Capítulo dedicado a una mujer que siempre ha estado pendiente y con la cual congenio muy bien… Para ti jAckesukA [Jaqueline!!!]… Feliz cumpleaños, guapa! Que te la hayas pasado lo mejor posible!!!

IX —

¿Ryoga?

Hum…

Tu voz suena muy extraña.

En ese momento, ese preciso e ínfimo momento, todo su mundo se vino a sus pies. Akane había descubierto su engaño. ¿Y si llamaba a la policía? ¿Le golpearía? ¿Gritaría?

Ranma cerró los ojos y esperó que la respuesta llegara…

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¿Qué había de responder? ¿Mantenerse callado era lo más prudente? ¿Por qué era que en los momentos más necesarios, su cerebro parecía pasar por un colador dejando que las ideas se fueran? ¿Había algo malo en él cómo para que hubiera una disfunción en su raciocinio?

—Me he quemado la lengua con los fideos. Ya ves que dice Caliente, pero nunca cuánto. Ahora hazme el favor de regresar a la cama si no quieres que te cargue y te lleve. –tenía tan fuertemente agarrada la toalla entre las manos que las tenía un poco adoloridas.

—Ya veo. –la urgencia de ver qué es lo que sucedía y aclarar las cosas de una vez por todas le estaba mordiendo los pies instándola a continuar su camino. Su decisión fue regresar a la cama y ver cómo se desenvolvían las cosas. —No hay por qué llevar las cosas a ese nivel. –replicó con cierta dureza en la voz.

¿Estaría sospechando ya algo? ¿Su plan de pasar pro Ryoga había terminado ni bien había empezado? Su mente se llenaba de preguntas de esa índole. Las descartó sin darles mucha importancia, porque Akane no era de las suspicaces; o por lo menos de eso estaba seguro Ranma.

Con alivio escuchó el susurrar cadencioso de sus pasos contra el suelo. Tenía razón, ella no sospechaba nada. Era un sonido casi relajante después de estar preso de los acelerados latidos de su corazón que se negaba a calmarse y retomar un paso mucho más sosegado. Vació la mente de cosas sin importancia mientras se dejaba llevar por el sonido tranquilo de las zapatillas. Era una verdadera bendición poder dejar los problemas a un lado cómo cuando uno es niño y lo único que le preocupa a uno es si habrá vegetales en la comida o si es que descubrirán su mala calificación.

—No me siento muy bien. –momentos después se escuchó el indistinguible sonido de un golpe.

Un ruido seco y un tanto poderoso. El sonido había sido tan específico que en él no cabía la duda de que Akane era dueña de ese ruido tan aterradoramente común en una persona con antecedentes de fiebres esporádicas.

—¿Akane? –preguntó tentativamente. Ya sabía que la respuesta no llegaría, y sin embargo tenía la esperanza, por más pequeña que fuera, de que sólo hubiera sido un golpe en el codo o el pie y no lo que ya sabía. No hubo respuesta. Sus preocupaciones no eran infundadas después de todo. —Oh, maldición.

Ahí en el suelo, cerca de donde la había dejado de escuchar, estaba ella cuan larga era. La pijama amarilla de patitos con "cuaks" encerrados en burbujas de pensamiento; el cabello lo tenía enredado y suelto haciendo una especie de almohada que seguramente no había detenido o siquiera amortiguado el golpe; tenía los labios partidos por la deshidratación, aunque mínima; la respiración que debía de permanecer tranquila por no estar bajo ningún tipo de actividad física se presentaba un poco más rápida.

—De todas las cosas que me tenían que pasar sucede esto. –Ranma no era de los que se quejaban, pero esto ya era el colmo.

De entre los labios partidos salió un quejido. Fue una verdadera suerte que no se hubiera golpeado la cabeza con el filo de la mesa donde estaba el teléfono; un golpe cómo esos era cosa que no debía de tomarse a la ligera. ¿A quién se le ocurría salir de la cama cuando no está en su mejor momento?

La tomó en brazos de una manera tan poco delicada que habría avergonzado a su madre; ella lo había criado para ser un verdadero hombre, y un verdadero hombre era siempre delicado con las mujeres, respetuoso y honorable. Ranma agradeció que su madre no estuviera ahí para ver cómo es que con un saltito se acomodaba a esa niña–mujer en los brazos. Tratar a un saco de cebollas y a Akane de la misma manera no era de lo que se podría sentir orgulloso. A esas alturas la caballerosidad había pasado a segundo término.

Recordaba el camino por su pequeña excursión/cumplimiento de amenaza del día anterior. ¿En realidad había sucedido ayer? Con el pie se abrió camino, adentrándose en el cuarto tímidamente iluminado por una lamparita de mesa. Las cortinas estaban corridas pero se adivinaba la presencia del sol a través de ellas a pesar de la advertencia del hombre del clima del canal 3.

La tiró sobre la cama cuando estuvo lo suficientemente cerca. Había cosas mucho más importantes que hacer que ser cuidadoso con una mujer inconsciente que ni se acordaría. El único gesto de su parte que se podría considerar ligeramente amable de su parte fue acomodar su cabeza en la almohada y despejar sus ojos de la fina capa que eran sus cabellos.

Ya eran las 11 de la mañana cuando la fiebre cedió. Cambió el agua de la tinaja por doceava vez para mantenerla fresca. Colocarle un paño frío en la frente era lo había estado haciendo todo ese tiempo. Estaba mortalmente aburrido.

Frío y húmedo. Eso fue lo primero que pudo deducir cuando salía de sus sueños inducidos por la medicina y la fiebre. No recordaba haber estado en la calle ese día así que se le hacía un tanto raro estar bajo la lluvia en ese momento. El agua le impedía abrir los ojos, aunado al hecho de que se sentía demasiado cansada como para querer intentarlo. No había viento, más de vez en cuando una cálida ráfaga le rozaba el rostro y el cuello.

—Tonta. –sumergió el trapito en el agua y volvió a insultarla exprimiendo el exceso de agua. —Tonta, mujer tonta. Ese vestido era demasiado ligero para el día. Todo mundo sabe que en Febrero no se puede estar muy seguro en cuanto al tiempo.

Por más halagador que fuera ese atuendo para sus formas, y no lo admitía porque él también hubiera pensado que le sentaba de las mil maravillas sino que sabía apreciar las cosas bonitas cuando se le presentaban, era una locura usarlo cuando puede soltarse la lluvia de buenas a primeras.

—Tonta. –dijo por centésima vez desde que empezó su trabajo de enfermero sustituto.

Esa frase parecía poseer los mismos efectos que el beso de un príncipe de un cursi cuento de hadas que alguna vez hubiera leído, porque la durmiente niña boba abrió los ojos. En cualquier película de romance que hubiera visto, la damisela recién despertada batía las pestañas encantadoramente enamorando al desprevenido príncipe.

Lo que vio fue contrario a todo lo que había leído o visto. No habían largas pestañas revoloteando como mariposas, ni vestigios de un amor recientemente descubierto. No, lo que pasó fue tan distinto y rápido que no supo cómo actuar durante ese momento. Tenía los brazos inermes sosteniendo la toallita húmeda listo para ponérsele de nuevo en la frente.

Unos débiles bracitos lo rodeaban de la cintura que aún sin fuerzas se sentían constrictores contra sus costillas. Un sudor completamente ajeno a la fiebre le mojó la camisa dejando un marca pequeña entre sus pectorales, exactamente el lugar donde Akane tenía presionada la frente. La respiración agitada que le pegaba directamente sobre la mancha húmeda mandaba pequeñas descargas por su espalda. Si ella no hubiera estado tan asustada, hubiera considerado esa experiencia moderadamente agradable, pero es que ella estaba prácticamente aterrorizada que a Ranma no se le ocurría nada más que permanecer quieto mirando el aire con cierta incredulidad.

—¿Akane? –preguntó una vez salido del trance hipnótico. —¿Estás bien?

—Ryoga, tengo mucho miedo. –dijo con la voz tan ronca que daba pena escucharla.

Había olvidado por completo que ella no tenía la menor idea de que era él, Ranma Saotome, y no el muchacho Hibiki el que estaba con ella. Al diablo con el secretismo, la pobre mujer estaba más que asustada y no iba a dejarla así, si podía ayudarla fingiendo ser quien no era, entonces haría su parodia más larga. El sentir los puños aferrarse a su camisa como si su vida dependiera de ello no hizo más que decidir que eso era lo correcto.

—Aquí estoy. –respondió con los brazos a medio subir. ¿Debía de abrazarla para aliviarle un poco el miedo o sería un movimiento demasiado arriesgado y haría que ella se alejara de él? Se decidió por lo primero y encerró esa delicada y temblorosa figura entre sus brazos.

—Tenía miedo. –repitió con un poco más de calma, su rostro, que permanecía enterrado en su pecho, era el indicador de si es que ya se sentía mejor. Los ojos de animal asustado fue lo primero que Ranma vio antes de que se escondieran en su pecho.

—¿De qué? –la apretó un poco más fuerte contra él al ver que sus manos se relajaban un poco aún manteniendo la camisa entre ellas.

—No lo sé. Corría y corría alejándome de algo y cuando volteaba para poder ver qué es lo que me seguía no había nada. Cuando me giraba para seguir caminando lo sentía detrás de mí. Soy una boba, verdad? –lo último se suponía que debía de sonar como una broma, sin embargo, el tono adolorido y ahogado de su voz le quitaban cualquier comicidad.

—No, no. –aseguró deslizando la mano por su cabeza, tranquilizándola en un medio abrazo. —Era un mal sueño, eso es todo. Todos tenemos uno que a pesar de que pasan los años nos sigue aterrando, sólo es cuestión de saber que es un sueño y que no nos va a dañar.

—¿Tú también los tienes?

—¿Pesadillas? Claro que las tengo. –su risotada había tomado desprevenida a Akane que se apretó con más fuerza al sentir esa violenta reacción. —Aunque los monstruos verdes de largos colmillos desaparecieron hace mucho tiempo.

—Ya veo. –le escuchó decir con cierto alivio dentro de su propia inseguridad.

—Ahora vuelve a dormir. –con cuidado la fue despegando de su cuerpo.

—¿Te quedarías conmigo mientras me duermo?

—Claro. Sólo tengo que dejar esto en la cocina y regreso.

—No. –dijo rápidamente enterrando nuevamente el rostro en su pecho sin importarle que las lágrimas pudieran manchar la camisa.

—Te prometo que regreso.

—Por favor. –suplicó, haciéndole la tarea a Ranma imposible de rehusar. Después de todo, no pasaba nada si dejaba el traste con agua en el suelo. Habría que tener cuidado de no derramarla nada más.

—Espera. –dejó el recipiente en el suelo junto a una mesita de noche y se recostó junto a ella.

El reloj de la repisa decía que eras las 2:45 de la tarde cuando abrió los ojos.

Quedarse dormido sin darse cuenta era algo que no hacía, así que acostumbrarse a su nuevos y desconocidos alrededores le costó un poco de trabajo. Al cuarto de Akane lo reconoció de inmediato; el dolor del brazo y en el entumecimiento le eran totalmente desconocidos. Trató de mover el brazo izquierdo, el afectado por un entumecimiento secreto, encontrándolo tan pesado como el plomo. Giró la cabeza y encontró la cabeza de Akane cómodamente recostada sobre él.

—Oh, vamos. –se quejó quedamente.

Al ver que ella no se quejaba o medio despertaba cuando hizo el intento de zafarse, se deshizo de su prisión de carne, hueso y cabello.

La inconsistente comida que había sido su desayuno no fue lo suficientemente satisfactoria como para hacer que el hambre llegara más tarde. El ruido que producía su estomago era más que suficiente prueba de que ya era hora de comer algo más que una taza de fideos instantáneos que no satisfacía su grande apetito. La imagen del refrigerador semi–vacío después de haberlo limpiado era suficiente para desanimarlo. Si tan sólo existiera una gracia mayor que le diera estómago suficiente para poder comer lo que Akane había preparado pero no existía poder tan grande cómo para poder ayudarle.

—Pero claro. –exclamó entusiasmado sin importarle que su grito pudiera despertar a la enferma. —Hola. Sí, sí, todo está muy bien. Yo me encargo de decirle. Oye, ¿me podrías hacer un pequeño favor? No hay nada que comer aquí y no quisiera salir a comprar nada tampoco, hace poco salió de un fuerte caso de temperatura… sí, ya está mejor; claro que no hice nada malo. –le contestó a la persona al otro lado de la línea. —Ese no es el punto, lo que quería pedirte era que si no podrías mandar algo de comer. Sí, sí, no sé, un Okonomiyaki me parece bien. Claro que un Okonomiyaki es comida para enfermos. No me gustan las verduras, U–chan. Ya sé que hay que tomar muchos líquidos pero yo no estoy enfermo. Oh, de acuerdo. ¿En cuánto tiempo estás aquí? De acuerdo, muchas gracias Ukyô, eres mi salvación. Adiós.

Cerró el celular y agradeció tener una amiga como ella.

Era una verdadera lástima no poder corresponderle como se lo merecía. No había sido hacía mucho tiempo cuando empezó a pensar en lo que Ukyô realmente representaba en su vida. A todos los que dudaban de la verdad de su relación con ella, les respondía que no era más que una amiga a la que le tenía muchísimo afecto.

La conocía desde pequeños. Probablemente ese simple hecho había sido el causante de su aversión hacia ella vista desde un punto absolutamente romántico. Ella era bonita, graciosa, honrada, trabajadora, honesta, inteligente. Poseía todas las características que buscaba en una mujer y por alguna razón no la encontraba atractiva.

Velaba por ella en todas las épocas de su vida, cómo cuando su madre había perecido o cuando ella acudió junto a él cuando un niño de la escuela la había besado a la tierna edad de 7 años. Cabe mencionar que Ranma había sido suspendido por tres días por haber golpeado al pequeño Casanova.

Ranma Saotome era técnicamente el único heredero de la escuela Saotome de estilo libre. Podría aventurarme a decir que era el verdadero primogénito si no estuviera faltándole al respeto al verdadero que ciertamente no era Ranma.

Había sucedido dos años antes de que él naciera.

Su hermano mayor, el verdadero primer Saotome, había fallecido mucho antes de que siquiera sus padres se pudieran poner de acuerdo en el nombre. Una muerte natural e inesperada había provocado una separación que poco a poco se fue ensanchando entre la pareja.

No se culpaban a sí mismos, más sin embargo, la incomodidad de estar juntos parecía pesarles más que el resentimiento. Las conversaciones entre ambos se fueron haciendo más impersonales, lo mismo sucedía entre sus relaciones personales. Dormían en la misma recámara, se sonreían, deseaban buenas noches, hubo ciertos momentos en que compartían alguno que otro beso o caricias; en todo esto no estaba presente el sentimiento de una pareja, se parecía más a una obligación cortés entre dos personas.

El anuncio del doctor sobre un nuevo embarazo fue como el catalizador que revivió a los dos padres. Todos los momentos de amor que había permanecidos ocultos, salían a borbotones. Los abrazos bien intencionados, los besos y los cuidados llenaron el pequeño apartamento en donde vivían.

Genma, cuyo entusiasmo había desaparecido durante esos largos años, dedicó su tiempo cuidando del estado de su esposa. Le prohibía salir a hacer las compras alegando que Nerima ya no era lo que era hacía 2 años. Según él, las calles estaban infestadas de pervertidos y ladrones que esperaban aprovecharse de la situación de una mujer solo para satisfacer sus más bajos deseos.

Las quejas de Nodoka llegaban a oídos sordos; por más que le decía que nadie se iba a interesar en una mujer en tal avanzado estado de embarazo, además de que bien podría defenderse de un intento de robo, su esposo, el mismo que la mandaba en la noche por un par de cervezas, se negaba rotundamente a dejarla salir de casa.

En el momento en que el pequeño niño llegó a sus brazos, los padres hicieron una promesa, aunque silenciosa, para con su hijo. Nodoka juró convertirlo en un hombre honorable que mantuviese su palabra. Genma, por su parte, optó por algo que él si podría hacer; prometió enseñarle todo lo que sabía sobre artes marciales del estilo libre y que juntos tratarían de hacerlo el mejor artista marcial que el mundo hubiera conocido.

Basta mencionar que Genma sólo cumplió con su palabra hasta que Ranma aprendió a defenderse de su propio padre y sus abusivas maneras de aprovecharse de él para quedarse con su comida. En el momento en que dejó de poder engañar a su hijo para que le entregara su ración terminó su entrenamiento diario.

Nodoka creyó que su enseñanza había finalizado, hablando figurativamente porque siempre hay espacio para mejorar, cuando Ranma había llegado a la edad de 16 años. Poco, o nada sabía que su hijo sólo pretendía llevar sus enseñanzas al pie de la letra y que cuando no lo veía, regresaba a ser un adolescente despreocupado que prefería escaparse a la azotea de la escuela que estar dentro del salón de clases.

El pequeño viaje al pasado sucedido en un apartamento extraño finalizó con la interferencia del timbre. Sacó dinero de la cartera y bajó a abrir. Ukyô sonó realmente molesta e indignada cuando Ranma pretendió pagarle por la comida. Faltaba más, dijo indignada rechazando el billete bajando los peldaños de las escaleras de dos en dos.

La pregunta de si despertarla o no para comer era una que realmente le preocupaba. Ella no debía de estarse sin comer, más el descanso para una pronta recuperación. Dejó la porción de Akane en la mesa, deslizando sus vegetales al tazón de ella, para dársela cuando despertara por cuenta propia.

—¿Ryoga? –preguntaron desde la habitación tragada ya completamente por las sombras.

—Ya voy. –respondió dejando su platón que recién terminaba de comer. Quedaban unos cuantos fideos y las verduras que habían sido casi imposibles de transportar hacia el otro recipiente.

Sentóse en la cama procurando no estar sobre ella.

El hundimiento en el colchón le indicó que ya estaba junto a ella. Acercó la cabeza hasta dejarla encima del par de piernas. La mezclilla estaba áspera y fría contra su mejilla.

—No me gusta la lluvia. –dijo quedamente. Los ojos los tenía cerrados a pesar de estar casi despierta.

—A mí tampoco me agrada. –comentó. Sus manos, dueñas de sus propias acciones, alcanzaron un mechón de pelo que enredaron y desenredaron a placer entre sus dedos.

—¿Por qué no? –preguntó Akane, somnolienta por las medicinas y los constantes mimos.

—Es una mala experiencia. –respondió. No le importaba, o más bien, no recordaba que en ese momento no era Ranma.

—Cuéntamelo. –insistió sin demasiadas ganas ya que el sueño estiraba las manos para someterla nuevamente.

—Otro día será. ¿Tienes hambre?

—No.

—Hay sopa de verduras y fideos. Te hará bien. –sus manos seguían ocupadas con el mechón.

—No tengo apetito.

Si ella sabía quién era él en realidad o no, en verdad no tenía mucha importancia ya. En ese momento le importaba mucho más hacerla sentirse segura y protegida más que una amenaza sin fundamentos firmes de los cuales fiarse.

Era verdaderamente impresionante el cambio que se había suscitado en él durante esas pocas y larguísimas horas. Prácticamente forzado se había visto a hacer esa visita; poco fue el entusiasmo cuando vio que su trabajo no terminaba con sólo ver cómo estaba, sino que también debía de hacer de enfermero sustituto; horas después, precisamente después de despertar a su lado, se descubrió pensando, no sin cierta sorpresa e incredulidad, que no se alejaría de ella hasta que la viera recuperada. Que viniera el pequeño Napoleón y todo su ejército, él mantendría su posición.

—Las niñas buenas siempre hacen lo que se les ordena.

—Yo no soy niña buena. –respondió desviando la mirada muy a pesar de que mantenía los ojos cerrados.

—Claro que lo eres, y por eso debes de obedecer, –dijo sin tomar mucha importancia al hecho de que ella ya le temblaban los labios.

—No lo soy. –repitió testarudamente.

—¿Por qué dices eso? –atinó a preguntar una vez picada su curiosidad.

—Mamá murió por mi culpa. –silenciosas y lastimeras, las lágrimas acudieron presurosas a su rostro.

Ni una palabra más salió de sus labios ambos escucharon el correr de los minutos que contaba el gran reloj de la sala. La melancolía pesaba sobre ambos sellando sus labios a cualquier cosa que no fueran sus pensamientos y el incesante pasar del tiempo. La una lloraba por los recuerdos despertados, el otro sólo podía pensar en cómo era que su corazón se encogía al verla sufrir silenciosamente.

¿Debía de decirle algo? ¿Decir que estaría bien? No, no podía. Él no conocía esa historia cómo para saber qué es lo que había sucedido.

La puerta se abrió y cerró con silencio. La persona que acababa de entrar obviamente no quería interrumpir el silencio reinante en toda la casa. Con cuidado depositó la cabeza de Akane sobre la almohada, afortunadamente se había quedado dormida.

—¿Cómo sigue? –preguntó Ryoga ni bien se había quitado la chaqueta.

—Ahora duerme. –respondió Ranma, sintiéndose ligeramente desplazado.

—Bien. ¿No sucedió nada en mi ausencia?

—Tuvo un pequeño acceso de fiebre, se la bajé con paños de agua fría. –un ligero asentimiento de cabeza fue lo que recibió como respuesta. Bastante inconsistente, razonó Ranma.

—Umm… ¿Ryoga?

—Dime.

—¿Cómo es que murió la madre de Akane?

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El título de éste capítulo es una parodia del libro "Sopa de Pollo para el alma" de Jack Canfield y Mark Victor Hansen... Les dejo el link para que lo lean si les interesa .com/doc/2159978/Sopa-de-Pollo-para-el-Alma es un libro bastante bueno ^^...


Prometí no tardar tanto con éste capítulo y heme aquí a casi un mes posteando… Traté de terminar pronto pero mi perra se enfermó gravemente, así que escribir pasó a segundo plano.

Sus reviews pasados me han hecho inmensamente feliz puesto que es una muestra de que han leído y que la historia los ha cautivado lo suficiente cómo para esperar el siguiente capítulo.

Saben, he recibido varios Favorite Story ó Story Alert, que me hacen igual de feliz pero me harían más si dejaran un review, por más pequeño que sea. Muchos de los que leen fics se fijan en la cantidad de Reviews que tiene una historia porque esa es una manera de saber si es que el fic está "interesante", así que por favor ^^ dejen un mensajito.

Para las personas que no tienen cuenta en FanFiction, dejen su correo poniendo un signo en lugar de la arroba…

Muchas gracias a… Karen-chan; FanSel; jAckesukA; Caro; annKarem; Akima-06; okami; amafle; Akaneiiro; Klaudia-de-Malfoy; Twinkle star-chan… Y a todos ustedes que leen sin presentarse…

Muchos saludos y besos, Mussainu!

Pd. Les dejo mi mail por si quieren contactarme… byelove1()hotmail. com