LES DEJO ESTE OTRO, ESTÁ ALGO LARGO.
Rachel
Kitty no había probado bocado. La comida en su plato ya debía estar más que fría. Cierto es que los menús de la cafetería de su facultad no eran como para pertenecer a una guía gastronómica, pero eran pasables. Eran ya las tres y media de la tarde y me costaba creer que ella no tuviera apetito a esas horas. Su semblante taciturno evidenciaba que se encontraba algo ausente. La conocía muy bien: se esforzaba en aparentar normalidad. Sin embargo, yo sabía que estaba muy triste. A pesar de esa aparente jovialidad con la que solía mostrarse, en los últimos meses Kitty lo había pasado muy mal. Su padre se había ido de casa sin previo aviso. Una tarde, al regresar de la universidad, se encontró con que él ya no vivía allí. Había hecho las maletas y se había trasladado a Madrid con una mujer poco mayor que nosotras.
Sus padres habían pasado por altibajos, como muchos matrimonios. No obstante, ni su madre ni ella se esperaban una sorpresa así. Por lo visto, su padre llevaba saliendo con aquella joven casi un año, demostrando lo buen actor que podía ser, ya que nadie había sospechado nada. De la noche a la mañana, Kitty se quedó sin figura paterna pues, desde su marcha, no había vuelto a dejarse caer por Montegris. Estaba furiosa y no se había molestado en ir a verlo, a pesar de que él le había rogado miles de veces que fuera a Madrid a visitarle. Ella siempre me decía: "Si me quiere ver, que mueva el culo, no voy a ser yo la que tome la iniciativa, porque no soy yo la que ha abandonado a su familia. Yo sigo aquí, donde siempre he estado".
Había tratado de apoyarla en aquella compleja y dolorosa situación. Entendía su rabia, lo abandonada y desconcertada que se sentía, y le había aconsejado que hablara con su padre cara a cara. Por muy duro que fuera enfrentarse a ello, era mejor coger el toro por los cuernos. Kitty tenía derecho a pedirle una explicación, y él no podría eludir su deber de dársela.
Seguramente la respuesta no la iba a satisfacer, tampoco la iba a aplacar, pero por lo menos actuaría como un catalizador para que comenzase a asimilar lo ocurrido. Casi me mató de un susto cuando, al escuchar mi sugerencia, me llamó loca a gritos, en un ataque de descontrolada histeria que acabó en un océano de lágrimas, con lo que decidí no volver sacar el tema a menos que ella lo hiciese.
Kitty bloqueó el asunto y lo desterró al fondo de su mente. No volvió a decir nada al respecto, como si no hubiera sucedido nunca. Era como si su padre no existiera, obviándole de todas las conversaciones e historias. Si contaba alguna anécdota de su niñez, lo excluía por completo, incluyendo sólo a su madre. Para ella ya no existía el plural en lo que a su familia se refería. Había borrado los recuerdos de su padre. Eso me preocupaba, ya que antes o después le pasaría factura. Regresaría a ella como una bestia embravecida que ha sido acorralada durante demasiado tiempo. No podía asegurar que ésa fuera la razón que le quitaba el apetito; no obstante, mi intuición me señalaba que así era. Fuera lo que fuese, tenía que averiguarlo porque no soportaba más verla tan abatida.
—Kitty, ¿qué ocurre? —me decidí a preguntar. Sus ojos, que carecían de su acostumbrado brillo, me miraron incapaces de ocultar su angustia a pesar de que ella tratara de restarle importancia.
—Nada, uno de esos días torcidos. —Se encogió de hombros.
No me lo tragaba; había algo más que un mal día oculto bajo aquel hastío.
—No disimules. No me lo cuentes si no quieres, pero quiero que sepas que no me convences.
—Rachel, mira por la ventana: hace un día de perros, las clases de hoy han sido aburridísimas y todavía tengo que ir a una conferencia que promete ser tediosa —dijo con un profundo suspiro—. Yo también tengo derecho a sentirme desgraciada de vez en cuando.
—De acuerdo, me rindo —concluí—. De todas formas, ya sabes dónde estoy si necesitas desahogarte.
—Gracias. —Se esforzó por sonreír, sin mucho éxito.
No quise presionarla y abandoné el interrogatorio. No me conformaba con sus evasivas, pero no quería insistir más. Ella terminaría contándomelo si se trataba de algo que iba más allá de un mal día. Con Kitty había que ser paciente. Era muy alegre y positiva en apariencia, sin embargo, le costaba expresar sus preocupaciones y tendía a ocultarlas.
Perseguirla para que te lo contara solía ser contraproducente, ya que se cerraba aún más en banda. La mejor táctica para sonsacarle información sobre lo que la carcomía por dentro era dejarla respirar, para volver a la carga cuando menos se lo esperaba. Era necesario insistir hasta que la pillabas con la guardia baja y terminaba por sincerarse.
Un rato después nos despedimos, no sin antes hacerle prometer que me llamaría si necesitaba conversar. Ella permaneció en aquel edificio, donde cursaba sus estudios de Derecho. Yo atravesé el campus, camino de mi facultad, sintiéndome como un animal que se dirige al matadero. Mi siguiente clase era Información en Radio y Televisión. Se trataba de una asignatura obligatoria de la que no me podía librar, por mucho que asistir supusiera un auténtico suplicio para mí. Siempre había odiado hablar en público; ser el centro de atención de todas las miradas me provocaba sudores fríos. En las pocas semanas que llevábamos de curso aún no habíamos comenzado con las prácticas, que consistían en aprender a comunicar una noticia con soltura. Hasta el momento el profesor se había centrado en la teoría. Aquella iba a ser la primera clase en la que tendríamos que comenzar a poner en práctica lo aprendido hasta el momento.
Sólo con pensarlo me invadía un enorme desasosiego; ¿cómo iba a ponerme, micrófono en mano, delante de una cámara en un lugar lleno de gente, cuando no era capaz siquiera de hablar en alto en las reuniones del periódico?
Se prestaba suma atención a la dicción y a la expresión corporal, ya que eran cualidades imprescindibles para ser un buen comunicador. Por mucho que el profesor repitiera que no debíamos inquietarnos, que con el tiempo terminaríamos adquiriendo el aplomo y la seguridad necesarios, a mí no me servían de nada sus alentadoras palabras de ánimo. Tenía muy claro que hablar en público no era lo mío. Si me había inclinado por estudiar Periodismo, no era porque persiguiera un futuro en la tele o en la radio, sino porque mi interés se centraba en la prensa escrita. Mi convencimiento de que mi destino se hallaba en la redacción de algún periódico no me eximía de aquella tortura. Si me quería licenciar como periodista, tenía que pasar por el aro, no había más vuelta de hoja.
Una vez en el ascensor, camino del segundo piso, rogué al cielo que la clase se hubiera suspendido. Por favor, que el profesor haya cogido una gripe monumental, imploré en silencio. No hubo suerte; al entrar en el aula allí estaba él, con su semblante afable, escribiendo algo en su agenda mientras esperaba a que terminasen de llegar el resto de los alumnos. Tomé asiento en una silla de las últimas filas buscando pasar lo más desapercibida posible.
En unos minutos comenzó la clase. Sentí cómo la angustia crecía en mis entrañas. El profesor repartió unas hojas con diferentes noticias, y nos indicó que eligiéramos el tema que más nos interesara antes de sentarnos ante una de las cámaras que se encontraban repartidas por la gran estancia. Nuestra exposición quedaría grabada, lo que nos permitiría analizar su contenido para comprobar nuestros fallos y de esa forma señalar lo que era necesario que mejorásemos como reporteros.
Hice todo lo posible por apaciguar mi nerviosismo. Leí los diferentes comunicados, y me decanté por uno que hablaba de la concesión del último premio Planeta.
Pensé que si se trataba de un tema afín a mis gustos me sería más sencillo hablar sobre ello. Leí la noticia varias veces, tratando de memorizarla, así no tendría que recurrir al papel constantemente y quizá me podría expresar de forma más natural. Esperé mi turno para sentarme ante la cámara de vídeo. A medida que se acercaba el momento, sentía cómo mis músculos se agarrotaban, mi garganta se secaba y el folio que asía mi mano se agitaba producto del temblor incontrolado de mi pulso. Cuando me hallé sentada frente aquel amenazador objetivo, carraspeé e inhalé una bocanada de aire. Las palmas de mis manos comenzaron a sudar, y noté cómo el frío invadía mis huesos. Aquello debía de ser lo que los actores describen como miedo escénico… En mi caso no era miedo: ¡era terror!
— ¿Lista? —preguntó el compañero que se situaba tras aquel horrible aparato.
—Sí —mentí en un hilo de voz.
—Muy bien —anunció aquel chico—. Tres, dos, uno…
Una luz roja se encendió, indicándome que la cámara de video comenzaba a grabar cada uno de mis movimientos. Todo lo que hiciera y dijera quedaría plasmado en su memoria digital. El nudo de mi garganta creció.
—Hoy… hemos sabido… —escuché mi propia voz, tensa y entrecortada.
Aquello no comenzaba nada bien y enmudecí sin remedio. Volví a carraspear y miré el papel de reojo.
—Tranquila. Vuelve a empezar —me alentó el cámara.
—De acuerdo…ya voy —asentí casi sin voz.
La angustia me paralizaba. Sabía que era irracional sentirme así, ya que todos en aquella habitación se enfrentaban por primera vez a ser el centro absoluto de atención. Era un simple ejercicio, no me jugaba nada. Pero daba igual, no lo podía controlar. Unas repentinas lágrimas me nublaron la vista. No iba a ser capaz de hacerlo.
—Que pase el siguiente —balbuceé—. Yo no puedo…, lo siento.
Me levanté de la silla súbitamente. Los rostros desconcertados de todos los que me rodeaban me miraban de hito en hito. Huí apresurada hacia donde había dejado mi bolsa y los cuadernos. Los cogí, sumida entonces en un desconsolado llanto. Corriendo, abandoné la clase en busca de las escaleras que conducían al vestíbulo principal de la facultad de Ciencias de la Información. El pánico que se había apoderado de mí era absurdo, lo sabía, pero era víctima de una fobia que me obligaba a huir. No sabía cómo iba a superarlo; me hallaba absolutamente indefensa ante mi cobardía. No tendría que volver a asistir a esa clase hasta la semana siguiente.
Contaba con varios días para intentar serenarme y volver a intentarlo. Confiaba en ser capaz de hacerlo en mi próxima oportunidad, pero albergaba serias dudas de que fuera a conseguirlo.
Algo más calmada y ya sin lágrimas en los ojos, llegué hasta mi coche. Había sido un día nefasto: primero, la extraña actitud de Kitty, y luego, mi incapacidad para decir cuatro simples frases delante de una cámara. Decidí ir a casa y correr a las caballerizas para refugiarme, a lomos de Alma, en los bosques que se dirigían al Monte de la Luna.
Ese sábado necesitaba ir a Madrid, pero mi madre había cogido mi coche prestado y los trenes volvían a estar de huelga.
— ¿Y cómo vas a ir entonces? —me preguntó Gloria, mientras pelaba unas patatas en la encimera de la cocina.
—La verdad, no tengo ni idea —respondí contrariada al tiempo que removía el café con la cucharilla.
Podía pedírselo a Kitty, pero ella ya me había acompañado en muchas ocasiones a la ciudad, y no quería obligarla a conducir en un día tan lluvioso y gris. Además, la noche anterior habíamos salido a dar una vuelta y cuando yo me fui a casa ella se encontraba en la pista bailando como una loca en compañía de Marley. A juzgar por sus eufóricos bailes, me apostaba el cuello a que no se habían ido de allí hasta las mil. Sería una faena llamarla tan pronto y despertarla en plena resaca.
—Me temo que tendré que posponer mi excursión a Madrid. No tengo forma alguna de ir hoy —declaré tras estudiar las opciones.
Unos pasos sonaron detrás de mí y me giré. Quinn entraba en la cocina y se dirigía directo a la cafetera. Llevaba esos vaqueros que le sentaban tan bien y una camiseta azul de manga larga que insinuaba su atlético torso. Su pelo había crecido, y unos mechones mojados le caían sobre la frente. Como siempre, parecía salida de una página de la revista Vogue.
—Buenos días —nos saludó de muy buen humor. Esos ojos avellana brillaron con una mezcla de malicia y picardía—. Rachel, ¿tienes que ir a Madrid? —preguntó, mientras esperaba a que la taza se llenara del espumoso café espresso.
—Sí. Quería ir a ver una película que sólo proyectan en los cines Renoir de la calle Princesa —respondí intimidada—, pero mi madre se ha llevado mi coche. Tengo que escribir una crítica, y no me queda mucho tiempo.
— ¿Por qué no vienes conmigo? —ofreció de buen talante, tomando asiento a mi lado—. Necesito ir a buscar algunas cosas a casa de mi abuela. Pensaba salir en unos quince minutos, pero si necesitas más tiempo, te espero.
Su amabilidad me cogió totalmente desprevenida, con lo que me demoré en responder. Desde nuestro encuentro en la sala de estar unos días atrás, apenas habíamos intercambiado unas palabras, con lo que su generoso gesto me desconcertó por completo. Era la primera vez que se mostraba tan agradable conmigo.
— ¿En serio no te importa? —dije al fin.
—No, no me importa en absoluto.
Aquel ofrecimiento me inquietaba. Ambas sabíamos que no terminábamos de encajar, así que no comprendía muy bien su repentino ataque de amabilidad, aunque sin duda era la solución perfecta. Lo malo es que eso nos obligaría a pasar el día juntas.
—El primer pase de la película no es hasta las cuatro y media, quizá tú quieras volver antes. ¿No tienes ensayo con el grupo?
Había recordado que Cube solía reunirse los sábados y, ahora que Quinn se les había unido, no les podía dejar tirados.
—Descuida, no hemos quedado. Lo hemos dejado para mañana porque ni yo ni Finn podíamos hoy. Si te soy sincera, no me importa nada esperar a que empiece la película. Un poco de cine de autor no me vendrá nada mal —añadió divertida—. No hay nada más que decir; te vienes conmigo. Sólo te voy a pedir que a cambio me ayudes con algunas cajas que tendré que meter en mi coche.
Era obvio que no me dejaba alternativa, con lo que no discutí. Terminé mi café y subí a cambiarme, ya que todavía estaba en pijama. Me duché a toda prisa y me planté delante del armario después de haberme secado el pelo en un tiempo record. Por primera vez en muchos meses me encontré analizando mi ropa. ¿Qué podía ponerme? Rebusqué entre las perchas apresuradamente. No había nada que se me antojase bonito. Había descuidado tanto mi aspecto que ahora, cuando quería vestirme con algo que resultase sofisticado a la par que informal, no veía nada que me pareciera adecuado entre aquellas prendas aburridas y grandes.
No quería parecer una simplona chica de pueblo junto a una de las mujeres con más estilo que había conocido nunca. Quinn, llevara lo que llevase, siempre estaba irresistible. Kitty tenía razón, iba a tener que ir de compras con urgencia. No podía seguir vistiéndome simplemente para cubrir mi delgado cuerpo. La moda no tenía nada de malo y yo había huido de ella como si de una plaga se tratase.
Seguía allí plantificada, vestida tan sólo con mi ropa interior, incapaz de saber qué ponerme. Rachel, tranquila, vamos por partes me dije a mí misma, tratando de apaciguar mi ansiedad.
Lo primero que hice fue elegir unos vaqueros, los más estrechos que tenía. Una cosa menos. En uno de los cajones vi una sencilla camisa blanca que era más pequeña que las demás. Me la puse. No era lo más sexy del mundo, pero no me sentaba mal. Bien, sólo quedaba elegir algo de abrigo. Recordé que mi madre me había regalado hace poco una cazadora de cuero gris que ni siquiera me había probado. ¿Dónde la había puesto?... ¡Ah, sí, en el armario de la izquierda! Lo abrí y allí estaba, colocada en una percha con la etiqueta aún colgando. La saqué y, al observar su forma entallada, agradecí de veras que mi madre hubiera elegido algo tan adecuado. ¡Era perfecta! y me quedaba como un guante. Arranqué la etiqueta, me calcé mis botas de ante, busqué una bufanda que combinara con el conjunto y agarré mi bolso, saliendo por fin de mi habitación.
Quinn me esperaba en la cocina mientras charlaba con Gloria, que me miró sorprendida al verme aparecer vestida con más cuidado que de costumbre. Disimuló su asombro y siguió con sus quehaceres sin decir nada al respecto.
—Ya estoy lista —anuncié nerviosa.
Nos despedimos de Gloria y salimos al jardín por la puerta de la cocina, camino hacia su coche. Había dejado de llover y entre las nubes empezaban a colarse unos tímidos rayos de sol. Subimos al vehículo y Quinn arrancó el potente motor, que ronroneaba al avanzar por la estrecha calzada que se dirigía a la carretera comarcal. Sus dedos jugaron con los botones de la moderna radio y eligió algo de música para que nos hiciera el trayecto más ameno.
Un grupo extranjero que desconocía comenzó a sonar en los magníficos altavoces de aquel coche. Me removí nerviosa en mi asiento, sin saber muy bien qué hacer mientras ella conducía, deprisa y con gran destreza, por la serpenteante carretera que nos llevaría a la autopista. Resultaba sumamente extraño encontrarme allí sentada junto a ella, en el interior de aquel coche que siempre observaba con recelo desde mi habitación. Todo en Quinn era un misterio y eso me asustaba. Aunque llevara un tiempo viviendo con nosotros, la verdad es que no le conocía en absoluto. En aquel instante me pregunté por qué demonios había aceptado su ofrecimiento… Ahora ya no tenía escapatoria: me había metido en la boca del lobo casi sin darme cuenta.
Una vez pasamos el peaje, el coche aceleró hasta alcanzar una velocidad que superaba con creces el límite establecido. Quinn conducía con una decisión tal que su coche parecía volar, pero sin hacer movimientos bruscos ni peligrosos. Me relajé y decidí disfrutar del trayecto. La velocidad nunca me ha asustado y aquella rápida música pedía algo de adrenalina.
— ¿Quiénes son? —pregunté.
—Kings of Leon —respondió, sin apartar la mirada de la carretera.
—Son distintos —observé—. No parecen copiar a nadie, y eso me gusta.
—Sí, yo pienso lo mismo —asintió sin apartar los ojos de la carretera—. Cuesta trabajo encontrar grupos genuinos.
— ¿Cómo se llama esta canción? —quise saber.
—Be Somebody.
La sensual voz del cantante nos rodeaba:
Given a chance, I'm gonna be somebody
If for one dance, I'm gonna be somebody
Open the door, it's gonna make y ou love me
Facing the floor, I'm gonna be somebody.
Continuamos disfrutando de aquel disco en silencio. Los kilómetros volaban y llegamos a la M30 en un tiempo record. Tomamos la salida de la calle Alcalá y Quinn condujo en dirección al parque del Retiro. El incesante trajín mañanero de aquel distrito animaba las calles con un vertiginoso ir y venir de peatones.
Rodeamos la puerta de Alcalá y tomamos la calle Alfonso XII. La suerte estuvo de nuestro lado y Quinn pudo aparcar en un hueco cerca de su antigua casa.
—Por eso quería venir pronto. Si no, no hay donde aparcar —señaló mientras cerraba su coche.
El portal estaba a tan sólo unos metros, justo en frente de una de las entradas al parque. Observé la fachada de piedra, provista de elegantes y variados elementos decorativos. El ritmo de antiguos balcones acristalados, que sobresalían sobre la acera, convertía el edificio en un gigante cuya piel aparentaba moverse.
Quinn abrió el enorme portalón y nos adentramos en un fastuoso vestíbulo de mármol de altos techos curvados. Una ancha y corta escalinata conducía al viejo ascensor de madera y cristal. Montamos dentro y comenzamos a subir. La fabulosa escalera ascendía a nuestro alrededor, exhibiendo unos sinuosos escalones de madera muy brillantes y pulidos. Los intrincados motivos vegetales que conformaban la barandilla de hierro negro nos perseguían, dando la sensación de que se iban a adentrar en la cabina. Aquel espectacular interior era un magnífico ejemplo de la arquitectura de la Belle Epoque. Llegamos al séptimo y último piso, y el ascensor se detuvo. Me percaté de que en aquel rellano sólo había una elegante puerta de madera de caoba.
El piso de Ángela ocupaba la planta entera, y desde todas las habitaciones se divisaban los árboles del conocido parque madrileño. La casa era muy elegante, exhibiendo una decoración discreta y clásica. Con aquellos techos tan altos, y unas estancias de dimensiones tan generosas, no era necesario recurrir a excentricidades. Aunque aquel piso se hubiera encontrado vacío no habría perdido ni un ápice de su encantadora personalidad.
Quinn fue a buscar más cajas al desván para meter las cosas que quería llevarse, y yo deambulé por el recibidor hasta llegar al hueco de las enormes puertas correderas de caoba que daban paso al salón. Una vez allí, encontré dos sofás gemelos, uno frente al otro, que se situaban a ambos lados de una soberbia chimenea de mármol blanco. Sobre ella, un magnífico cuadro de Sorolla presidía el conjunto. Me acerqué fascinada hasta él. Lo observé con detenimiento: cada pincelada… cada detalle… Estaba segura de que era auténtico, pues era demasiado bello para que fuera una imitación. Bajo el encantamiento de aquel lienzo, seguí recorriendo la sala con mayor curiosidad. A mi derecha encontré una biblioteca, también de caoba, que se elevaba hasta el techo. La cantidad de libros allí almacenados era inmensa; imposible leer todos en una sola vida.
Sobre algunas de esas estanterías había varias fotografías, muchas de ellas en blanco y negro, retratando a personas de otra época que casi con total seguridad ya no vivían.
Aquel sombrío pensamiento me provocó una oleada de tristeza. Cuando nos hacemos viejos lo que nos queda se encuentra más en el pasado que en el presente. Quinn, todavía tan joven, había estado viviendo en una casa donde todo parecía ser de otro tiempo; un lugar donde prevalecían los recuerdos. Aquella era una atmósfera natural para una señora que iba camino de los ochenta, con una larga vida a sus espaldas, pero en absoluto el sitio más idóneo para alguien de nuestra edad, cuando el número de recuerdos son todavía muy inferiores a los sueños que nos quedan por realizar.
Entre los marcos de fotos, al fin divisé una estampa en color. Una pareja de recién casados sonreía con falsedad, carentes de felicidad. Se mostraban circunspectos, como si desearan terminar de aguantar la postura que el fotógrafo les había sugerido que adoptaran.
Adiviné que eran los padres de Quinn, pues aquella joven se le parecía tanto que resultaba evidente que ella le había traído a este mundo. Su padre, serio y taciturno, se me figuró un ser gris y sin vida.
Continué observando las demás fotografías, deteniéndome en una que mostraba a una niña que sonreía de oreja a oreja sobre un triciclo, mientras sujetaba un enorme helado de cucurucho que se derretía sin remedio en sus manos. Aquellos ojos eran inconfundibles: se trataba de Quinn cuando tendría tan sólo tres o cuatro años. ¿Quién le habría dicho a aquella alegre chiquilla que, años después, esa inocente sonrisa se borraría para siempre? La vida le había robado sin piedad su juventud, despojándole de sus sueños y congelando su futuro. Seguramente, ella había vivido en esa casa pensando que, como a su abuela, sólo le quedaban los recuerdos, olvidando por completo que su camino no hacía más que empezar.
Permanecí tanto tiempo absorta en aquellas consideraciones que, cuando fui a buscarle para ofrecerle ayuda, ya tenía casi todo empaquetado en las cajas.
—Lo siento, me he quedado como una boba admirando los objetos del salón — me disculpé.
—Tranquila, era mejor que lo hiciese yo porque tenía que decidir qué llevar y qué no.
Miró a su alrededor con nostalgia. Me percaté de que debía de haber sido una tarea difícil: aquel espacioso cuarto se hallaba repleto de estanterías sin fin, con cedés por todas partes e infinidad de libros y revistas. Sobre el escritorio de roble había aún más objetos y recuerdos.
—Me imagino que no es fácil hacer la criba de qué llevarte —observé, conmovida. Toda una vida que había que empaquetar; difícil, muy difícil.
—Es bastante caótico —suspiró—. Si pudiera me lo llevaría todo, pero he de elegir. No quiero asustar a tu madre llegando con una furgoneta de alquiler llena hasta reventar.
Tengo que engañarla poco a poco. No quiero abarrotar a la primera de cambio esa habitación tan cómoda que me han preparado.
—Sí, haces bien. A ella le daría un soponcio si de repente la encontrara llena de discos, libros y pósters de rock por todas las paredes.
—Sí, supongo que le daría un susto de muerte si alrededor de esa pareja de láminas tan sugerentes que colocó yo comenzara a colocar mis viejos pósters de Led Zeppelin.
Ambos reímos al imaginar la cara que pondría mi madre si se llegara a encontrar alguna vez semejante batiburrillo. Con lo perfeccionista y meticulosa que era se desmayaría en el acto. Su comentario sobre las láminas no me pasó desapercibido, pero me abstuve de mencionar el hecho de que había sido yo la que las había elegido.
—En serio, no pretendo llevarme todo esto. Algún día volveré… —dijo esperanzada.
— ¿Volverías a esta casa? —inquirí sorprendida. A mi entender, no era una buena idea, aquellas paredes encerraban demasiado dolor.
—Ni loca —sentenció tajante—. Ella ya no vive aquí, y no volverá. Sin Ángela esta casa no tiene ningún sentido para mí. Me refería a regresar a Madrid, no a este piso.
Le ayudé con las cajas que menos pesaban, pues había algunas que yo no podía ni levantar. Fueron necesarios tres viajes en el lento ascensor, tras los que estuvimos listos para meter todo en el maletero. El sol había ganado la batalla y ya no quedaban más que unas dispersas nubes que flotaban sobre nosotras, alejándose hacia el este. Era pronto para ir a comer, con lo que decidimos cruzar la calle y adentrarnos en el Retiro.
Paseamos por la gran avenida peatonal, enmarcada por escultóricos arbustos.
Quinn no calló ni un segundo, deleitándome con historias muy divertidas de su niñez. A juzgar por sus relatos, había sido una niña muy traviesa, lo que le había llevado a meterse en más de un apuro. Se describía así misma como una inquieta y aventurera chiquilla que quería explorar cada rincón de aquel extenso pulmón vegetal. Tenía una larga lista de travesuras; desde ahogar a los pobres patos del estanque hasta quedarse encerrada toda una noche en el Palacio de Cristal, matando a su madre de angustia hasta la mañana siguiente. No me costaba imaginarle haciendo aquellas diabluras, porque aún hoy emanaba ese aire de rebelde incomprendida. Trataba de enderezar su vida y volver al redil. Aun así, yo intuía que ella no era como los demás. Podría llegar a centrar su vida, pero nunca sería una persona convencional. Saltaba a la vista que era apasionada y enérgica, así que no corría peligro de convertirse en alguien corriente.
El sol calentaba a pesar de estar a finales de octubre. Las terrazas de los bares que rodeaban el estanque se hallaban repletas de gente que disfrutaba de aquella luminosa mañana. Al ver que una de las mesas quedaba libre, nos apresuramos a sentarnos antes de que nos la robaran. Era muy tentador permanecer un rato bajo el sol, contemplando a aquellos que remaban en las barcas.
—Esto es algo que sí echo mucho de menos. —Quinn se quitaba la trenca de paño gris que había traído consigo. Le imité, dejando la cazadora sobre la tercera silla—. Madrid en otoño es inigualable.
—Es muy agradable, no te lo voy a negar —asentí, estirando mis piernas hacia el suelo de tierra—. No obstante, la sierra en esta época está preciosa, con todos los árboles cambiando de color.
—No lo niego —continuó ella, su mirada me avisó de que iba a ponérmelo difícil—, pero lo que no he visto en la sierra es millones de personas paseando, bares repletos a la hora del aperitivo en la Latina, festivales de Jazz que quitan el hipo, tantas exposiciones que no sabes a cuál ir, obras de teatro todos los días de la semana, conciertos que se solapan y te tienes que desdoblar, la noche en blanco…
— ¡Vale, vale!... ¡Para ya! —le interrumpí—. Ya sé que Madrid es una ciudad fascinante. Eso no lo discuto, sino ¿a que vendría yo hoy aquí? Es evidente que en Montegris no puedo encontrar todo ese abanico cultural.
Su semblante triunfante me hizo reír.
— ¿Ves? —agitó sus brazos, señalando a su alrededor—, esta ciudad lo tiene todo. Si ya lo decimos: ¡de Madrid al cielo!
—Hay que saber distinguir. Una cosa es el frenesí que aquí se respira y otra muy distinta la belleza de los bosques de la sierra, donde puedes perderte a caballo durante kilómetros y olvidarte del mundo. Cada cosa tiene su momento. Hoy toca disfrutar del caos y la alegría de esta ciudad.
— ¿Y mañana?, ¿qué toca? —preguntó, alzando una ceja. Su expresión enigmática me confundió—. ¿Quizá cantar Set down your glass?
Por unos instantes me quedé paralizada. Por supuesto que sabía a lo que se refería: estaba claro que aquella noche, mientras ella tocaba aquella canción en la terraza, se había percatado de mi presencia tras la ventana. Me miraba con aquellos ojos felinos que, iluminados por la intensa luz de mediodía, adquirían un brillo casi sobrehumano.
— ¿Me escuchaste cantar? —conseguí preguntar finalmente.
—Sí, y déjame decirte que tienes una voz preciosa —aquel cumplido me ruborizó. Su voz, grave e intensa, silenció todos los demás sonidos que nos rodeaban.
—No sabía que te hubieras dado cuenta de que estaba allí… —conseguí decir al fin, a pesar de mi turbación—. No pude evitar cantarla, siempre me ha parecido una canción muy especial.
—Es modesta y sincera. Eso la convierte en extraordinaria, ¿no crees?
—Sí, es perfecta —asentí, totalmente de acuerdo con su descripción—. Fue una sorpresa muy agradable llegar a casa y encontrarme con el sonido de tu guitarra.
—No sé quién se sorprendió más: si tú o yo —hizo una pausa para dar un sorbo a su cerveza—. No tenía ni idea de que te gustara cantar.
—La verdad es que hay muchas cosas que no sabes de mí…
—Ya, es evidente que desde que llegué no he sido santo de tu devoción. Ni tú ni yo nos hemos dado la oportunidad de conocernos.
Así que quería llevar la conversación por aquellos derroteros. Comenzaba a comprender por qué me encontraba allí con ella. En ese caso yo no iba a ser menos, también tenía derecho a preguntar.
— ¿Por qué te has ofrecido a traerme?
—No era ninguna molestia, iba a venir de todas formas. No me caes tan mal como para no soportar tu presencia en mi coche. Además, empiezo a estar harta de vivir con una total desconocida. Quería ver si es posible mantener contigo una conversación de más de cinco minutos.
—Como puedes ver, no muerdo.
—Hoy no, pero normalmente sí. Sé que no soportas mi presencia en tu casa.
—Estás equivocada —le corregí—. Lo que ocurre es que me cuesta trabajo adaptarme a los cambios. Digamos que soy algo complicada y las novedades me aturden. No es fácil compartir mi universo con una completa desconocida.
Sus labios dibujaron una sonrisa antes de hablar y aquellos ojos avellana se iluminaron.
—Supongo que has intentado seguir con tu vida tratando de ignorar que una extraña se haya instalado en la habitación de al lado. No puedo reprocharte que intentes preservar tu mundo. Al fin y al cabo, tú no decidiste que yo me mudara con ustedes, igual que yo no quería hacerlo. En eso estamos empatadas. —Su gestó se torció—. Si yo estuviese en tu lugar quizá hubiera actuado de la misma manera.
—Eso suena muy comprensivo por tu parte, pero no me exculpa. Estoy al tanto de lo mucho que has sufrido y aun así no te lo he puesto nada fácil.
Encaré la verdad por fin, pues jamás lo habíamos hablado. Esa especie de tácito acuerdo de no mencionar su pasado sólo servía para enrarecer aún más la situación. Ella no se mostró molesta ante mi declaración, así que me sentí libre para continuar.
—Quinn, sé todo lo que ocurrió y no quiero compadecerte por ello, porque me imagino que eso sólo haría que te sintieras peor. Supongo que lo que quieres es que los demás te tratemos como a una igual y no como a un ser desamparado, ya que pareces muy capaz de salir adelante. Sin embargo, yo no tenía derecho a ponértelo aún más difícil ignorándote siempre, y en ocasiones, incluso mostrándome descortés. Por eso te pido perdón. Por favor, acepta mis disculpas; me sentiré mucho mejor si lo haces.
—En ese caso, de acuerdo, las acepto. —Sonreía, visiblemente complacida con mi discurso—. ¿Sabes una cosa?
— ¿Qué?
—Eres la primera persona que me habla con tanta franqueza desde que llegué. Todo el mundo ha sido muy amable conmigo, incluso demasiado.
Se aproximó al borde de la silla, acercándose más, casi rozándome.
—No me malinterpretes, no me importa en absoluto que intenten hacerme todo más fácil. De hecho, es muy agradable. Pero agradezco que te hayas acercado a mí cuando realmente has querido, sin forzarte, sin tratar de interpretar el papel de chica encantadora que me quiere hacer sentir como si llevara toda la vida en tu casa, porque eso no es la verdad. Tanto tú como yo tenemos que adaptarnos a esta nueva situación. No es sencillo para ninguna de las dos.
—No, no lo es —admití.
—Así que aunque a veces me hayas trastocado con tu actitud algo áspera, la prefiero, porque era sincera.
—Demasiado sincera quizá —añadí, ligeramente arrepentida, recordando mi empeño en evitarle—. En esta vida hay que saber ser diplomático, y a mí eso no se me da muy bien.
—Sí, hay que ser diplomático en ocasiones, aunque en esta situación yo prefiero la honestidad. Por ejemplo, debido a tu actitud conmigo desde que llegué, sé que si hoy has venido conmigo es porque en el fondo no te caigo tan mal. No sé qué hice para conseguir tu atención aquella noche, pero sea lo que sea, tengo la absoluta certeza de que por primera vez te sentiste a gusto con la idea de tenerme a tu alrededor.
Tenía razón, comenzaba a estar a gusto, quizás demasiado. Cada segundo que transcurría me apetecía aún más que aquella improvisada tregua no se acabara. Habría permanecido en aquel precioso parque, con su cuerpo tan cerca del mío, mil horas más.
—No te adjudiques tú solita todo el mérito —dije bromeando—. Fueron tu guitarra y esa canción las que me incitaron a cantar.
Una cálida risa surgió de su garganta y me miró con picardía. La expresión en su cara me resultó dolorosamente encantadora y sexy, despertando una señal de alarma en mi estómago. Desde su llegada Quinn me había parecido una chica más bien callada y algo oscura, así que aquella encantadora faceta de su carácter me cogía absolutamente desprevenida; ahora ya no era sólo una chica con un físico imponente.
Me estaba comportando de manera muy distendida con ella. Yo misma me asombraba ante mi naturalidad. Normalmente con los chicos me mostraba muy introvertida. No solía seguirles el juego y, ni mucho menos, pasaba un día entero con ellos así como así.
Desde que habíamos salido de Montegris, su presencia, lejos de agobiarme, estaba surtiendo un efecto balsámico. Mis habituales miedos e inseguridades parecían haberse disipado a lo largo de aquella mañana. Su compañía me envolvía con un manto de confianza, bajo el cual me sentía protegida y relajada.
— ¿Me prometes una cosa? —preguntó.
— ¿El qué?
—Volver a cantar conmigo alguna vez.
—Aunque quisiera, no podría.
— ¿Por qué no?
—Porque si sé que alguien me está escuchando soy incapaz de hacerlo.
Me ocurría como en clase: si sabía que me observaban era absolutamente incapaz de pronunciar una sílaba. La tensión y el miedo a hacer el ridículo agarrotaban cada músculo de mi garganta.
—No debería ser así —susurró—. Tienes la voz de un ángel. Deberías estar orgullosa y disfrutar con ella, sin importar quién haya a tu alrededor.
—No sé si mi voz es la de un ángel, o la de un demonio. Sólo sé que cuando canto me siento libre. Pero nunca he conseguido dejarme llevar en presencia de otros, no lo consigo superar, la vergüenza es superior a mí.
—Pues es una pena. No deberías avergonzarte de tener ese don.
La dulzura con la que pronunció aquellas palabras encendió de nuevo esa alarma dentro de mí. Tenía que cambiar de tema urgentemente o sus piropos iban a conseguir que me sonrojara sin remedio.
—Oye, cambiando de tema, tengo mucha hambre. ¿Qué te parece si vamos a comer algo? —propuse, consiguiendo al fin que Quinn dejara el asunto de mi voz.
Fuimos a almorzar a un restaurante oriental por el barrio de las letras. Yo no estaba muy familiarizada con los platos, con lo que dejé que me aconsejara porque ella conocía al dedillo las especialidades de aquel exótico local. Se lo pasó en grande contemplando mis muecas al probar cosas como el jengibre o las algas fritas. La carcajada definitiva le sobrevino cuando yo, en mi ignorancia sobre la gastronomía japonesa, metí alegremente un trozo de wasabi en mi boca. Creí que mi nariz se iba a despegar de mi cara al notar el intenso picor que ascendió por mi garganta y que terminó explotando en mis fosas nasales. Jamás en mi vida había experimentado nada igual: ¡era como tragar fuego! Quinn se disculpó por no haberme avisado de que sólo tenía que haber puesto un granito de aquella pasta verde sobre la pieza de sushi, en lugar de comérmelo como si se tratase de un simple trozo de puré. Aquel episodio no me acobardó y me animé a probar el teriy aki de pollo, que resultó ser absolutamente inofensivo y delicioso. Para terminar, compartimos una bola de helado de té verde, lo que ayudó a mitigar el picor que, aunque menos intenso, seguía molestándome todavía.
Habíamos dejado su coche aparcado en una calle cercana. Como sería imposible volver a tener tanta suerte un sábado por la tarde, decidimos no arriesgarnos y caminamos hasta el cine. Nos llevó más de media hora, aunque no nos importó porque no teníamos prisa. Llegamos con tiempo suficiente para comprar las entradas y tomar un café antes de entrar a la sala.
La película me emocionó tanto que, en silencio, dejé caer unas lágrimas. No quería que Quinn me viese llorando como una magdalena, así que fui discreta. Enjuagaba mis lágrimas con la manga de mi jersey, simulando que me picaba un ojo bajo mis gafas.
Juntos, nada más era una película francesa dirigida por Claude Berri y protagonizada por la misma actriz que interpretó a Amelie.
Encontré muy paradójica la historia. Relataba la llegada de una solitaria joven llamada Camille a un espacioso y destartalado piso en el que ya viven dos jóvenes: Phillibert (excéntrico y de origen aristocrático) y Frank (maleducado y mujeriego). Más tarde se les unirá Paulette (la abuela de Frank), una anciana necesitada de cariño. Entre ellos cuatro tendrán que enfrentarse a nuevas situaciones como la convivencia, la amistad o el amor. Quinn y yo nos habíamos visto inmersas en una situación similar al convertirnos en compañeras de casa. Quizá por eso abandonamos el cine inmersas en un estado reflexivo y ausente, absorbidas por la historia que nos acababan de describir. Existían muchas similitudes entre el argumento de la película y nuestras propias vidas. Aquella coincidencia nos dejó algo descolocadas; más cuando había sido el destino el que había hecho que Quinn me acompañara al cine aquella tarde.
En nuestro camino de regreso al coche nos detuvimos en una chocolatería situada junto a la plaza de Callao. No podíamos dejar incompleto nuestro día en la ciudad: teníamos que tomar unos churros antes de volver a casa. Sentadas en una pequeña mesa redonda junto a un ventanal, degustábamos pensativas el espeso chocolate caliente.
—Es irónico, ¿verdad? —irrumpió Quinn, dejando de mirar por la ventana para clavar sus ojos en los míos—. Esa película parecía describirnos a nosotras en cierta forma…
—Sí, tienes razón. Esos personajes se ven forzados a compartir un hogar, y tienen que aprender a convivir, dejando sus diferencias a un lado —estaba describiendo lo que ocurría en la película y, sin embargo, parecía referirme a nosotras—. Es muy paradójico, la verdad.
—A lo mejor la elegiste por eso —sugirió—. Al leer la crítica quizá intuiste que, en cierta forma, te podía ayudar a comprender la situación que ambas nos hemos visto obligadas a vivir.
—No lo había visto así… —respondí pensativa—, pero ahora que lo dices, es posible que esa fuera la razón por la cual me decanté por esa película y no por otra de las muchas que tenía en mente.
—Es curioso cómo a veces el destino nos guía, ¿no crees?
— ¿A qué te refieres exactamente?
—A que tú no tuvieras tu coche hoy, yo te haya traído a Madrid, y hayamos visto esa película juntas. Es como si la suerte me hubiera arrastrado a encontrarme con Frank, un chico que huye de las responsabilidades y no tiene a nadie más en el mundo que a su abuela Paulette. Suena familiar, ¿no?
Asentí en silencio.
—A su vida llega Camille, prudente y solitaria, traída de la mano de Phillibert, un personaje amable, soñador e ingenuo, que es tan puro y auténtico como el destino —reflexionó ella.
—Phillibert es la razón por la cual ellos dos terminan enamorándose; gracias a él ambos aprenden a abrirse a sus sentimientos —añadí, comprendiendo la analogía que trataba de exponerme Quinn.
Me miró con una intensidad tal que sentí cómo un nudo se iba formando en mi estómago.
—Exacto, Phillibert representa a ese niño que todos tenemos; a esos sueños que ocultamos; a la capacidad de amar sin condiciones; a la valentía de aceptarnos como somos…
—Y tú… ¿me ves como a Camille? —tanteé.
—Sí, en cierta forma así es.
— ¿Por qué? —me atreví a preguntar.
—Porque tanto ella como tú guardan su maravilloso mundo para ustedes mismas. Los demás queremos descubrirlo, pero no nos lo permiten.
— ¿Quién te dice a ti que mi mundo interior sea maravilloso?
Esbozó una media sonrisa irresistible, demorando unos segundos su respuesta.
—El hecho de que me hayas llevado a ver una película tan sutil y conmovedora—afirmó tajante—. Eso me dice mucho de ti…
Era muy intuitiva: se había dado perfecta cuenta de que yo me había sentido muy identificada con la protagonista, y tratar de negárselo iba a ser una causa perdida. Tenía que tener cuidado con ella: si le dejaba leer entre líneas me tendría calada sin darme apenas cuenta. Y ya se estaba acercando demasiado.
—Y tú, ¿te has visto reflejada en Frank? —decidí preguntar.
—No en todo, pero sí en lo perdido que está en un principio, y en cómo culpa a los demás de sus desgracias. Eso me resulta demasiado familiar. Yo solía hacerlo a menudo.
— ¿Y ahora?...
—Ahora empiezo a darme cuenta de muchas cosas…—suspiró—. He perdido mucho tiempo sintiendo que la vida no merecía la pena, y ha llegado el momento de pensar en positivo.
—Me alegra escuchar eso.
—Gracias. Si supieras cómo he desaprovechado mi vida en los últimos tres años… —añadió con amargura.
—No pienses en eso. Lo hecho, hecho está. El pasado es el arma que tenemos para aprender. Gracias a nuestras equivocaciones sabemos mejor qué es lo que queremos realmente.
—Visto así, se podría decir que todas mis cagadas al final han sido aciertos — comentó echándose a reír.
—No, no te equivoques. No fueron aciertos; fueron decisiones erróneas. Sin embargo, si sabes aprovechar lo que te enseñaron, entonces sí te ayudarán a encontrar el camino—le expliqué—. Creo que el primer paso ya lo has dado. No todo el mundo admite sus errores.
—Sería una necia si no los admitiera —sentenció.
—Ya, pero es que no todo el mundo es tan valiente como tú.
—Yo no soy valiente, sólo trato de sobrevivir. —El énfasis de aquella declaración me entristeció. Su sufrimiento era más que evidente—. No sé si podré ser tan fuerte como para no volver a dejarme llevar por la amargura. No tengo a nadie más en este mundo que a mi abuela, y ella no estará siempre.
En aquel momento deseé decirle que me tenía a mí, que yo le apoyaría. Pero me contuve, no podía ofrecer algo que temía tanto sólo por el hecho de que las últimas horas a su lado estuvieran resultando ser una auténtica sorpresa. Al fin y al cabo, seguíamos siendo dos extrañas.
—Entonces debes crear tu propio universo rodeándote de gente que te brinde su amistad y su cariño —le aconsejé—. Los buenos amigos también pueden ser tu familia.
—Dime: ¿qué ocurre cuando esas personas a las que te quieres acercar no muestran el mismo interés hacia ti?
Su intencionada pregunta me cogió totalmente desprevenida. Me miraba fijamente. Aquellos inteligentes ojos adivinaban con demasiada facilidad lo que los míos querían esconder.
—Entonces debes seguir buscando —contesté con brusquedad.
—Y, ¿qué haces cuando sabes que una persona no se deja conocer porque tiene miedo?
—Respetar su intimidad —respondí a la defensiva—. Nadie puede ser forzado a dar su amistad, eso tiene que ocurrir de forma natural.
—Rachel, lo que no es natural es que sea el miedo quien elija por ti.
Sus ojos no permitieron que los esquivara. Una vez más me miraba desafiante, muy de cerca. Comencé a ponerme nerviosa, me estaba acorralando.
La maldije para mis adentros.
¿Cómo se atrevía a cuestionar mi actitud? ¿Qué narices sabría ella sobre mí? ¡Qué estúpida! No debía haber pasado el día con ella. Ahora ya se sentía con derecho a darme consejos.
Me levanté de la mesa con la excusa de ir al baño y así poder cortar de cuajo aquella incómoda escena en la que yo, indudablemente, me sentía absolutamente perdida. ¿Cómo podía haberme adivinado con tanta facilidad tras unas pocas horas juntas?
Cuando regresé, ella ya había pagado la cuenta, con lo que abandonamos la cafetería y nos dirigimos en silencio a su coche.
Quinn no parecía enfadada ante mi actitud malhumorada. Caminaba con una irritante sonrisa que indicaba que no se arrepentía en absoluto de haberme puesto contra las cuerdas. En esos instantes, le odié por ello. Mientras caminábamos nos convertimos de nuevo en dos desconocidas.
Una vez en el Audi, traté de olvidar la conversación y me esforcé en relajarme mientras Quinn conducía por la autovía a toda velocidad. Los potentes altavoces reproducían de forma aleatoria la música que la radio tenía almacenada. Cuando le tocó el turno a una canción que me chiflaba, Warning de Great Northern, partículas de magia comenzaron a flotar en el habitáculo; la electricidad parecía quemarnos. Mi malhumor dejó paso a una sensación desconocida y alarmante, mucho más incómoda que la anterior. Resultaba más sencillo estar enfadada que lidiar con aquel temor a que ella descubriera quién era yo realmente. Y como decía la letra de la canción: aquello era una llamada de atención.
When you whisper
I can hear
What you are thinking,
Thinking my dear
This is a warning calling…
(Cuando suspiras
Puedo oír
Lo que estás pensando
Lo que estás pensando querida
Esto es una llamada de atención…)
Clavé mi mirada en el asfalto, tan sólo iluminado por los faros del vehículo.
Murmuré la letra en mi mente, sin atreverme a cantarla en alto. El miedo se iba apoderando de mí, trepando por mi piel al ritmo de aquella poderosa canción. Algo comenzaba a cambiar, lento pero inexorable. Y dudaba que fuera a ser capaz de detenerlo.
Un nuevo y desconocido planeta se adentraba en mi universo. Tras mucho esfuerzo, había conseguido crear mi propio orden y cada uno de mis astros seguía la órbita que les correspondía. No podía dejar que un nuevo elemento descolocara el perfecto sistema que había logrado constituir. Tenía que marcar las distancias con ella o estaría perdida.
PUES HASTA AQUÍ NOS LEEMOS POR EL DÍA DE HOY.
NOS LEEMOS HASTA EL VIERNES.
BUEN INICIO DE SEMANA.
SALUDOS.
