Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen a mi si no a Masami Kurumada, esto es sin ningún fin de lucro.
Final 2 de 2. Arrow and Fire
Leo Story.
Para cuando Aioria acompaño a Marín a su cabaña, las nubes ya habían cubierto el Santuario de negro color el cielo y solo el tintineo de las estrellas brillaban para ellos dos. Aquella sería la última noche en que ambos dormirían lejos, o bueno, la última donde Marín no tendría que abandonar el quinto Templo antes del amanecer para que ningún curioso les sorprendiera en su oculto amor. "La última… y el comienzo de muchas otras".
El rubio aun incrédulo y ligeramente eufórico ante lo locura que sucedería al amanecer, tuvo que hacer fuerza de su voluntad para soltarse del abrazo de la pelirroja y poder volver solo a Leo.
-Hasta mañana Marín. -sentenció el santo con aquel brillo en sus ojos avanzando de espaldas hacia Leo por los senderos áridos de los recintos de amazonas tratando de prolongar lo más posible su imagen antes de partir. - Te estaré esperando.
La última sentencia del santo le robo una sonrisa. -Hasta mañana Aioria...
La amazona cerró la puerta de madera y aspiro aire con fuerza hasta que sus pulmones dolieron tratando de asegurarse que en un mundo como ese, aquello era una realidad total. Se dio unos minutos para recordarse como había comenzado todo, su recuerdo de aquel arribo al Santuario por primera vez bajo una túnica blanca tras separarse de Touma, la asignación de su maestra, los años forjados de esfuerzo para conseguir su armadura de Águila y como un día mientras caminaba de regreso a su Templo, observo a dos pequeños santos al filo del Coliseo encontrándose por primera vez con aquel hombre con el que compartiría ahora su vida. También recordó la primera vez que le habló a ese santo, sosteniendo sus puños heridos tras descargar su frustración en unas rocas y herirse al ser considerado traidor al igual que su hermano y ella los limpio creando una confortable amistad y complicidad entre los dos desde aquel día.
Marín recordó el hombro cálido de Aioria había apoyado sus preocupaciones, sus tristezas y ansiedades y sabía bien que no había otra persona en el mundo con la que ella se sintiera tan protegida y unía. Si existía una persona que le complementara a en todo sentido, sin duda era él. Solo él.
Marín se echó sobre su pequeña cama por última vez, y trató de relajarse pensando en todo lo que acontecería al amanecer pues no tenía ni idea de lo que la diosa tenía planeado para su suerte. "Una boda, su boda" era totalmente una irrealidad.
-x-
La noche relajo a Marín en sueño un par de horas y cuando los primeros rayos de sol emergieron por la tierra, el sonido repetitivo en su puerta resonó despertándola. Aun adormilada la amazona se levantó de la cama y se aventuró a abrir la puerta.
Al abrir, una bella doncella que cargaba dos cajas blancas, le invito a tomarlas pues provenían directamente de su diosa.
La pelirroja accedió y al cerrar la puerta, dejo caer las cajas en su cama, abriéndolas con curiosidad.
Un bello peplo se asomó por la más grande de ellas junto a una sencilla corona de flores blancas, mismas que le hicieron recordarse que a medio día debía asistir al Salón Papal para encontrarse con Aioria. Abrió la otra caja, aun inquieta y un enorme ramo de las más bellas rosas blancas la asombro. Aquellas no podrían provenir de otro lugar que del Templo de Piscis por tal belleza.
Su corazón comenzó a latir agitado, ¿realmente no era una broma o un simple sueño que eso realmente estuviera sucediendo?, se preguntó y dejo aquellas prendas en la cama.
Lentamente Marín se adentró a su baño, necesitaba ducharse y despejar la mente para ganar valor a la locura.
-x-
Marín salió de la ducha totalmente desnuda, se amarro los cabellos en una toalla y se visitó con una larga camisa, echándose en su cama mientras se abrazaba las piernas observando las cajas a su frente, percibiendo como el miedo y pánico la comenzaban a abrumar. ¿Y si era una locura y si aquello estaba mal?
Su mente comenzaba a traicionarla. Si, Aioria era el hombre que amaba, pero jamás en su vida se había planteado vivir con él de aquella manera, y si se unía a él y lo perdía en una próxima batalla, no sería capaz de soportarlo. Confiaba en la paz que reinaba el lugar desde hace unos años y en que después de todo lo amaba, pero los dos habían entrenado su vida para ser guerreros y perderla en cualquier momento, entonces, ¿qué sucedería si una batalla se avecinaba de nuevo y ella le perdía? Marín comenzó a temblar ahí sentada en su cama mientras el tiempo transcurría rápido en sus divagaciones. ¿Debería ir o no?, se preguntó.
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Aioria poco había podido dormir con la ansiedad de que a la mañana siguiente seria su "boda". Estaba muy emocionado, hasta loco, percibiendo los vibrantes nervios enloquecer todo su cuerpo con tan solo pensar en que después de aquella noche ya no dormiría solo. Su amiga, su pequeña, su compañera de aventuras ahora estaría a su lado cada día, le vería el rostro cada amanecer y con la bendición de su diosa de por medio, el felino no podía estar más feliz.
Se aventuró a la ducha, acicalándose al terminar de ella como nunca lo había hecho, a perfección y minuciosamente cada uno de sus cabellos rubios de nube y se colocó aquella ropa nueva de entrenamiento que podía portar bajo su armadura. Limpio un poco aquel desastre que había montado como siempre al vestirse en su habitación antes de partir al salón principal donde reposaba su armadura y ahí la llamo, colocándosela en el cuerpo.
Estaba listo, solo debía llegar hasta el Salón Papal y esperar por Marín.
Aioria salió del Templo rumbo al salón y fue ahí que la sorpresa lo abrumo, pues Aioros le estaba esperando afuera en las escalinatas visiblemente nervioso. El felino avanzo lentamente hacia su hermano preguntándose por qué él no había entrado a su Templo y al estar a su frente, el mayor suspiro.
- Hola, -los ojos del mayor bailaron en nerviosismo y alzo la voz para animar a su hermano. - ¿Estás listo?
-Por su puesto.
El arquero sonrió ante la seguridad y felicidad radiante que desprendía su hermano. Le analizo unos segundos y recordó que esa misma sonrisa sincera la había visto cientos de veces años atrás, lamentándose por no haber hecho más por su pequeño hermano. Subió unas cuantas escalinatas más y sin anunciarlo, se abrazó a su hermano con fuerza. Aquel pequeño al que había contado cuentos durante años, al que había entrenado y cuidado tiempo atrás, al único ser que tenía en este mundo ahora se convertía en un hombre plenamente.
-Estoy tan orgulloso de ti, Aioria. - aquellas palabras penetraron hasta lo más hondo del corazón de Leo, quien no pudo evitar conmoverse ante lo dicho y rozar sus ojos.
-Hermano...
-Cuídala mucho, y se muy feliz, lo mereces Aioria.
-Gracias.
Aioros se soltó lentamente de su hermano y le sostuvo de los hombros, mientras él se limpiaba toscamente los felinos ojos.
- ¡Hey!, ¿no quieres que la novia te vea demacrado, verdad? - Aioria sonrió. -Vámonos ya ó se hará tarde.
-Si...
Tras aquellas palabras, Aioria y Aioros ataviados con sus armaduras avanzaron por las escalinatas rumbo al Salón Papal mientras conversaban de trivialidades para relajarse en aquel largo camino de mármol.
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Cuando aquellos dos hermanos atravesaron la puerta del Salón Papal, la sorpresa les abrumo. No esperaban tal recibimiento, al menos no tan perfecto. La diosa se había asegurado de llenar de flores blancas cada rincón de él, formando un pequeño sendero de ellas hasta un arco de ellas con dos sillas al frente y algunos arreglos de rosas habían apoyado en la decoración. Algunas doncellas iban y venían deprisa a aquel salón depositando en una sencilla mesa bocadillos y copas de vino listas para una sencilla recepción. Los hermanos se miraron entre si incrédulos y se sonrieron cómplices.
En aquel momento, Shion emergió de una cortina de la parte trasera de la sala y sonrió al encontrase con los dos hermanos.
-Patriarca...-comento el de Sagitario al verlo llegar y haciendo una venia al igual que su hermano. Con amable sonrisa, el lemuriano les correspondió y se dirigió a Aioria.
- ¿Nervioso, hijo?
Las mejillas del felino se sonrojaron ante la cuestión y negó con sonrisa pícara mientras oteaba con la mirada el lugar.
-Patriarca, ¿esto lo ha hecho, Athena?
El lemuriano sonrió amable y asintió. - Así es, ella ha dispuesto que se decorara un poco este salón, después de todo, no es cualquier día.
-Jamás podré agradecerle tanto a ella, ¡es hermoso!
-Sí que lo es. -objeto el lemuriano revisando la decoración del salón con la mirada.
Era más de lo que esperaban. Clase, discreción y elegancia, sin duda el toque delicado de Athena estaba implícito en el lugar.
De pronto, la puerta a sus espaldas se abrió trayendo al salón a sus demás compañeros de orden que, al penetrar el lugar, se sorprendieron ante la decoración.
Lentamente, los once santos con sus armaduras se acercaron al grupo de Shion y se reverenciaron ante él.
-Patriarca...-comentó Milo curioso por el desvanecimiento de la sobriedad en el despacho del Patriarca. - ¿Qué sucede, porque se nos ha convocado ahora, con las armaduras y porqué el salón luce así?, Shura no nos ha querido decir.
-Es que...-contestó Shura detrás de ellos. – Aioria, nuestro compañero se casa hoy.
La confesión dejo absortos a los demás santos del grupo, quienes entre ellos se miraron y murmuraron confundidos.
-¡¿Qué?!-gritó Milo pasando entre todos sus compañeros hasta el felino y sujetándole del hombro. - ¡¿Eso es cierto?!
-Así es. - objeto el arquero a su lado. - ¿O no, Patriarca?
El lemuriano del grupo asintió con la cabeza hacia los demás y asombro a los santos. -Es una petición de Athena, la diosa lo ha consentido.
- ¡Maldito infeliz! -gritó el santo de Escorpio con diversión e incredulidad mientras le sujetaba del cuello y revolvía los cabellos a Aioria mientras los demás del grupo sonreían ante el fastidio de Milo hacia él. - ¡¿Por qué no nos dijiste nada?!
El felino se zafó del agarre del santo y comento entre risas. - Ni si quiera yo lo sabía, Athena ayer lo dispuso así.
- ¿Y a quién odia tanto Athena como para casarla contigo, eh? - bromeó el peli azul.
- ¡Milo! -grito Leo en un gesto mal disimulado de enojo y no pudo evitar sonreírle.
-Todos sabemos quién es la afortunada. -objeto con diversión Shaka al fondo del grupo. Los demás se miraron con complicidad y travesura al recordar aquel "amor secreto" del griego y cierta amazona de plata.
Mu salió detrás de ellos y poso su mano en el hombro del felino. -Si es así, felicidades entonces Aioria.
-Gracias Mu.
- ¡Felicidades! -comentaron algunos divertidos y otros con sarcasmo, pues aquel sí que era un evento muy inusual para todos los presentes.
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Marín divagaba entre sus dudas cuanto la puerta de su cabaña resonó nuevamente, trayéndola a la realidad y sin si quiera reparar en cubrirse el rostro.
La pelirroja se alzó de la cama ligeramente confundida y abrió la puerta, encontrándose con una visita inesperada.
Ahí estaba Seiya, con su armadura de Pegaso observándole con una tierna y brillante sonrisa.
-Marín...
-Seiya...
El animoso santo se adentró a la cabaña y observo de pies a cabeza a su maestra tan solo vestida con su camiseta. - ¿No te has cambiado aún?, es tarde.
La pelirroja se observó de arriba a abajo y noto sus ropas, así como el sencillo reloj en su pared. Seiya la observó al rostro y tomo sus brazos.
- ¿Qué sucede Marín? - cuestionó con preocupación su alumno.
-Es que...-la dama taciturna pauso mientras perdía su mirada azul en el suelo de madera. - Tengo miedo Seiya, mucho miedo.
El santo sonrió ante las palabras de su maestra y lentamente la abrazo con suavidad como pocas veces había hecho.
-Tranquila, lo harás bien. - el santo de bronce le animo con su sonrisa. - ¿Se aman, no es así?
-Sí, pero… ¿Y si, lo pierdo de nuevo, Seiya?
El santo sonrió conmovido pues su maestra pocas veces mostraba sus sentimientos de aquella manera. Ella siempre se había mantenido fuerte para él, ahora él debía hacerlo por ella.
-No te preocupes, eso no sucederá, lo prometo. El destino, después de lo que han sufrido, esta vez los mantendrá juntos, lo sé.
El santo acuno su rostro entre sus manos y le sonrió.
-Por cierto, me hace muy feliz por fin verte, Marín. Sé que aún no te acostumbras a la abolición de la ley de amazonas. - objeto Seiya analizando el rostro que por años creyó ser el de su hermana. - Eres hermosa Marín, Aioria es muy afortunado.
La pelirroja le sonrió y volvió a refugiarse en su cálido abrazo.
-Gracias por todo, Seiya.
El santo la alejo un poco y le sonrió. -Vamos, cámbiate ahora o llegaremos tarde, te esperaré afuera.
-Si.
El Pegaso se giró con el sonido resonante de sus pasos por sus zapatos de metal, abrió la puerta de nuevo y antes de salir, pronuncio.
- ¡Ah!, Marín, apresúrate, cuando terminé todo, tengo una sorpresa para ti.
El Pegaso abandono la cabaña y espero afuera a su maestra, quién confundida, no comprendió lo dicho por Pegaso, observo de nueva cuenta el reloj y se apresuró a colocarse aquel peplo griego y corona de flores, así como su máscara por última vez, pues solo se atrevería a revelar su rostro al arribar a aquel salón papal.
Tras unos minutos, la preciosa pelirroja abrió la puerta de su cabaña con su ramo de flores en mano y se quedó ahí quieta mientras Seiya le miraba asombrado con el peplo y su cabello ondulado adornado.
-Te ves preciosa, Marín.
-Seiya...
-x-
Seiya avanzo con Marín rumbo a los Templos, ascendiendo uno a uno mientras ambos charlaban sobre sus recuerdos juntos en aquel lugar. Aioria también había formado parte de sus recuerdos y sabían bien que aquellas memorias perdurarían día a día en sus corazones.
Pronto el largo camino hasta el Salón Papal se dejó ver al llegar al jardín de Piscis, y el corazón de Marín comenzó a latir cada vez con más ansiedad.
Seiya le sujeto con más fuerza a su brazo con el que la escoltaba y le dio aquel valor que necesitaba la dama.
-Ya estamos cerca, no te preocupes Marín. - sentenció Seiya con ternura, aunque en el fondo él también se encontraba nervioso. Oh, eran un par de extranjeros quebrantando las "leyes de Santuario" consentidos por su diosa. Sin duda ni en sus más remotos sueños habrían imaginado que aquello estuviera sucediendo, los tiempos habían cambiado.
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Los santos de oro se colocaron en aquellas sillas dispuestas para ellos a los costados de aquel sendero de flores mientras Aioria esperaba de pie junto a Aioros al fondo de aquel sendero de flores blancas donde el Patriarca a su frente quien pensaba dar un sencillo discurso para ambos. Por su parte, Aioros sonreía divertido ante el nerviosismo que comenzaba a abrumar a su hermano, enrojeciéndole las mejillas.
-Se está haciendo tarde, ¿Y si se arrepintió, Aioros?
Aioros sonrió divertido ante el gesto preocupado de Aioria implícito en sus cejas, posando su mano en el hombro. -Tranquilo, ella llegará, lo sé.
En aquel momento, penetró Athena junto a Dohko en la habitación preciosamente vestida con su peplo blanco y una corona de olivos y cuentas preciosas junto a Nike y los demás santos le regalaron su total atención y silencio. Se veía bella y segura con aquel vestido de diosa y Nike a su lado, imponiendo su calidez y solemnidad al instante. La bella dama les sonrió como saludo a los demás santos y avanzo hasta a Aioria.
-Aioria, Aioros…
-Mi señora. -saludaron los dos con respeto.
- ¿Cómo estas, Aioria? -soltó con calidez la bella dama, logrando un gesto inocente y apenado del santo.
-Bien mi señora, le agradezco todo lo que ha hecho por mí, no sé cómo pagárselo, me hace tan feliz. -la mirada azulada y penetrante de la dama conmovió el felino corazón de Leo.
-No tienes nada que agradecer, solo se feliz mi querido caballero con la persona que amas, ese será mi mayor regalo.
-Gracias Athena...
La diosa se despidió tras aquellas palabras y tomó asiento en una de las sillas al frente de aquel arco de flores junto a Shion y ahí, alzo la voz para dedicarles a sus demás santos sobre sus reflexiones del amor y la razón por la que permitía que aquella unión se llevará a cabo mientras esperaban el arribo de Marín.
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La puerta enorme de roble del salón se abrió y de inmediato provoco un silencio profundo en la habitación. Las miradas se dirigieron hacia la puerta y ahí, una bella japonesa con vestido griego y corona de flores sorprendió a los presentes.
Seiya se detuvo y sostuvo de los hombros a Marín un instante.
- ¿Estas lista?
Marín observo al salón mientras sus rodillas comenzaban a temblar al ver a os demás santos y Patriarca en aquel lugar. Su corazón se congelo un instante y aunque quiso salir corriendo de aquel lugar, suspiro con fuerza y giro de nuevo su vista al fondo del salón notando la cara de preocupación de Aioria, esperando. –Lo estoy.
La amazona se desprendió de su máscara, aquel plateado elemento que le había acompañado durante casi toda su vida, y se la entregó en la mano a Seiya como si se desprendiera de parte de su vida. Ella le sonrió y asintió. - Vamos.
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Los demás santos murmuraron al interior al ver en aquella entrada el rostro descubierto de la dama, asombrando a algunos por tal belleza y otros lamentando la buena suerte de su compañero de Leo. Seiya comenzó a avanzar con Marín por el sendero de flores, sorprendiéndose por el lugar y fijo su mirada en el nervioso Aioria, quien le sonreía al verla avanzar hacia sí.
El tiempo se hizo eterno en aquel camino, las memorias de ambos juntos corrieron por su mente en segundos, sus besos, sus abrazos, sus noches de pasión, llanto y dolor y aunque estaba nerviosa ante tanta atención, la amazona solo se dejó guiar hasta la brillante sonrisa de Aioria.
En instantes, la amazona se encontró a centímetros de Aioria y ahí Seiya deposito su mano sobre la de él.
-Cuídala, es una gran mujer. - soltó Seiya hacia Aioria mientras se despedía volviendo junto a Aioros, el junto a Athena y el junto a su amigo Shura.
Marín alzo su mirada tímida hacia Aioria, quien no concebía lo hermosa que ella lucia aquel día con aquel vestido y cabello adornado con flores. Los ojos esmeraldas de él brillaron para ella mientras su corazón se sobresaltaba, llenándose de calidez y alegría. ¿Acaso aquello era real, acaso realmente estaba sucediendo?, se preguntó Aioria tratando de contener sus incontrolables emociones.
-Te ves hermosa, Marín…-soltó en un suspiro el santo, olvidándose del resto del mundo. -Te amo tanto.
-Y yo a ti, Aioria.
Aioria le oferto su brazo y la guio hasta aquellas sillas donde ellos debían arrodillarse.
El Patriarca se levantó de su silla y les dirigió unas palabras, mientras Seiya hundía discretamente su mano con la de la diosa a su lado, sonriéndose cómplices ante su travesura. Athena después le imito al Patriarca, dedicándoles sus mejores deseos y dicha a ambos como sus fieles guerreros. Al final de ello, amazona y santo se alzaron de aquellas sillas y se miraron inquietos mientras los demás les felicitaban con aplausos.
Aioria la rodeó con sus fuertes brazos, mientras ella posaba sus manos sobre su pecho y ahí refugiada, fue al encuentro de su mirada.
-Marín, mi Marín, ahora eres mía, te amo.
La pelirroja se sonrojo y poco importo la discreción que siempre le caracterizaba, cuando cerro sus ojos, aguardaron su último suspiro y atrapo suavemente los labios del felino entre los suyos. - Te amo, Aioria, siempre.
Y bailaron en su mundo, eclipsándose en su amor, donde solos ellos existían y la esperanza de estar siempre juntos perduraría. Marín
Pronto, los demás comenzaron a acercarse a la pareja para felicitarles mientras otros más osados se aventuraban a ir por las copas de vino y champagne de la recepción.
Entre el tumulto, un tintineó resonó en la habitación atrayendo la atención total de Marín.
Un hombre entonces comenzó a emerger de la oscuridad del salón y revelo lentamente sus cabellos fuego tan parecidos a los de Marín.
La dama centro su atención en aquel hombre, logrando que todos dirigieran su atención hacia aquel joven que penetraba la habitación.
-Touma…
La pelirroja se hizo espacio entre los santos avanzando hasta él mientras Aioria le miraba desconcertado, siguiéndola.
Aquel joven bajo su mirada apenado y espero a que Marín se acercara, Los demás aguardaron silencio y sin más la pelirroja se abalanzo a su abrazo. Las emociones lentamente comenzaron a llenarles su adolorido corazón mojando sus mejillas.
-Touma…
Seiya sonrió hacia Athena y le acarició la mejilla cómplice. Era lo último que faltaba para su felicidad completa.
-Hermano…
Aioria alzo sus cejas al escuchar su pronunciar y sonrió. Al fin, todo volvía a su sitio y el corazón de su amada volvía a la paz.
Los días fluyeron cíclicamente tras aquella unión en dulce candor, las noches de soledad y frio se desvanecieron en Leo, donde una amazona habitaba aquel lugar en compañía del dueño del Templo. La rutina trascurría igual durante un año, Aioria regresaba de sus entrenamientos mientras Marín revisaba documentos del Santuario, sin embargo, al cumplimiento de aquel año, Marín comenzó a sentirse "extraña".
Su cuerpo ya no era el mismo, una energía vibrante borboteaba en su interior y la paz la cubría alrededor. Toco su vientre y se observó en uno de los espejos del privado de Leo. El milagro se había logrado.
Marín fue hasta la entrada de Leo y ahí espero el arribo del santo tras entrenar. El felino regreso a su Templo aquel día y se sorprendió al ver a Marín esperando en una columna de la entrada.
- ¿Estas bien? -pregunto Aioria al llegar hasta ella. La mirada brillante y la sonrisa animosa de la dama lo desconcertaron ante su silencio.
-Athena nos ha bendecido, Aioria.
Los labios de Aioria se abrieron asombrándolo y de inmediato una sonrisa radiante se dibujó en su rostro, arrodillándole frente a Marín y apegando su rostro en su estómago, conmovido.
-Gracias Athena…
Quizás era una locura amar en aquel mundo, pero para aquellos guerreros, locura era la única forma de amar. El destino les había unido y sus corazones unidos jamás se desvanecerían. Así de poderoso es el amor y la esperanza.
-x-
Arrow Story
Un par de pasitos se hicieron resonar en el pasillo detrás de donde aquel santo de Sagitario reposaba, en sus escalinatas principales mientras veía el cielo oscuro y azul revelándole el futuro con sus más preciosas constelaciones adentrándole a un mundo de calma y misterio que quizás tiempo atrás le hubiese parecido irreal.
- ¡Papá, ven ahora!
Un par de manitas se colgaron detrás del cuello del santo de Sagitario, quien interrumpió su calma y se alzó de las escalinatas, observando los ojos acuosos del pequeño niño a su espalda. Sonrió suavemente, notando como aquellas pequeñas manitas le imploraban su tacto impaciente jalándolo de la ropa bajo su cintura y le analizo a detalle. Sus mismos ojos color esmeralda, sus largas pestañas y ese cabello rizado alborotado cuya única diferencia a él era que habían sacado aquel color avellana de su madre y su bella sonrisa. Era su viva estampa y no comprendía como algo tan pequeñito era parte de sí.
- ¿Qué pasa Altaír? - le cuestionó.
-Entremos ya, tienes que despedirte ahora.
El santo tomó entre sus brazos al pequeño como alguna vez lo hizo con Aioria y se adentró al interior de su privado, donde en el salón principal le esperaba su amada.
La bella japonesa de largos cabellos ondulados que aguardaba en el sillón, no pudo evitar derramar un par de lágrimas y acariciar en sus piernas aquel pequeño bultito envuelto en una manta.
Al santo de Sagitario se le rompió el corazón al ver a su dama con los ojos empañados y se sentó a su lado con su pequeño colgado de su cuello, quien buscaba en su abrazo el consuelo.
- ¿Qué pasa, cariño? -soltó preocupado el arquero y con su única mano libre le acaricio una mejilla para limpiarle las lágrimas. -Llego el momento.
La castaña desenvolvió el bultito entre sus piernas y ahí, dejo ver al pequeño perrito que durante años les había acompañado respirar con dificultad en sus últimos instantes.
-Cassios.
Aioros suspiro y acaricio la cabeza del pequeño animalito, quien había sido trascendental en su vida. Aioros en aquel instante vagó en su mente en aquellos recuerdos del primer encuentro con su amada. Se recordaba aquel día caminando en Rodorio en su mundo nuevo tras resucitar del Hades, y como tras saber comprado aquel helado, aquel pequeño amigo había corrido hasta él, junto a Seiya y "ella". También recordó aquel día de la playa en que él se perdió y donde por primera vez compartieron su primer beso cálido. Sin duda, sin aquel animalito, quizás el destino de Seika y él jamás se hubiera cruzado.
Le acarició los mechones blancos de cabello y lo vio suspirar una última vez en brazos de Seika.
-Adiós amigo, descansa.
Se había ido.
-Oh Aioros…-suspiro entre lágrimas la castaña y se acurruco en su abrazo junto a su pequeño. Aioros suspiro nostálgico, y aunque dolía la partida de aquella mascota, él más que nadie entendía la muerte y sabía que su espíritu cuidaría de ellos en la eternidad.
Seika y Aioros envolvieron al cachorrito en una caja y se dirigieron junto a su pequeño a aquel enorme árbol de Olivos a metros del primer Templo. Tras dejar ahí al animalito, Seika, su pequeño y Aioros volvieron al Noveno Templo y ahí, Aioros dejo en su habitación a su pequeño hijo que aun sollozaba intranquilo aquella perdida.
Aioros envolvió al pequeño en las cobijas de su cama y le sonrió con su preciosa calidez.
-Hey, ¿estarás bien?
El pequeño le asintió visiblemente cansado. -No estés triste, él te acompañará siempre, tienes que ser fuerte, ¿de acuerdo?, no lo olvides, eres un futuro santo de oro.
-Sí, te quiero…
Ambos compartieron un último abrazo y tras ello, Aioros abandono la habitación adentrándose por los pasillos fríos del mármol hasta la suya, donde su amada, con un sencillo peplo le esperaba sentada en la cama.
El santo se aproximó a ella, sentándose a su lado y le abrazo suavemente de la cintura.
-Ha sido un día difícil, ¿cierto? - objeto Seika mientras el santo le besaba la mejilla.
-Lo ha sido.
-Lo cierto es que te tengo a ti para estos momentos.
Aioros sonrió con lo dicho y tomo su mano. -Y yo a ti, mi amada.
Aioros giró el mentón de Seika para enfrentarle y en un suave movimiento atrapo sus labios disfrutando de la deliciosa sensación de su piel y el cosquilleante suspirar de la castaña.
Lentamente se tumbaron sobre las sábanas y la locura comenzó a llenarles el aliento de pasión, perdiéndose en las penumbras de la noche tan solo iluminadas por tintineantes velas y entregándose piel a piel mientras el milagro de la vida continuaba su renacer.
Las manos de Aioros se deslizaron por la nívea y suave espalda de Seika y errantes surcaron cada curva, mientras su intimidad se fusionaba con la suya, imponiendo su musculoso cuerpo de dios sobre el frágil de ella y sus bocas arrebatadas se vertían en ternura y locura. Al final de su entrega, Seika cayo rendida sobre su pecho y ahí el santo de Sagitario, la cubrió entre sus brazos antes de verla viajar hacia el mundo de los sueños.
El aún con los latidos agitados y llegando a aquel punto de calma infinita tras su entrega, recordó aquella vez en que ella le había accedido a darle su corazón.
-x-
Muchos años atrás, Aioros en aquel quiosco frente al mar, tras haberse confesado, y besar a plenitud los labios de Seika, se soltó lentamente de su boca y suspiro profundo mientras abría a lentitud sus ojos, encontrándose con su preciosa cara.
-Quédate siempre a mi lado, Seika.
La castaña sonrió pues ni en sus más profundos sueños aquellas palabras le hubiesen sonado tan dulces.
-Lo haré, Aioros…Te quiero.
Para Aioros aquellos años pasado de muerte ya no importaban más, si no los futuros con ella de su mano.
Los tiempos de dolor se habían desvanecido, solo esperanza y futuro quedaban por venir en aquellos nuevos días de sol donde el infinito amor de Athena siempre les cuidaría.
Fin…
Lindos lectorcitos, me despido de ustedes…¡ah! Pero por ahora, seguramente nos encontraremos en otros fics. ¡Les agradezco su tiempo para leerme!
Debo ser sincera, estoy algo triste pues cuando inicie este fic tenía cierta idea de cómo lo quería desarrollado, no quería que terminará tan rápido pero después se fue complicando al escribirlo y siento que no es tan bueno como debería serlo y eso me hace sentir frustrada pues Aioros, Aioria y Marín son mis favoritos y siento que no he podido hacer una buena historia de ellos como mereciesen, así que quise detenerme aquí antes de que hasta ustedes se decepcionen de las historias y yo pierda más la confianza. Mejor me detengo aquí y me replanteó otras historias, comenzando de nuevo. Me disculpo por ello y agradezco que me hayan seguido hasta aquí. ¡Les mando besitos cósmicos y espero encontrarnos algún día!
