Capítulo 9

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Había pasado un mes de su salida en San Mungo y Harry todavía seguía sintiendo el mismo dolor, ese que le traía tanta agonía que apenas podía respirar. Era en las noches cuando más la extrañaba, cuando más deseaba ser Crookshanks otra vez, para dormir junto a ella, para recibir alguna caricia entre sus orejas o escucharla tararear una canción.

De día, cubría el dolor con trabajo, con los novatos aurores que lograban distraerlo bastante y con Kingsley que lo perseguía hora tras hora, intentando ponerlo al día con cada reunión o papeleo. Cuando llegaba a casa solo tenía dos horas libres antes de dormir, y a pesar de eso, la situación de estar solo en ese departamento lo iba matando lentamente. Un par de días antes, cuando había ido al despacho de Hermione, había sido tanta su desesperación que estuvo a punto de decirle todo, pero terminó callándolo, intentando guardar su dolor solo para él. Hermione parecía estar algo alterada por la situación que ambos habían vivido y sumar un problema más y por su culpa, no... Harry no se atrevía. No podía ser tan egoísta.

Se sentó frente al televisor y puso el mismo canal viejo que solía ver con Hermione. Todas las noches ponían esas viejas películas de vaqueros, y él las miraba para pasar el tiempo, comiendo algún sándwich.

"—¡Te mataré, Bill! ¡Ya no puedes escapar!"

Bang, Bang, Bang.

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A la mañana siguiente Harry hizo la misma rutina de todos los días: se despertó a las seis, se bañó, se vistió, se sentó en la mesa y bebió su café en silencio. Pero algo diferente ocurrió aquel día, porque la lechuza de Hermione entró por su ventana y dejó una carta sobre la mesa. Decir que el corazón se le detuvo fue poco. Dejó la taza de café tan de prisa que casi se quema y abrió la carta. Solo eran unas pocas líneas, pero las suficientes para que Harry no las pudiera dejar de pensarlas en todo el día:

"Buen día, Harry. Si estás libre en la noche, ven a casa a cenar.

Hermione."

—¿Harry, me estás escuchando? —le preguntó Kingsley algo enfadado. Harry despertó a la realidad y se pasó una mano por el rostro, intentando despejarse. Sus ojos volvieron al Ministro que lo miraba con los brazos cruzados. No lo culpaba, había tenido todo el día la cabeza en otra parte.

—Lo siento. ¿Qué decías?

—Hoy a la tarde es el último examen para los nuevos aurores. El profesor te necesita allí para tener tu opinión.

—De acuerdo. Iré.

Harry sabía que con esas palabras dándole vueltas en la cabeza no sería de gran ayuda para nadie. Aun así, esa tarde se presentó en la Academia de Aurores. Tuvo que presenciar los exámenes prácticos y luego ayudar al profesor a debatir en los exámenes escritos.

"Si estás libre ven a casa a cenar"

—¡Soy un gran fan de usted, señor Potter! —exclamó después de los exámenes uno de los alumnos que no dudó en acercarse y estrechar su mano.

—Oh, gracias.

—Me encantaría poder trabajar para usted en el Ministerio, ojalá Kingsley pueda darnos trabajo a todos —dijo con una gran sonrisa optimista. Harry nunca había tenido que preocuparse por encontrar trabajo, Kingsley se había lanzado a él incluso antes del resultado de sus exámenes. Se sintió algo mal por ello.

—Sí, eso espero.

"Si estás libre..." Harry se llevó una mano al cabello, sintiendo como el corazón le palpitaba como loco. Cada vez faltaba menos...

—¿Cómo crees que lo han hecho, Harry? —le preguntó el profesor mientras terminaban de cerrar las notas.

—Muchos estaban nerviosos. Pero dentro de todo les ha ido bien.

—Son buenos chicos. No te preocupes, lograrán ayudarte en el Ministerio. Me he asegurado de ello durante su aprendizaje.

—Gracias, profesor. Estoy seguro de que así será —dijo Harry mirando hacia la ventana, ya comenzaba a oscurecer y todavía les faltaban varias notas que cerrar. Comenzó a apresurarse.

"Ven a casa..."

¿Podría volver a pisar esa casa sin perder el control? Harry tragó saliva.

—Iremos a cenar a un restaurante de por aquí cerca. ¿Te gustaría venir con nosotros? —le preguntó el profesor.

—Lo siento. Pero tengo un compromiso.

—¿Acaso una cita? —sonrió el maestro mientras mojaba la pluma en la tinta.

—Ojalá fuera una —suspiró haciéndolo reír.

—Creí que ser Harry Potter traía buena suerte con las mujeres —bromeó.

—Con ella no. Ella es... diferente. Especial.

Se le hacía tarde. Le pidió al profesor disculpas por tener que marcharse y con un nudo de nervios en el estómago, salió apresurado de la Academia. No tuvo oportunidad de ir a casa y deshacerse de sus ropas de auror, tuvo que presentarse en la puerta de Hermione así.

No tienes que hacerte ilusiones, Harry... a Hermione no le interesas de esa forma. Pensó, intentando tranquilizarse y terminó tocando la puerta.

Después de unos segundos, su mejor amiga le abrió. Llevaba una camisa rosa, una falda de esas que le robaba el pensamiento y el cabello suelto. Tan hermosa que le dolió.

—Siento el retraso —dijo Harry con la voz agitada, sin saber si era por el apuro o por los nervios.

—Solo fueron unos minutos —sonrió ella —. ¿Kingsley no te soltaba del trabajo?

Harry le devolvió la sonrisa, sintiendo un delicioso aroma proveniente de la cocina.

—Estás en lo cierto. Me ha dado mucho trabajo con los nuevos aurores —respondió pasándose una mano por el cabello. Necesitaba calmarse antes de que fuera demasiado notorio —. ¿Qué es ese aroma tan exquisito?

—He cocinado lasaña. Sé que te gusta —respondió haciéndose a un lado para dejarlo pasar. Harry entró a la casa y de inmediato Crookshanks lo vino a saludar ronroneando. El azabache se inclinó y le acarició la cabecita.

—Hola, Crookshanks. Me alegro de verte otra vez —lo saludó mientras el gato se movía muy feliz para que Harry continuara acariciándolo. A un lado, Hermione los observó en silencio. Harry quería preguntarle a que venía esa invitación, pero tenía miedo de estropearlo todo. Así que decidió dejar las preguntas.

—La mesa ya está servida, si quieres sentarte —le dijo ella, carente de esa sonrisa que antes llevaba. Le preocupó esa repentina reacción, ¿tendría malas noticias? Se sentó en la mesa como ella sugirió y dejó que Hermione le sirviera de esa deliciosa lasaña. Su mejor amiga se sentó frente a él y se sirvió mientras él la observaba.

La había extrañado tanto que se tuvo que aferrar a la mesa para no lanzársele encima y abrazarla. No tenía idea de cómo iba a controlar sus sentimientos durante la cena, había creído que con los días esa sensación iría desapareciendo, pero parecía que no.

Hermione levantó la mirada y al ver que la miraba fijamente, se ruborizó. Harry bajó la mirada al plato al instante, maldiciendo por dentro. Ante el incómodo silencio, decidió probar el primer trozo de lasaña.

—Está delicioso —carraspeó y era cierto, Hermione había mejorado en la cocina, algo que él nunca había logrado —. Tal vez... un día podrías enseñarme.

Hermione levantó la mirada y sonrió.

—Te enseñaré.

Ambos continuaron comiendo y Harry presenció la cena más silenciosa de su vida. Hasta los Dursley conversaban en la hora de la cena, ¿entonces cómo él y Hermione podían haber llegado a ese punto? Con ella siempre tenía algo de qué hablar, algo de que reír y allí estaban, sentados frente al otro como si fueran unos completos desconocidos. Eso le hizo un nudo en la garganta, tan grande que apenas pudo continuar comiendo. Crookshanks se recostó encima de sus pies, apaciguando increíblemente esa tristeza.

—¿Has movido el televisor de lugar? —fue lo único que se le ocurrió preguntar y ella asintió.

—Ahora está en mi habitación —respondió, limpiándose los labios con una servilleta —. He tomado la costumbre de ver películas antes de dormir.

Harry sonrió ante esa coincidencia.

—Yo también. De hecho, suelo mirar ese canal viejo que ambos mirábamos. Ese de vaqueros —le confesó. Hermione lo miró sorprendida.

—Lo mismo.

Ambos se sonrieron. Allí estaba otra vez, esa energía que tanto le gustaba entre los dos.

Mucho mejor.

—¿Quieres ir a ver que dan ahora? Tal vez tengamos suerte —dijo ella usando su varita para limpiar la mesa y retirar los platos. Harry se quedó con la boca abierta por un momento, pensar en estar otra vez en su habitación... Su corazón se agitó como loco.

Quiere ver solo una película, solo es eso, idiota.

—Me encantaría.

Hermione se levantó de la mesa y Harry la imitó.

—De acuerdo, ve a prender la tele. Yo haré unas palomitas y buscaré unos refrescos —le dijo rápidamente. Harry asintió sintiéndose muy torpe y se dirigió al dormitorio. Apenas entró, ese aroma dominó su nariz, parecía que no importaba si era gato o humano, ese delicioso perfume siempre estaba en el aire. El aroma de Hermione...

Miró la cama con anhelo, recordando todos los momentos con ella. Se sentó en el colchón, tomó el control remoto y prendió la tele. Buscó ese canal viejo que estaba casi al final y vio que estaban emitiendo la misma película que la noche anterior. El viejo Bill apareció en pantalla.

Pocos minutos después, Hermione entró en el cuarto con palomitas y refrescos suspendidos en el aire gracias a la magia.

—¿Has encontrado el canal? —le preguntó ella, parada junto a él. Harry le sonrió y señaló el televisor.

—Sí. ¿Cómo te han salido las palomitas?

—Pruébalas —dijo ofreciéndole el gran cuenco de palomitas. Harry tomó una y el azúcar dominó su boca.

—Delicioso.

Hermione se sentó junto a él en la cama y las horas transcurrieron mientras la historia de Bill se desarrollaba. La película de tres largas horas los obligó a acomodarse en las almohadas, recostados en la cama. Se pasaron el cuenco de las palomitas hasta que se acabó. Durante ese tiempo, Harry hizo de todo para concentrarse en la película, pero a veces se encontraba perdido mirando a Hermione. Gracias a la oscuridad del cuarto, ella no se percató de ello. Sus ojos verdes viajaban desde sus ojos hasta sus labios, esos que había probado solo una vez... Y luego bajaban por su torso, por sus piernas hasta terminar en esos descalzos y pequeños pies.

—"Te mataré, Bill" —repitió las líneas Hermione, haciéndolo reír.

—"Ya no puedes escapar" —dijo Harry a la par que ella. Hermione lo miró sorprendida.

—Creí que no habías visto esta película.

—La pasan cada lunes, miércoles y viernes. Cada vez que llego de trabajar ceno prácticamente con Bill —le confesó Harry con una sonrisa.

—Oh. De todas formas no creo que me puedas ganar con el diálogo —le dijo ella encogiéndose de hombros.

—Ya veremos eso, Mione.

Se pasaron el resto de la película repitiendo las líneas y por un momento Harry se olvidó del dolor. Hasta que la película terminó, la pantalla se quedó en negro y el canal dejó de transmitir.

Se quedaron en la oscuridad del dormitorio, y la mano de Harry sin querer rozó la de Hermione. Cuando se percató de ello, alejó la mano al instante.

Lumos —susurró Harry y su varita iluminó un poco hacia su alrededor. Hermione lo estaba mirando, recostada a su lado, con esos ojos que tanto le gustaban —. Deben ser como las dos de la mañana, ¿verdad?

—Creo que sí —susurró ella con esa voz suave que lo dejaba embelesado —. O más tarde tal vez...

Tenía que marcharse. Dejar de mirarla de esa forma e irse. Le costó pensar en la idea de levantarse de la cama y volver a su departamento frío y solitario. Con Hermione a su lado sentía tanto calor... tanta paz. Era como estar en casa.

—Lo siento, entonces. Mañana tienes que madrugar, ya debería irme —dijo con un gran esfuerzo, pero sin levantarse. Era como si su cuerpo y su mente estuvieran en pleito. Hubo un gran silencio, donde solo se escucharon sus respiraciones y las pisadas de Crookshanks que abandonaba la habitación.

—No te vayas... —murmuró Hermione con la voz temblorosa. Esas palabras que siempre había querido escuchar. Parecía una mentira, una ilusión creada por su desesperación, pero luego Hermione se colocó encima de él y supo que era real. Se puso tan cerca de él, que sus narices se rozaron. Harry sintió como ese suspiro de dolor que había contenido, se le escapaba de la boca en un extraño sonido. Aquello no podía estar pasando... Hermione, su mejor amiga, sobre él, en la cama...

—No sabía cómo decírtelo... —dijo ella en voz bajita —. Ese día que visitaste mi despacho comencé a sospecharlo y luego... Luego lo confirmé. Me gusta estar contigo, Harry. Y estos días sin ti han sido un infierno... Siento que voy a morir si no estoy contigo.

Harry se quedó sin palabras, procesando una y otra vez aquella inesperada confesión mientras ella lo miraba con ojos brillantes.

—Solo... Solo déjame... —Hermione no terminó la frase, y cerró la poca distancia que quedaba entre los dos. Lo besó, como él había hecho la primera vez, lentamente, sin prisas. Esta vez era él quien lo recibía, y eso hizo agitar su corazón, el cual parecía que se le iba a salir en cualquier instante.

Entonces Harry supo que era real. Llevó una mano a su mejilla y le devolvió el beso de la misma forma. La escuchó gemir entre sus labios mientras exploraban la boca del otro. Se besaron por un largo tiempo hasta que se detuvieron por aire.

—Mis días sin ti también fueron un infierno —sintió la necesidad de confesarlo también y Hermione volvió a besarlo, esta vez con más pasión y fuego. Era un lado de Hermione que Harry nunca había visto antes, un lado que lo dejó extasiado.

Harry la tomó de la cintura y la obligó a rodar en la cama, hasta que quedó encima de ella, entre sus piernas. Fue directo a su boca, sus lenguas jugaron por un largo tiempo como si ninguno de los dos pudiera tener suficiente. Harry se sentía embriagado con esos besos, con la boca de Hermione, con ese sabor que nunca creyó volver a probar. Sintió las manos de ella aferrándose a su cabello como si no quisiera que se detuviera. Harry pasó una mano por debajo de su camisa y acarició sus caderas, su ombligo, hasta sentirla estremecer. Recorrer con los dedos su piel, tan suave y tibia fue como estar en el mismísimo cielo. No podía dejar de tocarla, de detenerse entre besos y mirarla a los ojos. Era como si Harry tuviera que cerciorarse una y otra vez que Hermione no iba a desaparecer.

Entre besos y gemidos, las manos de Hermione fueron a los botones de su ropa de auror, desabrochando uno por uno hasta dejarle el torso desnudo. Lo obligó a desprenderse completamente de la camisa con fiereza, haciéndolo gruñir. Las manos de la castaña bajaron por su espalda hasta clavar sus uñas en su piel. Harry estaba completamente perdido en ella, sintiendo cada vez más las ganas de tocarla, de besarla hasta el más recóndito lugar. Bajó sus besos hasta su cuello mientras ella lo rodeaba con sus piernas. Se pegaron, se abrazaron completamente, y Hermione notó lo duro que estaba. La escuchó gemir ante aquello mientras él se dedicaba a morder y succionar su cuello, una y otra vez.

—Oh, Harry... —sollozó su nombre, aferrándose completamente a él. El mago volvió a sus labios de a poco. Se miraron en esa casi absoluta oscuridad, con la respiración acelerada y sintiendo ese calor tortuoso. Harry acercó sus manos a la camisa de Hermione y desprendió cada botón, dejando ese sostén blanco a la vista.

La observó por un tiempo, disfrutando de aquella vista mientras ella se mordía los labios tímidamente. Sintiendo su corazón martillando como loco, Harry llevó sus manos por su espalda y le desabrochó el sostén. Sus pechos quedaron a la vista, pequeños y perfectamente redondos. Sin apartar la vista ni un momento, Harry llevó sus dedos a ellos, acariciándolos con sus pulgares, suavemente. Acercó su boca a la suya y la besó, sin dejar de tocarla, sintiendo sus pezones cada vez más duros. La vio gemir con ojos vidriosos, arqueando su cuerpo contra el de él.

—No te detengas... —le suplicó Hermione en un susurro mientras le desabrochaba el pantalón. Harry tragó saliva cuando sintió sus dedos rozando su bóxer. Justo en esa parte que delataba lo mucho que se excitaba por ella, por verla, por tenerla así, semidesnuda y hermosa a la luz de su varita.

Harry se inclinó hasta que su boca atrapó uno de sus pezones. Usó su lengua de mil formas, escuchando deleitado los sonidos de placer que ella profería, esos susurros que le pedían más y más. Nunca en su vida Harry se había sentido así, esa sensación arrolladora de querer unirse a una mujer, de querer hacerla suya de todas las maneras posibles... Comenzaba a perder por completo la razón y se dejó llevar por sus instintos más primitivos. Sus manos se deslizaron por sus piernas, lentamente hasta llegar a sus braguitas. Tiró hacia abajo y Hermione lo ayudó con un movimiento de caderas. Llevó su falda hacia arriba, acariciándola en el acto. Rozó su feminidad, haciéndola estremecerse de placer. Suave, mojada...

Hermione le bajó el bóxer por la mitad, dejando su miembro a la vista y lo atrajo hacia ella rápidamente, haciendo que Harry perdiera el poco control que le quedaba. Se acomodó entre sus piernas y entró en ella. Hermione gritó, rodeándolo con sus brazos, encontrando su boca. Nunca dejó de acariciarla, de besarla, Harry probó cada parte de Hermione y supo que desde aquel día nunca más iba a poder alejarse de ella.

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Al abrir los ojos, Harry se encontró con una desnuda y dormida Hermione abrazada a él entre las sabanas. Iluminada por la luz que entraba por la ventana, su mejor amiga se veía hermosa, casi irreal a sus ojos. Harry besó su cabello y la abrazó mientras ella susurraba entre sueños.

Con solo un vistazo al reloj de arena, supo que ya era muy tarde. ¿Hermione se enfadaría por faltar al trabajo? A él obviamente no le importaba. No podía dejar de sonreír como un tonto al recordar lo que había sucedido la noche anterior. Un suspiro salió de sus labios y en ese momento Hermione abrió los ojos.

Harry la observó por un largo momento y Hermione también, en un completo silencio. De repente, su mejor amiga se ruborizó hasta quedar del color de un tomate. El Elegido no pudo evitar reír y al instante Hermione se cubrió completamente con la sabana. La escuchó soltar un gritito, algo que lo hizo reír aún más.

—¡Buenos días, Hermione! —exclamó él demasiado feliz y la abrazó, a pesar de que ella se negaba a salir de su escondite. Habían hecho el amor en casi plena oscuridad, y en aquel momento con la intensa luz mañanera, mirarse a la cara era algo un poco embarazoso.

—Bu-Buenos días... —tartamudeó Hermione bajito, bajo las sabanas. Aquello era demasiado dulce para el corazón de Harry, que no pudo soportarlo mucho y se coló bajo las sabanas también.

Se encontró con su rostro otra vez. A pesar de que se moría por contemplarla varios minutos más, se obligó a cerrar los ojos y esperar. El colchón se movió suavemente y segundos después, Harry sintió como los labios de Hermione se presionaban sobre los suyos.

Tontamente, había temido que Hermione se echara atrás pero gracias a Merlín no había sucedido. El alivio lo inundó. Abrió la boca y le devolvió el beso, recorriendo con sus manos su desnudez.

—Me alegra volver a ser humano —le confesó entre besos y la escuchó reír.

En aquellas semanas, había creído que tal vez lo mejor hubiera sido quedarse en el cuerpo de Crookshanks para seguir estando a su lado, pero en aquel momento allí estaba, abrazándola en la cama, luego de haber tenido una noche maravillosa. Harry había podido tocarla con sus dedos, besarla con sus labios, sentir su piel contra la suya. Algo hermoso y puramente humano.

—A mí también me alegra que hayas vuelto a ser Harry —murmuró y Harry recibió otro beso.

—Entonces... —comenzó él, abriendo los ojos —. ¿Estás bien con esto? ¿No te sientes incomoda?

Hermione lo observó, mordiéndose los labios.

—Me gusta esto. Solo que... aún me parece increíble que estemos los dos... así. Después de tantos años siendo solo amigos —le confesó mientras sus mejillas volvían a colorearse. Harry sonrió de oreja a oreja, haciendo que Hermione le diera la espalda avergonzada. El Elegido rio, demasiado feliz y la abrazó desde atrás. Amaba el aroma del cabello de Hermione, amaba poderla abrazar así, amaba provocar ese rubor en sus mejillas. Cerró los ojos con un suspiro: no había sido un sueño después de todo.

—¿Podemos quedarnos todo el día así? —le susurró ella, sorprendiéndolo. Harry acarició su cabello tan dulcemente que Hermione terminó cerrando los ojos.

—¿Hermione me está pidiendo que falte al trabajo?

—Sí —sonrió —. Podemos pedir pizza, ver una película, comprar helado... —se entusiasmó ella, mientras Harry la miraba embobado, como si fuera un espejismo —. Sería estupendo intentar recuperar todo el tiempo que perdimos... ¿Qué dices?

El Elegido todavía no podía creer que realmente aquello estuviera sucediendo. Estaba en la cama con ella, teniendo una de esas situaciones cursis de pareja con Hermione. Le encantaba.

—De acuerdo, faltaremos los dos. El Ministerio se puede arreglar sin nosotros por un día —dijo con una sonrisa, ganándose un gran beso de la castaña.

...Continuará...

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