Hola queridos lectores

Aquí les dejo otro capitulo mas de esta gran historia de la maravillosa autora msgrandchester, espero que lo disfruten, saludos...

El sol resplandecía sobre las calles de Londres. Los aristócratas habían decidido salir a disfrutar de de la mañana, las calles estaban repletas de parejas tomadas de la mano, madres caminando con sus hijos, las nodrizas empujando los carritos, carruajes y jinetes.

Sobre sus monturas, Archibald y Anthony recorrían el derredor del parque saludando a diestra y siniestra a sus conocidos. Madres en carruajes agitaban sus pañuelos para llamar la atención de las jóvenes, esperanzadas en atraerlos a sus hijas solteras que las acompañaban.

Ellos, como correctos caballeros ingleses, se acercaban a saludarlas y después de intercambiar un par de palabras, se despedían para continuar su camino.

Un caballo negro pasó velozmente entre ellos, prácticamente rozando la piel de sus botas de montar.

El rubio y el moreno levantaron la mirada para observar al jinete fustigar una vez más al potro. Exclamaciones de sorpresa se escucharon a lo largo del parque: de peatones, de carruajes y de otros jinetes.

Terrence Grandchester sonrió mientras su caballo se abría paso entre la multitud asustada. Aquella mañana se había levantado con el propósito de fastidiar a alguien y el día soleado le brindaba la oportunidad perfecta.

"¿Quién es ese loco?" – preguntó Archi frunciendo.

"No tengo la menor idea."

"Mira como asusta a esas personas…"

"Hay que detenerlo" – dijo Anthony flexionando las rodillas para que su yegua apresurara el paso.

"¿Está seguro?" – preguntó Archi tras él.

"No seas flojo" – lo regañó el rubio.

Los dos miembros del clan Andrey cabalgaron a paso veloz pero con cuidado de no asustar a otros. No tardaron en alcanzarlo y ubicarse cada uno al lado del caballo azabache.

"¡Hey detente!" – dijo Anthony.

"¿Acaso no te das cuenta que estás asustando a otros?"

Terrence no pareció darse por enterado que era con él. Una vez más fustigó a su alazán y obtuvo ventaja sobre sus persecutores. Los miembros del Clan Andrey cruzaron miradas.

"Es un idiota" – dijo Archi – "no voy a perder mi tiempo con él."

"Pues yo sí. ¿Quién se cree que es para actuar de esta manera?"

El moreno haló sus riendas con delicadeza y empezó a detener la carrera. Anthony, por el contrario, se inclinó hacia delante y fustigó a su yegua.

Con ojos asombrados, observó que el jinete nuevamente pasaba cerca de unos peatones que alarmados se tambalearon al suelo.

Frunciendo, susurró unas palabras a Cleopatra y no le tomó más de unos segundos alcanzar al jinete y estiró la mano para tocar su hombro.

"¡Hey, debes detenerte!"

"¡Lárgate!" – gritó Terrence volviendo el rostro hacia él.

El rubio contuvo el aliento por un minuto. Algunos años habían pasado y su aspecto había madurado pero era indudable que aquel hombre era el Duque de Grandchester.

El rostro de Anthony debió revelar su sorpresa porque Terrence lo miró con curiosidad.

"¿Qué quieres?"

"¡Estás asustando a las personas!" – dijo el joven recuperando el habla.

"¡No me importa!"

"¡Tenemos modales en este parque!"

"¡Vete a pasear!"

Anthony tuvo ganas de arrojarse sobre Terrence, no sólo porque era un maleducado sino porque por su culpa, aún no podía casarse con Candy.

En cambio, optó por fustigar su yegua y hacer comer polvo al duque. El ojiazul frunció y apretó las mandíbulas.

"¿Quién se cree ese niño?" – se dijo persiguiendo a Anthony.

El joven Andrey se esperaba aquella reacción y la aprovechó para sacar a Terrence del camino principal, conduciéndolo hacia el trecho preparado para los jinetes.

Los dos cabalgaron hombro a hombro, el sonido del viento aullando en sus oídos. Una cerca apareció frente a ellos y Anthony se preparó a saltar.

El duque contuvo la respiración preparándose a imitarlo pero no contaba con que su caballo se detuviera a raya.

"¡Rayos!" – exclamó Terrence mientras la yegua de Anthony volaba por los aires para caer con gracia sobre el pasto.

Anthony miró hacia atrás y sonrió triunfante al ver la cara descompuesta de Terrence; al menos había hallado una manera de desquitarse con él.

Bertram volvió el rostro hacia la entrada al escuchar el portazo de la puerta principal; no le tomó demasiado darse cuenta que Terrence estaba de mal humor. Y lo estaría más al ver la persona que lo esperaba en la sala.

El joven se detuvo a raya al ver a su tío.

"¡¿Qué haces aquí?" – preguntó iracundo.

"Necesitaba hablar contigo" – contestó Lionel Grandchester.

"¡No tenemos nada de qué hablar así que lárgate!"

Terrence le dio la espalda y un estremecimiento lo recorrió al sentir que Lionel posaba una mano sobre su hombro.

"Te ruego que me escuches."

"¿Qué dijiste?" – dijo volviéndose hacia el hombre – "No alcancé a escucharte."

Lionel tragó en seco. Tendría que tragarse su orgullo nuevamente.

"Te ruego que me escuches."

"¿Me ruegas?" – repitió burlonamente.

"Estoy en problemas, Terrence, serios problemas."

"¿Y? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?"

"Sin la ayuda mensual que me daba tu padre estoy retrasado en mis compromisos financieros."

"No me digas."

"Tengo una hipoteca y el banco se niega a extender mi crédito."

"¿Por lo tanto?"

"Necesito un préstamo."

"Entiendo."

El hombre lo miró lleno de expectativa pero Terrence no hizo ningún movimiento.

"¿Lo harás?" – se atrevió a preguntar Lionel.

"No" – fue la respuesta seca de su sobrino.

"Terrence, por la sangre que compartimos te suplico que me ayudes."

"¿Por nuestra sangre?" ¿Reconoces que soy un Grandchester?"

"Siempre lo supe."

"¿Por qué no fuiste más amable entonces?"

"No sabía como."

"¿No sabías como ser amable con un chiquillo solo en un país extraño?"

"Nunca he sido bueno con los niños."

"Lástima…yo nunca he sido bueno con mis familiares, nunca me enseñaron como."

"Terrence, por favor ayúdame."

"No."

El duque vio a su tío palidecer y para su sorpresa lo vio ponerse de rodillas.

"¡Ayúdame! Si no entrego esa suma al banco ¡me embargarán!"

"No es mi problema."

"¿Te das cuenta de la vergüenza que pasaré?" – dijo Lionel con lágrimas desesperadas rodando por su rostro.

Terrence se apartó de él para mirarlo lleno de desprecio.

"¡Deja de llorar y compórtate como un hombre!"

Lionel levantó su rostro hacia él sintiéndose aludido.

"¿Reconoces las palabras, Lionel? ¡Son las mismas que tú me decías!"

"Terrence…"

"Cosechas lo que siembras, tío" – dijo con frialdad – "te devuelvo lo mismo que me diste años atrás."

"¡Escúchame, si no me ayudas...!"

"¡No me importa! ¡Puedes podrirte!"

Lionel sintió sus esperanzas esfumarse como la neblina bajo el sol mientras Terrence salía de la casa dando un portazo.

La hora del almuerzo era una de las más concurridas en el club. Terrence entró ataviado en un traje color marrón y camisa color beige. Al cuello llevaba una corbata rayada con el monograma de la familia.

El mesero en jefe se acercó para saludarlo y llevarlo hacia la única mesa que estaba vacía a esa hora; una mesa que siempre estaba reservada y disponible para los Grandchester.

Desde su mesa, Elisa y Neal lo siguieron con la mirada.

"La suerte de algunos" – murmuró él lleno de envidia – "otros tenemos que llegar temprano y esperar nuestro turno."

"Nuestra suerte cambiará, hermanito. Espera y verás."

"¿Insistes en conquistarlo? ¿Después que te dejó plantada?"

"¿Cómo sabes eso?" – preguntó ella mirándolo sonrojada.

"Escuché la propuesta que te hizo…y luego lo vi salir tras Anthony y su rubia" – contestó sonriendo.

"Pudiste avisarme."

"¿Para qué? Fue más divertido verte enfadada."

"Eres un idiota" – dijo ella a secas.

En su mesa, Terrence tomó un sorbo de la copa que había puesto frente a él y miró alrededor del salón. Sus ojos se toparon con Elisa que lo miraba con intensidad y el duque tuvo la sensación de que ella era una leona estudiando su presa.

Sonrió de medio lado al recordar el desplante que le había hecho noches atrás.

"Esta mesa no te corresponde."

Los ojos azules se levantaron para encontrarse con Cecile. La mujer estaba de pie junto a él, un hombre desconocido a su lado.

"¿Perdón?"

"Esta mesa no te corresponde…bastardo."

Una ceja oscura se levantó en señal de enojo. Con movimientos fríos y calculados encendió un cigarrillo.

"Mide tus palabras Cecile."

"Este lugar no es para ti" – susurró ella con rabia.

"Pues si no es mío tampoco lo es tuyo. Al menos la sangre de los Grandchester corre por mis venas."

Terrence soltó una bocanada de humo en su rostro y la dama tosió. El hombre que estaba a su lado posó su mano con fuerza sobre el hombro del duque.

"Quíteme la mano de encima" – dijo el ojiazul con calma.

Alrededor del salón se levantaron los murmullos y el gerente del club se acercó a la mesa de Terrence.

"¿Sucede algo Duque de Grandchester?" – preguntó.

"Sucederá si este hombre no me quita la mano de encima" – repuso él sacudiendo su hombro.

"Señora Cecile, ¿puedo ayudarla en algo?"

"Quiero mi mesa" – dijo ella con seriedad – "Traigo un invitado y no podemos esperar a que haya una disponible."

"Comprendo señora, pero esta es la mesa de los Grandchester y el joven duque fue el primero en llegar."

"¡No me interesa! Tengo años ocupando esta mesa y no permitiré que por culpa de este…este… ¡mozalbete! me incomoden o a mi invitado."

"No pienso levantarme" – repuso Terrence alzando sus pies sobre una de las sillas de la mesa.

El gerente tragó en seco.

"Señora Cecile podemos acomodarla en otro lado si tan sólo nos da unos minutos."

"He dicho que no."

"Por si no me escuchaste la primera vez, no pienso levantarme ¡vaca vieja!" – repitió Terrence.

Un puño se disparó hacia Terrence pero él estaba acostumbrado a tales ataques; se hizo a un costado y el puño se estrelló en la pared. El hombre dejó escapar un quejido.

"Considérate afortunado" – dijo Terrence calmadamente.

"No hay necesidad de incomodar al duque. Por favor acompáñeme, señora Cecile."

Avergonzada, Cecile tomó a su acompañante del brazo y siguió al gerente, no sin antes darle una mirada de profundo odio a Terrence.

"Te quitaré todo ¡hasta el apellido!"

"Buena suerte" – le contestó el ojiazul.

Todas las miradas estaban puestas sobre Terrence. Él llamó a un mesero y después de darle una orden,

Se puso de pie para hablar con los comensales.

"Les ofrezco una disculpa por el vergonzoso comportamiento de mi madrastra…y una botella de champán para todos."

Una ronda de aplausos fue su respuesta. Los Leagan intercambiaron miradas curiosas.

"No todos están de acuerdo que Terrence herede" – comentó Neal.

"Pensé que era un rumor" – dijo Elisa.

"Tal vez no sea buena idea que lo enamores."

"No tengo que enamorarlo para casarme con él, bastará con comprometerlo."

Terrence almorzaba cuando uno de los meseros se acercó a él con un sobre sellado.

"Mi lord, me pidieron entregarle esto."

"¿Quién se lo pidió?"

"Una joven rubia."

La ceja del hombre se enarcó lleno de interés.

"¿Una joven rubia?"

"Así es."

"¿Está ella aquí?"

"No, se ha marchado ya pero me dijo que era muy importante que usted recibiera esta nota."

"Puede retirarse" – dijo Terrence entregándola una moneda.

Tomando el sobre entre las manos, rompió el sello para leer el mensaje.

Mi lord Grandchester,

Creo que es hora que nos presentemos formalmente.

Lo espero esta noche a las 11 en la Gala de la Cruz Roja.

Seré la única hada en los jardines.

Búsqueme.

Flora

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Terrence, la misma que fue imitada por los Leagan.

Terrence miró su reloj por enésima vez. La tarde se le había hecho interminable desde que recibiera la nota durante el almuerzo. Incluso Bertram notó lo inquieto que estaba y se sorprendió al verlo cambiarse de traje más de un par de veces.

Cerca de las once de la noche, el automóvil del Duque de Grandchester abandonó la casa de la calle Bond para dirigirse a la Gala de la Cruz Roja. Una fila de vehículos franqueaba la entrada y no dudó en adelantársele para estacionarse en el primer espacio disponible.

La figura espigada de Terrence atravesó los jardines en medio de la noche. Los árboles daban sombra a las parejas que se ocultaban tras ellos para dar rienda suelta a sus pasiones.

La luna parecía seguirlo mientras con la mirada buscaba a su hada.

Una voz pronunció su nombre con suavidad y él se detuvo en sus pasos. Miró a su alrededor y alcanzó a ver una falda de gasa que se escondía tras un tronco.

"¡Oye, no te escondas!" – dijo él yendo tras ella.

"Alcánzame si puedes" – replicó la voz femenina.

Las hojas crujieron bajo el peso de las pisadas de Terrence y su hada. Él la escuchó reír y se apresuró a alcanzarla, su mano rodeando el brazo femenino.

Ella se detuvo para volverse hacia el duque.

"¿Por qué llevas antifaz? Pensé que querías que nos conociéramos" – dijo él.

Ella sonrió y dio un paso hacia atrás.

"No temas, no te haré daño."

Por respuesta, ella se arrojó en sus brazos y presionó sus labios contra los suyos. Terrence no tardó en estrecharla contra su cuerpo, sus sentidos sensibilizados ante la perspectiva de tener la mujer de sus sueños entre sus brazos.

Ella lo besaba ardorosamente mientras sus manos exploraban el pecho del duque. Las manos de Terrence resbalaron por su espalda.

"Pensé que te era antipático" – susurró él.

"Lo eres"- susurró ella desabotonando la camisa del hombre.

"Te he estado buscando" – comentó Terrence besando sus labios antes de dejarlos resbalar hacia su cuello.

Un perfume exótico cosquilló su nariz, conocido y no apreciado. Antes que pudiera reaccionar, la mujer lo halaba hacia el suelo y volvía a besarlo.

"Espera, dime como te llamas" – pidió el joven.

"¿Cómo quieres que me llame?"

Algo en sus palabras, en el tono de su voz hizo disparar una alarma en la cabeza del hombre.

Apartó los labios de la mujer y estaba a punto de hablar cuando escuchó una voz junto a ellos.

"¿Qué sucede aquí?" – preguntó Neal apareciendo entre las sombras.

Terrence dejó escapar una obscenidad mientras miraba a la mujer con atención, sus ojos se

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entrecerraron mientras halaba la peluca que ella llevaba puesta. Elisa dejó escapar un gemido mientras se incorporaba.

"Grandchester, ¿acaso no sabes cómo tratar a una dama? Has deshonrado a mi hermana."

Terrence se puso de pie con una mirada furiosa en el rostro.

"¿Deshonrado?" – repitió el duque - "Estoy seguro que no es la primera vez que encuentras a tu hermana en estas circunstancias."

"¿Cómo te atreves?" – repuso Elisa al borde de las lágrimas.

"No lo hagas sonar como si esto fuera culpa mía" – dijo el duque alejándose de ellos.

"¿Dónde crees que vas?" – Neal lo tomó por la manga del saco.

"No me toques o lo lamentarás."

"No puedes irte y dejar a mi hermana como si lo que acaba de suceder no tuviera importancia".

"¿Lo que acaba de suceder? ¡Nada sucedió!"

"Mi hermana es una dama y jamás se pondría en esta situación a menos que un hombre la sedujera."

"Pues yo jamás la habría tocado de saber que era ella."

Neal lo haló con rudeza del saco y Terrence se volvió con rabia, su puño estrellándose en el rostro del hombre.

"Te advertí que no me tocaras" – masculló.

"Desgraciado" – dijo Neal arrojándose contra él.

El duque sonrió al sentir que el hermano de Elisa intentaba arrojarlo al piso. Terrence se plantó con firmeza en el suelo y lanzó su puño contra el vientre de Neal.

El castaño dejó escapar un quejido. Un último golpe lanzó a Neal al suelo y Terrence miró a la mujer. Ella retrocedió asustada.

"No te vuelvas acercar a mi, ¿me escuchas?"

Elisa asintió. Terrence le dio una ultima mirada de deprecio a los Leagan antes de alejarse.

Gruesas lágrimas resbalaron por el rostro de la mujer.

"Me las pagarás" – musitó ella mientras ayudaba a su hermano a levantarse.

"Nos la pagará" – corrigió él – "lo lastimaremos en lo que más le duela."

Empezaba amanecer cuando Terrence regresó a su casa. Bertram, como buen mayordomo y valet, lo esperaba junto a la entrada con una bandeja de te.

El duque le hizo una seña para que lo siguiera al despacho.

"¿Noche difícil, mi lord?"

"Pensé que había encontrado a alguien" – dijo Terrence tomando un sorbo de té.

"¿Oh? ¿Alguien especial?"

"¿Has sentido alguna vez que todo es en vano?"

El joven se resbaló en su asiento mientras levantaba los pies sobre el taburete. Un suspiro triste se escapó de sus labios.

"Tal vez esta nota lo alegre" – dijo entregándole el periódico de la mañana.

Los ojos de Terrence se posaron sobre el titular en la página principal.

Lionel Grandchester: Embargado

Curiosamente Terrence no sintió la satisfacción que había anticipado. Inclinó la cabeza hacia delante y la sostuvo entre sus manos.

"¿Se siente bien, mi lord?"

"Tengo que salir de aquí."

"¿Le reservo boletos en el tren?"

"Bertie, me voy al castillo" – dijo poniéndose en pie.

"¿Ahora?"

"De inmediato. Prepara mis cosas y alcánzame allá."

"Creo que debe cambiarse. Su ropa está manchada de labial y grama."

Terrence miró su ropa con disgusto.

"Quiero que te deshagas de ella."

"Claro."

"Y no le digas a nadie donde voy."

"Como usted diga."

El hombre se dirigió al cuarto de baño y abrió la llave. Tirando su ropa al suelo, entró a la ducha y dejó que el agua fría cayera sobre él hasta no sentir nada, quería estar entumecido y no sentir ese vacío que lo agobiaba.

Sólo esperaba que el castillo le trajera le diera la paz que buscaba.