Ninguno de los personajes de Southern Vampire Mysteries o de True Blood me pertenecen. Son propiedad de Charlaine Harris y de Alan Ball.

Hubo un error al subir el orden de los capítulos que he arreglado ahora. El capítulo 7 que os leísteis era en realidad el capítulo 8. Ya está corregido y subido el auténtico capítulo 7, que no habíais podido leer. Mil perdones.

Al día siguiente estaba horrible, tenía bolsas bajo los ojos mientras que Eric se veía tan espectacular o más que de normal. La medicina de Freira le estaba sentando a las mil maravillas al muy desgraciado.

Estábamos comiendo un buen desayuno, porque el día había vuelto a amanecer despejado y helado.

-Mañana iremos a limpiar de malas hierbas el campo y hoy y mañana podríamos echar un último vistazo a las setas, antes de que las sepulte la nieve que está por venir.

-¿Cómo sabes que nevará pronto?-le pregunté.

-Estos días rasos después de los tormentosos anuncian las nieves en estas tierras. Es como la calma que precede a la tempestad-me informó-Audr vino al mundo en uno de estos días-Me quedé mirándolo, con la cuchara de palo a medio camino de mi boca.

-¿Quieres decir que es Audr's birthday?

-¿El qué de Audr?

-El aniversarivm-dije en latín-del nacimiento de Audr.

-Oh, sí-dio un trago a su leche-hará cinco otoños que nació.

Tal y como había planeado el jefe, nos fuimos a buscar setas a media mañana. Yo recogí muchísimas fresas silvestres y además tuvimos la suerte de que Audr viera una liebre y ésta nos condujera, no sin antes darles mucha guerra a Eric padre, Leif y Erik el joven, hasta su madriguera. Así que ese día comimos un caldo de liebre buenísimo con unas chirivías, que es lo que usaba en lugar de las patatas. Eric se guardó a la madre y a los gazapos y los metió en una jaula de madera para cuidarlos hasta que pudiéramos comerlos con un buen tamaño.

Por la tarde puse en marcha el plan que había ideado durante la mañana. Audr, los niños y yo nos merecíamos un festín. Y el nacimiento de la pequeña de la familia era un acontecimiento tan alegre y tan maravilloso que merecía una celebración.

-¿Me prestas tu martillo y tu… tu…?-No sé cómo se decía cincel en nórdico-Eso-señalé. Eric estaba arreglando un madero del establo. Me daba pena quitarle el martillo de la mano porque el muy cerdo estaba espectacular. Me lo tendió y se vino detrás de mí, pensando en qué iba a hacer yo con eso. Pasé dentro de casa y cogí la ramita de abedul que había seleccionado con minuciosidad. Era como el bastón de un mago, pero en miniatura, del tamaño de un lapicero. Coloqué la punta del cincel y levanté el martillo, cerré los ojos y cuando estaba bajando la mano con todas mis fuerzas, Eric me tomó de la muñeca.

-Yo hare lo que quiera que sea lo que quieres hacer.

-Oh, gracias. ¿Puedes abrir un agujerito en medio de esta maderita, redondo, de este tamaño-indiqué-y limarlo? En su parte más gruesa, porfi-Eric cogió la madera, se la llevó, volvió con una herramienta en espiral semejante a una broca, y abrió el agujero que le había pedido. Todo el rato sin dejar de juzgarme con la mirada. ¡Yo no tengo por qué saber nada de herramientas vikingas!

Lo limó, introdujo el dedo índice en el agujero, vio que no raspaba y me lo entregó.

-¿Contenta?

-Sí, mucho. Gracias-Me volví y abrí uno de los baúles a los que sí tenía acceso y empecé a sacar cintas y lazos de distintos colores. Eric pensó que no podía aparcar más su faena por mucha curiosidad que sintiera por mi locura. Pensó, además, que siendo una mujer, tampoco sería algo importante. Le saqué la lengua, se sorprendió y se marchó con el ceño fruncido, preguntándose cuál era la razón por la que le había hecho ese gesto.

Empecé a engarzar cintas en el palito y luego las agité para ver si funcionaba. Estaba segura de que a la pequeña Audr le encantaría ir con ellas bailando y danzando. Además, podía enseñarle algunos truquitos de los que usan las chicas en la gimnasia artística. Se volvería loca. También terminé una muñeca de trapo nueva y dejé más cosas preparadas. Empecé a hacer la cena tarde y tuve que esconder todo lo hecho entre la paja y la lana de la cama de Eric para que los niños no lo viesen. Eric no salió de casa esa noche y estuvo muy preocupado porque la casa estuviera acogedora. Me miró de reojo más de una vez preguntándose qué tramaba. También pensó que le gustaba cómo me brillaban los ojos a la luz del fuego y se preguntó si la piel desnuda y sudada me brillaría de la misma manera. Me pinché con la aguja con la que estaba bordando una tela de lino.

Les conté a Erik, Leif y Audr el cuento de los tres cerditos y el de La Bella Durmiente. Leif escuchó la primera narración con atención y al cuento de princesas le prestó menos atención. Eric me interrumpió y me dijo que no les contara esas tonterías a sus hijos. Según él, no eran "historias para futuros guerreros vikingos". Así que en su lugar nos contó cómo en uno de sus viajes se había hecho con cuatro pieles de oso polar, esperando, atacando y peleando a espada y escudo con los osos y cómo uno de ellos había sido nada más ni nada menos, el oso que había acabado con la vida de Asgeir el Bárbaro (una leyenda local). Le tapé los oídos a Audr cuando empezó a dar detalles sobre sangre y vísceras.

Erik no consiguió dormirse hasta la madrugada mientras Eric roncaba a pierna suelta.

Me levanté temprano. Oí a Eric trajinando fuera de la casa. Me eché una tela de lana por encima y le saludé con las legañas en los ojos. Estaba preparando al caballo.

-¿Te vas?-le pregunté.

-Nos vamos- me dijo-Tenemos que limpiar la tierra antes de que lleguen las nieves, evitar que cuando venga la primera nevada las malas hierbas dañen el grano. Vigilar que no haya germinado nada a destiempo o se congelará y perderemos cosecha.

-¿Y me vas a llevar caminando mientras tú vas al trote en tu caballo de guerra?

-Irás sobre él, conmigo-echó unos sacos en los que llevaba utensilios de labranza y el jaco protestó, juro que miró tan mal a su dueño que los ojos le llamearon un segundo.

-¿Por qué no lo enganchas al carro en vez de cargarlo como a un vulgar mulo?-Los dos, hombre y bestia bufaron a la vez, ofendidos por mis palabras.

-¡Es un caballo de guerra! No voy a engancharlo a un maldito carro-El caballo arañó la tierra con el casco, dándole la razón a su dueño. Me dirigí al establo rumiando.

-Eres igual de capullo con el caballo que con el Corvette-musité-No tengo tiempo para ti-le grité-tengo cosas que hacer.

Eric protestó, pero pasé de él. Preparé el desayuno para todos y yo comí a corre prisa. Eric volvió a decirme que teníamos trabajo en el campo, y por mucho que me sedujera la idea de ir a caballo con él a mi espalda, o abrazada a su cuerpo, tenía una fiesta de cumpleaños que preparar. Así que acabó llevándose a Leif.

-Estad aquí después del medio día-les dije-Toma, cariño-Le di un zurrón a Leif con la comida del día y le hice agacharse para que me diera un beso.

-¿Habrás puesto comida para mí también, no, mujer?-Eric me creía muy capaz de dejarlo sin comer, estaba pensando que me las gastaba de esa guisa.

-Esperaba que te mordieras la lengua durante el trayecto y te la tragaras-Di un azote al caballo y salieron a trote ligero-¡Compartid el queso y el bacon!-Me giré y me organicé la mañana mentalmente-Erik, yo tengo muchas cosas que hacer, ¿le echarás un ojo a tu hermana, verdad?-el niño asintió.

-Pero sólo si me preparas copos de avena para desayunar mañana-Le revolví el pelo y le besé la coronilla.

-Igualito que papá. Hay que cortarte el pelo un poco, ya está muy largo.

-Los vikingos llevamos el pelo largo.

-En mi casa no-concluí. Erik se cruzó de brazos y se dio por derrotado. Me pasé toda la mañana yendo de aquí para allá, cambiando conejos por manzanas, alertando a las madres de que dejaran ir a sus hijos o los llevaran a mi casa un rato después del medio día, y preparando todas las cosas. Me arrepentí de no habérselo dicho antes a Helga, porque en cuanto se enteró de lo que planeaba vino a ayudarme encantada con todo.

Halvar y Helga vinieron a comer ese día a casa, por lo que preparé conejo y pollo asado, chirivías y un plato de guisantes con tocino y panceta. Una hora después de que el sol hubiera estado en lo más alto, empezamos a recibir visitas y a ver llegar niños. Las madres no sabían muy bien a qué venían, pero les expliqué que era una fiesta por motivo del quinto otoño del nacimiento de Audr. La niña recibió sus regalos, los míos y los de su abuela: un vestido de lana rojo y un broche nuevo con forma de mariposa. Se enfadó cuando no le dejé ponérselos ya que esperaba que con todos los juegos tradicionales que había preparado, los niños acabaran hasta arriba de suciedad. Pronto los niños entendieron el concepto de "fiesta de aniversario" y los padres también, porque empezaron a traer cosas y a unirse a la celebración.

La fiesta estaba siendo un éxito: había preparado leche con manteca de avellanas, pasteles de manzana y de fresa, pan de leche, pan de centeno y pan de cebada, había cerveza e hidromiel y ésta última también estaba rebajada para los niños (Erik y Audr estaban bebiendo leche de cabra y ya)

No creo que Audr mereciera menos que este banquete y esta fiesta.