Capítulo 9
Al día siguiente, aún triste por lo ocurrido, fui a Osaka y creo que peor compañía no pude ser para Mamoru. Porque pese a que su equipo ganó, yo estaba tan desanimada como si fuera una fan del Gamba Osaka. Como esperaba de él, no indagó las razones de mi desánimo, simplemente intentó animarme y distraer mi atención a otras cosas, aunque esta vez mucho no funcionó.
Cuando ya no pudo obviar preguntarme, lo hizo pero con delicadeza, y yo le conté –obviando las partes feas de la discusión- que como yo había decidido ir a Osaka para verlo a él, por puro capricho Ken había decidido dejar al gato que yo quería tanto, aunque no fuera mío, con otra persona –no mencioné que fuera Aiko-, y que por eso estaba así.
Le dije que si Ken se había ofendido tanto como yo creí que lo había hecho sólo por no aceptar quedarme ése único día para cuidar a Napoleón, él mantendría su amenaza y yo no podría volver a ver a su gato en un buen tiempo, al menos lo que le durase el berrinche a su dueño.
-¿Tanto te importa ése gato?
-Es que no es sólo un gato. Es como un pequeño amigo para mí –alegué compungida
-¿Y por qué no te consigues uno tú misma?
-No es tan simple. Ya lo hubiera hecho, pero no tengo ganas. Napoleón es el único gato que quiero cuidar
-Je, pues tendrás que cortar un poco el lazo que tienes con ése animalito, porque Wakashimazu tiene razón. Si él es el dueño él es el único que decide lo que hace con él
-Pero yo también lo cuidé cuando era pequeño. No puede decirme que es sólo su gato, porque no es así –alegué indignada porque estaba dándole la razón a Ken
-¿Estás dolida porque no te dejará ver al gato o por algo más? –qué suspicaz es este chico. Claro que yo no podía decirle que además me daba coraje que la persona con quien iba a dejarlo era la babosa de Aiko, su novia
-Sólo por eso, y por tener que aguantarle el berrinche
-Berrinche, ¿eh? –bufó Mamoru, sonriendo divertido. Eso no tenía nada de gracioso y él estaba ahí sonriendo como si lo fuera
-Sí, berrinche. Porque ése cretino a veces se comporta como un niño malcriado y hace berrinche cuando las cosas no salen como él quiere o cuando alguien lo contradice
-¿Alguien en general o en particular?
-¿Cómo?
-¿Se molesta cuando alguien lo contradice o cuando TÚ lo contradices?
-Alguien, simplemente alguien –contesté por decir algo, aunque su pregunta me dejó pensando al respecto
-No debe ser fácil para ti la situación por la que estás pasando, y aunque te dijera "te entiendo" la verdad es que no es así –dijo Mamoru, mirándome con ése cariño que siempre reconozco en sus ojos- Pero si tanto te afecta no poder acercarte a ése gato debido al "berrinche" de su dueño, creo que deberías buscar algo más que hacer para que no te afecte tanto
-¿Como qué?
-No sé, consíguete otro gato al que darle tu cariño
-¿No te acabo de decir que no es tan fácil? Además, no quiero gatos. Los gatos me gustan, pero hasta ahí. Prefiero los perros –alegué, haciendo un puchero
Era uno de ésos momentos en los que, si no me daban lo que yo quería, no quería nada más. Sí, yo también puedo ser bastante infantil.
-Je, entonces vas a tener que ocupar tu tiempo en otra cosa y tratar de no pensar en ése gato
-Supongo…
Volví a Nagoya y encima de tener que soportar el maldito calor de verano, tuve que soportar el no poder ver a Napoleón ni saber cuándo podría hacerlo. Ken en eso podía ser bastante estricto. Cuando decidía algo lo ponía en acción así luego se diera cuenta que no estaba en lo correcto. Y yo sabía que, como me había dicho, no me dejaría ver a Napoleón en represalia por no haber aceptado cuidarlo un día, justo el día que Mamoru me había invitado a verlo jugar. Bah, que le den. Voy a aguantar estoicamente, igual ése gato debe estar siendo convencido por Ken y la estúpida novia a base de atún. Ni el gato ni el idiota de Ken me extrañarían, vaya tela…
Pasó la semana, una semana de bastante hastío, y llegó el esperado fin de semana. Yo no quería salir de mi departamento y quedarme echada en cama con el aire acondicionado encendido. Durante la semana Mamoru me había estado llamando, preguntando siempre –creo que hasta con cierta burla- si ya había superado "el tema del gato". Yo, cada vez más mosqueada, le decía que estaba en eso, pero que si me lo recordaba a cada momento me iba a resultar más difícil.
Estaba de lo más cómoda recibiendo el vientecito frío que salía por el aire acondicionado, cuando tocaron el timbre. Fastidiada me paré a abrir. Seguramente sería el administrador del edificio con otro de sus cuentos acerca de por qué los ascensores no iban bien y que no los usáramos hasta que estén arreglados. Abrí la puerta y me encontré con un chico que llevaba un uniforme de alguna empresa de entregas, que me sonrió mientras me extendía un tablero con una hoja.
-Entrega para la señorita Wakabayashi –me dijo, alcanzándome un bolígrafo- Por favor, firme aquí
Yo lo miré extrañada, ¿alguien me mandó algo? Firmé y entonces él me entregó una caja con una rejilla metálica frontal, y un moño azul con rojo en la parte superior. Esperen un momento, ¿ésa no era una caja para transportar animales? ¿quién era el gracioso que me había mandado una jaula cuando yo no tenía mascota y encima de todo estaba de duelo por no poder ver a Napoleón? Qué broma cruel, ¿habrá sido Ken?
Pero de pronto escuché que algo se movía dentro de la caja y me asusté. Ahí había algo.
-Aquí tiene la lista de cosas que necesitará para su pug, y una guía de cómo educarlo y qué vacunas necesitará –me dijo el chico sonriendo, inclinándose y luego marchándose dejándome con un palmo de narices
-¿Pug? –repetí sin entender- ¿Mi pug?
Incliné la cabeza para ver dentro de la caja y noté que un pequeño bulto crema se movía, y que el bulto se convirtió de repente en una cara aplastada y negrita de grandes ojos que me miraba a través de la rejilla. Fue amor a primera vista, amé a ése pequeño perro desde ése mismo instante en que lo vi. Entré emocionada en mi departamento y lo saqué de la jaula. El perrito se estiró y se sacudió, mientras yo miraba sin entender quién podía habérmelo mandado. Entonces noté que, adherido a la caja –cerca al moño- había un pequeño sobre, que despegué, abrí y leí. Y al leer su contenido mi corazón se estremeció de ternura.
-Lamento haber sido tan cruel recordándote el tema del gato, pero creo tener razón cuando te dije que necesitabas ocupar tu mente y tu cariño en algo que sea solamente tuyo. Así que te mando a este pequeño amiguito que espero sea la compañía que necesitas. Cuídalo y quiérelo ;) Mamoru
-Realmente eres el colmo –murmuré emocionada, sintiendo ganas de llorar
Pero mi emoción duró bien poco, porque cuando volteé a ver al recién llegado, el pequeño se estaba haciendo pis sobre el piso, y yo corrí a detenerlo.
-Contigo tendremos que empezar de cero –le dije, levantándolo con mis manos- Vaya perro cochinín
El perrito jadeaba contento y hasta se atrevió a lamerme la cara. Yo no pude hacer más que sonreír.
-Je, supongo que ahora serás el pequeño amigo que Mamoru dice que necesito –le dije, mirándolo con cariño- Mi pequeño amigo…mi Tomo-chan. Sí, así te llamarás, Tomo-chan
Quise creer que era una respuesta afirmativa de su parte cuando el perrito volvió a lamerme la cara.
-Ven, vamos a buscar un poco de agua para ti –dije, llevándome a la cocina y sacando el plato que solía usar Napoleón- No creo que a él le importe compartir, aunque no creo que le guste ya venir aquí, porque no le agradan los perros –recordé con nostalgia- Pero tampoco puedo echarte a ti para que Napoleón se quede, ¿o sí?
Mamoru tenía razón. Quizás no dejé de extrañar a Napoleón, pero al menos tener a Tomo-chan alegró mis días y mantuvo mi mente ocupada. Ahora iba de mi casa a la universidad y viceversa, siempre pendiente de estar a tiempo para alimentar a Tomo-chan, o me daba una escapada a alguna tienda a comprarle comida o algo lindo.
Igualmente, de forma inevitable, al ver a Tomo-chan y lo pequeñito que era me trajo recuerdos de cuando Ken encontró a Napoleón y el pobre gato parecía una bola de pelos vomitada por otro gato. Era tan lindo y tan travieso. Tuvimos que cubrir los sillones para que dejara de destrozarlos, y pusimos cajas de arena casi en todos los ambientes del departamento de Ken hasta que Napoleón supiera que ahí era donde tenía que hacer sus necesidades. Y tomó tiempo, pero finalmente lo entendió, si ése gato es bien listo…
Qué tonta soy, otra vez estoy pensando en él y se supone que debería resignarme a esperar un buen tiempo hasta poder volver a verlo. En fin, en algún momento me acostumbraré a la idea, porque en algún momento se le tiene que pasar el berrinche a su dueño.
Estaba preparándome para ver una película. Tenía las palomitas, la gaseosa, había acomodado a Tomo-chan sobre una frazadita encima de mi cama para que se duerma mientras yo veía la película, cuando tocaron el timbre. Tomo-chan levantó la cabeza, poniéndose alerta, como si se preguntara quién era. Me miró e inclinó la cabeza. Yo me reí por lo lindo que podía ser ése perro.
Algo fastidiada de tener que dejar la comodidad de mi cama y de ver interrumpida mi preparación para ver la película, me paré a abrir la puerta a ver quién era. Hace un tiempo que la cámara del timbre se había arruinado y más por flojera que por otra cosa no llamé a un técnico para que la revisara, así que sí o sí tenía que abrir para saber quién estaba allí.
Abrí la puerta y el corazón se me cayó a los pies cuando vi a Ken ahí parado. Aún esperaba que las palabras me salieran de la boca para preguntarle qué rayos hacía ahí, cuando noté que llevaba algo consigo: la inconfundible caja de transporte de Napoleón. Sonreí instantáneamente mientras sentía que mi corazón daba un saltito de alegría.
-Napoleón… -murmuré conmovida, sin dejar de mirar la caja
De pronto vi la carita de Napoleón asomarse a la rejilla frontal, y comenzó a golpearla con la pata como exigiendo salir.
-Te extrañó, así que decidí traerlo –me dijo Ken, haciendo una mueca y evitando mirarme, cosa que poco me importó en ese momento, porque al final se le había acabado el berrinche y tuvo el detalle de traerme a Napoleón
-Gracias –le dije muy sinceramente
Agarré la caja y la metí en mi departamento. Abrí la rejilla y Napoleón salió muy tranquilamente. Estiró las patas y luego se paró en sus patas traseras para apoyarse sobre mis rodillas, en señal de querer que lo levantara. Así lo hice, lo abracé y lo llené de besos mientras le preguntaba cómo había estado y si había estado comiendo bien.
-Yo…también traje esto –escuché decir a Ken
Giré la cabeza y noté que estiraba un brazo para mostrarme una bolsa con un contenedor adentro.
-Es takoyaki
-Sabes que no me gusta el takoyaki –respondí, evitando sonar molesta
Él sabía muy bien cuánto me desagradaba el takoyaki y se le ocurre llevarlo para dármelo, ¿acaso lo hacía para molestarme? No llama por varios días después de hacer un berrinche, me prohíbe ver a Napoleón y ahora encima me trae algo que me causa náuseas, vaya chiste.
-Éste es muy bueno –insistió, entrando en mi departamento y cerrando la puerta tras de sí
-Ken, odio el takoyaki, eso lo sabes bien –repliqué mosqueada, dejando a Napoleón en el piso- ¿Cuántos takoyaki ya insististe que probara? No me gusta y no me va a gustar
-¿Por qué te pones tan terca? –se atrevió a reclamar- Si te digo que es bueno es porque es bueno
-Será bueno para ti, pero no porque digas eso va a gustarme
Aquella discusión absurda sobre el takoyaki iba a seguir, cuando Napoleón crispó el lomo en cuanto unos ladriditos se escucharon cada vez más cerca. Entonces supuse que Tomo-chan había cometido la misión suicida de saltar de la cama al saber que había extraños en casa y venía corriendo, no sé si a saludar o a atacar. Creo que es muy pequeño como para atacar a nadie.
¿No dije antes que Napoleón odia a los perros? Pues los odia, no importa el tamaño, la raza ni la edad. En cuanto Tomo-chan apareció saltó a uno de los sillones, aún con el pelo crispado y sacando las garras como señal de estar asustado.
Al parecer a Tomo-chan le llamó la atención el gato, porque ignoró a Ken y se fue a ladrarle al otro al pie del sillón. No sé cómo esa miniatura podía asustar a Napoleón, que era más grande que él, pero el caso es que lo asustaba.
Apenada por la reacción de Napoleón, caminé hacia ellos y levanté a Tomo-chan, ordenándole que se callara porque estaba siendo muy escandaloso, y el muy cínico quería seguir ladrando aún en mis manos.
-¿Y ése perro? –preguntó Ken, mirándolo
-Ah, es Tomo-chan –contesté, mostrándoselo
-¿Tomo-chan?
-Sí
-¿Lo compraste?
-No, me lo regalaron
-¿Quién?
-Mamoru
-¿Izawa te dio ése perro? –insistió, y me pareció que lo dijo con cierto desdén
-Sí
-¿Y para qué te lo dio? –me preguntó. Pff, vaya pregunta absurda
-¿Cómo que para qué? Para que lo tenga y me hiciera compañía, ¿para qué más?
-Sabes bien que Napoleón odia a los perros
-Sí, pero tampoco lo iba a devolver alegando que un gato que no sabía cuándo tendría oportunidad de volver a ver le podía tener fobia. Además, es un regalo, y un regalo que me gusta
-Entonces Napoleón no podrá volver a tu departamento –dijo Ken de mala forma, y yo lo miré sorprendida, más cuando se acercó a levantar al asustado gato
-¿Qué? ¿por qué no? ¿y por qué te lo estás llevando? –inquirí, porque se fue a buscar la jaula para volver a meterlo
-Porque está asustado, ¿no lo ves?
-Claro que lo veo. Pero si no lidia con perros jamás se acostumbrará. Tomo-chan es sólo un cachorro, no sabe lo que está haciendo. En todo caso Napoleón es más riesgoso para él que Tomo-chan para Napoleón porque es más grande
-Napoleón odia a los perros –repitió él, atreviéndose a fruncir el ceño como si yo hubiera hecho o dicho algo malo
-¡Pero tiene que acostumbrarse!
-No voy a someterlo a esto –me dijo, metiéndolo a la jaula y yo sentí que el corazón se me encogía
-No te lo lleves, no seas así
-¿Ser así? ¡no fui yo el que trajo un perro sabiendo que Napoleón los odia!
-¡Tampoco fui yo la que me separó de Napoleón debido a un berrinche! –repliqué con ganas de llorar- Y no fui yo la que le pidió a Mamoru que me regalara un perro porque él quería que me sienta mejor
Ken se giró molesto. Supongo que quería decir algo porque abrió la boca pero no dijo nada. Desvió la mirada luego de chasquear la lengua. Yo lo miraba entre molesta y dolida, ¿por qué tenía que ser así? ¿iba a iniciar otro berrinche por algo tan absurdo?
-No te lleves a Napoleón, por favor –le pedí, sintiendo un nudo en la garganta- Me comeré el asco de takoyaki que trajiste –ofrecí, no sé por qué, como si así estuviera haciendo una buena negociación
Él volvió a mirarme y no me dijo nada.
-Ahora vengo –le dije, llevándome a Tomo-chan a mi habitación y dejándolo allí para luego cerrar la puerta- Tomo-chan no va a salir mientras Napoleón esté aquí, así que estará bien
Ken siguió sin decirme nada. Así que me incliné y saqué a Napoleón de la jaula. Aún parecía asustado, por lo que saqué con mucho cuidado, acariciándole el lomo y hablándole con cariño.
-No pasa nada, soy yo. Ése horrible cachorro no volverá a asustarte –dije con cierto sarcasmo, después de todo ¿cómo era posible que algo tan pequeñito lo asustara? Pero bueno, Napoleón era tan enigmático como su dueño y yo no tenía ganas de estar analizando su conducta
Poco a poco Napoleón se fue calmando mientras lo sostenía en mis brazos.
-Voy a sacar la comida –dijo Ken, haciendo un mohín, como si estuviera resignado a dejar el berrinche a un lado
Yo disimulé una risita, ése chico realmente podía ser muy infantil. De pronto, seguro dándose cuenta de que tendría que quedarse ahí encerrado, Tomo-chan comenzó a ladrar y Napoleón dio un respingo, sacando las garras y arañándome el pecho. Se zafó como pudo y fue a meterse a la cocina, encaramándose sobre el refrigerador.
-¡Ouch! –demonios, realmente me dolió el arañazo
-¿Estás bien? –preguntó Ken, acercándose a mí
-Sí
-¡Napoleón! –lo regañó, mirando hacia donde se había ido el gato
-No es su culpa, Tomo-chan lo asustó
-Te cortó –me dijo, mirándome
Yo también tenía inclinada la cabeza, abanicando con mi mano para que el ardor pasara y bajando un poco el borde de la camiseta porque dolía. Mala idea vestir una camiseta sin mangas y con escote tan abierto el día que Napoleón conoció a Tomo-chan, y peor idea abrazar al gato sabiendo que ahí había un perro que podía asustarlo.
-Iré por el agua oxigenada –dije, levantando la cabeza y me topé con Ken bastante colorado y mirando a un costado
-Yo iré –me dijo, y se fue a toda prisa hacia el baño de mi habitación
Yo no entendí su extraña reacción. Volví a bajar la cabeza para ver mi herida cuando, como si un foquito me iluminara la mente, comprendí de pronto por qué él podía estar así de avergonzado. Abrí los ojos de par en par y sentí mi cara arder. Ahí había estado, yo la tonta desubicada, mostrándole el pecho sin pena alguna.
-Bueno, al menos se dio cuenta que soy mujer –pensé con sarcasmo, pero el sarcasmo no disminuyó mi vergüenza
Escuché a Tomo-chan ladrando, entré en mi cuarto y vi a Ken parado a unos pasos de mi cama, sonriendo mientras mi pobre perro ladraba desesperado sobre la cama.
-¿Qué piensas hacer, perro miniatura? ¿saltar y morderme?
-No te conoce, de hecho casi no ve a nadie más que a mí, así que por eso te ladra –alegué, acercándome y quitándole el frasco de agua oxigenada de la mano- Gracias –añadí, yendo a buscar un pedazo de algodón
-¿Te sigue doliendo? –me preguntó Ken, sentándose sobre la cama mientras molestaba a Tomo-chan alcanzándole el dedo y dándole en uno y otro lado de la cabeza, haciendo que se desespere más
-Arde –admití, aguantando el dolor que me produjo el contacto del algodón con peróxido sobre los rasguños en mi pecho
-Voy a castigar a Napoleón, no debió rascarte –me dijo él, poniéndose de pie y saliendo
-¡No, espera! –exclamé, siguiéndolo- Napoleón no sabía lo que estaba haciendo, sólo se asustó
-Aún así, mira lo que te hizo –señaló con la cabeza y luego volvió a desviar la mirada
Aclaró la garganta y noté que otra vez se estaba poniendo rojo. Aquello resultaba bastante divertido.
-Voy a estar bien, tampoco me amputó nada –alegué, yendo a la cocina por el gato- Anda Napoleón, baja –dije, mirando hacia arriba del refrigerador, donde Napoleón estaba parado, mirando hacia abajo- Vamos, voy a darte un premio –ofrecí, tratando de sobornarlo
Pero Napoleón no se movió. Me miraba como desafiándome a mejorar la oferta para convencerlo de bajar. Así que fui a una de las alacenas y saqué una caja con los bocaditos que más le gustaban. Saqué uno y se lo mostré. Estaba tan atento a lo que yo tenía en la mano que hasta dejó de mover la cola.
-¿Lo quieres? Entonces baja –dije, sentándome sobre el piso
Napoleón hizo un escaneo de la cocina con la mirada y luego dio un salto sobre el mesón para luego caer al piso, acercándose a mí para que le dé el premio.
-Buen chico, Napoleón, buen chico –dije, acariciándole la cabeza, dándole el bocadito- Me parece bien que dejes el berrinche
-Tu perro sigue ladrando –me dijo Ken, que estaba apoyado contra el marco de la puerta
-Déjalo ahí, ya se cansará y se dormirá. No quiero que vuelva a asustar a Napoleón, ¿verdad? –dije, con la voz aniñada, como me gustaba hablarle a ése gato
-¿Vamos a comer o no? El takoyaki ya se enfrió y no sabrá igual
-Caliente o frío sabe igual de feo –comenté haciendo un mohín, parándome y sacudiendo mis manos- Pero sí, vamos a comer de una vez
Me lavé las manos y luego fui por un par de platos y vasos. Miré de reojo a Ken y noté que él había sacado los cubiertos e iba al refrigerador por la jarra de jugo, como usualmente hacía cuando venía a comer a casa. De pronto parecía que el mal momento de separación que estábamos pasando jamás había existido, y que seguíamos siendo nosotros, sólo nosotros dos, los amigos de siempre.
Sacudí la cabeza, no podía volver a llenarme de ideas así, de falsas esperanzas. Después de todo el tiempo no podía volver atrás.
Tomé la bolsa para sacar los envases de comida, abrí los envases –esperando encontrarme con ése espantoso espectáculo de aquella salsa como vómito sobre las bolitas- cuando me sorprendí al descubrir que aquello no era takoyaki.
-Son crepes –dije, girando a mirar a Ken como si algo raro hubiera pasado
-Sí, lo sé –contestó él, tomando asiento en una de las sillas de la pequeña mesa redonda que tenía en la cocina
-Tú me dijiste que era takoyaki –reclamé, poniendo las manos en jarra. Después de todo estaba indignada porque me había mentido, ¿qué sentido tenía decirme que había llevado takoyaki cuando sabe que lo odio?
-Sí, sé lo que te dije –me soltó cínicamente, sonriendo burlonamente- ¿Acaso sentiste aroma de takoyaki? –me preguntó con cinismo
-No, pero cómo iba a saber que no era
-Tu olfato se aplazó –dijo con aires de autosuficiencia- Ahora apúrate o la crepe seguirá remojándose y luego no sabrá bien
-Eres el colmo –bufé indignada, pero de alguna manera contenta de que hubiera llevado algo que a mí me encantaba
Puse los crepes en dos platos y los llevé a la mesa.
-Itadakimasu –dijo Ken, poniéndose a comer
Yo lo miraba intentando descifrar cómo es que de pronto se le había ocurrido aparecerse en mi departamento con Napoleón y llevando crepes, que es de las cosas que más adoro comer. Supongo que es una forma de disculparse por su berrinche sin decir "lo siento".
Estábamos comiendo cuando su celular comenzó a sonar. Yo pensé "por favor, que no sea la ridícula quien lo está llamando". Ken contestó y dijo las palabras mágicas que me arruinaron el momento en un instante.
-Aiko-san, ¿pasa algo?
Qué bien, la intrusa debe tener un sexto sentido para saber cuándo él está conmigo y así ser inoportuna. No dije nada, es más, traté de disimular la mala cara. Después de todo, me dije a mí misma, ella es su novia y debería terminar de acostumbrarme a que lo llame sea el momento que sea.
-¿Ahora? No creo, estoy comiendo con Paola –dijo, y yo di un respingo al escuchar mi nombre, y me puse a escuchar mientras fingía estar de lo más concentrada en mi crepe- Sí, mañana estará bien
-¿Mañana? –pensé, refrenando un puchero de fastidio- Así que se verán mañana. Bah, pues que les aproveche. Eso sí, ojalá llueva –y sonreí por mi propio pensamiento malvadín
-Bien, tú también. Hasta mañana
-Si tienes que encontrarte con tu novia por mí no hay problema –dije, haciéndome la digna. Después de todo tenía que aparentar ser lo madura que no era- Puedes dejarme con Napoleón y recogerlo mañana. Yo me las arreglaré con él y Tomo-chan
-No es necesario, ya dije que hoy no podía
-Pero es tu novia…
-¿Y eso qué? –me devolvió, haciendo un gesto extraño, como si me estuviera reclamando algo- Tú eres mi amiga, así que puedo quedarme
-Pero Ken… -intenté alegar. En verdad agradecía que quisiera quedarse, pero hasta yo debía aprender que lo que estaba haciendo no estaba bien, por más que doliera
-¿Quieres que me vaya? –preguntó, y esta vez sí frunció el ceño
-Ay no, no quiero pelear otra vez –pensé fastidiada
-¿Por qué insistes en complicar todo?
-¿Que yo qué? –me sorprendí, de qué demonios estaba hablando
-Aiko-san es mi novia, tú eres mi amiga. Hasta ahí todo claro, ¿por qué no simplemente seguir haciendo las cosas que hacíamos?
-Porque ya no es igual que antes
-¿Y por qué no?
Quise responder "porque aún duele tener que aceptar que ahora está ella", pero no lo dije, sólo atiné a bajar la cabeza y no contestar nada. Ya se lo había dicho, o al menos intenté que él lo comprendiera, pero al parecer no lo entendía. No tenía ganas de pelear. De verdad que durante todo ése tiempo las ganas de pelear y devolver mis respuestas sarcásticas de siempre ya no eran las de siempre. Estaba como desgastada, y menos tenía ganas de emplear lo que me quedaba de ingenio sarcástico con él. Pocas veces antes lo había hecho, porque yo lo respetaba mucho, y dolía cada vez que lo hacía, porque era como lanzar un golpe que volvía contra mí.
-Por favor, trata de que sea como antes –me pidió
Levanté la cabeza y pude notar que me miraba con pena. Vaya, así que después de todo Ken tenía corazón y podía demostrar tener algún tipo de sentimiento.
-No podrá ser como antes, pero al menos trataré de acostumbrarme –contesté
¿Qué más podía decirle? ¿que jamás sería como antes? ¿que pese al esfuerzo que había estado haciendo todo ése tiempo cada vez costaba más tener que admitir los obvios cambios que habían sufrido nuestras vidas?
-Gracias –dijo, poniéndose a comer nuevamente
Sentía que me ahogaba. Las cosas no podían ser tan fáciles como él las planteaba, no para mí, no porque yo seguía enamorada de él y me martirizaba la idea de aún tener esos sentimientos, y que doliera cada vez que tuviera que verlo con Aiko.
-Ya vengo, voy a darle de comer a Tomo-chan –dije, poniéndome de pie
Al menos ésa excusa me sirvió para alejarme un rato de él. Entré en mi habitación y vi que Tomo-chan estaba dormidito sobre mi cama. Al escucharme levantó la cabeza y comenzó a mover la colita.
-Mira, te traje la cena –le dije, bajándolo al piso para que comiera
Me quedé un rato absorta viendo a Tomo-chan acabarse la comida. Apreté los puños, furiosa contra mí y mi afición de aferrarme al pasado. Respiré profundo y luego me puse de pie. Tenía que madurar de una vez, y aceptar la situación sin estar huyendo iba a ser uno de los primeros pasos.
-Puedo hacerlo –me dije, llenándome de valor- ¿Verdad Tomo-chan?
Él ni me miró. Se estaba relamiendo y rebuscaba en su vacío plato por algo más de comer.
-Tú y yo vamos a estar bien, ¿verdad Tomo-chan? –pregunté, acariciándole la cabecita- Y tú me ayudarás a seguir adelante porque ya no estoy sola, ¿verdad?
Levanté a mi cachorro y lo puse nuevamente sobre la cama.
-Enseguida vengo, no vayas a orinarte en la cama –le advertí, y luego salí
Paola Wakabayashi y Aiko Fujimiya son personajes OC creado por Tsuki_W.
Todos los personajes de Captain Tsubasa son propiedad de Yoichi Takahashi y Shueisha.
