Desde ese incidente, Víctor se volvió bastante protector con la osa y su embarazo.
De antes, cuando trabajaba y habla con teléfono, le parecía una molestia estar hablando cada hora con la osa, pero ahora le parecía una necesidad.
Su embarazo no obtuvo problemas, pero conforme se acercaban a los siete meses, Víctor comenzó hacer algunas modificaciones además de comprar ropa para el bebé y una cuna: cambió su trabajo de una semana y una de descanso, por un trabajo de ocho horas normal, que le dejara espacio para estar al tanto de su bebé cada día.
Además, de forma algo más discreta, se mantenía cercano al departamento de ambulancias, porque le había dejado el número del hospital en caso que algo ocurriera.
Ahora Víctor tenía todo cubierto, cada detalle como el padre que espera ansioso el hijo de su esposa.
Esa vez, estaba casualmente en el pasillo de ambulancias, cuando Chris, su amigo y quien atiende los teléfonos, hablaba con su amigo Phichit.
Sonó el teléfono, y tan lejano estaba Chris que no lo escuchó.
Lo dejó estar, pensando que su amigo pronto atendería, más el sonar era insistente, penetrando sus oídos que no lo dejaba en paz.
Corrió al fonillo y levantó.
—Hospital Central, ¿cuál es su emergencia?
Ahora Chris lo miraba, dándose cuenta de la situación, pero Víctor nunca hubiera esperado aquello.
—¿Papá oso? ¿Eres tú?
A Víctor casi se le sale el corazón.
—¡Osita! ¡Qué sucede! ¡Por qué llamas!
—¡Papá oso!—, gimoteó—. ¡Ven! ¡Me duele mucho! ¡Por favor!
No supo cómo, pero momentos después, estaba empujando una camilla con su osa en labor de parto.
No le dejaron entrar, pero luego se dio cuenta que era enfermero que podía estar con su osa.
Al entrar, ella estaba pujando.
—¡Papá oso!—, gimió—. ¡Ven!
Corrió a ella, justo al momento que tomando la mano, un lloriqueo inundó la sala.
—¡Es niño!—, gritó el doctor.
Y Víctor bajó a besar la frente sudorosa de su osa.
—¡Somos padres, osita!—, la abrazó y besó sus labios, recibiendo al pequeño en una manta—. Mira.
Ella sólo podía respirar agitada por el esfuerzo. El pequeño tenía orejas de oso.
—¿Cómo se llamará?
—Xen—, sentenció la otra, sin duda—. Se llamará Xen.
A Víctor no le importó. Estaba tan feliz.
—Papá oso, te quiero—, se declaró, tomando la mano de Víctor entre las suyas.
No se lo esperó, pero sabía qué era lo que habían pasado.
Acercó, plantando un beso en sus labios—. Te amo, osita.
Las mejillas de la osa se tiñeron además del esfuerzo.
—Papá oso...
—Nada de papá oso, porque ahora eres tú mamá osa—, meneó a Xen en sus brazos—. Y este es nuestro osito.