Disclaimer: Juego de Tronos y Harry Potter no me pertenecen.
CAPÍTULO 8 – TRAMAS Y ARTIMAÑAS
Verano – 299 AC, Mar Angosto
Tyrion volvió a vomitar casi despreocupadamente por la borda mientras Varys le observaba con un deje de admiración y horror al mismo tiempo, tapándose medio rostro con una mano enmangada.
—¿Seguiréis bebiendo y vomitando mucho tiempo más, mi lord? —preguntó la araña casi con retintín.
—El tiempo necesario para dejarme anestesiado y que pase rápido este maldito viaje...
Se sirvió otra copa de vino, que no escaseaba en ese miserable barco, y continuó su festín. Estaba sediento. Llevaban días viajando, hacía dónde era una incógnita pues Varys se negaba a mediar palabra. No podía hacer más que beber y esperar, y lo hizo gratamente. El barco en el que se encontraba era mediano, no era un barco que llamara en demasía la atención de la gente por su tamaño pero Tyrion, que era más observador que la mitad del populacho, reparó en seguida en que el barco era nuevo puesto que la madera no estaba agrietada en absoluto por el agua, la sal y el viento. Tampoco tenía decoración que pudiera hacerlo destacar de cualquier otro barco; parecía un barco acabado al que le faltara la mano artística de un nuevo dueño. Con todo era evidente, para él, que alguien había tenido la suficiente consideración como para que el navío pasara desapercibido. Para qué fin tampoco lo sabía aunque suponía que rescatarlo era una posibilidad.
La bandera era una extraña, nunca había visto algo igual, pero por sus colores parecía de origen Ghiscano, o quizás de una ciudad cercana. A pesar de todo lo que podía deducir, que podría equivocarse, eso no le daba más información. Bien podría estar huyendo Varys de Desembarco del Rey con él como prisionero para asegurarse la cooperación de su hermana. Lo dudaba pero tenía que dejar de engañarse y comprender que, quizás, no era el mejor juzgando a la gente y entregando su confianza. Primero Tysha, luego Shae... Quizás las mujeres eran las únicas capaces de nublar su sentido común. Varys no tenía verga pero tampoco era una mujer, algo era algo.
—He matado a mi padre —se dijo en voz alta para sí mismo aunque Varys le escuchó y los mozos de cubierta le ignoraron mientras trabajan de aquí a allá— y me da igual.
—Vuestro padre era una persona complicada.
—Querrás decir un ser desalmado. Abominable. Cruel.
—...Todos son adjetivos acertados —concedió Varys y él siguió mirando el horizonte inmenso— pero ahora Tywin Lannister no es un jugador.
Tyrion le miró fijamente. —Parece que estáis dispuesto a hablar, después de todo.
Varys le lanzó una mirada exasperada y elocuente. —Si tengo que soportar este comportamiento mucho más no seréis el único desquiciado de este barco.
El enano lanzó una fuerte carcajada, sorprendido. —¿Y bien, cuál es nuestro destino?
—Nuestro destino está más allá de la ciudad a la que atraquemos este barco. Más allá del Mar Angosto, más allá de Essos... —Varys miró a lo lejos, como si pudiera ver ese destino del que hablaba, como si por fin pudiera ver la luz al final del túnel y su vida hubiera cobrado sentido. Luego le alzó una ceja de reojo— pero empezaré diciendo que nos dirigimos a Pentos.
Tyrion bufó. —Con eso me bastaba desde el principio.
Y continuó bebiendo.
Días más tarde
Se metió en la caja de madera y dejó que lo llevaran ya que tampoco habría podido mantenerse en pie por sí solo y caminar hasta sus aposentos, cuales fueran, de esa noche. Estaba ebrio y apestaba después de tantos días metido en las celdas negras y luego en ese barco. No se había bañado desde la boda del cretino de su sobrino y de eso hacía ya dos semanas. Si no se sintiera tan abatido no podría haber soportado su hedor pero la bebida le ayudaba a olvidar sus tribulaciones. Poco a poco olvidó las buenas memorias que compartía con Shae y solo le quedó el rencor, la decepción y el dolor que le había causado. Tysha había sido una gran lección, le había enseñado que no se podía fiar de su padre; Shae fue el clavo de su ataúd, aprendió que había sido demasiado tonto, que aún tenía mucho que aprender y que su padre no cambiaría jamás. Por eso le había matado. No podría soportar otra Tysha, otra Shae. No podría. Tenían razón al decir que solo el hombre se tropieza dos veces con la misma piedra.
El camino fue largo y lo habría pasado bebiendo si hubiera tenido la botella de vino consigo. Era un vino relativamente nuevo pero muy caro del que gozaba siempre su hermana y que, por lo visto, había tomado prestado Varys. Lo llamaban brandy pero Tyrion solo sabía que se obtenía de la uva y que era un vino muy peculiar, traslúcido como el agua pero con una potencia sin igual capaz de sonrojar a los más acérrimos alcohólicos. Le gustaba su poderío, le hacía sentir bien a él y a su paladar refinado. Muchos habían intentado replicar el escaso vino pero era imposible, solo cuando veía la corona de rosas y la llama ardiente sabía que era original, y digno de emborracharle. A él poco le importaba ya qué alcohol consumiera. Tan ensimismado en sus pensamientos beodos estaba que no notó cómo dejaban la caja en el suelo hasta que el aire le rozó el rostro.
—Estamos aquí —le saludó el rostro de Varys.
Tyrion salió con ayuda y vio que estaban en una gran Mansión de Pentos, la más ostentosa que podía ver, y que su dueño era un hombre gordo que rivalizaba con el antiguo Robert Baratheon. Se tambaleó como pudo, sin importarle demasiado su apariencia. Sentía un desasosiego dentro de sí que no era capaz ni de ceder ante la vergüenza.
—¡Varys, viejo amigo! —rió jovialmente el hombre y bajó los escalones como pudo con los brazos abiertos—. ¡Cuánto tiempo ha pasado!
—Ilyrio, no has cambiado nada —sonrió Varys y Tyrion miró al desconocido con una chispa en los ojos—. Te presento a mi invitado, Tyrion Lannister. Nuestro comensal es Ilyrio Mopatis, Magister de Pentos.
Tyrion le observó y le hizo una leve reverencia. No pudo evitar una puya. —Es un enorme placer conocerle.
Solo Varys, que sabía cómo se las gastaba, lo comprendió y le miró con reprobación un instante. Los hizo pasar al interior y Tyrion dio las gracias, genuinamente, por tener un baño en el que lavarse. Las ropas que le entregaron eran sencillas pero de gran calidad; una camisa, unos pantalones, ropa interior y un chaleco. Miró su reflejo en el agua cristalina del baño y decidió no afeitarse la barba; extrañamente le gustaba esa nueva imagen suya. Ya no era el mismo que se dejó engañar; ahora era otra persona, una más fuerte. Cenaron con su invitado poco tiempo después.
—¿Cómo está todo en Poniente? —le preguntó de buenas a primeras el Magister.
Varys sonrió. —Tywin Lannister ha muerto, al igual que Joffrey. Cersei sigue intentando obligar a los Stark para que le devuelvan a su hermano, sin éxito me temo, y pronto se verá en la tesitura de ir a buscarlo por la fuerza.
—Cersei es impulsiva —dijo él, metiendo baza, mientras comía—. Si no contrató un ejército de mercenarios es porque mi padre y yo le impedíamos tal acciones. El pueblo estaba demasiado descontento como para dejar entrar en Desembarco del Rey a mercenarios y criminales que solo rigen gracias al oro de los Lannister. Tener que arrodillarse frente al producto del incesto, ante un bastardo, era una ofensa y mucho peor era seguir las órdenes de una chiflada con ansias de poder y madre de dicho bastardo.
—Y así sigue siendo. Por eso al pueblo le da igual la muerte de Joffrey —terció Varys— y también le dan igual las triquiñuelas de los poderosos, mientras no sufran ellos.
—Entonces debería importarles mucho —los ojos de Tyrion le miraron penetrantes.
Ilyrio habló de nuevo. —¿Y a qué habéis venido a Pentos?
—¿Tampoco lo sabéis? —preguntó Tyrion—. Varys guarda los secretos fuertemente.
—Lo sé —respondió risueño el Magister— por eso pregunto.
—Venimos en su búsqueda —confesó finalmente Varys, con rostro serio pero un aire esperanzador le envolvía.
—Ah, ya veo —Ilyrio se llevó la copa a los labios con una sonrisa—. La elusiva alternativa.
—Legítima.
—Por supuesto. Yo también lo creo, por eso os ayudé hace tanto tiempo.
Tyrion los miró intermitentemente, se había perdido. Algo inconcebible. —¿De qué alternativa hablan, si se puede saber?
—De la Familia que siempre estuvo en el poder —contestó Ilyrio con una sonrisa ambiciosa y algo perturbadora— una que conquistó los Siete Reinos con solo 1000 hombres y 3 dragones.
—La Familia que tenía, y tiene, el apoyo del pueblo y de muchos nobles que guardan en silencio su retorno —siguió Varys— y que hoy en día ha renacido de sus cenizas.
Lo supo entonces. Tyrion cogió su copa y se la bebió de un solo trago.
Semanas más tarde
—Con lo bien que estábamos en la Mansión de Ilyrio y me has traído aquí —gimoteó Tyrion, con la lengua entumecida del vino. Estaba borracho de nuevo.
—Pensé que os gustaría —repuso casi enfadado Varys, viéndole beber.
—No os fiáis de él —pensó en voz alta y Varys no contestó—. Yo tampoco. Me recuerda a Baelish, sin embargo el estimado Magister es tan obeso que cuando cae del lecho seguro que cae por ambos lados.
Varys sonrió ahogando una risa. —De cualquier modo Pentos solo es la primera parada.
—Por supuesto —masculló Tyrion, que preveía un viaje largo—. Los Targaryen podrían haberse asentado en la costa, bien preciosa es, y hacerme la vida más fácil.
—¡Silencio! —le siseó Varys, mirando discretamente a los clientes de la taberna.
—¡Bah! Todos están tan ebrios como yo —hizo un gesto y le pusieron una jarra de cerveza.
—Debo informarle que no es cierto —le contestó una voz desconocida y triunfal—. Estoy muy sereno, gracias a los Dioses.
Varys y Tyrion se giraron a mirar al joven. Tenía la cara inmaculada, con los ojos de un matiz tan oscuro que bien podría ser esmeraldas, zafiros o amatistas y el cabello teñido azul como los tyroshi. Quizá habría visto 17 veranos aunque sus ropas negras de pies a cabeza y su espada larga le hacían parecer mayor. La sonrisa que portaba dibujada en el rostro le hizo parecer más joven pero era una sonrisa que Tyrion conocía bien; la sonrisa de alguien que no está acostumbrado a sonreír de alegría pero que por fin tiene motivos para hacerlo.
—¿Y quién eres, chico?
—Me llamo Griff.
—¿Apellido?
—Sin apellido.
—Un bastardo, entonces —dijo Tyrion, volviéndose en su asiento y dando por zanjada la conversación, pero el joven se sentó al lado de Varys, frente a él—. ¿Qué es lo que quieres?
—Acompañaros.
Entonces Varys habló. Había estado mirando al chico de cerca, como si quisiera reconocerle, pero no encontrara la respuesta. —¿Os conozco?
Griff pareció sorprendido y se encogió de hombros. —Yo no os conozco a vos. ¿Habéis estado en Braavos?
—Alguna que otra vez.
—Puede ser que hayáis visto a algún descendiente tyrosh, como yo. Lo era mi madre.
Varys acalló sus pensamientos y Tyrion habló. —¿Acompañarnos a donde, chico?
—En búsqueda del séquito de los Targaryen.
—Fabuloso, otro admirador —suspiró Tyrion—. ¿De dónde sale ese interés?
El chico volvió a encogerse de hombros con tal elegancia que lo dejó parpadeando en su asiento. —No lo sé. Solo sé que hay algo que me empuja en esa dirección.
—...Si rechazamos tu compañía nos seguirás, ¿no es así?
—En efecto —sonrió con un deje de superioridad Griff—. Parecen ser las únicas personas que saben dónde residen los Targaryen.
Tyrion no dijo nada más, resignado a tener que aguantar la compañía de alguien como Griff. Parecía alguien culto e instruido pero había una cierta tristeza en sus ojos, como si estuviera buscando algo que él mismo desconocía. Tyrion se jactaba de ser alguien sabio pero además de sabio también era compasivo así que no pudo negarse a él, no cuando no veía malas intenciones en sus ojos. El chico los seguiría, estaba convencido, así que no dijo nada y dejó que interpretara su silencio como quisiera.
Llevaba poco tiempo en Essos pero, una vez mantuvo cierto tiempo el estado de sobriedad, notó pequeños detalles que dejaron claro la influencia de los Targaryen. No solamente el Magister era ambicioso y favorecía a los Targaryen sino que el nombre de los Targaryen se escuchaba en la boca de muchos. Hablaban de sus hazañas, de cómo habían liberado a los esclavos y acabado con los amos, de cómo habían arrasado todos los khalasares del Mar Dothraki a excepción de las viudas que quedaban en Vaes Dothrak, de cómo sus barcos frecuentaban los mares del sur con sus enormes buques de guerra y otros navíos más pequeños ondeantes sus banderas negras, rojas y el dragón de 3 cabezas. Hablaban del ejército, que cada día era más grande debido a las esperanzas de muchos de ver combate a cambio de oro, de servir a los Reyes Plateados a cambio de comida y alojamiento para sus familias pobres, de educación... Los Targaryen parecían estar cambiando drástica pero lentamente las cosas en Essos y, sinceramente, era para mejor. Apenas había arañado la superficie pero, dijeran lo que dijeran, prefería su propia opinión ante cualquier otra. Esperaría a ver.
—¿Cómo es que todo esto no ha llegado a oídos de mi hermana? —preguntó Tyrion esa misma noche en la posada. El chico dormía en el alfeizar de la ventada.
Varys alzó una ceja. —Yo era el Consejero de los Rumores. Yo le entregaba la inteligencia a Cersei, mi lord, y siempre he sido partidario de los Targaryen.
—¿Y crees que mi hermana no tiene otros espías? —se burló Tyrion—. Es corta de entendederas pero incluso algún desconocido sería capaz de venderle la información a mi hermana por un saco de oro.
—En efecto —asintió Varys y miró el fuego ardiente— pero Cersei ha estado demasiado ocupada con los asuntos de Poniente como para encargarse de los Targaryen en Essos. Era vuestro padre quien se ocupaba de estos asuntos desde que los Targaryen pagaron la deuda del trono al Banco de Hierro. Supongo que ahora, hasta que alguien retome las responsabilidades de vuestro padre, este asunto quedará nuevamente en el olvido pues vuestro padre llevaba sus planes en completo silencio.
Esto fue una sorpresa para Tyrion que creía que había sido su padre quien acabó con la deuda. Aunque no le preguntó y su padre tampoco intentó corregirlo había dado por sentado tal información. Se apuntó mentalmente que debía evitar dar por sentadas las cosas e informarse de primera mano si no quería cometer un error que quizás pudiera costarle la vida.
—Además, los Targaryen se han asegurado de no dejar rastro allí por dónde pasaban y su influencia es cada vez mayor en las Ciudades Libres. Poca gente quiere enfrentarse a la Dinastía de los Targaryen con tantos espías negros y rojos en la ciudad.
Tyrion asintió, pensativo. —¿Entonces como sabéis dónde están? Podrían estar en cualquier de estas ciudades esclavistas. ¡Toda la costa del Golfo del Dolor es ahora suyo, por lo que he escuchado!
Varys sonrió. —Es difícil no saber el rumbo teniendo en mi poder un pergamino del puño y letra de la mismísima Princesa Daenerys.
Finales de verano – 299 AC, Desembarco del Rey
Petyr Baelish siempre había sido un hombre astuto. Había cultivado sus artimañas debido a que no tenía cualidades como guerrero así que había ingeniado una forma alternativa de vida. Sus ambiciones eran grandes, tan grandes como su deseo de venganza. No esperaba sentarse en el Trono de Hierro, al contrario de lo que muchos imaginarían, sino sentarse en una gran fortaleza bajo el dominio del cual poseyera grandes y bastos terrenos. Él, que había crecido en un lugar dejado de la mano de los Dioses, siendo un gran señor. No podía evitar la sonrisa maliciosa cada vez que lo pensaba.
Con tan solo 15 veranos ideó un plan. Era un plan cargado de intenciones inocentes, un estratagema de ilusos. Se había enamorado de Catelyn Tully pues su belleza era tal que le dejaba sin palabras –él, que tenía la lengua plateada, mudo– así que decidió que debía tenerla. Para ese entonces el hecho de que su Familia no fuera una de las grandes no era de gran importancia aunque a veces deseaba haber nacido un Arryn o, como poco, un Royce. Pensaba que podría ganar el afecto de la fiera de Catelyn y que ella le ayudaría a ganar su mano con su padre. Que bobo había sido. Ese verano, con 15 veranos, recibió la visita de Catelyn y su hermana menor, Lysa y poco después llegaron Edmure y ese condenado de Brandon Stark. Ahí empezaron sus problemas.
Se enteró de sopetón que Catelyn estaba prometida con Brandon pero lo peor fue darse cuenta del aprecio, el afecto, la lujuria y la admiración que esos ojos azules rebosaban cuando se posaban en el norteño, como si fuera un héroe de uno de sus cuentos de infancia. Brandon era alto y fuerte, también era astuto en combate y honrado. Era lo que se esperaba de un hombre noble norteño. Lástima que la inteligencia brillara por su ausencia. Petyr le retó a un duelo puesto que la ira nubló su sentido común y solo cuando fue derrotado volvió en sí, humillado hasta los huesos. Brandon, no obstante, no le sonrió de forma arrogante, ni le insultó. Brandon Stark guardó su espada y se fue, dejándole en el lodo como si no fuera más que una alimaña. Esa mirada indiferente, esos ojos vacíos que le miraron como si no fuera nada le hirieron más que cualquier insulto. Catelyn fue tras su prometido, como era de esperar, y Lysa se arrodilló ante él, ayudándole a levantarse.
Nunca había considerado a Lysa una dama especial, no cuando su hermana mayor era más bella, más inteligente y más fuerte en todos los sentidos. Sin embargo, fue Lysa quien le ayudó cuando no tuvo porqué hacerlo. Despechado, puesto que no podía tener a Catelyn, empezó a cortejar, y a compartir el lecho, a Lysa pero su padre negó sus bodas. Petyr no estaba muy decepcionado puesto que, aunque Lysa ocupaba un lugar especial en su corazón, su alma le pertenecía completamente a Catelyn. Aún así las palabras de Hoster Tully significaron más para él que las de su propio padre.
—No eres nadie, chico. El consejero de la Moneda, él es alguien; la Mano del Rey, él es alguien; el Rey es alguien...
—¿Me repudia porque mi Familia no tiene el mismo legado que los Tully? —preguntó Petyr, mordiéndose la lengua.
—¿Crees que un hombre es valeroso por su posición, por su Familia? No, chico. Incluso un tonto puede llegar a ser Rey pero un buen Rey –un buen mercader, un buen Lord...– es aquel que logra mantener su poder en el tiempo porque no es la posición ni la Familia lo que le conceden poder sino su habilidad, su ingenio, para cumplir sus ambiciones y aferrarse al éxito con ambas manos hasta el fin de sus días.
Lord Hoster Tully tenía ya en ese entonces una avanzada edad y moriría cumpliendo sus palabras, décadas después. Un viejo poderoso al que habían sido incapaz de arrebatarle el sillón hasta que el cuerpo no resistió más la llamada del Extraño. Petyr comprendió que sus ver realizadas sus metas significaría implicarse y mancharse las manos. Él no era un guerrero pero sí un académico, un charlatán, un mago de ilusiones. En cuanto escuchó que Lyanna Stark había sido coronada como la Reina del Amor y la Belleza supo qué debía hacer. El plan era tan simple y a la vez maléfico que sintió un ardor de excitación. Cogió parte de su fortuna familiar que había heredado con la muerte de sus padres, compró un edificio y lo convirtió en un burdel de lujo lejos de su ciudad natal. Las prostitutas, a quienes atendía con simpatía y generosidad, acordaron trabajar para él a cambio de un sueldo, cama y medicinas de ser necesario. Empezaron a diseminar rumores sobre una posible relación secreta entre Lyanna y Rhaegar Targaryen que sin duda llegaría a los oídos más alejados del Puerto Gaviota.
Para su buena fortuna Lyanna Stark estaba más complacida con Rhaegar de lo que nunca estaría con su prometido putero, el que ya había engendrado una hija en uno de los burdeles en el Nido de Águilas, y sobre la cual Petyr se había encargado también de hacer volar los rumores. Con el dinero, una pequeña fortuna, que había recaudado con su primer burdel en Puerto Gaviota abrió un segundo burdel, esta vez en Desembarco del Rey. Se encargó de que no le faltara nada, desde una buena decoración, prostitutas de gran belleza y festines diarios de comida. Pronto los únicos clientes de su burdel eran nobles y comerciantes ricos capaces de pagar sus altos precios; no solamente era un negocio muy rentable para Petyr sino que cumplía con sus expectativas: se enteraba de cualquier chismorreo de la Fortaleza y de los rumores que la gente consideraba que merecían la pena escuchar. Se convirtió en uno de los hombres más ricos, y enterados, de la ciudad en menos de un año. Con tan solo 19 veranos se dispuso a crear otros dos burdeles más en Desembarco del Rey, uno que rivalizara con su principal burdel en la ciudad y otro destinado a públicos con bolsillos más livianos, sin que nadie supiera que él era el verdadero dueño de ambos nuevos burdeles. Ingenuos corderos. El anonimato abrió la boca de mucha gente y se encontró con valiosa información. Lyanna Stark y Rhaegar mantenían una amistad.
No sabía la naturaleza de la relación pero podía imaginarla. Así, cuando los sirvientes de palacio venían a su prostíbulo las prostitutas le hacían llegar la información sin falta. Rhaegar planeaba enseñarle a Lyanna las tierras de Summerhall en el sur, cabalgando ellos dos sin escolta en busca de aventura, lejos de la maníaca mirada del Rey Aerys y Petyr aprovechó el momento. Rhaegar y Lyanna se marcharon de noche y esa misma mañana Brandon Stark, el impetuoso, honorable y ardiente Stark, ponía rumbo a Desembarco del Rey en busca de su hermana secuestrada, tal y como él les hizo creer. Como suponía Petyr el Rey no hizo ademán de investigar las acusaciones puesto que estaba más ido que cuerdo. Retuvo al Heredero de los Stark porque podía y eso desencadenó una serie de acciones que acabarían con Brandon Stark muerto, tal y como había confabulado, y empezaría la Rebelión de Robert Baratheron.
Para su mala suerte Eddar Stark sobrevivió a la guerra aún siendo más joven y necio que su hermano y se casó con Catelyn. Decidió azuzar las ascuas de la guerra con tal de que los Greyjoy atacaran de nuevo, sabedor que Eddar Stark era el íntimo amigo del nuevo Rey Robert. Furioso y atónito, Stark sobrevivió y se llevó como prisionero de guerra al Heredero de las Islas del Hierro, otorgándole más poder del que ya tenía. Lo único que le tranquilizaba era saber que el idiota de Eddar Stark era más honorable aún que Brandon y que, por lo tanto, su ambición era baja. No usaría a Theon Greyjoy como baza.
Entonces cambió su suerte de nuevo. Su amante intermitente, Lysa Tully, se casó con Jon Arryn, quien le triplicaba la edad, y se convirtió en Lady Arryn y la Señora del Valle de Arryn. Años después, cuando Jon Arryn empezaba a envejecer de forma evidente, hizo crecer en su vientre a un hijo de ambos antes de que Lord Arryn partiera de nuevo a Desembarco del Rey. Lo demás, como se solía decir, era historia. Robert Baratheon se casó con Cersei Lannister, Cersei tuvo 3 hijos con su gemelo Jaime, Jon descubrió el secreto de los Lannister y Petyr supo que era el momento. Convencer a Lysa de que era necesario fue ridículamente fácil. Lord Arryn murió y, a órdenes suyas, Lysa se fue al Nido de Águilas para asentar su base de poder ahora que su marido estaba muerto. Hizo que mandara la nota a Catelyn a sabiendas que Robert no dejaría que nadie más ocupara el cargo de Mano del Rey salvo Lord Stark y cuando fue el momento propicio facilitó que Eddar Stark descubriera la verdad que había matado a Jon Arryn.
Era todo tan fácil, como quitarle un caramelo a un niño. Todos estaban tan enamorados, tan enfermos de poder, que no se daban cuenta que él, que había ascendido por mérito propio a Consejero de la Moneda, era el mayor traficante de información. Justo como Varys. Para los nobles no era más que un noble de categoría inferior con una, inicial, mísera fortuna que había invertido satisfactoriamente en un negocio seguro, aunque mal visto, como la prostitución. Le era imposible reprimir una sonrisa enigmática y excitada, una que vestía casi perpetuamente, al saber, sin que nadie lo comprendiera, que la prostitución no era su meta sino un medio. Estaba tan fascinado con su propio éxito que incluso advirtió a Eddar Stark de que no se fiara de él pero, como era obvio, no le hizo caso. Alguien intervino antes de que rodara su cabeza, para su gran decepción e ira contenida, pero él encontró algo mejor.
Olenna Tyrrell resultó ser una vieja astuta y llena de artimañas. Con solo verle supo quién era de verdad y a Petyr no le quedó otra que enseñar sus cartas, ayudar a Olenna y esperar algo a cambio. Ayudaría a asesinar a Joffrey a cambio de las tierras del Valle de Arryn, todas ellas. Cuando Margaery asumiera el poder sería Petyr el nuevo Protector del Valle y Guardián del Oriente así como Mano del Rey. Se casaría con Lysa, adoptando a Robin Arryn, quien realmente era su hijo, como si fuera su hijo propio y con el tiempo se desharía de él para poder gobernar en solitario. Pero entonces vio aparecer a Sansa Stark, vestida de gala para la cena de compromiso de Joffrey y Margaery y supo que debía tenerla. Sus planes cambiaron sin que nadie, ni Olenna, se diera cuenta. Joffrey murió, Tyrion fue culpado y Sansa cayó en sus redes en ese instante de caos.
Solo semanas más tarde, cuando sus espías le informaron que Catelyn estaba en Aguasdulces y que Cersei había contratado a un grupo de mercenarios para encontrar a sus dos hermanos supo cuál sería su siguiente acto.
—El plan ha salido tal y como preveía, mi señor —le informó la joven prostituta que le había informado de la presencia de Catelyn en el Castillo de los Tully—. Ha sido una idea de genios usar a ese enano.
Petyr sonrió. —Con la ropa de Tyrion, el mismo cabello rubio, rostro amoratado de la bebida y la lucha y la barba desaliñada cualquiera confundiría un enano con otro enano. ¿Y dices que lo capturó?
Alice asintió. —Y se aseguró que todos supieran que lo hacía, extrañamente. Si estudia más a fondo a su prisionero se dará cuenta del engaño.
—A Cersei le dará igual un enano más o menos. Lo que nos importa a ambos es que tenemos una escusa para ir a la guerra —Petyr empezó a escribir una carta para Desembarco del Rey—. Mándale esto a Nina, ¿quieres?
Alice dudó un segundo, cogiendo la pequeña nota. —Creí que queríais a Lady Catelyn. Esto solo le causará problemas, quizás la muerte.
—Catelyn forma parte del pasado. Ahora mis ambiciones no se centran en la mano de esa mujer.
Alice asintió y se fue. Petyr miró por la ventana desde su pequeña Mansión en Puerto Gaviota. Era cierto. Catelyn era parte del pasado. Ahora tenía a Sansa.
Finales de verano – 299 AC, Aguasdulces
—¡Pero que has hecho, Catelyn! —le gritó Edmure a su hermana.
—¡No podía dejarlo escapar! ¡Los Lannister tienen a Sansa!
Edmure Tully era un hombre joven y no era ni la mitad de sabio, o ladino, que su difunto padre. Con la ayuda de los antiguos consejeros de su padre se había puesto al día y había empezado a cargar con el peso de la Familia Tully, que no era un peso liviano, por cierto. Ya no tenía tiempo para el disfrute así que la mayor parte del tiempo lo pasaba en el Castillo intentando saber qué era lo que se suponía debía hacer. Hasta que llegó su hermana. Con Tyrion Lannister. Hizo que los guardias lo llevaran a unos aposentos alejados del ala principal del Castillo pero lejos de las celdas. Lo último que quería era que los Lannister pusieran en marcha sus tropas con tal de recuperar al enano pero tenía la extraña sensación que era demasiado tarde. Catelyn había cogido a la fuerza al enano en una taberna en una aldea cercana a Aguasdulces y Cersei estaba desesperada por asesinar al hombre que intentó matar a su hijo.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Cat? ¡Has traído a los Lannister a esta puerta! —chilló histérico él, preocupado. Se le había acabado el tiempo de ser joven e idiota—. ¿¡Es que acaso no sabes que ha pagado a un ejército de mercenarios!? ¡A ellos bien les da igual violar a muchachas del sur, del norte o matarnos a todos por oro!
El Maestre Vyman metió baza. —No debe olvidar a los Tyrrell, Lord Tully, después de todo los Lannister se han visto forzados a aceptar unas nuevas nupcias: Margaery se desposará por tercera vez con Tommen Lannister.
—Cómo iba a olvidarlo —casi gimió del horror Edmure al ver lo que se le avecinaba.
—Deja de lloriquear, Edmure —le regañó Catelyn, con el rostro severo— hay algo que debes saber. La razón por la que viajé a Aguasdulces para empezar.
Edmure observó con detalle a su hermana. Había perdido a su niño pequeño y se notaba que había pasado noches en vela, traumatizada por su muerte. Tenía ojeras pronunciadas y estaba pálida, casi enfermiza, y las arrugas se habían pronunciado más en ese último mes que en toda la última década. Sinceramente, su hermana parecía cansada de vivir pero una chispa en sus ojos azules le aseguraron que no podía darla por perdida. Parecía haber encontrado una nueva razón por la que despertar cada mañana.
—¿De qué se trata? —preguntó finalmente.
—De una alianza con los Targaryen.
Edmure, y el Maestre Vyman, se atragantaron de la sorpresa. —¡Has perdido el juicio, hermana!
Catelyn le fulminó con la mirada y procedió a explicarle todo lo que su esposo le había contado. Al final, cuando acabó de relatar su rescate, la visita discreta de Oberyn y Arianne Martell así como las condiciones de la alianza, quedó pensativo en su asiento. Edmure no había sido más que un niño cuando los Targaryen cayeron pero no podía negar que Viserys y Daenerys Targaryen no se parecían en nada a su padre, el difunto Rey Aerys. Era obvio que su hermana no pensaba dejar ir con vida a los Greyjoy y de hecho Edmure se sentía satisfecho de que así fuera pero una alianza con los Targaryen... Eran palabras mayores. Él no era un Maestre sabio y culto, tampoco era un soldado ni un guerrero; recorbada su intento de prender fuego al cuerpo de su padre y se avergonzó. Había sido su tío, Brynden, quien a escondidas esa noche le dio un buen rapapolvo y le hizo ver lo ingenuo y chiquillo que seguía siendo. Así pues, ¿qué podía aportar él a la alianza?
—Debo pensarlos profundamente —contestó finalmente—. No es algo que se pueda decidir así como así.
Catelyn entrecerró los ojos. —¿Piensas quedarte de brazos cruzados mientras los Lannister se alían con los Tyrrell, contratan a mercenarios para mantener el poder por la fuerza e intentan subyugarnos a todos?
—¡No es tan fácil, Catelyn! —gritó de nuevo Edmure que últimamente tenía los nervios a flor de piel—. Si lo fuera Ned habría aceptado sin dudarlo, ¡tienen a Jaime Lannister! ¿Cómo no iba a firmar si hubiera podido hacerlo para salvar a su hija? Pero no es tan fácil. No solamente podemos obrar con los sentimientos también debe actuar la cabeza.
Tal y como temía, aun sin ser un genio, no pasaron ni unas pocas horas que le llegó la noticia. Los Lannister se preparaban para ir a la guerra. Su hermana parecía extrañamente satisfecha.
—¿¡Esto es lo que querías!? —le preguntó a pleno pulmón, temeroso por su vida y la de sus hombres—. ¡Ahora ya no hay marcha atrás!
—Así debe ser —le retó su hermana—. Cuentas con nuestra ayuda, Edmure. Los Stark, los Martell, los Tully y los Targaryen estamos ahora unidos en una alianza contra los Lannister y los Tyrrell.
—Y contra los Arryn, me temo —intercedió el Maestre Vyman, tendiéndole una carta—. Vuestra hermana se niega a marchar contra los Lannister.
Edmure enmudeció, al igual que su hermana, pero por distintos motivos. No era una guerra a tres bandos, sino a cuatro. Sí, los Lannister tenían ahora a los Tyrrell pero todos olvidaban al escurridizo de Stannis que, aunque todos le creían demasiado estoico y poco ambicioso, había sobrevivido a sus dos hermanos. Por si fuera poco, en su corte tenía una bruja roja capaz de infundir temor a sus soldados. Lo único que le dejaba respirar con más tranquilidad era saber que, aunque Lysa se negaba a ayudarlos, seguro temiendo por la vida de su único hijo, se abstendría del combate.
O eso creía.
Otoño – Lugar desconocido, 299 AC (Más allá del Muro)
Jon jadeó helado hasta los huesos del frío. Sus ropajes, preparados para resistir dichas temperaturas, le parecieron poco adecuadas después de todo. Tenía nieve y hielo en la barba y a penas podía mantener los ojos abiertos al chocar contra su rostro la brisa gélida de esas tierras sin explorar. Vestía de negro, como era obvio, y estaba acompañado únicamente de Qhorin Mediamano. Los otros habían perecido ya fuera de hambre, frío o asesinados a manos de los salvajes que los habían perseguido. Se habían adentrado en esas tierras agrestes en busca de su propio tío, Benjen, y todavía seguían sin conseguir una mísera pista. Lo único que se sabía era que había descubierto algo mucho más allá, en el norte del propio Norte. Dónde se encontraba ese lugar, lo desconocían.
Echó un vistazo a la prisionera una vez más, descontento. —¿Cuánto más para llegar?
—¿Llegar a dónde, Jon Snow, si no sabes ni tú a dónde quieres ir? —le espetó la pelirroja y él hizo una mueca dándose la vuelta.
Qhorin tiró de la cuerda con la que le habían atado fuertemente las manos para que no intentara escapar o atacarlos e hizo gesto exasperado. Llevaban días arrastrando con ella desde que su patrulla de salvajes los emboscó y mataron a los demás, y parecía ser que provocar irritación era una cualidad intrínseca en ella. Qhorin, que había sido explorador durante más años de los que había vivido sin vestir el negro, le respondió.
—Estamos ahora en territorio Thenn, Snow, así que tengamos cuidado.
—Eso, bastardo —le insultó con una sonrisa ponzoñosa la salvaje—. Ten cuidado si no quieres perder tu pollita sureña. Aunque tengo entendido que no se te permite usarla así que no te perderás mucho si se te cae.
Jon, sabedor de lo odioso que encontraba haber sido capturada, le contestó. —Mejor ser un bastardo libre que una prisionera idiota atada de manos. Lo único que te mantiene con vida es el hecho de que tengas un par de pechos, por muy pequeños que sean, acuérdate de eso. Además, al menos yo puedo defender mi pollita sureña, ¿quién va a defender tu culo flaco y deforme de norteña?
La pelirroja gritó de la ira, incapaz de insultarle debido a la rabia y él sonrió con satisfacción. Después de eso no medió palabra. El clima era cada vez más horrendo a medida que caminaban en línea recta por las colinas nevadas y la tierra helada e inhóspita. Estaban todos tan cansados que no hablaron así que se ocupó de sus recurrentes pensamientos.
Unas manos bronceadas, ligeramente doradas y resplandecientes, le acariciaron el rostro amorosamente y él mantuvo los ojos cerrados, incapaz de abrirlos del placer que sentía. Aunque solo veía la oscuridad notó que su amante sonría y sus labios también se estiraron en una sonrisa. Los sentimientos que le invadían eran extraños pues nunca los había experimentado pero a la vez eran suyos. Amor, dicha, placer, lujuria, deseo, éxtasis, confort... El huracán de emociones positivas le dejó sin aliento y casi no pudo contener las lágrimas de felicidad.
—¿Sabes que te amo, verdad? —le preguntó una voz femenina en un susurro, melódica y sensual, hipnotizándolo.
—Tanto como yo te amo —solo pudo contestar él, incapaz de reprimir sus sentimientos profundos como el océano.
Escuchó el sonido de las olas en la cercanía y notó bajo su cuerpo un colchón tan mullido que era como estar tumbado en una nube. Empezó a percibir lo que le rodeaba de golpe, cuando se dio cuenta que había vida más allá de su amante. Las olas chocar contra las rocas a lo lejos y romper contra la costa cerca, muy cerca. El aroma de los árboles frutales y las flores de verano, la brisa fresca y el ambiente caliente. Las sábanas de algodón livianas bajo su cuerpo, su cuerpo desnudo tumbado junto al cuerpo desnudo de una mujer esbelta de curvas despampanantes y piel aterciopelada y olor familiar, sutil, femenino pero poderoso. Recordó el perfume grabado en su memoria y sintió las caricias que alguna vez compartieron durante noches enteras. Escuchó el silencio y se dio cuenta que estaban solos, tal y como deseaba.
Intentó abrir los ojos cuando su amante se puso de pie, dejándolo en la cama, pero no pudo y otra vez le invadió el pánico. La sensación de que si no hacía nada la perdería, lo perdería todo. Que no sabría quién era, ni cuán hermosa era su sonrisa ni como sabían sus labios. Solo pudo suplicar.
—¡No! ¡Por favor! ¡No me dejes mi amor!
Un graznido sonó mientras él suplicaba. Pero de nuevo estaba solo.
Jon despertó de golpe y vio que los otros estaban durmiendo como podían, enroscados para conservar el calor. O eso creía. Los ojos grises de la pelirroja le miraron sin expresión alguna. Notó que tenía el rostro cubierto de lágrimas y rápidamente se las secó, incapaz de demostrar debilidad delante de la mujer.
—Llorabas y suplicabas. A una mujer —la salvaje le informó, seria—. Creí que no te estaba permitido tener relaciones.
—No tengo una relación —masculló él, serenándose—. Sueños, sin embargo...
Las cejas rojas se levantaron, sorprendida. —¿Sueños? ¿Más de uno? Los sueños, aquí en el Norte, no son poca cosa, Jon Snow. ¿Y quién es esa mujer?
El hecho de que lo llamara por su nombre le hizo levantar la vista. —No lo sé.
La mujer bufó ante su sequedad. —¿Sueñas con una mujer de la que estás enamorado y no sabes ni cómo es su rostro?
—Siempre que intento averiguarlo me despierto —le lanzó una mirada perversa— de lo contrario no suplicaría saber su identidad. Una invención de mi mente, sin duda.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Un cuervo extraño que siempre aparece.
La salvaje palideció, macilenta—. Solo faltaría decirme cuántos ojos tiene.
Jon la miró, conmocionado porque sus ojos eran lo más extraño. —Tres.
—Parece que vamos a aguantarnos más tiempo de lo esperado, Jon Snow, llámame Ygritte.
Noviembre – 2008 DC, Exilio Nott (Irlanda del Norte)
Sofía era más astuta de lo que su marido había creído nunca y con ambiciones mayores que ser una simple mujer de élite. Tenía, además, un problema. Los muggles lo habrían llamado personalidad obsesiva, quizás un grado leve de trastorno obsesivo-compulsivo. No es que ella quisiera dominar el mundo entero pero sí la vida de los suyos, sus allegados, y manipular como ella creía que debían ser. Cuando su hijo era pequeño le había dicho lo que tenía que vestir, lo que tenía que estudiar, lo que tenía que comer, lo que podía hacer para sus ratos de ocio, lo que debía ser de mayor, las chicas a las que no podía ni mirar, las mujeres aceptables con las que podría casarse, los amigos que debía tener... Theodore le dejó hacer, haciendo ver que aceptaba sus órdenes, complaciéndola pero era el hijo de su padre y la mayor parte del tiempo era capaz de zafarse de sus manipulaciones y hacer lo que le viniera en gana. La personalidad autosuficiente de su hijo era algo que a veces no soportaba porque no entraba dentro de su meticuloso orden y, además, era un recordatorio constante de que su hijo no la necesitaba para vivir su vida. Hasta que llegó el momento clave. El momento de recordarle a Theodore que Sofía Nott era capaz de interferir e influenciar su vida.
El contrato de matrimonio fue un regalo divino. Thadeus fue fácil de convencer porque se sentía culpable, muy en el fondo, de haber provocado la caída de su Familia con sus acciones por mucho que todos pensaran que había hecho lo correcto al unirse al Señor Tenebroso. Así pues, firmaron el contrato antes de que Theodore fuera mayor de edad y pudiera escapar sus redes, y Astoria Greengrass fue la elegida. Para su mala suerte Astoria no era la mujer más inteligente del vecindario y ni siquiera fue capaz de seducir a su hijo con tal de que sus vidas fueran más llevaderas. Sofía no era una madre ejemplar pero apreciaba a su hijo y no quería verle sufrir; si Astoria hubiera sido una buena esposa Theodore no hubiera tenido que recurrir a una amante. Ese era el problema. La amante. Es más, no solo era amante de su hijo sino también su esposa mágica. La mujer con la que tenía una hija, Aurora, y ahora, un Heredero legítimo.
Dejó el pergamino que había empleado para su ritual de sangre, magia oscura por supuesto, y vio que las líneas de su hijo se habían multiplicado. No solamente tenía un Heredero sino dos. Janus y Zephyros Nott. Sus nietos estaban emparentados también con Scorpius Malfoy a través de su respectiva madre, Hadara Potter. Era una pesadilla hecha realidad y lo peor era que si alcanzaban los 11 años todos el mundo sabría la verdad. Con el pergamino en mano se paseó por sus aposentos pensando qué hacer. Matar a un niño era fácil y podía pasar por un accidente, ¿matar a 3? Imposible. Su hijo Theodore olería el engaño en menos de lo que se tardaba en decir hipogrifo y no solamente se vengaría él sino también su esposa Hadara quién no era un calco idéntico de su maestro, el idiota pacifista de Dumbledore; de hecho, Hadara Potter le recordaba más al difunto Tom Riddle de lo normal. Solo tenía que recordar lo que había hecho con el Diario Profético cuando se atrevieron a difamarla una última vez para que se le pusiera el bello de punta.
No, no podía dejar que adivinaran que ella estaba detrás de todo pero sí que podía hacer que Astoria se enterara de las noticias de alguna forma. Ya había plantado las semillas de la venganza en su mente al informarle del nacimiento de Aurora, ahora era todo cuestión de tiempo. Entonces tuvo una gran idea: si Basil se enteraba de casualidad, y se lo comentaba a su madre, Astoria protegería a su hijo sabiendo que Theodore buscaría aquel que le hubiera informado del nacimiento de sus gemelos para matarlo. Sonrió y quemó el pergamino.
Nota:
La Bruja de Fuego está siendo traducida al inglés, si alguien está interesado. Esm3rald ha sido tan amable como para empezar a traducirla.
