Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi, es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi y de sus respectivos autores y distribuidores.
As if in a dream
por Onmyuji
IX.
Aquella mañana se levantó tan temprano como pudo.
Su cuerpo estaba cansado y somnoliento, nuevamente. Era ya una semana durmiendo mal, llena de malestares, desmayos, mareos, vómitos, poca fuerza. Y mucha hambre. Su estómago vacío le exigió comida. No lo escuchó. Y menos porque sabía que en cuanto algo de bocado ingresara a su organismo, le vendrían las arcadas hasta que su estómago estuviera vacío de nuevo.
El pequeño cachorro, indignado en su vientre, le agradeció la omisión de sus alimentos con un calambre al que igualmente no prestó atención. Era el enésimo en la semana. Lo regaño internamente por jugar con sus náuseas todo el tiempo. Y en el instante comenzó a sentirse mareada, obligándola a ir a buscar un lugar dónde sentarse y descansar hasta que ya no sintiera esa molestia o, en el peor de los casos, terminara vomitando lo que le quedaba del hígado. O un riñón. O algo encontraría que vomitar.
Su cuerpo estaba más pesado que de costumbre. Y el cachorro comenzaba notarse en su vientre ligeramente abultado. Sonrió mientras pensaba en él. Y pensar que hacía unos días lo había soñado... o la había soñado. Y ahora lo único que deseaba era amanecer un día y no tenerlo creciendo en su interior, por muy cruel que aquello pudiese sonar.
A veces se preguntaba cuánto tiempo más le duraría esto antes de estallar y decidir que no quería cargar más tiempo al cachorro. A veces trataba de recordarse a sí misma que ella alguna vez también dependió de su madre para decidir si vivía o moría.
Era curioso como todos se referían a ella como una futura mamá y peor aún, cómo todo giraba en torno a dicha condición. Le cuidaban más y le preguntaban por cómo se encontraba con mayor frecuencia. Incluso aunque ella siempre dijera que se encontraba bien sin estarlo.
Claro, ¿cómo podía estarlo?
Tenía una semana de haber peleado con Inuyasha, por Kikyou. Hasta antes de su embarazo, ni siquiera había considerado que volverían a pelear por ese tema. ¡Es más! Ni siquiera había imaginado que podría dudar de su amor. Pero helos aquí, sin dirigirse la palabra, ni siquiera las miradas. Se sonrió a sí misma, con tristeza. Las cosas no tenían por qué terminar de esa forma.
Sacando fuerza de voluntad, quién sabe de dónde, resolvió finalmente comenzar sus labores diarias.
Visitó a los enfermos que había dejado descansando unos días atrás, cambió algunos vendajes y a algunos otros les hizo tomar algún remedio herbal medicinal. El tema de conversación con sus pacientes se centró exclusivamente en su pequeño bebé. Hizo lo mejor que pudo para poner buena cara en esos momentos y mostrarse al menos un poco entusiasmada.
Pero, ¿cómo podía pretender que todo estaba bien cuando ella no quería al bebé?
Cuanto más pasaba el tiempo, menos amaba al bebé que llevaba en su vientre (si es que en algún momento realmente lo amó).
Luego, irremediablemente, terminaba pensando en Inuyasha. En sus cavilaciones, tuvo que llevarse las manos a las sienes para frotarlas, en búsqueda de la tranquilidad. El hanyou se había ido hace cuatro días y no sabía nada de él. No se acercaba a la aldea (ni siquiera estaba segura de que estuviera cerca) y las pocas veces que se encontró frente a él, tuvo el descaro de ignorarla.
¡Ella era la que debía estar molesta, no él! ¿Es que acaso no la entendía? O quizás... ¿Sería que ya no le gustaba a su marido? Lo consideró. ¡Claro! ¿Cómo iba a gustarle si el embarazo ya comenzaba a formarle un pequeño bulto en el vientre que la obligaba a usar ropa menos ajustada y verse más gorda? ¡Seguro! Prefería irse a los brazos de cualquier mujer barata antes que ella, una mujer amorosa y abnegada que sólo tenía ojos para él (aunque ciertamente estuviera exagerando seriamente todo a raíz del embarazo). Seguro Inuyasha ahora comenzaría a ir a burdeles baratos en alguna otra región lejos de Musashi para sustituirla como mujer, ahora que era gorda.
Se refundió suavemente en su abrazo, sintiéndose completamente miserable. El pequeño bulto de su estómago se sentía incómodo, como si el cachorro estuviera removiéndose molesto. Seguro que él (ella) también estaba completamente indignado con Inuyasha por no ponerles atención, por preferir a Kikyou antes que ellos: su familia.
¿Qué estaba haciendo aquí? Su marido ni siquiera estaba en la aldea, ni quería estar cerca de ellos. ¿Por qué tenía qué seguir en el Sengoku Jidai, entonces? Frustrada y molesta, sacudió sus ropas, hizo su cabello a un lado y lo ató en una pequeña coleta baja.
Era hora de irse.
Cualquiera que la hubiera visto escabullirse con tanta urgencia lejos de la aldea, con ese brillo de ansiosa esperanza en los ojos y el hermoso cabello cayendo sedoso por su espalda, hubiera jurado que el embarazo le estaba sentando de maravillas a la joven miko. Pero había algo en lo más profundo de su cuerpo que le indicaba que no era así.
Se trataba de una sensación que no conocía y que definitivamente atribuía al embarazo. Era una especie de dolor en su vientre abultado que poco a poco llegaba a sentirse como una náusea contenida y que posteriormente fue convirtiéndose en un calambre molesto en su vientre bajo, justo como los espasmos de dolor que le daban cuando estaba con la regla. Uno que cada momento era más y más fuerte y tuvo qué obligarla a detenerse, a medio camino, contraída del dolor.
Se hizo ovillo en el suelo, esperando vanamente acabar con ese doloroso momento. Mismo dolor que siguió incrementando hasta impedirle cualquier clase de movimiento. Sintió que comenzaba a desgarrarse por dentro de la forma más espantosa que hubiera imaginado alguna vez.
Temió por su bebé.
Ya había sido mucho con el terrible dolor que había sentido la semana anterior, cuando estuvo a punto de sellar a su bebé con ayuda del Goshimboku. Y la simple idea de no tenerlo creciendo en su interior le trajo una desgarradora sensación de vacío que de un momento al otro la hizo llorar.
¿Qué acaso esto no era como se debía de sentir dar a luz al pequeño? ¿No es que era muy pronto para comenzar a sentir dolores como ese?
¡No! ¡No quería lastimarlo de nuevo! Reconocía que había sido impulsiva e imprudente por haber dañado el bienestar de su cachorro aquel entonces y que ninguno de sus problemas con Inuyasha debió haber sido aliciente o motivo para odiar y despreciar tanto al pequeño. ¡Lo último que ella deseaba era hacerle daño! Era tan pequeño, apenas tenía 9 semanas de embarazo, todo ese dolor terminaría por lastimar a su hijo.
Y ahora sólo quería que estuviera bien...
Por dentro sólo pidió perdón al bebé y cerró los ojos con fuerza sin moverse un ápice o quitar sus brazos aferrados firme y suavemente al vientre poco abultado de su embarazo; exangüe y desesperada porque alguien acudiera en su ayuda y la salvara. Los Salvara.
Rogando que Inuyasha apareciera en ese preciso momento a salvarlos. Que la llevara a casa. Le perdonaría cualquier cosa si tan sólo impidiera que su cuerpo acabara expulsando a su propio hijo en crecimiento del vientre materno antes de tiempo.
Estaba demasiado débil como para luchar contra el impulso de su cuerpo—. Perdóname, Himawari-... chan... —murmuró Kagome mientras cerraba los ojos con un poco de dificultad y rogaba por dentro que el tormento sufrido terminara finalmente.
La oscuridad de su interior era tibia. No recordaba haber estado en un lugar más tibio que ese sino en los brazos de su ser más amado, alguna vez. Recordaba esta clase de amoroso calor, que la hacía sentirse reconfortada, justo como cuando tocó el Goshimboku y todas sus preocupaciones y molestias se disiparon en un mundo perfecto que ella misma se había creado.
Pero esto era más bien similar, porque en cuanto se reconfortó en busca de su vientre abultado, este comenzaba a respingar suavemente a los llamados de ella como progenitora, aunque más débiles que antes. Fue como un calambre frío, lo que la hizo quedarse inmóvil en su sitio para responder. Era un llamado débil y cansado que rogaba ser escuchado, pero que ella no comprendía.
De nuevo ese calambre helado atacó su propio oscuro interior, amenazando con devorarla. Sólo entonces comprendió que se trataba del mismo dolor que su cuerpo sentía mientras su pequeño era casi desgarrado por su propia madre y conocía de propia mano el peligro de la muerte.
—Kagome... —Escuchó aquella lejana voz llamándola, tratando de succionarla de aquella oscuridad a la que ella misma había sucumbido, alejando el dolor de su cuerpo y sus emociones. Aquel llamado se hizo más fuerte, más apremiante, pero a Kagome le dio la impresión, no sólo de que ella jamás lo entendería, sino que era para alguien más—. Kagome, reacciona... —Algo en esa voz, cada vez más cerca, le indicaba que algo no andaba bien en ella misma, que poco abandonó la búsqueda de su hijo aterrado para regresar al mundo consciente y finalmente poder abrir los ojos...
Su vista tardó en enfocar debido a la nítida luz que se escapaba entre las copas de los árboles y que golpeaba molestamente a sus ojos. El manchón café y negro le bloqueó ligeramente aquel escape de luz, pero no resultó suficiente. Aquella voz que la llamaba se repitió de nuevo, esta vez en su plano dimensional, reconociéndola en un instante.
—¿Kouga-... kun? —murmuró ella, completamente desorientada. Su acompañante suspiró con cierto alivio y la ayudó a incorporarse mientras trataba de ver con mayor nitidez y esperaba a que sus cinco sentidos se normalizaran más y mejor.
—¿Estás bien, Kagome? —preguntó aquella voz con preocupación, con ese timbre de voz impreso tan particular y característico que llevó a Kagome sonreír con alivio y a estar a unos pasos del llanto.
—Sí, gracias, Kouga-kun. —Tembló ella mientras frotaba suavemente su vientre, con desazón. Kouga la observó unos momentos antes de hablar, ahora más preocupado que antes.
—¿No te hiciste daño? Estabas sola cuando te encontré. ¿El cachorro está bien? El cabeza de perro me mataría si supiera que estuve aquí y no pude ayudarles. —Kagome escuchó, quieta y paciente lo dicho por su amigo lobo y sonrió, completamente agradecida de que haya llegado a tiempo para salvarla a él y a su hijo.
—Me sentí muy mal de pronto. Tenía mucho miedo, Kouga-kun. —Comentó ella con cierto recelo mientras se encogía de hombros y sentía el escozor de las lágrimas luchando por salir de sus ojos—. Creí que mi bebé y yo... e Inuyasha... —Despacio, enjugó una lágrima. Entonces una pregunta llegó a su cabeza, mientras levantaba la cabeza y veía con horror a su amigo—. ¿Cómo supiste que estoy emb-...?
—Hueles diferente. Y verte agonizar en el piso no me supo nada bien. Tienes qué cuidarte, Kagome-chan. ¿A dónde ibas tú sola por el bosque? Una mujer preñada es muy propensa a los ataques de youkais. Especialmente ahora que Inuyasha parece no estar cerca de Musashi. ¡Ese perro es un inconsciente! ¿Cómo se atreve a dejarte sola en este estado? —Kagome suspiró aliviada mientras se encogía a su misma y recibía un abrazo de Kouga. Incapaz de responder a sus reproches y regaños de hermano mayor, incapaz de explicar que por un lado quería odiar a su hijo y por el otro no podía concebir la idea de perderlo a manos de la muerte—. Kagome-chan, ¿por qué no vienes conmigo a mis territorios? Mis compañeros y yo podremos cuidar de ti en lugar de que andes deambulando por todo el Nihon con un cachorro a cuestas. Y si de paso nos encontramos a Inuyasha, le daré una paliza por haberte dejado sola. —Kouga sonrió de manera convincente, tratando de persuadirla con toda la buena intención.
De cualquier forma, Kouga no tenía muchas esperanzas. No era la primera vez que la visitaba ni tampoco la primera vez que la invitaba a ir con él a sus territorios. Y no sería la primera vez que ella le decía que no.
Kagome lo meditó unos instantes, a conciencia. Kouga e Inuyasha no se llevaban nada bien en todo el tiempo que se conocían, pasaban el tiempo peleando e insultándose. Lo que hacía que la situación fuera perfecta para crispar la ira del hanyou, con quien no estaba precisamente feliz. De hecho, seguía muy molesta con él por su desplante, por haber preferido a una mujer que estaba muerta, por no gustar de ella ahora que estaba gorda y embarazada.
Se sintió tan molesta en esos momentos, que tenía tantas ganas de gritar osuwari como para que Inuyasha cavara su propia tumba.
—¿Y bien? ¿Qué dices, Kagome-chan? —Insistió Kouga mientras la ayudaba a levantarse del suelo, sonriente.
—Iré contigo, Kouga-kun. —Sonrió Kagome mientras procuraba despegar su ira y concentrarse solamente en la visita que pronto haría a la tribu youkai lobo, Kouga tomó su mano con respeto y cortesía (especialmente considerando que era la mujer de otro y estaba preñada), y la alzó en brazos para hacerle el viaje mucho menos cansado.
—¿Entonces no te importa que nos vayamos ahora, verdad? —Kagome soltó una risilla suave para indicarle su indiferencia al respecto y le palmeó la nuca mientras se acomodaba para no incomodar al bebé—. ¿Lista? —y diciendo esto, Kouga se marchó lejos de Musashi, sosteniendo a Kagome vehemente en sus brazos.
Fin del capítulo IX.
PS. Bueno, a Kagome le pasan pero si muchas cosas xD pero no se preocupen, que el próximo capítulo sabrán más sobre lo que está ocurriendo con Inuyasha, aunque no les puedo decir todo :P y ahora ha aparecido Kouga. Pronto sabremos más de él también :D
Lamento haber colgado el capítulo un par de días después de lo usual, pero con todo y que volví a clases (mi último semestre de curso antes de titularme), he andado con la cabeza en un montón de cosas. ¡Pero el próximo miércoles, aquí estará el capítulo sin falta!
Nos estamos leyendo :)
Onmi.
