Capítulo 9

En algún momento amaneció, entonces llamé a Beatrice y le pedí que llevara a los niños con mis padres. Lo cierto es que no podía cuidarlos mientras no pudiera siquiera conmigo misma. Sólo entonces me dí permiso de dejar salir todo el dolor contenido. Me fui a mi cama, que hasta hacía poco tiempo había compartido con Gaetan, y me quedé allí sin dormir, sin comer, sin moverme. Pasaron algunos días en los que sólo era consciente de mi agonía, donde todo era puro dolor.

Mis padres vinieron a verme, me arrastraron para ducharme y me forzaron a comer. Yo me dejaba hacer, mientras veía la realidad desde un lejano sueño etéreo, puesto que sólo la agonía podía ser real. En otros momentos vinieron Marie, Beatrice y Enzo a realizar las mismas tareas con mi cuerpo, incluso me daban charla pero yo nunca emitía una palabra; y no podía escucharlos. Entre sueños, creí escuchar que Enzo me decía que Gaetan se había marchado. No sé cuántas veces lo repitió hasta que lo escuché. Tampoco sé cuánto tiempo pasó, pudieron haber sido días o décadas.

Cierto día Beatrice trajo consigo a mis hijos, que saltaron riendo encima de mi cama, llenándome de besos y abrazos, diciéndome que me extrañaban. Entonces caí en la cuenta de que no podía seguir hundida en el dolor, debía resurgir como lo había hecho antes; sólo que ahora me tocaba salir a flote sin ayuda. Ese día desperté de un largo sueño y volví a jugar con ellos, volví a prepararles sus platos favoritos, al jardín secreto, y a leerles cuentos bajo las estrellas. Pasaron unos días y casi sin darme cuenta había sonreído. Otro día volví a reír, y cuando quise notarlo, había tenido un gran día.

El invierno dejó paso a la primavera, la nieve se derritió y el jardín volvió a ser verde. Entonces se acercaba mi cumpleaños, pero aun no estaba de humor para festejar nada. Sin embargo todas las personas que siempre habían estado al lado mío decidieron venir a visitarme. Amelie y Lucien prepararon una torta y no pude resistirme al amoroso regalo de mis hijos. Al igual que yo, seguían profundamente dolidos con su padre, en especial Amelie, pero ahora vivían tranquilos.

Fue una fiesta de cumpleaños pequeña, sólo estaban mis padres, mi hermana, mis hijos, y mis amigos cada uno de ellos con sus pequeños. Beatrice había cocinado para todos, siempre se le había dado mejor que a mí. Fue un buen día, en paz; pero incompleto sin Gaetan. Lo extrañaba como nunca antes porque no podía saber si algún día volvería a verlo, o si podría perdonarlo; pero era seguro que lo necesitaba y nos debíamos una larga charla. Cuando todos los demás se habían ido a dormir, me quedé con Enzo y Beatrice bebiendo y teniendo charlas existenciales de borrachos. Ya estaba bien entrada la madrugada cuando se fueron.

Al subir a mi habitación pude observar una figura en el balcón. Él me vio antes que lo reconociera y se acercó ágil y silencioso como en el bosque. Le clavé la mirada y balbucee sin comprender.

-¿Eres… real?

-Aquí estoy Sophie –en su mirada había un profundo pesar, mientras notaba que su cuerpo estaba bastante maltrecho. Entonces me tendió una cajita, pequeña y rectangular, finamente forrada en cuero, con el olor inconfundible del capitolio. –Feliz cumpleaños. –La tomé con desconfianza, y diciéndome adiós sólo con la mirada salió por el balcón tan silenciosamente como había entrado.

Dentro había unos anteojos elegantes, cuadrados de marco azabache; manchados con una gran cantidad de sangre. Los reconocí enseguida, eran de Apolo. Entonces encontré que en la cajita también había dejado una nota: "Sé que nunca será suficiente, pero al menos no lastimará a nadie más. Si me lo permites, quisiera hablar contigo. Te estaré esperando mañana a medianoche en el jardín secreto".