Disclaimer: Ninguno de los personajes de Full Metal Alchemist me pertenece. Evidentemente.

9/26 (Epílogo incluído)

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Y, como siempre, he aquí el capítulo prometido de hoy, el cual espero sea de su agrado. (!) Dado que mi servicio de internet es una... -introduzca insultos variados aquí-... hoy decidí subirlo más temprano y probablemente esté variando ligeramente el horario de actualización por unos días por dicho problema. Mientras pueda mantener la normalidad, en la medida de lo posible, lo haré. Y en caso de tener que cambiar algo (el horario) les avisaré, pero siempre subiré un capítulo por día como prometí y generalmente entre esta hora (en mi pais) y la que estaba subiéndolo desde el inicio. Es decir, como mucho lo subiré un poco más temprano (nada más). Espero sepan disculparme. Y, como siempre, quisiera agradecerles a todos por haberle dado una oportunidad a mi historia y haber leído hasta aquí (y ojalá no los decepcione la historia...). Pero, más aún, quisiera agradecerles a todas esas personas que aún cuando podrían no haberlo hecho, me hicieron y me hacen llegar su opinión mediante reviews, robando tiempo valioso de sus vidas, lo cual me da muchos ánimos. Y realmente quiero mejorar, para algún día poder escribir mejor, así que se los agradezco de todo corazón. ¡Gracias! Especialmente a: inowe, Lucia991, Sangito, Anne21, Evelyn Fiedler, HoneyHawkeye, okashira janet, Alexandra-Ayanami, Noriko X, Arrimitiluki, kaoru-sakura, Maii. Hawkeye y anónimo/a. Y espero no duden en hacerme saber lo que piensan y corregirme. Espero que este capítulo esté a la altura de sus expectativas... ¡Nos vemos y besitos!


Elección


IX

"Secuestro y faltas de elocuencia"


Clap. Clap. Clap. Podía oírlo, un ligero eco con cada golpe de los tacos de sus botas militares contra el pavimento. Un segundo golpeteo, siguiendo inmediatamente al suyo, marcando de alguna forma su ritmo a medida que se alejaba caminando del cuartel general. Dejando el edificio grande e iluminado atrás. Bajando la mirada, siguió su sombra trazada contra la acera, cortesía de las lámparas de la calle, mientras se concentraba en los sonidos a su alrededor. Alguien la estaba siguiendo, sin lugar a dudas, y por la constancia de los pasos y el compás marcado por las pisadas podía inferir que –fuera quien fuera- estaba manteniendo de momento su distancia. Midiendo el tiempo y aguardando algo para aproximarse más. Algo, aunque sin saber qué, que le indicara que podía abordarla.

Exhalando calmamente, desenfundó con su mano derecha una de las dos pistolas que tenía guardadas en la parte baja de su espalda –le quitó el seguro- y retrajo la corredera hacia atrás con su mano izquierda. Dedo índice derecho acariciando el gatillo con cuidado. Ojos y oídos agudizados en el eco de los pasos que seguían religiosamente a los suyos. Otras dos cuadras pasaron, calmas, y con la presencia de ese alguien más sobre sus pasos, hasta que finalmente el ritmo cambió. Un poco más ligero, más sonoro y más próximo. Se estaba acercando.

En un rápido y fluido movimiento, giró sobre su eje y extendió sus brazos con ambas manos sobre el arma. Lista para disparar. Sin embargo, se detuvo en seco de jalar el gatillo al ver de quien se trataba, su expresión manifestando ligera sorpresa —¿Coronel? —parpadeó, observando al hombre con ambas manos en alza en son de paz.

Roy sonrió de lado —¿Pensaba dispararme, teniente?

Soltando la bocanada de aire que había estado conteniendo, bajó lenta y suavemente el arma. Su expresión tornándose en una de molestia una vez que la adrenalina del momento pasó —No vuelva a asustarme de esa forma, coronel —le reprochó severamente, alzando ligeramente la voz—. Podría haberle disparado.

—Pero no lo hizo, teniente. Creo que deberíamos estar agradecidos por lo positivo, ¿no cree?

Riza guardó el arma y negó con la cabeza, su semblante aún revelando molestia —No veo lo gracioso, coronel. Además, ¿quiere explicarme por qué me estaba siguiendo como un acechador?

El moreno colocó ambas manos en sus bolsillos —En mi defensa, teniente. No la estaba siguiendo, estaba intentando alcanzarla, que es algo considerablemente distinto.

—¿Por tres cuadras, coronel? —musitó, ironía bañando sus palabras.

Roy sonrió arrogantemente una vez más —Bueno, se lo concedo, camina rápido y me pareció prudente no correr hacia una mujer armada. Aunque no pueda decir que caminar funcionó mejor tampoco, ¿no le parece? —la sonrisa se amplió un poco más.

Ella negó calmamente con la cabeza —No, coronel.

—Aunque debo admitir que me siento ofendido, ¿estaba huyendo de mi, teniente?

Riza volvió a hacer un gesto negativo y se cruzó de brazos —No de usted, coronel. Del acosador que me estaba siguiendo. No cotejé entre las posibilidades que ese acechador pudiera ser mi superior.

—Cuando lo dice de esa forma lo hace sonar como si fuera un sujeto de dudosas intenciones, teniente —frunció el entrecejo.

Ella sonrió a duras penas, su expresión suavizándose —Bueno, realmente no le recomendaría que lo volviera a hacer, coronel. Otra mujer puede pensarlo.

Roy volvió a sonreír —Me ofende teniente, no voy persiguiendo mujeres por las calles de ésta forma.

Riza comenzó a caminar una vez más, él acompañándola a su lado—¿Sólo las que pueden dispararle?

Pasando una mano por sus cabellos azabache los acomodó hacia atrás —No iba a decir eso —sonrió. Pero ella no preguntó qué iba a decir y él no lo dijo—. Aunque supongo que se aplica también.

La rubia asintió calmamente y lo observó por un instante de reojo. Sus ojos caoba trazando el perfil de su rostro —Coronel, ¿qué hace aquí? ¿No tenía una cita?

—Ah... No se preocupe por eso, teniente —exclamó, restándole importancia con un gesto de la mano y volviéndola inmediatamente después al interior de su bolsillo—. Sólo quería hablar con usted.

Ella volvió la vista al frente —Si, señor —acatando. Sin embargo, cesó de caminar cuando la mano de él la tomó suavemente del codo, efímeramente; para luego soltarla al ver que había cumplido su cometido.

Notando que tenía su indivisa atención, dijo —¿Aceptaría discutirlo con una taza de café, teniente? —la sonrisa encantadora retornando a los labios.

Riza frunció el entrecejo —Coronel, no creo-

Pero él la interrumpió —Le prohíbo que diga inapropiado, teniente primera. Y eso es una orden.

Ella cerró calmamente los ojos y exhaló —Coronel, debo desobedecer su orden y decirlo de todas formas.

Roy se pellizcó el punte de la nariz y asintió —Eso temí. Aún así... ¿podría complacerme, sólo ésta vez? —la vio vacilar un instante—. Oh, vamos... teniente, ¿aceptó tomar parte en un golpe de estado por mi y no es capaz de aceptarme una taza de café? ¿Dónde está la Hawkeye racional que mis subordinados temen? —la vio torcer el gesto—. Respetan —se corrigió. Una sonrisa carismática en el rostro—. Respetan, eso dije.

Por supuesto, y conociéndola, sabía que tenía más probabilidades de convencerla apelando a la racionalidad que a otra cosa. Riza era así, después de todo. Y por esa razón la llamaban el soldado perfecto. Roy sabía, por otro lado, que había demasiado más de ella que su ridículamente infalible puntería, agudeza y capacidad de observación. Debajo de todo, debajo del exterior áspero y profesional y debajo de su actitud intolerante a las tonterías estando de servicio, se encontraba la persona que él había conocido muchos años atrás. Cuando había aparecido frente a su casa con tan solo un par de cosas, una sonrisa educada y carismática y la determinación de convertirse en el discípulo del alquimista que vivía allí y del que tanto había oído hablar. No había oído, por otro lado (y en ningún lado), que tuviera una hija. Por eso se había sorprendido al ver que quien le había abierto la puerta no era Berthold Hawkeye sino una niña de corto cabello rubio y expresión demasiado adulta –para su edad y gusto de Roy. Pero había sido cortés con él, y lo había examinado por un segundo con ojo crítico antes de deducir que buscaba a su padre por motivos de alquimia y luego se había apartado. Dejándolo entrar.

Ahora que lo pensaba, Riza no había siquiera vacilado por más de un segundo al hacerlo entrar –literal y figurativamente- y Roy no se había detenido en el hecho hasta el momento. Quizá –y a pesar de que ella rara vez compartía su vida con él, incluso en aquel entonces- había sido por esa razón que él se había compelido en el funeral de su padre a contarle sus sueños, por ingenuos que hubieran sido. Si, había sido intercambio equivalente, o de esa forma quería interpretarlo.

Si, él mejor que nadie lo sabía. Debajo de todo, del exterior, había una niña desamparada por su padre que había crecido demasiado pronto, una mujer marcada por una guerra y los errores de su pasado que no podía reparar. Y una persona amable pero más fuerte que muchas de las mujeres que Roy jamás hubiera conocido –y la lista era larga- y dispuesta a cargar la pesada carga que había elegido llevar sobre sus hombros. Las quemaduras en su espalda, que él mismo le había inflingido, y todas las demás cicatrices que sabía poblaban su cuerpo. Y la voluntad y determinación de seguir aquello en lo que creía hasta la muerte. Si, había mucho –mucho- más de Hawkeye de lo que ella dejaba entrever. Más que la persona dedicada y que tomaba cada segundo de su trabajo en serio –por irrelevante que fuera la tarea-, y más de la mujer calma y colecta que muchas personas veían.

Debajo de todo, su teniente primera era una mujer bondadosa y comprensiva –tal y como le había dicho a su sargento mayor cuando éste había traído a Hayate a la oficina por primera vez y temido que Riza lo obligara a devolverlo a la calle- e inclusive podía ser amable cuando lo deseaba. Sólo que él presionaba demasiado sus botones como para recibir porción de esa amabilidad demasiado seguido. De hecho, estaba seguro que era una de las dos personas capaces de meterse bajo la piel de Riza Hawkeye y alterarla, siendo la otra –sin lugar a dudas- la teniente segunda Catalina. Y eso era un hecho —¿Y? ¿Qué dice, teniente? —sonrió.

Y Riza sólo exhaló calmamente, negando de un lado al otro con la cabeza —Bien. Pero sólo una taza, coronel. Tengo que regresar a alimentar a Black Hayate, después de todo.

La sonrisa en los labios de él se amplió —No se preocupe. Personalmente me aseguraré de que llegue a su casa a tiempo, no queremos que su padre se enfade si la entretengo hasta tarde —bromeó.

La rubia torció el gesto —Eso no es gracioso, coronel —aunque no realmente afectada ni ofendida por el comentario. A fin de cuentas, ella había hecho las pases con su infancia y su padre mucho tiempo atrás, cuando Roy había quemado el tatuaje de su espalda con su alquimia, tras el final de la guerra de Ishbal.

El rascó su nuca y sonrió avergonzadamente —No. Supongo que no. Al fin y al cabo, Hawkeye-sensei no era exactamente ese tipo de persona.

La expresión de ella se suavizó mientras comenzaban a caminar, Roy guiando el camino y observándola de reojo eventualmente —No, no lo era.

Desviándose por la tangente, musitó, refugiando una vez más sus manos con guantes en los bolsillos —Conozco un lugar por aquí.

No le sorprendía que lo hiciera, no realmente. Después de todo, su superior conocía prácticamente todos los cafés y restaurantes del Este y gran parte de Central también, dada la cantidad considerable de citas que sostenía a lo largo de toda la semana e inclusive Havoc había estado al tanto de esto, preguntándole incluso –en una ocasión- a dónde podía llevar a una mujer con la que saldría una noche (pues aparentemente la consideraba especial. Diferente, había dicho). La cual a la noche siguiente lo había dejado tras ver al superior de éste por casualidad. Havoc había estado deprimido por una semana entera tras todo el asunto. Riza, personalmente, no lo culpaba. Breda, por otro lado, se había burlado del teniente segundo durante toda la semana. Aparentemente, Fuery, Breda y Falman habían apostado a que sucedería. Falman había ganado. Roy únicamente había observado todo entretenido desde su escritorio, papeleo olvidado.

—¿Qué sucede? —lo oyó decir segundos después, percatándose de que él la estaba observando.

Riza negó calmamente con la cabeza, una sonrisa sutil en los labios —No. Nada. Sólo estaba recordando algo, coronel.

—¿Algo placentero? —sonrió.

Pero ella volvió a hacer un gesto negativo —Neutral, podría decirse.

Él asintió y continuó caminando junto a Riza. La cual, tras unos segundos, se volvió a su superior —¿Terminó el papeleo?

Roy dejó caer su cabeza, rendido —Ah... no me dejará en paz ni siquiera ahora, ¿cierto?

—Si hiciera su trabajo no tendría que estar preguntándole, coronel —señaló perspicazmente.

—¿No ésta noche? —sugirió, esperanzado. La expresión de Riza se suavizó y asintió.

—Bien. Pero mañana tendrá que terminar todo el papeleo que no terminó hoy —replicó.

Roy frunció el entrecejo —¿Por qué asume que no terminé mi papeleo hoy, teniente? Si mal no recuerda, no respondí su pregunta.

Riza exhaló calmamente observando a su superior de reojo —Por la misma razón que asumo que el teniente segundo Havoc, que es fumador, fumará ésta noche, coronel —señaló a modo fáctico.

—¿Está insinuando que soy adicto a posponer, teniente?

Ella negó la cabeza con suavidad —No, coronel. Sólo con las cosas que no le interesan. Aunque empiezo a creer que puede ser alérgico al papeleo... —replicó con ironía, las comisuras de sus labios ligeramente curvadas hacia arriba.

Mustang sonrió de lado. A veces tendía a olvidar cuan ácido y agudo podía ser el humor de ella y sin embargo disfrutaba en las ocasiones en que lo usaba, aunque sólo cuando no hubiera terceros para ver su humillación (porque evidentemente siempre salía perdiendo) y cuando no lo llamara inútil o impotente bajo la lluvia, lo que sucedía seguido dada a su tendencia a no pensar demasiado las cosas antes de actuar.

—Ahora que lo menciona... —sonrió— puede que sea cierto. Quizá el Doctor Knox deba examinar mi caso, ¿no cree?

—No creo que vaya a estar complacido si se aparece en su casa otra vez, coronel. Menos aún para validar una excusa para no realizar su trabajo.

La sonrisa de Roy se extendió mientras caminaba a la puerta de una cafetería y la sostenía abierta para su teniente primera, haciendo un gesto dramático con el brazo que ella reprendió inmediatamente con la mirada —Coronel, si me permite decirlo, eso fue cursi.

El moreno enarcó una ceja, cerrando la puerta tras de sí y caminando un paso tras ella hacia una de las mesas junto a la ventana. Ah... Por supuesto, Riza Hawkeye era del tipo que hacía un agujero de bala en el estereotipo del cuento de hadas y suponía que tenía más de una razón para hacerlo. A sus treinta años había visto y hecho más que muchas mujeres de su edad y suponía que apegarse a algo tonto no era propio de una mujer práctica y sensata como ella, Roy lo sabía. Sin embargo, en muchas otras mujeres parecía funcionar, 30 años o no, quizá ese era el problema —¿La caballerosidad le parece cursi, teniente?

—Sólo cuando es exagerada y deliberada, coronel. Aprecio el gesto, por otro lado —una suave sonrisa agraciando sus facciones. Casi allí, casi imperceptible—. Gracias.

—De nada —replicó, complacido y sentándose en la mesa frente a ella—. ¿Entonces, funcionó?

Riza negó calmamente con la cabeza —No, lo siento. coronel. ¿Acaso funciona eso realmente?

Él sonrió arrogantemente y tomó el menú —Aunque le sorprenda, teniente. El 99% de las veces, lo hace.

No podía decir que le sorprendiera. No realmente. Había visto el tipo de mujeres con las que solía salir su superior (sin contar las que de hecho eran meramente informantes y las empleadas del local de Madame Christmas); despampanantes y del tipo que no necesitaba usar su cerebro para conseguir lo que quería. No que Riza Hawkeye las juzgara por aprovechar su evidente rasgo para ello. Cada quien hacía lo que podía con lo que tenía y lo suyo era el tiro y eso estaba bien por ella también, sus armas eran todo lo que tenía para alcanzar sus propios objetivos —¿Y el 1%, señor?

Roy hizo una seña a la mesera con su mano forrada de blanco y se volvió a ella, la sonrisa aún en su lugar —El 1% una teniente primera me llama cursi y exagerado y deliberado, teniente. Eso es lo que pasa.

En ese instante, una joven mesera se acercó a ambos uniformados. Observando por un segundo más del necesario al hombre militar antes de volver su atención a ambos. Una brillante y deslumbrante sonrisa en sus labios cuando rompió el silencio, sus largas pestañas oscilando rápidamente —Buenas noches, ¿qué puedo servirles?

Riza aguardó en silencio y observó a su superior hacer el pedido por ambos. Después de todo, llevaban demasiados años conociéndose y desde trivialidades como preferencias del café a relevancias como gestos de ojos y amenazas de no transmutar sin importar que ella estuviera muriendo, las sabían todas. Era inevitable, suponía. Hawkeye había estado a su lado más que nadie de su equipo y más que nadie en su vida realmente y Mustang estaba seguro que lo mismo podía aplicarse a la inversa. De hecho, ella había sido quien había preparado su primer café cuando se había convertido en el discípulo de su padre y él la había convencido de probar la humeante bebida también, si mal no recordaba. Y estaba segura que no lo hacía.

Ella, por su parte, observó el lugar con expresión neutra. Era un ambiente cálido, con paredes del color del café tostado –alternadas con blanco-, y no demasiado grande ni pequeño. Si tuviera que escoger una palabra para describirlo, diría que el lugar era acogedor –no que tuviera demasiada experiencia con la palabra, por otro lado; su casa era una casa- y la elección del lugar en particular le había sorprendido ligeramente. Después de todo, había creído que su superior elegiría un espacio más pomposo y llamativo para combinar con esa parte de su personalidad y no un lugar como aquel. Sencillo, pero agradable. Y el aroma a vainilla y canela en el aire la estaba relajando. Demasiado quizá.

—¿Qué?

Riza se volvió a él, sus palabras francas y llanas como siempre —No parece del tipo de lugar que usted elegiría, coronel.

—Me ofende teniente, ¿cree que elegiría algo más llamativo? —sonrió, observando la expresión neutral de la mujer rubia sentada frente a él.

De hecho, ese había sido su pensamiento y a lo largo de los años había observado que Roy y Edward-kun habían poseído la misma tendencia hacia las cosas llamativas (otro parecido entre ambos que Roy y probablemente Edward también, negarían). Sólo con una diferencia. Su superior era llamativo en el contexto de la elegancia (aunque tendía a exagerar bastante) y Edward-kun era llamativo en el contexto en que lo sería un niño de 15 años y Winry-chan se lo había dicho más de una vez, que él no debería ser quien eligiera presentes ni nada y que debería dejarle ese tipo de cosas a su hermano menor —Si, señor.

Él fingió sentirse herido por las palabras de ella —No sé de dónde puede haber sacado esa idea, teniente. ¿Sabe? No soy tan superficial y de todas las personas usted, más que nadie, debería saberlo.

La expresión de ella se suavizó ante esto. Si, lo sabía. Y lo había hecho desde el día en que él le había comentado su sueño frente a la tumba y desde el día en que lo había visto en la guerra también con sus ojos de asesino y odiando cada minuto de ello y era por todas esas razones que había decido darle la investigación de su padre y ayudarlo a alcanzar la cima. A alcanzar su ambición. Seguirlo hasta el infierno —Eso lo sé, coronel —puntualizó. Roy sonrió. Por supuesto que lo sabía. Su buen juicio era una de las razones por las que la mantenía a su lado, en su camino hacia arriba de su carrera militar. Aunque no una de las principales.

La mesera regresó cinco minutos después con dos tazas de café, las cuales colocó una frente a cada uno de ellos dos, y se marchó. No sin antes meter la mano en el pequeño bolsillo del delantal y depositar un par de servilletas de papel junto a Riza y otro par junto a Roy. La de arriba de todas escrita con pulcra caligrafía. Un nombre y un número. Sin embargo, y para desconcierto de ella, Roy no la tomó y la guardó en su bolsillo –como lo había visto hacerlo en otras (miles de) ocasiones- sino que la volteó y se limpió la boca educadamente con la parte no escrita para luego abollarla y dejarla a un lado de la mesa. Al ver que los ojos caoba de ella lo estaban examinando críticamente, dijo —¿Qué?

Hawkeye negó calmamente con la cabeza, recordando entonces algo que él había dicho aquel día —Coronel, ¿y su cita?

La sonrisa arrogante regresó a sus labios —Estoy en mi cita, teniente —había sido una jugada arriesgada, lo concedía. Pero había deducido que si había alguien capaz de decirle algo así a su teniente primera y salirse de la situación sin un agujero de bala era él. Aunque, por otro lado, las bases de sus suposiciones eran completamente narcisistas y carentes de valor real así que no daba del todo por sentado que ella no fuera a dispararle. En el mejor de los casos, sólo se pondría de pie y se marcharía y al día siguiente lo enterraría bajo una montaña de papeleo y le daría un trato distante. De hecho, era algo más o menos esperable.

En silencio, la observó tornarse seria de repente. Sus hombros tensándose ligeramente. Sus dedos cerrándose firmemente alrededor de la taza humeante —Estoy segura que no funciona de esa forma, coronel.

Él continuó sonriendo. Al menos si le disparaba, o rechazaba su proposición, entonces aún tendría su orgullo y su ego intacto. Dudaba poder decir lo mismo de su cuerpo si su teniente primera abría fuego contra él —¿Me está diciendo que hubiera aceptado si se lo planteaba de esa forma desde el inicio, teniente?

Riza negó tajantemente —No, coronel.

Roy dio un sorbo a su café —Mi punto exactamente —relajándose al ver que ella no tenía planeado –al menos no de momento- dispararle o marcharse. Y ahora que lo pensaba, no sabía cual de las opciones habría sido peor. Aunque dudaba que ella fuera a dejar las cosas allí.

La rubia continuó observándolo severamente al otro lado de la mesa —¿Entonces se conformó con secuestrarme, señor?

Roy dio otro sorbo calmo a su bebida caliente —Secuestro es una palabra fuerte, teniente. ¿No el parece? No es como si estuviera reteniéndola contra su voluntad. Y si, pareció el curso de acción más lógico a seguir.

Y Riza tuvo que preguntarse en qué ilógica mente la palabra lógica tenía sentido alguno en esa frase. Seguro, su superior era mucho más inteligente y capaz de lo que dejaba entrever al resto del cuartel –con su fama y todo- y era un manipulador experto. Lo había visto, no sólo en acción sino con el resto de su equipo, la forma en que se adelantaba a las acciones y los manipulaba para que decidieran algo haciéndoles creer luego que él mismo no había tenido nada que ver en el asunto. Era una habilidad, una que lo había visto usar con Edward y la misma que lo había llevado a crear el plan para liberar a la teniente segunda Maria Ross y a la vez revelar las intenciones de sus enemigos, así como había manipulado a Barry The Chopper para usarlo a su favor y poder averiguar qué estaba sucediendo realmente detrás de la milicia y con el asesinato de Hughes. Y era la misma habilidad (junto con su relación particular con Grumman) la que lo había hecho ascender rápidamente pero Riza generalmente había estado por encima de todo eso y había sido capaz de leer sus intenciones antes de que él mismo las manifestara. Sin embargo, ésta vez había caminado directo hacia la trampa. O quizá la había visto y había caminado hacia ella deliberadamente.

La idea la turbaba ligeramente. Ella habitualmente era más racional, más sensata y más cauta que eso. Caminar directamente a algo así, por más que hubiera sido voluntario y conciente o inconsciente (se inclinaba por lo segundo), era una jugada que ella no arriesgaría. Después de todo, Riza era una francotiradora y como en todo prefería poder observar el gran panorama desde un punto alejado –objetivo- y seguro y no había nada de objetivo y seguro en todo aquello. Él debería saberlo, pero Roy siempre tendía a apresurarse, impacientarse y actuar imprudentemente de todas formas. Especialmente cuando se trataba de ella. Si la situación con Gluttony, y Lust posteriormente, no era prueba fehaciente de ello nada lo era.

Exhalando calmamente, dio un sorbo a su café —Esto es una terrible idea, coronel.

Pero el moreno no se inmutó. En vez de eso, dijo —Veo por qué puede decir eso, teniente —sonrió—. Pero si me permite decirlo creo que fue uno de mis más brillantes planes, modestia aparte.

Riza se preguntó si su superior siquiera sabría el concepto de la palabra modestia. Lo dudaba —Aún así, coronel —musitó con voz cauta y un ligero borde incisivo—. No lo creo.

La sonrisa de él se derritió. Su teniente era prácticamente la única persona capaz de lograr eso —¿Está rechazando mi amable ofrecimiento, teniente primera? —replicó. Por un instante, había creído que su plan había funcionado. Sin embargo, debería haber sabido que Hawkeye se aferraría a las reglas al pie de la letra. Pero él seguía convencido de que si le presentaba un buen caso ella aceptaría romper las reglas por él una vez más. Después de todo, no sería la primera vez que lo hiciera y estaba seguro –y sabía que ella era conciente de ello también, y que aceptaba la parte que le tocaba- que no sería la última vez que debiera hacer algo así por su ambición. Riza misma lo había dicho, que era su voluntad la de seguirlo y que continuaría haciendo lo que fuera necesario para empujarlo a él hacia la cima. Roy no veía cómo esto era diferente. Ella probablemente diferiría.

La rubia cerró calmamente los ojos por un instante —Debo recordarle, señor; que no hubo ofrecimiento.

—Un tecnicismo —concedió él, restándole importancia con una mano mientras con la otra se llevaba la taza a los labios.

Pero Riza continuó —Además, me temo que sí. No tengo aspiraciones de convertirme en otro trofeo suyo, coronel. Sin mencionar que es inapropiado.

Roy, ante esto, posó firmemente la taza sobre la mesa. Golpeándola dos veces sobre ésta para llamar su atención, tal y como había hecho ella cuando había querido comunicarle mediante código que Selim Bradley era un homúnculo. No usaría código alguno esta vez, no veía el sentido, pero había sido un gesto suficientemente efectivo y dramático y lo había visto apropiado para su interlocutora —Resiento eso, no se me ocurriría siquiera tocarla.

La expresión de ella no cambió, en lo más mínimo pero supo al instante que había cometido un terrible –terrible- error. Evidentemente él entendía que su teniente primera, como mujer que era –y él estaba perfectamente al tanto de ello- se sentiría ofendida por su comentario. No, ofendida probablemente no llegaría a abarcar lo que sus palabras probablemente habrían ocasionado en ella. Al fin y al cabo, Hawkeye era una mujer con orgullo también, y él acababa de tratarla como a un insecto al que jamás llevaría a su cama sin importar qué. Y eso era una mentira también, no podía contar siquiera las veces que lo había pensado, incluidas las veces que se le habían cruzado por la cabeza en ese preciso instante.

—Eso no salió exactamente como lo pensé —admitió.

Pero ella sólo negó con la cabeza, semblante rígido —No, está bien, coronel.

Pero el moreno meramente negó con la cabeza —No, no está bien, teniente. No fue eso lo que quise decir, evidentemente.

—No tiene que explicarse, señor —aseguró, aunque su voz sonaba completamente monótona y profesional, como si estuvieran de regreso en la oficina. Y por el hecho de que aún no se había marchado, o aún no le había disparado, podía colegir que quizá había hecho algo más que ofenderla. Si, ese era otro de sus brillantes momentos donde todo lo que hacía era causarle malos recuerdos y probablemente arrepentimientos también. Últimamente y desde lo de Envy –que había sido El momento de los momentos de su idiotez, aún con razón justificada o no- parecía lograr hacer eso a menudo.

—No sea condescendiente conmigo, teniente. Soy perfectamente capaz de ver cuando estoy comportándome como un idiota —No puedo permitir eso. No puedo perderte. ¿Qué clase de situación es ésta? Permito que un niño me grite, que un hombre que busca venganza me de una lección sobre control... y te obligo a sufrir más recuerdos dolorosos. He sido un idiota. Lo siento—. Aún sin que me esté apuntando con su arma.

Pero Riza no dijo nada. En vez de eso, su expresión se tornó en una similar a la de aquella vez, y descendió la vista lentamente a la mesa. Al líquido negro y humeante en el fondo de la taza. Su mano sobre la mesa presionándose firmemente contra la superficie. La mano de él, revestida de blanco, fue a cubrir la suya. Haciéndola sobresaltarse ligeramente y retraerla en un acto reflejo y defensivo —Lo siento —se excusó su superior. Voz calma y controlada. Similar a la de entonces también.

Y ella no dijo nada, pero de todas formas no era necesario. Al fin y al cabo, nunca lo había sido. Aún entonces, aún cuando él se había disculpado ella no había dicho nada y simplemente se había dejado caer a su lado. Siempre a su lado. Sin importar lo que sucediera con ellos. Y esa era una de las razones por las que se esmeraba en mantenerla a su lado, de una forma u otra. No lo admitiría, menos aún a su subordinado fumador, pero Havoc había tenido razón. De todas las personas, de todas las mujeres en su vida, Riza había sido la que más había permanecido a su lado. Y Dios sabía que él no le facilitaba las cosas tampoco. No con su conducta en la oficina y no con su ética de trabajo. Sin mencionar las veces que la ponía en riesgo y las otras como aquella vez en que se comportaba como un idiota y la forzaba a casi cumplir la promesa de dispararle por la espalda.

Era un egoísta, si lo pensaba. Él le había pedido que cuidara su espalda en primer lugar y él la había atado a él en cierta forma al aceptar la investigación de su padre también. Al contarle sus sueños. Y al hacer todo lo que había hecho y ocasionalmente hacía para retenerla a su lado también, como terminar el papeleo tarde sólo para retardarla un poco más y anular cualquier posibilidad de otros planes para la noche que ella pudiera tener, aún cuando nunca hubiera oído de algo así. Después de todo, Hawkeye era y siempre había sido buena en separar diligentemente su vida privada de la personal y dudaba que si ella hubiera tenido algún plan con alguien más él se hubiera enterado. Ahora que lo pensaba la idea era particularmente frustrante, considerando que se trataba de su teniente primera. Y a pesar de todo, a pesar del lado insufrible y narcisista de su personalidad, y a pesar de todo lo que habían debido pasar para llegar hasta dónde se encontraba, ella seguía allí. Junto a él. Sacrificando cualquier vestigio de vida personal y medianamente normal que pudiera conseguir sólo por su ambición y su sueño de alcanzar la cima. Sólo por él.

Si lo pensaba detenidamente, no había nada de equivalente en ese intercambio. Y si tuviera opinión en el asunto, y Roy creía que la tenía, diría que algo debía hacerse con eso para rectificar la situación. Y él aceptaba esa responsabilidad como suya. Después de todo, y a pesar de la imagen de hombre egocéntrico y arrogante que tenía entre muchas personas –mayoritariamente hombres- del cuartel, Roy Mustang era un hombre decente (a fin de cuentas, Madame Christmas solía insistir en que lo había criado para ser un buen hombre) y de palabra. Y su principal prioridad era la seguridad y el bienestar de aquellos que estaban debajo suyo, de aquellos que confiaban en él y lo apoyaban y Riza era la principal de todos ellos (Hughes siendo la otra).

Pero por más que se mintiera y cubriera de buenas intenciones y razonamientos justificados toda su lógica, sabía que se estaba mintiendo. No del todo, porque todas esas razones eran reales y en vigencia y completamente válidas, pero su principal motivación era meramente egoísta —¿Entonces, estamos bien, teniente? —sonrió.

Ella asintió calmamente y tomó la taza entre sus manos, dando un sorbo más al poco café que le quedaba y alzando la vista a su superior. El cual tras un breve momento, añadió —Bien. Porque no era cierto lo que dije. Definitivamente me complace la idea.

La mirada de dureza de ella lo hizo retractarse inmediatamente. La sonrisa arrogante tornándose en una ligeramente vacilante —A-Ah... ¿Podría borrar eso del registro, teniente? —exhaló. Eran una tras otra las veces que metía la pata—. ¿Sabe? Habitualmente soy más elocuente con las mujeres.

Riza sonrió calmamente contra la taza, sus ojos del color del vino fijos en su superior —Eso puedo ver, coronel.

Él frunció el entrecejo —¿No me cree, teniente? —definitivamente su teniente se estaba riendo a sus expensas. Era sólo una sonrisa realmente, en realidad. Nada más. Pero para Riza eso era más que suficiente.

Las comisuras de sus labios se curvaron un poco más en una suave sonrisa más pronunciada —No, estoy segura de que es así, señor —aseguró, irónicamente.

Roy se cruzó de brazos. Era como si estuviera llamándolo inútil o impotente bajo la lluvia. Su carisma y encanto eran sus otros orgullos y su teniente primera los estaba aplastando como si se tratara de insectos. Y personalmente no le complacía —¿Sabe? Si usara todo mi carisma en usted, ya estaría rendida a mis pies, teniente —aseguró inflando ligeramente el pecho y con la curvatura arrogante de los labios de regreso.

Riza permaneció calma pero con la suave sonrisa en los labios —¿Quiere decir que no está esforzándose, coronel? —depositó la taza vacía sobre la mesa.

Su expresión se tornó una de frustración. Por supuesto que su teniente primera habría sido capaz de leerlo perfectamente, como siempre. Y si tuviera que admitirlo podría decir que sí, que se había estado esforzando a pesar de que la mayor parte le salía naturalmente, pero ella lo había reducido a cenizas con sus palabras y a la vez lo había expuesto como si se tratara de un fraude alguno. Era inevitable pero de decir que sí sonaría necesitado y Roy Mustang era todo menos eso. De hecho, eran las mujeres las que saltaban a su cama y no a la inversa así que se rehusaba a dar esa apariencia frente a ella. Por otro lado, de decir que no le haría creer que no le importaba. Y eso tampoco era una opción por lo que simplemente optó por la estrategia básica más segura. Responder con otra pregunta —¿Por qué, teniente? —sonrió— ¿Querría que lo hiciera?

—No dije eso, coronel. Simplemente preguntaba —replicó, serena.

Él, aun sonriendo, se puso de pie junto a la mesa y dejó sobre ésta la paga por los dos cafés y una generosa propina antes de volverse a Riza y decir —¿Lista?

Ella se puso de pie y asintió, luchando el impulso de llevarse la mano a la frente y chocar los talones. Aún cuando ambos todavía se encontraran en sus uniformes militares —Si, señor.

Y sin decir más ambos abandonaron el café y hacia la calle, caminando lentamente uno al lado del otro. Riza observando de reojo eventualmente a su superior —No tiene que acompañarme, coronel.

Pero Roy únicamente negó con la cabeza —Por supuesto que sí, teniente. Personalmente me comprometí a hacerlo y soy un hombre de palabra. Además, es mi deber velar por mis subordinados —ella sonrió calmamente y asintió, musitando un casi silencioso gracias antes de continuar caminando por las calles de la ciudad del Este junto a él. Ambos en silencio y disfrutando meramente la compañía mutua. Sin embargo, cuando el edificio de ella apareció en la distancia, Roy volvió a hablar.

Sonrisa arrogante en los labios, como siempre —¿Sabe, teniente? No era así como lo planeé —por supuesto, se refería a sus comentarios inapropiados sobre no tocarla y querer hacerlo luego, ninguno de los cuales había ayudado particularmente a su caso. Ni a la cita en general, a pesar de que ella hubiera negado luego que se trataba de una. Como había dicho, era meramente una cuestión de opiniones y perspectivas. Y suponía que, a aquellas alturas, inclusive ella había aceptado el hecho de que para él era una. Y quizá para ella lo pareciera también. Cualquier otro transeúnte probablemente lo pensaría.

La expresión calma persistió en sus facciones, las comisuras de sus labios curvadas ligeramente hacia arriba —Eso espero, coronel.

Ésta vez, sin embargo, no se ofendió. En vez de eso, replicó en tono presuntuoso —Puedo hacerlo mejor, teniente. La próxima vez ya verá —deteniéndose frente al edificio de ella y sorprendiéndola ligeramente con la respuesta. Pero antes de que pudiera siquiera decir algo, aclarar que eso no había sido una cita, o decirle cuan mal estaba todo aquello, él se inclinó ligeramente hacia delante –cerniéndose sobre ella- (como si fuera a besarla o repetir lo de la noche previa) y dijo tres breves palabras en su oído antes de voltearse y comenzarse a marchar con un gesto despreocupado a medida que se alejaba. Para luego meter ambas manos en los bolsillos y desaparecer a la vuelta de la esquina.

Buenas noches, teniente.