Eran las cinco de la mañana y siete jóvenes heridos yacían en la plaza de San Pedro. Los santos de bronce inconcientes y los arcángeles habían vuelto a ser humanos otra vez. Solo uno se encontraba conciente y acostado sobre un charco de sangre.
-Lo siento María. –Murmuro el padre Franco para luego quedar totalmente desmayado.
La sangre brotaba de su vientre que había sido atravesado por su propio sable, los siete jóvenes habían perdido la conciencia. Los santos de bronce solo tenían heridas superficiales, gracias a la protección de los arcángeles, pero los jóvenes sacerdotes se hallaban heridos gravemente.
Era muy temprano y la Plaza de San Pedro se encontraba vacía, nadie caminaba por allí. Si no los encontraban a tiempo los jóvenes acólitos morirían por sus heridas. Pero Dios sabia del dolor de sus hijos y por medio de su intervención divina paso por allí el Cardenal Federico Scadarmaglia. Al ver a su discípulo mortalmente herido corrió hasta dentro de la Santa Sede en busca de ayuda y envió a un mensajero en busca de Atenea y sus santos. Como una ráfaga se vistieron los jóvenes y llegaron en un santiamén al lugar.
-¡Seiya! –grito Saori al mismo tiempo que las lagrimas recorrían su rostro.
Todos los presentes abrieron sus ojos desmesuradamente de la sorpresa, al ver a los siete jóvenes que yacían en suelo. La Madre Superiora sintió cono si un puñal se le clavara en el pecho al ver a su mejor amigo en ese estado, pero como bien habían dicho sus compañeros, ella era una mujer muy fuerte:
-¡Este no es momento para llorar Atenea! –grito mientras suspiraba enfadada. –Padre Antonio, Hermana Teresa, pronto, lleven a estos jóvenes dentro de la Santa Sede y curen sus heridas. Santos no se queden ahí parados y ayuden al padre Antonio a entrar a estos jóvenes heridos. ¡De prisa! Podrían morir si no los atendemos rápido.
-¡Si Madre Superiora! –respondieron al unísono los santos al ver que su diosa solo bajaba su cabeza y no hacia nada.
Mientras cargaban los cuerpos de los jóvenes Afrodita de piscis le hizo una pregunta a la reencarnación de San Miguel:
-Madre Superiora ¿Quiénes curaran las heridas de ellos?
-Lo harán el padre Antonio y la hermana Teresa, ellos son dos médicos prestigiosos y los mejores que hay aquí en el Vaticano. No hay mejores que ellos. –respondió tranquilamente la Madre Superiora.
Una vez que cargaron los cuerpos todos se dirigieron dentro de la Santa Sede mientras caminaban los santos tenían sus dudas y se las hicieron saber a la Madre Superiora.
-Madre Superiora ¿Qué haremos? –pregunto confundido Aioros.
-Antes que nada ellos necesitan ser curados, convocare una reunión con las autoridades de la Iglesia ¿Cuánto tiempo tardaran en darnos su parte médico? Antonio, Teresa. –pregunto la líder mirando fijamente a sus compañeros.
-Tardaremos dos horas o talvez más. Déjenlos en una habitación a cada uno. –ordeno la hermana Teresa a los santos que cargaban a los jóvenes. –Tardaremos, estipuladamente dos horas Madre Superiora, son muchos y además están muy heridos. –respondió con preocupación la reencarnación de San Rafael.
-Muy bien, entonces después de la misa nos reuniremos todos en la Capilla Sixtina, como en la ultima reunión, si Su Santidad cancela la misa las personas comenzaran a sospechar que ocurre algo malo. Ahora mismo yo me dirigiré al Santo Padre para comentarle lo sucedido. Espero el informe medico de los dos Antonio y Teresa. Ya saben en cuanto acabe la misa nos encontraremos todos en el Salón del Cónclave. Debemos decidir que hacer con respecto a lo ocurrido ¿les quedo claro? –dijo con autoridad e inmutabilidad la líder de los arcángeles.
-¡Si Madre Superiora! –respondieron todos al mismo tiempo.
-Madre Superiora, espere, yo tengo una pregunta. –interrumpió Saga. –Nos faltan Camus y la hermana Ana. ¿Qué haremos con ellos? ¿No es preferible esperarlos y reunirnos todos juntos? –pregunto confundido Saga.
-La hermana Ana me llamo ayer. Y me dijo que hoy estarían aquí. Así que si no llegan a tiempo para la reunión los informare yo misma a los dos en cuanto lleguen. –respondió sin perder la austeridad de su rostro la líder.
-Esta bien. Me parece una buena idea. –dijo Saga mientras miraba a sus compañeros y estos asentían.
-Muy bien, hasta después de la misa. –se despidió la monja al mismo tiempo se dio media vuelta y se fue caminando a toda velocidad a buscar al Papa.
-Bueno nosotros comenzaremos ya mismo a curar a estos jóvenes. Rápido Antonio. –se apresuro a decir la hermana Teresa mientras entraba en una de las habitaciones y Antonio entraba en otra y comenzaban con su labor.
Los santos quedaron junto a su diosa y junto a la hermana Fátima totalmente sorprendidos.
-Guau… la Madre Superiora si que no pierde el tiempo ¿Verdad? Nunca había visto una mujer tan autoritaria y fría. –comento Shura de capricornio mientras suspiraba.
-Así son como me gustan. –comento en voz baja Afrodita pero igual se escucho lo que dijo y todos giraron a verlo. Shaka y Mu suspiraron molestos.
La hermana Fátima se cruzo de brazos y frunció el ceño:
-Yo ya se los había dicho, María-sama es una mujer muy fuerte. No importa la situación que sea ella jamás titubea y siempre tiene un plan en mente. Y haré caso omiso de lo que dijo santo de piscis. –comento sin dejar de fruncir el ceño la hermana Fátima.
-Pero son sus amigos ¿Acaso no tiene sentimientos? –pregunto Saori.
-Atenea, La Madre Superiora solo quiere protegernos. Además de nada servirá que ella se ponga a llorar y se acongoje. En estos momentos es mejor tener la mente y los sentimientos en frío. Bueno debo dejarlos, discúlpenme pero tengo que ayudar con los preparativos de la misa. Con permiso. –saludo la hermana Fátima mientras se daba media vuelta y se iba.
Los santos se quedaron mirando confundidos a su diosa que se hallaba acongojada.
-Atenea-sama ¿esta usted bien? –pregunto Milo con preocupación.
-¿Eh?... si Milo estoy bien. –respondió Saori.
Los santos se miraron cómplices entre si, sin embargo asintieron a la respuesta de su diosa.
Al terminar la misa todos se reunieron, como habían acordado. Y como había dicho la Madre Superiora Camus y la hermana Ana habían llegado justo a último minuto. Habían tardado porque habían dejado a los niños en el orfanato.
-Madre Superiora hemos cumplido con nuestra misión. –comento feliz la hermana Ana al encontrarse en los pasillos a su líder que caminaba apresurada.
-Me alegro mucho por ustedes Ana, es un alivio saberlo. Rápido Ana debemos ir a la Capilla Sixtina, al salón del Cónclave. –respondió la Madre Superiora mientras caminaba apurada.
-Pero ¿Qué ocurrió? –pregunto preocupada Ana mientras seguía a su Superiora.
-Franco y Giovanni fallaron en su misión y regresaron gravemente heridos. He convocado a una reunión con las autoridades de la Iglesia y con Atenea y sus santos. Para tomar una decisión y además para que Antonio y Teresa nos den su informe medico para saber como están los heridos. –respondió la Madre Superiora sin dejar de caminar.
-¡Eso es terrible! Espero que se encuentren bien. –exclamo horrorizada la hermana Ana.
La Madre Superiora solo asintió y entro al salón, donde ya se encontraban todos los convocados, incluido el Padre Francisco. La líder de los arcángeles, esta vez, se sentó a la derecha del Santo Padre y le dijo algo al oído, inaudible para los demás.
-Bueno todos sabemos porque estamos reunidos aquí. Pero a pesar de la desgracia ocurrida esta mañana. La Hermana Ana y el santo de acuario nos han traído buenas noticias. –Anuncio el Papa. –Ellos lograron cumplir con su misión. Y todos los humanos que fueron corrompidos y participaron de la liberación de Lucifer se encuentran junto a los monjes Franciscanos y junto a las hermanas Clarisas para purgar sus pecados. –dijo con tranquilidad el Santo Padre.
-¿Cómo? ¿Usted esta diciendo que a los que ayudaron a abrir la puerta del Infierno en vez de matarlos usted los envió conventos? –pregunto indignado Deathmask.
-¡Silencio! ¿Cómo te atreves a hablarle en ese tono a Su Santidad? –ordeno el Cardenal Mario de Medici.
-Esta bien Cardenal. –lo detuvo el Santo padre.
-Pero…Su Santidad. –se detuvo sorprendido el cardenal.
-Voy a responderte jovencito. Nosotros no podemos matar. Recuerda que uno de los mandamientos dice: "No mataras". Entonces no se me ocurrió mejor idea que enviarlos a los conventos para que puedan purgar sus pecados antes de morir y así salvar sus almas. Si tienes una mejor idea habla ahora o calla para siempre. –respondió con autoridad el líder de la Santa Iglesia.
-No… esta bien. –murmuro sonrojado el santo de cáncer.
En ese momento entraron en el salón el padre Antonio y la hermana Teresa, sus rostros reflejaban tristeza y preocupación. La Madre Superiora fijo su vista en ellos y hablo sin inmutarse.
-Teresa, Antonio. Infórmennos.
Ambos acólitos se miraron tristes entre si y fue la Hermana Teresa quien comenzó a hablar:
-Bueno verán los santos de bronce se encuentran en un buen estado. Solo tienen heridas superficiales, estipulamos que en un día o dos como mucho despertaran. Pero ambos hemos concordado en que tienen un stress muy alto para ser tan jóvenes. Creemos que es debido a que vieron a los demonios cara a cara y además de que deben a ver visto a nuestros compañeros transformados en arcángeles. Verlos a ambos es demasiado poder y creo que por eso se hallan tan estresados. Pero con que descansen bien es suficiente. Estoy segura de que estarán bien. –concluyo la hermana Teresa.
Los santos y Atenea suspiraron aliviados. Pero Saori seguía sumisa en sus pensamientos. La hermana Teresa siguió con su parte medico pero de vez en cuando su vos se entrecortaba:
-Bien… ahora continuare con nuestros amigos el padre Giovanni y el padre Franco. El padre Giovanni… además de estar agotado tiene muchas heridas superficiales… y además serios golpes en la espalda, en la zona de los pulmones, en el rostro, y en las piernas… Esta agotado física y mentalmente. No se cuando despertara pero… el que se encuentra en un peor estado es el padre Franco. –en ese momento la monja tuvo que parar para tomar aire y le dirigió una mirada a su Superiora que permanecía inmutable. –El ha sido herido mortalmente, fue atravesado, en la zona del hígado, por algún objeto filoso con forma de espada… estoy segura de que fue el sable de San Jofiel. No se a que demonio se habrá enfrentado pero… parece ser que fue herido con su propia arma… y si hacemos conclusiones a un solo demonio le falta su arma. –todos los presentes se miraron cómplices entre si y la Madre Superiora cerro sus puños sin cambiar su austera expresión.
-¿Quiere decir… Lucifer? –se atrevió a preguntar Dohko.
-Es muy probable. Pero seguiré con mi informe… como a ha sido atravesado, ha perdido mucha sangre… si bien le hemos administrado transfusiones… dudo que su recuperación sea rápida… el es que esta en peor estado… roguemos a Dios que se salve. –concluyo la hermana Teresa su informe y algo consternada por los resultados.
-Franco es muy fuerte, claro que se salvara. ¿Verdad Madre Superiora? –dijo animando el clima la hermana Fátima.
-Si. La hermana Fátima tiene razón. Tenemos que tener fe en nuestros amigos. Estoy segura de que se recuperaran pronto. –Opino la Madre Superiora con su austera expresión.
-Bien ¿Qué haremos? ¿Iremos directo a donde esta la puerta del Abismo? ¿Lucharemos contra los demonios? ¿O nos quedaremos aquí? –pregunto Saga indignado.
La Madre Superiora miro al Santo Padre quien le dio permiso para hablar.
-Iremos a Gargano. A cerrar la puerta del Abismo de una vez por todas. Pero antes esperaremos a que se recuperen de sus heridas nuestros amigos. Para sellar la puerta del Abismo se necesitan de los siete arcángeles. Y además debemos sellar individualmente a los seis demonios generales. Aquellos que gobiernan en cada círculo del Infierno. –Comento la líder de los arcángeles.
-¿Los seis demonios generales? –pregunto Mu sin perder la tranquilidad.
-Si. Astaroth, Belcebú, Leviatán, Belial, Satanás y Lilith. Lucifer es el Príncipe del Infierno. Y se dice que comparte un triunvirato junto a Satanás y Belcebú, ellos tres conforman el triunvirato del Infierno, aunque el líder sea Lucifer. –respondió la Madre Superiora sin perder su tono de voz.
-Es como en el Paraíso Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y gobierna sobre todo lo creado. En el Infierno esta Lucifer, Satanás y Belcebú. –explico el Padre Antonio.
-Ah… ya entiendo. Es como una burla a Dios en los cielos. Lucifer también conforma un triunvirato. –opino Dohko.
-Si, pero con una diferencia. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero es tres en uno. Dios es esas tres personalidades en una sola sustancia. En cambio Lucifer, Satanás y Belcebú. Son tres personas diferentes en tres sustancias diferentes. –explico el Santo Padre.
-Ah… ya entiendo. –murmuró Aioros.
-Volviendo al tema. Esperaremos a que se recuperen nuestros camaradas para ir a sellar a Lucifer y a sus seguidores. ¿Les parece bien? –pregunto la reencarnación de San Miguel.
-Si, me parece bien. Pero tengo una duda. A Lucifer le falta su espada ¿Acaso no cree posible que en el lapso que esperamos a que se recuperen nuestros camaradas el vendrá a buscarla? –pregunto Shaka de virgo.
-Es muy probable. Pero intentare destruirla para ese entonces. Si no puedo te pediré, cortésmente Atenea, que te quedes aquí protegiendo el Vaticano de Lucifer para evitar que obtenga su espada. ¿Podrías hacer eso? –pregunto la Madre Superiora sin perder la autoridad en su semblante.
Saori pareció despertar de un trance y miro confundida a la Madre Superiora.
-Atenea la Madre Superiora te preguntado algo. –dijo el Santo Padre.
-¡Ah! ¡Si! No tendré problema en ayudarla. –respondió con una sonrisa Saori.
-Muy bien. Intentare destruir la espada con mis poderes. Si no lo logro tu me ayudaras a proteger el lugar donde esta escondida cuando nos vayamos. –dijo la líder de los arcángeles.
-¿Y que haremos nosotros? –pregunto Aldebarán.
-Ya veremos. Pueden ayudar a su diosa a mantener la barrera o acompañarnos a nosotros. Si les parece lo decidiremos cuando estemos listos. –respondió la Madre Superiora sin inmutarse.
-Yo tengo otra pregunta. –interrumpió Shaka. – ¿Qué pasaría si Lucifer obtiene su espada? –pregunto intrigado.
-Si Lucifer obtiene su espada vestirá su armadura. Como bien saben los arcángeles son los ángeles guerreros de Dios, quienes protegen la creación de Su Señor. Y por eso visten armaduras forjadas por el Altísimo para protegerlos a ellos también en su lucha contra el mal. Esas armaduras son indestructibles. Si Lucifer obtiene su espada vestirá su armadura. Y será casi imposible hacerle daño. Como ustedes saben solo dos seres en todo el universo pueden herirlo: Dios y el príncipe de los cielos, San Miguel. –respondió el padre Antonio mientras todos dirigían su mirada a la Madre Superiora.
-Ya entiendo. Si el no viste su armadura será mas fácil destruirlo. –opino Shaka.
-No. No vamos a destruirlo. –ordeno tajantemente la Madre Superiora.
-¡¿Qué?! –gritaron sorprendidos los santos y Atenea.
-¿Qué no van a destruirlo? ¿Acaso están dementes? –pregunto indignado Deathmask.
-¡Guarda silencio! ¡Y no le faltes el respeto a las autoridades de la Iglesia! –lo detuvo la hermana Fátima.
-No, no los destruiremos. A ninguno de ellos. Esas son las ordenes de nuestro Padre del Cielo. –respondió la líder de los arcángeles sin perder su autoridad.
-¿Por qué? –pregunto confundido Dohko.
-Como bien saben los primeros arcángeles creados por Dios fueron San Miguel y Luzbel, quien ahora es Lucifer. Al primero Dios lo convirtió en líder de su Ejercito Celestial y al segundo lo convirtió en el portador de la luz sagrada de la aurora. Pero su hijo no conforme con la voluntad de Dios provoco una revolución en el Paraíso junto a otros Ángeles tratando de tomar el dominio de los Cielos. Al no tener opción Dios envió al comandante de su Ejército para exiliar a los rebeldes. San Miguel y su ejército expulsaron a los traidores de los Cielos. Y Luzbel, paso a llamarse Lucifer. Se dice que cuando cayo hizo un agujero en el centro de la tierra, llamado ahora comúnmente Abismo o Infierno. –contó la Madre Superiora.
-Si, eso lo entiendo. ¿Pero porque no pueden destruirlo? –interrumpió impaciente Shura.
-A eso voy. Cada mil años Lucifer y sus seguidores son liberados. Dios los libera para saber si se han arrepentido de sus pecados. Pero Lucifer y sus seguidores nunca se arrepienten. Esta vez Dios esta furioso debido a que Lucifer jugo con muchos de sus hijos, los humanos. Así que ordeno que esta vez no se abrirá el Infierno cada mil años. Sino que serán sellados por toda la eternidad. Ahora responderé sus preguntas de "¿Por qué mejor no destruirlo?" porque a pesar de que pecaron y se levantaron en armas contra su Creador. Dios sigue siendo un padre comprensivo y no puede destruirlos. Por eso envía una vez más a su comandante para sellarlos eternamente. –concluyo la Madre Superiora.
-Entiendo. –respondió pensativo Shaka.
-Mi pregunta es ¿Pueden hacer eso? ¿Sellarlos eternamente? –pregunto confundido Saga.
-Claro que podemos. –respondió animada la hermana Fátima. –Los sellos de San Miguel no son como los de su Diosa que duran cien años o doscientos años como mucho. San Miguel arcángel es el mas poderoso de los arcángeles, por algo es el líder. Y si realmente el sello tiene que durar por toda la eternidad El lo hará.
-Pero… ¿como vigilara? La Madre Superiora es humana y morirá algún día. –opino Milo.
-San Miguel es eterno. Es un Arcángel. Y cuando la tierra se encuentre en peligro El reencarnara para protegerla. Al igual que los demás arcángeles. Como ha ocurrido en esta época. –dijo el Cardenal Mario de Medici.
-Es cierto. –opino Shaka.
-Bueno ya que esta todo decidido y hemos aclarado sus dudas. Atenea necesito hablar contigo a solas si es posible. –pidió con cortesía la Madre Superiora.
Todos los presentes se miraron asombrados y confundidos entre si, sin embargo Saori acepto el pedido de la Madre Superiora.
-Muy bien. Ana y Camus háganme el favor de esperarme en mi despacho. Para cuando termine de hablar con Atenea necesito también hablar con ustedes respecto a la misión que se les encomendó. –dijo la reencarnación de San Miguel Arcángel.
-Si, Madre Superiora. –respondieron casi al unísono la hermana Ana y Camus.
-Ven sígueme, Atenea. –le indico la líder de los arcángeles.
Mientras ambas jóvenes salían del salón los santos se miraban cómplices entre si.
-Estarán bien. –comento el Papa a los santos percatándose de sus miradas.
-Su Santidad... –murmuraron los jóvenes.
-María debe tener algo importante que decirle a Atenea, no se preocupen por ellas. –comento el Cardenal Mario de Medici.
Los santos se miraron entre si y asintieron. Las dos lideres entraron a una habitación donde se encontraban a solas las dos.
-Madre Superiora ya estamos solas. Dígame ¿Que se le ofrece? –pregunto intrigada Saori.
-Atenea dime… ¿Cuál es tu problema? –pregunto enojada y con el ceño fruncido la líder de los arcángeles.
-¿Disculpe? ¿De que habla? –pregunto aun mas confundida Saori.
-¿Crees que soy ingenua? Me he percatado de que estas en otro mundo. No has prestado a atención a nada de lo que hemos hablado en la reunión. No se cuales son tus razones pero me parece que ya es hora de que madures y tomes el lugar que se te ha asignado. –respondió furiosa la Madre Superiora.
-No es nada… es solo que… –respondió Saori mientras jugaba nerviosamente con sus manos.
-¿Qué? ¿Qué es tan importante? Te recuerdo que eres la líder de ochenta y ocho caballeros. Me parece que es momento de que te comportes como debe comportarse una líder. Luces confundida, acongojada. ¿Crees que tus santos serán fuertes si ven a su líder dudar? ¿Qué clase de diosa eres? Me das pena. –dijo con el ceño fruncido la Madre Superiora.
-Pero mis santos de bronce fallaron en su misión y están heridos. ¿Cómo quieres que reaccione? –pregunto con un tono de voz alto Saori, quien ya se había enojado también.
-Como debe reaccionar un líder. ¿Te parece correcto mostrar tu debilidad a doce hombres y a los aliados de la Santa Iglesia? ¿Te parece correcta la imagen de la diosa guerrera que estas dando? Más que diosa guerrera pareces una pobrecita niña asustada. Un líder debe permanecer fuerte, fuerte para proteger a aquellos que le son importantes. –respondió llena de autoridad la reencarnación de San Miguel.
-¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono? Yo soy Palas Atenea, la diosa de la guerra. –dijo furiosa Saori.
-Ah ¿si? Pues yo soy San Miguel Arcángel. Príncipe de los Cielos y líder del Ejercito Celestial. ¿Crees que tu poder se compara al mío? –respondió la Madre Superiora.
En ese momento dos cosmos extremadamente poderosos inundaron la Capilla Sixtina y toda la Santa Sede. Los jóvenes acólitos y los santos de Atenea que se hallaban en el salón del Cónclave se miraron sorprendidos y confundidos entre si. Saga y Milo se levantaron preocupados.
-Señorita Saori. –dijeron mientras se dirigían a la puerta. Pero fueron detenidos por el padre Antonio.
-No vayan, quédense en donde están. –dijo con autoridad.
-Pero ese cosmos es muy poderoso. La señorita Saori puede estar en peligro. –dijo con desesperación Milo al ver que no podía correr al sacerdote.
-Ese cosmos pertenece al arcángel Miguel. –respondió la hermana Teresa ante la mirada atónita de los santos. –El no le hará daño a su diosa. Seguramente quiere demostrarle algo. Así que quédense donde están.
-¿Demostrarle algo? Con eso solo va a lastimarla. –exclamo furioso Milo.
-¿Si? ¿Tan débil es tu líder? –pregunto con astucia la hermana Ana.
-¿Cómo te atreves? –Saga la fue a tomar del cuello pero Camus se interpuso.
-No te atrevas Saga. –lo detuvo el santo de Acuario a su compañero.
-Camus… –murmuro Saga.
-¡Basta todos! ¡Siéntense! –ordeno el Santo Padre. –María no le hará daño a su líder. Solo quiere mostrarle a que se va a enfrentar. Lucifer tiene un cosmos así de poderoso. Solo quiere preparar a su diosa para lo que van a afrontar. Lucifer no se compara a los enemigos a los que han enfrentado. –comento el Papa mientras los santos lo miraban y lo obedecían. Si bien el Santo Padre era un humano normal, poseía cierta espiritualidad, cierta presencia que hacia que los santos lo respetaran como respetaban a su diosa.
Mientras tanto la Madre Superiora y Atenea se miraban serias y parecían a punto de atacar.
-¿Cómo puedes ser tan fría y cruel? ¿Tu mejor amigo esta muriendo y no te has conmovido? –pregunto furiosa Saori.
-Porque yo soy el pilar que los sostiene. Si yo dudo mis compañeros dudaran también. Tú no tienes idea de nada. Eres débil e ingenua. Te diré algo mas vale que tus dudas se aclaren para cuando tengamos que enfrentar a Lucifer porque sino te enviare de nuevo Grecia. ¿Te quedo claro? –dijo con autoridad y frialdad la Madre Superiora.
-¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Enviarme de nuevo de Grecia cuando fueron ustedes los que me llamaron? –pregunto indignada Saori.
-Yo no te llame. Eso fue idea de Su Santidad. Lo que ocurre es que no soporto ver a una mujer débil e ingenua. He oído hablar de ti. Se muy bien que siempre te entregas a tus enemigos para no pelear. Y por eso has causado la muerte de tus santos muchas veces. Te advierto que si te entregas a Lucifer. Yo no pienso ayudarte. Cumpliré mi misión y que tus santos te salven nuevamente. –dijo enojada y furiosa la Madre Superiora.
Saori quedo muda. Nunca nadie le había hablado así. Solo ahora se había percatado de lo equivocada que había estado. Pero aun así no se dejaría regañar por una monja.
-Yo confío en mis santos y ellos en mí. Por eso ellos siempre me han ayudado. –respondió segura de sus palabras. –Además no permitiré que una monja me hable en ese tono. Yo soy Palas Atenea. Y como humana que soy, soy Saori Kido. Heredera de la fortuna Kido. –recalco Saori presumiendo.
-Ah ¿Si? ¿Eres Saori Kido? –pregunto con ironía la Madre Superiora. –Pues entonces si vas a presumir, no tienes ni idea de quien soy yo ¿Verdad? Yo pertenezco a la dinastía Sforza. Una familia que ha sobrevivido a las guerras desde la Edad Media. Mis antepasados fueron duques y algunos hasta llegaron a reyes de Nápoles. Sin ir mas lejos mi abuelo fue primer Ministro de Italia y mi padre Ministro de economía y también Primer Ministro como su padre. Durante generaciones mi dinastía fue de las más poderosas en toda Italia. Y han estado en la política por tradición. Y sin ir mas lejos ¿Qué has hecho tu como diosa? Cuando yo tenía tu edad ya tenía un doctorado en teología y sabía manejar perfectamente mis poderes. Yo no te veo a ti muy preparada. –respondió sin perder su inmutabilidad María Sforza.
Saori quedo totalmente enmudecida. Jamás en toda su vida se había enfrentado a alguien como María. Una mujer hecha y derecha con la cual ella se sentía inferior. Debido a que siempre la habían consentido.
Finalmente la Madre Superiora suspiro cansada y le dijo lo siguiente a Saori:
-Escúchame no es mi intención pelearme contigo. Solo quiero hacerte una mujer fuerte. Atenea no tienes ni idea a lo que te vas a enfrentar. Si Hades te pareció poderoso, Lucifer hará que te asustes y tiembles del miedo. Solo quiero que estés lista, porque al momento de la batalla final no puedo preocuparme por protegerte sino por encerrarlo nuevamente. ¿Entiendes a donde quiero llegar? –pregunto calmada y con tranquilidad María Sforza.
-Si, lo entiendo. Y no te preocupes Madre Superiora, estaré lista. –respondió Saori recuperando los ánimos.
-Eso espero. Sino trata de aclarar tus confusiones. Las dudas no son buena compañía cuando te enfrentas a un ser como Lucifer. Ahora debo irme. Tengo cosas importantes que hacer. Atenea si no estas lista avísame. Hasta luego. –dijo la Madre Superiora mientras abría la puerta y dejaba enfadada y triste a la vez.
Saori regreso al salón en donde estaban sus santos y los demás sacerdotes y monjas. Se la veía furiosa y confundida a la vez.
-Atenea-sama ¿Qué ocurrió? –pregunto preocupado Saga.
-¿Eh? Nada la Madre Superiora y yo solo hablamos. –respondió tratando de evadir el tema Saori.
-¿Solo hablar? Se sintieron dos cosmos poderosos, creímos que lucharían entre ustedes. –interrumpió Milo.
-Es que tuvimos un desacuerdo, nada más. –respondió Saori.
-Bueno me alegro que no haya sido nada. –interrumpió el Santo Padre. –Atenea, santos y acólitos, me despido tengo muchos asuntos que atender. Espero me disculpen. –se despidió el Papa mientras las demás autoridades también se iban.
-¡Ah! ¡Camus! Usted y yo debemos ir al despacho de la Madre Superiora. –exclamo la hermana Ana mientras tironeaba del brazo a Camus. –Vamos a ella no le agradan las llegadas tarde.
-Si, ya voy. No me empuje. –respondió Camus mientras ambos salían del salón y Ana lo tironeaba.
-Nosotros también tenemos asuntos que atender. –dijo Antonio en nombre suyo y de sus compañeras. –Así que nos despedimos. Hasta luego. –dijeron al mismo tiempo los jóvenes acólitos.
-Bueno quedamos nosotros solos otra vez. –comento Milo.
-¿Vieron como Camus se hizo amigo de esa monja? –dijo Deathmask con una mirada pícara a sus compañeros.
-No seas mal educado, Deathmask. –interrumpió Shaka. –Es una monja y Camus es un santo de Atenea. No seas mal pensado.
-Esta bien. Solo era un chiste. –respondió suspirando el santo de cáncer.
-Un chiste así nos puede costar la confianza de los arcángeles. Se mas cuidadoso. –dijo el santo de virgo.
-¿Tu crees que esa mujer tiene sentimientos, Shaka? Me refiero a la Madre Superiora. Solo le importa su trabajo. No le interesa que haya una alianza entre nosotros. Si ni se conmovió cuando vio a sus amigos agonizando. –comento Aioria mientras Saori los miraba con intriga.
-Te equivocas al decir que ella no siente dolor. Tu no sentiste lo mismo que yo al verla. –respondió Shaka.
-¿De que hablas? –pregunto intrigado el santo de leo mientras Saori lo miraba fijamente.
-Ah… ya entiendo… a Shaka le gusta María Sforza. –dijo en tono burlón Milo.
-No seas estúpido Milo. Es una Madre Superiora. Pero ustedes se equivocan al decir que es fría y cruel, yo pude sentir como su corazón se hacia pedazos como un vidrio al caer. –respondió Shaka sin abrir sus ojos.
-Yo también lo sentí. –opino Mu de Aries.
-Y estoy de acuerdo contigo Santo de virgo. –interrumpió el padre Francisco.
-Usted es… ese sacerdote amigo de la Madre Superiora. –dijo Shaka mientras se daba vuelta y lo miraba.
-Si. Yo conozco a María desde que era una niña pequeña. Y me entristece escuchar lo que dijeron. Si me permiten quisiera contarles algo con respecto a María para que puedan entenderla mejor. –dijo con amabilidad el sacerdote.
Los santos se miraron entre si confundidos pero fue Saori quien tomo la palabra.
-Yo quiero saber más de ella. –respondió con seguridad Saori.
-Esta bien. –dijo el amable sacerdote mientras se sentaba y comenzaba a hablar con Saori.
Camus y Ana se hallaban parados frente al escritorio de la Madre Superiora, con una expresión seria, mientras ella leía el informe escrito por la hermana Ana.
-Excelente. Un informe digno de usted, Hermana Ana. –dijo la Madre Superiora al mismo tiempo que la hermana Ana se sonrojaba.
-Oh por favor no diga eso. –respondió la hermana Ana ruborizada.
La Madre Superiora sonrío con amabilidad y miro fijamente a los dos jóvenes frente a ella.
-Debo agregar que la Madre Superiora del convento de hermana Clarisas, Agnes, se ha comunicado conmigo comentándome lo complacida que estuvo con el trabajo de ustedes dos. Hermana Ana y… Padre Camus. –dijo la María con una sonrisa traviesa.
Camus y la Hermana Ana abrieron sus ojos desmesuradamente de la sorpresa y Ana se coloco delante del santo de acuario.
-Puedo explicarlo Madre Superiora. Por favor. –dijo con una mirada asustada.
-A ver… cuéntame. –respondió sin perder su sonrisa traviesa María.
-Verá es que como las hermanas Clarisas no confiaban en Camus como un camarada le pedí al Padre Jacques que le prestara una sotana. Creí que si estaba disfrazado de un sacerdote, seria más fácil trabajar en equipo. –explico la hermana Ana quien se encontraba nerviosa.
-¿Ah si? ¿Y por eso se hizo pasar por un sacerdote? –pregunto María sin perder su pícara sonrisa.
-Madre Superiora me disculpo si la ofendí pero una de las pautas de la misión era trabajar en equipo. Yo solo cumplí con lo que se me ordeno. No castigue a la Hermana Ana, por favor. –interrumpió Camus.
María soltó una leve risita divertida y les comento lo siguiente:
-No voy a castigarlos. De hecho no estoy enfadada con ustedes. Estuvieron mal, lo reconozco, pero no voy a sancionarlos ni nada por el estilo. Han cumplido la misión, no puedo estar más orgullosa. Además trajeron con ustedes a dos niños huérfanos a nuestro orfanato. Los felicito. –respondió la Madre Superiora mientras Camus y Ana suspiraban aliviados. –De hecho me encuentro muy complacida de saber que pudieron trabajar en equipo. Los felicito por haber cumplido la misión y les agradezco que se hayan prestado para hacerla. Camus de Acuario le agradezco su colaboración con la Santa Iglesia Católica. –dijo finalmente la Madre Superiora mientras le tendía la mano al santo de acuario.
Camus estrecho la mano de la Madre Superiora con respeto y se volvió a parar junto a la hermana Ana.
-Muy bien pueden retirarse. Nos veremos mas tarde. –los despidió la Madre Superiora.
-¡Madre espere! –exclamo la hermana Ana. – ¿No ira a ver a los niños que vinieron con nosotros de Paris?
-Iré, en unas dos horas aproximadamente, para dictarles sus clases de latín a los adolescentes. Así que si quieres puedes venir conmigo Ana. –respondió con amabilidad la Madre Superiora.
-¡Si, claro! Iremos juntas Madre. –respondió con alegría la hermana Ana.
-Si me disculpan yo debo retirarme. Las veré después. Con permiso. –dijo Camus mientras salía del despacho.
-Muy bien. Hasta luego. Yo también debo hacer algo antes de ir al orfanato. –dijo María a su amiga.
-Oh… esta bien. La veré en unas dos horas para ir juntas Madre. –respondió la hermana Ana.
-Hasta luego Ana. –se despidió con una sonrisa María.
La joven monja camino por los pasillos de la Santa Sede. Hasta llegar a una habitación. Su mano temblorosa se dirigió al picaporte y con sumo cuidado abrió la puerta.
Dentro de la habitación se encontraba el padre Franco, la Madre Superiora llevo su mano a su boca en señal de sorpresa. Solo una vez lo había visto herido pero ahora sentía que su corazón estaba hecho pedazos.
El joven se hallaba acostado en una cama con su fornido torso desnudo y vendado en todo el abdomen, en su brazo veía como tenia conectada la transfusión de sangre. El joven se hallaba dormido placidamente, debido a que por sus heridas el dolor seria insoportable, por eso Antonio lo había sedado.
María halló una silla junto a su cama y se sentó en ella. Con sumo cuidado tomo la fuerte mano del joven entre las suyas. Al mismo tiempo lo miraba fijamente y que con ternura le corría algunos mechones de cabello de su rostro doliente.
-Perdóname Franco… –susurro la joven. –No debí haberte enviado solo. Soy una tonta. Como pude ser tan ingenua. Es mi culpa que estés así. Lo siento tanto. –se disculpo la joven mientras que de sus ojos celestes las lagrimas salían copiosamente.
Pero se sorprendió al sentir como la mano del sacerdote apretaba la suya y lentamente abría sus ojos.
-María… no… no… hagas eso. No… llores… por favor. –susurro el joven con dolor.
La joven monja lo miro y sus lágrimas aumentaron su caudal, se dejo llevar por un impulso y abrazo al joven herido.
-Franco... –murmuro entre sollozos. El sacerdote con dificultad movió su mano y acaricio la cabeza de la joven monja.
-No… María. Por… favor… mi dolor… aumentara si te… veo llorar. –dijo con dificultad el joven sacerdote.
La joven se enderezó y miro fijamente a su amigo.
-No debes hablar. Tienes que recuperarte. Descansa. –le respondió ella mientras que con su mano libre se limpiaba las lagrimas que no dejaban de salir.
-No… no llores… si lo haces mi corazón… se… romperá en… mil pedazos... –susurro el joven sin dejar de presionar la mano de su amiga.
-Franco… –alcanzo a susurrar la Madre Superiora.
-Sonríe María… es el… mejor regalo… que puedes…darme. –sonrío con dificultad el padre Franco mientras estiraba su mano y limpiaba las lagrimas de su amiga. Pero al ver la diferencia en el color de sus pieles su sonrisa volvió a desaparecer y aparto su mano del hermoso rostro de la joven.
La joven suspiro y se percato de la acción del sacerdote herido. Por eso volvió a tomar su mano entre las suyas. Y sonrío como el se lo había pedido.
-Eso es… Tu sonrisa… es la más… hermosa que… he visto. –dijo recuperando su sonrisa el joven Franco.
-Eres increíble. Estas herido y soy yo la que debería animarte. Sin embargo eres tu el que me anima. –dijo la Madre Superiora mientras suspiraba.
-Es inevitable. –susurro el joven mientras que no dejaba de notar la diferencia del color de sus pieles.
-No deberías preocuparte por eso. –dijo la Madre Superiora sabiendo lo que pensaba su amigo. –La diferencia del color de nuestras pieles nunca fue un impedimento para que seamos amigos.
El joven frunció el ceño y asintió. Y miraba como su mano de piel cobriza se encontraba entre las de la joven que era blanca.
-Es verdad… te prometo… no pensar… mas en eso… si tu no… te… culpas… por lo… ocurrido… –murmuro y volvió a sonreír su amigo.
-Pero… –dijo la Madre Superiora pero fue detenida por su amigo.
-Tu… me ordenaste… huir si El… aparecía y… sin embargo… no te obedecí… y me enfrente a el… para proteger… a los… santos de bronce... Así que… fue mi… culpa no la tuya. –murmuro con dolor el sacerdote.
Ella suspiro y le sonrío a su amigo. No discutiría con el necesitaba descansar. Se acerco mas a el y le volvió a correr unos mechones de cabello de su rostro.
-Debes cortarte el cabello. Te ha crecido estos últimos días. –comento ella mientras se reía.
-Si… aunque… creí… que… te gustaba… mi cabello… largo. –comento con una sonrisa traviesa el sacerdote.
-Siempre preferí tu cabello corto. –respondió ella sonriendo.
El joven sonrío con dificultad y recordó algo muy importante para El.
-No… les digas… a los… niños que… estoy… herido. –pidió con preocupación.
-No te preocupes. No les diré. Se pondrán muy tristes y querrán verte y tú necesitas descansar. –respondió ella mientras le acariciaba el rostro.
El joven tomo la mano de su amiga y la miro fijamente:
-María… El es… muy fuerte… por… favor… ten… cuidado. No quiero… perderte… –pidió al mismo tiempo que se mordía los labios del dolor que sentía.
-No te preocupes. Estaré bien. San Miguel no puede ser vencido. –sonrío ella tranquilizándolo.
-Cuídate… mucho. –dijo el joven mientras apretaba la mano de su amiga.
-Lo haré. Te lo prometo. Ahora debes descansar. Y yo prometí ir a ver dos niños nuevos que Ana y el santo de Acuario trajeron desde Francia. –respondió ella sin perder su sonrisa. –Franco descansa así te recuperas pronto. Que el Señor te bendiga. –dijo ella mientras le besaba la frente y le hacia la señal de la cruz.
-Si… me recuperaré… te lo… prometo María. –sonrío el joven al mismo tiempo que cerraba sus ojos y se volvía a dormir.
Mientras la Madre Superiora visitaba a su amigo. El padre Francisco hablaba con Atenea y sus santos en el salón del Cónclave.
-Atenea, María nunca ha sido fría y cruel. Pero los acontecimientos que ocurrieron en su infancia han hecho que sea así. Calculadora e inmutable. –explico el sacerdote.
-¿Acontecimientos que ocurrieron en su vida? –pregunto Saori confundida.
-Si. Supongo que ya lo sabrás. María Sforza pertenece a la dinastía de nobles de Italia. En su familia sus integrantes han sido nobles desde la Edad Media. Siempre Duques, Condes y algunas mujeres llegaron a ser Reinas porque las casaban con Reyes. Cuando Italia no estaba unida, por ejemplo su tatara, tatara abuela fue reina de Nápoles. Y su otra antepasada fue reina de Sicilia. Sin ir más lejos su abuelo fue Primer Ministro y su padre Ministro de economía mientras que su Madre fue Ministro de educación. Siempre por generaciones, la familia Sforza han sido los más cercanos a la realeza y los de mejor intelecto entre las familias nobles. –explico el padre Francisco.
-¿Y eso que tiene que ver con ella? ¿Quiere decirnos que por eso es tan soberbia? –pregunto el santo de piscis.
-Afrodita. –lo regaño Mu.
-Si, mira quien habla. –comento Shura.
-Ahora la entiendo porque tiene, sin ofender, esa mirada soberbia y su presunción al hablar. Pero ¿Qué fue lo que ocurrió en su vida para que ella sea así? –pregunto intrigada Saori.
El sacerdote frunció el ceño y se asomo en su rostro una mirada triste.
-Como te dije antes los Sforza han sido por generaciones los de mejor intelecto en la nobleza. Algunos nacen con un don de Dios pero en realidad, el secreto es que desde el primer momento en que los niños de esa familia comienzan a hablar fluidamente se les contrata varios tutores para que los eduquen. María a los tres años ya leía y escribía fluidamente y conocía la historia de cada uno de los miembros de su estirpe. Cuando yo la conocí a los seis años hablaba, escribía y leía el latín sin ningún problema. –comento el sacerdote.
-¡¿Qué?! Eso es imposible. Con tan solo tres años ya sabía leer y escribir. Y con seis sabia perfectamente el latín. Es un chiste ¿verdad? –pregunto ocultando su asombro Aioria.
-Por supuesto que no es chiste. María ha sido un prodigio desde que nació. Y eso gracias a sus padres y los tutores contratados. Pero... –la mirada de tristeza otra vez se asomo en el rostro del sacerdote. –María siempre estaba sola. En esa gran mansión en Roma, siempre sola con sus tutores y nodrizas no se le permitía salir. Sus padres siempre trabajando y exigiéndole al máximo ser la mejor en toda Italia para llegar a ser como sus antepasados. De hecho a los seis años la habían comprometido con el descendiente de los Saboya, reyes de Italia. –contó con tristeza el sacerdote.
-¡¿Qué?! Pero ella es monja. –opino Aldebarán.
-Si, cuando ella descubrió que era San Miguel, el Cardenal Mario de Medici fue hasta su casa y se la llevo. Sus padres no tuvieron mas opción que anular el compromiso, obviamente con mucha rabia, pero el Cardenal más importante en Italia la había ido a buscar. Sus padres jamás le perdonaron que no siguiera sus pasos y se convirtiera en monja. De hecho siempre se lo recriminan cada vez que la ven. –comento el sacerdote.
-Entiendo. Ella siempre ha estado presionada desde que era pequeña. Por eso es la mejor en todo el Vaticano ¿cierto? Y por eso es Madre Superiora con tan solo veinticuatro años. –comento pensativo Dohko.
-Si. –respondió el sacerdote.
-Pero todavía falta algo. Usted dijo que había ocurrido algo en su infancia que hizo que ella se convirtiera en lo que es hoy. ¿Qué es? –pregunto intrigado Shaka.
-Ver morir a su mejor amigo. Con tan solo once años –respondió el sacerdote mientras Atenea y sus santos abrían sus ojos de la sorpresa.
Flash back.
Como he dicho antes María era la princesa de Roma. En ella se tenían puestas todas las esperanzas por ser la única descendiente de los Sforza, ya que su tío tenía tan solo quince años y no tenia descendientes. Su padre, como Ministro de economía, denuncio a un político que tenia tratos con la mafia. Ese hombre y los integrantes de la mafia juraron venganza. ¿El precio? la cabeza de la heredera Sforza. Era un domingo caluroso por la mañana y yo estaba dando misa. Franco era mi monaguillo y María nunca faltaba a una celebración, claro con dos guardaespaldas siempre. Unos hombres entraron en la Iglesia y gritaron el nombre de la pequeña. Cuando la vieron se abalanzaron sobre ella. Pero sus hombres la protegieron. Sin embargo ellos estaban armados y comenzaron a disparar. Las personas salieron corriendo del lugar y muchos fueron heridos. Los hombres que protegían a María a fueron muertos por las balas. Yo me aproveche de la situación y lleve a María y a Franco a la sacristía, los deje ahí y me fui a ayudar a las personas heridas. Pero la mafia se percato de mi acción y entraron en la sacristía. Yo salí corriendo para evitar que lastimaran a mis niños pero fue en vano. Uno de los hombres me inmovilizo y me hizo ver aquella escena, yo tenía tan solo veintisiete años y nunca había experimentado tanta rabia.
María había quedado petrificada del miedo y Franco, con tan solo once años, se había interpuesto entre María y sus posibles asesinos.
-¡Vete María! –grito el pequeño protegiendo a su amiga.
Pero María estaba asustada y no podía moverse. Entonces los hombres se cansaron y:
-No te interpongas mocoso. No hay nada que puedas hacer. Vete y déjanos a la niña. Si lo haces te perdonaremos la vida. –escuche decir a uno de los hombres.
-¡Nunca! ¡No dejare que mates a María! ¡Idiota! –desafío el niño sin dejar su lugar.
-Chiquillo mal educado. Te vas a arrepentir, morirás junto a tu amiga. –dijo el hombre mientras le disparaba al pequeño en el estomago.
-¡No! –gritamos María y yo. Intente zafarme pero el mafioso era corpulento y no podía. Al ver que yo me movía me golpeo en la cabeza y caí de rodillas del dolor. Pero nunca aparte la vista de mis niños.
María lloraba copiosamente y abrazaba el cuerpo del Franco.
-No… no te mueras… por favor… eres mi único amigo. Franco. –decía la niña entre sollozos.
-No llores María. Yo voy a protegerte. –dijo el pequeño mientras se levantaba tomándose su costado herido.
-No… lo hagas… deja que me lleven. –pidió la niña horrorizada al ver los rostros sádicos de sus atacantes.
-No… –susurro el pequeño.
-¡Basta! Son unos niños déjenlos en paz. –grite pero los hombres solo se reían.
-Esto será divertido padrecito. Considérese afortunado de que a usted lo dejaremos con vida. –dijo mi captor.
Los hombres se ensañaron y le volvieron a disparar al pequeño Franco. Pero esta vez no fue un solo disparo sino que lo acribillaron. María grito horrorizada al igual que yo al ver como el cuerpo de su amigo caía en su regazo y ella estaba manchada de sangre.
-Ahora sigues tu Sforza. –dijo con una sonrisa maléfica y sádica el mafioso. –la ultima Sforza.
Pero cuando fue a disparar un destello de luz invadió la Iglesia y el cuerpo de Franco se transformo en San Jofiel Arcángel.
-Yo protegeré a María con mi vida. –dijo el arcángel mientras atacaba a los mafiosos. –Deberían sentirse avergonzados Dios esta decepcionado de ustedes. Matar a un pobre e indefenso niño. –dijo con furia el arcángel.
Los tres mafiosos desaparecieron en un destello de luz. No supimos que ocurrió con ellos. Fue entonces cuando se acerco a mí. Mi captor huyo despavorido del susto al ver a un arcángel.
-Padre ¿esta bien? –me pregunto.
Yo no pude articular palabra solo me santigüe y le hice una reverencia.
-Padre yo no soy Aquel digno de alabanza. Por favor levántese y vaya con María. –me dijo para mi asombro. Yo obedecí y El camino hasta ella que seguía asombrada, asustada y manchada con su sangre. El arcángel se puso a su altura, ya que ella se encontraba arrodillada.
-Yo siempre voy a protegerte, María. Eres muy importante para mí. –dijo con su dulce voz.
María se abrazo al arcángel y en ese momento Franco perdió su transformación.
-Gracias al Señor que estas vivo. –susurro la pequeña.
-Siempre estaré a tu lado. –la abrazo con mas fuerza mi monaguillo.
Una semana después el Cardenal Federico Scadarmaglia llego a Roma y se llevo consigo al pequeño Franco para adoptarlo como su discípulo.
Fin del flash back.
-¡Que horror! –exclamo Saori mientras unas lagrimas se escapaban de sus ojos.
-Ahora entiendo porque dijo que ella no dejaría que nadie más muriera por su persona. –comentó Mu con una mirada triste.
-Entonces cuando el padre Franco dijo que había muerto por alguien querido al transformarse en arcángel fue ella. Fue la Madre Superiora la persona por la cual el entrego su vida. –comento asombrado Dohko.
-Y usted dice que no siente nada por ella. El padre Franco esta enamorado desde que era pequeño de la Madre Superiora. –comento con una mirada traviesa Milo.
-No sabría decírtelo. Todos sabemos que ellos se tienen un inmenso cariño, Franco era su único amigo cuando ellos eran niños. Además su padre nunca dejaba que ellos se vieran, debido a que Franco no pertenecía a la nobleza y no era apto para su hija. Siempre he discutido con su padre por eso. Además tampoco le agradaba que yo cuidara a su hija por ser un sacerdote muy joven. Pero bueno eso no fue lo que hizo que María cambiara definitivamente. –comento el padre Francisco.
-¿Ah no? Yo creo que eso es suficiente para cambiar a cualquier niño de esa edad. –opino Deathmask.
-Pero ¿Y sus padres? –pregunto curioso Aldebarán. – ¿Acaso no hicieron nada?
-Si, por supuesto. Una declaración publica de lo que había ocurrido con su hija, no todo obviamente, y los jefes de esa familia fueron encarcelados pero siempre queda uno para cumplir las ordenes de sus jefes. –respondió el padre Francisco.
-¿Ocurrió algo mas? –pregunto intrigada Saori.
-Si. –respondió el sacerdote mientras desabrochaba su sotana y dejaba a la vista su hombro derecho. En el había una cicatriz.
-Padre ¿eso es? –pregunto Saori.
-Si Atenea, es una cicatriz. A mis veintiocho años fui herido por una bala en mi hombro derecho. –contó el sacerdote. –Te diré algo cuando la mafia jura vengarse. Aunque fallen en su primer intento seguirán probando.
-Y eso ocurrió con la Madre Superiora ¿cierto? –dijo Milo.
-Si. Fue un año después de lo ocurrido con Franco.
Flash Back.
Había pasado un año desde aquel incidente en el que Franco se había transformado en arcángel. El ya no se encontraba en el pueblo sino en la Santa Sede.
La misa había terminado y María y yo nos encontrábamos ordenando los elementos en la sacristía.
-Fue una interesante homilía padre. –me comento ella.
-¿Interesante? Tendrás que explicarte mejor, pequeña María. –respondí yo mientras me sonreía divertido.
-Bueno quise decir que su homilía sobre la diferencia entre perdonar y disculpar fue algo diferente. Me llego al corazón. –me dijo ella devolviéndome la sonrisa.
Yo me sonreí y asentí. Y en ese momento sentimos los pasos de alguien. Ambos salimos de la sacristía para ver quienes eran. Vimos dos hombres vestidos de negro y armados. Yo me exalte al verlos especialmente al escuchar lo que dijeron:
-María Sforza. Hemos venido por tu vida. –dijo uno de ellos.
Sentí como si algo se hubiera apoderado de mí y tome a María en mis brazos.
-Vámonos de aquí María. –exclame mientras salía corriendo del lugar.
Muchas balas me rozaban mientras ellos nos perseguían.
-¡No tiene caso Padre! ¡Entréguenos a la niña! –grito furioso uno de ellos.
-Padre déjeme ir. Van a lastimarlo si no me entrega. –me dijo María con tristeza.
-¿Estas loca? No dejare que te lastimen. –respondí sin dejar de correr. Pero tropecé con una grieta en el suelo y caí. Sin perder tiempo me levante pero ya nos habían alcanzado y rodeado.
-Dénos a la niña padre y no le haremos nada a usted. –dijo un hombre corpulento.
-Nunca. Si se la entrego la mataran. ¿Acaso cree que soy un ignorante? –respondí.
-¿Sabe algo Padre? No quiero matarlo, a mi madre le gustan mucho sus sermones. –dijo con ironía uno de los hombres mientras me apuntaba con su arma.
-¡Basta! No quiero que nadie muera por mí. Padre Francisco no quiero que lo lastimen como hicieron con Franco. Está bien iré con ustedes. –interrumpió María sin perder su mirada triste.
Los hombres sonrieron sádicamente y le dijeron lo siguiente:
-No será necesario que vengas con nosotros. Será suficiente con matarte aquí y ahora.
Y apuntando le disparo a la niña. Pero yo me interpuse y la bala me dio en el hombro derecho.
-¡Padre! –grito horrorizada María.
-No voy a dejar que la lastimen. –dije mientras me presionaba el hombro.
-Demonios padrecito. No tendré más opción que matarlo a usted primero. –dijo el hombre apuntándome a la cabeza.
-¡Suficiente! –grito María mientras apretaba sus puños. –No voy a dejar que lo lastimen.
-¿Y que vas a hacer? No eres más que una niña rica y débil. Que necesita que la protejan. –se burlo el otro hombre.
María frunció el ceño, era la primera vez que la veía así de enojada.
-Yo voy a proteger a mis seres queridos. –dijo mientras una luz dorada la envolvía.
María se había convertido en un arcángel, en el poderoso San Miguel.
Desenvaino su espada y amenazo a los hombres:
-Debería darles vergüenza, Dios se encuentra decepcionado al ver a sus hijos por malos caminos. Arrepiéntanse o nunca verán la montaña del Purgatorio a tiempo. –dijo el arcángel mientras se acercaba a mi.
Los hombres salieron corriendo despavoridos al ver al Gran Arcángel guerrero. Ella se acerco a mí y perdió su transformación. Se la veía agotada.
-Ma… María… ¿tu también? –pregunte asombrado.
-Padre, vayamos a un hospital. –me dijo ella mientras me ayudaba a levantarme.
Me acompaño al hospital más cercano y a la semana el Cardenal Mario de Medici la fue a buscar a su casa.
Fin del flash back.
-Después de aquel incidente María se volvió calculadora, exigente y fría frente a los demás. Solo tres personas sabemos como es. Uno soy yo, otro es el padre Franco y otro es su maestro el cardenal de Medici. –comento el sacerdote con una triste mirada.
-Ella solo quiere proteger a las personas. Y a sus seres queridos. –comento pensativo Dohko.
-Creo que la juzgue mal. Me siento algo apenado al saber todo lo ocurrido. –se excuso Aioria.
-Todos lo hicimos. E hicimos mal en juzgar a alguien que no conocíamos. –comento Mu.
-Ella me regaño. Me dijo que yo jamás debía dudar y que siempre tenía que ser firme. Ahora lo entiendo. –dijo Saori con la mirada perdida.
-Eso que te dijo a ti se lo debe haber dicho a ella misma cientos de veces. –comento el padre Francisco.
Todo permanecieron en silencio por unos segundos y el sacerdote se levanto de su asiento.
-Vámonos. –dijo. –Este es el salón del Cónclave y nosotros no somos cardenales. Y Su Santidad se encuentra con vida. Así que mejor vámonos de aquí antes de que los cardenales se enfaden. –comento el sacerdote mientras todos se levantaban y salían del salón. Antes de irse el sacerdote se dio media vuelta y se dirigió a Saori.
-Atenea no te pido que la disculpes por lo que te dijo. Sino que trates de comprenderla. Imagino que no te regaño con mala intención. Trata de comprender por favor. –dijo el sacerdote mientras comenzaba a caminar y a alejarse.
-Lo haré, padre. –respondió Atenea con la mirada perdida.
N/A: ¿Les gusto? espero que si ;) muchas gracias por leer mi fic, nos vemos el proximo capitulo, saludos!!! =)
