Capítulo 9: La despedida
Cuando Sakura llegó a su habitación, su doncella la esperaba impaciente.
—Vuestra Señoría debe de estar muy cansada—dijo la mujer, con ojos soñolientos—. Son más de las cinco.
—Sí, Karin, supongo que lo estaré dentro de un rato—dijo Sakura con amabilidad—, pero tú lo estás ahora, de modo que vete a la cama enseguida. Dame una bata y déjame sola.
Karin, encantada de obedecer, llevó a su ama una bata suave y ligera. Cuando salió la criada, Sakura se asomó por el ventanal. El sol naciente alumbraba el césped donde unos momentos antes se había esforzado por recuperar el amor de un hombre.
¡Qué extraño era todo! Ella le amaba. Y ahora, pensando en los meses de incomprensión y soledad, se daba cuenta de que siempre le había amado. Y se proponía recuperar aquel corazón obstinado; porque de una cosa estaba segura: sin aquél amor ya no habría felicidad posible para ella.
Estaba por caer en un sueño; de pronto la despertó un ruido de pasos ante la puerta. Se levantó de un salto y miró el reloj: eran las seis y media. Atravesó la habitación y abrió la puerta. A sus pies vio algo blanco, una carta, que no estaba allí cuando subió. La recogió y, sorprendida, vio que era de marido. Rasgó el sobre y leyó:
Una circunstancia imprevista me obliga a salir hacia el Norte inmediatamente, de modo que ruego el perdón de Vuestra Señoría por tener que renunciar al honor de despedirme de vos. El asunto quizá me retenga alrededor de una semana; por tanto, no tendré el privilegio de estar presente en la fiesta del próximo martes. Quedo el más humilde y obediente servidor de Vuestra Señoría:
Sasuke Uchiha Blakeney
Sir Sasuke tenía grandes posesiones en el Norte, y a menudo se ausentaba una semana entera; pero parecía muy extraño que a esas horas un asunto obligase a salir a su esposo apresuradamente. Se apoderó de Sakura un deseo irresistible de ver a su marido. Se olvidó que tenía muy poca ropa y se dirigió a la puerta principal. Muy cerca de ahí estaba Sultán, el corcel favorito y más veloz de Sir Sasuke, ensillado y a punto. Un momento después, Sir Sasuke, dobló la esquina de la mansión y se dirigió al caballo. Sakura descendió un poco más. Él levanto los ojos y, al verla, frunció el entrecejo.
— ¿Os marcháis?—preguntó Sakura— ¿Adónde?
—Como os informe, asuntos urgentes e inesperados requieren mi presencia en el Norte esta misma mañana—contestó Sir Sasuke con sus fríos modales de costumbre.
—Sasuke—dijo—, no os ha llamado nadie desde el Norte. Me consta. No ha llegado ningún mensajero; nada os esperaba cuando hemos regresado del baile…Aquí hay algún misterio.
—No, no hay ningún misterio—contestó él con leve impaciencia—. El asunto tiene que ver con Sasori. Mi intención es utilizar la influencia que poseo antes de que sea demasiado tarde. Y ahora, ¿tengo vuestra venia para marcharme?
— ¿Me permitiréis al menos que os de las gracias?
—No, señora. Mi vida está a vuestro servicio, y me considero ya más que pagado.
—Y la mía está al vuestro, Sir Sasuke, si deseáis aceptarla—replicó ella al tiempo que, impulsivamente, le tendía ambas manos—. ¡Ea! No os detendré más. Mis pensamientos os acompañarán. Buen viaje.
Él se inclinó y le besó la mano; Sakura sintió el ardiente beso y su corazón se estremeció, alegre y esperanzado.
— ¿Os acordaréis?—preguntó con ternura.
—Siempre recordaré, señora, que me habéis honrado solicitando mis servicios.
Las palabras eran distantes y ceremoniosas, pero en esta ocasión no enfriaron el entusiasmo de Sakura. Su corazón había leído el anhelo en los ojos de Sir Sasuke, tras la máscara de su orgullo que todavía se obligaba a llevar.
Uchiha de un salto monto a Sultán, mientras ella hacía un ademán de despedida. Pronto se perdió de vista y Sakura, con un suspiro casi de felicidad, se volvió y entró en la mansión. Ahora todo iría bien: vencería su propio orgullo, se lo contaría todo, confiaría en él. Ya no temía a Chauvelin. Pimpinela Escarlata estaba a salvo, pues a la una en el comedor solo estuvieron Sasuke y el francés. Sasuke le había prometido que Sasori estaría bien y, sin saber por qué, al verle marchar, no había cruzado siquiera por la mente de Sakura la idea de un posible fracaso. Por fin se fue a la cama y pronto se sumergió en un sueño tranquilo.
EL DÍA ESTABA bastante avanzado cuando Sakura despertó, totalmente descansada. La mayoría de los pensamientos que se acumulaban en su mente iban en pos de su marido. En la mañana trajeron a Sultán luego de dejar a Sir Sasuke en Londres, donde se disponía a subir a bordo de su goleta. Esta noticia acabó de intrigar a Sakura. ¿A dónde podría ir Sir Sasuke en el Day Dream? Pero dejo de hacer conjeturas. Pronto se aclararía todo.
Ese día esperaba la visita de Hinata de Tournay. Maliciosamente, lo noche anterior, en presencia del Príncipe, había solicitado de la condesa la compañía de Hinata y la condesa no se había atrevido a oponerse. Pero Hinata no había llegado aún y Sakura se preparó para descender al piso bajo.
Por un momento se detuvo en lo alto de la escalera de roble. A la izquierda quedaban las habitaciones de su marido, en las que casi nunca había entrado: un dormitorio, su cuarto de vestir, una salita y un pequeño despacho que, cuando Sir Sasuke no lo utilizaba, siempre estaba cerrado. Frank, su criado de confianza, sólo tenía permiso de entrar.
Aquella mañana de octubre, Frank había dejado las puertas abiertas. Un deseo de fisgar el cuarto de apoderó de Sakura.
Cruzó de puntillas el descansillo. La puerta estaba entornada; Sakura la empujó con precaución: no se produjo ningún sonido. Al comprobar que Frank no andaba por allí, entró en el despacho. Los oscuros cortinajes, el mobiliario de roble macizo, los mapas en las paredes en nada recordaban al petimetre árbitro de la moda que era en apariencia Sir Sasuke Uchiha Blakeney. En el centro de la habitación, ante la ventana, había un escritorio. En la pared de la izquierda veíase un retrato de una mujer de cuerpo entero, firmado por Boucher. Era la madre de Sasuke. Había sido muy hermosa y se apreciaba el extraordinario parecido entre madre e hijo.
La joven examinó el retrato; después escrutó la mesa. Estaba cubierta de papeles que perecían cuentas y recibos, todos clasificados y atados en paquetes. Sakura se mostró tan sorprendida de aquella demostración de la eficiencia de su marido para los negocios. Pero fortaleció la seguridad que ahora tenía de que sus modales superficiales y su charla estúpida era un papel que Sir Sasuke estaba representando y que era previamente estudiado. ¿Qué motivos podía tener él, a todas luces un hombre serio y formal, para presentarse ante sus semejantes como un badulaque? Quizá quisiera ocultar su amor hacia una esposa que sólo le demostraba desprecio, pero eso podría ser conseguido con mucho menos sacrificio.
Empezó a apoderarse de ella un temor indescriptible. En las paredes no había cuadros, exceptuando el retrato de Boucher; sólo un par de mapas de Francia, uno de la costa norte y el otro de los alrededores de París. Sakura se preguntó para qué querría Sir Sasuke aquellos mapas. Empezaba a dolerle la cabeza y dio media vuelta para salir de aquel extraño cuarto. No deseaba que Frank la encontrase allí, y se dirigió a la puerta. Al hacerlo, su pie tropezó con un pequeño objeto que había en el suelo junto al escritorio. Sakura se inclinó a recogerlo. Era un anillo de oro macizo, con un sello en el que aparecía grabado un dibujito. Sakura le empezó a dar vueltas y después estudió el grabado del sello. Representaba una florecilla cuya forma había visto con claridad en otras dos ocasiones: una en la ópera y otra en el baile de Lord Grenville.
Espero subir pronto el siguiente capítulo ahora que ya estoy de vacaciones. Este capítulo me recordará que el día en que lo subí fue cuando salí de la preparatoria y que habrá personas que jamás volveré a ver, pero así tiene que ser ^^
