Esta historia fue escrita y subida a Fanfiction entre febrebro del 2012 y agosto del 2013, con otro nombre de usuario. Obra registrada en Safe Creative el 6 de julio del 2013, código 1307065389071. -OBRA EN EDICIÓN 2017-


Capítulo 9

¡Mierda! El video, Mike, él amarrado. No me saldría gratis, ¿qué me hizo pensar que sí?

Que me haya dado dos meses de recuperación no era por un acto caritativo de su parte. Él no daba un paso sin planificarlo. Seguramente esta sería su excusa para poder llevarme a la cama. Ya habíamos tenido varios encuentros, cada uno fue por desafío, pero ahora cuestiono el rumbo que tomaría. ¿Continuaría mi cautiverio hasta el momento de su matrimonio? Es lo que él desea. La forma de despedirse de su soltería. Se le notaba. Como si no pudiese meterse con otras estando casado. No creía que fuese fiel o que para el matrimonio fuese "sagrado".

Cuando estuvimos solos en el avión se dedicó a mirarme, pero en ningún momento dejó que nuestros ojos hiciesen contacto. Me hice la dormida un rato sólo para descansar de la tarea de tener que esquivarlo. Su mirada laceraba mis párpados, lo sentí. Sólo para molestarlo abrí los ojos de improviso y me encontré con su escrutinio. Mantuve firme la mirada. Sus cejas casi se juntaban. Unos mechones ondulados descansaban en su frente, refulgían con la luz. Sus labios eran una línea fina. Sus orbes no se movían, fijos, intimidantes. Ninguno de los dos pestañeaba; era una disputa.

—Dime, ¿qué es lo que ves? —su voz me trajo de vuelta—. No vayas a decirme que nada. Espero una respuesta convincente.

—Tus ojos —se largó a reír—. Son inquietantes —su risa mermó y se transformó en una mueca—. Tienen algo que… me impulsa. Como si quisiese tirarme al vacío.

—Y lo harás.

—Es una metáfora.

—Una realidad —concluyó seguro.

—Tal parece que mi respuesta sonó convincente —como si su mueca se desplazara hacia mi boca… él quedó serio unos segundos mientras yo sonreía con socarronería.

—Y ¿tú que veías? —cuestioné para desviar la atención de mí.

—Como caías al abismo —siguió el juego.

—Y tú te hundías junto a mí —respondí automáticamente.

—Me hundía contigo, en ti —se arqueó y flexionando los brazos a mis costados. Posó su nariz frente a la mía. Puse mi mano en su pecho a forma de contención.

Malas palabras, mal contexto.

—Lo he querido des de el día en que te vi —sus palabras susurradas, su aliento cosquilleando mis labios. Podía sentir la sangre irrigando hacia ellos. Preparándose. Todo se volvió abrumador. El ardor se concentró sólo en mi cara. En la boca que permanecía entreabierta, esperando. Exhalé, y en eso Edward aspiró audiblemente mi vaho—. ¿Por qué estúpida razón nunca he probado esa boca? —se aproximó todavía más. El roce explotó en un hormigueo, por consiguiente, en más calor.

—Porque eres un idiota —murmuré y todo se desvaneció.

— Tu rebelión me agobia —gruñó sin despegarse de mí—. Lo primero que pensé cuando te vi fue que te doblegaría. La seguridad de tu andar, la soberbia implícita cuando fumaste, me agobió. No lo soporté, ahora menos. Por esto cada milímetro de tu cuerpo lo pagará.

— ¿Más amenazas?

—Es una sentencia.

—No creo tus palabras.

— ¿Quieres hechos? —asentí, sin embargo, el arrepentimiento llegó de inmediato. Su rodilla separó mis piernas. Corrió mi pelo hacia atrás dejando libre el cuello, el cual recorrió con sus gemas, por detrás de las orejas, acariciando el mentón, el cuello nuevamente, hasta la nuca. Bajó por dentro de la ropa, haciendo unos giros extraños. Luego, llevó su lengua hasta el cuello, lamiendo el lóbulo de la oreja, trazando nuevos caminos por él. Su lengua lamió toda mi piel y sus dedos le acompañaron. Respiró a ritmo constante sobre la humedad que dejaba su boca, dándome la sensación de escozor. Me sentía en una nube vagando por el aire.

Sus dedos llegaron hasta mi sexo, deteniéndose al instante que me arqueé.

—No lo tendrás ahora. Puedo sentir el calor que emanas, no te he hecho nada y estás tan mojada. Este es el preludio, Isabella, lo tendré todo de ti.

Mierda. ¿Qué más daba si era ahora o mañana?, ya estaba perdida. Él sólo quería distender esto para sentirse el vencedor.

—Aunque para ti tampoco soy indiferente —moví mi pierna para tocar su polla que, claramente, había crecido.

—No he dicho que lo fueras.

— ¿Entonces?

—Entonces qué, esto lo haré donde y cuando yo planee. Aún tienes que recuperarte, no quiero que me eches la culpa si le pasa algo a tu brazo.

— ¿Y a qué viene eso? Si en todo caso igual dijiste que me matarías. Heridas más, menos, el propósito es el que cuenta ¿no?

—No me gusta que protestes ni que refunfuñes. Con lo que te haré seguramente te causaré dolor. Uno que no quiero, porque yo no seré su creador. Debes estar lista para el placer. El placer es el que realmente te domina. Quiero ser yo quien te guie por esa senda.

—Creo que es más por ti que por mí. ¿Piensas tenerme como entretención para tu despedida de soltero?

—Es una gran idea. ¿No lo crees?

Una voz sonó por el intercomunicador, avisando que aterrizaríamos en diez minutos. Edward volvió a su asiento, notoriamente feliz y malvado. Ahí estaba su lado oscuro y atemorizante, cuya profundidad desconocía. No luz, no resplandor, sus palabras no eran penetradas por nada. Lo que me indicaba que ahora venía mi verdadera tortura.

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No me detuve en detalles, ciudad, calles, casas, habitaciones. Insignificancias en las que no gastaría energía. Al final mi vida seguía siendo la misma. Escapar de un lugar, habitar otro por un periodo corto… Por eso las tardes que vinieron fueron monótonas, entre comidas, siestas y un kinesiólogo quien me había ayudado en la recuperación. En mi día a día no existía nada más. Ni siquiera el registro de las semanas.

Solía crisparme cuando los pasos de alguien se oían, sin embargo, siempre resultó ser una sirvienta o el kinesiólogo. Remitiéndome a este último, cada ejercicio fue realizado con estricto rigor, sabía perfectamente que Edward le había ordenado mi pronta recuperación, debía estar ansioso por venir y, para que mentir, al igual yo.

Reconocerlo fue difícil, pero estar cerca de Edward me gustaba.

Un sobre color hueso sellado con lacre apareció por debajo de la puerta. El mensaje me costó captarlo al principio.

Sin ropa.

Un minuto más tarde dos cajas aparecieron detrás de la puerta. La primera la reconocí de inmediato, era aquella donde guardaba los cigarrillos y la boquilla. La segunda, era de terciopelo y en su interior guardaba un par de guantes. Sí, de seda azul oscura y con encaje.

Al día siguiente otro sobre llegó con otro mensaje, y así consecutivamente hasta completar siete. Ordené los mensajes, se trataba de instrucciones.

Sin lesión ahora él podía venir y cumplir su palabra. Sin embargo, no se la daría fácil. Me fui al baño, me depilé cada superficie para luego ducharme. Las cicatrices del pasado y el presente estaban impresas en mi piel. No era porcelana como lo creía Edward, pese a que yo saco potencial a mi belleza eso no significa que fuese una modelo. La seguridad es un agente importante. Arreglé mi cabello que ya estaba más largo, pasando los hombros. Lo tomé en un moño alto y firme. Ensombrecí mis ojos, apliqué rubor y labial. Artilugios que mágicamente estaban en el cuarto de baño.

No supe discernir si sentía frío o nerviosismo. Los mensajes que Edward había enviado detallaban de cómo debía lucir hasta como debía comportarme, (aunque a esto último no le haría mucho caso): Estar desnuda sólo con los guantes. Encontré unos zapatos Louboutin Pigalle en el closet y los calcé.

Había seguido las indicaciones de Edward al pie de la letra, al menos a lo que mi presentación se trataba. De espalda a la entrada sentada en la cama, vestida solo con guantes y zapatos, fumando…

Me enervé al instante en que la puerta se abrió. Una leve brisa me puso los pelos de punta. Se proyectó una sombra desde el umbral, la vi moverse. Despacio, casi sin hacer ruido. Sus pisadas aumentaron la adrenalina que ya desinhibía mis sentidos. Se quedó a un centímetro de mí. Estático. Sus manos en mis hombros fue lo que sentí después. La presión de sus dedos fue relajándose a medida que se encaminó por mi espalda. Llegó a la cadera y se aproximó a mi oído.

—La avecilla canta su trineo sollozante. Desgarra el alma del oyente. Tributo deshojado, fusionado a un trino. A un cuervo —su cuerpo se apega al mío, su desnudez me llena. La sangre caliente aumenta más su temperatura, como si eso fuese posible. Los latidos de su pecho traspasaron mi espina dorsal. Fumé una última vez—. Ven muerte. Arráncame las córneas. Tus vasallos han cesado. Los cuervos se quitan los ojos, no hay esperanza para aquellos que comparten el dolor.

¿Era una canción lo que me recitaba? Creía haberla escuchado antes.

Nuestra piel continuaba en contacto. Sus piernas me envolvieron por la cadera y, tomando las mías, las abrió. Su caricia llegó hasta mis muslos, rodeando la ingle, jamás tocando mi sexo.

—Tienes miedo del beso que profane tu carne. Más le temes a aquel que arranque el aliento que negaste. Cuervo canta en la hora marchita. Ave tenebrosa penetra la niebla que en la soledad debo hundirme.

El silencio se volvió ensordecedor. En su poema no había nada erótico o alusivo a eso. No obstante, su voz chocó en mí, baja y profunda, yéndose a ese lado que luchaba y que sufría. Me arrastra con él.

—Me deseas —murmura con lascivia.

—Lo hago.

—Ahora. ¿Lo quieres? —deja un reguero de besos en la nuca. Lamiendo después hasta la mandíbula donde mordió repetidas veces. Le costaba concentrarse. Su erección era evidente. Él al igual que yo, ardía.

Me tiró un brazo hacia atrás, colocando mi mano en su polla. No permitió que me voltease. Estar así era bastante incómodo. Apreté mi puño, su garganta emitió un quejido.

—Lo quiero —declaro.

—Ahora no es el momento —¿me estaba tomando el pelo?

—Si quieres torturarme, yo también puedo hacerlo.

—No lo harás.

— ¿Qué te hace estar tan seguro?

—Esto —sin previo aviso, pellizca mi clítoris muchas veces. ¡Oh maldita mierda! Mi vientre se contrajo, y algo abrasante se disemina por mis labios. Lanzo un leve gemido.

—No te contengas, no creo que puedas —incesante en su cometido, no se detiene un momento. Comenzaba a retorcerme, pero su barrera me lo impide. Me duele el hombro y la muñeca, desde el ángulo que me encuentro sujetar su polla es más que molesto.

—No he dicho que la sueltes —demanda. Tampoco deja que me zafe. Lo que tampoco permite es que me venga. Sus dedos son mi calvario. Estertores amenazan con recorrerme, pero él tiene inmovilizado mi cuerpo. El sudor es lo que me viste ahora, junto a la agonía de los orgasmos inconclusos que a ratos me hacen perder la noción. Solo da espacio para que pueda mover mi mano alrededor de su verga. Intento hacer lo mismo, no dejar que se corra, pero mantiene firme su mano en mi muñeca.

—Por supuesto que no —digo y entierro mis uñas en su miembro. Aunque la seda amortigua un poco, igualmente debe dolerle. Su gruñido me hace sentir bien. Cabrearlo era lo que me gustaba y más en esto cuando él tenía cierto poder sobre mí. Con esto, deja mi mano en libertad y cambiamos de posición. Mejor dicho, él cambia, poniéndose de pie. Me guía hacia fuera.

El aire gélido me azota al instante. El cielo deja entrever la luna, iluminando por partes un par de arbustos a los alrededores. No tengo idea hacia donde nos dirigíamos. Aunque preguntase dudaba que la respuesta me fuera dada.

Una gota se desliza por mi cara. El cielo hacía presagiar lluvia, el único resquicio despejado era para darle paso a la luz lunar.

—Edward —advierto—. Comenzará a llover —pero él no se inmuta y continuamos caminando.

La oscuridad se cierne sobre nosotros. El sudor hiela mi piel rápidamente. No obstante, el contacto de nuestra piel guarda rastros de calor. Los tacones se enterraron en el fango. Llegamos a una laguna. Reparo en mis manos enguantadas, la seda refulge la plata del firmamento. Heridas encerradas bajo la tela…

—Ahora morirás junto a mí —mi corazón late desbocado. Su risa pérfida vibra desde sus dientes. Retrocedo un paso, sólo lo que Edward me permite, su pecho de piedra me obstruye el escape—. ¿Dime si no es excitante, Bella? —y me lanza con él al agua.

Todo era lóbrego. La desesperación no llega, me dejo hundir pasiblemente. No le daré el gusto de verme sufrir. Sin embargo, su mano no me suelta un segundo, inclusive me ayuda a emerger. Respiro hondamente. Lo miro con odio.

— ¡Estás demente! —grito jadeante. Sus ojos me atraviesan y me rodea por la cintura con sus brazos.

—Muere conmigo, Bella —su cabello mojado, más la poca luminosidad, se vislumbra negro—. Muere conmigo, por favor —¿más metáforas?

La lluvia salpica en el agua, aplacando su voz. Puedo notar el morado de sus labios, la blancura extrema de su tez.

—Edward, tengo frío —su dedo helado me silencia. El cielo llora. Edward lo parece, las gotas resbalan por sus mejillas.

Ya no siento nada de la cintura para abajo.

—A pesar de permitirme hacer lo quise hoy, siempre vas a la batalla. Luchas. Haces que los planes cambien su rumbo. Que yo no pueda pensar con claridad. Soy débil. Hierves mi sangre, me quemas. Bella, tú haces que sea contradictorio, que no sepa qué pensar, que me comporte como un pendejo. No me importa la vida, soy un asesino... Quizás nunca tuve un desafío como tú.

Me hubiese hartado de ti, de tu coño. Después, al igual que ahora, te hubiese traído y aquí te hubieses hundido, serena, sin que nadie más tocase tu cuerpo. Ni una marca más, ni un corte. Sólo la pureza del agua llevándose de ti la vida. Desde mis manos te marcharías, éstas serían las que te sostendrían mientras te ahogarías, pero no, tú me haces dudar. Cambias los planes.

Fuiste al escondrijo de esos infelices, por ti pude hacer lo que esperé durante años. Matar a Demetri, falta Félix y mi felicidad estará completa. Rescatarte cambió todo. Aquí era el lugar, pero no lo mismo. Ya no morirás así, no corporalmente. ¿De qué sirve esa muerte? Nada trae consigo, sólo una lápida de mármol. No hay entrega, no hay un alma que combata contra otra.

No tienes frío, tienes miedo, ¿por qué? No había miedo en ti antes, ni siquiera cuando las balas atravesaban el espacio, ni cuando él te tuvo en su escondite. ¿Por qué ahora? ¿Le temes más a las palabras que a una ametralladora? Es inverosímil. Las palabras son para los débiles, para quienes son persuadidos. No para ti. Estoy expuesto, más expuesto que nunca. Este juego es real, Bella. Perderemos siempre e intentaremos dar vuelta el resultado, así estaremos, constantemente.

—A ¿qué quieres llegar? —siseé tiritando.

—Muere conmigo —argumentó con total seriedad.

— ¡Sé claro por favor!

—Necesito que mates una parte de mí. Si mueres conmigo ahora. Yo no tendré pasado, ni futuro.

¡Maldición! ¡Qué extraño es este hombre!

El espacio se hizo nulo. La lluvia me pareció más cálida. Sus ojos turbios me deslumbraron. Ardía el deseo en ambos. Antes del amanecer, la hora más oscura. Edward y yo encontrados en medio de la penumbra. No quería más palabras, ni más explicaciones engorrosas. Cedería…

Hielo abrasó mis labios. Los suyos; suaves y duros, se amoldaron a los míos. Apremiantes, despertando la sangre, éxtasis por las venas. Un beso narcótico, la mezcla de veneno y hiel. El beso se intensifica, como si ambos quisiésemos beber la vida del otro. Mordiendo, lamiendo. Respiraciones entrecortadas, alientos fundidos. Todo a la vez. No existía paz ni dulzura. Dos almas oscuras ocultándose, aplacándose. Dos almas oscuras libres en el universo que de pronto colisionan con fuerza brutal.

Edward tiró mi labio inferior. Recorrí con mi lengua sus labios por dentro, por fuera delineándolos. Casi en un acto primitivo y caníbal. Era el caos. Tanto así que no me percaté del momento en que aclaró y que Edward me arrastró hacia la orilla. Pensé que follaríamos, sin embargo, él susurró:

—Estás congelada.

Ni semejante al fuego que inunda por mis venas. Irregularmente trague aire. Llevé mi cara de nuevo a la suya, besándolo con intensidad.

—Bella —él jadeó y me acunó a su pecho—. Una parte de mí ha muerto contigo esta noche.

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El tan anhelado día llegó, regresaríamos a Forks. Nos dirigiríamos por vía terrestre. Lo que fue un alivio, ya me es un trauma volar con Edward. Pese a que nos sentamos juntos estuvimos quietos ni siquiera nos miramos.

La sensación de nostalgia me acompañó mientras veía los árboles de follaje perenne que precedían a la mansión de los Cullen. También la emoción me embargó, pues fue como retornar a casa, aunque no fuese la mía. Necesitaba ver caras conocidas. Apenas vi a los dos leones de la entrada salí hecha una bala. Esme y Carlisle me atosigaron con sus "cariños" y palabras de ánimo. Ya no había disculpas por el ataque, fue mi culpa, pero se notaba que estaban aliviados al verme. Sólo me preguntaron cómo me sentía, nada relacionado con lo ocurrido.

Gianna me esperaba en mi habitación.

— ¡Maldita Bella! —fue su afectuosa bienvenida.

—Gracias, yo igual…

— ¡Cállate tonta! Mujer idiota, sospeché que irías por mal camino.

—Tengo ideas muy estúpidas —me estrechó a ella enérgicamente.

—Sobreviviste. Es todo lo que vale. ¿Es cierto que él te encontró?

—No quiero un interrogatorio.

—Lo lamento.

—Sí, Edward fue. ¿Y qué haces aquí? Trabajas para Billy Black por lo que tengo entendido.

—Con el asunto de la boda necesitan gente extra.

—Es privada, muy íntima…

— ¿Dices por el número de personas? Ellos tienen muchos socios, han escogido con pinzas a quienes invitaran. Es más familia, por eso la organización y la seguridad no deja de ser menor, mucho menos por la cantidad de gente. Circuló el rumor de la cancelación de la ceremonia por el ataque que sufriste. Edward no mencionó que estabas viva, querían declarar duelo. Siéntete importante, sólo con la familia lo hacen o alguien muy especial. Te has ganado su aprecio.

—Tal parece —sin contar a los padres y a Edward, el resto de la familia era un misterio. No me interesaba relacionarme con ellos tampoco.

—Que tonta, hablándote aquí como si nada, supongo querrás descansar.

—Te lo agradecería, estoy agotada.

La perspicacia se asomó en sus facciones, la pregunta estaba hecha. Era evidente de que algo andaba mal.

— ¿Sucede algo?

—Estoy hecha mierda. —Me quejo.

—Eso lo puedo notar. El asunto es ¿por qué? Vale, el secuestro, me disculpo otra vez.

La noche había agotado mi energía. La intensidad con que se dieron las situaciones. No tenía ganas de mentirle ni de ocultarlo.

—La cagué —declaro aterrada.

— ¿Cómo?

—Lo que has oído. La cagué. He dejado que Edward llegara lejos, muy lejos. —Llevo una de mis manos hacia mi entrecejo.

— ¿Follaron? —Su pregunta suena a reproche.

—No. —Hago una pausa para tragar saliva—. Me gusta —decirlo es más extraño aún, pues confirma lo que siento.

—Bella —dice golpeado.

—Lo sé, estoy cagada —respondo abatida.

—Pero puede ser sólo sexo ¿o es acaso que lo quieres?

— ¡No!

Tan loca no estoy. Enamorarme de él está por completo prohibido. Todos mis planes se irían a la mierda.

—Bella si sólo te gustase.

—No lo quiero, no puedo. Sólo que él me… descoloca, ¿comprendes?

Me cuesta hacerme entender, pues ni yo misma tengo claridad de la situación.

—Formulé mal la pregunta, no te digo que lo quieras de amar, sino ¿qué quieres de él?

¡Mierda! Gianna había dado justo en la llaga.

—Su muerte… —digo sin pensar, pues recuerdo lo que me declaró… que una parte de él había muerto esa noche. Que yo le quité algo…

—Bella qué demonios —ríe un poco, pero yo no le seguí, entonces ella comprende que le hablo en serio.

—Explícate mejor.

—Nada. Vete por favor. Estoy divagando.

—Okey. Descansa.

Gianna se marchó con muchas cosas que comunicarme y muchísimas más por cuestionar. Lo vislumbré.

Debía buscar un pasatiempo, estar encerrada terminaría por volverme loca. Hacer algo productivo aparte de existir, porque eso era lo único que hacía, vivir, como si fuese un gran logro, aunque según las circunstancias podría afirmarse.

Edward se sumergió en la tina conmigo, no me había dado cuenta que sentía tanto frío hasta que mi piel escoció y el vapor se desprendió. Estuvimos allí hasta que nuestra temperatura se regularizó, quizás un poco más. Él fue por algo de vestir. Me ayudó a secarme, aún estaba un poco tullida. Tal como lo hizo durante las horas pasadas, me condujo de regreso a la cama. Se acurrucó junto a mí. No hubo más besos, ni conversación. Sólo su abrazo me cubrió. Su respiración lenta me arrulló. Me costó concebir el sueño, las imágenes de lo ocurrido eran muy claras y me atormentaban. Era todo tan inverosímil… Al despertar él ya no estaba.

—Bella, tendrás que superarlo —repetí para poder apaciguar mis pensamientos. Superar algo que me había costado millones en reconocer. Dentro de todo lo complejo que es Edward existía algo en él que me gustaba. De una forma retorcida, pero lo hacía. Total, ya estaba jodida, ¿qué más podría pasar? Esa parte de mi alma ya estaba muerta, sucumbida a él. Al Cazador, al verdugo que me arrebató la esencia de una manera tan particular. Sin duda un beso puede destruirlo todo…

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Lo bueno de la boda de Edward es que a todos los mantenía lo suficientemente ocupados como para preocuparse de mí. En mi ausencia mis padres me habían enviado otra carta. Por lo que pude leer entre líneas las cosas se habían complicado para ellos también. Donde estaban ya no era seguro. Me sentí horriblemente culpable. Llegar a Demetri fue un error gravísimo. ¿Vulturi a quién quería realmente a mí o a mi padre?

Al final ni siquiera descansé, continué con la labor que me hizo llegar hasta Demetri. Saqué una hoja y un bolígrafo para apuntar las ideas que se me venían después de leer algún antecedente.

Demetri amaba a Elizabeth, pero ¿qué papel desempeñaba Felix, Marcus? Eran parientes, para ellos la familia lo es todo. Deben haberse unido para limpiar su honor.

No me tragaba eso de que Edward no la quisiese, ¿quién no me decía que Edward mató por despecho? Porque estaba con otro hombre y no con él. No sería para nada extraño contando la personalidad obsesiva de él.

Escribí después:

Edward mató a Elizabeth desatando la ira de los Vulturi. Charlie trabajaba para los Cullen, limpiaba y hacia el trabajo sucio de ellos, al igual que Phil. Él y Phil eran amigos.

Swan no quiso hacer algo, advirtió a Billy que Edward estaba enfermo. ¿Phil sabrá qué fue lo que Charlie no quiso hacer? Por las fechas está relacionado con la muerte de Elizabeth, ¿acaso Edward le mandó a matarla y a eso él se negó?

¿Quién era Elizabeth realmente? ¿Cómo Edward la conoció?

Las siglas de los archivos coincidían E.M. Aún no conocía el apellido. ¿Cuántos socios tendrían? Gianna mencionó algunos la tarde que trajo la carpeta, pero no le presté atención. Lo que me hizo preguntarme ¿si quisieron vengarse de algún socio? La enemistad de los Cullen con los Vulturi era muy antigua, pero atacarían directamente, no con la supuesta enamorada del hijo. Era muy básico.

¡Piensa, Bella!

Le echaría otra hojeada con mayor detención a la información de los negocios de los Cullen. Leo.

Vincent Cullen, sólo a él se le nombraba, no tenía información más antigua. Su mayor socio era John Black, éste fue estafado por T. Witherdale. Entonces J. Black al no tener suficiente dinero no le quedó de otra que convertir a otro en su mano derecha: Filippo Masen.

¡La segunda sigla! Masen. Me suena… ¡El apellido de Esme! Esme Anne Plat Masen.

Busco lo relacionado con la familia de Filippo… Masen dejo de hacer negocios con Cullen, porque Vulturi le tenía mejores ofertas y más regalías.

Esme se casó con Carlisle en un pueblo pequeño. En un lugar secreto, por lo que me lleva a concluir que su relación estaba prohibida. Si fuese así ¿no deberían ser enemigos de los Masen, no de los Vulturi?

Vuelvo a pensar en Elizabeth Masen. Un Masen involucrado con los Cullen y los Vulturi otra vez. No obstante, era familiar de Esme, por lo tanto, familia de Edward igual. No directa, pero la sangre y el apellido se respeta.

Leo otro tanto, concluyo otras cosas.

Estoy rebanándome los sesos, no logro entender… ¿y si este registro con nombres estuvo en poder de Swan y mi padre…? Sin duda Phil sabía mucho más de lo que aparentaba. Él conocía más que nadie al hombre reservado y hosco de Charlie. ¿Phil qué sabes tú?

Edward, por él era que estaba en esto. Sus decisiones fueron las que repercutieron en nosotros. Habíamos tenido un encuentro, pero nuestra relación se limitaba a enfrentamientos, varios de ellos sólo por lujuria. No era cosa fácil conseguir las respuestas a mis preguntas, pues hablar directamente con él de esto sólo traería malos resultados.

Tal vez papá no sabe nada y lo culpan por ser cercano a Charlie "Vulturi quiere información, pero mató a quien la tenía".

Otra cosa me daba vueltas. No había detalles de la muerte de E.M., no como en el resto del catastro. ¿Esto habrá sido intencional? ¿No hubo detalle de E.M. para encubrir qué…?

Por otro lado, Elizabeth sigue siendo un misterio para mí, allí donde miro está impreso su fantasma: en la vida de Edward, en nuestros enemigos, en mis padres.

¡Quién eres Elizabeth! ¿Qué querían todos de ti? ¡Qué quieren de ti!

¿Y si no está muerta y todo esto es una farsa inventada por Edward y ella?

¿y si Edward no sabe que está viva y Charlie sabía su paradero? Él era bueno haciendo desaparecer gente y Phil haciéndola escapar…

No es una teoría muy tonta, puede ser. Como estaban las cosas me esperaba cualquier resultado.

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Gracias por leer y comentar (: