IX
Llegar a casa de Antonio se había vuelto más cálido y amigable. Era distinto a llegar a un lugar donde Marianne le estuviera esperando y donde tuviera una habitación propia con una enorme, cómoda y familiar cama. Aun así, había encontrado cierto gusto en ello. Nunca sabía con qué sorpresa se encontraría al cruzar la puerta, como ese día. Lo primero que notó fue la enorme botella que descansaba en la mesa del comedor, entre algunas bolsas del supermercado. El dueño de la casa tomó otra bolsa y fue a la cocina a acomodar las cosas.
-¿qué es esto?
-¿qué es qué?
-la botella
La cabeza de Antonio se asomó desde la cocina pero no tardó mucho en volver a esconderse.
-pues eso, una botella.
-¿de vino?
-¿Qué sucede? ¿Nunca habías visto una de ese tamaño?
-no es eso… ¿piensas celebrar algo o…?
-A veces me gusta cenar con vino. También lo uso para cocinar.
-¿tanto?
-El vino es bueno para la salud, además es un buen digestivo.
El castaño salió de la cocina y tomó la bolsa que le entregó el rubio, justo antes de que siguiera sus pasos para ayudarle a acomodar lo que hacía falta.
-Creo que eres un alcohólico.
-Por Dios, que tú no sepas tomar alcohol no quiere decir que yo tampoco.
-¿quién dijo que yo no sabía tomar alcohol?
Todo quedó en su lugar, a excepción de la polémica botella.
-La primera vez que te conocí, tomamos un par de tragos y ya te estabas acercando a mí.
-Antonio, tenía ¿qué, 18 años?—
-la segunda vez que te vi ebrio, tuve que arrastrarte hasta aquí porque tu no podías andar solo.
Arthur sonrojó.
-Tenía razones para estar así.
-oh, ya me imagino. Apuesto a que con dos copas de vino ya no podrías andar en línea recta.
-No es verdad.
-Si es verdad.
-Antonio, no es verdad.
-Pruébalo.
-¡como quieras! ¡Sírveme de ese maldito vino!
-¡No voy a gastar mi vino para probar algo que ya se!
-¡No quieres probar que yo tengo razón!
-ok, está bien, te daré de mi vino pero solo si haces algo a cambio.
-¿qué quieres que haga?
-algo divertido como bailar salsa—
-ni si quiera se bailar salsa—
Alzó un dedo frente a Arthur haciendo un pequeño ruido atropellado para que se callara, seguido de una sonrisa retadora.
-si estas tan seguro de que puedes hacerlo, eso no debería ser problema.
Se miraron un par de largos segundos.
-1, 2, 3… 5, 6, 7… 1, 2, 3… deja de ver tus pies y escúchame
-si dejo de ver mis pies, voy a pisarte.
-¡no si me escuchas!
La enorme botella de vino se encontraba a la mitad, y junto a ella, un par de copas vacías. El par de ojiverdes se encontraban balanceándose, sosteniéndose uno de otro con la excusa de estar bailando. Arthur se detuvo.
-¿estás seguro que así van los brazos?
-claro que—no, espera… ¿quién la hacía de mujer?
-tú la estabas haciendo de mujer.
-es verdad… ¡Entonces estoy bien! ¿Por qué me haces dudar?
Volvieron a balancearse hacia adelante y atrás mientras Antonio marcaba el tiempo como si estuviera tarareando una melodía.
-¿estás seguro de que sabes bailar salsa?
-hice muchas cosas antes de ser pianista. Músico, florista, maestro de salsa…
-si eras tan buen florista como maestro, ya veo porque tuviste tantos trabajos. Eres un pésimo maestro.
-eso es porque no me escuchas.
-¡te estoy escuchando!
Soltó uno de sus brazos y le alzó el rostro para que dejara de ver a sus pies. Arthur fue forzado a encontrar la mirada de su maestro de salsa improvisado. Murmuraba alegremente la letra de alguna canción que Arthur no lograba reconocer, pero a juzgar por la melodía, debía ser una canción bastante alegre. Su mirada parecía calmada, diferente a como la había encontrado toda la semana anterior. Se parecía más a esa mirada que le había regalado cuando lo encontró bajo la lluvia. Quizás a la primera vez que bailaron juntos.
Tan pronto el pensamiento cruzó su mente, su rostro se tornó color rojo, dudo un paso y dejó caer de lleno su pie sobre el del contrario. Antonio dio un quejido y Arthur retrocedió, pero el suelo parecía no quedarse quieto y calló de espaldas.
Se quedó inmóvil en lo que el más moreno se inclinaba para comprobar que siguiera con vida.
-¿estás bien?
-No.
-¿te lastimaste algo?
-solo el orgullo.
-deja de comportarte como un niño y párate.
-No.
Al darse cuenta de que realmente no tenía planes de ponerse de pie de nuevo, se sentó a su lado.
-No sirvo para bailar y jamás podré hacerlo.
-al menos no te lastimaste.
Arthur pretendía estar viendo fijamente el techo, pero sus ojos giraban lentamente. Antonio decidió que el suelo se veía cómodo y se recostó a su lado.
-¿puedo preguntarte algo?
-¿qué?
-¿extrañas a tu esposa?
No hubo respuesta. Ya estaba buscando algunas palabras para disculparse, había sido una estupidez decir eso. Todo era culpa del alcohol.
-¿alguna vez has perdido a alguien?
La mirada del castaño estaba clavada en el techo con una expresión difícil de descifrar.
-No… No así.
-Qué bueno. A la gente le gusta decir que el tiempo cura todas las heridas, como si un día fueras a despertar y todos esos sentimientos fueran a desaparecer. Pero no es así. Cuando pierdes a alguien a quien amas, pierdes un pedazo de ti que nada ni nadie puede llenar. Es un agujero que se vuelve parte de tu carácter y aunque llega un momento en el que ya no lastima, sigue doliendo. –hizo una pequeña pausa. –Cada mañana que despierto solo en mi cuarto, me acuerdo de ella y la extraño.
-… lo siento.
-No tienes que preocuparte. Estoy feliz por eso.
-¿disculpa?
Antonio comenzó a reírse de la expresión de Arthur. No lo culpaba, pensándolo de nuevo, lo que había dicho había sonado un poco extraño.
-Quiero decir que si me duele, es porque todavía la amo. Ella fue muy importante para mí y me hizo muy feliz todo el tiempo que estuvo junto a mí. Puede que ella ya no esté conmigo, pero ese pequeño dolor es un recordatorio de que fue real. Nadie jamás va a poder quitarme las memorias que tengo con ella ni lo feliz que me hizo.
Sostuvo su mirada, queriendo entender como alguien que parecía tan sencillo podía guardar tantas cosas en su interior. Ese Arthur de hace un par de semanas parecía no tener derecho para quejarse. La vida que parecía abrumarle no era más que algo pequeño junto a las palabras de Antonio. Tal vez debería dejar de quejarse y tomarse las cosas con calma.
-¿y tú? ¿Extrañas a tu prometida?
-No es mi prometida, ya no somos nada.
-¿eso quiere decir que no?
Escogió sus palabras con cautela.
-Ella era mi mejor amiga, por supuesto que la extraño. Con todo y eso de ya no estar seguro si debía casarme con ella o no. Ella estuvo conmigo en un periodo un poco difícil para mí y me ayudó a crecer mucho. A veces sentía que me forzaba a ser lo que los demás esperaban, pero al final creo que fue la mejor decisión que podía tomar en ese momento. –bajo un poco la mirada. –Por eso lo preguntaba. No creo amarla con la "locura y pasión" con la que tú amas a tu esposa, pero aun así la extraño. No me imagino lo que tú puedas sentir.
-entonces si la quieres.
-Por supuesto que la quiero ¿creíste que no tenía corazón?
-no, solo pensé que no lo usabas a menudo.
El rubio se alzó y fue a servirse otra copa de vino, como si fuera eso lo que le mantenía hablando. Ambos sabían que no era así, el vino no era ni tanto ni tan fuerte, pero siempre podría servir de excusa si llegara a decir algo que después sonara tonto.
-¿cómo se llamaba tu esposa?
-Le decía linda, pero se llamaba Theresa Edlestein. –Arthur se acercó con un par de copas generosamente servidas y le entregó una a Antonio, quien pareció cómodo con el gesto. –Era una pianista muy preparada, daba conciertos y todo. La conocí una vez que fui a buscar trabajo, la primera vez que fui a Il piattino. Estaban buscando a alguien que tocara música en vivo y aunque yo me sentía muy seguro con mi guitarra, ella era increíblemente talentosa.
-¿si era una concertista, qué hacía tocando en un restaurant?
Regresó a sentarse a su lado en el suelo.
-Ella decía que porque así podía tocar lo que quisiera y que solo a las personas a las que les interesara escuchar, lo harían. No todas las personas se detienen a escuchar, sin importar que tan bella sea la música. –Le dirigió una sonrisa a Arthur, la que causo una pequeña sensación cálida en su pecho. –Aunque en realidad siempre estaba tocando. Si no daba conciertos o no estaba en el restaurant, daba clases de piano aquí. Yo daba clases de canto y guitarra.
-Las cosas debieron cambiar mucho cuando…
Una sonrisa triste se formó en sus labios.
-Antes les dábamos clases a los chicos que ahora son meseros en el restaurant. Su abuelo es el dueño. Cuando sucedió lo de Linda, lo convencieron de dejarme el trabajo y por eso siempre les estaré agradecido. –Arthur no sabía si seguir preguntando. -¿y qué hay de ti? ¿No piensas decirme algo de tu prometida?
-No hay mucho para decirte. En la primera semana de clases choqué su auto en el estacionamiento y nos odiamos. Luego me ofrecí a hacerle un par de favores llevándola en mi automóvil mientras el de ella estaba en el taller y luego comenzamos a salir.
-¿Por qué pelearon?... ¿tuvo algo que ver con lo que te dije?
El rubio abrió la boca pero ninguna palabra escapó de esta. Con tranquilidad, miró su copa.
-Aun no estoy suficientemente ebrio como para explicarte.
-Descuida, descuida…
Un largo trago de vino y la plática continuó.
-¿listo para tu siguiente lección de salsa?
-¿es una broma? Jamás voy a volver a bailar salsa en mi vida.
-Oye, si te das por vencido tan rápido, jamás vas a lograr hacer algo que valga la pena. Tienes que equivocarte un par de veces antes de hacerlo bien.
-No me gusta equivocarme. –Se acomodó en el suelo con los ojos cerrados. –Además estoy cansado…
Esta vez, Antonio acomodó la cabeza sobre su pecho. El huraño rubio pareció no molestarse para su sorpresa. Estar tan cerca se sentía natural ya fuera porque se habían acostumbrado a la compañía del contrario o porque el calor que el vino les hacía generar se sentía realmente agradable. Incluso sintió la mano de Arthur jugar con su cabello cuando comenzó a hablar de nuevo.
-¿Qué demonios paso?
-¿de qué hablas?
-hace cinco años éramos personas completamente distintas y todo era sencillo. Solo se trataba de tener sueños y todos eran posibles. Ahora solo somos personas aburridas.
-La gente crece, Arthur. Cuando crecemos, nos damos cuenta de que existen perdonas extraordinarias que están destinadas a alcanzar sus sueños, pero son muy pocos. La mayoría de nosotros somos solo como el ruido de fondo de sus vidas.
-Tú no eres así.
Antonio guardó un pequeño silencio antes de comenzar a hablar.
-Estás ebrio.
-No digo que no lo esté. Solo digo que tú eres una persona no ordinaria. Tal vez no muchos lo vean, tal vez tú mismo no lo veas, pero yo lo veo. Creo que tú tienes lo que se necesita para alcanzar tus sueños.
-Ya tuve todo lo que soñaba, pero se fue.
-No te creo. Gente como tú nunca deja de soñar.
Una ligera risa escapo del pecho del castaño.
-Solo para que lo tomes en cuenta, tú tampoco eres una persona ordinaria. La verdad es que eres mucho más raro de lo que le dejas a otros ver.
Por un momento, Antonio recordó algo que había escuchado alguna vez. Algo acerca de que las personas tenían una capacidad especial para reconocer a los que eran similares a sí. Aunque a primera vista, no tenían nada en común, le había cruzado la idea por la cabeza de que quizás Arthur y él eran el mismo tipo de personas.
-Arthur, a pesar de todo, ha sido agradable tenerte aquí… gracias.
Sin quererlo, había sonrojado un poco, pero quiso creer que era solo por el alcohol. Se alzó y le dirigió una mirada con una sonrisa agradecida, solo para darse cuenta de que se había quedado dormido. Dio un suspiro y sonrió un poco más.
-Tenías que dormirte justo ahora. Vaya suerte.
Se levantó con cuidado de no despertarlo y miró su rostro relajado, aun con algo de color por el vino. Sus labios estaban ligeramente separados y a una corta distancia, parecían suaves. Antonio no soportó la curiosidad y le robo un pequeño beso, cayendo en cuenta después de lo que había hecho y sonrojándose de sobremanera.
Habían sido casi dos semanas sin tener noticias de él. En un principio había pensado que era mejor así, que ya no le quería volver a ver y que seguiría con su vida ella sola, pero con forme pasaba el tiempo, el problema se volvía más grande.
Marianne dio un pesado suspiro y tomó su celular. Abrió su agenda y miró en ella el nombre de Arthur. Una llamada. Quizás eso era todo lo que necesitaba para regresar todo a la normalidad. Dejó el pequeño aparato del lado y se llevó una mano al rostro.
Era demasiado inocente creer que en este punto, las cosas regresarían a lo que habían sido alguna vez.
N/A: Mil disculpas. Primero que nada por tardar en subir este capitulo, en segundo porque esta historia esta tardando muchos más capítulos de lo que planeaba. Si tienen prisa por saber qué tan rápido avanzará la relación de estos dos, bueno, en los siguientes dos capítulos habrán bastantes cambios para bien pero aun faltará un tanto para terminarla, lo que honestamente me tiene intranquila. Lloro mucho(?)
En otras noticias, la esposa de Antonio era nyo!Austria y esta semana comienzo mis primeros parciales, así que lo mas seguro es que siga actualizando un poquito lento.
Muchas gracias por leer, de verdad. Aprecio mucho que se tomen la molestia de seguir esta historia tan lenta y aprecio muchísimo mas a las personas que me dejan reviews porque me animan a seguir escribiendo incluso si escriben solo una línea como review.
Espero que hayan tenido un lindo San Valentín~
