Hermione se mordió el labio y torció ligeramente el gesto, pero no dijo nada. Lo cual enfureció aún más a Draco. Su eficiente secretaria, que siempre tenía una razón para todo, no tenía nada que decir sobre aquella locura de dejar su empleo… ¿y de paso dejarlo a él? Ni hablar.
—¿Es porque tienes una oferta mejor? ¿De quién? ¿De Ron, tal vez? Te aseguro que se arrepentirá de intentar quitarme lo que es mío.
—Yo no te pertenezco, Draco. Soy tu secretaria, no tu esclava.
Desde luego que sí le pertenecía.
—No vas a dejarme.
—Sí voy a hacerlo.
—Acabaré con él.
Por las llamas que despidieron sus ojos supo que se había tomado en serio su amenaza.
—No voy a trabajar para Ron —declaró, pero sólo consiguió una mirada incrédula de Draco—. No voy a hacerlo —insistió.
—Entonces, ¿por qué quieres marcharte? Dime que no es por dinero. Te pagaré lo que haga falta… Si te sientes asfixiada en tu apartamento buscaremos otro más grande y la empresa lo pagará.
—No se trata de dinero ni de casas —dijo ella con expresión afligida.
¿Por qué tenía que sentirse dolida? Era ella la que estaba amenazando con dejarlo.
—Entonces dime cuál es la razón —le exigió, recalcando cada una de las palabras.
—Son motivos personales.
—¿Motivos personales? —repitió él—. ¿Qué motivos personales?
—Como su propio nombre indica, son personales y no son asunto tuyo —sus palabras eran desafiantes, pero su voz estaba cargada de dolor.
¿Qué demonios estaba pasando allí?
—Antes no me ocultabas nada.
—Eso era antes. Ahora es ahora.
—¿Qué ha cambiado?
Ella abrió y cerró la boca sin hablar, suspiró y apretó los puños a los costados.
—He cambiado, Draco.
—No me puedo creer que seas tan desleal.
—No se trata de lealtad. No voy a trabajar para ningún competidor. Ni siquiera creo que me quede en Nueva York. Tengo que seguir con mi vida.
—¿Por qué? ¿Acaso es tan horrible ser mi secretaria personal?
—No, pero tampoco me permite tener mi propia vida.
—Nunca te habías quejado.
—Tampoco me estoy quejando ahora.
—Pero quieres marcharte.
—Sí.
—Cambiemos tus horarios. Así tendrás más tiempo para dedicarle a tu vida.
—No funcionaría. Mientras siga trabajando para ti, todo seguirá igual —sus palabras parecían cargadas de un significado más profundo, pero Draco no podía imaginarse de qué se trataba.
La ira le nublaba el entendimiento, y una dolorosa punzada le traspasaba el corazón.
—Dijiste que era tu mejor amigo.
—Pero yo no soy tu mejor amiga.
—¿Te marchas porque no crees que seas mi mejor amiga? —preguntó él, cada vez más perplejo.
—Porque sé que no lo soy.
—¿De dónde has sacado esa idea?
—Tú tienes una vida ajena al trabajo. Tienes una familia a la que ves mucho más de lo que yo veo a la mía. Tus hermanos son tus amigos. Tienes a un sinfín de mujeres y muy pronto tendrás una esposa.
—Y tú sólo me tienes a mí… ¿por eso te estás compadeciendo?
Los ojos de Hermione ardieron de indignación.
—No me estoy compadeciendo. Sólo intento explicarte mi decisión.
—Pero te marchas porque yo tengo más amigos que tú— espetó él.
—Me marcho porque tengo que hacerlo para seguir adelante con mi vida. Es tan simple como eso.
—No hay nada simple en la idea de abandonarme.
—No es un abandono.
—Eres mi mejor amiga —admitió él entre dientes.
Odiaba aquellas muestras de sensiblería, pero por Bela podía hacer una excepción.
—No, no lo soy.
—Maldita sea, Hermione…
—No, escúchame. Desde que vinimos a Zorha, desde antes incluso, has estado apartándome de tu vida personal y tratándome como a una simple secretaria… Puedo entender por qué lo haces —le aseguró, aunque era obvio que no le gustaba—. Vas a casarte, y en esas circunstancias no te resultaría fácil mantener nuestra amistad.
—¡Eso no tiene nada que ver!
—Por favor. Nunca me has mentido… No empieces a hacerlo ahora.
—¿Cómo sabes que nunca te he mentido? —preguntó él, añadiendo la indignación al torbellino de emociones que ardía en su interior—. Te he mentido cuando fingía que no quería otra cosa que una relación amistosa y laboral contigo, cuando lo que realmente quería era tumbarte en mi mesa y besarte hasta el último palmo de tu piel. Por eso te he apartado, como tú dices. No podía arriesgarme a estar a solas contigo.
Y si Hermione creía que le resultaba fácil admitirlo, entonces no lo conocía tan bien como él pensaba.
—¿Qué? —exclamó ella con voz ahogada—. No lo dices en serio…
—Lo digo completamente en serio.
—No puede ser…
—¿Por qué te cuesta tanto creerlo?
—No… no soy como las mujeres que te gustan.
—Y sin embargo eres la única a la que deseo.
—No.
—¿Por qué te empeñas en negarlo? Tú también me deseas.
—¿Qué? ¿Por qué dices…? No lo entiendo.
—¿Qué hay que entender? Se trata de deseo —se puso de pie para hacerle ver la evidencia física de su atracción—. Deseo compartido.
Ella mantuvo la vista en sus ojos, y él sacudió lentamente la cabeza.
—Eres increíblemente inocente.
—¿Yo?
—¿Te atreves a negar eso también?
—N… no.
—Tu inocencia me excita.
—Pero yo creía que te gustaban las mujeres con experiencia.
Rápido como una centella, Draco rodeó la mesa y la estrechó entre sus brazos.
—Me gustas tú, Hermione.
Ella lo miró como si fuera una especie de monstruo que quisiera devorarla, aunque no parecía muy asustada.
—¿Me deseas? —le preguntó con incredulidad.
—Te deseo —respondió él, y entonces la besó.
A pesar de su furia y del deseo finalmente liberado, Draco la besó con una delicadeza exquisita. Al fin y al cabo era el primer beso que compartían, y muy posiblemente el primer beso de Hermione.
Sus labios eran extremadamente suaves y sabían a bayas dulces y maduras, perfectos para brindar el placer más delicioso. No hizo nada por devolverle el beso, pero tampoco intentó apartarlo.
—Bésame —le exigió Draco.
Una expresión de pánico cubrió los ojos de Hermione.
—No sé cómo hacerlo.
—Mueve tus labios con los míos y sepáralos para que pueda saborearte…
—Sí —su voz sonó más como un jadeo, y Draco reanudó el roce de sus labios con renovada pasión.
Ella siguió sus instrucciones y él tuvo cuidado para no abrumarla con sus caricias. Le recorrió la espalda con las manos y la apretó contra su erección, sin temor a que pudiera sentirla. Quería que Hermione supiera la excitación que le provocaba.
Ella emitió un débil sonido, semejante a un maullido, y clavó los dedos en el pecho de Draco.
Su primo Mike llamaba a Jessica su «gatita», y por primera vez Draco supo por qué.
Paladeó a conciencia el interior de la boca de Hermione, donde el sabor a bayas se hacía aún más apetitoso. Era un sabor al que podría volverse adicto.
El beso creció en intensidad, a medida que su virginal secretaria aprendía cómo enloquecerlo de deseo.
Le costó toda su fuerza de voluntad no desnudarla allí mismo, tumbarla encima de la mesa y recorrerle todo el cuerpo con la boca.
«Algún día», se juró a sí mismo.
De repente, Hermione se apartó con un empujón.
—No, espera… ¿por qué estás haciendo esto?
—¿Cómo que por qué? Te deseo, ya te lo he dicho —¿sería Hermione una de esas mujeres a las que era imposible entender?
—¿De verdad? ¿O sólo intentas valerte del sexo para manipularme?
Draco se quedó conmocionado por la acusación.
—¿Cómo puedes pensar eso de mí?
—Eres un negociador despiadado.
—No tengo ningún motivo oculto para hacer esto —admitió, aunque el plan de ataque sí que tenía sus beneficios.
Si Hermione iba a abandonarlo, la razón más importante que le impedía llevársela a la cama quedaba invalidada, pues ya no tenía que protegerla de convertirse en su primer amante.
Se aseguraría de que su descubrimiento del sexo fuera lo más placentero posible, y también se aseguraría de no hacerle falsas promesas ni de utilizarla.
Hermione lo estaba mirando con el ceño fruncido.
—No seré tu amante mientras te casas con otra mujer. Prometiste que serías fiel, ¿recuerdas?
—Nunca he dicho que quiera tener una aventura después de casarme, pero tú eres la que dice que no puedo dejarme ver con otras mujeres ahora. Sin embargo, no hay ningún problema por estar contigo.
—Así que te parezco… ¿conveniente? ¿Un cuerpo que tienes a mano y ya está?
¿Qué quería de él? ¿Otra vez estaba dejándose llevar por su vena romántica?
—¿No puedes dejar de analizarlo todo? No vas a recibir muchas ofertas como la mía. Toma lo que te ofrezco y haz que ambos lo pasemos bien.
Ella no se molestó en preguntarle qué le estaba ofreciendo, pero masculló una palabra que Draco nunca se hubiera imaginado en labios de Hermione. Acto seguido, se giró sobre sus talones y salió del despacho, cerrando con un fuerte portazo tras ella. Más que una secretaria inocente y virgen que no había tenido ninguna cita en cinco años parecía una mujer gravemente ofendida.
Draco maldijo en voz alta y descargó el puño contra la pared.
¿Qué había pasado?
Estaba besando a Hermione… por fin… y al momento siguiente ella le estaba escupiendo acusaciones a la cara y largándose airadamente del despacho. De acuerdo, quizá él tuviera parte de la culpa. No había pretendido ser tan brusco, pero ¿qué otra cosa podía hacer si ella amenazaba con dejarlo?
De una cosa estaba seguro, al menos. No iba a dejar que Hermione se marchara tan fácilmente.
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Hermione entró en su habitación hecha una furia, deseando romper algo. Pero aquélla no era su casa y no podría reemplazar ningún objeto que destrozara, excepto tal vez el despertador de la mesilla.
Sin pensarlo, agarró el aparato y lo lanzó contra la pared con todas sus fuerzas. Los trozos de plástico y cables se esparcieron por el suelo.
Miró alrededor en busca de algo más, pero no encontró nada. Frustrada, lo único que podía hacer era arrojarse en la cama y echarse a llorar desconsoladamente.
Lloró y lloró sin poder parar durante un largo rato. Lloró por las crueles palabras de Draco, por los cinco años de amor no correspondido, por el futuro que la aguardaba sin el hombre al que, a pesar de todo, seguía amando más allá de toda razón.
Y lloró por ser una criatura patética y miserable. Draco era toda su vida, pero ella sólo era una minúscula parte de la suya. A él le costaría reemplazarla, pero no le resultaría imposible. Ella no era más que un cuerpo disponible para Draco, tanto dentro como fuera de la oficina.
Los recuerdos que preferiría olvidar empezaron a invadirla, y tuvo que reconocer que estaba siendo injusta. Draco la había tratado como alguien muy especial, aunque no fuera más que su secretaria. Y aquella verdad innegable la hizo llorar aún más.
¿Cómo podía decirle que no recibiría más ofertas como la suya? De acuerdo, tal vez fuera cierto, pero ¿de verdad tenía que restregárselo en la cara?
Aunque, en honor a la verdad, no la había besado como un hombre que quisiera restregarle nada. La había besado como su primer beso debía ser, conteniendo la pasión que amenazaba con estallar y enseñándole pacientemente cómo debía responder.
Luego lo había echado a perder cuando aquellos mismos labios pronunciaron las palabras más atroces que Hermione jamás le había oído. Pero estaba fuera de sí, ciego de rabia y tal vez un poco dolido, y era probable que esas palabras no expresaran realmente lo que pensaba.
Con cualquier otra persona Hermione se habría tomado sus comentarios al pie de la letra, pero se trataba de Draco, a quien conocía mejor que nadie aunque ella no fuera su mejor amiga.
Él le había dicho que sí lo era… ¿Cuánta verdad y cuánta mentira había en sus palabras?
También le había dicho que la deseaba… A ella, Hermione Grager, desgarbada, insulsa y carente de toda sensualidad. Por la forma que se lo había dicho parecía que la deseaba desde hacía mucho tiempo. Y su aparente alejamiento no se debía a que rechazara su amistad, sino a la dificultad para resistirse a ella.
¿Podría ser cierto?
Estaba convencida de que Draco nunca le había mentido, y por esa confianza debería creer todas sus declaraciones. La deseaba. La llevaba deseando mucho tiempo. Y no quería que se marchara. Aquello último sí le resultaba fácil de creer…
Miró la copia de la lista de candidatas que se había quedado ella… siguiendo un impulso masoquista y del todo inexplicable. Nuevas preguntas se formaban en su cabeza, y una esperanza que se resistía a morir, pues estaba inextricablemente unida a un amor inmortal, empezaba a latir en su pecho.
Había creído que Draco no la deseaba, pero se había equivocado.
¿En qué más estaba equivocada?
Pensó en los programas de belleza y maquillaje que había visto alguna vez por televisión. Mujeres sin el menor atractivo aparente eran transformadas en la viva imagen de la sofisticación.
¿Podría pasarle lo mismo a ella?
¿Habría alguna posibilidad de que pudiera ser ella la candidata perfecta para el matrimonio de conveniencia de Draco?
Su único requisito era que fueran compatibles en la cama, lo que no supondría ningún problema si aquel beso significaba algo. Podría informarse a fondo, consultar libros sobre el tema sin cerrarlos cuando llegaran a las partes más picantes.
Podría ver vídeos didácticos sin necesidad de recurrir a la pornografía. El sexo era un gran negocio, y sin duda ofrecía recursos de sobra para explorarlo con detalle.
Hermione se incorporó en la cama, más decidida de lo que nunca se había sentido.
Si había alguna manera de que su jefe la viera, no como una posible candidata, sino como la mejor de todas, ella iba a encontrarla. Siempre había sido lo que Draco necesitaba, salvo la mujer que él decía desear.
Su recién descubierta confianza flaqueó un poco al pensar que tal vez mereciera a una princesa. Pero ninguna otra mujer, por hermosa o aristocrática que fuera, podría amarlo nunca como ella. De eso estaba absolutamente segura.
Ni siquiera importaba que él no la amase. Bastaría con que estuvieran juntos. Sería mucho más de lo que siempre había creído posible, y no habría peligro de que Draco buscase el amor en otra parte, pues había dejado muy claro que no deseaba encontrarlo.
Con ella podría ser tan feliz como con cualquier otra mujer.
El momento de las lágrimas había pasado.
Era el momento de luchar por un sueño.
