Disclaimer: Thanks to LyricalKris for letting me translate this story! Solo me adjudico la traducción. ¡Disfruten!


Capítulo 9

El silencio de Edward era enervante.

Para ese entonces, debía estar acostumbrada a silencios intranquilos entre ellos, pero esto era, de alguna forma, diferente. Le faltaba el peso de la inminente tempestad. No estaba molesto, no hoy. No rechinaba los dientes o fruncía el ceño, pero estaba distraído.

De una forma u otra, serían unos días largos.

Aunque algo había cambiado, definitivamente. En su distracción, Edward actuaba más como el chico que recordaba. Le quitó el bolso cuando dejaron a su familia, moviéndola hacia su propio hombro. En la fila de aduana, automáticamente le tendió una mano de apoyo cuando se tambaleó al quitarse sus zapatos.

Bella se disculpó para pasear alrededor de una de las muchas tienditas alrededor del SeaTac. Compró una variedad de libros de acertijos para mantenerse entretenida y regresó lentamente. Cuando finalmente regresó a la sala de espera, estaban comenzando a llamar al primer grupo.

Para cuando colocaron su equipaje de mano en los compartimientos superiores, Edward todavía no había dicho ni una sola palabra. Bella quería estar molesta, pero tenía que admitir que se estaba apegando al contrato que estaba doblado y guardado en el protector de su tablet. No había escrito nada acerca de charla casual.

Se preguntó lo que estaba pensando al ver cómo su labio inferior sobresalía ligeramente. La expresión en su rostro estaba en blanco.

—Disculpe, señor. Estamos listos para despegar. Agradeceríamos que apagase su teléfono. Disculpe las molestias. —La voz de la azafata provocó que Edward saltara. Paseó su mirada de ella hasta el teléfono en su mano, distraído.

—Oh, sí. Lo siento.

Bella lo observó por el rabillo del ojo, curiosa. Estaba realmente desconectado.

Quitando ese pensamiento de su cabeza, Bella volvió su atención a su libro de acertijos.

Estaba profundamente concentrada, tratando de encontrar la respuesta a una pista que la fastidiaba cuando una suave voz murmuró la respuesta en su oreja. Se volteó, sorprendida de encontrar su cuerpo inclinado hacia ella, pero sus ojos centrados en la página.

Tragando el bulto que había subido, repentinamente, a su garganta, Bella bajó la mirada a la página. Por supuesto, su respuesta coincidía. Sus labios se movieron, e hizo su mejor esfuerzo para no sentirse intimidada. Edward era inteligente. Ella no era idiota, pero no quería lucir tonta.

Escribió su respuesta con letra cuidadosa, preguntándose si apartaría la mirada rápidamente. No lo hizo, y en su lugar señaló otro espacio más abajo.

—Excitar —murmuró.

Por un momento, con su voz tan baja y cercana, Bella casi olvida lo que estaban haciendo. Parpadeó, pero se calmó, escribiendo su segunda respuesta.

Él se movió de nuevo, su cuerpo ahora más cerca al de ella.

—¿Qué diablos es un pato de pantano? —dijo en voz alta, pasando su dedo por la pregunta.

—Un pato colorado —dijo Bella, escribiendo la respuesta.

—¿Colorado? —repitió, sonando perplejo—. Me estás diciendo que hay un pato llamado colorado.

En lugar de discutir, pasó las páginas y llegó a la página de respuestas, señalando la palabra correcta. Trató de no sonreír con suficiencia, pero no funcionó.

Él dio un toque con su índice la punta de su nariz.

—No seas arrogante.

Era un momento sorprendentemente relajado, y parpadeó de la impresión. Sus labios comenzaron a fruncirse, como si recordara, de pronto, que no se suponía que fuesen amigos, y comenzó a alejarse.

—Uh… ¿Y esta? Tengo problemas con esta. —Regresó a los acertijos en los que habían estado trabajando y señaló un número un poco más abajo.

Su mirada fue a la suya, sosteniéndola por un momento antes de bajarla.

—Eludir —respondió.

—Correcto.

—Y esta es engatusar.

Era, pensaba, un inicio esperanzador. A pesar de la promesa de Edward de estar más calmado, todavía estaba nerviosa por estar sola con él por días. Comenzaba a preguntarse si había alguna esperanza de que pudiesen averiguar cómo coexistir en paz.

~0~

Edward se levantó lentamente, confundido, por un momento, de dónde estaba. Primero que nada, la habitación era demasiado brillante. Nunca era así en Forks.

Correcto. Estaba en Carmel, a dos horas de San Francisco. Solo. Con Bella.

Era uno de esos lugares retirados con cabañas a lo largo de la playa. Era un lugar hermoso y acogedor. Había una cocina, sala, y un lujoso dormitorio. Ya que habían llegado tarde, Edward se había acostado en el sofá y se quedó dormido después de cinco minutos de haber llegado.

Levantándose, Edward se estiró, las articulaciones de sus hombros y cuello sonando. Vaciló un momento al llegar a la puerta de la habitación antes de tocar suavemente. No hubo respuesta. Parte de él esperaba que Bella siguiese durmiendo. Pensaba que tal vez le podrían servir unos minutos de silencio para sí mismo antes de pensar cómo quería pasar el día.

No era que Bella demandase tanto su atención. Le había dado tanto espacio como podía en el avión y luego en el auto. Definitivamente no lo estaba presionando.

Cuidadosamente, Edward abrió la puerta un poco y echó un vistazo. Viendo que la cama estaba vacía, abrió la puerta por completo.

Encontró a Bella con facilidad. Cuando la vio, su respiración se detuvo. Estaba en el balcón, apoyada contra un pilar. Su cabello estaba suelto, moviéndose con el suave viento mientras miraba el océano. Tenía puesta una bata, ceñida a su alrededor.

Era uno de esos momentos etéreos. Era hermosa.

Algo dentro de él susurró que ella era suya. Tomó un paso hacia adelante, queriendo nada más que ir hacia ella, pero luego se detuvo. Recordó dónde estaba, en espacio y tiempo, y que nunca había sido suya. No realmente.

Aún así, continuó su camino, ahora sin tanto propósito, hacia el balcón. La brisa fría de la mañana lo sorprendió. No era igual que Forks o la costa este. Cerró los ojos y respiró suavemente.

Cuando exhaló, de alguna manera se sentía más tranquilo. Tantos meses de rodearse de los cielos oscuros y el humor sombrío de Forks habían hecho efecto. Esto parecía un mundo distinto. La arena parecía cálida y atractiva. El cielo estaba despejado, un azul brillante que Edward había olvidado que existía. Las olas rompían contra la playa semi privada a un ritmo tranquilizante.

Por primera vez en un largo tiempo, Edward no sentía rabia, dolor o miedo.

Dejó que sus ojos regresaran a la figura de Bella. Ella todavía no había notado su presencia en el balcón.

Cada cierto tiempo solían hacer grupos de compañeros para ir a la playa de La Push, First Beach, o si estaban de humor para una caminata, continuarían a Second Beach. Recordaba cuánto le gustaban a Bella los pozos, pero siempre tenía una mirada insatisfecha cuando miraba el océano.

Tomó su mano entre la suya, dejando que sus dedos la calentaran.

—¿Sabes qué apesta de estas playas?

Él la atrajo más, envolviendo su cintura con su brazo y enterrando la punta de su nariz contra su cabello, acariciando suavemente.

—¿Qué cosa?

—No puedes sentarte en la playa y mirar las olas. Es muy frío. Y las rocas no son tan cómodas como la arena. —Cerró los ojos, respirando el frío aire de mar—. Quiero hacer eso algún día. Quiero sentarme en una playa cálida y observar las olas. —Mirándolo, arrugó la nariz, sonriendo—. Y ya sabes, tal vez meterme al agua sin preocuparme por congelarme.

Él le sonrió de vuelta y la besó.

—Lo haremos. Haremos todo.

Copiando su postura, Edward cruzó sus brazos.

Alguna vez, Bella y él habían hablado incesantemente de las cosas que harían, los lugares que visitarían juntos. Edward había tenido que vivir la vida que soñaron, pero sin ella. Cuando viajaba, la pensaba, preguntándose con quién estaría viviendo estas experiencias.

Ahora era distinto. Estaba dispuesto a apostar que nunca había salido de Washington.

Caminando, se estiró y tocó su brazo. Ella echó un vistazo sobre su hombro, su expresión cautelosa.

—Hey. —Su voz era suave, casi inaudible por las olas.

—Hey —respondió—. ¿Llevas mucho tiempo despierta?

Regresó su mirada al agua.

—Una hora o dos.

Las comisuras de sus labios se levantaron.

—¿Solo observando las olas?

De nuevo, dio un vistazo sobre su hombro hacia él. Se acordaba. Podía verlo en sus ojos. Había algo agridulce en su expresión.

—Sí.

—Eso es bueno.

Cayeron en un silencio por unos segundos antes de que Edward aclarara su garganta. Le tomó unos segundos identificar el sentimiento tenso e incómodo en el fondo de su estómago como nerviosismo.

—¿Alguna vez has estado en San Francisco?

—¿Además de anoche? —Negó.

Otro momento de silencio mientras peleaba consigo mismo.

Aquí afuera, con la luz del sol, sentía que podía tocar los temas con algo de racionalidad, pero al mismo tiempo, era cauteloso de estar sin ira. Muy aparte de si era verdadera o no, la ira se sentía más que cualquier cosa.

Recordaba cómo era justo después de que Bella lo abandonara. Recordaba sentirse tan frágil.

Ya no quería estar molesto con ella, pero todavía no estaba listo para hablar.

Lo que podía reconocer era que estaba equivocado acerca de la imagen que construyó por todos esos años. Incluso si no era su amor, estaban atrapados aquí juntos. Ella hacía una cosa increíble por su madre. Por sobre todas las cosas, era una buena persona.

Por sobre todo, quería que tuviese las experiencias con las que había soñado.

—Iré a vestirme —dijo finalmente, su tono claro—. Podemos ir a desayunar, y llegaremos a la ciudad con suficiente tiempo como para turistear un poco.

Por tercera vez, lo miró por sobre su hombro. La sorpresa estaba en sus lindos rasgos. Lo estudió, luciendo insegura, antes de sonreír. Solo era el espíritu de una sonrisa, pero allí estaba.

—Eso sería genial.

~0~

Era un buen día.

Bella estaba nerviosa por el camino en el auto, pero sus preocupaciones eran tontas. Edward solo había hablado suavemente, preguntándole si había algo en particular que quisiera hacer. Ya que había estado allí varias veces, le habló acerca de las diferentes opciones que tenían.

—De verdad, Bella. ¿A dónde irías?

Presionó sus labios.

—Quiero caminar por el puente Golden Gate.

—¿Eso es todo? —Parecía impresionado.

—Eso es lo que más quiero hacer —aclaró.

Entonces eso fue lo que hicieron.

Encontraron un lugar para estacionar y hacer esa larga caminata. Edward comenzó en silencio. No protestó cuando se detenía a observar el paisaje de la ciudad o la bahía. Había una paz en la atmósfera que Bella no se dio cuenta que necesitaba hasta que estuvo en medio de ella.

—Es un lugar hermoso —señaló.

—Sí —concordó—. Definitivamente está en mi top 5 de lugares favoritos.

—¿Cuáles son los otros?

—¿En Estados Unidos?

Bella sintió una punzada, preguntándose, aunque no por primera vez, cuánto del mundo habría visto para este momento si hubiese tomado diferentes decisiones.

—Claro.

Parecía pensativo mientras continuaban.

—¿Sin orden en particular? Austin, Boston, Washington D.C, y… —Sus labios se vieron presionados brevemente—. Y Seattle, todavía. Creo.

Sabía muy bien que no había vuelto, en ocho años, a Seattle, excepto para ir al aeropuerto.

Sin querer que el humor alegre se oscureciera, Bella cambió el tema de forma disimulada.

—Y vives en Nueva York.

Se encogió de hombros.

—Fue una decisión por negocios. Disfruto mucho Nueva York. Ciertamente está en mi top 10. Además, no solo porque me gusten las ciudades significa que quiera vivir allí. Solo ir de visita es bueno.

Bella tenía tantas preguntas, pero no sabía cómo abordarlas. La paz entre ambos no podía durar, lo sabía. Sabía que tendrían que hablar más temprano que tarde, pero por el momento estaba feliz.

Por primera vez, parecía estar en la misma página y fue él mismo quien cambió el tema. Como era normal, se podía confiar en que Edward sabía acerca de absolutamente todo. Parloteó un poco de la historia de la ciudad, señalando puntos de referencia.

Recordaba esto. Recordaba la forma en la que era cuando leía un libro o veía algún programa. Bella siempre había adorado la forma en la que se fascinaba por horas o días acerca de algo. Por supuesto, conocía muchas cosas. Era molesto, aunque Edward no era altanero, e intrigante.

Pasaron el tiempo, cruzando el puente de un lado y luego del otro.

Cuando terminaron con eso, ya que habían desayunado ligero, fueron a Chinatown para almorzar. Era una buena atmósfera, pero llena de gente. Edward se estiró entre la multitud para tomar su mano y no separarse mientras caminaban hombro con hombro con otros residentes y turistas. Navegó por las calles de forma experta, guiándolos a un restaurante llamado Jai Yun.

Bella estaba un poco más que sorprendida al enterarse que tenían reservación. Cuando él llamó por adelantado, ella no supo. Era un lugar caro, pero interesante.

—El chef compra cosas frescas todos los días en el mercado, y el menú diario se basa en lo que compra —explicó.

San Francisco estaba lleno de restaurantes únicos, e iba a enterarse pronto.

Bella estaba más que un poco recelosa acerca de su misteriosa comida, pero como Edward prometió, todo estaba deliciosa. Se lo dijo y fue recompensada por su sonrisa genuina. Lo que sea que estuviese en el aire, parecía alegrarle que ella se estuviese divirtiendo.

De allí fueron a Pier 39 donde tomaron un crucero por la bahía. A todos se les ofreció una fotografía antes de abordar.

—¿Para mamá?

Bella se sorprendió por su pregunta. Asintió, sintiendo la incomodidad cuando el fotógrafo les pidió que se acercaran.

—No sean tímidos, niños. No nos importan las demostraciones de afecto en público.

Edward se acercó más, rodeando su cintura con su brazo. No era un agarre ligero. Levantó la mirada hacia él, sorprendida al ver que la estaba mirando. Sus ojos estaban nublados, en conflicto, pero para nada fríos. Ella colocó sus manos en la cintura, su toque ligero y modesto. De forma tentativa Sonrió hacia él de forma tentativa.

—Genial. Listo —dijo el fotógrafo—. No se preocupen, estará aquí cuando regrese su bote.

Sintiéndose un poco confundida, Bella se apartó de Edward, dirigiéndose hacia la rampa de embarque.

El viaje fue largo, pero cuando Edward preguntó, Bella le dijo que quería estar afuera. Podían sentarse, pero ella escogió estar de pie.

Reflexionó que quería ver Alcatraz en todo su esplendor algún día, pero este no era el día. En su lugar, observó la isla pasar desde el agua mientras el narrador decía algunos hechos interesantes por el parlante.

Sus ojos se pasearon, observando el perfil de Edward. Estaba cerca, aunque no tanto. No lo suficiente como para que los confundiesen con unos amantes o incluso buenos amigos, per ono estaba lejos.

Por un momento, dejó que su mirada se mantuviese en él. Su cabello estaba alborotado por la brisa de la bahía. Sus brazos, apoyados en el barandal, más expuestos de lo normal, por lo que podía ver lo definido de sus músculos.

Era un hombre hermoso. Estaría ciega para no verlo, pero fue algo repentino en ese momento.

Fue entonces cuando se dio cuenta de por qué este día se sentía tan irreal. Con sus defensas abajo y su ira lejos, le recordaba mucho al chico que había sido antes de que le rompiese el corazón. Todavía estaba allí, hermoso en persona y personalidad. Hoy había sido tan considerado. Incluso divertido.

Aunque no era suyo, se recordó.

La foto que recogieron cuando bajaron del bote era una fantasía. El hombre en esa foto no la odiaba. Lucía, si era posible, como una versión más inocente de sí mismo, como si tal vez adorase a la mujer que miraba, pero no estaba seguro si se le permitía.

Esa no podía ser la realidad. Tal vez estaba avanzando a un lugar en el que no la detestaba, pero tampoco eran amigos, mucho menos… lo que fuese que representaba esa foto.

Estaba desconcertada, y cayó en un silencio cuando comenzaron a caminar hacia la esquina Ghirardelli. No tenía idea de qué se suponía que sintiese en ese momento. Su vida no tenía sentido. En Forks, su figura materna moría, y detestaba estar lejos de ella. Estaba aquí con un hombre que había sido tan cruel con ella los últimos meses, y aún así se sentía culpable por los errores que había cometido, la profundidad de las heridas que había causado. Pero hoy estaba feliz. No podía negar que se sentía más relajada de lo que se había sentido en meses. Estaba rodeada de nuevas experiencias en un nuevo lugar con un hombre que no era su amigo o su amante.

Su contrato solo decía que tenía que ser decente. Estaba siendo más que decente.

Bella se distrajo cuando se vieron rodeados por vendedores ambulantes. Compró una foto del puente Golden Gate en blanco y negro, que lucía como si estuviese siendo comido por la niebla.

—¿Helado? —preguntó.

—¿Alguna vez la respuesta a esa pregunta será negativa?

Sonrió y subieron la colina hacia Ghirardelli's. Ordenaron conos simples. Edward compró una lata llena de chocolates para sus padres. Pasearon en la tarde para disfrutar el ajetreo y bullicio de la esquina.

Habían unos bailarines moviéndose con el ritmo de una banda con influencia sudamericana. Bien pudiesen haber estado en Rio de Janeiro. Se detuvieron para observar, mientras Bella reía al ver a los bailarines exasperando a la multitud.

Soltó un grito de sorpresa cuando uno de ellos llegó hasta ella, tomando su mano y jalándola hacia el centro de la esquina. Sus manos en sus caderas, la movió el ritmo de la música, y rindiéndose ante la vibra, Bella se dejó sentir la música. Bailaba hacia donde él la guiaba, sintiéndose, por primera vez, libre. La multitud estaba con ella, animándola.

Y Edward la observaba con una luz en sus ojos que juraría no haber visto nunca antes.

Por su visión periférica, pensó haber visto a una de las bailarinas llamarlo con su dedo. Le quitó las bolsas de sus manos, dejándolas en un lugar seguro junto a la banda antes de llevarlo al círculo con ella, moviéndolo mientras el otro bailarín movía a Bella. Ella lo puso a bailar…

Y luego los dos bailarines le dieron a Edward y a Bella un ligero empujón, enviándolos a los brazos del otro.

Se quedaron quietos por un segundo.

Luego él colocó sus manos en sus caderas, mientras ella colocaba sus brazos alrededor de su cuello.

Por minutos, entre los aplausos y gritos animosos de la multitud, bailaron juntos, y sonrieron.