20 Kilos de Hielo
·Twenty Kilos of Ice·
Traducción resumida de un fanfiction de Kidman.
Capítulo 08:
La tortuga y la luna.
Sakurata se levantó a las 7 de la mañana, para hacer sus obligaciones. Aunque no fuese a clase, eso no le eximía de las obligaciones que su abuelo le había inculcado. Como era estudiar todos los días, practicar algo de heladería, montar y desmontar la tienda… todo muy básico. Bueno, e ir a comprar el hielo todo los días. Tenían un camión de helados refrigerado, pero como para esto de las ferias ambulantes se había acordado no usar vehículos entre ciudades o barrios cercanos, lo de ir a comprar hielo se había convertido en algo muy habitual. Para él como para los feriantes. Pero hoy era algo distinto. Le tocaba el turno a Ryoga. Y no había que tener mucha edad para comprender que era en parte un poco comprometido pedírselo, después de la pelea que protagonizaron ayer. Y con esas dudas mañaneras se vestía Sakurata ese viernes. Se puso sus zapatos y tomó su pequeño cubo con toalla, pasta de dientes y cepillo, y salió de la tienda de campaña de su abuelo.
Aún los pájaros aprovechaban el aire fresco de la mañana para poder cantar a su aire, antes de que las cigarras y el calor del sol intenso del verano empezara a conquistar poco a poco el ambiente del parque. Sakurata caminaba medio dormido, hacia el pequeño bebedero que había cerca de las tiendas. Y junto a el bebedero, estaba Ryoga. Con la toalla sobre los hombros, y dejando su cepillo recién limpio sobre un vaso, se enjuagaba la boca. Sakurata se le acercó lo más silencioso posible y se situó a su espalda. Ryoga empezaba a hace gárgaras.
- ¡Wa-tá! – Gritó el chico dando un puñetazo. Ryoga detuvo su pequeño puño sin problemas.
- Intenta no cambiar el ritmo de los pasos cuando me ves. Así solo me dices que estás tramando algo. – Le contestó el chico después de escupir el agua al bebedero. Sakurata apartó su puño y lo miró detenidamente, antes de volver a mirar a Ryoga.
- ¿Sorprendido que siga aquí después de lo de ayer? – le preguntó. Sakurata se colocó a un lado de él, y se puso la toalla en el hombro. Empezó a verter pasta de dientes sobre su cepillo.
- Mi abuelo me dijo que volverías – Y diciendo esto empezó a cepillarse los dientes. Ryoga lo miró de reojo.
- Es una suerte tener un abuelo como el tuyo – Sakurata se cepillaba con delicadeza la boca mientras Ryoga ordenaba sus cosas para volver a la tienda. Puso sobre el balde que traía el vaso, la pasta y el cepillo. Dobló la toalla y la puso encima. Sakurata escupió el agua que había usado para enjuagarse la boca. Y también empezó a ordenar.
- Mi papá también se murió – Dijo antes de terminar. Ryoga vio como el chico se giraba y volvía a dedicarle esa mirada profunda que tan característica era de él.
- Lo siento mucho por ti – le dijo Ryoga, haciéndole una pequeña reverencia con la cabeza. Sakurata también hizo lo mismo.
- Yo también lo siento por ti – Le contestó el niño.
Aki se había levantado temprano como de costumbre, para ver el estado de su "mercancía". Evidentemente, transportaba los peces de su atracción en varios pequeños acuarios. Y tenía que darles de comer todos los días. También tenía, de vez en cuando, que reponer la cantidad de ellos. Así que hace mucho tiempo decidió que las mañana antes de empezar la feria, contaría los peces para cerciorarse de que no habría ningún problema de cantidad. Fue así como, cigarrillo en mano, vio a Ryoga y Sakurata alejarse por el parque tirando del carro hermético. No es que pensase mucho en lo que vio, ni le dio muchas vueltas, pero los siguió con la mirada. Y cuando salieron del recinto y se adentraron en las calle de la ciudad, ella estaba situada en la mitad del parque, donde los perdió de vista. Sí, no lo dio muchas vueltas al asunto, pero hay que reconocer que la última vez que vio a Ryoga, pensó que sería la última y definitiva. Así que, aunque le alegraba, estaba un poco fuera de lugar.
Caminó unos metros, de vuelta a sus quehaceres, cuando oyó el abrir de una tienda y el paso firme y rápido de una jovencita. No tuvo que esperar mucho para ver que era Ukyo. Esta salía mientras se abrochaba el chándal, acomodándose el cabello rápidamente y mirando a todos lados. Aki se le acercó lentamente. Tampoco ella estaba muy despierta.
- Hola – saludó Ukyo rápidamente. Aki hizo lo mismo con la mano, pero siguió viendo el nerviosismo de su amiga.
- Si estás buscando a Ryoga, se marchó hace unos minutos.
- ¿Se marchó? – Ante la mirada agónica de su amiga, no tardo mucho por entender su preocupación.
- Sí, con Saku-chan. Irían a comprar el hielo. – Dijo a la vez que se agachaba a mirar el interior de la tienda, mientras escuchaba perfectamente el suspiro de alivio de Ukyo.
- Ya entiendo. Me extrañaba no ver la tienda de chico – Al escuchar esto, Ukyo volvió a su nerviosismo. Dentro sus tienda, se podían diferenciar perfectamente dos sacos de dormir.
- So… sólo dormimos…
- Lo dices como si eso no significara nada… - Aki se levantó y echó un suspiro de humo, mientras se alejaba el cigarro de la boca - Parece que se te ha dado bien la noche.
- Te digo que no es lo que piensas…
- Me refería a la discusión. – Ukyo estaba algo roja ante su amiga, pero esta no aligeró la marcha - ¿Se puede saber que le dijiste?
- Bueno… nada que no supiese…
- ¿Te le declaraste? – Estado de shock por parte de Ukyo. Ya no sabía donde meterse.
- ¡¿Pero que dices?! ¡Yo no…! Bueno…
- ¿Bueno qué?
- Pues… ¿por qué te metes conmigo desde tan temprano? – Aki le tocó la cabeza a la chica y la intentó peinar un poco.
- Bueno, desde que llegó siempre le has tenido un cariño especial a Ryoga.
- Pero eso es porqué le conocía desde hace tiempo…
- ¿Eso quiere decir que si viniese otra de las personas de tu pasado, serías igual de cariñosa con esa persona? – Ukyo, después de que Aki la dejara, intentó arreglar el estropicio que le había hecho su amiga en la cabeza. Y respecto a la pregunta, la respuesta era clara. Pero decírsela sólo sería echarle más leña al fuego.
Ryoga y Sakurata se acercaban lentamente al parque, esta vez con los correspondiente veinte kilos de hielo. Ryoga empujaba del carro hermético, mientras que Sakurata caminaba a su lado sin decir mucho. Así era el niño. Evidentemente, Ryoga pensó que un niño que ha sufrido la muerte de un ser querido tan pequeño, y que además sabe perfectamente el significado de ello, no podía tener una infancia del todo normal. Aunque también es verdad que a su alrededor no había nadie de su edad con el que divertirse. Era un niño raro, pero sentía cierto aprecio por él.
- Mi abuelo me dijo que fueses a verlo – le dijo el niño. Ryoga no dejaba de seguirlo de cerca, por miedo a perderse.
- Supongo que me dará una charla por lo de anoche – Silencio por parte de Sakurata. Evidentemente no lo sabía. Si no, lo hubiese dicho. Poco a poco entendía su forma de pensar.
Al llegar al parque, Ryoga miró de reojo a todas partes, por si encontraba a Ukyo. No le había dicho nada al salir, mas que nada para no despertarla. Le había dado la noche a la pobre chica. Ayer sin decir mucho más, bajaron de la ladera del parque, ya pasada la media noche. Ella le invitó a dormir en su tienda de campaña, asegurándole que ya mañana arreglarían el destrozo que él había hecho en la suya. Y en ese momento, él no tenía fuerzas ni para negarse. Se metió en su saco de dormir y se acostó al lado de Ukyo, intentando estar lo más alejado de ella. Pero está seguramente ni se preocupó, porque se durmió en seguida.
Una vez la mente se le fue volviendo más lúcida, y dejaba atrás ese huracán de sentimientos que había explotado hace menos de una hora, asimiló poco a poco donde estaba. No el hecho de que durmiese ahora junto a Ukyo, sino de donde estaba en su vida. En un viaje de verano de ciudad en ciudad, junto a un grupo de personas que seguramente tenían mucho tras sí, pero que era para ellos una vida pasada. Y en medio de toda esa gente, estaba Ukyo. Esa chica que en Nerima sólo era otra del grupo, pero que al igual que entonces, el cariño que desprendía de ella hacia él, le hacía imposible negarse a hacer lo que ordenara. La sonrisa con que le pedía cada una de las cosas, y el cariño con que le obsequiaba, era como una cadena con la que le ataban e impedía hacer otra cosa que intentar que estuviese contenta todo el rato. Algo como le pasó con Akane.
- Ya llegamos – Le dijo Sakurata unos metros antes de adentrarse en el puesto del señor Adachi – Avisaré a mi abuelo. Deja el hielo en aquí y entra.
Ante la seguridad del chico, y la posterior desaparición de este en busca del señor Adachi, Ryoga hizo lo que se le ordenó.
La caseta del señor Adachi era obsequio del ayuntamiento, pero aún así era bastante grande. Sabía que tanto él como el señor Saito se encargaban de su transporte cuando tocaba caminata mientras que Sakurata se encargaba de transportar el carrito de helado, pero no imaginaba que tuviesen que mover tanto. Dentro de la caseta había desde una nevera, hasta una máquina de triturar hielo, pasando por una licuadora de helados algo artesanal. También tenían una pequeña plancha, seguramente para hacer barquillos y conos de galleta para los helados de leche. Y bastante espacio para trabajar. Ryoga se acercó a la nevera, se agachó, y la levantó. Para él no había mucho problema, pero no terminaba de entender como conseguían transportarlo un viejo y un niño.
- Cuando está desarmado y vacío no pesa tanto – Oyó a su espalda. Con su particular bastón, el Señor Adachi entró en la caseta – Además esta caseta también la utilizan otros feriantes cuando necesitan utilizar una aparato eléctrico. Por eso siempre la pedimos.
- Supongo que querrá hablar de lo de ayer… - Ryoga no es que no quisiera afrontar el problema que supuso la discusión para todos, pero al menos quería ir al grano.
- Bueno, eso no es asunto mío. Pero me gustaría que la próxima vez que se quiera marchar hablase conmigo.
- Pero al final no me marche…
- Lo sé. Pero lo que uno quiere y lo que hace son cosas muy diferente – El señor Adachi tomó una silla plegable que había junto a la pared y se sentó – ¿Le apetece un té?
- De acuerdo… -Contestó Ryoga sin tardar mucho.
- Pues ahí tiene la tetera y allí el calentador – señaló con su bastón el anciano. Lo que uno quiere y lo que tiene que hacer no es lo mismo, efectivamente.
Sakurata empezó a entrar el hielo y a instalarlo en la nevera, mientras Ryoga hacía el té como podía. El niño no dijo palabra alguna mientras lo hacía. Cuando terminó, le pidió permiso a su abuelo para ir a jugar un rato y este se lo concedió. Le tocaba ir al recreo.
- ¿No es un poco duro que el chico viva así? – preguntó Ryoga mientras le daba una taza al anciano y se sentaba frente a él con la suya.
- Mmm, lo dice como si usted no lo hiciese – De acuerdo, pareciese que el señor Adachi le tenía tomada la medida. Ryoga sabía que había estado viviendo en la carretera desde pequeño él también, así que no tenía mucho que recriminarle. – Pero esto es solo durante el verano. El resto del año está más centrado en sus estudios.
- ¿Entonces los días de clases va a un colegio como todos los niños?
- No, pero está más centrado en sus estudios – Ryoga empezaba a plantearse el porqué estaba ahí. Y el señor Adachi pareció entenderlo – Al fin y al cabo, este es nuestro hogar.
- ¿Una caseta cedida por el ayuntamiento?
- Ja ja, no. Nuestro hogar está donde está nuestra familia. Y ahora mismo para Saku-chan yo soy su familia, y él es la mía. Al menos, hasta que sea lo suficientemente mayor como para formar una él solo. ¿No cree?
EL chico miraba como el señor Adachi bebía a pequeños sorbos su taza de té, y dejaba como él pensará en sus palabras.
- Supongo que su madre no puede hacerse cargo de él…
- Saku-chan solo me tiene a mí. Su madre murió al darle a luz, y su padre hace unos cuatro años.
- El hijo que tenía el mismo sentido del humor que el mío, entiendo… - El anciano asintió con la cabeza.
- Fueron unos días bastante duros… tanto para el chico como para mí. Supongo que lo entenderá
- Mejor de lo que cree… - respondió el chico – Pero no entiendo para que me ha hecho llamar. ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
- Esa impaciencia lo único que le hará es daño – le contestó sonriendo – Además cuando uno encuentra un hogar, deja de pensar en él mismo y empieza a pensar en los demás. ¿No se lo dije cuando le invité a quedarse?
- No exactamente… o no lo supe entender…
- Bueno, al menos ya ha salido del cascarón. Es una avance. – Último sorbo por aparte del anciano. Con un suave gesto de muñeca, moviendo el vaso, le pidió a Ryoga que le sirviera más, y este hizo caso. Tardó poco en que la tetera volviera a verter agua calienta en el recipiente del señor Adachi – Me gustaría que me dijera que es lo que piensa ahora.
- ¿Cómo? ¿De qué?
- De todo - Ryoga dejó la tetera en su sitio mientras entendía la pregunta. O intentaba entenderla.
- Pues no se por donde empez…
- ¿Por qué se quedó al final con nosotros? – ¿Pregunta trampa? Quizás no era eso, pero la respuesta la tenía clara.
- Por Ukyo.
- Bien ¿Qué piensa de Kuonji-san? – Un segundo de silencio por parte de Ryoga.
- Creo… creo que eso es personal.
- Creo que me a mal interpretado. ¿Porqué se ha quedado por ella?
- Bueno… por… - Ryoga tomó un sorbo profundo a su vaso. Era el primero que daba y había tomado la mitad del recipiente – Creo… que me gustaría devolverle todo lo que me ha dado. O al menos algo…
- Entiendo esa postura… Y por ello, no consigo comprender del todo porqué no entiende usted la nuestra. Y la de Kuonji-san.
- ¿Perdón?
- Es decir, la discusión de ayer…
- Eso está aclarado…
- ¿Está seguro? – Bueno, hasta hace un momento lo estaba, o eso pensaba Ryoga. Pero este hombre era capaz de hacer dudar de por que lugar se pone el sol.
- Sigo sin entender…
- ¿Por qué dudo de lo que Kuonji-san le daba? ¿Qué es lo que le hizo pensar que este no era su hogar? ¿No es verdad que tanto usted, como Kuonji-san se dan tanto mutuamente que es absolutamente palpable? – Ryoga no sabía muy bien donde meterse.
- Si me he quedado es que porque pienso que no le he dado lo suficiente.
- Pues le puedo asegurar que ella piensa lo mismo que usted. – Primer sorbo por parte del anciano a su taza rellenada - ¿Sabe como nacen las tortugas marinas?
- Creo que no tengo claro a donde va todo esto.
- Cuando las tortugas marinas nacen, nacen por la noche y totalmente desamparadas. Rompen el huevo, salen de su caparazón y se encuentran en un mundo que no solo han visto jamás, sino que totalmente a oscuras. Y en ese momento, miran a la luna. La luna los alumbra a ellos, alumbra el mar y los dirigen al lugar donde deben estar. Y sin dudarlo, como pueden, se encaminan a la orilla – Ryoga estaba mudo. ¿Lo estaba comparando con una tortuga?
- Así pues, las tortugas, agradecidas, empiezan su vida en el mar. Pero la pregunta que seguramente se harán es: ¿Cómo puedo agradecer a la luna, que me ha dado tanto, que me ha mostrado el camino y me ha iluminado en la oscuridad? ¿Qué es lo que puedo hacer por ella? Pero lo que ellos no saben, es que la luna que mira desde el cielo, nunca se ha sentido útil, y cuando ve a las pequeñas tortugas partir, la luna se pregunta: ¿Cómo puedo agradecerles a esas pequeñas tortugas, que me hayan mostrado que da igual a adversidad, que siempre queda un camino? ¿Qué es lo que puedo hacer por ellas?
El silencio de Ryoga era notable. Tanto, que las sacudidas del agua que daban las tazas de té, se podían escuchar perfectamente.
- Se hacen felices mutuamente, pero no se dan cuenta. Ni el uno ni el otro. Hace años que conozco a Kuonji-san, y le aseguro que jamás la había visto como la veo ahora. Ni yo ni ninguno de los feriantes. – sorbo final por parte del anciano – Ha usted lo conozco desde hace meses, y le puedo asegurar que es totalmente diferente. La tortuga que encontramos oculta en la arena del mar, no es la misma que la que ahora avanza hacia la luna.
- Eso no es muy difícil de ver… - susurró Ryoga.
- Me gustaría que pensase en ello, Hibiki-san, ahora que está tan cerca de encontrar la respuesta. La que encontramos Saku-chan y yo.
Ryoga tomo otro sorbo y acabó con su ración de té. Sí, Ukyo le había dicho que para ella era muy importante que se quedara, pero sentía que nunca lo sería tanto como para él que ella no lo repudiara. Un hogar, una luna, y una pequeña tortuga. Eso es lo único que pensaba ahora.
- ¿Está aquí Ryoga? – se escuchó a la entrada de la caseta. Ryoga y el señor Adachi se giraron al para ver como Ukyo se asomaba ligeramente por la puerta.
- Justo a tiempo Kuonji-san – Dijo el anciano mientras se levantaba. Los dos jóvenes se miraron un momento, hasta que Ukyo sonrió.
- Buenos días, Ryoga.
- Buenos días – Contestó el chico
- Lo siento, pero tengo que llevármelo, Adachi-san. Tenemos que ir a comprar unas cosas.
- Perfecto. Ya no sabía como deshacerme de él – Que manera de quedar bien tenía el viejo. Ukyo tomo a Ryoga por el brazo, antes de que le replicara al señor Adachi.
- No deberías molestar a Adachi-san, Ryoga – Le dijo mientras lo levantaba. Tomó la taza de té que tenía el chico en la mano y la dejó en la mesa - ¡Muchas gracias, Adachi-san!
El anciano asintió con el gesto mientras sacaba una bolsa de hielo de la nevera. Ukyo tirando de Ryoga lo arrastró hasta la salida, mientras este miraba al señor Adachi trabajar. La tortuga seguía caminando.
Me he tomado una semana de descanso en lo que se refiere al fanfiction. Tengo que decir que aunque tengo el storyline (es decir, las escenas y mas o menos lo que dicen los personajes), aún hoy tengo que escribir algunos capítulos. En principio, en aquellos primeros capítulos, tenía bastantes capítulos escritos. Es decir, lo publicaba por semana porque tenía un colchón de unos tres o cuatro capítulos ya listos. Pero por cosas de la vida, pues se me ha agotado. Y esas cosas de la vida, son los vicios: Leer, ver películas, y jugar a videojuegos (no todo a la vez).
¿Os habéis fijado que para escribir (lo que lo hagáis) necesitáis una especie de ritual? Es decir, que el ambiente tiene que ser siempre el mismo. Bueno, quizás solo me pase a mí, pero pareciese que cada vez que tengo que escribir, tienen que estar las lunas de Júpiter alineadas. Me explico.
Hace dos días me levante temprano, madrugando, y me senté delante del ordenador con claras intenciones en escribir. Cinco horas haciendo tonterías. Al final me plantee las cosas y descubrí que nunca había escrito nada de día. Siempre escribo de noche. Y como muy temprano, anocheciendo. Soy incapaz de hacerlo de día. Y no sé porqué.
También me he dado cuenta, que cuando tengo mi lugar de "trabajo" ordenado, tampoco me sirve. Al ordenar, es como que pierdo algo de la esencia. Ahora mismo, hay 4 botellas de agua en mi habitación, un yogur a medio comer, un lío de cables al lado del portátil, la cama desordenada, ropa que no si esta limpia o sucia… y estoy a gusto escribiendo. Pero creo que hasta las cucarachas se han ido de aquí, diciéndome "entre tanto desorden no se puede vivir".
- Lo que pasa es que creo que la mente tiene ese recuerdo – Le pregunté a el Gran Kaiosama sobre el tema. Esa fue su respuesta.
- No lo entiendo
- Verás, ¿sabes lo de los perros y la comida? Si cada vez que le vas a dar de comer a un perro le tocas una campanita para advertirlo, la mente del perro al final relacionará el sonido de la campana con la comida. Y al final, cada vez que suene una campanita, el perro sentirá hambre.
- Bueno pero yo no soy un perro…
- Sí, pero la mente de todos los seres vivos tienen la misma base. En un asunto más humano, pues… - Tardó un poco en seguir Kaio – Supongo que sirve el ejemplo de que cada vez que llueve en la playa la gente sale del agua. Porque relacionan lluvia con enfermedad.
- Ya, porque mojarse ya están mojados – Concluí yo.
Bueno el caso, ¿Para que explico todo esto? Pues la verdad es que simplemente me lo plantee a medida que escribía, pero es curioso como las circunstancias definen a la gente, globalmente y a la vez individualmente. Puede que sea evidente en Ryoga: Es decir, mató a Ranma (aunque fuese sin querer) y eso te marca individualmente, claro. Pero también es verdad que nunca fue muy solitario, o mejor dicho introvertido con sus sentimientos. Y eso contando con esa forma de entender la vida del género masculino, que de por si somos más retraídos en expresar nuestros sentimientos, le hizo un coctel que Ukyo no pudo entender, ni sabía por donde "garrarlo". Pobre Ukyo.
Por cierto, ya estamos en la recta final del fanfiction.
Ryoga y Ukyo Fueron a comprar material para las máscaras y una nueva tienda. Pareciese que no hubiese existido el ayer. Ukyo estaba radiante, como si se hubiese quitado un peso de encima, y Ryoga, pues como siempre. Como siempre y diferente a la vez. Por alguna razón, se sentía más tranquilo con Ukyo y ante Ukyo, y ella lo notaba. Y eso, que pareciese tan insignificante, le hacía más feliz aún. Y no entendía del todo porqué. Solo sabía que lo estaba, y eso era bastante importante.
- ¿Y bien? – preguntó Aki a Ukyo. Ya estaban instalada en sus puestos, y como habitualmente, juntas. Quedaba menos de una hora para que empezara la feria en el parque, aunque ya había niños correteando.
- ¿Y bien qué?
- ¿Me vas a contar lo que pasó ayer? – Por parte de Ukyo no había muchas ganas, pero intentó no plasmarlo mucho.
- Bueno, estuvimos hablando, y poco más.
- Pues no lo parece – Aki, como habitualmente, fumaba. Pero al estar sentada ante su pequeño estanque de peces, esta vez tenía un cenicero al lado.
- ¿Por qué lo dices?
- Bueno – Aki soltó una calada y dejo el cigarro en el cenicero – Por muchas cosas…
- Seguro que estás pensando cosas raras otra vez…
- No sé, yo solo intento ayudarte… -La mujer se rascó al cabeza ante su amiga – Me gustaría que no te pasase como a mí
- ¿Cómo a ti?
- Vamos a ver ¿Tu que piensas de Ryoga?
- Pues… Ryoga es mi amigo…
- Me refiero interiormente, ¿te parece mala persona?
- Por supuesto que no – le replicó Ukyo. Aki ya no sabía como llevar la conversación. Era más fácil cuando Ukyo se negaba a contestarle y ella la acosaba.
- Bien, de acuerdo. Y supongo que le tienes aprecio ¿no?
- Claro, es mi amigo.
- Es decir, que con todos tus amigos te comportas igual. Yo no he visto que te comportes igual con Kuroko-san, por ejemplo.
- Pero es diferente, Aki-san – La intención principal, por parte de Ukyo, era zanjar el tema definitivamente – Ryoga es especial. Lo conozco desde hace años…
- ¡Exacto! ¿Si ahora mismo apareciese…?
- Ya me lo preguntaste ante – Ukyo suspiró – Y no, ¿de acuerdo? Tampoco sería igual. Ryoga es especial, también por todo lo que ha pasado y…
- ¿Y?
- Bueno… siempre fue especial – Mientras encendía la parrilla, Ukyo se agachó para colocar los ingredientes y empezar a hacer algún okonomiyaki. Siempre le relajaba – Ryoga siempre fue especial. En nuestro grupo de amigos había muchos, pero Ryoga era… diferente. Era de ese tipo de chicos, que aunque siempre estuviese de mal humor, te intentaba proteger y ayudar. Siempre velaba no solo por Akane, sino por todos.
- ¿Akane?
- Si, bueno, era la chica de la cual estaba enamorado – Ukyo sonrió – Siempre tuvo ojos para ella. Supongo que nunca se fijó en otra.
- Vaya… ¿Y porque no funcionó?
- Bueno Akane, y todas en general, sólo teníamos ojos para Ranma. Así que supongo que en ese momento no nos fijábamos en nadie más – Ukyo sonrió. – Éramos bastante jóvenes todos.
La gente empezaba a llegar a borbotones. Ya quedaba poco para empezar, pero aún no había suficiente gente como para que el bullicio convirtiese el parque en un mar de cabezas. Ukyo miró a la entrada, e intermitentemente, podía ver como Ryoga preparaba sus cosas y se disponía a aguantar la noche de trabajo.
- Pero aún así, tu supiste apreciarlo por lo que era…
- Aki…
- Puede que vosotros no os deis cuenta, pero para todos los de la feria, es algo diferente. Es decir, desde que llegó se te ve más contenta. No sé si me explico…
- Se lo que piensas… Pero ahora mismo no sabría que responderte. – Ukyo siguió mirando como Ryoga, a lo lejos y sin darse cuenta de nada, instalaba como podía las máscaras. Aki la miraba fijamente de perfil. Sí, con todo el ajetreo de estos días, aún debía esperar a que la niebla se disipara un poco.
- Al menos dime una cosa: ¿Has encontrado algo por que luchar? ¿Algo que desees?
Ukyo la miró un momento y volvió a mirar a Ryoga. Sakurata estaba pidiéndole una máscara y montón de niños empezaba a aglomerarse alrededor del chico. Ryoga no sabía donde meterse e intentando satisfacer a todos, intentaba darle la máscara que quería a cada uno. Al poco se encontró con varias en los brazos. Ukyo se rió y justo en es momento Ryoga la alcanzó con la mirada. Se le caía las máscaras y los niños no dejaban de jalarle de la camisa. Y Ukyo no pudo hacer nada mas que saludarle con la mano. El chico, con un esfuerzo, le respondió el saludo, y también sonrió. Era una sonrisa, no de felicidad absoluta, sino de felicidad contenida, como cuando asumes que estas en un lío, pero te lo tomas con gracia. Pero era totalmente dulce, y la vez madura. Comprometida y divertida. Sincera y espontánea.
Ukyo sólo pudo bajar el brazo, porque no pudo dejar de mirarlo durante toda la noche.
Y esa fue la primera sonrisa que Ukyo recibió de Ryoga, después de 5 años.
Fin del Capítulo 8
[Terminado a las 04:46 de la de la madrugada, horario de Greenwich]
[¡Rompiendo Tradicciones!:Como ya hay suficientes comentarios en el fics, el autor excluye cualquier comentario post-capítulo. Eso incluye el chiste habitual (¡Nooooo! ¡¿Por quéeeee?!).]
