalda a Candy y echó a andar hacia la puerta.

Candy se apresuró a ir tras él, y cuando pasaba junto a una mesa en la que estaba sentado un hombre de aspecto distinguido con su esposa y su hijo, le oyó decir al chico:

—¿Os podéis creer que iban a robar la canela y el chocolate? Y eso que no tenían aspecto de pobres. ¿Habéis visto la espada del hombre? ¡Uau! ¡Era mejor que la de esa película en la que salían los inmortales!

Muy avergonzada, Candy se puso la bolsa de bollos debajo del brazo, hizo juegos malabares con los dos cafés y luchó con la puerta.

—Albert, espera. Albert, lo siento —le dijo a su ancha y terca espalda.

Él se detuvo a mitad de un paso, y cuando se volvió hacia ella tenía una sonrisa en los labios. ¿Así de breve era la duración de su ira? Candy contuvo la respiración y la mantuvo así. Drustan simplemente era el hombre más hermoso que hubiera visto jamás, y cuando sonreía…

—Me gustas.

—Pues tú a mí no —mintió ella—. Pero no pretendía herir tus sentimientos.

Él se mantuvo impertérrito.

—Sí que te gusto, muchacha. Puedo notarlo. Me has llamado por el nombre que me pusieron al nacer, frunces el ceño y tienes rocío en los ojos. Te perdono la cruel falta de consideración que has tenido conmigo.

Candy se apresuró a cambiar de tema y escogió algo que le había estado rondando por la cabeza desde que dejaron Barrett's y a aquella arpía de Miriam.

—Albert, ¿que significa la palabra «nyaff»?

Él puso cara de sorpresa y luego se echó a reír.

—¿Quién se ha atrevido a decirte que eras una pequeña nyaff?

—Esa arpía de Barrett's. Y deja de reírte de mí.

—Ay, muchacha.

Más risa.

—Bueno, ¿qué significa?

—¿Deseas toda la esencia del término, o un simple resumen expresado en una sola palabra? No es que en este momento se me ocurra ninguna, claro —añadió—. Es una palabra que sólo existe en escocés.

—Quiero toda la esencia —replicó ella secamente.

Con los ojos brillándole y una ceja maliciosamente arqueada, él dijo:

—Como desees. Llamar «nyaff» a alguien significa que esa persona te llena de irritación, de manera muy parecida a como lo hace un piojo; que es alguien cuya capacidad para disgustar e inspirar desprecio excede con mucho a lo diminuto de su tamaño, pero no a la altanería y el descaro que lo acompañan.

Candy ya había empezado a hervir de furia para cuando él terminó de hablar. Dio media vuelta y se encaminó hacia Barrett's para decirle a Miriam, la de las cejas impecablemente cuidadas, lo que pensaba de ella.

—Espera un poco, muchacha —dijo él, alcanzándola y cerrando la mano alrededor de su brazo—. Salta a la vista que esa mujer meramente sentía celos de ti —le dijo para tranquilizarla—, por tener a tu lado a un hombre tan magnífico como yo, especialmente después de que hubiera tenido ocasión de verme embutido dentro de aquellos calzones azules.

Candy hincó los puños en su cintura.

—Oh, ¿crees que podrías llegar a sentirte un poco más satisfecho de ti mismo?

—Tú no eres ninguna nyaff, muchacha —dijo él mientras le ponía delicadamente un mechón de pelo detrás de la oreja—Probablemente ella sintió mucha más envidia de la expresión que aparece en mi rostro cuando te miro.

Oh, bueno. Las velas de Gwen se deshincharon y de pronto se sintió mucho más inclinada a la caridad hacia Miriam, y aquello tuvo que vérsele en la cara porque Drustan sonrió con arrogancia.

—Ahora te gusto todavía más que antes.

—No me gustas —dijo ella al tiempo que liberaba bruscamente el brazo de la presa de sus dedos—. Vayamos a recoger ese coche de alquiler y salgamos de aquí.

Que Dios la perdonara, porque empezaba a haber algo más que el mero hecho de que él le gustara mucho. Candy se sentía territorial, protectora y llena de lujuria.

Continuara...