Bah, no es que desprecie a Demien... Es que no soporto su puñetera mala uva, diablos!!. Presuntuoso de las narices… grrrr… Si aún fuera encantador como Matthew… Pero bueno, reconoce que eso es un punto para ti. Si me fuera indiferente, no estarías escribiendo bien la historia, jajaja.
(Nota de la autora: Esto, además de una respuesta al review de Arthemisa, es publicidad encubierta sobre su historia, y sobre la historia de Aylin. Si queréis saber de que hablo, buscadlas en esta misma sección. Hacedlo. Vamos. ¿A qué esperáis? Ah, vale, a leer mi capítulo. Bueno, bien. Pero después, no tenéis excusa)
Y yaaaaa, en el próximo capitulo ves a Lisías, palabra!! Y te aseguro que estoy deseando escribirlo. Llevo todo el día perdida dentro de mi cabeza, mientras mis neuronas se dedicaban a redactar ellas solitas este capi y el siguiente. Menos mal que los que me conocen ya están acostumbrados a que me vaya a mi planeta en el medio de una conversación, o de lo contrario ya estaría encerrada en un psiquiátrico!!
Mmmm… ¿Colgar la historia del reencuentro con Milena? No sé, quizá más adelante. Mientras escribo esta no puedo concentrarme en editar nada más. Y además, ya tengo casi preparada la siguiente. Todo a su tiempo. Jajaja… (Ya te dije que sólo soy buena unas pocas veces. Pero tranquila, no hace falta que montes OTRA fundación. Te prometo que cuando acabe con esta, subiré otra con Leo, Nadya, Lyosha, LISIAS… y un montón de personajes nuevos más)
(PD: Sip, Administración de Empresas Turísticas suena que te quedas!!)
Capítulo 9. Preguntas sin respuestas.
Artemisa no sabe cuánto tiempo ha estado a lomos de ese caballo, pero si sabe que a su maltrecho cuerpo le ha parecido una eternidad. Han parado poco, muy de tarde en tarde, empujados por el deseo de alejarse cuanto antes de Florencia y de sus posibles perseguidores. Cuando por fin alcanzan a ver las luces de Livorno en la distancia, está tan agotada que podría dormirse de pie. Sólo sueña con una cama. Aunque sea un simple jergón. Una bala de paja cubierta con trapos… Lo que sea, pero que le permita reposar su espalda. Horizontalmente al fin.
Sin embargo, sus amigos no parecen estar afectados por el largo viaje. Ambos están tan frescos como si acabaran de salir hace unos minutos. Salvo por el humor de Leo. Ha ido empeorando poco a poco con el paso de los días. Desde su primera conversación tras el ataque se ha ido encerrando paulatinamente en un silencio hosco, irritado. Tan agresivo que a los pocos días, ni siquiera Milena se molestaba en intentar arrancarle una palabra. Artemisa dormitaba entre sus brazos, sintiendo la tensión en cada uno de sus músculos, notando su nerviosismo. Y preocupándose más y más a medida que transcurría el tiempo.
Entraron en la ciudad, y se dirigieron al puerto. Apenas alcanzaban a ver sus luces, cuando Leo frenó a 'Viento' con un gesto impaciente. Descabalgó de un salto, y Milena no tardó en imitarlo. Él le tendió las riendas.
"Hazte cargo tú de las negociaciones. Volveré a tiempo para embarcar", explicó en tono brusco.
"¿No puedes esperar?"
"No", replica él, secamente, perdiéndose entre las sombras.
Milena sacude la cabeza, mientras lo sigue con la mirada. Pero en esta ocasión, no piensa decir ni palabra. Es prudente que vaya a cazar antes de embarcar, y la zona del puerto y sus alrededores le proporcionarán fácilmente presas de su agrado. Criminales, escoria humana de la que gusta beber. Ese es el único consenso que han conseguido alcanzar con respecto a su modo de alimentarse. Él no mata inocentes. Y en todo este tiempo, apenas ha fallado un par de veces. Terribles, extremadamente dolorosas, pero sólo un par de veces. Y eso es todo un éxito en una criatura tan joven, y que ni tan siquiera intenta alimentarse de animales.
Normalmente, ella intentaría negociar con él. Intentaría una vez más, como lo intenta siempre, que él buscara su alimento en el bosque. Tarde o temprano, su conciencia lo obligará a hacerle caso, y ella no pierde una sola oportunidad para incitarlo a ello. Pero les espera una larga travesía, y no es prudente que embarque mal alimentado. Por mucho que las ratas puedan servir de aperitivo, no serán suficientes para mantener a raya la sed de un neófito como él si no se provee con una buena cantidad de alimento antes de partir.
Camina lentamente por el puerto, buscando un barco que pueda servirles. Pregunta aquí y allá. Aún es noche cerrada, y son pocos los noctámbulos que se afanan entre los navíos. Trasnochadores, o quizá sólo madrugadores. Hombres que empiezan demasiado temprano su jornada. Después de intercambiar unas cuantas palabras – y demasiadas monedas – los hombres le señalan un carguero situado al final del pantalán. Tira de las riendas de los caballos y se dirige al barco con decisión. Un pequeño grupo de hombres se asoma por la baranda. Al verlas, intercambian susurros, y sus risas procaces resuenan en la noche. No es que ella no pueda oír sus comentarios. Simplemente, prefiere ignorarlos. Está aquí para hacer negocios, no para discutir con el ganado. Con aire sereno, digno, solicita hablar con quien esté al mando. Un hombre aparece en la baranda, sonriente. Les dirige un gesto de suficiencia a los demás, y desciende hasta el muelle. Acercándose demasiado a ella. Siente deseos de enseñarle un poco de educación, pero se contiene. Necesitan su barco. Al parecer, él es el único que parece estar dispuesto a llevarlos. Le costará una buena suma, pero el dinero no le importa. Lo único que quiere dejar claro, es que dinero es lo único que él va a conseguir.
Por suerte para todos, el capitán no es idiota. Tiene buen instinto, y no le lleva demasiado darse cuenta de que ella no es tan indefensa como aparenta, y de que no conseguirá mucho más que una bolsa de monedas. Regatean, discuten un par de peticiones, y finalmente el dinero cambia de manos. Zarparán en cuanto el barco esté dispuesto y, en todo caso, nunca antes de que llegue el misterioso acompañante de las damas.
El hombre vuelve a la cubierta, y empieza a bramar órdenes. Y sólo entonces Milena se permite una sonrisa. Satisfecha con el acuerdo, y con que Leo lo haya dejado en sus manos. Ha habido momentos en la conversación en los que temió que apareciera de pronto. Su muchacho es demasiado celoso y, al contrario que a ella, a él no le cuesta nada demostrarlo. Si Leo hubiera escuchado las descaradas insinuaciones del capitán, Milena no tiene ninguna duda de donde acabaría el sombrero con el que sus manos no han dejado de jugar de forma provocativa durante toda la conversación.
Colgado de las alforjas de 'Viento', junto con su mandíbula, y algunas partes de su cráneo.
Cuatro días después, Artemisa está al borde de un ataque de nervios. Daría cualquier cosa por salir de ese barco, y sobre todo, daría cualquier cosa porque Milena no hubiera solicitado que sus camarotes fueran contiguos. Las nauseas que le provocan los movimientos del barco, ya son bastante malas. No necesita más incentivos de los 'movimientos' del camarote de sus amigos. Parece que el único modo que tiene Milena de mantener a raya el mal humor de Leo es arrastrarlo hasta su lecho a cualquier hora del día o de la noche. Y ella no se atreve a abandonar el camarote sin compañía para escapar de los sonidos que atraviesan las apolilladas paredes de madera. Los marineros le asustan. Sus miradas. Sus susurros.
Irritada, y con el estómago revuelto, esconde la cabeza bajo la almohada. Y poco después, los ruidos cesan. Espera unos segundos. Sabe que no tardará en escuchar la puerta. Esa escena se ha repetido día y noche. Ellos la torturan con sus murmullos, sus suspiros y sus risas, y cuando todo termina, Leo sale a cubierta. Hasta hoy, ella ha respetado su soledad, pero esta noche la suya la agobia. La siente casi como un dolor físico, como un nudo que oprime su garganta y que a duras penas la deja respirar. Así que espera a escuchar sus pasos alejándose, se echa un echarpe sobre los hombros, y asciende sigilosamente la escalerilla que lleva a la cubierta.
Él ya está ahí. Sentado sobre la baranda, de espaldas a ella, contemplando las olas. Sus pies descalzos tamborileando descuidadamente sobre la madera. Camina lentamente, intentando no hacer ningún ruido que lo sobresalte, que lo advierta de su presencia. De su escrutinio. No está de mal humor. No hoy. Ha aprendido a verlo venir. A verlo en su postura, en sus músculos tensos, en la forma en que las manos se aferran a cualquier cosa que tenga a mano. Pero hoy parece relajado. Su perfil, iluminado débilmente por la luz de la luna, muestra incluso la sombra de una sonrisa. Su mano derecha descansa sobre su rodilla, doblada sobre la baranda, y la izquierda juega distraídamente con un afilado puñal.
La muchacha contiene la respiración cuando él sacude su cabello, apartándolo de la cara, y sus dientes brillan al aparecer una sonrisa abierta en su rostro.
"¿No puedes dormir?", pregunta, sin siquiera mirarla.
Artemisa respinga. ¿Cómo ha sabido que está ahí? Está segura de no haber hecho ningún ruido. Pero es inútil esconderse ahora, claro. Sea como sea, se ha percatado de su presencia, y no sería educado no acercarse. Y al fin y al cabo, ¿no es eso lo que ha ido buscando? ¿Hablar con él?
"No. ¿Y tú?"
Él ríe brevemente. Esa risa que esconde algo, que significa que disfruta de un chiste privado que no piensa compartir con ella.
"No", sonríe. "Vamos, acércate. No voy a morderte"
Ella inspira profundamente. Acaba de ponerle en bandeja la pregunta que le ha dado vueltas en la cabeza durante días. Se acerca y, sin atreverse a mirarlo a los ojos, susurra:
"Nunca pensé que fueras a hacerlo. Pero..."
"Pero te aburres, y has estado dándole vueltas a esa ajetreada cabecita tuya, ¿no es así?", sonríe él.
Al menos, no le ha respondido secamente... Es un comienzo.
"No, yo..."
"Oh, tú si", la interrumpe, sonriendo aún. "Pero Milena ha amenazado con colgarme de la botavara si respondo a tus preguntas. Y créeme, es más que capaz de cumplir su amenaza"
"Pero yo tengo derecho a preguntar"
"En eso estamos de acuerdo. Pero del mismo modo, aceptarás que yo tengo derecho a no responderte"
Ella frunce el ceño, poco satisfecha con la respuesta. Él ríe de nuevo y, apartando su mirada de ella, se sienta a horcajadas en la baranda y se concentra en tallar con su puñal un complicado dibujo en la madera húmeda.
"Tranquila. Pronto llegaremos a nuestro destino. Y quizá él quiera responder a tus preguntas. Es probable que tu valor le haga gracia. A mí al menos, me resulta interesante", sonríe de nuevo, sin mirarla, concentrado en su tarea.
"¿Y Milena no lo colgará a él de dónde quiera que sea?", pregunta, en un tono más sarcástico del que hubiera deseado.
Él se limita a encogerse de hombros.
"Él no responde ante nadie. Si quiere hablar contigo, lo hará"
"¿Y si no?"
"Nadie responderá a tus preguntas"
Y sin más, se levanta de su asiento, y desciende la escalerilla, dejándola sola en la cubierta. Irritada, pero curiosa, Artemisa observa la baranda, y retiene el aliento una vez más. Tallado en la madera está su propio rostro. Una talla perfecta. Tanto, que cree estarse mirando en un espejo. Tan delicada en sus detalles, que cualquiera que la mirara podría imaginarla preguntando, indagando. Enloqueciéndolo con su curiosidad. ¿Cómo un hombre tan violento, tan irritable e impredecible es capaz de crear esa belleza? Hay mucho más en él de lo que muestra su cuidadosa fachada de burlas e insolencias, y no terminará todo esto sin que ella averigüe toda la verdad.
