Hellsing no Uta
Capítulo 9: Laberinto
–Somos nosotros.
–Dos minutos tarde, tortugas–les contestó molesta, mientras les abría la puerta. –Vámonos.
– ¿Para qué quieres las tizas y los cuchillos?–preguntó Brian. Ella se limitó a tirarle una mochila, rellena de pelotas de papel de diario, y le indicó con una seña que las guardara ahí.
Ann salió con una ligera mochila negra al hombro. Caminó a paso rápido por los corredores del colegio, hasta detenerse en el mismo ventanal por donde había visto las explosiones el día de su desmayo. Allí abrió la ventana en silencio, con sus manos cubiertas por unos guantes de seda. Ella bajó primero, sin ninguna ayuda y haciendo gala de sus años de entrenamiento en acrobacia, luego Brian, y finalmente Alexandra, ayudada por el muchacho.
– ¿Adónde vamos?–preguntó Alexandra luego de un rato de caminata atravesando los jardines.
–No digan ni hagan nada, sólo cállense–les dijo, señalando a un taxi. Caminaron silenciosos hasta allí.
El pobre conductor estaba descansando de un día agotador de trabajo, dormitando con la radio encendida y apenas aludible. Sin embargo, mayúsculo fue su susto cuando se encontró que una adolescente le estaba apuntando con una pistola.
–Salga del auto sin molestar y no lo mataré–lo amenazó Ann. El hombre se mostraba algo reticente, pero cuando ella hizo el ademán de disparar del gatillo salió gritando cosas que ellos no podían entender, pues hablaba en un idioma que no conocían.
– ¿Sabes conducir, no, Brian?–le dijo ella, mirándolo inquisidoramente con sus ojos azules.
–Sí. ¿Pero cómo lo supiste?
–Te vi varias veces llegar al colegio en tu coche, y además vi un manual de conducción en tu escritorio una vez.
–Ah.
Entraron todos al vehículo. Para no despertar demasiadas sospechas, las dos muchachas ocuparon los asientos traseros.
–Mira que yo no conozco el camino a tu casa…
–No importa–lo cortó ella–. No vamos a casa. Llévanos ahí, chofer–dijo, extendiéndole un papelito que tenía una dirección.
El auto se movió silencioso por la activa noche londinense. Ann miraba a la gente reírse, tomar, y bailar. Bufó levemente. Idiotas. Todos ellos eran unos idiotas, vendiéndose a los placeres, viviendo el ahora sin planear el futuro. Apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. El viaje hasta donde quería ir era algo largo, así que dormitaría un rato.
– ¡Ann! Es aquí.
–Ah…–dijo ella, desperezándose. Se refregó los ojos como una niña pequeña, y empezó a sacar cosas de su mochila. –Alex¿tienes la pistola?
–Ah, sí–La chica se la pasó. Ann sacó de su mochila un cargador, y se lo colocó rápidamente en el arma. Mientras se la entregaba, dijo–Son balas de plata comunes. Tal vez no sean muy útiles, pero nos servirán para hacer tiempo si nos cruzamos con algún que otro traidor.
– ¿Traidores¿Traidores de qué?
–Moscas que se tentaron con la fruta de la vida eterna, hombres que lo dejaron todo por lo que ellos llaman "inmortalidad". Están por todas partes, listos para acabar con cualquiera que actúe raro.
–Pero¿para qué estamos aquí?–preguntó Brian. Era lógico su desconcierto, seguramente él esperaba ver una fortaleza blindada o algo así, pero en cambio estaban frente a la entrada de una estación del Metro.
–En esta estación hay una entrada a un pasaje subterráneo que comunica los edificios más importantes del gobierno. Simularemos tomar el metro, pero lo dejaremos pasar. Y entonces, apenas se vaya, bajaremos por las escaleras de servicio hacia una puerta que está unos 5 metros del andén. –Se fijó en un papel en donde estaba escrito el cronograma de horarios–En diez minutos llega uno, y después tendremos aproximadamente cinco minutos para llegar a la puerta, abrirla, y entrar antes del que llegue el próximo.
– ¿Quieres que bajemos a las vías en hora pico, y que abramos una puerta de servicio en cinco minutos¡Es imposible!–exclamó Alexandra, incrédula– ¡Esas puertas son pesadísimas! Y además¿cómo conseguiremos la llave para abrirla?
Ann sacó de su mochila un manojo de llaves. Brian y Alexandra se quedaron sin habla.
–Así está mejor. –Dijo ella, satisfecha del efecto que había causado entre sus acompañantes. –Si las cosas se complican, tirarás dos de estas granadas de gas lacrimógeno–le dijo a Brian. –Y si llega a pasar lo peor y nos encuentra uno de los agentes del enemigo, tenemos las pistolas con balas de plata. Escondan eso en las mochilas y vámonos.
Bajaron del auto y entraron en la estación. Mientras bajaban las escaleras hacia la boletería, Alexandra estaba pensando. Estaba a punto de cometer lo más cercano a un atentado terrorista. Sin embargo, aún seguía sorprendida por la tranquilidad con la que Ann había explicado todo. Realmente, era una muchacha con sangre fría. ¿En cuánto habría planeado la huida?
Esperaron tranquilamente que Brian sacara los boletos, y cuando bajaron finalmente al andén, lo hallaron repleto de gente. A una seña de la chica, ellos se movilizaron lo más cerca del borde del andén, y entre la multitud la pelirroja les señaló la escalera y la puerta. De repente, se oyó la bocina, tras la cual llegó el tan esperado metro. La gente se abalanzó sobre él, y en pocos segundos el andén quedó vacío.
Había llegado el momento.
Se acercaron lo más silenciosamente posible a la escalera. Ann fue la primera en bajar, sin darle importancia a las vías; mas sin embargo Alexandra y Brian demostraron que los cinco minutos entre tren y tren eran justificados, ya que ambos llegaron hasta la puerta trabajosamente. Pero entonces, cuando los chicos suspiraban aliviados, a punto de felicitarse por lo bien que habían hecho el trabajo…
– ¡Alto¿Qué hacen ahí?
– ¡BRIAN!–Gritó Ann. El preceptor obedeció inmediatamente, y arrojó la granada de gas lacrimógeno, al mismo que tiempo que ella lanzó otra de humo.
–Vamos, vamos¡ábrete maldita puerta!–murmuró Ann. Tal y como había supuesto Alexandra, la puerta era muy pesada.
– ¡Apártense!–dijo Brian, y de un empujón se tiró sobre la puerta, la cual se abrió de inmediato. Justo a tiempo, porque cuando la cerraron se había disipado completamente el efecto de ambas granadas. Ya adentro, Collins abrió la boca, pero Ann se la cerró, y les indicó que no hablaran. Un tren pasó segundos más tarde, y una vez que se fue, ella les hizo una seña de que la siguieran.
No era posible decir exactamente cuánto tiempo habían caminado por ese túnel oscuro y lúgubre, sólo iluminados por una convencional linterna que Boyle había puesto en la mochila que llevaba Brian. De vez en cuando se cruzaban con una rata, o en su defecto, con restos de los roedores. Cuando sucedía esto, Alexandra porfiriaba una expresión de profundo asco tan fuerte que Ann llegó a amenazarla en voz baja con cerrarle la boca con cinta adhesiva, tras lo cual la jovencita se vio obligada a enmudecer por su propia seguridad. Luego de un rato, se encontraron frente a otra puerta.
–Atrás–les indicó. La chica posó la palma de su mano derecha sobre una placa especial y un escáner barrió su superficie. Luego de unos segundos la cerradura hizo un "clic", tras lo cual la chica empujó la puerta abierta. Los otros dos la siguieron, el muchacho más sorprendido que la hija del funcionario.
Se sorprendieron cuando vieron que el estrecho corredor ahora estaba bien iluminado, aunque aún seguía algo sucio. Ann apagó la linterna y se la entregó al joven, quien la guardó en su mochila.
–Podrían limpiar un poco–murmuró por décima vez Alexandra, luego de varios minutos de caminata.
–Alégrate de que no lo esté–le contestó Ann tajantemente.
– ¿Lo dices porque significa que no lo usaron mucho?–preguntó Brian, intentando pensar como ella.
–Bien hecho, Watson.
Los otros dos chicos se habían resignado ya a arrancarle otra explicación, y se entregaron a confiar ciegamente en su guía. En más de una ocasión se encontraron con bifurcaciones, lo cual indicaba que al parecer eso era todo un laberinto subterráneo. Pero cuando ya se estaban aburriendo de caminar por ese pasillo gris y frío, Ann sacó de repente su pistola, y disparó contra un objetivo que ellos no llegaron a reconocer.
– ¿Qué…?
–Una cámara de vigilancia–contestó ella. –Lo más seguro es que el departamento que controla esto esté tomado en pocas horas por el enemigo. No nos conviene que sepan que alguien pasó por aquí.
–Ann¿qué rayos es nuestro enemigo?–preguntó Alexandra.
–Shhh! –la calló ella, furiosa–No aquí. Las paredes oyen, Collins¿Qué ya ni te acuerdas?
Caminaron un poco más, hasta que llegaron a otra puerta. Ahora ya no había cerradura a la vista, ni tampoco placa donde apoyar la mano. Ya automáticamente los chicos se hicieron atrás, dando paso a Ann. Ella se acercó resuelta hacia la puerta: y dijo con voz fuerte y bien clara.
–Soy Ann Marie Boyle.
Inmediatamente, una pequeña jeringa salió a la vista, y ella acercó su dedo pulgar al instrumento. Apenas hubo sacado unas míseras gotas de sangre, la jeringa retornó al interior de la pared.
–Favor de ingresar contraseña. –Dijo una voz robótica
–En el nombre de Dios, que las almas de los muertos vivientes sean condenadas por toda la eternidad. ¡AMEN!
–Bienvenida Ann Marie Boyle.–le contestó una vez más la voz.
–Adelante, y bienvenidos a los cuarteles generales de la Organización Hellsing–les dijo ella con una amplia sonrisa.
Hola! FELIZ NAVIDAD A TODOS! o espero q hayan disfrutado mucho este día, y q les hayan dado muuuchos regalitos (como yo, q ahora tengo un bol para comer arroz! -o-)jeje, este es mi regalo, gente, el capi 10!
Fallen Angel Angst: gracias x los comentarios d Annie. Realmente, nadie es perfecto, ni Ceres, ni Integra, ni Alucard, ni nadie.
Dicho esto, me despido hasta el próximo capítulo.
