Hola a todas, ¿Cómo están? Yo acá trayéndoles un nuevo capítulo de está historia.
Muchísimas gracias por sus comentario, recuerden que me dejan uno y yo les respondo con un adelanto.
Gracias a todas por su tiempo, y en especial a Flor por el aguante y la paciencia que me tiene en cada capítulo. También a Mariana por las Bellas imágenes que ha logrado.
Nos leemos pronto.
Besos
De la tempestad a la calma
.Capítulo beteado por Flor Carrizo, beta de Élite Fanfiction: www. facebook groups / elite. fanfiction /
Te voy a amar (Axel)
Es poco decir
que eres mi luz, mi cielo, mi otra mitad.
Es poco decir
que daría la vida por tu amor y aun más.
Ya no me alcanzan las palabras no,
para explicarte lo que siento yo
y todo lo que vas causando en mí.
Lo blanco y negro se vuelve color,
y todo es dulce cuando está en tu voz
y si nace de ti.
Te voy a amar y hacerte sentir,
que cada día yo te vuelvo a elegir,
porque me das tu amor sin medir,
quiero vivir la vida entera junto a ti.
Es poco decir
que soy quien te cuida como ángel guardián.
Es poco decir
que en un beso tuyo siempre encuentro mi paz.
Ya no me alcanzan las palabras no,
para explicarte lo que siento yo
y todo lo que vas causando en mí.
Lo blanco y negro se vuelve color,
y todo es dulce cuando está en tu voz
y si nace de ti.
Te voy a amar y hacerte sentir,
que cada día yo te vuelvo a elegir,
porque me das tu amor sin medir,
quiero vivir la vida entera junto a ti.
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Esa noche fue muy dura, escuchaban como Emmett se quejaba de dolor y no contaban con medicación que pudieran suministrarle para calmarlo. Bella le acariciaba el rostro y le susurraba palabras de amor y aliento en su oído.
Por la mañana, Edward fue en busca de agua, cocos y a pescar algo. Tenían que al menos mantenerse bien nutridos para cuidar del grandote.
Bella se quedó dormida unos momentos, había pasado una noche pésima y, sobre todo, estaba preocupada por la salud de uno de los hombres que amaba. Cuando despertó, lo primero que hizo fue acercarse a él para ver si necesitaba algo, le acarició la mejilla y sintió que ardía.
Revolvió el botiquín que tenían y encontró un termómetro. Se lo colocó e intentó hablar con él, pero Emmett no respondía.
El termómetro marcaba 39.9, era mucha fiebre. Ella intentó calmarse y retiró la manta con la que lo habían cubierto la noche anterior. Luego, buscó un poco de agua, humedeció con ella una toalla de manos y se la puso en la frente del soldado.
Rápidamente buscó antifebriles en el botiquín, no había muchos y eso sería un problema. Decidió moler una pequeña pastilla de ibuprofeno y suministrársela con un poco de agua.
Estuvo tres horas poniéndoles compresas frías, intentando que así bajara su temperatura, pero todo era en vano.
Cuando Edward entró, cargando todo lo que había recogido, se encontró con Bella llorando al lado de su mejor amigo. Por un momento pensó lo peor.
—¿Qué sucede, amor?
—Está con mucha fiebre y no le baja. Le di un ibuprofeno y hace más de tres horas que estoy poniéndole compresas, intento revertir la situación pero nada funciona.
Edward tomó de su maletín el estetoscopio y empezó a examinar a su amigo.
—Cariño, ayúdame a buscar en su piel indicios de una infección, que tenga enrojecimiento, alguna lastimadura sin curar, pus… cualquier cosa que pueda estar dándole fiebre.
Edward logró sentar a su amigo y Bella buscó en su espalda, pero nada llamaba su atención. Lo volvieron a acomodar, revisaron su torso, sus brazos y, finalmente, sus piernas; en la derecha no había nada, y para revisar la izquierda debían retirar el vendaje.
Bella, de inmediato, puso agua a calentar y Edward buscó vendas nuevas. Cuando estuvo todo listo, entre ambos retiraron todo y se encontraron con la pierna muy roja y afiebrada. La herida supuraba un líquido amarillento.
—Bella, aquí está la infección, esto causa la fiebre —explicó el cobrizo.
—¿Qué hacemos?
—Voy a necesitar que me ayudes. Primero, necesito guantes, gasa, agua tibia y luego utilizaremos agua oxigenada.
La muchacha buscó todo lo que necesitaban y lo llevó al lado del doctor.
—Esta botella ya está hervida —señaló nerviosa.
—¿Está muy caliente?
—No.
—Bien, cuando te diga vas a tirar un poco sobre la herida. —Asintió con la cabeza. Él se colocó los guantes de látex y tomó un trozo de gasa en sus dedos—. Ahora —dijo y, a medida que ella iba vertiendo el líquido, él refregaba la zona, intentando sacar la mayor cantidad posible de pus.
Emmett gritaba de dolor. A Bella le caían las lágrimas y sufría por el hombre del que se había enamorado.
—Ya está, Bells —dijo Edward que buscaba otro trozo de gasa y la botella de agua oxigenada—. Ahora, haremos lo mismo con esto.
Repitieron la operación hasta que el líquido no hizo más reacción.
—Lo mejor será no dejar la herida muy cubierta para evitar una nueva infección. —Cubrió con gasa sólo la parte lastimada de la pierna y dejó descansar a su amigo.
Al salir del refugio buscó por todos lados cañas, las puso al fuego para matar cualquier insecto o bacteria que pudiese tener. Luego, con un poco de la venda, se ayudó para inmovilizar la pierna de su amigo y evitar que el hueso se soldara mal.
Bella, a su vez, siguió aplicando compresas para bajar la fiebre y le molió la pastilla de penicilina que tenían, para después dársela con agua de coco.
Al llegar la noche, todos estaban agotados.
Prácticamente no habían comido nada. El pez que Edward había traído llevaba muchas horas al intemperie y ya no servía, sólo cenaron un poco de yaca y agua de coco.
Los dos siguientes días fueron iguales, descansar poco, comer menos y, sobre todo, atender a Emmett.
Ya pocos suministros quedaban en el botiquín, por lo que Bella se dedicó a lavar a conciencia todas las gasas y vendas que utilizaban. No sabían cuándo les volverían a hacer falta y, si bien lo ideal sería hervirlas, por el momento no contaban con ningún recipiente para dicho procedimiento; por lo que, a pesar de quemarse, las fregaba en una piedra con agua hervida y las secaba al sol.
Para el tercer día, los antibióticos empezaron a hacer efecto, el grandote poco a poco permanecía más de tiempo despierto.
Bella le cortaba fruta en pequeños bocados y cada vez que él despertaba se los daba en la boca; se aseguraban de que al menos una vez al día comiera pescado y, frecuentemente, limpiaban su herida para evitar infecciones.
—Buenos días, cariño, ¿cómo amaneciste hoy? —preguntó una mañana Bella a Emmett.
—Bien, amor, ¿y tú? —respondió mientras que estiraba sus brazos para abrazarla.
—Ahora que te veo mejor estoy mucho más tranquila —dijo acomodando su cabeza en el pecho de él y quedándose dormida casi de inmediato.
Emmett se dedicó por un largo rato a acariciar sus cabellos, Edward entró en ese momento al refugio.
—¿Cómo te sientes, Emmett?
—Mejor... gracias, Edward, gracias por salvarme.
—No podría haber sido de otra manera, Emmett, sabes que te considero mi hermano, no podía hacer menos y, además, no me lo hubiese permitido —dijo mirando a Bella que dormía muy tranquila—. Es la primera vez en una semana que la veo dormir tan relajada.
—¿La pasó muy mal? —preguntó el herido.
—Te ama, hermano, la verdad es que pocas veces vi a alguien tan desesperado como ella —suspiró—. Espero que por mí sienta algo parecido.
—Estoy seguro que así es.
—Tuvimos suerte de encontrarla.
—¡Creo que somos los hombres más afortunados de este puto planeta!
Durante un rato la contemplaron y siguieron hablando de todo lo que había sucedido mientras Emmett estaba inconsciente.
Por la tarde, con la ayuda de Bella y Edward, Emmett logró ponerse de pie y caminó un poco, ya que decía que le dolía todo el cuerpo de tanto estar acostado.
Esa noche volvieron a dormir los tres juntos, entre suaves caricias y algunos besos inocentes.
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La semana siguiente Emmett se movía mucho más, con la ayuda de unas ramas habían improvisado unas muletas, pero no lo dejaban hacer muchas cosas. Eso había logrado poner al soldado de muy mal humor.
Bella estaba agotada, por las noches era la primera en acostarse y en las mañanas la última en despertarse, sin contar que, a veces, la encontraban tomando pequeñas siestas.
Edward pensaba que podía encontrarse anémica, dado que la alimentación no era la óptima. Empezó a obligarla a comer mayores cantidades de pescado y coco, para que se sintiera mejor.
Con Emmett decidieron que tratarían de cazar algunas iguanas para comer y así variar su dieta. Esa misma tarde, empezaron con la odisea de crear pequeñas trampas, se pasaron varios días hasta que finalmente lograron atrapar al no tan pequeño reptil.
Esa noche, los chicos fueron los encargados de cocinar, ya que Bella alegaba que era asqueroso guisar uno de esos bichos y que de ninguna manera comería eso.
Edward y Emmett, de alguna manera, se sintieron despreciados, habían cazado para ella y Bella ni siquiera quería probar la deliciosa carne.
Mientras Bella iba a pescar algo para la cena, Edward aprovechó el tiempo para marcar su calendario. Cuando examinó las marcas se percató de que no había marcado el último periodo de su chica.
Trató de hacer memoria, desde hacía quince días estaban prácticamente avocados al cuidado de Emmett, pero antes de eso no recordaba ese hecho tan importante. En su interior concibió la posibilidad de un embarazo, pero casi de inmediato lo descartó, Bella tenía un Diu, eso era imposible. Decidió no alarmar a nadie.
Al volver al refugio, cenaron tranquilos y juntos, Emmett convenció a Bella de probar iguana y la castaña, pese a la reticencia de un principio, luego de degustarlo le gustó y comió bastante, sorprendiendo a los chicos.
Luego, todos fueron a dormir y, por primera vez en muchos días, volvieron a amarse lenta y apasionadamente.
A la mañana, Bella fue la primera en despertarse. Tenía mucho hambre, hubiese dado cualquier cosa por unos ricos hot cakes, pero tuvo que conformarse con cocos y yaca.
Decidió ir a caminar un poco, desde el accidente de Emmett no había tenido ni un minuto para pensar en nada, había estado tan aterrada de lo que podría haberle sucedido, que simplemente pasó su tiempo intentando satisfacer todas sus necesidades, proporcionarle todos los cuidados necesarios para que se recuperara cuanto antes. Gracias al cielo, todo había salido bien.
Luego de caminar un rato, decidió hacer un poco de ejercicio. Su cuerpo necesitaba relajarse. Durante años había practicado yoga y le pareció el momento adecuado para retomar esa actividad. Hizo algunos ejercicios, estiró cada uno de sus músculos y se dedicó a concentrarse únicamente en su respiración y en el suave sonido de las olas chocando contra la costa de la isla.
Los chicos se despertaron y no encontraron a Bella, pero cuando salieron del refugio, pudieron ver como la joven hacía ejercicios en la playa.
Ambos sonrieron.
—Creo que ya está mejor —comentó Emmett.
—Quizás sufrió un pico de stress y no esté anémica —respondió Edward.
—Ojalá, de todas formas hay que intentar que se alimente mejor.
—Sí, todos tenemos que hacerlo. Nuestras reservas se agotarán si no conseguimos nutrirnos bien y luego no será fácil revertir la situación si seguimos en la isla.
—Creo que consumiendo más seguido carne de iguana y con una porción más grande de pescado diaria podremos garantizar las proteínas necesarias; y la yaca y el cocó ayudarán a mantenernos.
—Sí, Emmett, ojalá con eso sea suficiente.
Vieron como Bella se ponía de pie y, poco a poco, iba sumergiéndose al mar.
—Es la criatura más hermosa que he conocido.
—Sí, es preciosa, y es nuestra.
Ambos sonrieron arrogantemente.
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Dos noches más tarde, entre los tres intentaban cocinar una iguana, era la segunda que cazaban. Bella había insistido en construir con algunas cañas de bambú lo que pretendía ser una olla. Habían cortado las cañas por la mitad y formaron una circunferencia, luego pusieron más caña en la base, intentando que quedarán lo más unidas posible. Tuvieron más o menos éxito, los pedazos de la iguana no se caían; aunque los trozos de cocó y el agua con la que pretendía aderezar la carne, se escurrían. Finalmente, se vencieron y asaron la carne directamente sobre la llama.
—¿Por qué los chinos si pueden hacer vaporeras con caña de bambú y nosotros no? —dijo con un puchero adorable.
—Son chinos, cariño, pueden hacer cualquier cosa —respondió el cobrizo.
—Ya veremos cómo hacerlo, Bella —respondió Emmett—, no desesperes.
—Quiero intentar hacer leche de coco, pero para eso tendré que hervir la semilla y ver si puedo molerla con algunas piedras —explicó Bella.
—Creo que podremos hacer algo para complacerte, amor.
—Sí, Bells, mañana buscaremos esas piedras y veremos la forma de hacerte un recipiente —acotó el soldado.
Cuando terminaron de comer, recogieron sus cosas, las metieron en el refugio y salieron a contemplar las estrellas.
La castaña se acurrucó entre medio de los dos y, con el dorso de sus manos, acariciaba los marcados pectorales.
—Alguien está muy mimosa —dijo Edward, mientras se apoyaba en un costado y comenzaba a acariciar la suave piel de su mujer.
—Sí... disfruto mucho de los momentos que los tengo para mí.
—¡Oh, cielo, no sabes lo que lo disfrutamos nosotros! —dijo Emmett y luego la besó desesperadamente.
