Capítulo 9. Irreemplazable.

Habían transcurrido un par de días después de la ruptura de Sanford y Ace; lamentablemente antes de que Ace supiese retractarse, Serpiente había decidido abandonar el departamento que solían compartir. Se había llevado absolutamente todas sus pertenencias, no obstante había preferido renunciar a las fotografías junto a Ace; ya no las quería, ya no las podía ver. Le dolía imaginar que había concluido aquella vida en la cual solían estar juntos. Le lastimaba no verse más al lado de aquel hombre que tanto amaba.

Sin siquiera dudarlo se había instalado en un nuevo departamento lejano a la vivienda de Ace, sin embargo continuaban encontrándose en el laboratorio, aunque apenas cruzaban palabras. Ni siquiera se miraban, no se tocaban y lo peor es que ninguno portaba aquel anillo de promesa que se habían obsequiado.

Ahora la situación era distinta; sólo poseían una relación laboral, la cual no era precisamente amistosa. Billy, Arturo y Genio preferían evitarles, puesto que se percataban de que ambos estaban comportándose como si fuesen enemigos. Aquello estaba destruyendo a la banda Gangrena, sin embargo ninguno de los integrantes se atrevía a hablar sobre el tema.

Justamente aquella noche de sábado era el momento de entregar la mercancía al club nocturno perteneciente a Él. Usualmente Ace asistía acompañado de Sanford; acudir junto a sus demás compañeros era como elegir el suicido, puesto que no eran demasiado obedientes e inclusive los consideraba ciertamente incompetentes para ese tipo de asuntos.

Ace se sentía particularmente exacerbado, el estar a solas con Serpiente provocaba que su estómago se revolviese; era dificultoso estar junto a aquella persona a la cual le había destruido el corazón, además el mismo Ace percibía que Sanford se comportaba mucho más torpe y afligido que de costumbre. A Copular también le dolía, no obstante no estaba dispuesto a retractarse. Su orgullo era inmenso y quizás aún no estaba capacitado para asumir que su amor por Sanford era más grande de lo que imaginaba.

Tragó saliva, acomodándose las gafas; era ahora o nunca. Miró a Serpiente, el cual permanecía en una de las sillas, aparentemente jugando con un tubo de ensayo; lucía tan indefenso, tan solitario y triste. Aquella imagen resultó dolorosa para Ace.

—Serpiente, vamos al club. — No obstante pese a que pretendió que sus palabras se percibiesen suaves, se escucharon severas como una orden. Sanford soltó el tubo de ensayo y se dirigió a las cajas que se conservaban acondicionadas en una esquina del laboratorio.

—Billy, ¿me ayudas?— La voz de Serpiente era dócil; siseaba con una tranquilidad abrumadora. Posiblemente porque estaba lastimado.

William decidió obedecer, cargando todas aquellas cajas en sus brazos fuertes y regordetes. Pero Ace no conseguía transmitir correctamente sus emociones y visualizar a Serpiente ignorarle le parecía impertinente. Frunció el ceño y se levantó de su asiento.

—Vete, Billy. Tu trabajo es empacar. Serpiente, carga las cajas tú. No seas holgazán. — La voz hostil de Ace provocó que Serpiente apretase los puños. Estaba hastiado de soportar el resentimiento de Ace, puesto que en los últimos días éste sólo abusaba del trabajo de Sanford para perjudicarle. Billy se cruzó de brazos, negando con la cabeza.

—Jefe, Serpiente es muy delgado. No puede levantar todas las cajas. — Incluso el tonto de la banda podía advertir de aquella situación, induciendo a que acrecentase la rabia de Ace.

—No me interesa y tú no te metas en asuntos que no te corresponden. Andando, Serpiente. Esas cajas no se cargan solas. — Billy no era el tipo de persona que se involucraba en altercados, por lo cual se marchó, no sin antes disculparse con Sanford, dedicándole una mirada repleta de compasión.

Sanford se mordió el labio inferior; era increíble como un día podían amarlo y al otro desecharlo como basura para después profanar su condición de empleado.

Sin mencionar palabra alguna, se inclinó pretendiendo sujetar una de las pesadas cajas, no obstante no lo consiguió. Eran tan inmensas que le ocasionaba dolor cargarlas.

Aquella escena era contradictoria para Ace; se regocijaba al ver sufrir a Sanford, sin embargo también le lastimaba. Provocaba que se odiase a sí mismo. No quería dañarle, no obstante no podía evadir hacerlo. Era como si estuviese desquitándose por aquella discusión en la cual terminó su relación. Quizás porque esperaba que fuese Sanford quien se disculpase, siendo consciente de que él era el equivocado.

—Jefe, no puedo. — Serpiente mencionó en voz baja. Su apariencia delgada y ciertamente delicada le evidenciaba fácilmente, no podía cargar una caja así.

—Sí puedes, hazlo. — Y aunque Ace intentaba decirle que suspendiese la actividad, sus palabras mencionaban otra indicación. Era tan difícil ser sincero.

Una vez más Sanford aspiró levantar la mercancía, sin embargo terminó cayéndose en el suelo.

Al visualizar aquello, los ánimos de socorrerle ascendieron por la silueta de Ace, no obstante Billy se había adelantado, consiguiendo poner de pie al joven serpentino. Ace no dijo más, se dio media vuelta y se confinó en el baño del laboratorio. Estaba brindándoles la oportunidad de hacer trampa, de que Billy subiese las cajas al automóvil.

Porque ante Copular, Serpiente continuaba siendo un niño y mirarle de aquella forma tan lacerada le recordaba aquella vez en la cual se habían encontrado por primera vez. Entonces ¿por qué persistía en perjudicar a la persona que amaba? ¿Por qué no conseguía sacarlo de sus pensamientos? ¿Por qué Serpiente no le pedía perdón? ¿Por qué esperaba aquello sabiendo que era él quien se había equivocado?

Se recargó en la puerta del baño, cerrando sus ojos con resignación. No podía evadir desquitarse, pero le atormentaba hacerlo. Era un sentimiento confuso, arbitrario y doloroso. Tan sólo quería estar con Sanford una vez más, no obstante era consciente de que aquello no sucedería si no pedía perdón.

No era lo mismo acostarse con Bellota o con cualquier otra mujer, no era igual sentir la cercanía de aquellas damas cuando él buscaba el contacto de Serpiente; su piel, sus manos y sus labios, era aquello lo que requería y lo que más le llenaba. ¿Por qué era tan difícil decirlo? Quizás porque Serpiente no era igual a otro ser en la Tierra; él era especial, tenía algo que los demás jamás poseerían. Serpiente era como una droga, respirar a su lado era como oler la menta fresca, inhalar cocaína y volar en lo más alto.

Sanford era incomparable, tan insuperable y sublime que le obligaba a afirmar una sola situación; Serpiente era irreemplazable.